viernes, diciembre 23

Séptimo principio. Principio de ductilidad.

             Te pediría que te fueras de casa, si alguna vez estuvieras dentro. Como nunca es así, al menos nunca cuando las niñas y yo estamos despiertas, tengo que decírtelo por teléfono. Voy a pedir el divorcio, Andrés. Esto ya no tiene ningún sentido.
            No por esperado fue menos doloroso. Rosaura cerró los ojos y se mordió el labio superior. Pasados unos segundos, rompió el silencio que Teresa se empeñaba en mantener al otro lado del teléfono.
            Está bien, como quieras. Por mi parte, no tendrás ningún problema.
            De acuerdo, contestó ella.
            Las palabras quebradas, la voz sorda, el lugar inhabitado al que hubo un tiempo en que pensaron jamás llegarían, ellos dos no, tal vez los otros que no se aman como nosotros lo hacemos. El lugar inhabitado que ahora era de los dos, el más común, en el que se sentían resignados y, de tan resignados, ya cómodos. Lo único que realmente, desde hacía ya mucho tiempo, compartían.              
            ¿Desde cuándo?, pensó.
Escuchó un sollozo que su mujer intentó ocultar hablando de nuevo.
Una cosa más, Andrés. Las niñas se quedan conmigo y en este punto no admito discusión. Si quieres ir por las bravas, prepárate para dejarte el sueldo en abogados. Podrás verlas cuando ellas quieran.
Rosaura, manso, no contestó.
No tengo prisa, prosiguió Teresa, pero estaría bien que, dentro de dos semanas, tus cosas ya no estén en casa.
Rosaura pensó en las niñas, de once y siete años, en sus hijas, a pesar de lo extraño que se sentía en ocasiones cuando le llamaban papá, de lo lejos que estaban a menudo, de lo difícil que le resultó siempre acercarse a ellas, aprender a mostrarse, a pesar de ese amor que sabía sentía por ambas y que en demasiadas ocasiones, desde el nacimiento de la mayor, había sido un amor doloroso, feroz, un amor como un miedo invencible, él, que conocía probablemente lo más oscuro y venenoso de los hombres y sus vidas, a que algo terrible les pudiera suceder.
Te dejo. Tengo guardia.
Rosaura, rendido y sin palabras, colgó.
           
Una semana después de la conversación telefónica, aprovechó los dos días de ausencia de las tres, que le brindó una excursión a la montaña, para borrar todo aquello que le nombraba en la casa de Santa Doradía, el piso que compraron dos años después de casarse, empujados y ayudados por los padres de Teresa, que anhelaban un futuro cerca de su hija y de la nieta que  crecía en su vientre y a las que querían proteger, en parte, de un marido y de un padre demasiado tiempo ausente acechando a los malos, como decía el padre de Teresa con el poso del desprecio sordo con el que siempre trató a Rosaura.
            Lo hizo de un modo automático, inerte, aséptico. No se paró un segundo, ni a pensar ni a descansar, ayudado por las cervezas y por la marihuana que decidió beber y fumar antes de enfrentarse a un presente que se convertiría en pasado demasiado rápido.
Si ahora lo intenta, le resulta difícil recordar con claridad esos dos días. Y no lo intenta.

viernes, diciembre 9

Dominar el mundo


Dominar el mundo.
Celebrar que cada noche
nace un guerrero nuevo,
una criatura que pasará
a formar parte de las tropas
que doblegarán a los enemigos.

Acudir en ayuda de los más necesitados.
O de ti.

Respetar a los sabios
pero no a los mayores.

He dejado la montura,
mi amor,
jadeante en los establos.
Beberá agua,
comerá la hierba recién cortada,
almohazarán sus crines negras
los criados.

Mientras tanto abrázame
y te abrazaré.
Agarraré con fuerza tus cabellos sueltos.

Gritemos al ocaso.
Gritemos después al alba.

Permite que las doncellas
duerman esta noche a las criaturas.
Quédate a mi lado.

cimadevilla.septiembre2011

domingo, noviembre 27

Sexto principio. Principio de masa y peso


Le siguen. Está seguro.
             Camina por las calles de la ciudad y cada cien metros o tres escaparates da media vuelta. Al doblar la esquina se detiene y, apoyada la espalda contra la pared, aguarda el instante en que su perseguidor aparezca sudoroso e inquieto. Un puñetazo certero en el estómago y un empujón decidido contra la pared le esperan. Un rodillazo en los testículos y, por último, un par de preguntas.
            Cada mañana lleva a su hijo al colegio por una ruta diferente. Comprueba que están limpios los bajos del coche. Nunca usa el teléfono fijo. Estudia con minuciosidad obsesiva que no hayan sido abiertas con anterioridad las cartas que llegan al buzón. Mira con desconfianza a los ojos del cartero. Cambia cada siete días las contraseñas del ordenador.
            Los domingos por la tarde se disfraza con un sombrero y unas enormes gafas de sol y, sentado en la terraza de algún bar en el centro de la ciudad, entre las palomas y los mendigos, el periódico y un café solo, escruta la calle intentando descubrir a quienes le acechan.
             Regresa a casa, ya de noche. Su novia y su hijo le observan en silencio. Hace meses ya que no entienden nada. Todo empezó el día que aquel tipo le apuntó con la mano en el paso de cebra. Y de eso hace ya más de tres meses.

domingo, noviembre 13

Quinto principio. Principio de dureza.


