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| La Palmera de San Baudelio |
Ayur, Ayur... Ayur!!
Allá, en mitad de Castilla, en una de las extremaduras de Soria, después de mucho caminar con paso de peregrino por tierras morenas y desnudas, llegarás al altozano en que se yergue tu iglesia-mezquita. Te la regalo convertida en memoria de un tiempo en que moros y cristianos convivieron e hicieron suya esa pequeña maravilla que fue.
Si te acercas desde cualquiera de los puntos de la encrucijada que te lleva a ella sentirás sobre todo cuando llega el verano, el aroma persistente del tomillo, la salvia y el romero que te inundan de delicia.
Allí encontrarás los grises blancuzcos de los alcores y la gloria de las tierras. Te asombraran los mantos cárdenos, los ocres, los sienas desvaídos hacia el horizonte. Al mirar a lo alto verás que el cielo luce azul y lejano y el susurro de un arroyo que fluye mínimo al pie de la colina, te acompañará a la puerta. Sentirás tal vez que es fácil abandonar antes de subir el primer escalón, pesares y deleites. Allí tendrás que dejar tu mochila. -¡Prepárate! La incomodidad del suelo desigual y traicionero te exigirá tal vez un cayado y una vista aguda que te sostengan.
San Baudelio conmociona por su profunda y original belleza.
Espero que cuando vayas a hacerte cargo de mi regalo ya hayas leído muchas historias de moros y cristianos. Qué sepas quien fue Almanzor y recorrido las calles de Catalañazor contemplando sus chimeneas brujas. Quizá habremos cantado juntos muchos romances moriscos y de la frontera y reconozcas así a quienes acudían desde la Alta Edad Media.
Ya irás sabiendo a medida que creces, que mi amor por Castilla comenzó muy temprano. Apenas escuché el primer romance - Hazme caso-, lleva contigo el Romancero Viejo para acompañar el camino. Quizá no lo necesites, quizá como yo, lleves contigo algunos versos tatuados en la memoria...
del nació un espino albar....
las ramitas que se juntan
fuertes abrazos se dan...
...De ella nació una paloma
de él, un fuerte gavilán
juntos vuelan por el cielo
no los pueden separar...
Sí, en estas tierras vive el espino albar, la carrasca y la sabina. Aquí se cruzan lentas y señoras las rapaces...
Ayur, esta iglesia- mezquita que te regaló solo para ti, es el precioso broche con que mi amor ajustó el espino con el tomillo, la tierra suelta con el horizonte herido de peñas bravas; el doncel que va cantando, con el morisco de lanza enhiesta que lo acompaña. Ese legado vivo que nos dejaron mudéjares y mozárabes.
Al entrar en San Baudelio sentirás en la penumbra luminosa aromas de almizcle, de sándalo, de musgo ... y tan pronto como pongas el pie tambaleante en el dintel, señora y magnífica, se abrirá frente a ti lo más bello de la iglesita. La Palmera, su clave única. Ese tronco delgado que sube para bifurcarse en todo lo alto y ancho de su techumbre. La palmera fue un símbolo para moriscos y cristianos que hallaron bajo su ramaje pétreo, refugio y sosiego. Bajo el árbol extraño en esa tierra, que fue traído por libros y decires desde Oriente, se siente la fuerza y el encanto de lo mestizo, que irás poco a poco percibiendo mientras dejas que tu mirada recorra lentamente la bóveda, los arcos, los lienzos que una vez estuvieron tan cubiertos de imágenes que poco a poco irás haciendo tuyos, y en los que ahora solo reinan esbozos y algunas pinturas invictas que bastan para la memoria.
Te enamorarás del dromedario tan parecido a los que tú aprenderás a dibujar pronto, del elefante con su castillo movedizo a lomos, de los dos bueyes rojizos...
Ayur, te enamorarás perdidamente del halconero y el oso te hará sonreír con esas patas largas, largas. Por alguna parte andan escondidos un ibis, un centauro, un lebrel... Poco a poco los iras descubriendo a todos.
Esta ermita, con sus columnas delgadas y su arco en herradura, es tuya. Cuando aún te alimentabas del pecho de tu madre, vine aquí para pronunciar tu nombre debajo de esta Palmera...
¡Ayur! dije suave y luego otra vez y otra... Ayur... Ayur.
Así quedó consagrada San Baudelio de Berlanga para siempre a ti y tú, a ella, como resultado de mi poderoso hechizo de poeta.
Sé, que cuando vengas ya sabrás que ésta es una cita que debes a tu amuma y me recordarás con una sonrisa. Llegarán suaves a tus labios, porque yo me encargaré de ello, canciones y decires castellanos. Sé también que murmurarás alguna jarcha a modo de homenaje.
Se lo debes a tus sangres.
¡Tant' amare, habib, tant amare! Enfermeron olios nidios, e dolen tan male
Quienes erigieron esta ermita mezquita sabían de esas fuentes subterráneas en que abrevaron dos culturas que bajo esa palmera y al conjuro de esas palabras, misteriosamente se abrazaron y ahora, también a ti, te abrazan.





