Era una tarde de verano, apenas pasado el mediodía, y el sol brillaba alto en el cielo produciendo un calor casi asfixiante que hacía que fuera el momento ideal para quedarse en casa protegido, a la sombra, y no pisar la calle hasta que el sol bajara ya avanzada la tarde.
Sin embargo, ella se sentía agobiada y quería salir, respirar. Necesitaba aire, y necesitaba libertad, de modo que se puso apenas una camiseta, la primera que vio, y una falda corta, y salió dispuesta a sufrir el sol del verano.
No tenía una idea clara donde ir, sólo quería salir de aquella ciudad que la oprimía, y regresar a un mundo, a un lugar y a un tiempo donde las preocupaciones y las responsabilidades no le agobiaban.
Había aparcado su moto justo en la esquina de su calle, al lado de su casa, de tal manera que cuando salió por el portal fue una de las primeras cosas que vio y rápidamente se le ocurrió cogerla y salir de la ciudad sin rumbo fijo, simplemente siguiendo una carretera y cambiando de dirección cuando se le antojara. Se conocía bastante bien la zona, y estaba segura de no perderse, así que no se preocupaba de la vuelta.
A pesar de que llevaba casco, la sensación del aire contra su cuerpo era un agradable contraste con la elevada temperatura que había. Afortunadamente era un calor seco, y gracias a eso resultaba bastante tolerable. Pensó que, con el calor que hacía, sería mejor que fuera hacia el norte, ya que las montañas siempre corría una suave brisa fresca, casi necesaria en estas fechas.
Habían pasado un par de horas ya alternando la carretera principal con secundarias cuando veía algo interesante que le llamaba la atención cuando, al pasar cerca de uno de los pueblos más pequeños de la zona al que se había acercado precisamente intrigada porque siempre le había parecido un pueblo casi fantasma, vio lo que parecía ser un bosquecillo y un camino de tierra que se internaba en él.
Le pareció extraño no conocerlo, ya que a ella siempre le habían gustado ese tipo de sitios donde aún se podía disfrutar de la naturaleza, y decidió adentrarse en él y explorarlo, aprovechando que la moto que llevaba estaba perfectamente preparada para ese tipo de recorridos por ser prácticamente una moto de motocross.
Al poco de entrar se quitó el casco, ya que la escasa velocidad a la que podía ir por el sendero hacía muy improbable un accidente, y así podía disfrutar con más comodidad del paisaje que estaba recorriendo. Los árboles, una vez adentrada en el bosque, parecían bastante más altos que desde fuera, y proyectaban una sombra que hacía que la temperatura fuera agradable, casi fresca.
Sin embargo, cuando hacía una media hora que se había adentrado en el bosque, y se extrañaba de no haber visto todavía la salida, ni ningún otro síntoma de presencia humana (de hecho, no había ni siquiera ningún camino que saliera del sendero principal), su moto hizo un ruido extraño y se paró. Rápidamente miró el indicador del combustible, por si debido a algún despiste se hubiera quedado sin gasolina, pero comprobó que le quedaba medio depósito.
Apoyó la moto contra un árbol y empezó a mirar el motor, con mejor intención que conocimiento, ya que ella jamás había entendido demasiado de mecánica. Después de comprobar las dos o tres únicas cosas que había aprendido a verificar, y ver que estaban correctas, se resignó a tener que pedir ayuda. Sin embargo, cuando sacó el móvil, se llevó una sorpresa: allí no había cobertura de ninguna compañía, y no podía llamar siquiera al servicio de emergencias.
Estaba pensando en cuánto le costaría recorrer el sendero a pie hasta el pequeño pueblo que había pasado antes, cuando de repente, de entre el follaje salió súbitamente un hombre, con una edad indeterminada, como de unos cincuenta años. Recuperada de la sorpresa, se alegró e intentó explicarle su situación y pedirle ayuda, pero se calló a mitad de una frase cuando se dio cuenta de que el hombre no se movía, y simplemente la miraba con los brazos cruzados.
Cuando ella dejó de hablar, el hombre dijo una frase en un idioma que ella no entendió, lo que le hizo ser consciente de que iba a tener que explicarle por gestos cuál era su situación. Intentó señalarle la moto e indicarle que no funcionaba, pero no parecía tener efecto sobre aquel extraño personaje.
Finalmente, cuando ella ya dejó de nuevo de hablar, desesperada, él dijo una única palabra, que, sin saber por qué, resonó profundamente dentro de ella y le hizo temblar. Después, simplemente le señaló la moto con el dedo y pareció querer indicarle que siguiera adelante por el sendero que estaba siguiendo. Extrañada, decidió probar suerte, y para su sorpresa se puso en marcha, con lo que pudo montar de nuevo en ella y seguir su camino.
Ahora iba ya con prisa, porque el sol empezaba a caer, y en aquel bosque la sombra de los árboles hacía que la noche pareciera adelantarse. Sin embargo, extrañamente, el frescor anterior se había sustituido por una sensación de calor agobiante, que se pegaba a ella, y le hacía empezar a sudar.
Cuando apenas habían pasado diez minutos desde que se había vuelto a poner en marcha, la moto se volvió a parar exactamente igual que antes. De hecho, no podía asegurarlo, pero hubiera jurado que se había vuelto a parar por el mismo sitio si no fuera por el hecho de que había seguido siempre adelante por el mismo camino, y en ningún momento había habido bifurcación o desvío alguno.
Esta vez está casi desesperada al ver que no consigue volver a arrancar la moto. Empieza a temer que se le eche encima la oscuridad en aquel bosque extraño, y ahora simplemente desea volver a casa, al confort y la comodidad del hogar.
Al poco rato, aparece de nuevo el hombre. Está segura de que es el mismo hombre porque las facciones son claramente las mismas. Sin embargo, ve algo cambiado en él, como si fuera más joven y en vez de cincuenta tuviera cuarenta años. Lo curioso es que él no da muestra alguna de reconocerla y, como en el caso anterior, tampoco de entenderla.
Igual que la primera vez, cuando ella deja de intentar explicarle la situación, él pronuncia otra vez la misma palabra que antes, lo que la hace estremecer incluso más ahora, y le señala el camino por el que seguir.
Perpleja, sin entender lo que pasa, se pone en marcha con el único pensamiento de salir lo antes posible de aquel bosque, mirando cada vez con más preocupación el sol ya bajo, y notando cómo con la tarde, en vez de refrescar, el calor va siendo cada vez más intenso y más pegajoso, de tal forma que nota la camiseta totalmente pegada a su cuerpo, ya húmeda.
Una vez más la moto vuelve a pararse en un paraje idéntico a los anteriores, si no el mismo, y esta vez ella cree estar viviendo una pesadilla. Incluso llega a pellizcarse el brazo, sin ningún efecto aparte de una leve marca rojiza. Esta vez, se le ocurre intentar decir ella la palabra que parecía arreglar la situación, pero por algún motivo no es capaz de pronunciarla, y sus labios se bloquean al intentar emitir ese sonido que, sin embargo, recuerda perfectamente.
Al poco rato vuelve a aparecer el hombre, y esta vez es nítidamente más joven, rozando la treintena, y ella siente temor ahora. Temor de darse cuenta cómo tiembla cuando vuelve a oír esa palabra, cómo todo su cuerpo se estremece con ese sonido extraño que sale de los labios de esa persona que apenas parece reparar en ella salvo por ese gesto.
Decide no irse esta vez cuando el indica que lo haga, y es consciente de repente de que con el calor y la humedad su camiseta está totalmente pegada a su piel, marcándose claramente sus pechos y sus pezones sobre la tela. Le invade en ese momento una oleada primero de vergüenza no sólo por su estado sino también por su indiferencia, que se va transformando en curiosidad de por qué, siendo él un hombre, y teniendo ella a sus apenas 25 años una silueta que le permitía ser animadora en el equipo local de baloncesto, no se había fijado en nada, salvo para mirarla a los ojos.
Él sigue señalándole el camino para que siga por él, pero ella no puede irse una vez más así, quiere saber algo más de ese hombre, quiere provocarle una reacción y que se dé cuenta y se fije en ella. Al ver que ella no se mueve, la única reacción de él es volver a repetir la palabra en un tono más alto, aunque no más imperioso, simplemente como si ella no le hubiera oído.
El estremecimiento al volver a oir la voz del hombre es muchísimo mayor que las veces anteriores, como si el hombre, al ser más joven, transmitiera cada vez más energía, y en ese momento siente que necesita la atención de esa persona, que reconozca su presencia, que sea consciente de su existencia, necesita captar su atención y producirle una reacción del tipo que sea.
Temblando, lucha contra el deseo de irse de allí una vez más, y se acerca lentamente hacia él, para luego empezar a andar alrededor suyo. Al hacerlo, nota como simplemente la mira, fijamente, a los ojos, sin apartar la vista en ningún momento, girándose para poder seguirla con la mirada, pero ignorándola completamente en todo lo demás.
Pese a no ser una mirada lasciva, le produce una sensación de gran desasosiego sentirse observada de ese modo. Se siente desnuda delante del hombre, como si a pesar de no mirarla estuviera viendo en ese momento todo su cuerpo desnudo, que está sudando cada vez más. No obstante, pese a lo intranquilizador, descubre que no le resulta desagradable esa situación y, en un intento de tomar las riendas, decide provocarle desnudándose lentamente mientras le sostiene la mirada, que se vuelve suplicante al final.
En ese momento, él pronuncia una nueva palabra y, de repente, sin saber por qué, siente un intenso frío en todo el cuerpo, a pesar de que es totalmente consciente y se da cuenta del calor húmedo que sigue haciendo. Sin embargo, en ese momento su cuerpo sólo siente frío, y ella nota cómo incluso sus pezones empiezan a contraerse y endurecerse, quedando arrugados, y ella de hecho tiritando.
A pesar del frío que ella siente, el calor húmedo del ambiente sigue afectándole, haciendo que su cuerpo no deje de sudar, de tal modo que su piel, sensibilizada a la vez por el frío, siente claramente cada una de las gotas que la están recorriendo. Las nota pasar por su cuerpo una a una, sudor caliente en su cuerpo frío. Una gota resbala por su espalda, siguiendo el arco de su columna; otra, baja por su muslo perezosamente hasta el tobillo; una más parte de su cuello para llegar a su pecho y recorrerlo, pasando justo por su pezón endurecido y quedándose allí apenas un instante, como si dudara, antes de seguir su recorrido.
La situación es demasiado para ella, y se da la vuelta para buscar su moto e irse, pero en el lugar donde estaba su moto lo único que hay ahora es un tálamo, una cama con cuatro columntas que soportan un visillo blanco casi transparente, que se abre como invitándola a entrar, y unas suave sábanas de seda también blanca.
Pasado el primer momento de sorpresa, ella no sabe qué hacer. No entiende de dónde ha salido esa cama, ni por qué su moto no está donde ella la dejó, sin haber oído además ningún ruido que pudiera indicar que alguien la había cogido. En cualquier caso, la sensación de frío se va haciendo cada vez más intensa por momentos, y decide meterse en la cama para, al menos, contar con una mínima protección.
Una vez dentro de la cama se tapa con la sábana, lo único que hay, y la seda de las sábanas es suave, fina, y la poca protección que le proporciona es bienvenida. En esa situación, tumbada boca arriba desnuda dentro de la cama, en medio del bosque, cierra los ojos y lo único que siente es el roce suave de la seda contra su cuerpo conforme respira. La leve caricia en sus piernas, en sus cuerpos, el roce en los pezones causado por el propio movimiento de su respiración, todo eso son las sensaciones que, sin darse cuenta, la llenan en ese momento.
Inconscientemente sus manos se apoyan en los muslos, y la yema de los dedos empieza a recorrerlos en una caricia apenas más intensa que la de la sábana, pero que sin embargo le resulta deliciosa y sorprendentemente excitante.
En ese momento se acuerda del hombre, a quien había olvidado por completo, porque había estado tan absorta que ni siquiera sabría decir cuánto tiempo ha pasado exactamente. Se fija, y ve que sigue mirándole, y esta vez ella le aguanta la mirada de otra manera. Ha pasado ya ese momento de temor e incertidumbre, el aparente refugio de la cama y la ligera excitación han hecho que se fuera.
Más calmada, se fija en él. Va también medio desnudo, con el torso al descubierto y simplemente un pantalón vaquero corto ajustado que le queda bastante ceñido. La verdad es que es atractivo, realmente atractivo, y se recrea recorriéndolo con la mirada de arriba abajo, para permitirse apreciarlo por completo. Se da cuenta entonces de que está empezando a desearlo, y la verdad es que no puede dejar de mirarlo... Se fija en sus músculos, marcados más por el trabajo que por el gimnasio, en su pose hierática, casi inmóvil. Se le ve fuerte y ahora, con probablemente algo menos de treinta años, se nota esa fuerza que emana de él... casi se puede tocar.
Ella se sienta en la cama, de frente a él, y mientras se muerde el labio inferior separa lentamente sus rodillas, en un gesto que es a la vez provocador y desafiante. Ella quiera más que nunca que le mire, que mire su cuerpo, que lo desee, y se fija en su pantalón ajustado, intentando ver síntomas que delaten una excitación en el hombre similar a la suya. Ella se nota excitada, y desea saber si él también lo está.
Intenta adivinarlo, se fija, hay un bulto, nota cómo se marca sobre el pantalón entre sus piernas, y no puede evitar pasarse la lengua por los labios del morbo y la excitación que le produce darse cuenta e imaginar lo que habrá, cómo será el hombre por debajo de la ropa. Quiere saberlo, saber que es por ella, que su cuerpo desnudo despierta el deseo de ese hombre y que, a pesar de intentar no demostrarlo, no puede evitar que se le marque la excitación claramente en el pantalón.
Totalmente excitada, se levanta de la cama y se acerca a él, lentamente, para bajarle el pantalón sin dejar de mirarlo por un instante, notando cómo el ansia se acumula, el deseo de verle... pero sin atreverse a tocar su piel. Sólo toca su ropa, y cuando cae, ve la ropa interior del hombre. Lleva un boxer negro ajustado, que mira más de cerca de lo que miró antes el pantalón, y ahora puede distinguir la forma, el tamaño, el grosor... Lo ve tan cerca y lo imagina tan nítidamente, que le cuesta contenerse.
Siente un deseo enorme por ese hombre que tiene tan cerca, al que nota tan duro... Quiere sentirlo por todo su cuerpo, notar el roce de la piel de él en la suya propia, tan sensible como la tiene ahora... Necesita recorrerlo, y dejarse recorrer por él...
El hombre no se mueve, de modo que ella toma la iniciativa y se pega a él, dejando que sus caderas se rocen, notando su bulto clavándose claramente en el clítoris, rozando sus pezones por ese cuerpo masculino que le atrae tanto, y con los labios prácticamente rozándose. Nota la excitación, el latido en sus labios mayores, y cómo no se aguanta de la excitación que siente. Sin embargo, no se atreve a besarle, porque necesita que sea él quien lo haga, necesita conseguir que sea él quien la tome a ella.
No se aguanta más ya, y cierra los ojos y empieza a recorrer la silueta del hombre con las manos, pasándolas pegadas a su cuerpo, casi rozándolo, pero sin llegar a tocarlo, apenas a un centímetro. Nota el calor de su piel, pero sin embargo no se atreve a tocarla, todavía lo siente como algo prohibido, y "recorre" también su pecho con los labios, una vez más sin dejar que el contacto, claramente existente de alguna forma, llegue a ser físico.
Se humedece los labios con la lengua sin poder contenerse mientras su cabeza no para de imaginar el tacto de su piel, pero no puede más, se muere de ganas de sentir su cuerpo, y sin embargo no es capaz de rozarle siquiera, más que en su imaginación.
Por fin, el hombre hace un gesto, separándose apenas un par de pasos de ella y extendiéndole las manos con las palmas hacia arriba. Ella está ahí, delante suyo, y por fin se atreve a coger las manos de él, y hace con ellas lo mismo que hacía antes con las suyas propias: pasarlas por su cuerpo como le gustaría que lo hiciera, llevándolas por su cuerpo sin que lleguen a tocarlo, notando simplemente su calor al recorrerlo.
Ella se muere de ganas cuando pasan por sus pechos, las nota ahí, casi acariciándolos, y siente un estremecimiento cuando casi, casi, CASI rozan sus pezones que le hace pensar que no es capaz de aguantar más. Se muere de ganas, le tiemblan las piernas, y desea esas manos, ese cuerpo y ese hombre más de lo que nunca había deseado a nadie. Quiere que la toque, que le separe las piernas, que acaricia sus muslos, que juegue con sus pechos y que le haga entregarse a él...
Incapaz de soportarlo más, y con la mano del hombre aún entre las suyas, lo lleva hacia la cama ya deshecha, donde ella se tumba encima sin taparse, boca arriba, sin poder aguantar ese latido que parte de entre sus piernas y recorre todo su cuerpo haciéndolo arder por dentro y provocándole una respiración profunda y rápida de la que ni siquiera se da cuenta.
Cuando ella se tumba, el hombre se inclina sobre ella, como si fuera a besarla, pero en vez de eso pasa sus labios por el cuerpo de ella sin permitir que haya contacto, de tal forma que ella siente únicamente su respiración allá por donde va pasando... en el cuello, en el pecho, en el vientre... Ella cierra los ojos y lo único que siente es el aliento del hombre recorriéndola, y no puede evitar levantar las rodillas, separar las piernas y un mínimo, apenas perceptible, movimiento de caderas hacia arriba.
Sigue notando la cara del hombre pasando por sus piernas, bajando desde la cintura por el costado, y subiendo entre ellas una vez separadas, empezando por el tobillo y cada vez más arriba pasando por las rodillas, los muslos... Sólo imaginarlo hace que ella se moje aún más, y al final no sabe si es su imaginación o la respiración del hombre lo que siente, pero sólo saber que está él ahí le vuelve loca, y en esa mezcla de imaginación y realidad empieza a pensar en las manos del hombre acariciando sus pechos, apoyando la mano en ellos mientras le besa el cuello.
Imagina el calor de las manos de él en sus pechos fríos, y el contraste le vuelve loca, la sensación de arder, del frío y del calor a la vez, es lo más excitante que habría imaginado nunca. En ese momento coge la cara de él entre sus manos y la lleva hasta su cuello, allí donde está imaginando que le besa y, del mismo modo, coge sus manos y las deja casi tocando sus pechos. Está excitadísima y arquea la cintura al respirar... No quiere mover el pecho, no se atreve, pero no puede más.
Por fin, en ese momento, ella es capaz por fin de decir la palabra que pronunció él antes, y entonces el hombre apoya por fin sus labios en el cuello de ella. Están ligeramente húmedos, y empiezan a recorrerla desde casi la base del hombro, subiendo despacio por el lateral del cuello mientras ella se estremece. Cuando llegan a su oreja, él roza apenas el lóbulo con la lengua... Está frío, pero su lengua es cálida, y hace que desaparezca la sensación de helor.
Mientras tanto, ella le acaricia la pierna con la mano, recorriéndola con la yema de los dedos arriba y abajo, sintiendo nada más sus músculos, incapaz de pensar en otra cosa. El hombre le apoya las manos en el pecho, justo como ella lo imaginaba, y el calor repentino que la invade consigue humedecerla y hace que las suaves caricias que ella hacía se conviertan en suaves arañazos que provocan, a su vez, que de la garganta de él salga una mezcla entre gemido suave y ronroneo.
Él le apoya la mano en el vientre, apoyando la palma, y comienza a masajearle el vientre, en círculos, al principio sin hacer apenas fuerza, acariciando primero su piel pero poco a poco más firmemente, de modo que ella, sin apenas darse cuenta, empieza a mover las caderas siguiendo el ritmo del masaje.
Conforme el masaje se va volviendo más intenso, ella siente cada vez más la estimulación y cómo se le relajan los músculos, aunque sus caderas siguen moviéndose, y cada vez más rápido. Cada vez es más intenso, y más abajo, de forma que siente cómo le arde todo el bajo vientre y no puede evitar gemir, cada vez más fuerte, e incrementar el ritmo al que se mueven sus caderas, prácticamente más rápido que el de él.
En ese momento él para y ella, que estaba con los ojos cerrados, los abre y le ve mirándola, como antes. Sin embargo, la mirada de ella está llena de excitación y, de alguna manera, sabe que la de él también está llena de deseo.
Ella se levanta y tumba al hombre en la cama, boca arriba, y se sienta a horcajadas encima suyo, con la vulva justo encima del bulto que se marca ahora mucho más en la ropa interior de él. Está dejada caer, pero sin llegar a tocarlo, y sabe que está ahí debajo suyo, lo siente aunque no lo toque, y sólo tiene que cerrar los ojos para notarlo. Su cabeza imagina el placer indescriptible que va a sentir cuando llegue a ella, cuando el miembro de ese hombre roce su piel, sus labios mayores, su clítoris, y se humedezca con los fluidos que salen de ella, extendiéndose conforme sus caderas lo recorran moviéndose delante y detrás, y haciendo que el tacto deje de ser áspero para ser cada vez más suave, y por tanto pueda moverse más deprisa, presionando además sus labios menores como si fuera a entrar en ellos...
