Al día siguiente teníamos que coger el ferry para ir a la Isla de Lewis sobre las 2. Pasamos la mañana haciendo algunas compras en Portree antes de ir a Uig, al puerto. El día estaba lluvioso y gris y en la radio del coche oímos que había habido inundaciones por la zona del oeste de Escocia, que la vía del tren entre Aberdeen e Inverness estaba cortada y que eran los últimos coletazos del huracán Bertha, que venía de América. Nos asustamos un poco pensando que igual el ferry no salía, si el mar estaba muy picado.
Como había sacado los billetes por internet, fuimos a la oficina del puerto a validarlos, nos hicieron firmar unos papeles y, de paso, compramos otra excursión en barco de la misma empresa para cuando estuviéramos en Oban. Pero eso ya lo contaré cuando toque. Al final, pasamos un buen rato dentro del coche, en la cola, porque nos habíamos ido con demasiado tiempo de antelación, ya que no sabíamos cómo iba el proceso. Se empañaban los cristales con el frío y la lluvia de fuera y el calor de dentro y no se veía nada. Los otros coches estaban igual. Aprovechamos para hablar largo y tendido, esas conversaciones que nunca tienes tiempo de tener por las prisas y la rutina. Allí, como dice un proverbio irlandés: "Cuando Dios hizo el tiempo, hizo de sobra".

Al final, como veis en la foto, el ferry llegó, entramos, aparcamos el coche, subimos a un salón muy grande en la parte de arriba y nos fuimos a la Isla de Lewis. Había un monitor en el que se veía un mapa y el recorrido que iba haciendo el barco. Las olas golpeaban contra el casco, pero la verdad es que pensábamos que iba a ser peor. Nos esperábamos más oleaje, con lo que nos habían asustado las noticias de la BBC en la radio.
Al desembarcar en la Isla de Harris (aún no entiendo por qué tiene dos nombres, para mí es la misma isla) nos quedaba como una hora hasta llegar al alojamiento, que estaba pasado Stornoway, la capital de Lewis. El paisaje era precioso: naturaleza salvaje, campos y campos de turba, la reconocí enseguida por haberla visto en Irlanda: agujeros en la tierra para sacar trozos rectangulares de turba, amontonarlos para que se secaran y luego sacos blancos donde los metían. Pocas casas. Montañas, ovejas, hasta patos por la carretera con sus crías encontramos. Y, debido a la lluvia, un accidente en el que un coche había volcado y estaba la policía dirigiendo el tráfico y una grúa sacando el vehículo de un campo a donde había ido a parar.
Con el coche, en contra de nuestra costumbre de guiarnos sólo por los mapas, habíamos alquilado un GPS que nos ayudó a orientarnos para cruzar Stornoway y llegar a la casa de "nuestros abuelitos", como decía Amada. Lo primero que vimos fue un señor muy mayor, con barba blanca, tipo abuelo de Heidi, pero más flaco, saludando desde la puerta de la casa. Entramos, conocimos también a su mujer, nos enseñaron nuestra habitación, dejamos las maletas y nos invitaron a un té con pastas en el salón de la casa. Fueron muy hospitalarios. En todos los B&B nos daban la llave para que fuéramos y volviéramos a nuestro antojo. Allí no. Nos dijeron que la puerta estaba abierta todo el día, que allí no robaban. Nos quedamos bastante sorprendidas, pero lo aceptamos.
Les contamos nuestro viaje hasta llegar a su casa y que habíamos oído en la radio que había habido inundaciones y habíamos visto un accidente viniendo por la carretera. Ellos no se habían enterado de nada, así que pusieron la tele y vimos las noticias. En la tele aún parecía peor que en la radio, porque se veía la gente achicando agua, los sacos de tierra para que no se desbordara un río, todo inundado... Para nuestra sorpresa, el abuelo sacó un ordenador Mac chulísimo y se puso a buscar en internet más información sobre el tema. Los abuelos que viven donde Cristo perdió el gorro y no volvió a buscarlo ya no son lo que eran. ¡Están a la última!
Foto: Yo helada comiendo un sandwich dentro del coche.
Cuando nos habíamos tomado el té y habíamos pasado un tiempo prudencial hablando con nuestros anfitriones, para no parecer descorteses, nos marchamos a explorar un poco los alrededores. La señora nos dejó unos folletos y un mapa de las carreteras que llevaban a los pueblos cercanos. Intentamos llegar a un faro, pero la carretera estaba muy llena de charcos y no nos atrevimos a aventurarnos por ella, por si nos quedábamos tiradas allí. Cambiamos de rumbo y acabamos por casualidad en una playa en la que cenamos unos sandwiches dentro del coche, porque hacía mucho frío, y hablamos con la gente que iba a pasear los perros y nos dio conversación. Había mosquitos por todas partes, midgets los llaman ellos. Nos habíamos llevado repelente y nos pasábamos la vida poniéndonoslo. Lo vendían también en las tiendas junto a los souvenirs para los turistas.
To be continued...