lunes, diciembre 30

Los gorriones de Rulán


Aunque los gorriones pertenecen a Rulán, hacedor de palabras y ñoarante, hoy le tomo prestados los dos que se posan en el alféizar de la ventana mientras Jero y yo, después de comer, jugamos encima de la cama un juego que consiste en que él golpea con la palma de sus manos en mi vientre, en mi pecho, en mi costado izquierdo, en el brazo del mismo lado, yo me quejo exageradamente y él ríe carcajadas que dejan escapar un hilo grueso de baba que, como un alambre de funambulista en el que harán equilibrio sus palabras futuras, y creo que esta imagen o alguna muy parecida pertenece también a Rulán, se extiende desde su labio inferior hasta el pecho.
Los dos gorriones de Rulán se posan en el alféizar e inquietos, temblantes, manteniendo con diminutos aleteos un equilibrio que el nordeste amenaza, recorren el pretil durante unos segundos. Yo llamo la atención de Jero para que los observe y señalo con el índice en la dirección donde los dos pájaros están posados. Jero sonríe al ver mi dedo e imita el gesto sin esfuerzo, ahora que, desde hace unos días, aprendió a hacerlo. Yo le digo, mira Jero, son dos gorriones, macho y hembra. La hembra es la más pequeña de los dos, la que tiene el plumaje pardo. Y el macho, ¿lo ves?, tiene un babero como el tuyo, aunque de color negro, y las mejillas blancas y la cabeza de color gris. Cuando seas mayor, te los mostraré de nuevo y te enseñaré el nombre de todos los pájaros que conozco. Y leerás, si te apetece, los cien libros de Rulán.
Los gorriones emprenden el vuelo hacia antenas en las que disputarse el aire y las migas de pan con las palomas. Jero y yo, agotados de pegar, de gritar y de reír, nos quedamos dormidos. Sueño con otros pájaros, zopilotes que en el campo pelean con perros por el cadáver de un burro. Paseo, con Jero en mis brazos y, al ver la furia de la carroña, decido dar media vuelta y regresar al pueblo. Todo el mundo en las calles comenta el espectáculo de los zopilotes y de los perros. Las tiñosas acabarán por invadirnos, dice un hombre que está sentado en la terraza de un bar. Jero continua en mis brazos, sonriente y con el dedo índice extendido, apuntando a todos lados. Me alegro de que sea pequeño aún como para tener miedo.
Despierto de pronto. Jero continua dormido a mi lado. Le miro durante unos segundos y pienso qué pequeño y qué valiente. Y pienso también qué triste será la primera vez que sienta miedo. Le beso en la frente. Los gorriones de Rulán, o quizás otros, regresan a la ventana. Durante unos segundos, con saltos diminutos, como antes lo fueron sus aleteos, buscan algo que no encuentran en la tierra de los cactus. Primero el macho. Después la hembra. Desaparecen.

sábado, diciembre 21

No necesitaba abrirlos para saber donde estaba

Ayer, de vuelta a casa desde el trabajo, en una de las pocas rectas que la carretera de montaña ofrece, de un salto desde la cuneta se apareció un corzo. Durante unos metros corrió a mi lado. Yo aminoré la velocidad para evitar atropellarlo si se cruzaba y el corzo se adelantó, corriendo ágil, sus pezuñas tocando apenas el asfalto, durante unos cien metros más, antes de desaparecer de nuevo en la maleza de la cuneta. Un animal dócil, pero salvaje, corriendo por una recta de asfalto en mitad de la montaña. Qué imagen tan bella. Pensé en Rebeca y en su vientre y en la línea aún cárdena que transversal la recorre. Pensé en Jero y en su sueño nunca interrumpido cuando por las mañanas, aún de madrugada, me despido de él y beso su frente. Cerré los ojos, apenas un instante. No necesitaba abrirlos para saber donde estaba.