Ella se está mojando mucho, y no puede más. Sin saber por qué, vuelve a repetir la misma palabra, jadeante, sin apenas respiración, y al oirla el hombre la aparta con cuidado para quitarse la ropa. quedan los dos tumbados en la cama, ella boca arriba y él de medio lado hacia ella.
Ella levanta las rodillas de nuevo y abre por completo las piernas, y está tan excitada y húmeda que le suplica que la penetre sin ser consciente de que no le entiende. En vez de eso, el hombre recorre sus labios mayores con un dedo, rozándolos con la yema, rodeándolos, para luego hacerlo con dos dedos, acariciándolos con la uña de arriba a abajo y de abajo a arriba.
La chica se muere de ganas de que entren en ella, de que la atraviesen pasando su humedad y lleguen bien dentro de ella, y levanta las caderas buscándolos, intentando provocarle para que los introduzca. El hombre mete por fin un dedo dentro, bien profundo, bien hondo dentro de ella, y ella no puede evitar que los músculos de su vagina intenten aprisionarlo mientras él los recorre explorándolos, examinándolos, recorriéndolos hasta entontrar lo que busca y empezar a masajear, en el frontal de su vagina, su punto G, que estimula sin parar, sin importarle cómo empieza a gemir, hasta que ella casi llora del propio placer.
De pronto él saca el dedo, de repente, y ella nota cómo se descarga, cómo se relaja y un placer enorme hace que no pueda contener un gran flujo de humedad que sale de ella. Sin embargo, ella necesita más, ya no es capaz de controlar sus actos y se pone encima de él, necesita tenerla dentro... La siente dura entre sus piernas, rozándole los labios y el clítoris, y mueve las caderas notando cómo le roza, cómo le separa los labios mayores abriéndolos y empujando contra los menores sin llegar a entrar... Nota cómo se estremece cuando su glande le roza el clítoris, cómo toda ella se abre para que entre profundamente hasta el fondo, y es incapaz de soportarlo más... Sus piernas ceden, haciendo que entre lentamente en ella, hasta llenarla por completo, más de lo que hubiera sentido nunca. Nota lo gruesa que es, y cómo se va abriendo paso conforme ella cae, y cuando está ya metida del todo ella es incapaz de moverse y se queda ahí, sintiéndola dentro de ella, notando únicamente los músculos de su vagina contrayéndose y relajándose para sentirla más.
Finalmente el empuja la espalda de ella hasta hacerla quedar tumbada encima de él, y la abraza levantando las rodillas, de tal modo que queda quita encima suyo. De este modo es él quien mueve las caderas, cada vez más rápido, penetrándola sin parar. Ella siente cómo le atraviesa una y otra vez... Con lo excitada que está apenas puede aguantarse, y se corre brutalmente apretando los muslos contra él, quien tiene que sujetarla para poder seguir penetrándola porque el placer es tan intenso que si no se escaparía. Ella sigue sintiéndose penetrada mientras el orgasmo se va haciendo cada vez más intenso, y al final, cuando ya casi no puede más, nota cómo él también termina dentro de ella, cómo su fluido le golpea en lo más profundo y se desborda en su interior, mojando incluso sus muslos.
Agotada, se duerme abrazada a él, y cuando despierta está en el bosque, apenas a la entrada, tumbada en un lecho de hojas, con su ropa doblada y la moto en perfecto funcionamiento a su lado.
Sólo han pasado dos horas desde que entró.
jueves, septiembre 01, 2011
jueves, agosto 25, 2011
Do not, or do
Go.
Run.
Hide.
Hide yourself, hide your soul.
Run longing for water, feeling this lust.
At last.
Bite your neck.
Break the deck.
Throw it to the dock.
Go.
Run.
Search a safe harbour.
Look for a haven.
There ain't no heaven.
So said the raven.
Go.
Run.
Don't let the crow get you.
Feed it to the mob.
Let them starve.
Let them die.
Fall to the sky.
Crawl, and dive.
Crave for your life.
Go.
Run.
Cry.
Die.
Shame.
It's all the same.
All will be in vain.
All in the same vein.
Forever void.
All you try to avoid.
Go.
Run.
You will not.
More often than not.
Feel your body rot.
Rotten, ill-gotten.
Forever forgotten.
Your mind foregoes.
Your life lags behind.
Be one with the hive.
Kill the bee.
Worship the ant.
I'll make you pant.
And gasp.
Go.
Run.
Always tring to grasp.
Forever long.
Forever far.
Forever.
Never.
Ever.
Whatever.
Bu Ji
Run.
Hide.
Hide yourself, hide your soul.
Run longing for water, feeling this lust.
At last.
Bite your neck.
Break the deck.
Throw it to the dock.
Go.
Run.
Search a safe harbour.
Look for a haven.
There ain't no heaven.
So said the raven.
Go.
Run.
Don't let the crow get you.
Feed it to the mob.
Let them starve.
Let them die.
Fall to the sky.
Crawl, and dive.
Crave for your life.
Go.
Run.
Cry.
Die.
Shame.
It's all the same.
All will be in vain.
All in the same vein.
Forever void.
All you try to avoid.
Go.
Run.
You will not.
More often than not.
Feel your body rot.
Rotten, ill-gotten.
Forever forgotten.
Your mind foregoes.
Your life lags behind.
Be one with the hive.
Kill the bee.
Worship the ant.
I'll make you pant.
And gasp.
Go.
Run.
Always tring to grasp.
Forever long.
Forever far.
Forever.
Never.
Ever.
Whatever.
Bu Ji
jueves, octubre 21, 2010
Sonia
Todo había comenzado como una apuesta, de esas que se hacen con los amigos en un momento de borrachera.
Era Agosto y todo el mundo estaba de vacaciones, así que ese viernes Andrés y Sonia eran los únicos de todo el grupo que habían quedado en la ciudad. "Bueno es lo que tiene una ciudad de interior con todo el calor del verano", pensaron, y salieron dando por hecho que sería una noche de viernes muy aburrida.
Después de varias horas bebiendo, acabaron en uno de los últimos bares en cerrar, el típico bar donde se junta la gente que no ha ligado y tampoco tiene ganas de volver a su casa, y empezaron con los chupitos de tequila. Cuando iban por el segundo, a Sonia se le ocurrió la idea:
—¿Qué te parece si hacemos una apuesta a ver quién aguanta más chupitos de tequila?
—Muy bien— dijo Andrés —,pero... ¿qué apostamos? Ha de ser algo por lo que merezca la pena darlo todo...
—No sé... ¿Qué te parece&mdash dijo Sonia con una repentina mirada pícara — si el que pierda tiene que hacer mañana por la noche todo lo que el otro le pida?
La mirada y el tono de Sonia dejaban bien claro que estaba pensando en cosas que probablemente Andrés se arrepintiera mucho de hacer, y la verdad es que esperaba que se echara atrás, ya que nunca había sido muy bebedor y esa noche ya había tomado unas cuantas copas más de las habituales en él, cosa que parecía notarse en su hablar ligeramente balbuceante. Sin embargo, para sorpresa de Sonia, estuvo de acuerdo:
—Me parece muy bien— dijo —, pero que sepas que si gano no pienso apiadarme de ti.
El brillo en los ojos de Andrés cuando Sonia no pudo con el séptimo chupito y tuvo que ir corriendo al baño extrañó a más de uno en el bar. Sin embargo, ninguno de ellos estaba en condiciones de recordarlo al día siguiente... Excepto el propio Andrés.
* * *
El día siguiente fue de una resaca espantosa para Sonia, y, lo que era peor, recordaba con toda nitidez la apuesta perdida la noche anterior. Bueno, eran amigos, pensó, así que probablemente no le pediría nada que fuera exagerado o demasiado humillante... De hecho, pensaba que sería más compasivo con ella de lo que lo habría sido ella con él.
Sin embargo, el mensaje que recibió le dejó perpleja. Decía lo siguiente
Te pasaré a recoger mañana a las ocho en punto. Ponte la faldita escocesa que tienes, y un top blanco, sin ropa interior. También te quiero en tacones. Después de cenar podrás elegir si quieres quedarte, o volverte a casa. Tranquila, no voy siquiera a tocarte, pero hasta entonces tendrás que hacer lo que te diga. ¿Pagarás tu apuesta?
Aparte de perpleja, le dejó un poco intranquila, ya que ella jamás había pensado en Andrés como otra cosa que un amigo, y el que él le pidiera esas cosas tan abiertamente eróticas le resultaba turbador. Sin embargo, le había dejado claro que no iba a tocarla, y si algo caracterizaba a su amigo es que era una persona de palabra. El haber sido ella misma en esta ocasión la que había propuesto la apuesta terminó de vencer sus dudas, y decidió cumplir con lo que le había pedido.
Mientras se duchaba, dio un repaso mental a la ropa que le había pedido ponerse. La falda escocesa que mencionaba era una faldita que tenía plisada, propia de una colegiala... o más bien de quien se quiere vestir de colegiala, que le llegaba por medio muslo.
El top, en cambio, era un top blanco bastante simple que tenía de tirantes, ligeramente ajustado pero no como llamar escandalosamente la atención. Decidió que para acompañar se pondría los zapatos con el tacón más altos que tuviera... Si quería ser provocado, lo iba a ser.
La verdad es que cuando se vio en el espejo se sorprendió, ya que con sus 24 años, morena de 1,70, y el pelo moreno que le caía por los hombros la ropa que le había elegido, junto con los zapatos de tacón, le hacían parecer extrañamente sensual.
Pasaban tres minutos de la hora acordada, cuando, justo al acabar de maquillarse, sonó el timbre. Fue hacia la puerta impaciente, más impaciente en ese momento por ver qué efecto provocaría en Andrés que por lo que pudiera depararle la noche.
La verdad es que no le defraudó. En cuanto la vio la recorrió con la mirada de arriba a abajo, con una mirada intensa, que parecía estar desnudándola y a la vez querer comérsela. Se relajó al pensar que, a pesar de todo, era ella la que estaba controlando la situación, y decidió provocarle un poco más levantándose los pechos con la mano y diciendo, con la cara ligeramente inclinada hacia abajo y mirando hacia arriba como una chica mala que acaban de castigar:
—Como ves, no llevo sujetador... y te garantizo que ahí debajo— y mientras decía esto acariciaba su falda entre las piernas con la yema de los dedos —tampoco llevo nada.
Para su sorpresa Andrés se echó a reir y simplemente le contestó que en ningún momento había dudado de ella, y que le siguiera. Él iba vestido de manera bastante más simple que ella, con una camiseta también blanca y ajustada, y unos vaqueros con botas negras de ir en moto.
Cuando salieron, vio que aparcada enfrente de su casa había una moto parecida a las de carreras, de gran cilindrada, y sin embargo nunca ni él ni sus amigos habían mencionado que montara en moto, siempre había aparecido en coche.
—Sube— le dijo Andrés, mientras le acercaba un casco —vamos a cenar al restaurante de un amigo mío.
Mientras ella se ponía el casco y Andrés encendía la moto pudo oir cómo le daba las últimas instrucciones:
—Por cierto, a partir de ahora, y hasta que acabe esta noche o decidas irte a casa, me llamarás Señor.
* * *
La verdad es que apenas había asimilado lo último que había oído cuando se encontró subida en la moto, recorriendo las calles de la ciudad a gran velocidad, cosa que le hacía agarrarse fuertemente a él porque apenas había ido en moto, y desde luego nunca en una como esa.
Lo primero que notó, y que le dio un susto que casi clava las uñas en su amigo, fue que al llevar esa falda tan corta y tener que ir subida a horcajadas en la moto, sus labios mayores y casi su clítoris quedaban en contacto directamente con la moto. Tal vez de haberlo sabido hubiera intentado ponerse en una postura que lo notara menos, pero la verdad es que no había mucho que hacer a esas alturas. Notaba la vibración del motor de la moto, e incluso las de la calle, justo entre sus piernas, y a cada bache que había se sentía estremecer.
Andrés era perfectamente consciente de eso y sonrió por dentro del casco, sin que Sonia pudiera verle. Decidió que era el momento adecuado para empezar a jugar con aquella chica que se creía de vuelta de todo, pero que en el fondo era tan ingenua... Cuando notó que la respiración de ella empezaba a acelerarse (la tenía pegada a su espalda), y que estaba lo bastante excitada como para no darse cuenta, empezó a frenar la moto para luego acelerarla repentinamente, de tal forma que el clítoris se le apretara contra el asiento al frenar, para luego moverse en dirección contraria al acelerar. Al poco rato, volvió a sonreír cuando empezó a oír los gemidos cada vez menos apagados de su amiga
De hecho, en esos momentos Sonia estaba luchando contra su propio cuerpo para no acariciarle, ya que el sentir el cuerpo de Andrés tan pegado al suyo, estaba notando cómo las horas de gimnasio de Andrés se habían notado en el último año, y podía intuir bajo sus dedos cómo se marcaban, pese a la postura, unos abdominales duros y bien formados. Es más, se moría de ganas de saber cómo se sentirían sus pectorales, de acariciarlos e incluso de lamerlos, si bien a duras penas logró contenerse.
Cuando por fin llegaron y se bajaron de la moto y ella se quitó el casco, tenía la cara toda roja y estaba sudorosa, e intentaba evitar su mirada. Andrés, de manera socarrona, miró el asiento de la moto húmedo, le levantó la barbilla para mirarla fijamente a pesar de que ella intentara evitarlo, y le dijo sonriente:
—Vaya, veo que has disfrutado del viaje... Me alegro, mejor lo pasarás a partir de ahora.
* * *
Sonia todavía luchaba por disimular el sofoco que llevaba cuando la brisa de la calle le hizo caer en la cuenta de que hacía tiempo que sus pezones estaban duros, por la excitación y el roce con el cuerpo de Andrés, y que al no llevar sujetador estaría marcándose claramente en su top... De hecho, cada vez que respiraba los notaba rozar, sintiéndolos vez más sensibles y duros, y por primera vez en su vida notaba la humedad empezar a rebosar de sus labios a sus muslos.
Al darse cuenta de estaban ya enfrente del restaurante, intentó recomponer como pudo su ropa de forma que se notara su excitación lo menos posible. Al darse cuenta, Andrés le interrumpió, en tono imperioso:
—Déjalo, no lo intentes... Se va a notar de cualquier manera lo caliente que estás. De todos modos— y en ese momento su tono se suavizó y dejó asomar una cierta nota de flema casi británica —, allí dentro a nadie le va a importar.
Nada más entrar un camarero vestido elegantemente de negro lo reconoció y les indicó amablemente que le siguieran a la mesa reservada. El restaurante tenía un salón amplio, cuyas mesas estaban ocupadas la mayoría por parejas, si bien en algunas había tres, cuatro e incluso más personas. Lo que más llamó la atención de Sonia es que había mucha gente vestida de una manera que no había visto hasta entonces.
En algunas mesas el hombre iba vestido impecable, con traje o smoking, y la chica apenas llevaba un corsé de encaje negro y una minifalda de cuero también negro. En otras, la chica llevaba un catsuit, un traje de cuero negro que le ajustaba como un guante resaltando todas sus curvas, mientras el hombre no levantaba jamás la mirada y llevaba varias anillas, que acaso fueran más bien argollas, en distintas partes de su cara. En fin, empezó a hacerse una idea del tipo de sitio en le que estaba.
—Dices que el bar es de un amigo tuyo... Y te han reconocido al entrar...— dijo titubeante Sonia —¿Vienes mucho a este sitio?
—No te preocupes por eso ahora— le interrumpió él casi sin dejarle acabar la pregunta, mientras le daba una bolsita —, no es el momento. Ahora coge esto, vete al baño, y métetelo. No te preocupes, es nuevo y lo he limpiado bien.
—Pero...— intentó protestar tímidamente ella —pero... dijiste que no me ibas a tocar...
—Y no voy a hacerlo— contestó él —, simplemente vas a ser tú misma la que lo hagas. Ahora, ve y haz lo que te he dicho.
—Sí...— y algo en su tono de voz le hizo recordar lo que le había dicho justo antes de montarse en la moto —sí, Mi Señor.
Cuando llegó al baño tuvo un momento de duda. ¿Qué habría dentro de la bolsa? ¿Se atrevería a hacerlo? Pensó en salir, devolverle todo, y decirle que había ido demasiado lejos, que el juego se había terminado. Sin embargo, mientras eso pasaba por su cabeza se dio cuenta de que su mano había estado acariciando inconscientemente todo el rato su labios mayores haciéndolos rozar con la falda y, en ese momento, supo que no era capaz de echarse atrás.
Con un gran esfuerzo de voluntad dejó de acariciarse y abrió la bolsa. Lo que había dentro no era más que un pequeño aparato de plástico, con forma cilíndrica pero con los bordes suaves y redondeados para que fuera más fácil introducirlo, y un hilo que salía de él para facilitar el sacarlo.
Ella nunca había sido partidaria de utilizar juguetes en sus relaciones sexuales y, de hecho, los había considerado un síntoma de que éstas eran insatisfactorias puesto que necesitaban ayuda. Por eso no sabía bien para qué serviría, simplemente imaginaba que tendría una función parecida a las bolas chinas de las que sí había oído hablar, pero no acertaba a entender de lo que se trataba.
Finalemente, se lo introdujo sin problemas debido a la humedad que hacía tiempo que lubricaba su vagina. Le supuso un agradable, aunque momentáneo, alivio a su excitación el sentir cómo el plástico ligeramente frío separaba sus labios menores y se abría paso poco a poco por su vagina, separando las paredes que hasta entonces habían estado cerradas.
Una vez lo tuvo bien firmemente dentro cerró las piernas para disfrutar un instante de la sensación y ponerse de pie sin miedo a que se le saliera. Cuando confirmó que podía andar normalmente y no se movía, volvió por fin junto a Andrés.
* * *
Justo en ese momento llegó el camarero y les preguntó qué deseaban comer. Sonia quiso saber qué es lo que había en el menú:
—¿Qué es lo que tie...
De repente su pregunta se convirtió en un grito ahogado, y Andrés aprovechó para intervenir:
—La señorita no cenará; como ve, se halla ligeramente indispuesta. En cuanto a mí, traígame lo de siempre.
El aparato que llevaba Sonia dentro de su vagina se había puesto a vibrar repentinamente, pillándola totalmente por sorpresa, y no había podido evitar que el grito, mezcla de excitación, sorpresa y miedo, saliera de su garganta. En cuanto se fue el camarero, la vibración paró, y se encontró, aún jadeante, con los ojos de Andrés que la miraban fijamente.
—Lo que, como acabo de comprobar, llevas dentro es un potente vibrador que puedo controlar con un mando a distancia que tengo aquí — y diciendo eso le enseñó en efecto un pequeño aparato con varios botones —. Con él puedo controlar no sólo si vibra o no, sino la intensidad de la vibración, así que mientras yo disfruto de la cena, me voy a encargar de que tú disfrutes... de otras cosas.
Y diciendo eso pulsó uno de los botones e, instantáneamente, el vibrador se puso de nuevo en marcha. Esta vez sin embargo Sonia estaba preparada y lo esperaba, por lo que consiguió que apenas se notara un cambio en su cara.
Estaba intentando con todas sus fuerzas que no se le notara nada ya que si bien estaba claro el tipo de gente que acudía al local y nadie parecía darse por enterado de lo que ocurría en su mesa, en ninguna otra se veía a nadie con síntomas de excitación, ni hacían nada que no pudiera considerarse perfectamente normal en un restaurante.
Cuando al cabo de un minuto pensó que había conseguido controlar la situación, e intentó levantar de nuevo la vista (que había fijado en la mesa, para intentar así concentrarse más y controlar mejor su cuerpo), apenas pudo ver la sonrisa de Andrés mientras apretaba un botón del mando a distancia y la vibración aumentaba de repente.
No fue consciente del rato que pasó así... Cada vez que por fin pensaba que había logrado controlar su cuerpo, la vibración se hacía un poco más intensa si cabe y de nuevo sentía cómo su cuerpo comenzaba a temblar y tenía que morderse los labios hasta sentir el sabor metálico de su propia sangre para no gemir.
Al final ya no podía más, le era imposible controlarse; las caderas hacía tiempo que se le movían solas como si estuviera siendo penetrada, y la cara la tenía escondida entre las manos en un vano intento de disimular sus gemidos. Ya sólo deseaba el orgasmo, le daba igual el sitio y la gente, necesitaba estallar de una vez y correrse de manera salvaje, gritando incluso, algo que nunca antes había hecho ni en los orgasmos más intensos.
