Muy agradecida y emocionada por el día de ayer, excelente la presentación del escritor José Julio Cabanillas, con inteligencia, profundidad, sabiduría y emotividad, mostró un gran conocimiento de la poesía, dejándonos a todos fascinados. Estuve tan bien acompañada y arropada por el público, cuyo cariño sentí, siempre mutuo, y agradecida también a mis queridos amigos -Rosa María García Barja, Isabel Martín Salinas, Pedro Bau, mi hermana Laura y mi sobrino Álvaro- por el detalle de recitar un poema mío con sensibilidad y arte. Álvaro siempre ha asistido a mis presentaciones y desde que aprendió -con mucho trabajo- a leer le gusta recitar un poema. Pues eso, agradezco vuestro apoyo y espero no defraudaros y que os guste el poemario.
Por supuesto, gracias a la editorial Cypress Cultura por confiar en mí, a la librería Casa del Libro por acogernos y al pintor y escritor Florencio Luque Alfonso por tan hermosa portada.
Las fotografías pertenecen a Marta Camacho Núñez, Pepi Bobis, Ana Recio, Rocío Fernández Berrocal y Diego Jesús Romero Jaime.
Por fin sale a la luz mi nuevo poemario, muy gradecida a Cypress Cultura por su publicación, y a mi amigo Florencio Luque Alfonso por la portada, este hermoso regalo. También agradezco los consejos de Isabel Martín Salinas, José Julio Cabanillas y Jesús Tortajada, amigos y maestros.
La idea nació del temblor de los cipreses, y del mío al verlos, de algunas conversaciones sobre poesía con José Luis Trullo hace varios años, de los amaneceres y lecturas, de vivencias y reflexiones, del amor a la poesía…
Lo podéis pedir en las librerías, por Amazon en preventa o en Distriforma.es
Su presentación será el 3 de abril a las 19 horas en Casa del Libro, C/ Velázquez nº 8, y lo presentará José Julio Cabanillas, un excelente poeta y muy buena persona, todo un lujo y una gran suerte.
Os dejo algún poema de cada parte o apartado del libro: La carta, Los ciclos, Al rescate.
Un día tan significativo, como el Día de las escritoras, la editorial Maclein y Parker anunciaba en su página web como una de sus novedades mi poemario «Las ventanas del tiempo». Por fin se abren sus ventanas.
Estará en las librerías a partir del 27 de octubre .
Rocío Fernández Berrocal- doctora, profesora, investigadora, especialista en Juan Ramón Jiménez y miembro del proyecto «El legado de las mujeres»- lo presentará el miércoles 2 de noviembre a las 18 horas en la Feria del Libro de Sevilla, Espacio Unia. Huelga decir lo contenta que estoy; tanto por formar parte de esta nueva casa, una editorial muy competente que cuida con esmero todo el proceso de edición del libro, con un equipo responsable, atento y amable, como porque Rocío me acompañe en esta puesta de largo. Y habrá otras sorpresas.
En la propia página podéis leer el comienzo del libro
Sinopsis
El paso del tiempo nos abre la mirada a la comprensión, abre ventanas desde las que podemos asomarnos y ver nuestra vida. Estamos en este mundo por un tiempo y cada cual elige cómo avivarlo o darle sentido. A través de las historias de cuatro vecinos de un mismo bloque, los poemas de Las ventanas del tiempo nos muestran tragedias y dificultades, resistencia y resiliencia. Y también fraternidad, siempre necesaria. Haciendo referencia a cuadros, obras de teatro o películas, Ana Isabel Alvea Sánchez enfrenta al lector a temas universales y esenciales con el estilo directo y preciso que la define.
Primero nació Silvia, después fueron creándose los restantes personajes literarios: Virginia, Pablo y Laura.
Ante las dificultades y obstáculos, en nuestro discurrir por este mundo, cada cual se pregunta qué nos mueve, qué nos hace resistir o , simplemente, como dice Olvido García Valdés, dónde está la vida.
Presentación de » Las ventanas del tiempo».
Muy agradecida a todos los amigos, poetas y familiares que me acompañaron en la presentación; agradecida a Rocío Fernández Berrocal por su sensible, inteligente, atenta y profunda mirada, hizo una presentación que todos los asistentes felicitaron; a mi hermana Laura, que acudió a pesar de su tendinitis, y recitó estupendamente un poema; a mi sobrino Álvaro, a quien todo le cuesta mucho más que a nosotros ( y lo que más, leer); a mi cuñada Ana y a mi sobrino Gonzalo , quien quiso verme a pesar de perderse sus clases de baile ( que conste que yo no quería que faltara al baile, con lo que le gusta); a mi amiga Isabel Martín Salinas , compuso una hermosa canción con mi poema «Cadena humana» y puso el broche final embelleciendo el acto. Por supuesto, a Maclein y Parker, es todo un placer formar parte de su gran casa, y a la Feria del Libro. A todos y todas, también a quienes no pudieron acudir, como si hubiesen estado conmigo. Gracias por las fotografías de Julia Linares Perez , María Ruiz Ocaña , Ana Recio Mir , Diego Jesús Romero Jaime , Rosario Cartes. Gracias. Sólo espero que os guste el paisaje de estas ventanas. Un abrazo.
