viernes, diciembre 23
Séptimo principio. Principio de ductilidad.
viernes, diciembre 9
Dominar el mundo
domingo, noviembre 27
Sexto principio. Principio de masa y peso
domingo, noviembre 13
Quinto principio. Principio de dureza.
viernes, octubre 28
Cuarto principio. Principio de gravitación.
sábado, octubre 15
Un febrero de cualquier año
jueves, septiembre 29
Quedan los relojes
sábado, septiembre 17
domingo, septiembre 4
Universal rural y otros mares
UNO. Hay verdaderos genios en esto de recomendar libros. Cuando Taibo II agita un volumen desde el escenario, me salto la presentación, me levanto con la angustia de los seres incompletos y corro a buscarlo, no vaya a ser que se acabe. En ocasiones, memorables, hasta coinciden nuestros gustos. También existen auténticos maestros del prólogo como Fresán. Es difícil sustraerse a la melodía sinuosa del encantador de serpientes que materializó La velocidad de las cosas. Invoco su manto protector y la determinación áspera del agente de la Continental en estas páginas. Tres suicidios y Un mar de piedra pómez. Fresán style.
DOS. Jose Garzón es un tipo extraño. Como si le faltara una tilde. Digo esto en atención a los curiosos que busquen datos en la solapa. Los editores, cuyo desbordante optimismo o circunspección según el caso han hecho posible este sueño, han parido un ejemplar sin información acerca del autor. Sin solapas. Semejante estratagema pynchonyana no esconde grandes misterios. El escritor es castellano. Profundo. Incómodo en el abrazo, seco como un garrotazo, en especial por teléfono. Yo hace meses que ni lo intento, me limito a quererle en el intervalo entre diástoles para que no salga corriendo, porque nuestra relación es un mapa de ausencias y breves desencuentros.
TRES. A saber. Hay lugares para ver morir la tarde, para dejarse llevar entre cervezas hasta el invierno seco de una playa. El bar Cantábrico albergó un concierto al que no asistí por un motivo que ni recuerdo. Jose Garzón tocó esa tarde y el dueño, irreductible ante las crisis, el tiempo o los cambios de clima, recuerda con una sonrisa. Ahí me tumbo un rato mientras miro por la ventana y escarbo notas en las paredes. Toco las páginas y escucho música.
CUATRO. O del frío entre montañas y de su asombro ante la cadena de montaje improvisada y eficaz que preparó una cena especial y tal vez puso fin a un grupo de amigos. Ahí estuvimos los dos pero el resto, la vida la hacemos así, son huecos. Parte de esa conclusión y de esa ternura se escapan del aire de las hojas al pasar.
CINCO. Porque, ha llegado el momento de decirlo, tienes delante un libro que te convierte en personaje. En material literario. Las palabras que en algún momento te van a envolver sin que te des cuenta, lector, son tuyas. Igual que ese pase perdido que un domingo temprano, mientras los nudillos se vuelven blancos en la barandilla del Muro y algún veterano masculla entre dientes, arroja al limbo un balón que el agua devolverá en forma de abrazo y cansancio de guardia. Estará Capote, y el Cojo, un encontronazo fugaz de historias en el aeropuerto, María, tu ciudad, tu derrota y tu dignidad. Estarás tú.
SEIS. Naranjas cada vez que te levantas, de Julio Rodríguez. La ñoaranza de Artemio Rulán, de Rafa Cofiño. Tres suicidios y Un mar de piedra pómez, de Jose Garzón.