                                                                 *

Rebeca grita para decir que no soy el mismo. Pega un portazo que convoca al silencio, un silencio que, de tan denso, resulta insoportable. Jero duerme, a pesar de todo. Hubiera querido preguntarle con qué yo me compara. No soy el mismo ¿Cuál? Y le daría la razón. Nadie es el mismo. Imposible no cambiar. Y creo que en realidad lo que Rebeca quería decir era que hemos cambiado de forma diferente y lo hemos hecho cada uno por nuestro lado, por nuestra cuenta y riesgo. Yo también podría decirle que no es la misma y pegar un portazo al cerrar la puerta de casa. Pero no es mi estilo. Yo soy más gota malaya. Ahora que, muy a mi pesar, soy el único que está despierto en casa, pienso que tendremos que hacer algo para volver al lugar en el que nos sentíamos seguros y empezar, de nuevo, a cambiar juntos. Si seguimos dando portazos y dejando que la gravedad nos venza con cadencia infinita, esta historia tendrá un final cerca del fuego o cerca de las cenizas. Entonces regreso a los días de verano encerrados en aquella habitación de la pensión del puerto de Ibiza, porque fue en ese momento cuando más cerca estuvimos el uno del otro, cuando nos cambiábamos sin oponer resistencia, es más, dichosos de hacerlo de ese modo. Nos moldeábamos, nos guiábamos, nos teníamos el uno al otro, nada más, el uno al otro y una habitación con ventanas a un patio interior en penumbra mientras afuera la ciudad ardía, los hombres se exhibían de la mano de mujeres que mostraban orgullosas sus tetas de silicona y el mar cambiaba con cada marea para no volver jamás a ser el mismo.

viernes, diciembre 13

Corro el riesgo de que esta historia se llene de despedidas


Probablemente aquí dentro esté todo lo que voy a echar de menos, dijo Ana antes de los postres. Rebeca contestó que no sabía cómo tomarse el que la comparara con un chipirón a la plancha o con un pedazo de tarta de nueces.
Después de cenar en Casa Zarracina nos despedimos con un par de besos y un abrazo. Olvidamos consejos inútiles de despedidas, pero Ana y Rebeca no pueden evitar las lágrimas. En Capua, envueltos por el frío del nordeste y el olor intenso de las algas en descomposición, nos separamos. Mientras Ana se aleja entre los coches, pienso que corro el riesgo de que esta historia se llene de despedidas.

*

Rebeca confiesa arrepentida haber leído sin permiso un poema que yo había dejado escrito en la pantalla del ordenador. Dice que leer sin permiso lo que escribo es horrible y que lo siente y que espera que no vuelva a suceder. Yo intento quitarle importancia, aunque la tiene. Pero me gusta que Rebeca lea lo que escribo. Y que lo haga sin permiso lo hace más interesante por furtivo. Me permite imaginármela. Me da una ventaja que no deseo, que no necesito, pero que no me incomoda. Todo. No tengo ningún secreto que ocultar, aunque guarde muchos. Comenzamos a besarnos en el sillón y volvemos, después de meses, a hacer el amor de noche, regresamos a lugares que permanecían deshabitados desde nuestra marcha. Y ese ruido tan triste que hacen dos cuerpos cuando se aman despierta a Jero. 
 
*

La cama huele a ella y mi cuerpo, antes de ducharme por la mañana, también. Me despido de los dos con un beso y conduzco despacio hacia el trabajo. Disfruto de la soledad y del silencio que me proporcionan el coche y el amanecer. Recupero sensaciones que había olvidado. Regreso a ella desnuda, dispuesta para la reconstrucción.
Apago el motor y me bajo del coche. Después de llenar el depósito le digo a la chica de la gasolinera que si puedo besarla y ella me mira con una cara extraña. Dice que no, da media vuelta y desaparece. No voy a dejar de luchar. No voy a olvidarlo.

sábado, diciembre 7

Toma, Jero, te regalo el mundo


Sebas cambia el decorado del escaparate. De rodillas, retira libros antiguos y coloca, sin mucho esmero, los de la nueva temporada, que acaba de recibir por correo. Pasa, el que me pediste está encima del mostrador. Yo no sé por qué son tan difíciles de encontrar las ediciones de bolsillo de los libros de Padura. Yo tampoco, contesto y me dirijo hacia donde Sebas indica, mientras pienso que hace unos días estuve hojeando la edición de bolsillo del libro de Padura que quería, La Neblina del Ayer, en la Casa del Libro.
Sebas se acerca. En las manos trae un balón de playa con el mapa del mundo dibujado en su superficie. Toma, Jero, te regalo el mundo. Sebas me mira, guiña un ojo y dice lo usaba como decorado en la estantería de libros de viajes, pero ya me he cansado de él, siempre acaba cayéndose al suelo. Jero atrapa el mundo con las dos manos, extendiendo bien los brazos para poder abarcarlo y me mira con los ojos grandes. Yo le acaricio la cabeza y sonrío. ¿Cuánto te debo, Sebas? Nada, contesta detrás del mostrador. Observo, colgadas en la pared, una fotografía de Hinault en las últimas rampas del Alpe d´Huez y otra de dos ciclistas que comparten un bidón de agua y a quienes no conozco. Mucho me temo que ya me has pagado el doble de lo que vale en cervezas. Sebas dirigie su mirada hacia donde se posa la mía y pregunta ¿quién de los tres murió de malaria a los cuarenta años? El de la fotografía de la izquierda es Hinault, el único de los de los tres que conozco. Y sé que aún está vivo. Los otros dos, ¿quiénes son? ¿Anquetil y Poulidor?. Sebas niega triste con la cabeza ¿Nos vemos esta noche en el Cantábrico?, pregunta cuando estoy a punto de salir por la puerta. Me temo que no, contesto. Rebeca trabaja.