Quién me iba a decir que en estos momentos fuese yo a recibir esta alegría, toda una ilusión que mi poemario «La pared del caracol» haya sido reconocido con este Premio. Agradecimiento y gratitud a los miembros del jurado y al Ayuntamiento de Lodosa.
Tengo que reconocer que el jurado ha encontrado las palabras exactas al describir mi estilo:
«Por unanimidad decidieron conceder el premio al poemario titulado “La pared del caracol – Sisifina”. Abierta la plica, la autora resultó ser Ana Isabel Alvea Sánchez, de Castilleja de la Cuesta, en la provincia de Sevilla.
En consideración del jurado, en el poemario se descubre emoción, sinceridad, transparencia, esencias líricas… La palabra es la justa, mínima, sin barroquismos ni retórica hueca….., plasticidad. Destacaron la expresión mínima del verso y su potencial testimonial. »
Cuídense y encuentren refugio en la Literatura, la Poesía y el Arte, son buenos cobijos.
El próximo miércoles 28 de enero a las 19:00 horas tendremos un encuentro por Meet con este estupendo poeta, profesor y traductor. Aforo libre.
Juan Andrés García Román tras licenciarse en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, realizó el Doctorado en la Universidad de Granada.
Posteriormente se trasladó a Alemania, donde fue profesor de español en la Universidad Técnica de Aquisgrán RWTH (2014-2020); y de regreso a España, es profesor de Literatura Hispanoamericana y Escritura creativa en la Universidad Internacional de la Rioja.
Es autor, entre otros, de los poemarios El fósforo astillado (DVD Ediciones, 2008), La adoración (DVD Ediciones, 2011), Fruta para el pajarillo de la superstición (Pre-Textos, 2016) o Neorromanticismo (Ultramarinos, 2023) y Poesía fantástica. Resumen primero (2007–2019), que reúne buena parte de su obra en edición de Erika Martínez y Juan Carlos Reche (Pre-Textos, 2020).
Su poesía ha sido traducida al inglés, italiano y alemán y antologada en muestras de la poesía española reciente como Centros de gravedad. Poesía española en el siglo XXI (Pre-Textos, 2018, ed. de José Andújar Almansa) o La cuarta persona del plural (Vaso Roto Ediciones, 2016, ed. de Vicente Luis Mora).
En su desempeño como traductor del alemán, es autor de Floreced mientras. Poesía del Romanticismo alemán (Galaxia Gutenberg, 2017); Un tenue éter indeterminado. Hongos de Yuggoth, de H. P. Lovecraft (Pre-Textos, 2019) y de Sonetos a Orfeo de R. M. Rilke (Pre-Textos, 2022).
Acaba de publicar «Biología de los wingdings».
Aunque no suele indicar sus primeros libros , os voy a dejar algún poema de «Perdida latitud», VII Premio de Poesía Joven «Antonio Carvajal» y publicado por Hiperión en 2004.
I
Primer día.
Primera palabra
Elena Martín Vivaldi
Primer día, primer rostro de la mañana, gesto
primero de la luz: bancales que descienden
después de tanto invierno
al encuentro del tiempo y la palabra.
Primer día, difícil claridad donde es posible
todavía un poema, pulso casi
con la muerte y la vida. Después de tanto invierno,
clausurado el mañana, el camino, la historia,
lanzado a su vacío todo lenguaje,
el agua va y despierta,
acaricia, pronuncia en mi esperanza
este frágil regazo de álamos. No sé
cuánto habrá de durar esta flor en mi vida,
así abierta en mi pecho. Tal vez poco, muy poco,
pero ya le he ofrecido
todo lo que yo sé, no una tersura
de orquídeas, esta mano
hoscamente entregada
como arma de ternura contra algún astro ciego.
Primer día, palabra
que vale todo el peso de esta luz,
de estos montes aún al sur del todo.
Primer día, difícil claridad. Estoy tan lejos.
No tengo nada más que esta voz para amarlo,
pero sigo la norma de aves y de ríos:
comienzo a caminar.