En ese momento todo paró. No podía ser, estaba a punto, ya lo sentía llegar, apenas diez segundos más y todo habría acabado... Todavía siguió por un instante moviendo las caderas, en un intento inútil de correrse, pero era imposible. Por fin, levantó la cabeza sudorosa, apartó sus manos que la tapaban, húmedas de sudor y saliva, y vio que Andrés había por fin acabado de cenar.
* * *
Después de limpiarse la boca con una servilleta, le dijo:
—Bueno, aquí acaba tu obligación conmigo... En este momento debes tomar una decisión: puedes irte ahora y dar por saldada la apuesta... o puedes quedarte, y saber qué más te espera. Pero tienes que saber que si te quedas, hay unas nuevas condiciones— y diciendo esto puso un nuevo paquete encima de la mesa —que deberás aceptar: si te quedas, serás mi perra y podré hacer de ti lo que me plazca hasta mañana... y te prometo que esto habrá sido sólo el principio.
Sonia intentó contestar, pero apenas le salían las palabras:
—Sí... más... quiero más... necesito más...
Al oirla balbucear así, Andrés le interrumpió con tono imperioso:
—¡Contesta como debes!
Cuando oyó cómo se dirigía a ella, pareció recuperar un poco la compostura y dijo en apenas un susurro:
—Sí, soy vuestra perra, Mi Señor.
—Perfecto— dijo él —, entonces ponte el collar que te marca como mía.
Con manos temblorosas aún abrió lo que había encima de la mesa, y encontró un collar que colocó sin apenas pensarlo alrededor de su cuello, entregándose de esta manera a Su Señor.

* * *
Cuando por fin se puso el collar, Andrés le unió una cadena que llevaba preparada y, sin más, se levantó con ella y comenzó a cruzar el restaurante en dirección contraria a la entrada, hacia una maciza puerta de roble que se abrió justo cuando llegaban.
Sonia apenas era capaz de andar con los tacones, las piernas le temblaban demasiado y parecían estar sin fuerza... y, de hecho, si no hubiera estado siendo arrastrada por el collar no hubiera podido avanzar mucho.
Entraron en un pasillo con múltiples puertas, todas ellas cerradas, y cada una de ellas tenía una chapa dorada con una inscripción o emblema que identificaba a su propietario. Andrés se paró delante de una que ponía Bu Ji, y sacando una llave de su bolsillo la abrió y entró. El cuarto estaba iluminado por algunas velas distribuidas cuidadosamente de tal modo que prácticamente todo estaba en un ambiente de penumbra, sin zonas demasiado iluminadas ni demasiado oscuras. En el centro, había una cama grande, de al menos dos metros de ancho por otros tantos de largo. Junto a ella, una mesita y varias cómodas y cajones.
Ella no opuso resistencia cuando la tumbó sobre la cama y sujetó sus manos a unas sujeciones de cuero que colgaban de la cabecera de la cama a tal efecto. Con unas tijeras rompió el top que llevaba, con cuidado de no hacerle daño, y dejó sus pechos al descubierto. Empezó a acariciarle lentamente un pezón, cogiéndolo entre el índice y el pulgar y apretándolo suavemente para después soltarlo.
Al notar el estímulo, Sonia pareció volver en sí y salir del ensimismamiento en que estaba, y miró a los ojos de Su Señor, dándose cuenta de que el simple hecho de pensar en la situación que estaba hacía que se excitara de nuevo. Cuando pasó un rato, Andrés volvió a hablarle:
—Muy bien, querida amiga... o, mejor dicho, y por adecuarnos a la actual situación, muy bien, querida perra viciosa. Ahora eres mía, y harás lo que yo quiera... Y lo harás porque estás tan cachonda que eres incapaz de hacer otra cosa. Sin embargo, y como no quiero abusar, te voy a dar una última opción. Toma esto —y al decirlo, puso en su mano una pequeña pelota de goma, de estás para aliviar el estrés que se pueden apretar a voluntad — y tenlo en la mano. Si alguna vez quieres parar, déjala caer, y aquí acabará todo... los dos volveremos a nuestras casas, y mañana volveremos a ser amigos.
Mientras decía esto, Sonia le miraba muerta de excitación. Había asumido que era su perra, y se había descubierto a sí misma separando todo lo que podía las piernas para enseñarle sus labios húmedos, con el vibrador aún dentro.
—Eso sí —prosiguió Andrés—, si la pelota se te cayera por accidente, significaría en cualquier caso que aquí acaba todo, quieras o no, así que ten cuidado no sea cosa que la dejes caer por error.
Una vez dijo eso, abrió uno de los cajones que había al lado de la cama y sacó una venda con la que le tapó los ojos, y una mordaza con bola con la que le amordazó. Al notarse de repente cegada y muda, Sonia tuvo el reflejo instintivo de dejar caer la bola, pero consiguió contenerse apretándola fuertemente, y se dejó hacer.
—Muy bien —dijo Andrés—, has aguantado bien... No quiero que molestemos a los vecinos, así que me he tomado la libertad de evitar que puedas hacer demasiado ruido... Además, resulta apropiado que simplemente jadees.
Por último, le sujetó los tobillos a los pies de la cama, y forzó a que las rodillas de mantuvieran levantadas mediante unas abrazaderas de cuero que pendían del techo mediante unas cadenas. Así, la tenía completamente a su merced: cegada, muda, prácticamente inmóvil ya que sólo podía mover las caderas, y con las piernas separadas y las rodillas levantadas para usarla a voluntad.
* * *
Lo primero que hizo fue sacarle el vibrador que llevaba, con las pilas prácticamente agotadas, y dejarlo aparte encima de la mesa en una bandeja que había.. el gemido ahogado que emitió le indicó que se había acostumbrado ya a su presencia, y que la sensación al sacarlo fue de placer.
Le quitó entonces la falda y el resto de la ropa que le quedaba, incluidos los zapatos, cortando todas aquellas partes que pudieran estorbar o ser difíciles de quitar por estar atada, y empezó a recorrer lentamente el cuerpo de Sonia con la yema de los dedos, aunque sin seguir ningún orden en particular.
Quería sorprenderla, que no supiera dónde iba a sentir sus manos... empezó por el vientre, acariciándolo con la yema de los dedos de izquierda a derecha, y alternándolas con las uñas, un roce suave que le hacía estremecer.
Siguió luego acariciando sus muslos, por dentro, pero esta vez con los labios. Dejó que se deslizaran ligeramente húmedos desde la rodilla hacia abajo, para luego subir en sentido contrario por la otra pierna, pero sin rozar apenas sus zonas más sensibles. Andrés sabía que ella quería más, porque estaba realmente excitada, y notaba como levantaba sus caderas cada vez que los labios bajaban. Sin embargo, aún no era el momento... tendría que esperar, y dejar que la excitación le fuera superando.
De repente, ella notó una sensación extraña en pezones que la sobresaltó... ¿Qué era aquello? No podía verlo, y no había oído nada tampoco... era algo frío... frío... y húmedo, que caía en sus pezones y se iba deslizando por su vientre... pero además, notaba un cosquilleo por donde había pasado... eran burbujas. Mientras el champagne se deslizaba hacia abajo por su vientre, cayendo justo entre sus piernas, cosquilleando en su clítoris mientras ella intentaba cerrar las piernas sin conseguirlo, notó por fin el olor que le permitió identificarlo.
Inmediatamente después la lengua de Andrés empezó a recorrer el camino que acababa de seguir el champagne, y, justo después del frío y las burbujas notó inmediatamente después su lengua caliente y aún más húmeda, que la hizo estremecerse aún más... hasta que por fin llegó entre sus piernas.
Sonia creyó volverse loca de placer cuando sintió esa lengua recorriendo primero sus labios mayores, rozándolos apenas primero para separarlos después y llegar a penetrarla ligeramente con ella. Al sentirse penetrada, aunque fuera simplemente con la lengua, empezó a jadear cada vez más, y a mover las caderas intentando que llegara más profundamente.
De nuevo, frío en los pezones... esta vez un frío intenso, sólido... hielo... que los hacía sentir a punto de estallar, y los endurecía cada vez más... Apenas aguantaba el frío, pero el calor que sentía entre las piernas, con la lengua ahora moviéndose rápidamente en círculos apretando contra su clítoris, mientras sus caderas de nuevo se movían arriba y abajo sin control, hacía que no fuera capaz de distinguir qué sensación era la más intensa.
Repentinamente, todo cesó. Sonia apenas era consciente de dónde estaba, o lo que le estaba pasando... sólo notaba los pezones duros como piedras, a punto de estallar en cada respiración, casi doliéndole de lo hinchados... y a la vez el clítoris y la vagina ardiendo, con una sensación de necesidad que no había sentido nunca antes... No era capaz de pensar con claridad, sólo quería ser follada de una vez, ser follada sin parar, como la perra que realmente era en ese momento.
Cuando sintió como si estallaran sus pezones, no supo si era de dolor o de placer. Realmente era una mezcla de las dos cosas, porque Andrés acababa de ponerles unas pinzas lo bastante fuertes como para que fueran ligeramente dolorosas, pero no tanto como para que, en ese momento, el dolor se convirtiera en placer al sentir liberarse la tensión acumulada.
Simultáneamente, la penetró, y se quedó un instante dentro de ella, notando cómo su vagina temblaba en parte por el dolor de las pinzas, y en parte por la propia excitación al sentirla tan llena. Se permitió disfrutar de ese momento en el que Sonia perdía definitivamente el control, cuando sus caderas reaccionaban a lo que había dentro de ella, y empezaban a moverse sin parar intentando hacer que entrara y saliera.
Poco a poco, la fue penetrando, lentamente al principio, a pesar de las ganas que sabía que ella tenía en ese momento, o precisamente por ellas. Dejó que el primero orgasmo le llegara mientras le penetraba lentamente, y no paró de hacerlo, sabiendo que así lo alargaría. Cuando por fin el orgasmo de ella terminó, siguió entrando y saliendo de ella como antes, mientras le decía:
—Ya te has corrido, ya has tenido lo que pensabas que querías. Pero no; yo te voy a dar lo que realmente deseas: te voy a follar como la perra que eres, y te seguiré follando sin parar mientras te corres sabiendo que vas a seguir sintiendo mi polla hasta que te vuelvas a correr otra vez, así sin parar...
La mordaza apenas fue suficiente para amortiguar el gruñido de deseo puro, instintivo, atávico, animal, que salió de la garganta de Sonia en ese momento, mientras sus intentos de moverse ponían a prueba la solidez de cadenas y sujeciones
Impertérrito, Andrés empezó a penetrarla cada vez más rápido, haciendo que se sucediera un orgasmo tras otro. Por mucho que ella apretara la vagina mientras se corría, él no paraba y seguía abriéndose paso cada vez más rápido, golpeando cadera con cadera notando sus testículos golpear contra ella, empujando también, mientras también su pene se hacía cada vez más duro y grueso.
Cuanto más rápido la penetraba, más intensos eran sus orgamos, y también más seguidos, hasta el punto en el que era imposible distinguir cuándo acababa uno y empezaba otro. En ese momento, tampoco él pudo aguantar más y se corrió dentro de ella, llenándola, prácticamente desbordándola, y esa sensación dentro de ella fue lo último que notó antes de desmayarse, había llegado la petite mort.
El deseo de Sonia se había cumplido: había sido usada, orgasmo tras orgasmo, hasta la extenuación.
Ya sólo le quedó a Andrés desatarla, dejar que se recuperara abrazado a ella, y ayudarla a que se diera un baño tranquilo y relajado en la bañera anexa. Por último, se acostaron.
* * *
Cuando Andrés despertó, Sonia estaba aún abrazada a él. Después de darle un suave beso en la mejilla para despertarla, le dijo:
—Sonia, es de día... ¿Volvemos a casa?
Y ella contestó:
—Sí, Mi Señor.
Era Agosto y todo el mundo estaba de vacaciones, así que ese viernes Andrés y Sonia eran los únicos de todo el grupo que habían quedado en la ciudad. "Bueno es lo que tiene una ciudad de interior con todo el calor del verano", pensaron, y salieron dando por hecho que sería una noche de viernes muy aburrida.
Después de varias horas bebiendo, acabaron en uno de los últimos bares en cerrar, el típico bar donde se junta la gente que no ha ligado y tampoco tiene ganas de volver a su casa, y empezaron con los chupitos de tequila. Cuando iban por el segundo, a Sonia se le ocurrió la idea:
—¿Qué te parece si hacemos una apuesta a ver quién aguanta más chupitos de tequila?
—Muy bien— dijo Andrés —,pero... ¿qué apostamos? Ha de ser algo por lo que merezca la pena darlo todo...
—No sé... ¿Qué te parece&mdash dijo Sonia con una repentina mirada pícara — si el que pierda tiene que hacer mañana por la noche todo lo que el otro le pida?
La mirada y el tono de Sonia dejaban bien claro que estaba pensando en cosas que probablemente Andrés se arrepintiera mucho de hacer, y la verdad es que esperaba que se echara atrás, ya que nunca había sido muy bebedor y esa noche ya había tomado unas cuantas copas más de las habituales en él, cosa que parecía notarse en su hablar ligeramente balbuceante. Sin embargo, para sorpresa de Sonia, estuvo de acuerdo:
—Me parece muy bien— dijo —, pero que sepas que si gano no pienso apiadarme de ti.
El brillo en los ojos de Andrés cuando Sonia no pudo con el séptimo chupito y tuvo que ir corriendo al baño extrañó a más de uno en el bar. Sin embargo, ninguno de ellos estaba en condiciones de recordarlo al día siguiente... Excepto el propio Andrés.
* * *
El día siguiente fue de una resaca espantosa para Sonia, y, lo que era peor, recordaba con toda nitidez la apuesta perdida la noche anterior. Bueno, eran amigos, pensó, así que probablemente no le pediría nada que fuera exagerado o demasiado humillante... De hecho, pensaba que sería más compasivo con ella de lo que lo habría sido ella con él.
Sin embargo, el mensaje que recibió le dejó perpleja. Decía lo siguiente
Te pasaré a recoger mañana a las ocho en punto. Ponte la faldita escocesa que tienes, y un top blanco, sin ropa interior. También te quiero en tacones. Después de cenar podrás elegir si quieres quedarte, o volverte a casa. Tranquila, no voy siquiera a tocarte, pero hasta entonces tendrás que hacer lo que te diga. ¿Pagarás tu apuesta?
Aparte de perpleja, le dejó un poco intranquila, ya que ella jamás había pensado en Andrés como otra cosa que un amigo, y el que él le pidiera esas cosas tan abiertamente eróticas le resultaba turbador. Sin embargo, le había dejado claro que no iba a tocarla, y si algo caracterizaba a su amigo es que era una persona de palabra. El haber sido ella misma en esta ocasión la que había propuesto la apuesta terminó de vencer sus dudas, y decidió cumplir con lo que le había pedido.
Mientras se duchaba, dio un repaso mental a la ropa que le había pedido ponerse. La falda escocesa que mencionaba era una faldita que tenía plisada, propia de una colegiala... o más bien de quien se quiere vestir de colegiala, que le llegaba por medio muslo.
El top, en cambio, era un top blanco bastante simple que tenía de tirantes, ligeramente ajustado pero no como llamar escandalosamente la atención. Decidió que para acompañar se pondría los zapatos con el tacón más altos que tuviera... Si quería ser provocado, lo iba a ser.
La verdad es que cuando se vio en el espejo se sorprendió, ya que con sus 24 años, morena de 1,70, y el pelo moreno que le caía por los hombros la ropa que le había elegido, junto con los zapatos de tacón, le hacían parecer extrañamente sensual.
Pasaban tres minutos de la hora acordada, cuando, justo al acabar de maquillarse, sonó el timbre. Fue hacia la puerta impaciente, más impaciente en ese momento por ver qué efecto provocaría en Andrés que por lo que pudiera depararle la noche.
La verdad es que no le defraudó. En cuanto la vio la recorrió con la mirada de arriba a abajo, con una mirada intensa, que parecía estar desnudándola y a la vez querer comérsela. Se relajó al pensar que, a pesar de todo, era ella la que estaba controlando la situación, y decidió provocarle un poco más levantándose los pechos con la mano y diciendo, con la cara ligeramente inclinada hacia abajo y mirando hacia arriba como una chica mala que acaban de castigar:
—Como ves, no llevo sujetador... y te garantizo que ahí debajo— y mientras decía esto acariciaba su falda entre las piernas con la yema de los dedos —tampoco llevo nada.
Para su sorpresa Andrés se echó a reir y simplemente le contestó que en ningún momento había dudado de ella, y que le siguiera. Él iba vestido de manera bastante más simple que ella, con una camiseta también blanca y ajustada, y unos vaqueros con botas negras de ir en moto.
Cuando salieron, vio que aparcada enfrente de su casa había una moto parecida a las de carreras, de gran cilindrada, y sin embargo nunca ni él ni sus amigos habían mencionado que montara en moto, siempre había aparecido en coche.
—Sube— le dijo Andrés, mientras le acercaba un casco —vamos a cenar al restaurante de un amigo mío.
Mientras ella se ponía el casco y Andrés encendía la moto pudo oir cómo le daba las últimas instrucciones:
—Por cierto, a partir de ahora, y hasta que acabe esta noche o decidas irte a casa, me llamarás Señor.
* * *
La verdad es que apenas había asimilado lo último que había oído cuando se encontró subida en la moto, recorriendo las calles de la ciudad a gran velocidad, cosa que le hacía agarrarse fuertemente a él porque apenas había ido en moto, y desde luego nunca en una como esa.
Lo primero que notó, y que le dio un susto que casi clava las uñas en su amigo, fue que al llevar esa falda tan corta y tener que ir subida a horcajadas en la moto, sus labios mayores y casi su clítoris quedaban en contacto directamente con la moto. Tal vez de haberlo sabido hubiera intentado ponerse en una postura que lo notara menos, pero la verdad es que no había mucho que hacer a esas alturas. Notaba la vibración del motor de la moto, e incluso las de la calle, justo entre sus piernas, y a cada bache que había se sentía estremecer.
Andrés era perfectamente consciente de eso y sonrió por dentro del casco, sin que Sonia pudiera verle. Decidió que era el momento adecuado para empezar a jugar con aquella chica que se creía de vuelta de todo, pero que en el fondo era tan ingenua... Cuando notó que la respiración de ella empezaba a acelerarse (la tenía pegada a su espalda), y que estaba lo bastante excitada como para no darse cuenta, empezó a frenar la moto para luego acelerarla repentinamente, de tal forma que el clítoris se le apretara contra el asiento al frenar, para luego moverse en dirección contraria al acelerar. Al poco rato, volvió a sonreír cuando empezó a oír los gemidos cada vez menos apagados de su amiga
De hecho, en esos momentos Sonia estaba luchando contra su propio cuerpo para no acariciarle, ya que el sentir el cuerpo de Andrés tan pegado al suyo, estaba notando cómo las horas de gimnasio de Andrés se habían notado en el último año, y podía intuir bajo sus dedos cómo se marcaban, pese a la postura, unos abdominales duros y bien formados. Es más, se moría de ganas de saber cómo se sentirían sus pectorales, de acariciarlos e incluso de lamerlos, si bien a duras penas logró contenerse.
Cuando por fin llegaron y se bajaron de la moto y ella se quitó el casco, tenía la cara toda roja y estaba sudorosa, e intentaba evitar su mirada. Andrés, de manera socarrona, miró el asiento de la moto húmedo, le levantó la barbilla para mirarla fijamente a pesar de que ella intentara evitarlo, y le dijo sonriente:
—Vaya, veo que has disfrutado del viaje... Me alegro, mejor lo pasarás a partir de ahora.
* * *
Sonia todavía luchaba por disimular el sofoco que llevaba cuando la brisa de la calle le hizo caer en la cuenta de que hacía tiempo que sus pezones estaban duros, por la excitación y el roce con el cuerpo de Andrés, y que al no llevar sujetador estaría marcándose claramente en su top... De hecho, cada vez que respiraba los notaba rozar, sintiéndolos vez más sensibles y duros, y por primera vez en su vida notaba la humedad empezar a rebosar de sus labios a sus muslos.
Al darse cuenta de estaban ya enfrente del restaurante, intentó recomponer como pudo su ropa de forma que se notara su excitación lo menos posible. Al darse cuenta, Andrés le interrumpió, en tono imperioso:
—Déjalo, no lo intentes... Se va a notar de cualquier manera lo caliente que estás. De todos modos— y en ese momento su tono se suavizó y dejó asomar una cierta nota de flema casi británica —, allí dentro a nadie le va a importar.
Nada más entrar un camarero vestido elegantemente de negro lo reconoció y les indicó amablemente que le siguieran a la mesa reservada. El restaurante tenía un salón amplio, cuyas mesas estaban ocupadas la mayoría por parejas, si bien en algunas había tres, cuatro e incluso más personas. Lo que más llamó la atención de Sonia es que había mucha gente vestida de una manera que no había visto hasta entonces.