sábado, noviembre 30

No pararíamos hasta encontrarnos


Durante un tiempo vivimos en ciudades separadas por cientos de kilómetros. Una vez, mientras hablábamos por teléfono, cogimos un mapa y elegimos al azar el número de una de las carreteras que unía ambas ciudades y nos pusimos en marcha. No pararíamos hasta encontrarnos. Supongo que la idea se nos ocurrió porque la teníamos guardada en algún rincón de la memoria cinematográfica o literaria.
Estaba anocheciendo cuando nos encontramos en una gasolinera a las afueras de un pueblo de montaña del que olvidé el nombre, aunque de esos días lo recuerdo todo. Alquilamos una habitación en el único hotel que había en el pueblo y encargamos en la cocina un par de bocadillos y unas cervezas. Cenamos sentados en un banco de piedra en la plaza del pueblo. Ya de madrugada, Rebeca dijo me estoy quedando helada y regresamos abrazados al hotel. Durante el camino, pensé en las palabras que, alguna vez leí, había dicho el subcomandante Marcos, eso de que sabrás que es la mujer de tu vida si cuando le dices que te duelen las muelas, se acerca y te abraza. Si no lo es, te mandará al dentista. Yo la abracé para quitarle el frío. No sé qué pensaría de eso el subcomandante Marcos. Ya en la habitación nos quitamos la ropa, apagamos la luz y tumbados en la cama compartimos un cigarrillo de marihuana. Sin darnos cuenta, nos quedamos dormidos, a pesar de los mosquitos que invadían la habitación por la ventana abierta y nos asediaban.
Cuando desperté ya había salido el sol. Rebeca estaba sentada en el alféizar. Fumaba un cigarrillo y, pensativa, observaba la calle. Intenté no moverme para poder seguir mirándola, sin que ella se diera cuenta.
¿Cuánto tiempo llevas ahí? Nada. Acabo de despertarme, mentí. Me levanté y la besé en la espalda. Por encima de sus hombros pude ver la calle y más allá un viñedo y, a su lado, una piscina abandonada. Imaginé entonces que su piel era del color de los sarmientos. Y sus ojos del color del agua olvidada en las piscinas de invierno.

domingo, noviembre 24

Las complejas líneas imaginarias de pensamiento

Una de las complejas líneas imaginarias de pensamiento, que regresaron tras la llamada telefónica de mis padres, se enreda en las antenas erguidas sobre los viejos tejados del barrio cuando, a media tarde, me asomo por la única ventana de casa desde la que puedo ver el mar. Jero observa con curiosidad, tumbado en nuestra cama, el móvil de madera que le hemos comprado en el mercado esta mañana y Rebeca lee un libro de una escritora húngara que yo terminé la semana pasada. Me lo recomendó Sebas y me atrapó desde el principio. Está compuesto por tres partes que cuentan la misma historia, tres novelas diferentes reunidas en un libro. Dos son mentira y una es verdad. Pero, cuando terminas de leer las tres, no sabes cuál es la historia verdadera, que no real, porque las tres pueden ser fruto de la imaginación de la escritora húngara, y cuáles, por eliminación, las dos historias falsas. Me pareció un desarrollo muy original. Una línea de pensamiento simple y compleja a la vez. A Rebeca no le está gustando tanto. Dice que es por culpa del instinto maternal. Le hace sentir mal por la cosa más absurda. Si un niño sufre, ella lo hace también. Exageradamente.
            De un tiempo a esta parte, leemos libros que el otro ya ha leído. Se podría decir que hemos roto una regla no escrita que seguíamos desde que nos conocimos. Antes, cuando leíamos un libro que nos gustaba, se lo contábamos al otro hasta el final. Qué importaba, hay tantos libros que leer. Ahora leemos libros que el otro ya ha leído. Supongo que habrá influido el hecho de que la casa se nos está llenando de ellos y, probablemente, en las estanterías aguardan más no leídos que leídos. Y, por qué no decirlo, el hormigón de la rutina y de la convivencia que nos transforma poco a poco en seres más silenciosos y encorvados por el peso de líneas imaginarias de pensamiento que se enredan, como ésta, en las antenas de los tejados del barrio y que, a veces, gaviotas y palomas usan como reposaderos en sus vuelos y disputas de extrarradio.
            Una noche de invierno, de las primeras que salimos juntos, Rebeca me invitó a conocer su casa y, una vez allí, en la cocina me contó, entre besos y café, la historia de un libro de Murakami. Me gusta saber que nunca leeré ese libro porque ella me lo contó aquella noche. Después hicimos el amor despacio, me dijo que me quedara dentro, que no me moviera. Y nos mirábamos en la penumbra de madrugada, con las farolas dibujando espadas de luz en las paredes blancas de la habitación y yo pensaba en el gato que hablaba y en lo buena que era Rebeca contando historias. Y así también evitaba correrme.