En 2004 se publicó por la Diputación de Granada al obtener el Premio Andaluz de Poesía de Villa de Peligros el poemario Soledad que da al mar:
Nocturno
Corazón mío, ve, llega ahora a la tierra que el otoño hace suya, a la noche bendecida por cauces desbordados.
Corazón, ve a las calles, ve a esta lluvia que hoy no cesará porque no hay en mi cuerpo orillas que esta noche la contengan. Ve a esta lluvia de hoy cuya luz se ha posado de nuevo en mis palabras, ve a este ritmo que da mi voz al mar, a este bosque infinito de alma hasta la aurora. Escucha su plegaria de albor en los jazmines y ve por sus arroyos, por su mudo caudal que socava la noche por su centro más íntimo, más leve, más humano.
Corazón mío, ve a esta lluvia que ya no recordaba acaso mi memoria, pero sí mi esperanza: ábrete como se abren las generosas vides, que elevan de la tierra el pecho tortuoso. Pídele, como al Dios de las noches lejanas de mi infancia, que apague mi nostalgia, los pétalos sombríos de mi miedo a morir. Y ruégale que irrumpa con su estrépito allá en mi soledad y me haga suyo, por su sangre, su sed y su palabra.
Corazón, ve a esta lluvia, camina por sus calles -mías ahora- de esperanza.
per capita
El primer rey era deforme; nació con una protuberancia sobre el cráneo que llamaron corona, pero esa deformidad le confirió mucho poder. Ésa fue la única corona de hueso, la única auténtica corona: una sola corona de verdad en toda la historia de los hombres. A partir de entonces, el resto de los reyes simulaban la deformidad con coronas de arcilla acero oro.
Cuaderno del apuntador. Aún los viejos seducen a las niñas mostrándoles sus premolares y la aguja entra por el ojo de la aguja. Aún un manto acaba en qué rey. Aún. Aún es aún.
Cuaderno del apuntador 2. Un botón en lugar de un dogma o de una idea. Abotonar las cosas a sus usos. Un botón que une la espalda del pijama de aquel que duerme al colchón. Otro botón que une la palma de los guantes del soldado con la parte lateral de sus muslos, para que forme y se cuadre. U otro, por ejemplo, que une la palma de un guante con la de otro guante para obligar al rezo. En definitiva, una sutil dictadura consistente en botones dispersos por la piel de las cosas.
me has acompañado al aeropuerto
Al mirar los gorriones que vivían dentro del aeropuerto, pensaste en la caverna de Platón: el portal de Belén que decoramos siempre siempre siempre.
Volverán las oscuras golondrinas, volverán más oscuras y más conceptuales, volverán más oscuras y más homogéneas: la «realidad» es un niño probeta, hijo partenogenético de la Ilustración. Se llama Gaudium.
Te diré tres monedas que no tienen valor en el mercado: la moneda que se ha tragado un niño, la moneda que cae sobre la alfombra sin hacer ningún ruido, la moneda que gira sobre la yema de un dedo.
Sin embargo, eres tú quien hoy no escucha: Consideramos mundo una coordenada; nuestro Greenwich: el punto de vista. Y las cosas, cargadas de inflación. Un día llegará o más bien una noche en que el planeta dé el definitivo giro hacia la coordenada feliz.
Un día o una noche en que las carreteras, las ciudades, los puertos, las industrias produzcan tanta luz que en el espacio al fin se confunda la tierra con una estrella. Entonces, confundidos, los demás planetas se pondrán a rolar dando vueltas a la nova, la supernova, Gaudium.
El fósforo astillado (2008)
Aún tienes tiempo. Habrá tres arias más
«times lines»
Andrew Hill
Quizás te dije un día que las abejas vuelan en la arqueología
de la mirada
y la iluminan.
Otras veces dije que no harías pie en ti
y que una aristocracia
te precedía en tus gestos incendiarios.
Tú nunca lo creíste y acaso yo tampoco lo crea ahora.
Conforme con vivir en cualquier bobina de la eternidad,
bebo tan solo el zumo que dejaste.
De repente me llamas. Raudo con el sombrero,
atrapo el pájaro escapado: teléfono que vibra.
Unas palabras tuyas.
Desde tu balcón arrojas piezas de ajedrez a la cúpula.
Son así tus casi treinta años, te han enseñado
que los sueños no nos apartan «del todo» de este mundo
y que el día después de la revolución
o del amor también lo viviremos.
Tus casi treinta años
han convertido el verbo ser en adorar
y tal vez, con los brazos no libres, sino abrazados,
sucede lo que a todos nos es dado:
devorar un nombre -hoja para la oruga- y existir.
Azúcar en las alas. Un pájaro vuela dentro
de otro pájaro que vuela.