Era el único cine de la ciudad que todavía ponía películas del oeste y Daniel era el único acomodador que trabajaba en él desde hacía seis años. En tres meses, el cine cerraría y en la oscuridad de la sala vacía residiría para siempre, o al menos hasta que el edificio fuera demolido, el oficio de acomodador y las películas de indios y vaqueros proyectadas en pantalla grande.
El mundo de Daniel era un sueldo mínimo interprofesional, una linterna con pilas de petaca que corrían a cuenta del trabajador a partir de la tercera anual, descanso de lunes dos veces al mes, quince días de vacaciones en navidad, cuando la gente se cree demasiado buena como para sentirse identificada con tipos tocados por sombreros de ala ancha y que, a lomos de caballos, asesinan a sangre fía, sin preguntar antes el nombre de sus víctimas, y un manojo de llaves que abrían todas las puertas para concederle a Daniel el poder de sentirse Cleant Eastwwod, John Wayne, Bud Spencer, Lee Van Cleef o, la mayoría de las veces porque era su actor preferido desde que vio el árbol del ahorcado, Gary Cooper. Al terminar la última sesión, Daniel cerraba la puerta del proyector, la de los baños y, por último, la de entrada al cine y caminaba despacio los quince minutos que le separaban de su apartamento en Quevedo.             

En los pasos de cebra en rojo se detenía, abría un poco las piernas para sentir el peso de su cuerpo en las plantas de los pies, acercaba la mano izquierda, Daniel era diestro pero los pistoleros zurdos eran más rápidos y certeros, al bolsillo del pantalón, elegía, mirándole a los ojos, a alguno de los transeúntes que aguardaban en la acera de enfrente el verde para cruzar la calle, levantaba el brazo hasta colocarlo paralelo al suelo, extendía el índice y el pulgar, apuntaba al corazón de su víctima y una bala de aire acababa con la vida de aquel que osó cruzarse en su camino. Soplaba entonces, satisfecho, la punta del segundo de los dedos y devolvía la mano al bolsillo del pantalón para continuar la marcha.

Sentado en la cocina mientras cenaba, sonreía en silencio al recordar las caras de sus víctimas. Apuraba de un trago el vino que aguardaba en el fondo del vaso y pensaba que, a pesar de los años limpios, siempre había un momento del día en el que echaba de menos un pico.

viernes, octubre 28

Cuarto principio. Principio de gravitación.

Los libros se amontonaban desordenados encima del sofá que ocupaba el centro del salón. Las estanterías vacías parecían adolescentes de un metro y ochenta centímetros de altura castigados de cara a la pared, como los objetos que, destinados a un uso distinto para el que han sido creados, almacenar libros en este caso, pierden su personalidad y se convierten en otro objeto, en otra imagen, en otro lugar. Estanterías en adolescentes castigados, mesas en elefantes, cuadros de trigales mecidos por el viento en pistas de aterrizaje sin luces de señalización.
        Amparo se quitó el abrigo de pana blanca y lo posó en lo alto del montón de libros. Rosaura observó la escena durante un segundo y pensó que parecía un pastel. El sofá era el bizcocho. Los libros, las virutas de chocolate. El abrigo, el azúcar espolvoreado en la cima. Concluyó, preocupado, que el salón se estaba llenando de objetos sin personalidad.
            Amparo vestía un jersey de lana negra de cuello alto y un pantalón vaquero azul elástico que abrazaba febril el perfil de sus largas piernas. Se arrodilló al lado de Rosaura y acarició con la yema de los dedos su nuca.
            ¿Qué es todo este desorden, miamor?, preguntó mientras sonreía.             
          Busco un libro que no encuentro desde hace años y aprovecho para cambiar de lugar los muebles del salón.
            ¿Va todo bien?
        Creo que sí; pero necesito un cambio, contestó Rosaura, con la mente puesta en el agujero que la bala había abierto en el cráneo del escritor.
            Las estanterías vacías parecen soldados en guardia, continuó Amparo tras ponerse en pie.
            Podría ser, dijo Rosaura, sin muchas ganas de continuar la conversación. Recojo en un momento, me lavo las manos y estoy contigo.
            De acuerdo, miamor, voy a la cocina, que estoy sedienta.

sábado, octubre 15

Un febrero de cualquier año


Se trata de ver
ciertas fotografías
y no sentirse extraño.
Decantar en el fondo,
con suavidad,
la tristeza y una cierta dosis
de aburrimiento.
Dormir doce o trece horas seguidas.
Levantarse cuando el mundo
ya está de vuelta.
Activar el resorte preciso.
Poner en marcha la máquina,
el prodigio.
Ahuyentar el miedo
con gritos aterradores.
Recordarte con aquel vestido azul.
O desnuda.
Permitir que resurja
de sus cenizas
el mes de febrero
de cualquier año.

cimavilla.agosto2011

jueves, septiembre 29

Quedan los relojes


Quedan los relojes
armados hasta los dientes,
invencibles.
Y nosotros nada.
Como si nada.

Comemos fruta,
desertamos,
engañamos a nuestras madres
y a nuestras mujeres,
nos emborrachamos
hasta perder el sentido
y soñamos vidas
que ni viviendo siete.

Algunas noches se nos oye llorar,
aunque lo hacemos en silencio,
incapaces de sostener el personaje.

Somos padres abyectos,
trabajadores mediocres,
amantes egoístas,
amigos en los que confiar no se puede.

Y, a pesar de todo,
cada mañana cerramos los ojos
para perdonarnos
y nos mentimos creyendo ser
lo que no somos.

gijón.julio2011

sábado, septiembre 17

El sol resiste


el sol resiste
colgado del alambre
astro acróbata

gijón.mayo2011


domingo, septiembre 4

Universal rural y otros mares

Image
UNO. Hay verdaderos genios en esto de recomendar libros. Cuando Taibo II agita un volumen desde el escenario, me salto la presentación, me levanto con la angustia de los seres incompletos y corro a buscarlo, no vaya a ser que se acabe. En ocasiones, memorables, hasta coinciden nuestros gustos. También existen auténticos maestros del prólogo como Fresán. Es difícil sustraerse a la melodía sinuosa del encantador de serpientes que materializó La velocidad de las cosas. Invoco su manto protector y la determinación áspera del agente de la Continental en estas páginas. Tres suicidios y Un mar de piedra pómez. Fresán style.