 *

Llama Ana para decir que aceptó una oferta de trabajo de Médicos del Mundo y que se marcha a Birmania en un mes.



viernes, noviembre 15

Cambiamos nosotros, los libros no cambian.

Vuelvo a pensar en el tipo que reconocía a las actrices de cine porno sólo con verles el coño. Yo le preguntaba en qué te fijas. Qué sé yo, respondía, en un lunar, en un pliegue, en la manera de afeitarse el vello, en el modo en que se separa los labios. Descubro que me provoca la misma admiración que quien reconoce a los músicos que tocan jazz sólo con escucharlos. Recuerdo los días febriles y desordenados en los que leí Rayuela, días que, ahora lo sé, fueron los precisos para leer ese libro. Nunca antes y nunca después. Y sé que es así y que es cierto porque, si ahora lo rescato del polvo de la estantería y me siento a releerlo, pasados cinco minutos o seis páginas tengo que parar y preguntarme quién era yo cuando lo leí, por qué me enganchó de aquel modo, fogonazo de una luz naranja de tungsteno, mundo encendido. Qué tipo diferente a este que escribe. Cambiamos nosotros, los libros no cambian.
Días febriles. Días desordenados. Días en los que estaba loco o, simplemente, ya lo decía el tipo de los coños, qué sé yo, tal vez me fijaba demasiado en los detalles.

sábado, noviembre 9

Tristes, inocentes desordenadas gotas

Tal vez la vida sea esto: el hueso de la tristeza
rodeado de la pulpa jovial de sardinas asadas y cohetería.
Memoria de elefante, Antonio Lobo-Antunes


 
Rebeca dice que quiere pintar en fondo negro y lunares rojos una cafetera vieja que ya no usamos y después plantar un cactus en su interior. Jero despierta y se echa a llorar. Tal vez no soporta abrir los ojos y sentirse solo. Yo escribo el comienzo de muchas historias que, después, no sé cómo continuar. Todas terminan demasiado rápido. Sigo teniendo sueño, sigo estando un poco enganchado a nadar, a internet, a la pornografía. Me asusta descubrir que conozco el nombre de las actrices y buscar más videos de las que me gustan, descifrar si tienen las tetas operadas, un tatuaje en el ombligo o asombrarme con las que se lo hacen con varias pollas, casi nunca tíos completos, sin inmutarse, como quien sale a la compra o pasea por la orilla del mar al atardecer. Pienso en aquel tipo, compañero de residencia universitaria, que conocía a las actrices de cine para adultos, como le gustaba puntualizar, por el coño. No necesitaba ver nada más. Todavía no he llegado a eso, al menos. No creo que llegue.

*

Django Reinhardt, Chet Baker, Jhon Coltrane, Duke Ellington, Oscar Peterson, Stephan Grapelli, Tete Montoliú, Miles Davis, Santiago Biralbo.

