domingo, 1 de febrero de 2026
Me pierdo
sábado, 31 de enero de 2026
Soy la blasfemia escrita
viernes, 30 de enero de 2026
Me refugio en el escritorio de la noche
jueves, 29 de enero de 2026
En las venas literarias
miércoles, 28 de enero de 2026
La vida es un atisbo de aliento
martes, 27 de enero de 2026
Un átomo de luz en la penumbra
Relato X -El día en que el tiempo se partió en dos
El día en que el tiempo se partió en dos
Un domingo cualquiera, o eso creí al principio. Amanecí entre los muros silenciosos del seminario franciscano, donde la paz parecía entrelazarse con la piedra. Tras un desayuno rápido, salí. El aire olía a lluvia reciente y a tierra húmeda. A las diez en punto, una cita urgente me aguardaba en el zoológico de San Salvador: Flor, Héctor y yo debíamos trazar las líneas frágiles de una red de salud clandestina. La guerra respiraba a nuestro alrededor, y cada gesto de organización era un acto de fe contra el olvido.
Llegaron puntuales. Flor llevaba en brazos a su hija, una criatura de seis meses que dormía ajena al mundo que la rodeaba. Nos saludamos con la seriedad breve de quienes conocen el valor del tiempo. Bajo la sombra de un árbol, expliqué la urgencia: montar casas de seguridad, preparar logística para lo que venía. Las palabras salían medidas, precisas, como puntos de sutura en una herida abierta.
Terminada la reunión, emprendimos la caminata hacia la parada del autobús, la ruta 12 que nos devolvería al vientre gris de la capital. Caminábamos frente a la Escuela de Sordomudos, un lugar de silencio enseñado, cuando el paisaje se quebró.
Al otro lado de la calle, frente a las rejas del zoológico, dos vehículos sin placas se habían detenido. Fantasmas de metal y vidrio polarizado. El primero, un sedán blanco, albergaba cuatro figuras inmóviles; el segundo, una pickup doble cabina, cargaba otros cuatro hombres en su interior y cuatro más sobre la capota. Todos vestidos de civil. Todos fuertemente armados. Todos con la mirada fija en nosotros, como halcones sobre una presa que ya ha sido señalada.
El peso del instante cayó sobre mí como una losa. Con la niña aún en mis brazos, musité hacia Flor: "El enemigo. Está frente a nosotros". Sus ojos se agrandaron, reflejando el mismo entendimiento lúcido y frío. Empezamos a tender líneas de fuga con la mirada, mientras el autobús de la ruta 12 se acercaba, rugiendo como una bestia de salvación. Subimos. El vehículo arrancó en dirección a Los Planes de Renderos, llevándonos en sentido contrario a aquellos coches letales.
Pero no hubo escape. Por el espejo retrovisor, vi cómo los fantasmas de metal se ponían en movimiento, siguiendo nuestro rastro con una calma aterradora. El paisaje verde comenzaba a desfilar cuando, en la curva del kilómetro 8, perdí de vista a nuestros perseguidores. Una esperanza frágil, un respiro. "Me bajo con Héctor", dije rápido a Flor. "Tú sigues hasta Los Planes".
Héctor descendió. Yo iba tras él cuando, en un relámpago, los vehículos reaparecieron, cerrándonos el horizonte. "¡Corre!", le grité a Héctor, y volví a subir al autobús de un salto. Me acerqué a Flor, cuyo rostro era ya un mapa de tensiones. "Yo me quedo en el seminario. Tú llega hasta al parque Balboa". Le pedí al conductor que redujera la marcha. En la próxima curva, antes de que el metal asesino nos alcanzara, me lancé al vacío.
El mundo se volvió piernas, asfalto y el sonido de mi propia respiración. Corrí hacia la entrada del seminario, ese refugio que ya no lo era. Al cruzar la calle, vi por el rabillo del oído cómo los vehículos se detenían frente a la iglesia, bloqueando la paz del lugar. No me detuve. Me adentré en los pasillos conocidos, deshaciéndome de papeles comprometedores en los baños, quemando evidencias con la urgencia del condenado.