DOS. Jose Garzón es un tipo extraño. Como si le faltara una tilde. Digo esto en atención a los curiosos que busquen datos en la solapa. Los editores, cuyo desbordante optimismo o circunspección según el caso han hecho posible este sueño, han parido un ejemplar sin información acerca del autor. Sin solapas. Semejante estratagema pynchonyana no esconde grandes misterios. El escritor es castellano. Profundo. Incómodo en el abrazo, seco como un garrotazo, en especial por teléfono. Yo hace meses que ni lo intento, me limito a quererle en el intervalo entre diástoles para que no salga corriendo, porque nuestra relación es un mapa de ausencias y breves desencuentros.

TRES. A saber. Hay lugares para ver morir la tarde, para dejarse llevar entre cervezas hasta el invierno seco de una playa. El bar Cantábrico albergó un concierto al que no asistí por un motivo que ni recuerdo. Jose Garzón tocó esa tarde y el dueño, irreductible ante las crisis, el tiempo o los cambios de clima, recuerda con una sonrisa. Ahí me tumbo un rato mientras miro por la ventana y escarbo notas en las paredes. Toco las páginas y escucho música.

CUATRO. O del frío entre montañas y de su asombro ante la cadena de montaje improvisada y eficaz que preparó una cena especial y tal vez puso fin a un grupo de amigos. Ahí estuvimos los dos pero el resto, la vida la hacemos así, son huecos. Parte de esa conclusión y de esa ternura se escapan del aire de las hojas al pasar.

CINCO. Porque, ha llegado el momento de decirlo, tienes delante un libro que te convierte en personaje. En material literario. Las palabras que en algún momento te van a envolver sin que te des cuenta, lector, son tuyas. Igual que ese pase perdido que un domingo temprano, mientras los nudillos se vuelven blancos en la barandilla del Muro y algún veterano masculla entre dientes, arroja al limbo un balón que el agua devolverá en forma de abrazo y cansancio de guardia. Estará Capote, y el Cojo, un encontronazo fugaz de historias en el aeropuerto, María, tu ciudad, tu derrota y tu dignidad. Estarás tú.

SEIS. Naranjas cada vez que te levantas, de Julio Rodríguez. La ñoaranza de Artemio Rulán, de Rafa Cofiño. Tres suicidios y Un mar de piedra pómez, de Jose Garzón.

SIETE. Y no hace falta decir nada más.

http://www.tresuicidios.wordpress.com/

Ricardo Cuadra

viernes, agosto 19

Recluta

Yo caminaba por las calles húmedas del barrio a media tarde, cuando ya no hacía frío, cuando la esfera del reloj maduraba y se abría con facilidad por la mitad ante el empuje de los pulgares y por las palmas de las manos corría libre el jugo fresco de un tiempo que, ya sabía de aquella, no se volvería a repetir. Doblaba la esquina y, en la plaza, la luz del sol me cegaba. Cerraba doloridos entonces los ojos para volver a abrilos y los dirigía a la ventana del segundo piso donde durante meses vivió ella, la que una noche me contó el médico esta mañana me dijo que tenía el sida, ya ves, ahora que ya nadie se contagia, ahora que ya no está de moda. Yo la besé en los labios sin importarme otra cosa que no fuera hacerla feliz y que la tristeza se diluyera como un azucarillo en el café. Sus labios se abrieron como la esfera del reloj, como una fruta madura, como las puertas del cielo. Después me llevó de la mano hasta su casa y follamos en la cama y lo hicimos, primero yo encima, después ella hasta que dijo que se iba a dar la vuelta porque le daba vergüenza que la viera correrse. Y se corrió. Nos quedamos dormidos y cuando desperté, ella me miraba y sonreía triste. Supe entonces que había fracasado a pesar de los besos. Ella acercó su boca a la mía y pude sentir su aliento caliente y dulce. Me pidió que cerrara los ojos y fue deslizándose despacio hacia abajo mientras yo me excitaba imaginando donde terminaría su boca. Entonces ella, de repente, se plantó de nuevo frente a mi boca y, fingiendo un beso, mordió mi labio inferior hasta que de él brotó sangre. Grité sorprendido pero evité moverme para no hacer más agudo el dolor. No vuelvas a cerrar los ojos. Aunque yo te lo pida, me dijo. Cuando estés en la cama conmigo, quiero que sólo pienses en mí. Ella se levantó y desapareció en un segundo. Escuché después sonidos que provenían de la cocina: los pasos descalzos, el agua del grifo, el fuego encendido, el golpe de la cucharilla contra el fondo vacío del tarro de cristal.

Me gustaba cuando me llamaba recluta. Por eso nunca le dije mi nombre. Una vez fuimos juntos a la comisaría. Ella quería denunciar que le habían robado el bolso en un bar y allí dentro nadie la trató bien. Recuerdo que era verano y que estaba descalza. Tenía las uñas pintadas de blanco y tatuada en el empeine derecho una flor negra diminuta. Me gustan tus pies. Creo, dije. Ella sonrió, sin tristeza esta vez. Podía haber dicho cualquier otra cosa. Podía haber dicho hace demasiado calor y tal vez llueva esta tarde. O el policía que vigila la puerta de entrada tiene descosido el dobladillo del pantalón. O tengo hambre. Pero dije que me gustaban sus pies. Ella se acercó para besarme y, en un lugar de eso, acarició con la yema de los dedos la cicatriz que sus dientes dejaron en mi labio inferior. Sonrió mirándome a los ojos y yo los cerré, para fastidiarla tal vez. Vámonos de aquí, anda, recluta. Estos no van a ser capaces de encontrarlo. El bolso nunca apareció.