En algunas mesas el hombre iba vestido impecable, con traje o smoking, y la chica apenas llevaba un corsé de encaje negro y una minifalda de cuero también negro. En otras, la chica llevaba un catsuit, un traje de cuero negro que le ajustaba como un guante resaltando todas sus curvas, mientras el hombre no levantaba jamás la mirada y llevaba varias anillas, que acaso fueran más bien argollas, en distintas partes de su cara. En fin, empezó a hacerse una idea del tipo de sitio en le que estaba.
—Dices que el bar es de un amigo tuyo... Y te han reconocido al entrar...— dijo titubeante Sonia —¿Vienes mucho a este sitio?
—No te preocupes por eso ahora— le interrumpió él casi sin dejarle acabar la pregunta, mientras le daba una bolsita —, no es el momento. Ahora coge esto, vete al baño, y métetelo. No te preocupes, es nuevo y lo he limpiado bien.
—Pero...— intentó protestar tímidamente ella —pero... dijiste que no me ibas a tocar...
—Y no voy a hacerlo— contestó él —, simplemente vas a ser tú misma la que lo hagas. Ahora, ve y haz lo que te he dicho.
—Sí...— y algo en su tono de voz le hizo recordar lo que le había dicho justo antes de montarse en la moto —sí, Mi Señor.
Cuando llegó al baño tuvo un momento de duda. ¿Qué habría dentro de la bolsa? ¿Se atrevería a hacerlo? Pensó en salir, devolverle todo, y decirle que había ido demasiado lejos, que el juego se había terminado. Sin embargo, mientras eso pasaba por su cabeza se dio cuenta de que su mano había estado acariciando inconscientemente todo el rato su labios mayores haciéndolos rozar con la falda y, en ese momento, supo que no era capaz de echarse atrás.
Con un gran esfuerzo de voluntad dejó de acariciarse y abrió la bolsa. Lo que había dentro no era más que un pequeño aparato de plástico, con forma cilíndrica pero con los bordes suaves y redondeados para que fuera más fácil introducirlo, y un hilo que salía de él para facilitar el sacarlo.
Ella nunca había sido partidaria de utilizar juguetes en sus relaciones sexuales y, de hecho, los había considerado un síntoma de que éstas eran insatisfactorias puesto que necesitaban ayuda. Por eso no sabía bien para qué serviría, simplemente imaginaba que tendría una función parecida a las bolas chinas de las que sí había oído hablar, pero no acertaba a entender de lo que se trataba.
Finalemente, se lo introdujo sin problemas debido a la humedad que hacía tiempo que lubricaba su vagina. Le supuso un agradable, aunque momentáneo, alivio a su excitación el sentir cómo el plástico ligeramente frío separaba sus labios menores y se abría paso poco a poco por su vagina, separando las paredes que hasta entonces habían estado cerradas.
Una vez lo tuvo bien firmemente dentro cerró las piernas para disfrutar un instante de la sensación y ponerse de pie sin miedo a que se le saliera. Cuando confirmó que podía andar normalmente y no se movía, volvió por fin junto a Andrés.
* * *
Justo en ese momento llegó el camarero y les preguntó qué deseaban comer. Sonia quiso saber qué es lo que había en el menú:
—¿Qué es lo que tie...
De repente su pregunta se convirtió en un grito ahogado, y Andrés aprovechó para intervenir:
—La señorita no cenará; como ve, se halla ligeramente indispuesta. En cuanto a mí, traígame lo de siempre.
El aparato que llevaba Sonia dentro de su vagina se había puesto a vibrar repentinamente, pillándola totalmente por sorpresa, y no había podido evitar que el grito, mezcla de excitación, sorpresa y miedo, saliera de su garganta. En cuanto se fue el camarero, la vibración paró, y se encontró, aún jadeante, con los ojos de Andrés que la miraban fijamente.
—Lo que, como acabo de comprobar, llevas dentro es un potente vibrador que puedo controlar con un mando a distancia que tengo aquí — y diciendo eso le enseñó en efecto un pequeño aparato con varios botones —. Con él puedo controlar no sólo si vibra o no, sino la intensidad de la vibración, así que mientras yo disfruto de la cena, me voy a encargar de que tú disfrutes... de otras cosas.
Y diciendo eso pulsó uno de los botones e, instantáneamente, el vibrador se puso de nuevo en marcha. Esta vez sin embargo Sonia estaba preparada y lo esperaba, por lo que consiguió que apenas se notara un cambio en su cara.
Estaba intentando con todas sus fuerzas que no se le notara nada ya que si bien estaba claro el tipo de gente que acudía al local y nadie parecía darse por enterado de lo que ocurría en su mesa, en ninguna otra se veía a nadie con síntomas de excitación, ni hacían nada que no pudiera considerarse perfectamente normal en un restaurante.
Cuando al cabo de un minuto pensó que había conseguido controlar la situación, e intentó levantar de nuevo la vista (que había fijado en la mesa, para intentar así concentrarse más y controlar mejor su cuerpo), apenas pudo ver la sonrisa de Andrés mientras apretaba un botón del mando a distancia y la vibración aumentaba de repente.
No fue consciente del rato que pasó así... Cada vez que por fin pensaba que había logrado controlar su cuerpo, la vibración se hacía un poco más intensa si cabe y de nuevo sentía cómo su cuerpo comenzaba a temblar y tenía que morderse los labios hasta sentir el sabor metálico de su propia sangre para no gemir.
Al final ya no podía más, le era imposible controlarse; las caderas hacía tiempo que se le movían solas como si estuviera siendo penetrada, y la cara la tenía escondida entre las manos en un vano intento de disimular sus gemidos. Ya sólo deseaba el orgasmo, le daba igual el sitio y la gente, necesitaba estallar de una vez y correrse de manera salvaje, gritando incluso, algo que nunca antes había hecho ni en los orgasmos más intensos.
En ese momento todo paró. No podía ser, estaba a punto, ya lo sentía llegar, apenas diez segundos más y todo habría acabado... Todavía siguió por un instante moviendo las caderas, en un intento inútil de correrse, pero era imposible. Por fin, levantó la cabeza sudorosa, apartó sus manos que la tapaban, húmedas de sudor y saliva, y vio que Andrés había por fin acabado de cenar.
* * *
Después de limpiarse la boca con una servilleta, le dijo:
—Bueno, aquí acaba tu obligación conmigo... En este momento debes tomar una decisión: puedes irte ahora y dar por saldada la apuesta... o puedes quedarte, y saber qué más te espera. Pero tienes que saber que si te quedas, hay unas nuevas condiciones— y diciendo esto puso un nuevo paquete encima de la mesa —que deberás aceptar: si te quedas, serás mi perra y podré hacer de ti lo que me plazca hasta mañana... y te prometo que esto habrá sido sólo el principio.
Sonia intentó contestar, pero apenas le salían las palabras:
—Sí... más... quiero más... necesito más...
Al oirla balbucear así, Andrés le interrumpió con tono imperioso:
—¡Contesta como debes!
Cuando oyó cómo se dirigía a ella, pareció recuperar un poco la compostura y dijo en apenas un susurro:
—Sí, soy vuestra perra, Mi Señor.
—Perfecto— dijo él —, entonces ponte el collar que te marca como mía.
Con manos temblorosas aún abrió lo que había encima de la mesa, y encontró un collar que colocó sin apenas pensarlo alrededor de su cuello, entregándose de esta manera a Su Señor.

* * *
Cuando por fin se puso el collar, Andrés le unió una cadena que llevaba preparada y, sin más, se levantó con ella y comenzó a cruzar el restaurante en dirección contraria a la entrada, hacia una maciza puerta de roble que se abrió justo cuando llegaban.
Sonia apenas era capaz de andar con los tacones, las piernas le temblaban demasiado y parecían estar sin fuerza... y, de hecho, si no hubiera estado siendo arrastrada por el collar no hubiera podido avanzar mucho.
Entraron en un pasillo con múltiples puertas, todas ellas cerradas, y cada una de ellas tenía una chapa dorada con una inscripción o emblema que identificaba a su propietario. Andrés se paró delante de una que ponía Bu Ji, y sacando una llave de su bolsillo la abrió y entró. El cuarto estaba iluminado por algunas velas distribuidas cuidadosamente de tal modo que prácticamente todo estaba en un ambiente de penumbra, sin zonas demasiado iluminadas ni demasiado oscuras. En el centro, había una cama grande, de al menos dos metros de ancho por otros tantos de largo. Junto a ella, una mesita y varias cómodas y cajones.
Ella no opuso resistencia cuando la tumbó sobre la cama y sujetó sus manos a unas sujeciones de cuero que colgaban de la cabecera de la cama a tal efecto. Con unas tijeras rompió el top que llevaba, con cuidado de no hacerle daño, y dejó sus pechos al descubierto. Empezó a acariciarle lentamente un pezón, cogiéndolo entre el índice y el pulgar y apretándolo suavemente para después soltarlo.
Al notar el estímulo, Sonia pareció volver en sí y salir del ensimismamiento en que estaba, y miró a los ojos de Su Señor, dándose cuenta de que el simple hecho de pensar en la situación que estaba hacía que se excitara de nuevo. Cuando pasó un rato, Andrés volvió a hablarle:
—Muy bien, querida amiga... o, mejor dicho, y por adecuarnos a la actual situación, muy bien, querida perra viciosa. Ahora eres mía, y harás lo que yo quiera... Y lo harás porque estás tan cachonda que eres incapaz de hacer otra cosa. Sin embargo, y como no quiero abusar, te voy a dar una última opción. Toma esto —y al decirlo, puso en su mano una pequeña pelota de goma, de estás para aliviar el estrés que se pueden apretar a voluntad — y tenlo en la mano. Si alguna vez quieres parar, déjala caer, y aquí acabará todo... los dos volveremos a nuestras casas, y mañana volveremos a ser amigos.
Mientras decía esto, Sonia le miraba muerta de excitación. Había asumido que era su perra, y se había descubierto a sí misma separando todo lo que podía las piernas para enseñarle sus labios húmedos, con el vibrador aún dentro.
—Eso sí —prosiguió Andrés—, si la pelota se te cayera por accidente, significaría en cualquier caso que aquí acaba todo, quieras o no, así que ten cuidado no sea cosa que la dejes caer por error.
Una vez dijo eso, abrió uno de los cajones que había al lado de la cama y sacó una venda con la que le tapó los ojos, y una mordaza con bola con la que le amordazó. Al notarse de repente cegada y muda, Sonia tuvo el reflejo instintivo de dejar caer la bola, pero consiguió contenerse apretándola fuertemente, y se dejó hacer.
—Muy bien —dijo Andrés—, has aguantado bien... No quiero que molestemos a los vecinos, así que me he tomado la libertad de evitar que puedas hacer demasiado ruido... Además, resulta apropiado que simplemente jadees.
Por último, le sujetó los tobillos a los pies de la cama, y forzó a que las rodillas de mantuvieran levantadas mediante unas abrazaderas de cuero que pendían del techo mediante unas cadenas. Así, la tenía completamente a su merced: cegada, muda, prácticamente inmóvil ya que sólo podía mover las caderas, y con las piernas separadas y las rodillas levantadas para usarla a voluntad.
* * *
Lo primero que hizo fue sacarle el vibrador que llevaba, con las pilas prácticamente agotadas, y dejarlo aparte encima de la mesa en una bandeja que había.. el gemido ahogado que emitió le indicó que se había acostumbrado ya a su presencia, y que la sensación al sacarlo fue de placer.
Le quitó entonces la falda y el resto de la ropa que le quedaba, incluidos los zapatos, cortando todas aquellas partes que pudieran estorbar o ser difíciles de quitar por estar atada, y empezó a recorrer lentamente el cuerpo de Sonia con la yema de los dedos, aunque sin seguir ningún orden en particular.
Quería sorprenderla, que no supiera dónde iba a sentir sus manos... empezó por el vientre, acariciándolo con la yema de los dedos de izquierda a derecha, y alternándolas con las uñas, un roce suave que le hacía estremecer.
Siguió luego acariciando sus muslos, por dentro, pero esta vez con los labios. Dejó que se deslizaran ligeramente húmedos desde la rodilla hacia abajo, para luego subir en sentido contrario por la otra pierna, pero sin rozar apenas sus zonas más sensibles. Andrés sabía que ella quería más, porque estaba realmente excitada, y notaba como levantaba sus caderas cada vez que los labios bajaban. Sin embargo, aún no era el momento... tendría que esperar, y dejar que la excitación le fuera superando.
De repente, ella notó una sensación extraña en pezones que la sobresaltó... ¿Qué era aquello? No podía verlo, y no había oído nada tampoco... era algo frío... frío... y húmedo, que caía en sus pezones y se iba deslizando por su vientre... pero además, notaba un cosquilleo por donde había pasado... eran burbujas. Mientras el champagne se deslizaba hacia abajo por su vientre, cayendo justo entre sus piernas, cosquilleando en su clítoris mientras ella intentaba cerrar las piernas sin conseguirlo, notó por fin el olor que le permitió identificarlo.
Inmediatamente después la lengua de Andrés empezó a recorrer el camino que acababa de seguir el champagne, y, justo después del frío y las burbujas notó inmediatamente después su lengua caliente y aún más húmeda, que la hizo estremecerse aún más... hasta que por fin llegó entre sus piernas.
Sonia creyó volverse loca de placer cuando sintió esa lengua recorriendo primero sus labios mayores, rozándolos apenas primero para separarlos después y llegar a penetrarla ligeramente con ella. Al sentirse penetrada, aunque fuera simplemente con la lengua, empezó a jadear cada vez más, y a mover las caderas intentando que llegara más profundamente.
De nuevo, frío en los pezones... esta vez un frío intenso, sólido... hielo... que los hacía sentir a punto de estallar, y los endurecía cada vez más... Apenas aguantaba el frío, pero el calor que sentía entre las piernas, con la lengua ahora moviéndose rápidamente en círculos apretando contra su clítoris, mientras sus caderas de nuevo se movían arriba y abajo sin control, hacía que no fuera capaz de distinguir qué sensación era la más intensa.
Repentinamente, todo cesó. Sonia apenas era consciente de dónde estaba, o lo que le estaba pasando... sólo notaba los pezones duros como piedras, a punto de estallar en cada respiración, casi doliéndole de lo hinchados... y a la vez el clítoris y la vagina ardiendo, con una sensación de necesidad que no había sentido nunca antes... No era capaz de pensar con claridad, sólo quería ser follada de una vez, ser follada sin parar, como la perra que realmente era en ese momento.
Cuando sintió como si estallaran sus pezones, no supo si era de dolor o de placer. Realmente era una mezcla de las dos cosas, porque Andrés acababa de ponerles unas pinzas lo bastante fuertes como para que fueran ligeramente dolorosas, pero no tanto como para que, en ese momento, el dolor se convirtiera en placer al sentir liberarse la tensión acumulada.
Simultáneamente, la penetró, y se quedó un instante dentro de ella, notando cómo su vagina temblaba en parte por el dolor de las pinzas, y en parte por la propia excitación al sentirla tan llena. Se permitió disfrutar de ese momento en el que Sonia perdía definitivamente el control, cuando sus caderas reaccionaban a lo que había dentro de ella, y empezaban a moverse sin parar intentando hacer que entrara y saliera.
Poco a poco, la fue penetrando, lentamente al principio, a pesar de las ganas que sabía que ella tenía en ese momento, o precisamente por ellas. Dejó que el primero orgasmo le llegara mientras le penetraba lentamente, y no paró de hacerlo, sabiendo que así lo alargaría. Cuando por fin el orgasmo de ella terminó, siguió entrando y saliendo de ella como antes, mientras le decía:
—Ya te has corrido, ya has tenido lo que pensabas que querías. Pero no; yo te voy a dar lo que realmente deseas: te voy a follar como la perra que eres, y te seguiré follando sin parar mientras te corres sabiendo que vas a seguir sintiendo mi polla hasta que te vuelvas a correr otra vez, así sin parar...
La mordaza apenas fue suficiente para amortiguar el gruñido de deseo puro, instintivo, atávico, animal, que salió de la garganta de Sonia en ese momento, mientras sus intentos de moverse ponían a prueba la solidez de cadenas y sujeciones
Impertérrito, Andrés empezó a penetrarla cada vez más rápido, haciendo que se sucediera un orgasmo tras otro. Por mucho que ella apretara la vagina mientras se corría, él no paraba y seguía abriéndose paso cada vez más rápido, golpeando cadera con cadera notando sus testículos golpear contra ella, empujando también, mientras también su pene se hacía cada vez más duro y grueso.
Cuanto más rápido la penetraba, más intensos eran sus orgamos, y también más seguidos, hasta el punto en el que era imposible distinguir cuándo acababa uno y empezaba otro. En ese momento, tampoco él pudo aguantar más y se corrió dentro de ella, llenándola, prácticamente desbordándola, y esa sensación dentro de ella fue lo último que notó antes de desmayarse, había llegado la petite mort.
El deseo de Sonia se había cumplido: había sido usada, orgasmo tras orgasmo, hasta la extenuación.
Ya sólo le quedó a Andrés desatarla, dejar que se recuperara abrazado a ella, y ayudarla a que se diera un baño tranquilo y relajado en la bañera anexa. Por último, se acostaron.
* * *
Cuando Andrés despertó, Sonia estaba aún abrazada a él. Después de darle un suave beso en la mejilla para despertarla, le dijo:
—Sonia, es de día... ¿Volvemos a casa?
Y ella contestó:
—Sí, Mi Señor.
miércoles, octubre 20, 2010
Paz
Lucía abrió los ojos. Lo primero que sintió fue miedo... Miedo a la oscuridad que la envolvía, miedo a la humedad que la calaba hasta los huesos, miedo al silencio inmóvil que la atenazaba, miedo a ser, miedo a no ser...
Realmente no sabía donde estaba, ni por qué... Simplemente había despertado allí, sin saber cómo había llegado y con qué fin, y quizás esto era lo que realmente la llenaba de temor. Intentaba pensar quién era, pero no conseguía recordarlo tampoco, y el único nombre que venía a su mente era el de Lucía. Ni siquiera sabía si se trataba del suyo propio.
Lo siguiente que notó fue que no se podía mover. Parecía como si su cuerpo pesara una tonelada, o tal vez algo la aprisionaba fuertemente... Sus sentidos estaban tan entumecidos por la inmovilidad que no era capaz de apreciar bien lo que le sucedía. Lo único que podía sentir era el aire entrando con dificultad en sus pulmones... Un aire raro, viciado, lleno de olores acres a los que poco a poco se fue acostumbrando.
El esfuerzo de intentar moverse le hizo marearse, y se tuvo que concentrar para no llegar a perder el sentido. Poco a poco, empezó a darse cuenta de más cosas, y conforme pasaba el tiempo empezaba a poder pensar con mayor claridad.
Estaba desnuda. Podía sentir su piel descubierta, sin nada que la cubriera, apoyada sobre alguna tela ligeramente mullida, y bajo ella, algo duro y sólido. Esto aumentó más su miedo, no sabía qué podría hacer alguien si la encontraba así, tan indefensa y vulnerable. También había vergüenza, el pudor natural al tener su cuerpo expuesto.
Sin embargo, ni siquiera sabía si había alguien más con ella, así que poco a poco se fue tranquilizando. Lo más probable es que no hubiera nadie y, además, aunque hubiera alguien, no podría ver nada puesto que estaba todo en completa oscuridad.
El tiempo siguió pasando, y eso le hizo empezar a preguntarse poco a poco más cosas. Por ejemplo, ¿cuántos años tenía? Sabía que era joven, pero no era capaz de recordar su edad exacta. Lo único que podía recordar era una tarde soleada, tal vez de primavera, en un prado, junto a un hombre. Recordaba las risas, y una sensación de felicidad muy grande... pero nada más.
De pronto, sintió que había alguien más junto a ella. Alguien que la estaba mirando fijamente, que casi podía saber lo que estaba pensando en ese momento. Intentó encogerse, retraerse buscando protección, pero seguía siendo incapaz de moverse. Esperó en tensión a que alguien le dijera algo, o le hiciera algo... pero no pasó nada.
Intentó decirse a sí misma que eran imaginaciones suyas, que allí no había nadie, que seguía sola y que nadie iba a hacerle nada. Poco a poco consiguió calmar su respiración agitada, y consiguió volver a calmarse.
No obstante no era capaz de quitarse de la cabeza que allí había alguien. Empezó a cavilar quién podría ser y qué haría allí. ¿Sería hombre o mujer? ¿Qué edad tendría? ¿Qué querría de ella? Mil y una posibilidades pasaron por su cabeza... Pero cada una le resultaba más aterradora que la anterior... ¿Por qué alguien estaría allí junto a ella sin hacer nada? Empezó a sentir de nuevo un miedo aterrador.