*

Colocamos la vieja cafetera pintada en fondo negro y lunares amarillos, porque era la pintura que estaba de oferta, encima del piano. Y mientras, ayudado por la luz del sol, crece el cactus que Rebeca plantó en su interior, yo me sentaré cada tarde a tocar torpemente alguna de las partituras escritas en el cuaderno de fáciles que compré hace días en la tienda de instrumentos musicales que está cerca de la playa. Rebeca se acerca sigilosa, como la gata que es cuando quiere, me abraza por la espalda, se ríe de mí porque soy incapaz de acertar con las notas que deben pulsar armónicos los dedos de mi mano izquierda y dice la lluvia que golpea en los cristales de la ventana despertó a Jero. Todavía no ha cumplido dos meses y ya conoce el sonido de la lluvia que, tendrás que disculparme, escucha con atención, hoy suena bastante mejor que lo que tú estás tocando. Retiro las manos y las poso en mis rodillas. Sonrío resignado mientras escucho el golpeteo de las gotas de agua contra los cristales, tristes, inocentes desordenadas gotas que escribió Cortázar, y veo, a través de ellos, los geranios que planté en las jardineras el mes pasado, cimbreantes al viento que viene del mar, despeinados, como los besos de Rebeca, despojados de pétalos que reposan en la tierra húmeda y la tiñen de rosa, de rojo y de blanco. Y al descubrir la lluvia que se hace visible en los cristales, recuerdo la mañana del aguacero que Lucrecia, Sebas y yo pasamos en el barrio de Palermo de Buenos Aires fumando, escribiendo postales en las mesas de las cafeterías y entrando en las inmobiliarias con la firme intención de comprar entre los tres un piso en la zona y vivir todos los años un mes o dos en la ciudad. Qué mierda de vida preñada de sueños efervescentes. Y recuerdo ese viaje y lo radiante que estaba Lucrecia y lo perdidos que estábamos Sebas, que llegó un par de semanas después, y yo. Y pienso que la vida y la literatura tal vez sean lo mismo y tal vez sean esto: a partir de una vieja cafetera pintada en negro y amarillo con un cactus plantado en su interior, llegar hasta la ciudad de Buenos Aires seis años antes, cuando dos tipos sin rumbo se aferraban a la alegría y a la luz que irradiaba una mujer extraordinaria y no se querían soltar. Rebeca, grito desde el escritorio para que pueda oírme. ¿Qué pasa?, pregunta desde la cocina. Vámonos a Argentina.

domingo, noviembre 3

sábado, octubre 26

Abro la ventana y me siento frente a las azoteas del barrio

Abro la ventana y me siento frente a las azoteas del barrio. En pocos minutos, las nubes bajas que se agrupan en el horizonte velan la luz del atardecer y el sol desaparece lentamente detrás de los tejados. Bebo una copa de vino tinto y escucho un disco de Rubén Pozo. Estoy solo. Rebeca trabaja y Jero duerme en casa de los abuelos. Pienso en los últimos años de mi vida hasta llegar a esta ventana abierta y a este anochecer. Todas las ventanas, todas las tardes, todas las ciudades. Nueva Orleans y La Habana. La playa, cerca de casa, donde Rebeca y yo nos bañábamos desnudos. Cuando supe que estaba embarazada. Donde me lo contó al oído. Pienso en la película de Aristarain y en ese lugar del mundo que no podrás abandonar. Recuerdo aquello de que ser feliz es despertar y no querer estar en otro lado. 
 
Ya es de noche, apuro el vino de la copa, bajo las persianas, abandono el plan de masturbarme con alguna de las páginas pornográficas de internet que frecuento y me meto en la cama. Apago la luz y escucho, por unos instantes, el silencio. Y me duermo pensando en el lugar donde quiero estar al despertar por la mañana. O el cuerpo.

sábado, octubre 19

A ver qué pasa

Esta mañana, Rebeca se sentó encima de mí y me besó despacio. Alguien tendría que llevarse al niño un par de horas y tú y yo nos meteríamos desnudos en la cama a ver qué pasa. Me gusta cuando dice eso, a ver qué pasa. A veces soy yo el que lo digo. Es una broma privada que repetimos muchas veces. Vente a la cama, a ver qué pasa. Dame un beso, a ver qué pasa. ¿Te vienes a la ducha a ver qué pasa? Y muchas veces no pasa nada.

domingo, octubre 13

Hace tiempo Sebas dijo lo que tú haces puede llamarse literatura dispersa

Hace tiempo Sebas dijo lo que tú haces puede llamarse literatura dispersa. Y sí, tal vez sea eso. Sentarme a escribir cada mañana, mientras desayuno, el día amanece, Jero aún duerme y Rebeca, o duerme también o ya hace unos minutos que se ha marchado al trabajo. Entonces, entre el café y el pan, la fruta o las galletas, abro el cuaderno por la primera página en blanco y, en ocasiones, como sucede hoy, me pongo a escribir sin tener idea de lo que quiero contar ni, mucho menos, del lugar al que quiero llegar. Y, a menudo, esta incapacidad manifiesta para encontrar el camino por el que quiero que discurran las palabras me provoca una rabia contenida pero intensa. Es esta ausencia de planificación la que Sebas, en una ocasión, sentados en el banco del Cantábrico frente al atardecer o en la mesa del rincón en El Arca, ya de madrugada y ligeramente azumbrados, definió como literatura dispersa. De todos modos, continuó, no se puede negar que la tuya es una forma de escribir muy vital, en el sentido de que así se conduce la vida la mayor parte del tiempo; se va construyendo con un desconocimiento total del fin que perseguimos. No digo yo, con esto, que la buena literatura sea la que se asemeja a la vida, sólo digo que si lo que escribes es literatura dispersa, está muy apegada a la forma en la que vives, al modo en como lo haces. Y eso tiene sus ventajas y sus inconvenientes, claro, tanto para ti, escritor, como para nosotros, lectores. Yo bebí un sorbo de la cerveza con idea de ganar tiempo, pensar en lo que había dicho Sebas y darle una contestación a la altura de sus exposiciones. Quizás tengas razón, respondí al final. Literatura dispersa. Contestaciones dispersas, pensé después.