Escalé el muro trasero. Desde allí, el mundo era una calle vacía cuesta arriba. Vacía, excepto por dos figuras que vigilaban la esquina. Uno de ellos volvió la cabeza. Nuestras miradas se cruzaron en el aire envenenado.
Retrocedí. Busqué el último santuario: un aula donde el padre Miguel Cabada impartía una charla a un grupo de la comunidad eclesial de base. Sus palabras de fe flotaban en la habitación. Yo solo podía hacerle gestos desesperados, señales mudas de auxilio, cuando la puerta se abrió de par en par.
La luz del pasillo, de repente, se quebró. Se recortó en ella la geometría brutal de cinco siluetas. No eran hombres; eran la materialización de una amenaza larga y temida. Empuñaban fusiles G3, y el metal frío de sus cañones era la única respuesta a la pregunta no hecha, la única palabra en ese silencio electrizante.
No hubo diálogo, no hubo escapatoria. Solo el lenguaje primitivo de la violencia: el impacto seco de las culatas contra las costillas, un ritmo sordo que hablaba de quebrantos. Los orificios oscuros de los fusiles, círculos perfectos de una condena, se fijaron en mí. Mi mirada, contra todo pronóstico, no se desvió. Era una serenidad extraña, un lago en calma en medio del huracán, y se cruzó, una a una, con cada uno de esos ojos negros de acero que me apuntaban. Era un duelo mudo, un reconocimiento final entre el cazador y lo cazado.
Los golpes, sin embargo, no cesaban. Eran el tambor que marcaba el fin. Y de entre aquel bosque de armas y brazos, unas manos ásperas, con la urgencia de quien tapa un secreto, me vendaron los ojos a golpes. La luz del mundo se apagó, reemplazada por una tela áspera y la presión de nudillos contra los pómulos.
Forcejeé. Fue un acto puro de instinto, un espasmo del animal acorralado contra un destino cuyo guión ya estaba escrito en tinta indeleble. Un movimiento inútil, sí, pero necesario: el último testimonio de un cuerpo que se niega a ser dócil ante su desaparición. No hubo piedad en la fuerza que se opuso a la mía. Como un fardo, como una cosa, me arrastraron fuera de aquel santuario de palabras y fe, cruzando el umbral donde terminaba la paz y comenzaba la noche.
El aire libre me golpeó, seguido por el impacto seco de un puño en la cabeza. "A vos te queríamos, hijo de puta", escupió una voz. Moví la cabeza con violencia, y por un instante, bajo la ceguera forzada, vi un rostro. Un rostro conocido. Era un oreja, un infiltrado que había compartido aulas y consignas en Ciencias Sociales con la gente del FEUS, el frente estudiantil.
Otro golpe, esta vez con la cold steel de una pistola 9 milímetros. La luz estalló en chispas blancas dentro de mi cráneo. Me arrojaron al piso del asiento trasero del sedán blanco. Las botas pesadas se posaron sobre mi costado, mis piernas, mi pecho, pisoteando el aliento. El hombre a mi cabeza no cesaba: me golpeaba con la culata de su pistola, una y otra vez, mientras presionaba el cañón frío contra mi sien, bajo la oreja.
El clic seco del gatillo al ser amartillado resonaba más fuerte que cualquier golpe. "Hoy no salís vivo de esta, hijo de puta", mascullaba, y su aliento olía a cigarrillo y odio. "Te tenemos. Y nos vas a entregar a los demás."
El vehículo arrancó, y el camino se convirtió en un túnel de oscuridad, dolor y ese clic metálico, repetido como un mantra de muerte. Pero esa… esa ya es otra parte de la historia.
aapayés
lunes, 26 de enero de 2026
La ilusión de ser poesía
domingo, 25 de enero de 2026
El evangelio según mi costilla desgarrada
sábado, 24 de enero de 2026
Me gusta desvanecerme en tu ausencia
viernes, 23 de enero de 2026
Desde un escondite del alma
jueves, 22 de enero de 2026
El capricho celestial del silencio
miércoles, 21 de enero de 2026
Flotando en las mareas negras de lo eterno
martes, 20 de enero de 2026
Constructor de latidos ajenos
lunes, 19 de enero de 2026
Audición surrealista de la poesía
domingo, 18 de enero de 2026
Entre el vuelo y la caricia
sábado, 17 de enero de 2026
Seremos el viento que desordena los ejes
Relato IX -La canción necesaria
Escuchar las canciones necesarias en El Salvador era una sentencia de muerte, si los cuerpos represivos te encontraban con dicha música.