El miedo se fue convirtiendo en resignación... Sabía que estaba a merced de quien estuviera allí, que no podría hacer nada para evitarlo, así que lo mejor que podía hacer era prepararse para ello.
¿Qué haría? ¿Le torturaría? Empezó a pensar en cómo podrían sentir cuchillas hundiéndose poco a poco en distintos sitios de su piel... en sus brazos, en sus piernas, en su vientre... Casi lloró al imaginar el dolor de notarlas entrando a través de sus pupilas... El dolor de notar cómo descoyuntaría sus articulaciones una a una...
¿O tal vez querría usar su cuerpo? Seguro que era un hombre lo que había, podía notarlo. Sí, era un hombre y la deseaba... Intentó pensar formas de resistirse, pero no se le ocurría ninguna... Estaba totalmente a su disposición, no podía hacer nada, y él haría con ella lo que quisiera.
Pero al pensar en las cosas que podría hacerle, no pudo evitar que su cuerpo respondiera... Por algún motivo la idea de que alguien a quien no podía ver usara su cuerpo despertaba ideas en su mente que no podía alejar. ¿Cómo sería su lengua recorriendo su piel... sin poder moverse, únicamente notándola recorrer poco a poco todos sus rincones, empezando por los brazos, el cuerpo, los pechos... Empezó a desear tenerla entre sus piernas... Vibrando de placer pero sin poder siquiera temblar.
Quería tenerle dentro de ella, ser un objeto inerte con el que él disfrutara, notar cómo llegaba un orgasmo pero era incapaz de apartarle y seguía sintiéndole entrar como si nada... Sabiendo que él seguiría sin parar a pesar de que ella estuviera saciada...
¿Pero por qué no la usaba de una vez? ¿No se daba cuenta de cómo lo necesitaba? ¿No sabía que sería toda suya?
Finalmente, un ruido.
Las tablas del ataúd habían acabado por ceder, y entró comenzó a caer poco a poco algo de tierra. Lo último que sintió Lucía fue cómo los gusanos que acababan de entrar empezaban a comer su cuerpo entumecido, antes de desvanecerse de nuevo en la oscuridad eterna.
Realmente no sabía donde estaba, ni por qué... Simplemente había despertado allí, sin saber cómo había llegado y con qué fin, y quizás esto era lo que realmente la llenaba de temor. Intentaba pensar quién era, pero no conseguía recordarlo tampoco, y el único nombre que venía a su mente era el de Lucía. Ni siquiera sabía si se trataba del suyo propio.
Lo siguiente que notó fue que no se podía mover. Parecía como si su cuerpo pesara una tonelada, o tal vez algo la aprisionaba fuertemente... Sus sentidos estaban tan entumecidos por la inmovilidad que no era capaz de apreciar bien lo que le sucedía. Lo único que podía sentir era el aire entrando con dificultad en sus pulmones... Un aire raro, viciado, lleno de olores acres a los que poco a poco se fue acostumbrando.
El esfuerzo de intentar moverse le hizo marearse, y se tuvo que concentrar para no llegar a perder el sentido. Poco a poco, empezó a darse cuenta de más cosas, y conforme pasaba el tiempo empezaba a poder pensar con mayor claridad.
Estaba desnuda. Podía sentir su piel descubierta, sin nada que la cubriera, apoyada sobre alguna tela ligeramente mullida, y bajo ella, algo duro y sólido. Esto aumentó más su miedo, no sabía qué podría hacer alguien si la encontraba así, tan indefensa y vulnerable. También había vergüenza, el pudor natural al tener su cuerpo expuesto.
Sin embargo, ni siquiera sabía si había alguien más con ella, así que poco a poco se fue tranquilizando. Lo más probable es que no hubiera nadie y, además, aunque hubiera alguien, no podría ver nada puesto que estaba todo en completa oscuridad.
El tiempo siguió pasando, y eso le hizo empezar a preguntarse poco a poco más cosas. Por ejemplo, ¿cuántos años tenía? Sabía que era joven, pero no era capaz de recordar su edad exacta. Lo único que podía recordar era una tarde soleada, tal vez de primavera, en un prado, junto a un hombre. Recordaba las risas, y una sensación de felicidad muy grande... pero nada más.
De pronto, sintió que había alguien más junto a ella. Alguien que la estaba mirando fijamente, que casi podía saber lo que estaba pensando en ese momento. Intentó encogerse, retraerse buscando protección, pero seguía siendo incapaz de moverse. Esperó en tensión a que alguien le dijera algo, o le hiciera algo... pero no pasó nada.
Intentó decirse a sí misma que eran imaginaciones suyas, que allí no había nadie, que seguía sola y que nadie iba a hacerle nada. Poco a poco consiguió calmar su respiración agitada, y consiguió volver a calmarse.
No obstante no era capaz de quitarse de la cabeza que allí había alguien. Empezó a cavilar quién podría ser y qué haría allí. ¿Sería hombre o mujer? ¿Qué edad tendría? ¿Qué querría de ella? Mil y una posibilidades pasaron por su cabeza... Pero cada una le resultaba más aterradora que la anterior... ¿Por qué alguien estaría allí junto a ella sin hacer nada? Empezó a sentir de nuevo un miedo aterrador.
El miedo se fue convirtiendo en resignación... Sabía que estaba a merced de quien estuviera allí, que no podría hacer nada para evitarlo, así que lo mejor que podía hacer era prepararse para ello.
¿Qué haría? ¿Le torturaría? Empezó a pensar en cómo podrían sentir cuchillas hundiéndose poco a poco en distintos sitios de su piel... en sus brazos, en sus piernas, en su vientre... Casi lloró al imaginar el dolor de notarlas entrando a través de sus pupilas... El dolor de notar cómo descoyuntaría sus articulaciones una a una...
¿O tal vez querría usar su cuerpo? Seguro que era un hombre lo que había, podía notarlo. Sí, era un hombre y la deseaba... Intentó pensar formas de resistirse, pero no se le ocurría ninguna... Estaba totalmente a su disposición, no podía hacer nada, y él haría con ella lo que quisiera.
Pero al pensar en las cosas que podría hacerle, no pudo evitar que su cuerpo respondiera... Por algún motivo la idea de que alguien a quien no podía ver usara su cuerpo despertaba ideas en su mente que no podía alejar. ¿Cómo sería su lengua recorriendo su piel... sin poder moverse, únicamente notándola recorrer poco a poco todos sus rincones, empezando por los brazos, el cuerpo, los pechos... Empezó a desear tenerla entre sus piernas... Vibrando de placer pero sin poder siquiera temblar.
Quería tenerle dentro de ella, ser un objeto inerte con el que él disfrutara, notar cómo llegaba un orgasmo pero era incapaz de apartarle y seguía sintiéndole entrar como si nada... Sabiendo que él seguiría sin parar a pesar de que ella estuviera saciada...
¿Pero por qué no la usaba de una vez? ¿No se daba cuenta de cómo lo necesitaba? ¿No sabía que sería toda suya?
Finalmente, un ruido.
Las tablas del ataúd habían acabado por ceder, y entró comenzó a caer poco a poco algo de tierra. Lo último que sintió Lucía fue cómo los gusanos que acababan de entrar empezaban a comer su cuerpo entumecido, antes de desvanecerse de nuevo en la oscuridad eterna.
viernes, julio 30, 2010
La mariposa...
Era una agradable tarde de principios de otoño, de esas en que las hojas han comenzado ya a caer tiñendo de tonos ocres las calles. El sol, bajo ya, a punto de esconderse, todavía proporcionaba una agradable sensación de tibieza que hacía que apeteciera salir a la calle, e invitaba a la gente a pasear por el centro de la ciudad.
Laia iba en el autobús. Le hubiera gustado ir andando, pero tenía prisa porque llegaba tarde y no podía permitirse recrearse con un paseo que inevitablemente le hubiera llevado mucho más tiempo del que disponía. Había quedado con su novio, y sabía que no le gustaba esperar, por lo que miraba nerviosamente el reloj una y otra vez, deseando que el autobús fuera más rápido, como si aquél deseo pudiera realmente hacer que llegara antes.
De repente, sintió una sensación extraña. No fue una sensación física, sino algo más extraño... fue repentinamente consciente de que alguien la estaba mirando. Miró disimuladamente a su alrededor, pero nadie en su campo de visión parecía estar haciendo otra cosa que dedicarse a sus asuntos que, en un autobús de tan poblada ciudad, eran de lo más variado. Allí nadie se fijaba en nadie.
Sin embargo, la sensación seguía ahí, no la abandonaba y de hecho cada vez se hacía más intensa. Finalmente, incapaz de aguantar el extraño hormigueo que le parecía sentir incesantemente en su nuca, se giró por completo de manera descarada, buscando quién podía estar observándola.
Casi justo detrás de ella había un hombre que, efectivamente, parecía estar mirándola fijamente. Sus ojos claros, que contrastaban con su pelo oscuro, le daban una extraña profundidad a su mirada. Era penetrante, dura y a la vez cálida, que parecía mirar dentro de ella y buscar sus secretos.
Era un hombre atractivo, rozando los 30, o tal vez 35 años. Llevaba una camisa de tela clara, ligeramente arremangada, y unos pantalones oscuros que producían una sensación de cuidado y que se podía decir que daban una imagen de seriedad, casi de firmeza.
Sin saber muy bien por qué, le sonrió y se volvió a girar. No es algo que hiciera habitualmente, sonreír a desconocidos que no apartan la vista de ella... Ella tenía novio, y jamás hubiera pensado en dar pie a que un desconocido pudiera pensar algo equivocado y provocar un malentendido, o algo peor, una situación tensa.
No obstante lo había hecho sin pensar, y pensó que tampoco tenía más importancia puesto ya apenas quedaban diez minutos para su parada, y realmente no volvería a ver a ese hombre. Sin embargo la sensación de sentirse observada, lejos de disminuir se incrementó, y esta vez la sensación de cosquilleo en su nuca era completamente real.
Sabía que la seguía mirando, y no pudo evitar intentar imaginar qué pensamientos pasarían por la cabeza de aquél hombre mientras la miraba... Sabía que debía de tener unos diez años menos que él, y aparte de contar con unas facciones que todo el mundo calificaba de agraciadas y de hacer ejercicio en el gimnasio, no demasiado intensamente pero sí con buena regularidad, ese día llevaba unos altos tacones que realzaban aún más su figura, ya que iba a ser una velada especial con su novio.
¿Estaría admirando su pelo castaño que le llegaba hasta casi la cintura? ¿O tal vez su cuerpo? ¿Estaría imaginándola desnuda?
Se sorprendió a si misma al darse cuenta de que estos pensamientos no le resultaban desagradables, y de hecho notó cómo su cuerpo empezaba a responder a ese cosquilleo de la misma manera que si fueran las yemas de los dedos de aquel hombre y no su mirada las que acariciaran su cuello y su nuca.
De nuevo, se giró para verlo. Esta vez intentó aguantarle la mirada, desafiante, pero tuvo que apartarla y volverse a dar media vuelta en cuanto se dio cuenta de que acaba de pasar la lengua humedeciendo sus labios de forma sensual, mientras su cuerpo empezaba a sentir un extraña pero familiar sensación de calor.
No quería ni imaginar lo que habría pensado el hombre al verle hacer aquel gesto... y menos en por qué su cuerpo reaccionaba así. Sólo quería que llegara pronto su parada, y olvidarse por completo del incidente.
Sin embargo, un par de paradas antes de la suya, el hombre se levantó y se dirigió hacia la puerta, de una forma que indicaba claramente que iba a bajar. En cuanto el autobús paró y se abrieron las puertas, sin pensarlo se levantó y bajó en la misma parada que él. Había sido un impulso del que ni siquiera había llegado a ser consciente, y que ahora ya no podía evitar.
Ahora la situación se había invertido. Era ella la que iba por la calle detrás de él, sin perderle de vista, a medias intrigada por ese hombre que despertaba su cuerpo de ese modo simplemente con su mirada, y a medias incapaz de resistirse a su influjo.
En un momento dado, el hombre torció a la derecha por un callejón, y cuando ella giró detrás de él, se encontró de repente frente a frente con él. Sintió una sensación tan repentina de intimidación, que fue casi como si la empujaran contra la pared, a la que pegó su espalda buscando una mínima sensación de protección.
El hombre lentamente se acercó a ella, hasta prácticamente pegar su cuerpo al suyo, y empezó a susurrarle al oído:
—Así que me has seguido como una perrita, ¿no es así? Te has excitado en el autobús, y has venido detrás mío mojada como una perra para que te use...
Mientras decía esto, metió la mano por dentro del pantalón de Laia, y empezó a acariciarle el clítoris por fuera del tanga en círculos lentos, apretando suavemente, y dejando que fuera la tela la que fuera rozándolo cada vez más conforme la excitación se apoderaba de ella.
Se sintió sorprendida por varias cosas. Primero, por la osadía de aquél hombre, ya que si bien no pasaba nadie en ese momento por el callejón seguía siendo de día, y en cualquier momento podría llegar alguien y verlos.
Pero lo que más le impactó fue darse cuenta de que él tenía razón: estaba húmeda, desde hacía tiempo, y sólo ahora se daba cuenta. Quería gritarle que parara, que la dejara tranquila, que tenía novio, que se lo diría... Sin embargo, la mirada del hombre y la sensación de calor y placer que salía de entre sus piernas hacían que sólo salieran de su garganta jadeos y ahogados gemidos.
—Vaya, así que realmente eres una perra... no hay más que oírte jadear y gemir. Está bien, si quieres ser mi perra, lo serás, pero tendrás que comportarte como tal. Ponte esto y sígueme.
Mientras decía esto dejó de acariciarla, y le ofreció un objeto. Ella, que en ese momento estaba ya totalmente entregada al deseo, y que no podía evitar mover las caderas al ritmo con que la acariciaba, tuvo que tragar saliva varias veces y respirar hondo para simplemente volver a ser capaz de pensar en lo que le estaba diciendo.
Cuando se dio cuenta, el hombre salía del callejón volviendo a la avenida, y ella tenía entre sus manos un collar de perro. Ni siquiera fue capaz de pensar en lo que hacía... el miedo a perder de vista a ese hombre era más fuerte que nada, y abrochó torpemente el collar en torno a su cuello mientras salía apresuradamente detrás de él.
Apenas se paró a pensar en las miradas de extrañeza y curiosidad que provocaba entre los paseantes verla sofocada y sudorosa, y con aquel extraño adorno. Algunos la miraban disimuladamente, extrañados; otros eran más descarados y llegaban incluso a señalarla con el dedo.
No obstante, eso sólo aumentaba su excitación, y el hecho de que el hombre, al acariciarla, hubiera introducido el tanga entre sus ya hinchados y sensibles labios mayores hacía que además a cada paso que daba notara un roce que la volvía loca de deseo. Realmente, se sentía una perra, y era una sensación que en ese momento no cambiaría por nada.
Por fin, el hombre se paró delante de un portal, y lo alcanzó mientras él abría la puerta. Entró pegada a él, y en cuanto la puerta se cerró le puso una correa en el collar, y la llevó así hasta el ascensor que había al final de la entrada.
En ese momento ya no le importaba nada, ni su novio, ni lo que pensara la gente, nada... Era simplemente una perra que su Amo acababa de sacar a pasear, y estaba totalmente a su disposición para lo que Él quisiera hacer.
Nada más entrar en su piso, la vendó y la llevó por él guiándola con la correa de manera tan hábil que en ningún momento tropezó hasta que llegó a su habitación, y la depositó sobre la cama, boca abajo.
A estas alturas, el que la desnudara le pareció lo más normal, y simplemente deseó estar a la altura de lo que Él tenía derecho a exigir. Sentía que todo su cuerpo, toda ella de hecho, le pertenecía, y espero ser digna y merecer así ser usada, para saciar de este modo el deseo que la estaba consumiendo.
La puso boca abajo, sobre sus rodillas, con la cabeza apoyada en la almohada y las rodillas separadas de tal modo que sus caderas se elevaban ofreciendo así sus agujeros para que Él decidiera cuál tomar, y no fue capaz de oponer resistencia cuando le llevó las manos a la espalda y la esposó de este modo, dejando sus brazos inmóviles.
No veía nada, sólo sentía una necesidad de ser poseída, de sentir que era la propiedad de su Amo y que podía hacer con ella lo que gustara. Inconscientemente ayudó con las manos a que su ano quedara más expuesto, para hacer patente su total disposición a algo que, hasta ese momento, jamás había dejado que nadie siquiera insinuara.
El hombre empezó a acariciarla, como se acaricia a una mascota, pasando la mano lentamente por su espalda, mientras empezaba a introducir despacio un dedo en su vagina. Cuando sintió el dedo dentro de ella no pudo evitar estremecerse, y en ese mismo instante sintió un azote en su culo.
—¡Quieta, perra! Te vas a dejar follar así, sin moverte, simplemente aceptando lo que yo quiera hacerte.
Consciente de su error, a partir de entonces fue una lucha entre los estremecimientos que luchaban por manifestarse en su cuerpo, y la obediencia debida... con el resultado de que conforme el dedo entraba y salía lentamente por su vagina no podía hacer más que apretarlo febrilmente dentro de ella como única salida a sus impulsos, imaginando que estaba siendo penetrada por su Señor.
Cada vez que, pese a todo, su cuerpo temblaba, era azotada y, lo que era peor, dejaba de ser estimulada hasta que su cuerpo volvía a pararse por completo. Era tal su obsesión, que mordía sus labios hasta casi hacerlos sangrar con tal de que el resto de su cuerpo quedase quieto.
En un momento dado, notó una sensación de ligero dolor en su ano. Algo duro comenzaba a introducirse en él, ensanchándose conforme entraba más adentro. Por un instante se sorprendió, ya que ella jamás había sentido nada igual, y sentía un rechazo visceral hacia la idea. No obstante, ese propio rechazo hacía que se sintiera más perra, más propiedad de su Amo, al ofrecerse y permitirle tomarla de ese modo.
En ese instante comenzó a excitarse aún más: estaba descubriendo su verdadero deseo, y entregándose a él.
Finalmente, notó cómo la sujetaba de las caderas, y la penetraba lentamente, dejando que se abriera camino poco a poco, y que disfrutara de la sensación de las paredes de su vagina abriéndose al paso de algo tan duro y grueso.
Cuando estaba totalmente en su interior, se quedó así parado un rato, mientras los muslos de ella no hacían más que temblar de manera incontrolable, de tal forma que Laia apretaba su pene y lo soltaba dentro de ella, notándolo casi en su útero.
Después de un par de segundos que a ella se le hicieron eternos, empezó a follarla despacio, con calma, como si todo el ansia acumulada que estaba despertando en ella no fuera con él. Ella deseaba ser penetrada rápido, casi violentamente, y en cambio él simplemente iba incrementando el ritmo poco a poco, dejando que se muriera de deseo.
Ella ya no podía pensar en nada, simplemente se volvía loca con la sensación de sentirse llena en sus dos agujeros... No sabía ya si estaba entrando o saliendo, sólo sentía cómo ardía, abrasando más que el fuego, conforme entraba y salía.
Sin embargo, no era capaz de alcanzar el orgasmo. Justo en ese momento oyó a su Amo:
—Quieres correrte, ¿verdad, perra? Te mueres de ganas, no puedes pensar en otra cosa... Se nota lo caliente que estás... Quieres sentir cómo explotas, esa oleada de placer que sabes que te está esperando pero que no llega...
Y, efectivamente, al oir sus palabras se dio cuenta de que no aguantaba más, de que necesitaba ese orgasmo, la sensación de placer y abandono absoluto... Su cabeza sólo pensaba en eso, en correrse, en correrse, en correrse...
Pero algo se lo impedía, había como una barrera que le impedía llegar a ese punto, a pesar de que cada vez estaba siendo follada con más fuerza... Notaba el impacto de las caderas contra las suyas, el empujón cada vez que entraba, cómo la sujetaba para que no se fuera contra el cabecero de la cama... Todo eso le hacía estar más y más excitada, si es que eso era posible, pero no le permitía tener ese orgasmo.
—¡Córrete, perra!
Conforme oyó estas palabras, fue como si de repente se derrumbara no la barrera que tenía en ese momento, sino todas las que había habido a lo largo de su vida, y empezó a tener un orgasmo imparable, perdiendo por completo el control de su cuerpo que empezó a temblar y a emitir un gemido constante, y notando cómo él también lo tenía, llenándola por completo.
Poco a poco, con esta sensación de placer que no terminaba, fue perdiendo la noción del tiempo.
Laia despertó. Abrió perezosamente un ojo y se rascó con la pata detrás de la oreja. Se levantó y recorrió alegremente la casa, ansiosa puesto que sabía que en breve llegaría su paseo matutino.
En cuanto oyó el familiar silbido cogió la correa entre los dientes y correteó alegre moviendo el rabo hacia la puerta, donde ya la esperaban. Se sentó sobre las patas traseras, ofreciendo así el collar y la correa como sabía que debía hacerlo.