Recluta, tú nunca hablas demasiado. No, contesté. La miré primero a los ojos y después a sus pies desnudos y dije hace calor y tal vez llueva esta tarde. Ella puso cara de sorpresa, sacó un cigarrillo del bolso y lo encendió. Mañana tengo que ir al hospital. ¿Tú me acompañarías? Bueno. Pasamos la tarde en la cama. Dormimos, follamos y comimos a medias una manzana y un pedazo de pan. Después ella dijo si quieres, puedes ducharte. Lo hice con agua fría porque sabía que andaba mal de dinero. Me sequé con una toalla que estaba colgada en la pared y que tenía impregnado su olor. Me vestí, volví al cuarto donde ella, tumbada en la cama, leía una revista. Me acerqué y le pedí que cerrara los ojos, la besé en los labios despacio y después le mordí el inferior, pero sin hacerle daño. Salí de casa y no he vuelto a verla jamás.


gijón.mayo2011

viernes, agosto 5

Mira que eres tonta

Mira que eres tonta, tú, que fuiste lo mejor de un tiempo feo y en este ni los mensajes respondes, aquel los dos tirados en el suelo del salón muertos de la risa y muertos y este de canciones eléctricas, de manuales de comportamiento y de manzanas que se comen a media tarde, aquel de lunares coordenadas, las dos noches reversibles a las que cien veces en este para hacérmelo vuelvo a hacerlo, vuelvo, aquel un coche destartalado del mismo color que las palabras rescatadas, tres camas ajenas, cerca del riesgo, funámbulos, lejos, lejos los dos cada vez más lejos o ciertos los trece teléfonos que te debo, cierta una estación de autobuses en el instante en que se apagan las luces, cierto el reino pendiente, las palabras rescatadas del polvo sobre los poemas para hacerse imborrables, innombrables, imprecisas, las palabras que buscábamos, las decimos y no dan miedo, viejos, viejos los dos cada vez más viejos, si no quieres venir, ruge el estadio, si no quieres venirte, cuentista, qué cuentas, en mi boca, los novios despechados cenando en restaurantes oscuros de menú del día a nueve, la frontera como excusa, la cadera rota a las tantas de la madrugada, ven, el insomnio de la siesta, ven, el primer piso y, antes, las escaleras, después el rincón de la cocina al final de la encimera contra la puerta de cristal tan frío, ven, no me digas que a y cuarto si puedes a y diez, pero mira que eres tonta, tú, que todo lo recuerdo, no te olvides, mira.

gijón.junio2011

domingo, julio 24

Aplastadas por el quince

Por aquel tiempo yo estaba convencido de que el vecino del tercero era caníbal. En pocos años, tres o cuatro como mucho, habían muerto los tres familiares que vivían con él y lo habían hecho en extrañas circunstancias, a pesar de que los tres ya no cumplían los ochenta y cinco. Su madre, de ochenta y seis, cayó desplomada en la acera, a dos manzanas de nuestro portal, cuando volvía de comprar un kilo de naranjas que rodaron libremente para intentar cruzar la calle. Todas, menos una, fueron aplastadas por el quince, que para enfrente de nuestro portal y te lleva a la Plaza de Europa. Su padre, de noventa y dos, fue encontrado muerto, sentado en la taza del váter, con los pantalones y los calzoncillos en los tobillos y la razón entre las piernas. Se había metido en el baño por la mañana y nadie lo echó de menos hasta la hora de comer. Su tío, hermano de su padre, de ochenta y ocho, fue el último de los tres en morir y lo hizo, hinchado de mar y algas, tras ahogarse una mañana de resaca en la que, cinco minutos después de entrar en el agua, alguien cambió la bandera amarilla por la de color rojo. Ninguno de los tres, que yo recuerde, fue enterrado como dios y la iglesia mandan. El hijo y sobrino pidió que los incinerasen para, según contaron mis padres una noche durante la cena, llevar las cenizas al lugar de sus orígenes, al parecer toda la familia descendía de un pueblo, a escasos diez kilómetros de aquí y en el que ya no vive nadie, y esparcirlas por los caminos. Quizás a mis padres sí, pero a mí el vecino no me engañaba, porque en esos botes se pueden meter muchas clases de polvos.

La prueba que confirmó mis sospechas e iluminó mi inteligencia de detective iniciado se me reveló de repente, como sucede en estos casos, cuando, una tarde en la que llegaba del colegio calado hasta los huesos por una lluvia impenitente que no cesaba desde hacía días, entré corriendo en el ascensor que aguardaba con la puerta abierta a que yo entrara. Dentro del cubículo, que siempre produjo en mí una desazón que no alcanzaba el miedo, me di de bruces con una mujer alta, delgada y vestida de invierno, con gorro y bufanda a juego, que me saludó con la amabilidad de un buenas tardes, estudiante, y me preguntó a qué piso iba. Le dije que al quinto y ella se dispuso a quitarse el guante, del mismo color que la bufanda y el gorro, para pulsar los botones del ascensor.

A la vez que observaba como con el índice marcaba el botón que tenía el número tres tallado en su centro, descubrí, con los ojos y la boca bien abiertos, que le faltaban el cuarto y el quinto dedo de la mano derecha. Dios mío, el del tercero se la estaba comiendo a pedazos.

cimadevilla.junio2011

sábado, julio 9

Tercer principio. Principio de inercia.


Un amanecer de marzo, el sueño de Tobías de llegar a ser un asesino a sueldo se desvaneció por completo. Ocurrió cuando su primera víctima imploraba de rodillas que le perdonara la vida.
            Si te dieron dinero por matarme, yo te doy el doble por dejarme con vida. No me mates, cabrón, no me mates. Y se echó a llorar.
            Pero Tobías no le escuchaba. No podía. Acababa de mearse encima. Qué mejor evidencia que esa sonrojante humedad en la entrepierna para comprobar que no había nacido para andar matando por ahí a gente desconocida a cambio de dinero.

Devolvió la mitad del dinero pactado al buzón donde debía recoger la segunda mitad, una vez la bala estuviera alojada en el cuerpo adecuado. Regresó a casa, se cambió de pantalones, metió en una bolsa de viaje la pistola, una jericho semiautomática de nueve milímetros de calibre, dos camisetas negras, una sudadera gris y un pantalón vaquero. Antes de cerrar la puerta, prendió fuego a la vivienda.