sábado, octubre 5

El Libro de los Principios se presenta en París

Mis amigos, los que más saben de libros, no sólo me perdonan, me llevan a París. Será noviembre. Será el frío de una Europa aún no conquistada, atravesando en la noche las montañas que son frontera antes de aparecer dibujada en los mapas, los últimos de las Brigadas Internacionales aturdidos en los Campos Elíseos, la línea Maginot que resiste, el Parque de los Príncipes al atardecer, las canciones de Charles Aznavour sonando una y otra vez en el Pioneer del cientoveintisiete, el viaje a Burdeos en el noventa y tres, La reina Margot, Perico mucho antes que Induráin, la muerte de Vallejo en abril, seguramente nadie después de Nadal, cualquiera de Guédiguian en sesión de tarde, Morrison y sus demonios, En la ciudad sin límites para engañar a todas con Ana, el esqueleto de la noria dibujado en el cielo del Trocadero, una casa sin calefacción donde vivió una pareja de inmigrantes yugoslavos, cuando Yugoslavia era un país y París el mundo, esta francofobia heredada de españolito de bien, el primer beso en el aparcamiento de una discoteca a las afueras, De latir mi corazón se ha parado, aquellas noches de un verano que no volverá a suceder, el hombre que hace lo que hace, dice lo que dice y después se aguanta, Zaz cantando bajito en una esquina de La Marais, la buhardilla de Vila-Matas, ahora Rocamadour y la gente que aprieta desde abajo el tubo del dentífrico, una postal con la Torre Eiffel velada por la niebla, esculturas de Rodin en salas de un museo con las paredes pintadas de humedad, el día que los alemanes, todos vestidos de gris, entraron en la ciudad, tú llevabas puesto un vestido azul y estabas preciosa, o algo así. París. Más allá de un norte lejano en el que un otoño haya estado. Uno de noviembre de dos mil trece. Viernes. Cuando se enciendan las farolas. En el catorce de Rue Rouvet. Centro Asturiano. Tres suicidios y un mar de piedra pómez. El Libro de los principios. Gracias Su. Gracias Javis.



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Fotografía de Javier Vicente


sábado, septiembre 28

Me sentaré a ordenar palabras

Me sentaré a ordenar palabras. O a releerlas, al menos. Para saber si tengo una historia o no tengo nada. Si lo que escribo en el papel cada mañana, mientras desayuno antes de ir al trabajo o antes de que Jero despierte y con sus manos ocupe el día, merece la pena ser leído por otros o mejor sería quemarlo. O, como hice aquella vez en que cambié de ciudad y cambié de vida, dejar que se ahoguen lentamente en las aguas sucias del puerto.

Fueron tres cuadernos. Fue una mañana de marzo, de esas de sol y frío. Bajé la cuesta de Vicaría y, al enfrentar el puerto, vi que la marea estaba alta. Me acerqué a la barandilla y, uno por uno, sin prisa, los lancé al mar. El aire se coló entre las hojas y desplegó sus tapas. Por un segundo pareció que se echarían a volar. Cayeron abiertos al agua, dos boca arriba y el tercero boca abajo. Los observé en silencio hasta que el primero de ellos, colmado de agua, se hundió. Después tomé un café en el Cantábrico, que es el bar donde La Banda tocó por última vez y el lugar donde ahora Gárgola, Siro, que al final muere, Nacho Vegas, Ramón y Georgina viven los días de otra historia que intento escribir y que también me obligará a sentarme un día frente a ella para ordenarla, para releerla, para descubrir de una vez lo que Gárgola, camarero en el Cantábrico, hará con las cenizas de su amigo Siro. 
 