Por un instante, sólo por un instante, se paró a pensar en los extraños sueños que tenía desde que aquél hombre, tras mirarlas a todas fijamente en la perrera, la eligió a ella y la llevó a su casa.
Pero su cánido cerebro sabía que eso no importaba. Lo importante era estar junto a Él. Era una perra, y haría lo que deseara su Amo.
Laia iba en el autobús. Le hubiera gustado ir andando, pero tenía prisa porque llegaba tarde y no podía permitirse recrearse con un paseo que inevitablemente le hubiera llevado mucho más tiempo del que disponía. Había quedado con su novio, y sabía que no le gustaba esperar, por lo que miraba nerviosamente el reloj una y otra vez, deseando que el autobús fuera más rápido, como si aquél deseo pudiera realmente hacer que llegara antes.
De repente, sintió una sensación extraña. No fue una sensación física, sino algo más extraño... fue repentinamente consciente de que alguien la estaba mirando. Miró disimuladamente a su alrededor, pero nadie en su campo de visión parecía estar haciendo otra cosa que dedicarse a sus asuntos que, en un autobús de tan poblada ciudad, eran de lo más variado. Allí nadie se fijaba en nadie.
Sin embargo, la sensación seguía ahí, no la abandonaba y de hecho cada vez se hacía más intensa. Finalmente, incapaz de aguantar el extraño hormigueo que le parecía sentir incesantemente en su nuca, se giró por completo de manera descarada, buscando quién podía estar observándola.
Casi justo detrás de ella había un hombre que, efectivamente, parecía estar mirándola fijamente. Sus ojos claros, que contrastaban con su pelo oscuro, le daban una extraña profundidad a su mirada. Era penetrante, dura y a la vez cálida, que parecía mirar dentro de ella y buscar sus secretos.
Era un hombre atractivo, rozando los 30, o tal vez 35 años. Llevaba una camisa de tela clara, ligeramente arremangada, y unos pantalones oscuros que producían una sensación de cuidado y que se podía decir que daban una imagen de seriedad, casi de firmeza.
Sin saber muy bien por qué, le sonrió y se volvió a girar. No es algo que hiciera habitualmente, sonreír a desconocidos que no apartan la vista de ella... Ella tenía novio, y jamás hubiera pensado en dar pie a que un desconocido pudiera pensar algo equivocado y provocar un malentendido, o algo peor, una situación tensa.
No obstante lo había hecho sin pensar, y pensó que tampoco tenía más importancia puesto ya apenas quedaban diez minutos para su parada, y realmente no volvería a ver a ese hombre. Sin embargo la sensación de sentirse observada, lejos de disminuir se incrementó, y esta vez la sensación de cosquilleo en su nuca era completamente real.
Sabía que la seguía mirando, y no pudo evitar intentar imaginar qué pensamientos pasarían por la cabeza de aquél hombre mientras la miraba... Sabía que debía de tener unos diez años menos que él, y aparte de contar con unas facciones que todo el mundo calificaba de agraciadas y de hacer ejercicio en el gimnasio, no demasiado intensamente pero sí con buena regularidad, ese día llevaba unos altos tacones que realzaban aún más su figura, ya que iba a ser una velada especial con su novio.
¿Estaría admirando su pelo castaño que le llegaba hasta casi la cintura? ¿O tal vez su cuerpo? ¿Estaría imaginándola desnuda?
Se sorprendió a si misma al darse cuenta de que estos pensamientos no le resultaban desagradables, y de hecho notó cómo su cuerpo empezaba a responder a ese cosquilleo de la misma manera que si fueran las yemas de los dedos de aquel hombre y no su mirada las que acariciaran su cuello y su nuca.
De nuevo, se giró para verlo. Esta vez intentó aguantarle la mirada, desafiante, pero tuvo que apartarla y volverse a dar media vuelta en cuanto se dio cuenta de que acaba de pasar la lengua humedeciendo sus labios de forma sensual, mientras su cuerpo empezaba a sentir un extraña pero familiar sensación de calor.
No quería ni imaginar lo que habría pensado el hombre al verle hacer aquel gesto... y menos en por qué su cuerpo reaccionaba así. Sólo quería que llegara pronto su parada, y olvidarse por completo del incidente.
Sin embargo, un par de paradas antes de la suya, el hombre se levantó y se dirigió hacia la puerta, de una forma que indicaba claramente que iba a bajar. En cuanto el autobús paró y se abrieron las puertas, sin pensarlo se levantó y bajó en la misma parada que él. Había sido un impulso del que ni siquiera había llegado a ser consciente, y que ahora ya no podía evitar.
Ahora la situación se había invertido. Era ella la que iba por la calle detrás de él, sin perderle de vista, a medias intrigada por ese hombre que despertaba su cuerpo de ese modo simplemente con su mirada, y a medias incapaz de resistirse a su influjo.
En un momento dado, el hombre torció a la derecha por un callejón, y cuando ella giró detrás de él, se encontró de repente frente a frente con él. Sintió una sensación tan repentina de intimidación, que fue casi como si la empujaran contra la pared, a la que pegó su espalda buscando una mínima sensación de protección.
El hombre lentamente se acercó a ella, hasta prácticamente pegar su cuerpo al suyo, y empezó a susurrarle al oído:
—Así que me has seguido como una perrita, ¿no es así? Te has excitado en el autobús, y has venido detrás mío mojada como una perra para que te use...
Mientras decía esto, metió la mano por dentro del pantalón de Laia, y empezó a acariciarle el clítoris por fuera del tanga en círculos lentos, apretando suavemente, y dejando que fuera la tela la que fuera rozándolo cada vez más conforme la excitación se apoderaba de ella.
Se sintió sorprendida por varias cosas. Primero, por la osadía de aquél hombre, ya que si bien no pasaba nadie en ese momento por el callejón seguía siendo de día, y en cualquier momento podría llegar alguien y verlos.
Pero lo que más le impactó fue darse cuenta de que él tenía razón: estaba húmeda, desde hacía tiempo, y sólo ahora se daba cuenta. Quería gritarle que parara, que la dejara tranquila, que tenía novio, que se lo diría... Sin embargo, la mirada del hombre y la sensación de calor y placer que salía de entre sus piernas hacían que sólo salieran de su garganta jadeos y ahogados gemidos.
—Vaya, así que realmente eres una perra... no hay más que oírte jadear y gemir. Está bien, si quieres ser mi perra, lo serás, pero tendrás que comportarte como tal. Ponte esto y sígueme.
Mientras decía esto dejó de acariciarla, y le ofreció un objeto. Ella, que en ese momento estaba ya totalmente entregada al deseo, y que no podía evitar mover las caderas al ritmo con que la acariciaba, tuvo que tragar saliva varias veces y respirar hondo para simplemente volver a ser capaz de pensar en lo que le estaba diciendo.
Cuando se dio cuenta, el hombre salía del callejón volviendo a la avenida, y ella tenía entre sus manos un collar de perro. Ni siquiera fue capaz de pensar en lo que hacía... el miedo a perder de vista a ese hombre era más fuerte que nada, y abrochó torpemente el collar en torno a su cuello mientras salía apresuradamente detrás de él.
Apenas se paró a pensar en las miradas de extrañeza y curiosidad que provocaba entre los paseantes verla sofocada y sudorosa, y con aquel extraño adorno. Algunos la miraban disimuladamente, extrañados; otros eran más descarados y llegaban incluso a señalarla con el dedo.
No obstante, eso sólo aumentaba su excitación, y el hecho de que el hombre, al acariciarla, hubiera introducido el tanga entre sus ya hinchados y sensibles labios mayores hacía que además a cada paso que daba notara un roce que la volvía loca de deseo. Realmente, se sentía una perra, y era una sensación que en ese momento no cambiaría por nada.
Por fin, el hombre se paró delante de un portal, y lo alcanzó mientras él abría la puerta. Entró pegada a él, y en cuanto la puerta se cerró le puso una correa en el collar, y la llevó así hasta el ascensor que había al final de la entrada.
En ese momento ya no le importaba nada, ni su novio, ni lo que pensara la gente, nada... Era simplemente una perra que su Amo acababa de sacar a pasear, y estaba totalmente a su disposición para lo que Él quisiera hacer.
Nada más entrar en su piso, la vendó y la llevó por él guiándola con la correa de manera tan hábil que en ningún momento tropezó hasta que llegó a su habitación, y la depositó sobre la cama, boca abajo.
A estas alturas, el que la desnudara le pareció lo más normal, y simplemente deseó estar a la altura de lo que Él tenía derecho a exigir. Sentía que todo su cuerpo, toda ella de hecho, le pertenecía, y espero ser digna y merecer así ser usada, para saciar de este modo el deseo que la estaba consumiendo.
La puso boca abajo, sobre sus rodillas, con la cabeza apoyada en la almohada y las rodillas separadas de tal modo que sus caderas se elevaban ofreciendo así sus agujeros para que Él decidiera cuál tomar, y no fue capaz de oponer resistencia cuando le llevó las manos a la espalda y la esposó de este modo, dejando sus brazos inmóviles.
No veía nada, sólo sentía una necesidad de ser poseída, de sentir que era la propiedad de su Amo y que podía hacer con ella lo que gustara. Inconscientemente ayudó con las manos a que su ano quedara más expuesto, para hacer patente su total disposición a algo que, hasta ese momento, jamás había dejado que nadie siquiera insinuara.
El hombre empezó a acariciarla, como se acaricia a una mascota, pasando la mano lentamente por su espalda, mientras empezaba a introducir despacio un dedo en su vagina. Cuando sintió el dedo dentro de ella no pudo evitar estremecerse, y en ese mismo instante sintió un azote en su culo.
—¡Quieta, perra! Te vas a dejar follar así, sin moverte, simplemente aceptando lo que yo quiera hacerte.
Consciente de su error, a partir de entonces fue una lucha entre los estremecimientos que luchaban por manifestarse en su cuerpo, y la obediencia debida... con el resultado de que conforme el dedo entraba y salía lentamente por su vagina no podía hacer más que apretarlo febrilmente dentro de ella como única salida a sus impulsos, imaginando que estaba siendo penetrada por su Señor.
Cada vez que, pese a todo, su cuerpo temblaba, era azotada y, lo que era peor, dejaba de ser estimulada hasta que su cuerpo volvía a pararse por completo. Era tal su obsesión, que mordía sus labios hasta casi hacerlos sangrar con tal de que el resto de su cuerpo quedase quieto.
En un momento dado, notó una sensación de ligero dolor en su ano. Algo duro comenzaba a introducirse en él, ensanchándose conforme entraba más adentro. Por un instante se sorprendió, ya que ella jamás había sentido nada igual, y sentía un rechazo visceral hacia la idea. No obstante, ese propio rechazo hacía que se sintiera más perra, más propiedad de su Amo, al ofrecerse y permitirle tomarla de ese modo.
En ese instante comenzó a excitarse aún más: estaba descubriendo su verdadero deseo, y entregándose a él.
Finalmente, notó cómo la sujetaba de las caderas, y la penetraba lentamente, dejando que se abriera camino poco a poco, y que disfrutara de la sensación de las paredes de su vagina abriéndose al paso de algo tan duro y grueso.
Cuando estaba totalmente en su interior, se quedó así parado un rato, mientras los muslos de ella no hacían más que temblar de manera incontrolable, de tal forma que Laia apretaba su pene y lo soltaba dentro de ella, notándolo casi en su útero.
Después de un par de segundos que a ella se le hicieron eternos, empezó a follarla despacio, con calma, como si todo el ansia acumulada que estaba despertando en ella no fuera con él. Ella deseaba ser penetrada rápido, casi violentamente, y en cambio él simplemente iba incrementando el ritmo poco a poco, dejando que se muriera de deseo.
Ella ya no podía pensar en nada, simplemente se volvía loca con la sensación de sentirse llena en sus dos agujeros... No sabía ya si estaba entrando o saliendo, sólo sentía cómo ardía, abrasando más que el fuego, conforme entraba y salía.
Sin embargo, no era capaz de alcanzar el orgasmo. Justo en ese momento oyó a su Amo:
—Quieres correrte, ¿verdad, perra? Te mueres de ganas, no puedes pensar en otra cosa... Se nota lo caliente que estás... Quieres sentir cómo explotas, esa oleada de placer que sabes que te está esperando pero que no llega...
Y, efectivamente, al oir sus palabras se dio cuenta de que no aguantaba más, de que necesitaba ese orgasmo, la sensación de placer y abandono absoluto... Su cabeza sólo pensaba en eso, en correrse, en correrse, en correrse...
Pero algo se lo impedía, había como una barrera que le impedía llegar a ese punto, a pesar de que cada vez estaba siendo follada con más fuerza... Notaba el impacto de las caderas contra las suyas, el empujón cada vez que entraba, cómo la sujetaba para que no se fuera contra el cabecero de la cama... Todo eso le hacía estar más y más excitada, si es que eso era posible, pero no le permitía tener ese orgasmo.
—¡Córrete, perra!
Conforme oyó estas palabras, fue como si de repente se derrumbara no la barrera que tenía en ese momento, sino todas las que había habido a lo largo de su vida, y empezó a tener un orgasmo imparable, perdiendo por completo el control de su cuerpo que empezó a temblar y a emitir un gemido constante, y notando cómo él también lo tenía, llenándola por completo.
Poco a poco, con esta sensación de placer que no terminaba, fue perdiendo la noción del tiempo.
Laia despertó. Abrió perezosamente un ojo y se rascó con la pata detrás de la oreja. Se levantó y recorrió alegremente la casa, ansiosa puesto que sabía que en breve llegaría su paseo matutino.
En cuanto oyó el familiar silbido cogió la correa entre los dientes y correteó alegre moviendo el rabo hacia la puerta, donde ya la esperaban. Se sentó sobre las patas traseras, ofreciendo así el collar y la correa como sabía que debía hacerlo.
Por un instante, sólo por un instante, se paró a pensar en los extraños sueños que tenía desde que aquél hombre, tras mirarlas a todas fijamente en la perrera, la eligió a ella y la llevó a su casa.
Pero su cánido cerebro sabía que eso no importaba. Lo importante era estar junto a Él. Era una perra, y haría lo que deseara su Amo.
viernes, octubre 16, 2009
Hero (IV)
Cuando Aigonos consiguió levantarse, el cadáver de Parteia ya había sido prácticamente devorado por las fieras. Sólo pudo llegar hasta él y abrazarlo, besando su cara, otrora tan bella y ahora completamente desfigurada.
Así se volvió a desmayar, esta vez del dolor que le atravesaba el corazón, un dolor tan intenso que no habría en la tierra ni en el Olimpo medicina capaz de curarlo. Cuando por fin despertó, del cadáver sólo quedaban los huesos, y él mismo estaba siendo atacado por las alimañas.
El grito que dio resonó en todo el bosque, y las mismas fieras escaparon asustadas por el sonido. Todo quedó en completo silencio por un breve instante de tiempo, un instante que se le hizo eterno. Luego, empezó a reír con una risa que no era humana... era una risa salvaje, animal, atávica, que evocaba locura y terror a partes iguales.
Por ultimo, quedó acurrucado en el suelo, sujetándose la cabeza con las manos, temblando, con la saliva y las lágrimas mezclándose en su cara antes de humedecer la hojarasca. Permaneció así un día, dos, el tiempo se había detenido para él, que había quedado atrapado en sus propio dolor.
Finalmente se levantó, pálida sombra tambaleante de lo que un día fue. La tristeza marcaba su rostro, heridas que el tiempo jamás llegaría a curar, ya que por más que su piel cicatrizara su corazón estaba irremisiblemente partido en mil pedazos.
No obstante su espíritu estaba quebrado, y eso era algo que consumía su cuerpo lentamente. Durante meses vagó por el bosque, solo, alimentándose únicamente de las hierbas y frutos que encontraba, evitando las fieras y aprendiendo a esconderse de la gente que ocasionalmente pasaba.
Su cuerpo se resintió, y adelgazó tanto que más parecía un fantasma que un hombre. De hecho, en los alrededores comenzó a extenderse el rumor de que un alma en pena vagaba por el bosque incapaz de llegar al Hades, y los aldeanos cada vez pasaban por allí con más temor invocando a Hécate para protegerse.
Lentamente comenzó a adaptarse a la nueva situación. Sabía que no podía seguir así eternamente, y debía encontrar un nuevo sentido a su vida, algo que le hiciera superar lo ocurrido y le permitiera encontrar la paz que tanto necesitaba. Por fin, tomó una decisión: no podía dejarse vencer por el destino, no podía aceptar que su vida tomara ese curso. Su fuerte personalidad, indómita frente a todas las adversidades, no podía dejarse vencer, saldría adelante una vez más aunque tuviera que enfrentarse ya no con Hades, sino con el Olimpo entero.
El primer paso fue volver al pueblo. Allí todos habían oído hablar de él, pero nadie creía que realmente existiera, cuando un extraño ser, un fauno como creyeron los más supersticiosos, apareció caminando penosamente entre los árboles que señalaban el final de la tierra de los humanos y el principio de los dominios de Pan.
Ciertamente parecía más un servidor de éste Dios antes que un hombre, y solamente tras largas explicaciones de lo ocurrido consiguió que la gente se convenciera de que era realmente un ser mortal, y no una criatura escapada del Tártaro. Al comprobar quién era, le ofrecieron algo de comida y bebida y un lugar donde reponerse, pues todo el pueblo se apiadó de su triste situación.
Poco a poco volvió a recuperar las fuerzas, y en su cabeza la decisión de no resignarse tomó cada vez más fuerza. Con un tesón cantado por las futuras generaciones, se sometió a todo tipo de privaciones para prepararse ante las duras pruebas que iba a tener que afrontar, pruebas que destruirían a todo un ejército pero que él tendría que superar en solitario si quería conseguir su objetivo de recupera a su amada Parteia y vengar la crueldad de Teoarsis.
Por fin tanto su cuerpo como su mente estuvieron listos para la dura tarea que se le avecinaba, una tarea que ni siquiera el propio Herakles hubiera sido capaz de acometer, pero que él estaba seguro de poder llevar a cabo.
El primer paso consistió en dirigirse a Delfos. Allí consultaría con el oráculo, pues de todos es sabido que en manos de los dioses está el poder de conceder a un hombre sus dones, e insensato es aquél que se aventura en arriesgadas empresas sin conocer antes su voluntad y haber ganado su favor.
Antes de salir realizó una hecatombe de cien bueyes en honor a Zeus Crónida, el mayor entre los dioses del Olimpo, para que son su rayo apartara a los enemigos que sin duda intentarían impedir su viaje. Del mismo modo sacrificó cincuenta corderos a Hermes, para que su viaje transcurriera plácidamente.
Por fin llegó a su destino, y la magnificencia del oráculo le dejó impactado. No obstante se sobrepuso al enorme temor que sintió en ese momento, y se presentó ante la Pitia, con las ofrendas que había traído para ella. Ella, nada más verle, supo que estaba frente a alguien excepcional, alguien con un destino marcado profundamente por los dioses, pero cuyo final estaba todavía envuelto en la niebla.
Aigonos le contó su historia, y le preguntó qué tendría que hacer para rescatar a su amada del Hades y retornarla al mundo de los vivos.
La respuesta habría sido descorazonadora para cualquier otro, pero él no dudó por un instante de que intentaría lo que nadie antes había conseguido: tendría que pasar por la isla de Circe, a la que accedería tras vencer a temibles monstruos, para encontrar la puerta que le permitiera entrar al Hades sin estar sometido a las leyes que gobiernan las almas de los muertos.
Sin embargo, algo más ominoso que esto salió del oráculo:
—Ten cuidado, mortal: el destino de los hombres es el que es, y aquel que desea cambiar el suyo paga un alto precio.
Así se volvió a desmayar, esta vez del dolor que le atravesaba el corazón, un dolor tan intenso que no habría en la tierra ni en el Olimpo medicina capaz de curarlo. Cuando por fin despertó, del cadáver sólo quedaban los huesos, y él mismo estaba siendo atacado por las alimañas.
El grito que dio resonó en todo el bosque, y las mismas fieras escaparon asustadas por el sonido. Todo quedó en completo silencio por un breve instante de tiempo, un instante que se le hizo eterno. Luego, empezó a reír con una risa que no era humana... era una risa salvaje, animal, atávica, que evocaba locura y terror a partes iguales.
Por ultimo, quedó acurrucado en el suelo, sujetándose la cabeza con las manos, temblando, con la saliva y las lágrimas mezclándose en su cara antes de humedecer la hojarasca. Permaneció así un día, dos, el tiempo se había detenido para él, que había quedado atrapado en sus propio dolor.
Finalmente se levantó, pálida sombra tambaleante de lo que un día fue. La tristeza marcaba su rostro, heridas que el tiempo jamás llegaría a curar, ya que por más que su piel cicatrizara su corazón estaba irremisiblemente partido en mil pedazos.