El tipo en hinojos aún no se atrevía a levantar la cabeza y Tobías ya estaba sentado en el asiento veinticinco be. Fingía leer para ocultarse, como había visto hacer en las películas, un periódico que había encontrado abandonado en uno de los bancos del andén. Cerró los ojos. El convoy inició la marcha lentamente.

viernes, junio 24

Hoy

Hoy quería escribir algo sobre ti
y sobre lo difícil que resulta en ocasiones
soportar la ausencia y los recuerdos.
De como en algunas palabras
reside la magia que convoca
a otras palabras
y, en estas, a otras y así,
sucesivamente encadenadas,
no en la formación de frases
con sentido o con más de un significado,
los renglones torcidos o
aquello que dejamos escrito
entre una línea y la siguiente,
simplemente palabras individuales
como personas,
como tú y como yo,
llenas de anclajes
donde sujetarse otras,
donde agarrarnos nosotros
sin importar tan siquiera el idioma,
sonidos no sometidos a lenguaje
que ya pronunciaban las gentes antiguas
y que,
multiplicados mil veces a lo largo de siglos
en el aire,
en el papel,
en las pantallas de luz,
a nosotros,
o al menos a mí,
me sirven
para pensarte.

gijón.lunes.

sábado, junio 11

Segundo principio. Principio de dinámica clásica.


Todas las mañanas Adán se levantaba a las seis y media y, después de desayunar un café con leche y el zumo de un limón con una cucharada de azúcar no totalmente disuelta, caminaba hasta la estación de tren que gobernaba las afueras de la ciudad. Una vez allí, en el quiosco que levantaron en el mismo centro del edificio, bajo una claraboya que convertía la luz del sol en un haz tamizado de color verde por el que Adán imaginaba que descenderían, deslizándose por cabos de seis metros, las tropas de élite cuando los rebeldes liberaran la ciudad, compraba el periódico del día anterior,
            es más barato y, aunque no lo parezca, el mundo no va tan rápido, decía,
se sentaba en uno de los bancos vacíos que ocupaban el andén número cinco y aguardaba paciente la salida del tren que se dirigía al mar. Cuando perdía de vista en el horizonte la parte trasera del último vagón, doblaba el periódico por la mitad y lo posaba en el banco, se ponía en pie y regresaba a casa.
           
Algunas mañanas llegaba al andén número cinco y el periódico de antes de ayer permanecía en el mismo lugar donde lo había dejado.

sábado, mayo 28

Primer principio. Principio de cinemática.


Declarado hace años por la crítica el mejor escritor del primer párrafo del mundo, Arcadio se suicidó una mañana de marzo cuando, después de diez minutos mirando por la ventana como la lluvia no cesaba, supo que no vería nunca más el sol.

Rosaura, que observaba en silencio el cadáver del escritor, sentado en la silla con la cabeza echada hacia atrás y un agujero negro en la frente, miró a través del cristal de la ventana y, después de contemplar el vaivén de un mar embravecido, comentó
            qué día tan extraño. A primera hora parecía que no iba a dejar de llover en semanas y ahora el cielo es más azul que los ojos de mi hija pequeña.

De las manos crispadas del muerto rescató el arma presuntamente suicida, extrajo el cargador de la culata y comprobó que estaba vacío. A continuación, se agachó para recoger el casquillo que mansamente aguardaba entre los pies de Arcadio, lo observó durante unos segundos, preso entre el pulgar y el índice de su mano izquierda, y lo guardó en el bolsillo de la americana.
Apostaría la mitad del sueldo a que es un nueve corto, dijo para nadie. 

Arcadio dejó escritas diez novelas que se iniciaban de un modo magistral y se descomponían irremediablemente, como un día de septiembre lo hicieran los dos edificios más altos de la isla de Manhattan, tras el primer punto y aparte. El escritor sin fin, dijo de él la crítica en ocasiones, el eyaculador precoz de tinta china, la eterna promesa de las letras hispanoamericanas, Carl Lewis metido a marathonman. Arcadio leía con resignación todos los adjetivos que le describían, a él y a su efervescente obra, y archivaba las críticas en carpetas de cartón azul que ordenaba por año en las estanterías que, como adolescentes castigados de cara a la pared, pensaría después Rosaura al verlas, vestían las paredes de su casa.

domingo, mayo 15

Te dejas caer

Te dejas caer y
tras de ti
la mordaza de los días,
o tal vez la rutina.

Se abre el telón y apareces
desnuda.
Podría intentar
quedarme a tu lado
toda una vida,
la nuestra,

y eso es precisamente
lo que quiero hacer.

Te extraño
cuando el silencio de esta casa
eres tú,
más que cuando estás.

Las palabras que no encuentro,
los mapas donde se muestran
los lugares de un cuerpo que aún
no he sido capaz de memorizar,
el pentagrama de la ropa tendida
al viento y un vivace,
el discurso que se alarga en un tiempo
que solo tú puedes detener,
que solo tú puedes acotar,
que solo yo ya sin tilde.

Dijiste salgo a cenar y no has vuelto.
Por eso este poema ahora es otro,
versos de abandono y espera
cuando me siento incapaz tan siquiera
de usar el recurso literario gastado
de acabarlo como empieza.

Te dejas caer.

cimadevilla.marzo2011

sábado, abril 30

La calle llueve

la calle llueve
orgullo de tu vientre
mi mano en ti

gijón.enero2011

viernes, abril 15

Un elefante

un elefante
se balanceaba sobre
tu hombro frágil

cimadevilla.noviembre2010

domingo, abril 3

Donde creía podía estar tu corazón

He vuelto a aquellas calles,
después de tantos años,
al sonido incandescente de tu risa
con un par de cervezas,
a tu mirada esquiva,
a tus manos pequeñas,
espadas y pluma.
Tantos años después a las calles
que siempre decías mías
y a los cien ruidos distintos de la ciudad
y de la noche.

Recuerdo junio.
Recuerdo diciembre y tu risa
antes de la cuarta, cuando sin avisar
salías corriendo.

Después yo te alcanzaba disneico.
¿Pagaste?, decías.
Ni modo.

Ni modo.
¿De dónde sacaste esa respuesta?

De aquí dentro.