Ali Primera, Guaraguau, Víctor Jara, Inti Illimani, Quilapayún, Pablo Milanés y Silvio Rodríguez, por nombrar solo algunos.
La Universidad tenía su propio latido: un pulso político, intelectual, y sobre todo, un aliento colectivo. Y en ese aire cargado de preguntas y anhelos, entraban aquellas canciones que, como pan fresco, alimentaban la conciencia y nutrían el espíritu revolucionario. Una cosa era escuchar la voz de Silvio, otra muy distinta era verlo.
Silvio llevaba más de una década cantando, pero su voz llegó a nosotros a principios de los ochenta, mientras los movimientos sociales -el BPR entre tantos otros- vivían su pleno apogeo. Así, con aquella música de fondo, transcurrían los días, los meses, los años de lucha. Una banda sonora para la resistencia.
No fue hasta julio de 1989 cuando, por fin, tuve la oportunidad de verlo cantar. Fue en un video, sí, pero era la primera vez que sus gestos, su mirada, acompañaban la guitarra y la palabra. Sucedió un sábado, el 22 de julio. Aquel día, yo debía organizar unos movimientos de apoyo a la organización y al sector cristiano, tarea fundamental en aquellos tiempos agitados.
Así llegué, ya entrada la noche, al Seminario Franciscano de los Planes de Renderos. Tras una reunión con unos seminaristas, uno de ellos -nicaragüense, de voz serena- me propuso: “Quedémonos a ver cantar a Silvio”. La propuesta me estremeció. Sería la primera vez que lo vería, aunque fuera a través de la pantalla. Acepté sin dudar. Y allí me quedé, hasta que la madrugada se hizo dueña del silencio, mientras la voz de Silvio llenaba la sala, concierto íntimo, luz y sombra en aquel rincón de El Salvador.
Aquel sábado, por fin, había visto cantar a Silvio Rodríguez.
Me fui a dormir tarde, con sus acordes aún resonando en el pecho, sabiendo que al amanecer me esperaba una coordinación con unos compañeros en el parque Zoológico de San Salvador. Quedaba de paso, en el mismo trayecto hacia la ciudad, donde tomaría el autobús número 12.
Pero esa… esa es otra historia, que contaré en otro momento.
aapayés
viernes, 16 de enero de 2026
La solvencia emocional
jueves, 15 de enero de 2026
Ahogado en las inundaciones del tiempo
miércoles, 14 de enero de 2026
El tacto de una ausencia
martes, 13 de enero de 2026
El Amor
lunes, 12 de enero de 2026
Saboreo tu pecado
domingo, 11 de enero de 2026
En el álbum de los acontecimientos rotos
sábado, 10 de enero de 2026
Sobre las sábanas de tu regazo.
viernes, 9 de enero de 2026
Geografía de tu Ausencia
Relato VIII -La Rutina que Conduce al Abismo
La Rutina que Conduce al Abismo
Los días corrían teñidos de guerra, y en El Salvador los escuadrones de la muerte sembraban el miedo a plena luz. En la Universidad de El Salvador, el movimiento estudiantil latía al compás de la lucha política, y mi aporte, como el de tantos otros en tiempos convulsos, era un grano de sal en el torbellino. En la UES, la resistencia era cotidiana: planificar manifestaciones, organizar el quehacer universitario, vivir.
Y es ahí, en lo habitual, donde anida el peligro. La rutina se convierte en un camino previsible, y el previsible es vulnerable. Así me sucedió.