No obstante su espíritu estaba quebrado, y eso era algo que consumía su cuerpo lentamente. Durante meses vagó por el bosque, solo, alimentándose únicamente de las hierbas y frutos que encontraba, evitando las fieras y aprendiendo a esconderse de la gente que ocasionalmente pasaba.
Su cuerpo se resintió, y adelgazó tanto que más parecía un fantasma que un hombre. De hecho, en los alrededores comenzó a extenderse el rumor de que un alma en pena vagaba por el bosque incapaz de llegar al Hades, y los aldeanos cada vez pasaban por allí con más temor invocando a Hécate para protegerse.
Lentamente comenzó a adaptarse a la nueva situación. Sabía que no podía seguir así eternamente, y debía encontrar un nuevo sentido a su vida, algo que le hiciera superar lo ocurrido y le permitiera encontrar la paz que tanto necesitaba. Por fin, tomó una decisión: no podía dejarse vencer por el destino, no podía aceptar que su vida tomara ese curso. Su fuerte personalidad, indómita frente a todas las adversidades, no podía dejarse vencer, saldría adelante una vez más aunque tuviera que enfrentarse ya no con Hades, sino con el Olimpo entero.
El primer paso fue volver al pueblo. Allí todos habían oído hablar de él, pero nadie creía que realmente existiera, cuando un extraño ser, un fauno como creyeron los más supersticiosos, apareció caminando penosamente entre los árboles que señalaban el final de la tierra de los humanos y el principio de los dominios de Pan.
Ciertamente parecía más un servidor de éste Dios antes que un hombre, y solamente tras largas explicaciones de lo ocurrido consiguió que la gente se convenciera de que era realmente un ser mortal, y no una criatura escapada del Tártaro. Al comprobar quién era, le ofrecieron algo de comida y bebida y un lugar donde reponerse, pues todo el pueblo se apiadó de su triste situación.
Poco a poco volvió a recuperar las fuerzas, y en su cabeza la decisión de no resignarse tomó cada vez más fuerza. Con un tesón cantado por las futuras generaciones, se sometió a todo tipo de privaciones para prepararse ante las duras pruebas que iba a tener que afrontar, pruebas que destruirían a todo un ejército pero que él tendría que superar en solitario si quería conseguir su objetivo de recupera a su amada Parteia y vengar la crueldad de Teoarsis.
Por fin tanto su cuerpo como su mente estuvieron listos para la dura tarea que se le avecinaba, una tarea que ni siquiera el propio Herakles hubiera sido capaz de acometer, pero que él estaba seguro de poder llevar a cabo.
El primer paso consistió en dirigirse a Delfos. Allí consultaría con el oráculo, pues de todos es sabido que en manos de los dioses está el poder de conceder a un hombre sus dones, e insensato es aquél que se aventura en arriesgadas empresas sin conocer antes su voluntad y haber ganado su favor.
Antes de salir realizó una hecatombe de cien bueyes en honor a Zeus Crónida, el mayor entre los dioses del Olimpo, para que son su rayo apartara a los enemigos que sin duda intentarían impedir su viaje. Del mismo modo sacrificó cincuenta corderos a Hermes, para que su viaje transcurriera plácidamente.
Por fin llegó a su destino, y la magnificencia del oráculo le dejó impactado. No obstante se sobrepuso al enorme temor que sintió en ese momento, y se presentó ante la Pitia, con las ofrendas que había traído para ella. Ella, nada más verle, supo que estaba frente a alguien excepcional, alguien con un destino marcado profundamente por los dioses, pero cuyo final estaba todavía envuelto en la niebla.
Aigonos le contó su historia, y le preguntó qué tendría que hacer para rescatar a su amada del Hades y retornarla al mundo de los vivos.
La respuesta habría sido descorazonadora para cualquier otro, pero él no dudó por un instante de que intentaría lo que nadie antes había conseguido: tendría que pasar por la isla de Circe, a la que accedería tras vencer a temibles monstruos, para encontrar la puerta que le permitiera entrar al Hades sin estar sometido a las leyes que gobiernan las almas de los muertos.
Sin embargo, algo más ominoso que esto salió del oráculo:
—Ten cuidado, mortal: el destino de los hombres es el que es, y aquel que desea cambiar el suyo paga un alto precio.
lunes, agosto 03, 2009
Une petite chanson
I wanna rape your soul, I wanna fuck you loud, I wanna make you proud.
I wanna feel you dead, I wanna end your breath, I wanna rip your head.
I wanna see your eyes, I wanna kill your sight, I wanna watch you cry.
I wanna have your lips, I wanna bite your tits, I wanna move your hips.
I wanna chew your mind, I wanna crack your kind, I wanna take you high.
I wanna cut your hand, I wanna smite your arm, I wanna send you far.
I wanna set you free, I wanna be your lead, I wanna make you see.
I wanna strip your might, I wanna hear your plight, I wanna set you straight.
I love you.
I wanna feel you dead, I wanna end your breath, I wanna rip your head.
I wanna see your eyes, I wanna kill your sight, I wanna watch you cry.
I wanna have your lips, I wanna bite your tits, I wanna move your hips.
I wanna chew your mind, I wanna crack your kind, I wanna take you high.
I wanna cut your hand, I wanna smite your arm, I wanna send you far.
I wanna set you free, I wanna be your lead, I wanna make you see.
I wanna strip your might, I wanna hear your plight, I wanna set you straight.
I love you.
jueves, julio 02, 2009
miércoles, septiembre 24, 2008
Quoth the raven
Lo que ayer era dolor, hoy es tristeza.
Melancolía.
Astillas de sangre saltan de mi corazón de hielo, y se clavan ardientes en mi futuro.
Vivo en el pasado olvidado que revivo día a día.
Ojalá los días de vino y rosas no hubieran terminado nunca...
Castillos destruidos que se ha llevado el viento del olvido, en los que todavía hay trozos de mí.
Me levanto para esperar la próxima caída.
Los ojos del destino me miran y se ríen tristes y crueles, muertos.
Tú.
Yo.
Evermore.
Nevermore.
Bu Ji.
Melancolía.
Astillas de sangre saltan de mi corazón de hielo, y se clavan ardientes en mi futuro.
Vivo en el pasado olvidado que revivo día a día.
Ojalá los días de vino y rosas no hubieran terminado nunca...
Castillos destruidos que se ha llevado el viento del olvido, en los que todavía hay trozos de mí.
| Jinsei nana korobi | Así es la vida: siete veces abajo, |
| ya oki. | ocho veces arriba |
Me levanto para esperar la próxima caída.
Los ojos del destino me miran y se ríen tristes y crueles, muertos.
Tú.
Yo.
Evermore.
Nevermore.
Bu Ji.
lunes, septiembre 08, 2008
Hero (III)
Aigonos sabía que era el culpable de la muerte de Parteia. Lo sabía su cabeza, y lo sentía dentro de su corazón. Era innegable que el asesino había sido Teoarsis, y sin embargo no podía dejar de reprocharse el no haberla protegido como se merecía.
Con la prosperidad se había vuelto un tanto complaciente, y había descuidado su seguridad, pensando que la distancia y el tiempo habrían hecho que el deseo de venganza y el odio se difuminaran en el olvido y que el rencor no podría durar eternamente.
Pero se equivocaba.
Su enemigo no había dejado de buscarles por un instante, y cuando la fama de las joyas que una ateniense hacía en Frigia llegó a sus oídos, no dejó de investigarlo. Pronto sus espías le confirmaron la identidad de la pareja, y se puso manos a la obra para llevar a cabo su venganza.
Contrató un grupo de mercenarios Tracios que se dirigieron de forma sigilosa a Ancyra, donde, haciéndose pasar por mercaderes interesados en la compra y venta de objetos de oro, no les costó mucho obtener la dirección de Parteia. A partir de ahí, la cosa fue fácil: espiarlos durante una semana, aprenderse sus horarios y sus rutinas para finalmente una noche caer sobre ellos como águilas cazando un conejo.
Los secuestradores los llevaron atados y a punta de espada hasta un bosque cercano donde les desnudaron y tiraron al suelo, quedando a los pies de Teoarsis, quien los miraba sin contener su risa:
—Miraos, qué patéticos estáis, sucios y desnudos, tendidos en el suelo a mis pies. Habéis intentado huir de mí, pero debéis saber que ningún mortal puede escapar a su destino... y los dioses han puesto el vuestro en mis manos— dijo Teoarsis con un tono de desprecio infinito.
A un gesto suyo los mercenarios levantaron a la pareja y los pusieron de frente a él, con las manos sujetas a la espalda, mientras les forzaban a levantar la cara para que pudiera recrearse en su gesto de dolor y vergüenza. Parteia, incapaz de mantener la mirada cruel de su captor, la intentaba desviar, recibiendo una bofetada cada vez que lo hacía.
—Sois unos gusanos, dignos sólo de ser pisados por los caballos. Pero, sin embargo, voy a mostrarme generoso con vosotros —añadió mirando fijamente a Aigonos—. Os voy a dar una oportunidad. Como recordarás, mi querido amigo, tú y yo tenemos una lucha que los dioses interrumpieron. Esa lucha la vamos a acabar hoy, y si sales vencedor, os dejaré ir a ambos, y me olvidaré de vosotros. Por el contrario, si venzo yo, verás cómo mato a tu amada, y tendrás que vivir con la culpa de saber que pudiste impedirlo, y no lo hiciste.
Con un chasquido de sus dedos ordenó que soltaran al cautivo, y los guerreros formaron un círculo en torno a los dos contendientes. El combate empezó reñido, como aquella vez hacía ya tantos años. Ambos se golpearon incansablemente, pero esta vez algo era diferente. El implacable Chronos hace pasar el tiempo, y los mortales no están libres de sus efectos.
Así, mientras Teoarsis se había mantenido entrenado en un régimen militar, su oponente se había debilitado con la vida sedentaria de agricultor, una vez olvidadas sus preocupaciones.
El ateniense no resbaló, y los dioses no quisieron intervenir. El resultado del combate aparecía cada vez más claro, porque Aigonos cada vez devolvía los golpes con menos intensidad, cada vez esquivaba un poco más tarde, y sus brazos empezaban a temblar.
Finalmente, ocurrió. Parteia vio como su amado caía, incapaz de resistir los golpes. Una vez vencido, fue golpeado en el suelo, hasta que perdió el conocimiento. Cuando despertó, seguía en el suelo y uno de los Tracios tenía puesto un pie sobre su cabeza, girada de medio lado, de tal modo que no podía evitar ver lo que estaba ocurriendo.
Su amada estaba desnuda, y aquél monstruo la estaba violando. Sus gritos desgarradores le estremecieron el alma, mientras tenía que soportar las burlas de Teoarsis:
—¿Ves, estúpido, lo que ha hecho tu debilidad? Mira como tu querida es utilizada por un hombre de verdad. Nunca debiste haber entrado en aquella lucha con quien es más que tú, y ahora tendrás que pagar el precio de tu osadía.
Finalmente, cuando se hubo saciado de ella, la tiró al suelo de un empujón, y se la quedó mirando. Ella sollozaba sin parar, la voz rota de tanto gritar y el alma partida en mil pedazos. Lentamente el ateniense se dirigió hacia sus hombres, que le ofrecieron una espada.
Pausadamente y sin dejar de mirar a su enemigo se la clavó en el vientre y fue cortándola, abriéndola, hasta llegar al cuello.
De un golpe dejaron inconsciente a Aigonos, que cuando despertó se encontró solo en el bosque.
El cadáver de Parteia estaba siendo pasto de los buitres, y él no tenía fuerzas para impedirlo.
Sólo le quedaba su culpa.
Con la prosperidad se había vuelto un tanto complaciente, y había descuidado su seguridad, pensando que la distancia y el tiempo habrían hecho que el deseo de venganza y el odio se difuminaran en el olvido y que el rencor no podría durar eternamente.
Pero se equivocaba.
Su enemigo no había dejado de buscarles por un instante, y cuando la fama de las joyas que una ateniense hacía en Frigia llegó a sus oídos, no dejó de investigarlo. Pronto sus espías le confirmaron la identidad de la pareja, y se puso manos a la obra para llevar a cabo su venganza.
Contrató un grupo de mercenarios Tracios que se dirigieron de forma sigilosa a Ancyra, donde, haciéndose pasar por mercaderes interesados en la compra y venta de objetos de oro, no les costó mucho obtener la dirección de Parteia. A partir de ahí, la cosa fue fácil: espiarlos durante una semana, aprenderse sus horarios y sus rutinas para finalmente una noche caer sobre ellos como águilas cazando un conejo.
Los secuestradores los llevaron atados y a punta de espada hasta un bosque cercano donde les desnudaron y tiraron al suelo, quedando a los pies de Teoarsis, quien los miraba sin contener su risa:
—Miraos, qué patéticos estáis, sucios y desnudos, tendidos en el suelo a mis pies. Habéis intentado huir de mí, pero debéis saber que ningún mortal puede escapar a su destino... y los dioses han puesto el vuestro en mis manos— dijo Teoarsis con un tono de desprecio infinito.
A un gesto suyo los mercenarios levantaron a la pareja y los pusieron de frente a él, con las manos sujetas a la espalda, mientras les forzaban a levantar la cara para que pudiera recrearse en su gesto de dolor y vergüenza. Parteia, incapaz de mantener la mirada cruel de su captor, la intentaba desviar, recibiendo una bofetada cada vez que lo hacía.
—Sois unos gusanos, dignos sólo de ser pisados por los caballos. Pero, sin embargo, voy a mostrarme generoso con vosotros —añadió mirando fijamente a Aigonos—. Os voy a dar una oportunidad. Como recordarás, mi querido amigo, tú y yo tenemos una lucha que los dioses interrumpieron. Esa lucha la vamos a acabar hoy, y si sales vencedor, os dejaré ir a ambos, y me olvidaré de vosotros. Por el contrario, si venzo yo, verás cómo mato a tu amada, y tendrás que vivir con la culpa de saber que pudiste impedirlo, y no lo hiciste.
Con un chasquido de sus dedos ordenó que soltaran al cautivo, y los guerreros formaron un círculo en torno a los dos contendientes. El combate empezó reñido, como aquella vez hacía ya tantos años. Ambos se golpearon incansablemente, pero esta vez algo era diferente. El implacable Chronos hace pasar el tiempo, y los mortales no están libres de sus efectos.
Así, mientras Teoarsis se había mantenido entrenado en un régimen militar, su oponente se había debilitado con la vida sedentaria de agricultor, una vez olvidadas sus preocupaciones.
El ateniense no resbaló, y los dioses no quisieron intervenir. El resultado del combate aparecía cada vez más claro, porque Aigonos cada vez devolvía los golpes con menos intensidad, cada vez esquivaba un poco más tarde, y sus brazos empezaban a temblar.
Finalmente, ocurrió. Parteia vio como su amado caía, incapaz de resistir los golpes. Una vez vencido, fue golpeado en el suelo, hasta que perdió el conocimiento. Cuando despertó, seguía en el suelo y uno de los Tracios tenía puesto un pie sobre su cabeza, girada de medio lado, de tal modo que no podía evitar ver lo que estaba ocurriendo.
Su amada estaba desnuda, y aquél monstruo la estaba violando. Sus gritos desgarradores le estremecieron el alma, mientras tenía que soportar las burlas de Teoarsis:
—¿Ves, estúpido, lo que ha hecho tu debilidad? Mira como tu querida es utilizada por un hombre de verdad. Nunca debiste haber entrado en aquella lucha con quien es más que tú, y ahora tendrás que pagar el precio de tu osadía.
Finalmente, cuando se hubo saciado de ella, la tiró al suelo de un empujón, y se la quedó mirando. Ella sollozaba sin parar, la voz rota de tanto gritar y el alma partida en mil pedazos. Lentamente el ateniense se dirigió hacia sus hombres, que le ofrecieron una espada.
Pausadamente y sin dejar de mirar a su enemigo se la clavó en el vientre y fue cortándola, abriéndola, hasta llegar al cuello.
De un golpe dejaron inconsciente a Aigonos, que cuando despertó se encontró solo en el bosque.
El cadáver de Parteia estaba siendo pasto de los buitres, y él no tenía fuerzas para impedirlo.
Sólo le quedaba su culpa.
jueves, septiembre 04, 2008
Hero (II)
Parteia.
Parteia.
Parteia.
Aigonos repetía una y otra vez su nombre, sin hacerse todavía a la idea de que ya no fuera a tenerla a su lado. Ella era lo que hacía latir su corazón, lo que animaba su espíritu, y ahora ya no estaba junto a él. Ahora estaba muerta.
Desde aquél día en las Olimpiadas, nada había vuelto a ser lo mismo. Se había enamorado irremediablemente de aquella mujer que lo había cuidado, restañando sus heridas, como una dríade cuida de su bosque.
Ella, por su parte, tampoco había permanecido insensible a la firme bondad que emanaba del espíritu de ese hombre. Aprendió a conocerlo, a quererlo y a amarlo, a desearlo y a sentirlo, a echarlo de menos y a soñar con él cuando no lo tenía a su lado.
Cierto es que la vida no había sido siempre fácil. Teoarsis no había soportado la humillación, y los había hecho huir, gracias a su influencia, primero de Atenas y luego de toda el Ática. Sólo en Esparta habían encontrado refugio, con sus seculares enemigos, quienes a pesar de haberlo acogido lo despreciaban profundamente.
Pero poco a poco habían construido allí su vida. La franqueza ganó poco a poco a la suspicacia, y los espartanos llegaron a aceptar la presencia de los dos exiliados. No eran queridos, pero se les permitió quedarse, y poco a poco fueron construyendo su pequeño mundo, y tuvieron algo a lo que llamar "Hogar".
Sin embargo, llegó la guerra con Atenas. El influyente ateniense aprovechó su posición en la facción demócrata para presionar y echar abajo todos los intentos de conciliación. No contento con eso, se encargó de que algunos esclavos fueran encontrados con documentos dirigidos a él pidiendo información sobre las tropas lacedemonias.
Los reyes de Esparta les convocaron, querían confrontar con ellos las informaciones que les habían llegado. Desgraciadamente, agentes a sueldo de Atenas les convencieron de que no era necesario, de que las pruebas eran claras... ¿Qué otra cosa iban a hacer unos atenienses refugiados en casa de su peor enemigo, si no era una preparación para la inminente guerra?
Una vez más la traición venció.
Pese a que nunca hubo ninguna prueba de que contestara a las peticiones de sus antiguos compatriotas, la pareja fue obligada a abandonar la ciudad que les había servido de refugio durante tanto tiempo y a vagar de nuevo por la Hélade.
Fueron días duros, perseguidos por todos, viviendo casi en el bosque donde eran acogidos por las ninfas, embelesadas por la belleza y virtud de ambos. Su amor, con las dificultades, se fue haciendo más fuerte, y cada uno de ellos hubiera muerto antes de separarse del otro.
Habían huido, perseguidos siempre por un fantasma tan real como intangible, tan difuso como espantoso. Cruzaron ríos, bosques, montañas... Atravesaron valles, colinas, parajes tan bellos como peligrosos para ellos hasta refugiarse en el Asia Menor, en Frigia.
Allí, finalmente, habían conocido la paz. Unos extranjeros más en una tierra de comerciantes, donde nadie les preguntó jamás su origen ni sus motivos para llegar hasta allí. Todo el mundo tenía su pasado, pero nadie hablaba de él porque era eso, pasado.
Por fin pudieron pensar en el futuro, en su futuro. En formar una familia, en cultivar la tierra como él había aprendido en su infancia, en definitiva en ser felices.
A costa de duro trabajo consiguieron un pedazo de tierra que Aigonos se esforzaba año tras año en cultivar mientras que ella, con su exquisita delicadeza, acabó convirtiéndose en una respetada orfebre.
Las joyas que ella hacía fueron pronto conocidas no solo en su ciudad, Ancyra, sino por toda Frigia e incluso más allá. Trabajos hechos con la mayor delicadeza y gusto, y cuidados hasta el más mínimo detalle, ésa era la seña de identificación de la orfebrería de Parteia.
Sólo una cosa les faltaba, y era la bendición de un hijo. No habían dejado de rogar a los dioses para que les concedieran la dicha de tener descendencia, pero se habían mostrado esquivos. Pero por fin habían atendido sus súplicas. Había quedado embarazada, la alegría había entrado en su hogar de manera definitiva.
Tras todas las penalidades y sufrimientos, por fin iban a ser felices. Juntos, a salvo, con el hijo que esperaban, en una tierra que les había hecho sentir como casa, en esa casa lejana que tuvieron que abandonar huyendo de una oscura sombra.
Y todo se había acabado ahora. Su vida, sus ilusiones, sus esperanzas... La sombra les había alcanzado.
Ya no la volvería a ver. Ya no volvería a despertarse con la fragancia de sus cabellos. Ya no volvería a sentir la suavidad de sus manos acariciando su piel. Ya no podría perderse en sus profundos ojos.