Y colocaba el dedo índice sobre tu pecho,
donde creía podía estar tu corazón.

cimadevilla.abril2011

lunes, marzo 28

El paseo 5

Remonta la calle hasta alcanzar la avenida. A su paso por el portal, el mendigo, el ladrón, el jipi se hace visible entre las sombras y levanta la mano para saludarle. Ya en la avenida camina en la misma dirección que los coches hasta llegar a un paso de peatones. Lo cruza sin prisa. Solo pisa las líneas blancas. Se detiene en la acera de enfrente e intenta recordar la calle por la que llegó a la avenida. Descubre apagado el cartel del bar donde conoció a la camarera miope y al tipo que meaba con la puerta abierta. Inicia el camino que le ha de llevar a la plaza donde la fuente, la palmera y los bancos de piedra a nadie ya escuchan tocar la trompeta. Se sienta en el mismo banco de antes, saca la pinza del bolsillo y la observa durante unos minutos poniéndola frente a sus ojos. Estudia sus perfiles. De nuevo en pie, se está haciendo tarde y mañana tiene que cantar, tiene una cita con un cliente, no tiene nada que hacer, abandona la plaza y elige el camino de la izquierda para llegar a la calle peatonal donde la anciana le llamó desde la ventana de un primer piso. Se acerca al edificio y, de nuevo con las manos en los bolsillos, observa la fachada. No hay luz en la ventana. Se desabrocha el abrigo, se lo quita y, doblado por la mitad, lo dobla con cuidado en el suelo, a salvo de la humedad. Se acerca a la pared y trepa por el canalón hasta la marquesina del portal. Una vez allí, de puntillas y con la cara pegada a la pared, extiende el brazo izquierdo y coloca la pinza en la cuerda de tender. Después, recupera la postura fácil, se limpia satisfecho las palmas de las manos en los pantalones e inica el descenso que culmina con un salto limpio que le deposita en la calle, a pocos metros del abrigo. Lo recoge, se lo pone y, levantándose de nuevo las solapas, sonríe satisfecho. Mira a ambos lados de la calle, mete las manos en los bolsillos del abrigo y camina en dirección al hotel. A lo lejos puede ver que las luces de la recepción continúan encendidas. Empuja la puerta giratoria mientras piensa que mañana tiene que acordarse de comprar una postal de la ciudad con la silueta de palmeras recortada en el horizonte como fuegos de artificio. Adela las coleccionaba.

ciudad con palmeras.marzo2011

sábado, marzo 12

El paseo 4

En la esquina de la calle, Horacio encuentra abierta una de esas tiendas que no cierran nunca y venden de todo, cortauñas de latón y desatascadores de tuberías con la boca abierta de goma negra y el mango de madera de pino. Aprovecha la casualidad para entrar. La dependienta combate el sueño comiendo pipias detrás del mostrador. Horacio le pregunta si tiene pinzas de plástico porque quiere comprar una de color naranja. La chica contesta que solo una no es posible, que se venden en paquetes de diez. Después escupe al suelo una cáscara. Horacio sigue con la mirada el arco descendente que el material vegetal dibuja en el aire hasta que encuentra el suelo y regresa después a los ojos de la dependienta para replicar que solo quiere una y que tiene que ser de color naranja. La chica se encoge de hombros. No parece dispuesta a facilitar las cosas. Horacio duda, se gira para marcharse; pero lo piensa mejor y se dirige de nuevo a la dependienta comepipas. Como si acabara de entrar en la tienda, le dice que quiere un paquete de diez pinzas de plástico para tender la ropa y que una de ellas debe ser naranja. La dependienta, mirándole del mismo modo en que lo hicieron la anciana en la ventana y la trompetista en la plaza de la fuente y de la palmera, se levanta y regresa a los pocos segundos con un paquete de diez pinzas envueltas en plástico. La tercera por la derecha es naranja. Horacio le entrega un billete de diez lucos, abre el paquete, coge la pinza naranja y deja las otras nueve en el mostrador. Mete la pinza en el bosillo derecho del abrigo y se despide. La chica observa las nueve pinzas abandonadas encima del mostrador y abre mucho los ojos. En la puerta de la tienda, Horacio siente el frío como una cachetada en la nuca. La madrugada ya ha conquistado la ciudad y le ha sorprendido perdido en las calles. Recuerda el cuento de la casita de chocolate y lamenta no haber sido previsor, como Hansel. Ahora bastaría con seguir las piedras para regresar al hotel. O las migas de pan, porque a esas horas en la ciudad todos los pájaros duermen con un ojo abierto en las ramas de los árboles. Horacio sonríe, a pesar de todo. Se siente capaz de caminar al encuentro de sus pasos.

miércoles, marzo 2

El paseo 3

El letrero luminoso de una farmacia marca las doce de la noche. Horacio siente las ganas de fumar como un cosquilleo amargo en la garganta; pero no tiene tabaco. Ha olvidado la cajetilla en la habitación del hotel. Entra en un bar vacío que están a punto de cerrar. La camarera, una mujer delgada, vestida con una blusa beis y una falda plisada de color arcilla dos tallas más grande de las que su cuerpo precisa, teñida de rubio hace meses y oculta tras unas enormes gafas de carey le dice, mientras traslada una bayeta húmeda y sucia de una esquina a otra de una mesa, que la máquina de tabaco están en el fondo, al lado de la puerta del baño. Horacio le pide cambio porque todas las monedas que tenía las olvidó en una funda de trompeta. La mujer, sin mirarle a los ojos, le entrega lo que necesita. Horacio se acerca a la máquina y saca un paquete de veinte cigarrillos de tabaco negro. A través de la puerta entreabierta del baño puede ver a un tipoque termina de orinar, que se sube la bragueta y que da media vuleta. Sus miradas se cruzan menos de un segundo. Horacio vuelve por donde ha venido. Se despide de la camarera miope y sale a la calle. Duda si seguir camino hacia la derecha o hacia la izquierda. Lo piensa el tiempo que emplea en encender un cigarrillo y escoge la derecha. No sabe muy bien por qué.