El instante asoma del agua sus ojos de cocodrilo,
te haces el lazo de Moebius en el pelo y te vuelves.
Ahora otra vez corro a ti por las mañanas ad urbe fiorita bajo
las tejas iluminadas.
Ahora te llamo yo: el tono del teléfono: —-
y un simultáneo planear, breve, multiplicado,
de un pájaro: time lines y más time lines y time lines… ¿Sí?
Un día te perdí y quise extinguirme junto a los animales grandes, los animales grandes que eran tu alma cuando se la miraba con una linterna. Pues contigo era así: algo podía ser torpe o inane, pero en torno a las cosas que veías crecía una hiedra buena y protectora.
Tú eras tu cuerpo y amabas en él, dando mundo para ser, agua para germinar. Porque un jardín no está si no lo miras o si es abstracto, pero si los geranios daban melocotones por el puro terciopelo del tacto o el rosal frutecía un corazón, eso no era para ti una operación: las cosas florecían, cómo decirlo, florecían sumergidas en sus propios colores. La emoción, como zarza de Moisés, las hacía bullir en su creación, dentro de sus contornos inocentes, incesantes, la fórmula concreta de todas las infancias.
Así tu bondad hacía correr el Ganges por las escaleras de los rascacielos. Y qué más da que el ciempiés tuviera noventa y nueve pies; tú te subirías a cucurumbillo a tu alma y lo llamarías por su nombre, exactamente igual al latido que en ti encontraba mundo, el hueco exacto para no ser algo solo.
Y eso es lo que he sabido ahora que no estás; eso es lo que he sabido y eso repito para que todos los seres torpes de este mundo y miserables se amasen en un llanto y vuelvan a ser tú.
Agradecida a la digital Revista Entreletras por difundir mi reseña del ensayo «Los papeles del Gran Gatsby» .
«¿A quién no le ha cautivado El gran Gatsby? Aunque en su día no fue ningún superventas, hoy es considerada una de las mejores novelas en lengua inglesa y lectura obligatoria en las aulas de Estados Unidos. Por el centenario de su publicación, Athenaica ha sacado a la luz Los papeles del Gran Gatsby, cuya introducción, notas y edición han estado a cargo del profesor Juan Ignacio Guijarro, especialista en F. Scott Fitzgerald, y traducido por el escritor José de María Romero Barea. De este estupendo dúo de amigos y colaboradores había leído anteriormente los ensayos de Fitzgerald recopilados en Ecos de la era del Jazz y otros ensayos, cuya lectura también os recomiendo, pues nos acerca a la figura del escritor —sus circunstancias y preocupaciones— y retrata con bastante precisión una época, además de poder conocer sus veintidós mejores artículos…». Leer más en:
Agradecida a la revista Culturamas y al profesor, crítico literario y escritor Jesús Cárdenas Sánchez, editor jefe de la sección de Poesía.
«Leer este poemario —galardonado con el V Premio de Poesía Fundación MonteLeón— es hacerlo como quien se detiene con calma por los pasillos de algún museo, en cuyas paredes apreciamos una galería de retratos de personajes y poetas famosos. Sus voces visitan al poeta onubense y dejan su firma, en forma de poema, en este Libro de visitas; fantasmas que se le aparecen y le dictan estos versos, mayormente versículos de largo aliento. En ellos restallan el ímpetu y el fulgor, los anhelos y las esperanzas, el fracaso y la desolación; todo lo que arrastran las aguas bravías y mansas de la vida.
Semejante a un álbum familiar, su estructura posee una fuerte cohesión y unidad. Este corredor —digo, libro— constituye una sucesión continua de poemas que hablan de, o por boca de, una persona a quien el escritor de Fuenteheridos, suponemos, admira o le conmueve, y a quien rinde homenaje en poemas narrativos, no faltos ni de lirismo ni de reflexiones sobre la existencia. Un recorrido circular, pues empieza y finaliza con Pessoa, autor en el que más profundiza…». Continúa en:
«Resulta original el tema que se trata en este ensayo, estructurado en nueve capítulos, cuya conclusión, de manera muy breve, viene a ser: conocer la vocación personal o misión de uno en el mundo, redunda en beneficio de la sociedad y nos produce felicidad y plenitud, al igual que actuar correctamente. El autor se apoya en el pensamiento de varios filósofos y autores clásicos, a los que considera seguidores de los planteamientos de Sócrates —vivo ejemplo de la actitud de asumir un destino vocacional con todas las consecuencias—: Jenofonte, Epicteto, Séneca, Marco Aurelio, San Agustín, Francesco Petrarca y Juan Luis Vives; sin olvidarse de Cicerón…». Seguir leyendo en:
El pasado 11 de diciembre disfrutamos en el Taller de Poetas de un jugoso encuentro por Meet con el escritor zamorano Tomás Sánchez Santiago, y esta entrevista ha sido fruto de aquel diálogo.
