sábado, agosto 20, 2005

Undeseptuaginta

Gritos, llanto.
El dolor de la gente mezclándose con el dolor de la tierra.
Tierra sangrante, gente resquebrajada, un mundo llorando apenado por sí mismo.
Cosas inconclusas, cosas ya por empezar, ilusiones inútiles como muertos sus dueños.
Letras sangrantes escritas por un Dios inexistente.

Edificios derruidos.
Los sueños de un mundo en el momento de su despertar, o el mundo de un sueño en el momento de su despertar.
Niebla.
Miedo.
Frío.
Finas gotas de lluvia penetrando pieles inertes.
Acero sobre sangre, hierba sobre lágrimas.

Un niño buscando a su padre.
Un padre muerto sin haber conocido a su hijo.
Una ciudad muriendo sin poder enterrarse a si misma.
Una ciudad enterrada a si misma por su ambición.
Temblores.
Fuego.
Odio.

Un cielo abierto, vomitando hiel.
Caos en el orden. Sin orden en el Caos.
Un mar asediando la tierra.
Pies pegados al suelo.
Manos buscando el aire.
Gente llamándose a si misma.

Un mundo podrido, un mundo hueco, un mundo inhumano hecho por humanos.
No más ideas, no más ideales, no más razones por qué luchar, no más con qué vivir.
Sólo sufrir.
Sólo llorar.
Sólo maldecir, nada para bendecir.
Sólo esperarse a si mismo aguardando un destino ya llegado.
Exilio.
Deshonor.
Inevitable.

Sodoma, nueva tierra de la felicidad.
Gomorra, nueva tierra de la alegría.
La rebelión de los malditos.
El vicio de lo humano.
El vicio de lo divino.
El vicio de no ser.
Vínculos inexistentes. Relaciones vacías antes, durante y después de la vida.
Nadie.
Todo.
Vacío.



Enciendo un cigarro.