Cruza una avenida ancha, con mucho tráfico a pesar de la hora y, tras unos pocos metros, decide continuar por la primera calle que le sale al paso. No le gustan las grandes avenidas, los coches veloces, los escaparates abarrotados de objetos con letras de plástico pegadas en los cristales. La calle, estrecha y alumbrada por la luz de una sola farola, duerme con un ojo abierto mientras al fondo se intuye la respiración del mar. Alguien llama su atención desde las sombras de un portal. Horacio apura el cigarrillo y lo deja caer a sus pies para después apagar la colilla con la suela del zapato. Mete las manos en los bolsillos del abrigo y se acerca. Un tipo de barba larga tocado con un gorro de lana, un mendigo, un ladrón o un jipi avejentado, le pide un cigarrillo. Horacio le ofrece el paquete y el tipo coge dos. Le dice que uno es para el desayuno. Le llama jefe y sonríe. Horacio enciende el mechero y le ofrece la llama. El mendigo, el ladrón, el jipi acerca el extremo del cigarrillo al fuego. Tiene los ojos azules y la cara surcada de arrugas. Se despiden y el tipo desaparece de nuevo en las sombras del portal. Solo la brasa resiste y Horacio piensa que es del mismo color que la pinza partida por la mitad y que aumenta de intensidad con cada inspiración.

jueves, febrero 24

El paseo 2

Dobla la esquina a la derecha y llega a una plaza pequeña en cuyo centro una fuente sin agua y una palmera dormitan. A su alrededor, tres bancos de piedra sin respaldo completan el escenario de la noche. En uno de ellos, una mujer de pelo largo y negro toca una trompeta. Cuando pasa a su lado, la mujer deja de tocar para pedirle unas monedas. Horacio busca en sus bolsillos y encuentra tres monedas de cincuenta zorros cada una. Un luco equivale a cien zorros. Las deposita en la funda abierta de la trompeta que custodia los pies de la trompetista. Al lado, escrito en un trozo de cartón lee el arte no tiene precio pero el pan sí. La mujer asiente agradecida y continúa la canción en la nota exacta donde la había dejado. Horacio se sienta en el banco a su izquierda. Si es un cantante famoso, conoce la melodía y tararea a la vez que marca el ritmo con la palma de las manos sobre las rodillas. Si es un viajante vendedor de calcetines, piensa en regresar al hotel y tomar una copa en el bar. Si Adela, su segunda mujer, acaba de abandonarle, la canción le entristece y le hace pensar que su vida hasta ahora, quizás, no vale nada. Saca la pinza de plástico naranja del bolsillo del abrigo y con el índice y el pulgar de su mano derecha intenta acercar los extremos del artilugio. Las dos piezas simétricas, partidas por la mitad, y el muelle que las mantenía unidas saltan por los aires. La mujer no puede evitar reírse mientras toca y el aire de una carcajada recorre el interior circular del instrumento desde la embocadura hasta el pabellón para transformarse en un sonido estridente que espanta a los pájaros dormidos en las ramas de la palmera. Horacio ríe también. Se pone en pie, recoge los restos de la pinza, cuatro pedazos de plástico y un muelle de acero, y los abandona en la funda de la trompeta, junto a las tres monedas de cincuenta zorros cada una y a las palabras escritas en el cartón. La mujer le mira sin entender. Horacio agacha la cabeza y camina dejando atrás la fuente y la palmera, los bancos de piedra, la música y la plaza.

martes, febrero 15

El paseo 1

Horacio camina por una ciudad en la noche. En las plazas, donde la silueta de palmeras, un tronco estrecho y alto que termina en hojas puntiagudas desplegadas en todas las direcciones del espacio como fuegos de artificio, recorta el horizonte de las postales que los turistas compran en las tiendas de recuerdos, la brisa del mar se detiene en las sombras y forma charcos salobres en las baldosas del suelo. Tiene las manos metidas en los bolsillos del abrigo. Quiere perderse. Llegó a la ciudad a media tarde y se quedará tres días. Es un cantante famoso que dará un par de conciertos en el teatro real. Es un viajante al borde del despido que vende calcetines de algodón a los pequeños comerciantes de las calles peatonales que desembocan en el puerto. Es un marido abandonado por su segunda mujer y se dirige en busca de un lugar en el que empezar por tercera vez de cero.
Cruza un paso de peatones, pisa las líneas blancas y con las manos se levanta las solapas del abrigo. Tiene corto y gris el pelo y la barba crece en sus mejillas desde hace más de siete días. Después las manos vuelven a los bolsillos. Se adentra en una calle peatonal, vacía a esas horas de la noche. El suelo está mojado porque hace diez minutos dos operarios del ayuntamiento, encargados de la limpieza de las calles del centro, terminaron de regar las aceras. El aguda dulce se entremezcla lentamente con el agua salada que el viento roba al mar. Una anciana le llama desde la ventana de un primer piso. Se le ha caído una pinza de la ropa y le pide que se la lance. Horacio se agacha, saca la mano derecha del bolsillo, coge la pinza, una pinza de plástico de color naranja, se pone en pie y la hace volar hacia el hueco de la ventana donde la anciana aguarda expectante. La pinza choca contra la pared del edificio, veinte centímetros a la derecha de la ventana, y cae de nuevo al suelo. Horacio sonríe azorado, se desabrocha el abrigo, recoge la pinza y la observa durante unos segundos en la palma de su mano izquierda. Está rota, le dice a la anciana. Ella frunce el ceño con una mueca de fastidio, cierra la ventana sin despedirse y desaparece tras el cristal. Horacio se encoge de hombros, piensa que debería haberle dado a la anciana en la cabeza con la pinza, la guarda en el bolsillo derecho del abrigo y sigue su camino. Veinte pasos después descubre con satisfacción que está perdido.

miércoles, febrero 2

Mientras hablaba

mientras hablabas
mirabas la ventana
palabras y humo

limés.febrero2011

lunes, enero 31

Tú me llamabas Lolo

"Un mal día lo tiene cualquiera. Y muchos malos también" (Luis Mateo Díez).