Mi agradecimiento a la revista Culturamas por su publicación y al editor jefe de Poesía, el profesor, poeta y crítico literario Jesús Cárdenas Sánchez. Pasen y lean:
Espero que estéis disfrutando de días entrañables y mis mejores deseos para el próximo año.
Hoy comparto con vosotros la edición bimestral de la Revista En Sentido Figurado, plena de buena literatura y arte: artículos, reseñas, cuentos, microrrelatos, ensayos, poesía, galería de poesía visual, cine, despedidas y bienvenidas… y entre todo, en la sección de novedades, mi reseña del poemario «La hierba entre adoquines» de María Paz Hidalgo (a partir de la página 41).
Agradecida, como siempre, a la revista Culturamas por publicar mi reseña de Platero y otros. Antología de los animales en la obra de JRJ, edición a cargo de Rocío Fernández Berrocal:
«Rocío Fernández Berrocal es profesora, investigadora y especialista en la obra de Juan Ramón Jiménez, Zenobia Camprubí y la literatura española del siglo XX. Sus trabajos sobre el poeta de Moguer le han hecho merecedora del Perejil de Plata, concedido por la Fundación Zenobia-Juan Ramón Jiménez. Su Tesis Doctoral se centró en la figura de Juan Ramón Jiménez, sobre quien ha escrito libros y ofrecido numerosas conferencias, al igual que sobre Zenobia Camprubí. Viajó a Puerto Rico para consultar los manuscritos del poeta, profundizando así en su estudio y comprensión. Ha preparado las ediciones de varios libros inéditos de Juan Ramón Jiménez: Idilios, Historias y Pureza y es una autora de una atractiva biografía de Zenobia para niños, El secreto de Zenobia.
Encargada de la edición de Platero y otros. Antología de los animales en la obra de JRJ, se puede comprobar el profundo conocimiento que tiene de todo lo referente al poeta y su obra y que ha dado lugar a este delicioso libro, en el que se aprecia la sensibilidad, ternura y cariño que aflora en Platero y yo. Con varias fotografías de Juan Ramón Jiménez y acompañado de un excelente estudio, genuino y poco común, sobre la relación del poeta de Moguer con la naturaleza y con los animales —a los que consideraba hermanos—, Rocío nos revela el pensamiento del poeta y las claves para entender mejor sus libros. Por otro lado, el lector disfrutará de una brillante selección de poemas, aforismos, prosa lírica, cuentos y retratos, y fragmentos de cartas referentes al reino animal, estructurados en: Criaturas del aire, Los amigos del hombre (Establo, sabor a madre y a heno), Los animales silvestres, Los amigos de platero y Jardín de fieras (Comparaciones audaces y líricas). Un extenso y amplio animalario…». Para leerlo completo:
El próximo miércoles 10 de diciembre a las 19:00 horas presentaré el poemario de Paz Hidalgo Aznar, «La hierba entre adoquines», en el que fluyen vida, pensamiento y poesía. Nos acompañarán buenos amigos poetas, como Gregorio Dávila de Tena o José María Martín Portales -cuyas palabras estarán entre nosotros-. Será un día de celebración.
En este enlace podréis encontrar una crónica y la propia presentación:
El jueves 11 de diciembre a las 19.00 horas y a través de Meet tendremos el encuentro con Tomás Sánchez Santiago, una actividad abierta a todos los públicos y gratuita. Ya sabéis que os tenéis que apuntar en: [email protected].
Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957). Su poesía hasta 2019 se reunió bajo el título Este otro orden (Ed. Dilema). Posteriormente han aparecido La belleza de lo pequeño (Eolas, 2022) y El que menos sabe (Eolas, 2024), libro al que se le otorgó el Premio Nacional de la Crítica. En 2025 se ha editado la antología El esmero (Ed. Castilla). Es también autor de las narraciones Calle Feria (Premio Ciudad de Salamanca 2006) y Años de mayor cuantía (Premio Tigre Juan y Premio de la crítica de Castilla y León 2018). Sus diarios se reunieron en El murmullo del mundo (Trea, 2019) y sus artículos periodísticos en dos volúmenes: Salvo error u omisión y Cerezas en el escondite. Es autor de Delicada Delhy (Los Papeles de Brighton, 2020), en torno a la pintora Delhy Tejero, y de ediciones críticas y estudios de diversa índole sobre autores de su interés como Bécquer, Julio Verne, Antonio Gamoneda, Claudio Rodríguez, José Ángel Valente, Carlos Barral, Jesús Hilario Tundidor o Aníbal Núñez, entre otros.