Después regresé a casa. Rebeca continuaba metiendo en cajas de cartón todo aquello que no íbamos a abandonar. Estuvimos hablando un rato, no recuerdo bien de qué. Fumamos un cigarrillo a medias frente a la ventana de la cocina. Yo miraba el mar en el ostial del puerto y ella preguntó en qué piensas. En las palabras que acabo de tirar al mar, contesté. Igual algún día se vengan, dijo entre risas, o sus fantasmas se te aparecen en sueños. ¿Cómo será el fantasma de una palabra? La atraje hacia mí abrazándola por la cintura y nos besamos. Hicimos el amor despacio, sentados en el sillón del salón. Todo alrededor y todo lo que nos pertenecía permaneció en silencio, dentro de cajas de cartón y de bolsas de basura. Durante un rato no pude dejar de pensar en las palabras ahogadas.

Volví a la ventana y al mar mientras Rebeca se duchaba. Cuando terminó, apoyada en el quicio de la puerta, con el pelo mojado y en ropa interior dijo me visto y me enseñas donde las tiraste, anda. Igual aún podemos salvar alguna. 
 

sábado, septiembre 21

No creo que contar lo que sucede sea suficiente


No creo que contar lo que sucede, la cotidianidad, sea suficiente. Debo buscar una línea argumental, una vía por la que esta historia avance. Si me quedo parado en el anecdotario doméstico se volverá plomiza, estéril, inerte. Por más que encuentre adjetivos adecuados. Quizás sea necesario deformar la realidad, forzarla, encontrar los puntos de fuga, la ficción verosímil, el encanto de lo irreal por imprevisible. Creo que fue Pedro Juan Gutiérrez, quizás el escritor más salvaje que he leído, quien dice que en una novela hay que construir un universo propio y después esconder el andamiaje. Yo estoy haciendo todo lo contrario. No soy un escritor salvaje.
          Comencé a leer Trilogía Sucia de La Habana en un atasco de horas en el paso fronterizo de La Junquera. Apoyado el libro contra el volante, las dos horas que estuve parado se convirtieron en humo. Recuerdo la sensación de sorpresa cuando el coche que precedía al mío encendió el motor y comenzó a separarse lentamente. Yo hubiera seguido leyendo un par de horas más. Lo que me sobraba en aquella época eran kilómetros al volante. Lo que me faltaban eran buenos libros.
         Conduje por las autopistas francesas haciendo saltar los radares. Sin detenerme. En una estación de servicio, en un alto desde el que podía verse San Sebastián, le escribí a Rebeca un mensaje: esta ciudad me mira con tus ojos, que es para mí el mejor verso de García Montero. No conozco otra manera de utilizar las palabras ciudad y ojos de una forma tan afilada. Y continué camino hasta encontrarnos. En aquella época me pasaba los días regresando, pero nunca lo hacía del todo. Siempre llegaba el momento en el que escapaba de nuevo.

lunes, septiembre 16

Ana dice que no quiere hablar conmigo

Ana dice que no quiere hablar mucho conmigo porque tiene miedo de leerse después en alguna de las historias que escribo. Yo sonrío y ella me mira, seria y asustada, desde sus ojos grises. Supongo que corres ese riesgo, contesto al fin. ¿Ya lo hiciste?, pregunta. Aún no. ¿Aún no? Eso es que piensas hacerlo. Bebo un sorbo del café que compartimos en el descanso de la guardia, antes de contestar. No lo he pensado, la verdad. Bueno, mejor dicho, aún no ha sucedido. ¿El qué?, vuelve a preguntar, mientras mira por la ventana, donde transcurre una mañana de sábado que parece irreal. El que hayas aparecido cuando estoy escribiendo. No digo que sea un momento mágico ni litúrgico ni cosas de esas; pero la mayoría de las veces comienzo a escribir sin saber muy bien hacia dónde me dirijo. Y en el trayecto va apareciendo lo que quiere. Tú aún no has aparecido. Vaya, me alegro, responde. ¿Decepcionada?, pregunto. No. No, qué va. Aliviada. Está bien, le digo para terminar la conversación. A los pocos segundos, prosigue: por favor, no me hagas parecer idiota, no me desnudes y, por supuesto, no me mates. Me echo a reír y, al instante, ella me acompaña con una sonora carcajada.

sábado, septiembre 7

Llama Sebas para decir que el libro que le había encargado acaba de llegar

Llama Sebas para decir que el libro que le había encargado acaba de llegar. Pero no en la edición de bolsillo. Te va a salir caro, amigo, dice entre risas. Yo sonrío también y le pregunto ¿Qué libro leerías estos días? Después de unos segundos de silencio en los que le imagino sentado en el mostrador, oculto tras columnas desordenadas de libros, con la barba y el pelo cortados al seis y los ojos cansados contesta Papillon. Pero prefiero ver la película. Es la única en la que el bobalicón de Dustin Hoffman está, al menos, decente.