SIETE. Y no hace falta decir nada más.
http://www.tresuicidios.wordpress.com/
viernes, agosto 19
Recluta
Yo caminaba por las calles húmedas del barrio a media tarde, cuando ya no hacía frío, cuando la esfera del reloj maduraba y se abría con facilidad por la mitad ante el empuje de los pulgares y por las palmas de las manos corría libre el jugo fresco de un tiempo que, ya sabía de aquella, no se volvería a repetir. Doblaba la esquina y, en la plaza, la luz del sol me cegaba. Cerraba doloridos entonces los ojos para volver a abrilos y los dirigía a la ventana del segundo piso donde durante meses vivió ella, la que una noche me contó el médico esta mañana me dijo que tenía el sida, ya ves, ahora que ya nadie se contagia, ahora que ya no está de moda. Yo la besé en los labios sin importarme otra cosa que no fuera hacerla feliz y que la tristeza se diluyera como un azucarillo en el café. Sus labios se abrieron como la esfera del reloj, como una fruta madura, como las puertas del cielo. Después me llevó de la mano hasta su casa y follamos en la cama y lo hicimos, primero yo encima, después ella hasta que dijo que se iba a dar la vuelta porque le daba vergüenza que la viera correrse. Y se corrió. Nos quedamos dormidos y cuando desperté, ella me miraba y sonreía triste. Supe entonces que había fracasado a pesar de los besos. Ella acercó su boca a la mía y pude sentir su aliento caliente y dulce. Me pidió que cerrara los ojos y fue deslizándose despacio hacia abajo mientras yo me excitaba imaginando donde terminaría su boca. Entonces ella, de repente, se plantó de nuevo frente a mi boca y, fingiendo un beso, mordió mi labio inferior hasta que de él brotó sangre. Grité sorprendido pero evité moverme para no hacer más agudo el dolor. No vuelvas a cerrar los ojos. Aunque yo te lo pida, me dijo. Cuando estés en la cama conmigo, quiero que sólo pienses en mí. Ella se levantó y desapareció en un segundo. Escuché después sonidos que provenían de la cocina: los pasos descalzos, el agua del grifo, el fuego encendido, el golpe de la cucharilla contra el fondo vacío del tarro de cristal.
Me gustaba cuando me llamaba recluta. Por eso nunca le dije mi nombre. Una vez fuimos juntos a la comisaría. Ella quería denunciar que le habían robado el bolso en un bar y allí dentro nadie la trató bien. Recuerdo que era verano y que estaba descalza. Tenía las uñas pintadas de blanco y tatuada en el empeine derecho una flor negra diminuta. Me gustan tus pies. Creo, dije. Ella sonrió, sin tristeza esta vez. Podía haber dicho cualquier otra cosa. Podía haber dicho hace demasiado calor y tal vez llueva esta tarde. O el policía que vigila la puerta de entrada tiene descosido el dobladillo del pantalón. O tengo hambre. Pero dije que me gustaban sus pies. Ella se acercó para besarme y, en un lugar de eso, acarició con la yema de los dedos la cicatriz que sus dientes dejaron en mi labio inferior. Sonrió mirándome a los ojos y yo los cerré, para fastidiarla tal vez. Vámonos de aquí, anda, recluta. Estos no van a ser capaces de encontrarlo. El bolso nunca apareció.
Recluta, tú nunca hablas demasiado. No, contesté. La miré primero a los ojos y después a sus pies desnudos y dije hace calor y tal vez llueva esta tarde. Ella puso cara de sorpresa, sacó un cigarrillo del bolso y lo encendió. Mañana tengo que ir al hospital. ¿Tú me acompañarías? Bueno. Pasamos la tarde en la cama. Dormimos, follamos y comimos a medias una manzana y un pedazo de pan. Después ella dijo si quieres, puedes ducharte. Lo hice con agua fría porque sabía que andaba mal de dinero. Me sequé con una toalla que estaba colgada en la pared y que tenía impregnado su olor. Me vestí, volví al cuarto donde ella, tumbada en la cama, leía una revista. Me acerqué y le pedí que cerrara los ojos, la besé en los labios despacio y después le mordí el inferior, pero sin hacerle daño. Salí de casa y no he vuelto a verla jamás.
gijón.mayo2011
viernes, agosto 5
Mira que eres tonta
domingo, julio 24
Aplastadas por el quince
cimadevilla.junio2011
sábado, julio 9
Tercer principio. Principio de inercia.
viernes, junio 24
Hoy
y sobre lo difícil que resulta en ocasiones
soportar la ausencia y los recuerdos.