He leído La belleza de lo pequeño y EL que menos sabe, pero estoy deseando hacerme con su antología El esmero, publicado en 2025. Para que os acerquéis a sus poemas os dejo este enlace:
En La belleza de lo pequeño(2022) aflora continuamente una actitud y filosofía de humanizar la vida cotidiana, y así reflejarla en su escritura, y de no dejarse arrastrar por las consignas actuales de nuestra sociedad: las prisas y precipitaciones, lo útil, el comercio. Hay una clara denuncia contra lo que se considera útil: Para desafiar la vil arquitectura de la vida negociable cada día.
En este libro manifiesta reiteradamente felicidad sentida al ver algún pajarillo o alguna flor, o el amanecer. Muestra una vida contemplativa en la que uno siente dicha y alegría sin necesidad de no muchas cosas y realza la dignidad y buen ejemplo de personas sencillas y discretas.
Decir que este libro es una recopilación de pequeñas piezas en prosa, poemas en prosa o prosa poética, y en cada uno trata lo más cotidiano y cercano: la cebolla, el aceite, la leche hirviendo, la lluvia, la nieve, las aves, las plantas, los ancianos, los niños, los vecinos, escenas en la calle, los pequeños comercios. Se estructura en tres secciones: El sitio de las cosas (sobre los objetos), Los seres suaves y Los pequeños quehaceres (las faenas cotidianas).
Subyace la idea de vivir lejos de la ciudad, al otro lado del río, como metáfora de vivir, no en lo que se cree importante, sino en lo menudo e inadvertido.
En cuanto a la mirada indica ( pág. 108): ennoblecerlo todo con la mirada: de eso se trata (…) Y es que esa es la clave de la existencia: vivir para ver; para ver lo que nadie más ve. Buscas la poesía donde menos se espera. Se proclamas a favor de lo cercano, cotidiano, pequeño e inadvertido desde el asombro.
Su escritura transmite valores, pues afloran: el amor y cuidado en el trabajo, la cercanía, humanidad, poner belleza en el mundo con pequeños gestos, la calma y serenidad, alegría y felicidad, desobediencia y resistencia.
Os dejo algunos textos de La belleza de lo pequeño:
LAS COSAS CLARAS
Presencias sumarísimas: la leche reventando como una barba blanca en la cazuela, la caída verdosa del aceite, el olor a contrariedad en la achicoria, la obscena liturgia de pelar las patatas, la fiebre de los ajos que arden como uñas por las afueras de tus manos, tus manos actuando ahora hacia otra ganancia: la de las proporciones impecables.
Cosas claras de infancia. Tú entre todas.
**
Ante mí, en plena calle y a ras de suelo, un guijarro en el que alguien ha querido dejar un mensaje que sale indemne de pisadas y de lluvias, al menos hasta ahora. Contra el vértigo público que domina la ciudad deshaciéndola y rehaciéndola de continuo, aún resiste esta acusación indeleble: “No es lo que eres; es lo que dejas de ser”.
**
Son dos ancianos vencidos ya por todo. Cada día los veo atravesar de la mano con pasos minuciosos las calles de la ciudad. Por aquí; por allí. Donde menos lo espero, ahí aparecen de pronto. Y de la mano. Tiene ella una encorvadura exagerada, tanta que desde atrás –me quedo siempre mirándolos– no se le ve la cabeza y compone una figura extraña y acéfala. Son la imagen del amor y del desvalimiento. El hombre siempre va sonriendo y un poco por delante de ella. Conduciéndola porque es ciega. ¿Hacia dónde la lleva? ¿O de qué la salva?
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La dueña de la confitería, esa mujer gruesa y tranquila que se limita a ir envolviendo con lento primor las bandejas; siempre coloca pasteles de más para salvar huecos y dejar listo, aún mejor, cada paquete. No le importa hacerlo así. Uno, dos, hasta tres pasteles más. Desde siempre la he visto hacer eso, contra la ley de los comerciantes. Lo hace y luego sonríe, como si quisiera hacer saber que no todo está perdido en este tiempo de relaciones crispadas, mordidas por el aprovechamiento y la desconfianza.
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Una pintada, descomunal y anónima, que luce en una pared de mi barrio: “QUIERO LLEGAR A FIN DE MES”. Estos grafitis revelan con un desahogo terminante eso que en los periódicos y en las cátedras radiofónicas se empeñan en analizar con conformismo racional. Frente a la fina destilación de datos y cifras, esta súplica sollozante que tizna de arriba abajo una pared. El idioma de los perdedores.