Ya no.
Parteia.
Parteia.
Aigonos repetía una y otra vez su nombre, sin hacerse todavía a la idea de que ya no fuera a tenerla a su lado. Ella era lo que hacía latir su corazón, lo que animaba su espíritu, y ahora ya no estaba junto a él. Ahora estaba muerta.
Desde aquél día en las Olimpiadas, nada había vuelto a ser lo mismo. Se había enamorado irremediablemente de aquella mujer que lo había cuidado, restañando sus heridas, como una dríade cuida de su bosque.
Ella, por su parte, tampoco había permanecido insensible a la firme bondad que emanaba del espíritu de ese hombre. Aprendió a conocerlo, a quererlo y a amarlo, a desearlo y a sentirlo, a echarlo de menos y a soñar con él cuando no lo tenía a su lado.
Cierto es que la vida no había sido siempre fácil. Teoarsis no había soportado la humillación, y los había hecho huir, gracias a su influencia, primero de Atenas y luego de toda el Ática. Sólo en Esparta habían encontrado refugio, con sus seculares enemigos, quienes a pesar de haberlo acogido lo despreciaban profundamente.
Pero poco a poco habían construido allí su vida. La franqueza ganó poco a poco a la suspicacia, y los espartanos llegaron a aceptar la presencia de los dos exiliados. No eran queridos, pero se les permitió quedarse, y poco a poco fueron construyendo su pequeño mundo, y tuvieron algo a lo que llamar "Hogar".
Sin embargo, llegó la guerra con Atenas. El influyente ateniense aprovechó su posición en la facción demócrata para presionar y echar abajo todos los intentos de conciliación. No contento con eso, se encargó de que algunos esclavos fueran encontrados con documentos dirigidos a él pidiendo información sobre las tropas lacedemonias.
Los reyes de Esparta les convocaron, querían confrontar con ellos las informaciones que les habían llegado. Desgraciadamente, agentes a sueldo de Atenas les convencieron de que no era necesario, de que las pruebas eran claras... ¿Qué otra cosa iban a hacer unos atenienses refugiados en casa de su peor enemigo, si no era una preparación para la inminente guerra?
Una vez más la traición venció.
Pese a que nunca hubo ninguna prueba de que contestara a las peticiones de sus antiguos compatriotas, la pareja fue obligada a abandonar la ciudad que les había servido de refugio durante tanto tiempo y a vagar de nuevo por la Hélade.
Fueron días duros, perseguidos por todos, viviendo casi en el bosque donde eran acogidos por las ninfas, embelesadas por la belleza y virtud de ambos. Su amor, con las dificultades, se fue haciendo más fuerte, y cada uno de ellos hubiera muerto antes de separarse del otro.
Habían huido, perseguidos siempre por un fantasma tan real como intangible, tan difuso como espantoso. Cruzaron ríos, bosques, montañas... Atravesaron valles, colinas, parajes tan bellos como peligrosos para ellos hasta refugiarse en el Asia Menor, en Frigia.
Allí, finalmente, habían conocido la paz. Unos extranjeros más en una tierra de comerciantes, donde nadie les preguntó jamás su origen ni sus motivos para llegar hasta allí. Todo el mundo tenía su pasado, pero nadie hablaba de él porque era eso, pasado.
Por fin pudieron pensar en el futuro, en su futuro. En formar una familia, en cultivar la tierra como él había aprendido en su infancia, en definitiva en ser felices.
A costa de duro trabajo consiguieron un pedazo de tierra que Aigonos se esforzaba año tras año en cultivar mientras que ella, con su exquisita delicadeza, acabó convirtiéndose en una respetada orfebre.
Las joyas que ella hacía fueron pronto conocidas no solo en su ciudad, Ancyra, sino por toda Frigia e incluso más allá. Trabajos hechos con la mayor delicadeza y gusto, y cuidados hasta el más mínimo detalle, ésa era la seña de identificación de la orfebrería de Parteia.
Sólo una cosa les faltaba, y era la bendición de un hijo. No habían dejado de rogar a los dioses para que les concedieran la dicha de tener descendencia, pero se habían mostrado esquivos. Pero por fin habían atendido sus súplicas. Había quedado embarazada, la alegría había entrado en su hogar de manera definitiva.
Tras todas las penalidades y sufrimientos, por fin iban a ser felices. Juntos, a salvo, con el hijo que esperaban, en una tierra que les había hecho sentir como casa, en esa casa lejana que tuvieron que abandonar huyendo de una oscura sombra.
Y todo se había acabado ahora. Su vida, sus ilusiones, sus esperanzas... La sombra les había alcanzado.
Ya no la volvería a ver. Ya no volvería a despertarse con la fragancia de sus cabellos. Ya no volvería a sentir la suavidad de sus manos acariciando su piel. Ya no podría perderse en sus profundos ojos.
Ya no.
lunes, septiembre 01, 2008
Hero (I)
Una punzada de dolor perforó el corazón de Aigonos. Su amada Parteia acaba de morir.
No había sido una muerte fortuita, pues las Moiras no dejan nada al azar. Átropos, la inflexible, había cortado el hilo de la vida de la persona que más quería en el mundo, y para ello había escogido la más cruel de las herramientas.
Parteia había muerto a manos de su más acérrimo enemigo, Teoarsis.
"Teoarsis", musitó para él mismo. Cuántos recuerdos le traía ese nombre, y cuántas desgracias había causado. Se habían conocido hacía mucho tiempo ya, tanto que casi no lo recordaba. Desde el primer momento la rivalidad entre ellos estuvo presente.
Aigonos había nacido de una familia humilde, en el Ática central. Sus padres, campesinos, no habían podido darle una buena educación. A cambio se crió en el bosque, donde pronto fue conocido por las dríades, náyades y demás ninfas por su gran belleza, que sólo rivalizaba con su bondad.
Teoarsis era hijo de un aristócrata ateniense, veterano de varias guerras contra los Persas, quien desde pequeño le instruyó en todas las artes de la guerra y del saber. Envidiado por todos, cultivó su cuerpo y su mente hasta extremos que nunca antes había alcanzado nadie.
Infausto es en verdad el Destino, que hace que las vidas de las grandes personas se crucen en la peor de las combinaciones.
Parteia, la bella Parteia, la de la piel fina y los ojos profundos, hubiera deseado no tener que escoger entre ellos, pero aquella Olimpiada marcaría profundamente su vida. Aquel año, la competición de pugilato estaba amparada por el propio Zeus, ya que ambos contendientes superaban con creces la imaginación de los espectadores.
Bien sabía ella que no le estaba permitido ver la competición; sin embargo, no había podido evitar colarse, disfrazada de hombre como tantas otras, para poder ver a aquellos semidioses de los que tanto oía hablar desde hacía días.
Pero, siendo como era la más atrevida de las atenienses, iba a llegar a más. Ella quería verlos antes del combate, así que se coló en las dependencias donde dormían los competidores. Allí pudo verlos durmiendo, relajados, en su último momento de paz antes del combate.
Salió tan silenciosamente como había entrado, guardando en su memoria la imagen de los dos héroes, y preguntándose, una vez más, quién sería el vencedor del duelo.
Finalmente, casi a medio día salieron los dos púgiles a la arena. El sol, abrasador, les cegaba, pero aun así sentían el rugir del público gritando sus nombres, apoyando a uno y a otro, volcando sus deseos y sus emociones en ellos, y haciendo que sintieran un escalofrío recorriendo su espalda.
El combate estaba a punto de comenzar. El silencio se había hecho en todo el estadio, la gente casi contenía la respiración para que nada turbara el ánimo de los luchadores.
Comenzó el intercambio de golpes, tan igualado como estaba previsto. Puñetazos, fintas, bloqueos, todo se sucedía de manera tan rápida que el ojo humano casi no era capaz de seguirlo.
Teoarsis no se lo podía creer. Cómo era posible que alguien le plantara cara a él, el mejor de Atenas, admirado por dioses y mortales, luchador invicto en más de mil combates y conocedor de la mejor técnica, enseñada por los más famosos maestros.
Para Aigonos, en cambio, el combate era la oportunidad de su vida. La alegría de luchar contra un rival capaz de hacerle frente era mayor aún que el dolor que le proporcionaban los golpes de su oponente. Su cara no podía dejar de esbozar una sonrisa de alegría, sonrisa que no le abandonaba a pesar del sufrimiento que su cuerpo experimentaba.
Sin embargo, el combate tenía que acabar. Dos hombres no pueden enfrentarse eternamente sin que los Dioses intervengan en favor de uno u otro. La esquiva Tyche quiso que Teoarsis resbalara, abriendo su guardia y casi cayendo al suelo. Teoarsis maldijo a los dioses en lo más profundo de su corazón y se preparó para recibir el golpe definitivo.
Su rival, consciente de lo que había pasado, no quiso aprovecharse de la mala fortuna de su oponente, y esperó a que se volviera a poner en posición. Esto ennegreció aún más el corazón del ateniense, que se sintió doblemente humillado: primero por los dioses, que le habían hecho vacilar en el momento cumbre del combate; y luego por ese vil campesino, que se consideraba tan superior a él que había desaprovechado la ayuda que los dioses le habían ofrecido.
Cegado por la ira, cogió un puñado de tierra del suelo y lo lanzó a los ojos de Aigonos, en uno de los actos más despreciables que se recordaban en la historia del pugilismo. Mientras éste se la intentaba quitar de los ojos, empezó a golpearle cruelmente, tirándolo al suelo, impasible ante los gritos de los jueces ordenándole que parara, dándole patadas en la cara para intentar desfigurársela.
Parteia no pudo soportar eso, y olvidándose de la prohibición, saltó corriendo a la arena, para intentar proteger el cuerpo desnudo e indefenso de Aigonos con el suyo propio. La mirada de desprecio con la que traspasó a Teoarsis fue lo único que logró hacerle salir de su furia.
Teoarsis quedó sentado en el suelo, ocultando su cara entre las rodillas, descalificado por los jueces y despreciado por el público, llorando víctima del hibris. Mientras, veía como la mujer a la que secretamente amaba se llevaba al vencedor a su casa para cuidarle.
Nadie, ni los jueces ni el público, osó decirle nada por su atrevimiento al haber accedido siendo mujer a un evento reservado a los hombres.
No había sido una muerte fortuita, pues las Moiras no dejan nada al azar. Átropos, la inflexible, había cortado el hilo de la vida de la persona que más quería en el mundo, y para ello había escogido la más cruel de las herramientas.
Parteia había muerto a manos de su más acérrimo enemigo, Teoarsis.
"Teoarsis", musitó para él mismo. Cuántos recuerdos le traía ese nombre, y cuántas desgracias había causado. Se habían conocido hacía mucho tiempo ya, tanto que casi no lo recordaba. Desde el primer momento la rivalidad entre ellos estuvo presente.
Aigonos había nacido de una familia humilde, en el Ática central. Sus padres, campesinos, no habían podido darle una buena educación. A cambio se crió en el bosque, donde pronto fue conocido por las dríades, náyades y demás ninfas por su gran belleza, que sólo rivalizaba con su bondad.
Teoarsis era hijo de un aristócrata ateniense, veterano de varias guerras contra los Persas, quien desde pequeño le instruyó en todas las artes de la guerra y del saber. Envidiado por todos, cultivó su cuerpo y su mente hasta extremos que nunca antes había alcanzado nadie.
Infausto es en verdad el Destino, que hace que las vidas de las grandes personas se crucen en la peor de las combinaciones.
Parteia, la bella Parteia, la de la piel fina y los ojos profundos, hubiera deseado no tener que escoger entre ellos, pero aquella Olimpiada marcaría profundamente su vida. Aquel año, la competición de pugilato estaba amparada por el propio Zeus, ya que ambos contendientes superaban con creces la imaginación de los espectadores.
Bien sabía ella que no le estaba permitido ver la competición; sin embargo, no había podido evitar colarse, disfrazada de hombre como tantas otras, para poder ver a aquellos semidioses de los que tanto oía hablar desde hacía días.
Pero, siendo como era la más atrevida de las atenienses, iba a llegar a más. Ella quería verlos antes del combate, así que se coló en las dependencias donde dormían los competidores. Allí pudo verlos durmiendo, relajados, en su último momento de paz antes del combate.
Salió tan silenciosamente como había entrado, guardando en su memoria la imagen de los dos héroes, y preguntándose, una vez más, quién sería el vencedor del duelo.
Finalmente, casi a medio día salieron los dos púgiles a la arena. El sol, abrasador, les cegaba, pero aun así sentían el rugir del público gritando sus nombres, apoyando a uno y a otro, volcando sus deseos y sus emociones en ellos, y haciendo que sintieran un escalofrío recorriendo su espalda.
El combate estaba a punto de comenzar. El silencio se había hecho en todo el estadio, la gente casi contenía la respiración para que nada turbara el ánimo de los luchadores.
Comenzó el intercambio de golpes, tan igualado como estaba previsto. Puñetazos, fintas, bloqueos, todo se sucedía de manera tan rápida que el ojo humano casi no era capaz de seguirlo.
Teoarsis no se lo podía creer. Cómo era posible que alguien le plantara cara a él, el mejor de Atenas, admirado por dioses y mortales, luchador invicto en más de mil combates y conocedor de la mejor técnica, enseñada por los más famosos maestros.
Para Aigonos, en cambio, el combate era la oportunidad de su vida. La alegría de luchar contra un rival capaz de hacerle frente era mayor aún que el dolor que le proporcionaban los golpes de su oponente. Su cara no podía dejar de esbozar una sonrisa de alegría, sonrisa que no le abandonaba a pesar del sufrimiento que su cuerpo experimentaba.
Sin embargo, el combate tenía que acabar. Dos hombres no pueden enfrentarse eternamente sin que los Dioses intervengan en favor de uno u otro. La esquiva Tyche quiso que Teoarsis resbalara, abriendo su guardia y casi cayendo al suelo. Teoarsis maldijo a los dioses en lo más profundo de su corazón y se preparó para recibir el golpe definitivo.
Su rival, consciente de lo que había pasado, no quiso aprovecharse de la mala fortuna de su oponente, y esperó a que se volviera a poner en posición. Esto ennegreció aún más el corazón del ateniense, que se sintió doblemente humillado: primero por los dioses, que le habían hecho vacilar en el momento cumbre del combate; y luego por ese vil campesino, que se consideraba tan superior a él que había desaprovechado la ayuda que los dioses le habían ofrecido.
Cegado por la ira, cogió un puñado de tierra del suelo y lo lanzó a los ojos de Aigonos, en uno de los actos más despreciables que se recordaban en la historia del pugilismo. Mientras éste se la intentaba quitar de los ojos, empezó a golpearle cruelmente, tirándolo al suelo, impasible ante los gritos de los jueces ordenándole que parara, dándole patadas en la cara para intentar desfigurársela.
Parteia no pudo soportar eso, y olvidándose de la prohibición, saltó corriendo a la arena, para intentar proteger el cuerpo desnudo e indefenso de Aigonos con el suyo propio. La mirada de desprecio con la que traspasó a Teoarsis fue lo único que logró hacerle salir de su furia.
Teoarsis quedó sentado en el suelo, ocultando su cara entre las rodillas, descalificado por los jueces y despreciado por el público, llorando víctima del hibris. Mientras, veía como la mujer a la que secretamente amaba se llevaba al vencedor a su casa para cuidarle.
Nadie, ni los jueces ni el público, osó decirle nada por su atrevimiento al haber accedido siendo mujer a un evento reservado a los hombres.
jueves, agosto 28, 2008
La estulticia enaltecida y ensalzada
¡Dios mío, algo no surrealista ni tétrico aquí! ¡Cuerpo a tierra!
Y una leche. El blog es mío y me lo follo cuando quiero. Además, ¿qué hay más nihilista que no ser nihilista cuando me pasa por las narices?
A lo que iba, que divago.
Estoy hasta los cojones de la cultura de la estulticia, la mediocridad, y las medianías. Idos todos a tomar por culo, que seguro que os gusta.
"Lo normal" no es bueno, la gente no es toda igual y, además, yo soy mejor que vosotros. Ea. Y aunque no lo fuera, me da lo mismo.
¿Qué es eso de que todos somos iguales? ¿Por qué tiene nadie que avergonzarse de ser mejor que la media, sobre todo intelectualmente?
Partamos de la base de que las etiquetas "bueno" y "malo", sobran. Hay gente más fuerte, y gente más débil. Hay gente más guapa, y gente más fea. Y hay gente más inteligente y gente más tonta.
Y ya vale de que el listo tenga que hacerse pasar por tonto para que no se le acuse de creído. Me parecerá bien cuando el guapo salga con una bolsa de basura en la cabeza. Hasta entonces, o follamos todos, o la puta al río.
Ojo, no hablo del que va presumiendo, que eso me parece igual de patético en un listo, un guapo, un rico, o Dios Cristo Redivivo. Nadie es mejor que otro, pero eso no quiera decir que tengamos que ser todos unos medianías insulsos.
Y por qué viene esto, os preguntaréis. Veréis. Hay un periódico gratuito (no sé ahora si es el "Qué", el "20 minutos", o alguno de estos del estilo) que vendía como punto a su favor que era el periódico en el que "cualquiera podía escribir", y ponían unos anuncios donde se veía -más bien oía, eran anuncios de radio, creo- a un conductor de autobús, a "tu vecina", etc... redactando las noticias.
Y una mierda. Si quisiera saber lo que opina un conductor de autobús, se lo preguntaría. Y con mi vecina no hablo porque es una lerda, gracias. Yo quiero saber lo que opina gente más capacitada que yo. No tengo miedo a reconocerme inferior, tengo la suficiente autoestima como para saber que no soy el más listo, ni el más fuerte, ni el más guapo, y no sentirme de menos por ello.
Quiero que me hable de política internacional un experto en política internacional, no el jodido frutero de la esquina. Quiero aprender. No quiero que me intenten hacer sentir bien enrasando todo por abajo. "Venga, para que el tontito no se sienta mal, vamos a ponernos todos a su nivel". Y para que la gente no se dé cuenta de lo estúpida, superficial e intrascendente que es su vida, vamos a menospreciar a quien tiene un poco más que ofrecer.
No a la estulticia.
Y ni Bu Ji, ni pollas.
Y una leche. El blog es mío y me lo follo cuando quiero. Además, ¿qué hay más nihilista que no ser nihilista cuando me pasa por las narices?
A lo que iba, que divago.
Estoy hasta los cojones de la cultura de la estulticia, la mediocridad, y las medianías. Idos todos a tomar por culo, que seguro que os gusta.
"Lo normal" no es bueno, la gente no es toda igual y, además, yo soy mejor que vosotros. Ea. Y aunque no lo fuera, me da lo mismo.
¿Qué es eso de que todos somos iguales? ¿Por qué tiene nadie que avergonzarse de ser mejor que la media, sobre todo intelectualmente?
Partamos de la base de que las etiquetas "bueno" y "malo", sobran. Hay gente más fuerte, y gente más débil. Hay gente más guapa, y gente más fea. Y hay gente más inteligente y gente más tonta.
Y ya vale de que el listo tenga que hacerse pasar por tonto para que no se le acuse de creído. Me parecerá bien cuando el guapo salga con una bolsa de basura en la cabeza. Hasta entonces, o follamos todos, o la puta al río.
Ojo, no hablo del que va presumiendo, que eso me parece igual de patético en un listo, un guapo, un rico, o Dios Cristo Redivivo. Nadie es mejor que otro, pero eso no quiera decir que tengamos que ser todos unos medianías insulsos.
Y por qué viene esto, os preguntaréis. Veréis. Hay un periódico gratuito (no sé ahora si es el "Qué", el "20 minutos", o alguno de estos del estilo) que vendía como punto a su favor que era el periódico en el que "cualquiera podía escribir", y ponían unos anuncios donde se veía -más bien oía, eran anuncios de radio, creo- a un conductor de autobús, a "tu vecina", etc... redactando las noticias.
Y una mierda. Si quisiera saber lo que opina un conductor de autobús, se lo preguntaría. Y con mi vecina no hablo porque es una lerda, gracias. Yo quiero saber lo que opina gente más capacitada que yo. No tengo miedo a reconocerme inferior, tengo la suficiente autoestima como para saber que no soy el más listo, ni el más fuerte, ni el más guapo, y no sentirme de menos por ello.
Quiero que me hable de política internacional un experto en política internacional, no el jodido frutero de la esquina. Quiero aprender. No quiero que me intenten hacer sentir bien enrasando todo por abajo. "Venga, para que el tontito no se sienta mal, vamos a ponernos todos a su nivel". Y para que la gente no se dé cuenta de lo estúpida, superficial e intrascendente que es su vida, vamos a menospreciar a quien tiene un poco más que ofrecer.
No a la estulticia.
Y ni Bu Ji, ni pollas.
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