Cada mañana entraba temprano a la UES, y al caer la tarde, entre las cuatro y las cinco, partía en busca de mi novia. Nuestro encuentro era siempre en su trabajo y junto ir al autobús que nos llevaría al centro de San Salvador. Una tarde más, una tarde que parecía igual a las anteriores, iba sentado en las butacas traseras, pegado a la puerta. De pronto, sentí sobre mí la mirada fija de un hombre. Me alarmé y comencé a observar con disimulo. Entonces descubrí a otro, con idéntica intensidad en los ojos. Eran dos jóvenes bien vestidos, de apariencia informal, pero con ese detalle siniestro: la “mariconera”, ese bolso donde los escuadrones solían llevar el arma.
De repente, no eran dos. Eran cinco. Cinco rostros imperturbables formando un círculo tácito a mi alrededor. Yo estaba junto a la salida; un movimiento brusco y podría saltar, huir. Pero no estaba solo. Junto a mí, mi novia, y esa era una responsabilidad sagrada. Al aproximarnos al mercado central, rumbo al parque Libertad, la tensión se enroscaba en mi pecho. El miedo, agudo y frío, recorría mis venas con el presentimiento del secuestro.
Inclinándome hacia su oído, le dije en voz baja: “Nos bajamos en el parque, frente a la Iglesia del Rosario”. Así lo hicimos. Bajamos corriendo, tomados de la mano, y corrimos hacia otro autobús que avanzaba por la Avenida, hacia el Reloj de Flores. Pero al subir, el corazón se me heló: ellos también habían abordado. Entonces le confesé a mi novia: “Nos siguen desde la universidad. Tenemos que actuar”.
Íbamos en la ruta 3, vía Soyapango. En medio del tráfico, decidido, le dije: “Nos tiramos con el autobús en marcha”. Bajamos en plena calle, y caminamos hacia adelante, evitando las aceras. De pronto, los cinco caminaban paralelos a nosotros: ellos en la vereda, nosotros en el asfalto. Corrimos hacia otro bus detenido por el semáforo y subimos. Pero en la parada de La Constancia, donde se agolpaba la gente, vi a uno de ellos llegar corriendo. Nuestras miradas se cruzaron por un instante cortante como un cuchillo. Subió de inmediato.
Ya en marcha, por el bulevar del Ejército, cerca de la entrada a Amatepeque, mi novia me susurró: “Adolfo, esos tipos no dejan de mirarte”. Volteé. Todos estaban ahí, sus mariconeras marcando el volumen pesado de un arma. Lo vi con claridad: el metal se delataba bajo la tela, balanceándose con el movimiento del bus.
Reflexioné un segundo, que fue una eternidad. Le dije a mi novia, con calma forjada en el miedo: “Vamos a saltar otra vez. Inclínate hacia atrás al caer”. Y así, frente a BoniDiscos, nos lanzamos al vacío de la calle. Corrimos desesperados hacia el mercado de Soyapango, perdiéndonos entre la multitud, buscando la salida que nos llevara a refugio, a la casa de mi madre.
Y debo decirlo, ahora que la memoria lo reclama: mi novia llevaba en su vientre tres meses de vida.
Así fue, en una tarde cualquiera convertida en pesadilla, como escapé una más de las tantas veces que la muerte rondó disfrazada de rutina.
aapayés
jueves, 8 de enero de 2026
Cuando tu nombre resuena.
miércoles, 7 de enero de 2026
En el acuario infinito del olvido
martes, 6 de enero de 2026
Vibras como el cielo
Relato VII. -La UES La última cena.
El aire caliente del verano olía a tiza, a tierra reseca y a tinta fresca de mimeógrafo. Nuestro mundo era aquel local de la Unión Consecuente, enclavado entre las cabañas de Humanidades, frente al silencio oscuro de las cabañas de Idiomas. Los días se consumían en el ritmo lento pero urgente de la memoria: reuniones, planes, la sombra larga de las fechas que se acercaban. Julgaba sobre nosotros, imborrable, el 30 de julio. El eco de los disparos en la pasarela del Seguro Social, unas cuadras abajo del Hospital Rosales, aún resonaba en el asfalto y en nuestros carteles. Era la herida que la represión de Molina había abierto y que nosotros, con brochas, papeles y palabras, intentábamos mantener viva.