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El poeta es el que quiere estar siempre cerca de las cosas. También de las desechadas, de las peligrosas, de las inadvertidas, de las perseguidas por los azotes del hombre y de las inclemencias. Da igual. Él se pone cerca de ellas y canta.
En cuanto a El que menos sabe -en el que ahondaremos en el encuentro-, el propio autor declaró en la entrevista de Vicente Duque «Lo inmediato, tan cerca de nosotros, suele perderse en la inadvertencia cuando suponemos que lo que hemos de esperar de la vida está lejos de nosotros, en otra órbita superior a esa pequeña escenografía diaria de “andar por casa”. Se nos educa para suponer que nuestras aspiraciones se encuentran necesariamente en una jerarquía superior y a la que debemos saber acceder. No nos basta lo cercano. Pero no es cierto. Eso lo vieron de manera meridiana siempre los místicos. Yo, que no soy místico naturalmente, prefiero proponer una mirada política sobre ese mundo de menudencias que, al modo de una transgresión inesperada, termina por encerrar en sí mismo esa grandeza de la que habla Kertész, la única grandeza a la que hay que aspirar. Valorar lo pequeño y lo inmediato es, seguramente, la mayor subversión que puede llevarse a cabo en este mundo tendente a la grandilocuencia y al rendimiento en todos los órdenes». Lo resalto porque resulta fundamental en su escritura y sumamente inspirador.
Continúa el camino trazado en La belleza de lo pequeño, pero con un mayor peso y pesar por el paso del tiempo, su desgaste, y las pérdidas de seres queridos, además de su mirada crítica a los acontecimientos de la actualidad y a la pandemia, que aportan una mayor carga dramática, sin perder ese resquicio de luz y esperanza que comprobamos en poemas como Fervor o Exigua. También aflora un mayor intimismo al recordar su infancia y juventud, el fallecimiento de la madre y la casa familiar. Un poemario más intimista, confesional y elegíaco. Surgen, asimismo, reflexiones metapoéticas en sus poemas, de los que hablaremos.
EL QUE MENOS SABE
Nunca supe negociar.
Viví entre patadas en ciudades de nombres casi largos, tomados por el desagrado. No me acostumbré a su oscuro resplandor, siempre me fui a otro lado con la respiración encabritada.
También me fui de todos los lugares donde había amos, donde la seriedad esperaba a los niños al final de la tarde
pero perdí la gracia de no dar por cierto que la vida solo se revelaba en los alejamientos y en las pérdidas.
Soy el que menos sabe. Todos me adelantaban. Vivo de preguntar. Ignoro el peso azul de los relámpagos y la intimidación de las brújulas. Bajo la carne de las cosas pongo palabras pálidas y espero. Eso es lo mío. Esperar el atropello silencioso del tiempo, verlo pasar con suministros helados, con adjetivos veloces y hacer algo por detenerlo, un gesto o una bola de lágrimas.
Soy el que menos sabe. Solo conozco a las cosas por su nombre.
Qué oficio extraño este. Te acusan de tocar sin dedos limpios a las palabras peligrosas, sacarlas de la fila y ponerlas a hervir fuera de sitio. Te llevan maniatado por los distritos de la melancolía. Te escuchan todos con oídos sellados. Te suben a cadalsos. Confunden lo que dices.
Te aplauden por llorar.
***
FERVOR
El rugido inicial de los días. La extraña cortesía de las flores, que agregan luz y sueño al tibio malestar de ser mortales. La nieve, sus medallones solo aclamados por los niños que aún saben amar todas las caras del frío. El vino duro. Su sabor a astillas muertas. Las voces interiores que resisten refregadas contra las fábricas profundas de la memoria todavía. El sol, ese animal adormilado en los atardeceres vidriosos del otoño. ¿Qué más? La llegada imprevista de los recuerdos como caballos sueltos, incapaces de ser parados ya Y el compás de los mercados su frutero vivo rodando entre las manos. Y la suma felicidad que vive sin saberlo en algunas canciones compartidas de lejos. Y ciertos portales que huelen como el alma mojada por el amor. Y ciertas fechas que ablandan el curso invertebrado y áspero del tiempo.
Y sobre todo seguir queriendo vivir en las orillas de las cosas, donde no entrará jamás el aliento del oro.
Y poco más, Y poco más.
Y ya.
***
POÉTICA DE LAS INMEDIACIONES
las cosas sin cifra ni denominación Miguel Marinas
Estima la mirada también lo que solo se encierra, avergonzado, en sus nombres.
El atardecer viene despacio, golpeándolo todo con la cascarilla de sus últimas luces maniatadas. Y algo pide ahora salir al aire, acoger esa vida inmunda que terminó entre pactos firmados en el idioma oscuro de las claudicaciones.