En un último intento
por desacreditar a los profetas
me bajé los pantalones
y le mostré
a la gente que abarrotaba
el salón de invitados
el culo.

Después caminé deprisa,
calle abajo
igualito que Antonio Vega,
perseguido por los guardaespaldas.

Pude darles esquinazo
con ayuda de un periódico arrugado
que rescaté de una papelera.
Los gorilas pasaron de largo
y se adentraron en la selva.

La ciudad, ahora sí,
era ya por entero mía,
páramo inabarcable
en el que te seguir buscando.

Escuché al protagonista de una película
que decía yo tuve una novia
que cuando se fumaba un porro
me llamaba Ramón.

Tú me llamabas Lolo.

gijón.octubre2010

lunes, enero 24

Muertas las ganas

muertas las ganas
aprendió a tocarle con
manos de puta

gijón.diciembre2010

lunes, enero 17

Te amé las tres cosas a la vez

Te amé como se ama una canción
o el recuerdo de una tarde
sentado frente al mar

o el olor de la gasolina.

Te amé las tres cosas a la vez, tal vez.

Te amé sin ser correspondido,
tienes esa habilidad
o fingiste muy bien
y solo me dejaste tocar
el relieve de cicatrices
las arrugas de tus labios.

Te amé en noviembre
como se ama en febrero
y no me importó.
Habría cambiado el orden del calendario
si así hubiera sido capaz de comportarme
como John Wayne. De no tener miedo.
Capaz de ser capaz, tal vez,
como lo fui años después
cuando tú ya estabas demasiado lejos,
a más de cien canciones de aquí,
de mí,
de un yo capaz sin miedo.

Y entonces te recordé para poder olvidarte,
que suena a canción de Cabrales,
aunque nunca pueda amar una de sus canciones,
como te amé en un diciembre que era mayo,
a sabiendas de que tú no me amabas,
o de que fingías no hacerlo, tal vez fingías,
tienes esa habilidad,
el relieve de cicatrices,
como te amé una canción de Battiato,
una de Balmes,
la de Earle que sonaba en el bar aquella tarde,
ai rimember joldin on tu llu,
sentado frente al mar.

O la noche que conduje en reserva
hasta que en el salpicadero sonó una de Ferreira
y las luces de la gasolinera me recordaron
que, tal vez, si tan capaz era, tal vez
convertido ya en Clint Eastwood,
había llegado el momento, la canción, el olor
de olvidarte.

gijón.diciembre2010.o mayo.

sábado, enero 8

10 y FIN

En la mañana de hoy, después de que los bomberos sofocaran el fuego iniciado en la azotea del Hotel Arinia, han sido descubiertos en el inmueble los cadáveres de Petra Orate Sanz, de 43 años de edad, y de Marco Livorno Rebolledo, de 52. El cuerpo de la mujer, que presentaba un tiro en la cabeza, estaba tumbado en la cama de la habitación 302. El cuerpo del varón ha aparecido calcinado en la azotea del edificio, por lo que ha sido necesaria la ayuda forense para su identificación. Todo apunta a un caso de violencia de género. El hombre, tras asesinar a la mujer, subió a la azotea y se prendió fuego. Presuntamente. En lo que va de año, son ya cuarenta y cinco las mujeres asesinadas por sus parejas sentimentales. La oposición ha exigido la comparecencia urgente de la ministra en el Senado para explicar el porqué de cifras tan elevadas. Para Teletrece, desde el Hotel Arinia, Matilde Manjón.

sábado, enero 1

9

Subí el volumen de la radio en el coche que había alquilado cuando llegué al hotel. Metí la primera marcha y solté el embrague. Doblé la esquina de la calle para sumarme al tráfico que circulaba a esas horas por el bulevar y dejé atrás una ciudad en la que varias azoteas continuaban ardiendo. Livorno había hecho un buen trabajo, pensé mientras observaba la escena por el espejo retrovisor.
            Tardé veinte minutos en llegar a la gasolinera de las afueras donde había quedado con el gordo.

            Me han contado que incendiaste la ciudad.
            Bueno, fueron sólo unas cuantas azoteas. Livorno pensó que sería una buena maniobra de distracción. Y él siempre tiene buenas ideas.
            ¿Tienes el dedo?
            De pronto, el gordo se cansó de la conversación y quiso acabar cuanto antes.
            Aquí está.
            Le entregué la bolsa de plástico. La cogió entre el pulgar y el índice de la mano derecha y frunció el ceño como cuando bebía aquel líquido naranja. Se la entregó al tipo alto e invisible que el día que se sentó a mi lado en el autobús vestía un traje negro y hoy llevaba un pantalón de pana marrón y un jersey amarillo de cuello alto.
            Compruébalo, le dijo sin dejar de mirarme con esos ojos que de tan negros parecían no tener pupilas. El gordo y yo permanecimos en silencio durante unos segundos.
            Si el dedo es el de esa puta ¿qué vas a hacer con tanto dinero?             Desaparecer.

            Es ella, jefe, dijo el tipo desde el maletero del coche.
            Está bien, trae el dinero, contestó el gordo sin modificar el gesto de su redonda cara. Ahora dame las fotos.
            Le entregué las fotografías que había hecho al cadáver y el gordo, después de observarlas durante un instante, me ofreció una bolsa de basura. La abrí y comprobé que los billetes sumaban lo pactado.
            Desaparece, dijo el gordo, cuando terminé de contar el dinero. Di media vuelta, abrí la puerta del coche y, sin despedirme, regresé por donde había venido.

Entré en la casa y todo estaba en silencio. Ella dormía. Me senté a su lado y la desperté con un beso en los labios. Abrió los ojos, sonrió y me abrazó.
            ¿Todo bien?
            Todo bien.
            ¿Te duele?, le pregunté. 
            Ella miró un instante su mano vendada.
            No.
            Vámonos. El avión despegará en dos horas.

días

cuadernos