Por eso, esa noche, días antes del aniversario, el local bullía. Decidimos quedarnos, trabajar mientras la ciudad dormía. De algún modo, entre todos, habíamos conjurado una cena. Cada uno aportó lo que pudo: un trozo de pan, unas frutas, algo de queso. No era fastuosa, pero en su sencillez era un banquete, un acto de resistencia compartida. La mesa, grande y desvencijada, se llenó de aquella comida humilde que sabía a comunidad, a un breve y frágil momento de paz. Agradecimos en silencio. No era común tener tanto.
La tregua fue breve. Como a las diez u once, la sombra de un custodio se pegó a la ventanilla del bunker. Su voz, un susurro áspero, nos heló la sangre: “El ejército entró por Derecho”. El aire se espesó. De inmediato, el instinto de seguridad se apoderó de nosotros. “Flecha” me miró: “Salí a verificar”. Asentí, y salí a la noche.
El campus era un laberinto de sombras y silencio. Me parapeté junto a un árbol en la esquina de las cabañas de Idiomas, cerca de las aulas de Física, con la vista clavada hacia Biología. La oscuridad era mi único escudo. Y entonces, los vi.
Emergió primero un solo soldado, un fantasma con casco y fusil. Y detrás, una procesión siniestra, una serpiente de pesadilla que se deslizaba en el silencio: filas combinadas de ejército, policía, guardia nacional, hacienda. Pasaron a seis o siete metros de mí. Conté, con el corazón golpeándome los oídos, unos cincuenta efectivos. Avanzaron por el pasillo de Física, se perdieron tras Biología, rumbo a Periodismo, para luego torcer hacia Ingeniería, Agronomía… un lento y metódico cerco que describía un círculo fatal, de vuelta hacia el Consejo Superior, el parqueo de Psicología, y finalmente, hacia nuestro pasillo. Hacia nosotros.
Corrí. La confirmación que llevaba era un nudo de hielo en la garganta. “Sí, están aquí”. Las órdenes fueron rápidas: a Víctor y a mí nos destinaron afuera, como ojos en la penumbra. Nos refugiamos en la primera aula de Idiomas, a pocos pasos del local. Desde allí, entre sombras, observábamos.
Pasada las once y media, la silueta del primer soldado recortó el pasillo. Se detuvieron frente a a la puerta. El despliegue fue un ballet macabro: uno a cada lado del marco, otro en el centro, otros en las esquinas del local, algunos desvaneciéndose hacia la parte trasera. El que estaba en el centro alzó el puño y golpeó la puerta. Toc, toc, toc. El sonido era seco, obsceno, en la quietud total. Allí se quedaron, inmóviles, durante diez minutos eternos.
Víctor y yo, desde nuestro escondite, conteníamos la respiración. Mi mente, en medio del estrés que agrietaba todo pensamiento, ya dibujaba el final: una balacera súbita, el cuerpo desplomado bajo los follajes de las cabañas de Idiomas, la última noche. Me vi ahí, tendido muerto, mientras los árboles susurraban indiferentes.
Pero el milagro, o el capricho del miedo ajeno, ocurrió. No entraron. Tras esos minutos de tensión insoportable, dieron media vuelta. Los vi marcharse, la misma fila fantasmal, desfilando una vez más frente a mi escondite, alejándose en la oscuridad.
Más tarde, los compañeros, con los rostros aún pálidos, me contaron lo que había sucedido al otro lado de la puerta. Habían estado apostados allí, listos, escuchando cada rumor. Oyeron la voz ronca de un soldado: “Entramos, la puerta está abierta…”.
Hubo una pausa. Luego, otra voz, cargada de una duda súbita o de un temor supersticioso, cortó el aire: “¡No!”.
Y se marcharon.
Así vivimos nuestra última cena. No hubo vino ni pan consagrado, sino el sabor agridulce de la comida compartida y el metal de la angustia. Esa noche, el ejército combinado, violando la autonomía universitaria, armado hasta los dientes, había entrado en nuestro santuario. Y se había ido, dejándonos con el sabor del miedo, la sombra de la muerte, y la frágil, temblorosa certeza de que, por esa vez, la historia había pasado de largo, rozándonos con sus garras heladas
aapayés










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