Son los vestigios de lo desheredado.
Así que allá voy, en busca de lo árido, un mundo impresentable —pero no para mí— de cunetas y alrededores turbios donde prosperan, como pequeñas encrespaciones, flores sin responsabilidad junto a objetos vencidos,
lo que el uso arrojó en cuanto al auge de la utilidad siguió el desdoro.
Y una vez más, de cara al vértigo de lo desechado, entono cánticos sobre la desatención, espero algo de esta población desolada que limita con la vergüenza, que limita con los últimos ángulos de lo inaceptable
hasta que la voz le da de plano y consigue arrancar un resplandor oscuro y montaraz de tanto como ahí, quieto y fallido, vigila con aliento entrecortado la herida interminable de la ciudad.
Siempre cantaré cerca de lo innombrable, cerca del hospedaje impuro de estos alrededores donde ha llegado, tras el chasquido de lo inservible, una melodía que a todo lo encamina hacia otro alojamiento.
Canción de ánimo
No te vengas abajo, corazón. Tú nada has de saber de esos pozos nocturnos que llenan de trallazos el alma de las cosas. Ánimo, ánimo, sigue, mi pequeño cordero maniatado, sigue adelante, álzate ahora y busca pasto aunque sea entre las zarzas últimas del día y no hagas caso nunca de ese sabor a lágrimas, a pescados oscuros que el aire arrastra hasta los callejones donde hombres abandonados tiran sus ropas a la cal, llenas de pesadumbre y aún con restos hirvientes del amor.
Ahora tú alza la cara, alza la voz y canta sin crujidos, corazón mío, suelta tus huevas blancas otra vez y aguanta el oído contra el mundo
aunque oigas solo, ahí, el jadeo asustado que a todos nos retiene en la espesura atroz de nuestros domicilios.
***
ALMANAQUE DESCONCERTADO (V)
El esmero
Era un plato, un plato lleno hasta arriba de sopa y había que atravesar cada noche los flecos del frío de una cocina, poner esmero en los pasos, subir así una escalera, agarrada la vida a los caldosos bordes rebosantes, sin dejar de mirar fijamente el temblor amarillento y llegar al comedor donde ya estaban todos.
Luego, años más tarde, en la tienda sombría vi ese mismo temblor en frascos donde dejábamos caer, a pulso, el espíritu espeso de lo que llamábamos disolución, un líquido de alma verdosa y soñolienta, la misma de algunas obsesiones que nos dejaban ya entonces así, maniatados y absortos como príncipes desconcertados bajo la niebla impura de ciertos sueños tomados por la inmensidad.
El plato, los frascos… esmero y tino para esas dos operaciones. ¿O es que era la misma?: poner cuidado para desmarcar de la vida esas sustancias y que nunca lo demasiado real les haga daño.
Después fueron empresas más difíciles: cuerpos dulces, nerviosos, atascados en golfos desconocidos, estrellados contra los himnos rotos de la noche. Y en ellos también el esmero, sus tentáculos indecisos sobre el hervor de una piel escurridiza y alegre.
Y hubo también palabras que apenas se dejaban atrapar al vuelo hasta que una mano llegaba a posarlas con amor y riesgo en el cielo del orden -este otro orden- del poema.
Pero siempre el esmero. Sopa, frascos, cuerpos, palabras. Siempre el esmero. Un poner atención: ese modo de estar en lo otro hasta dejarse rozar uno mismo por la desaparición. Algo así debería ser la muerte al llegar: pasar a formar parte, sin saberlo, de un destino exterior, más fuerte que el peso de nuestra propia sangre, ya sin fe ni dictados donde asentar su fondo.
Mi vida hasta hoy no fue más que eso: cruzar sobrecogido una vieja cocina, poniendo cuidado entre las manos —sopa, frascos, cuerpos, palabras— para no arruinar lo que debo atender bien. O acaso soy yo quien siempre hago temblar eso mismo, eso que apenas si acierto a sujetar, lo dejo suelto por no arruinar el vuelo de lo que me encontré sin esperarlo.
Y cuánto, cuánto me sigue persiguiendo por mi memoria en llamas. Pero nada, nada como aquella sopa que yo miraba humear y temblar mucho en el estanque del plato, a punto siempre de desbordarse, de caer en el fracaso del exceso. Y siempre que lo necesito, siempre que necesito salvar algo de la desatención, pienso en aquel plato, en aquel humo amoroso que nublaba mis ojos y hacía aún más difícil seguir hacia adelante.
Aunque siempre llegó entero al comedor por aquel itinerario, el primer itinerario incierto antes que otros donde a menudo dejaba a tiro el corazón.