De como en algunas palabras
reside la magia que convoca
a otras palabras
y, en estas, a otras y así,
sucesivamente encadenadas,
no en la formación de frases
con sentido o con más de un significado,
los renglones torcidos o
aquello que dejamos escrito
entre una línea y la siguiente,
simplemente palabras individuales
como personas,
como tú y como yo,
llenas de anclajes
donde sujetarse otras,
donde agarrarnos nosotros
sin importar tan siquiera el idioma,
sonidos no sometidos a lenguaje
que ya pronunciaban las gentes antiguas
y que,
multiplicados mil veces a lo largo de siglos
en el aire,
en el papel,
en las pantallas de luz,
a nosotros,
o al menos a mí,
me sirven
para pensarte.
gijón.lunes.
sábado, junio 11
Segundo principio. Principio de dinámica clásica.
sábado, mayo 28
Primer principio. Principio de cinemática.
domingo, mayo 15
Te dejas caer
sábado, abril 30
viernes, abril 15
domingo, abril 3
Donde creía podía estar tu corazón
después de tantos años,
al sonido incandescente de tu risa
con un par de cervezas,
a tu mirada esquiva,
a tus manos pequeñas,
espadas y pluma.
Tantos años después a las calles
que siempre decías mías
y a los cien ruidos distintos de la ciudad
y de la noche.
Recuerdo junio.
Recuerdo diciembre y tu risa
antes de la cuarta, cuando sin avisar
salías corriendo.
Después yo te alcanzaba disneico.
¿Pagaste?, decías.
Ni modo.
Ni modo.
¿De dónde sacaste esa respuesta?
De aquí dentro.
Y colocaba el dedo índice sobre tu pecho,
donde creía podía estar tu corazón.
cimadevilla.abril2011
lunes, marzo 28
El paseo 5
ciudad con palmeras.marzo2011
sábado, marzo 12
El paseo 4
miércoles, marzo 2
El paseo 3
jueves, febrero 24
El paseo 2
martes, febrero 15
El paseo 1
miércoles, febrero 2
lunes, enero 31
Tú me llamabas Lolo
lunes, enero 24
lunes, enero 17
Te amé las tres cosas a la vez
o el recuerdo de una tarde
sentado frente al mar
o el olor de la gasolina.
Te amé las tres cosas a la vez, tal vez.
Te amé sin ser correspondido,
tienes esa habilidad
o fingiste muy bien
y solo me dejaste tocar
el relieve de cicatrices
las arrugas de tus labios.
Te amé en noviembre
como se ama en febrero
y no me importó.
Habría cambiado el orden del calendario
si así hubiera sido capaz de comportarme
como John Wayne. De no tener miedo.
Capaz de ser capaz, tal vez,
como lo fui años después
cuando tú ya estabas demasiado lejos,
a más de cien canciones de aquí,
de mí,
de un yo capaz sin miedo.
Y entonces te recordé para poder olvidarte,
que suena a canción de Cabrales,
aunque nunca pueda amar una de sus canciones,
como te amé en un diciembre que era mayo,
a sabiendas de que tú no me amabas,
o de que fingías no hacerlo, tal vez fingías,
tienes esa habilidad,
el relieve de cicatrices,
como te amé una canción de Battiato,
una de Balmes,
la de Earle que sonaba en el bar aquella tarde,
ai rimember joldin on tu llu,
sentado frente al mar.
O la noche que conduje en reserva
hasta que en el salpicadero sonó una de Ferreira
y las luces de la gasolinera me recordaron
que, tal vez, si tan capaz era, tal vez
convertido ya en Clint Eastwood,
había llegado el momento, la canción, el olor
de olvidarte.
gijón.diciembre2010.o mayo.
sábado, enero 8
10 y FIN
sábado, enero 1
9
Me han contado que incendiaste la ciudad.
Es ella, jefe, dijo el tipo desde el maletero del coche.
Entré en la casa y todo estaba en silencio. Ella dormía. Me senté a su lado y la desperté con un beso en los labios. Abrió los ojos, sonrió y me abrazó.
días
cuadernos
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