sábado, agosto 31

Hay una canción de The Low Anthem que me hace pensar en Rebeca

Hay una canción de The Low Anthem que me hace pensar en Rebeca. Sobre todo cuando estamos juntos. Pienso en ella de un modo que sólo puedo hacer si ella está presente. Cuando suena la canción, me alejo y disfruto de todo lo que me hace sentir. Ella no lo sabe. A veces pregunta qué te pasa y a veces qué piensas. Yo intento no contestar y quedarme en silencio, para disfrutar de todas las sensaciones que florecen. Señorita, with your dust brown skin.

sábado, agosto 24

Buscar la palabra precisa

Buscar la palabra precisa. Y que esta sea cierta. Ocupar cada minuto del día en perseguir la voz que nombre la cualidad, la sensación, el objeto. Una palabra para cada pieza del mundo, escribo de nuevo. 
 
Sacudirse el polvo de los pantalones y comenzar a caminar. Con inseguridad y con miedo. Sin prisa. Tal vez exista un final. Aunque sea también un comienzo. Aunque, en la mayoría de las ocasiones, no te lleve a ningún lado. 
 
El abuso de los infinitivos y de los adverbios de tiempo. El talento agostado. Las seis de la tarde sin tiempo para sentarme a escribir. La punta del lápiz gastada hasta la frontera del grafito. El dolor en el hombro derecho, como un peso que no se irradia hacia ningún lado.

sábado, agosto 17

Hace tres días Rebeca y yo fuimos a un concierto de Andrés Calamaro

Hace tres días Rebeca y yo fuimos a un concierto de Andrés Calamaro en el Jovellanos. Empezamos a escucharlo sentados y acabamos bailando de pie. Yo la miraba de vez en cuando y ella posaba las manos en su barriga y decía tranquilo, lo estamos pasando bien. Después tomamos una cerveza en El Patio. Sonaban canciones de los Jayhawks, versiones de Bob Dylan, alguna de Rufus Wainwright. Ya de madrugada, cuando caminábamos por la playa del parking en busca del coche, Rebeca con los pies hinchados y yo con las manos en los bolsillos, vimos un grupo de personas que aguardaba frente a una puerta cerrada. Rebeca se acercó y preguntó a uno de ellos qué ocurría. Por esta puerta va a salir Calamaro, le dijo. Andrés Calamaro. Que por ahí va a salir Calamaro, dijo Rebeca, encogiéndose de hombros, al acercarse donde yo esperaba, unos metros separado del grupo. De pronto, la puerta se abrió. La gente, no más de diez o doce personas, comenzó a gritar ¡Andrés!, ¡Andrelo!, ¡Calamaro!, ¡genio!, ¡monstruo! El cantante, acompañado por dos hombres en traje negro, camisa blanca y corbata gris marengo, vestía un chándal del mismo color que las corbatas, llevaba al cuello una gruesa toalla blanca y ocultaba sus ojos con unas gafas de sol que, a esas horas de la madrugada, no parecía necesitar. Se detuvo para dejar que le hicieran unas cuantas fotografías y firmar autógrafos. Cuando hubo terminado, continuó camino, al tiempo que levantaba la mano para despedirse. Al pasar al lado de Rebeca, se paró de nuevo. Observó su vientre y preguntó ¿vos estuviste en el concierto? Rebeca asintió y sonrió. Como siempre hacía cuando alguien ponía la atención en su barriga lunar creciente, posó la palma de sus manos sobre ella. Instinto protector prematernal, decía. Entonces el cantante argentino extendió sus brazos y con las palmas de las manos acercándose al vientre de Rebeca, le pidió permiso. ¿Puedo? Rebeca retiró las suyas a modo de respuesta y dejó espacio para las de él. Las diez o doce personas que aguardaban en la puerta, nos habían dado alcance y rodeaban la escena en silencio. Es un niño, acertó a decir Rebeca. Un varonsito, exclamó Calamaro aún con las manos posadas en su vientre. Pasados unos segundos las retiró, levantó las gafas de sol, miró a los ojos de Rebeca, dijo gracias, dio media vuelta y, antes de que nos diéramos cuenta, entró en una enorme furgoneta blanca y desapareció. Vais a tener que ponerle Andrés, dijo una chica que estaba a nuestro lado. No sabía que ya se llamaba Jerónimo.  
Durante estos tres días hemos repetido la escena muchas veces. Con las gafas de sol puestas y una toalla alrededor del cuello, me acercaba al vientre de Rebeca, posaba la palma de mis manos y decía, entre risas, un varonsito.
Parece que han pasado meses, no tres días. Hace dos horas que Rebeca entró en el quirófano. El parto se ha complicado y los ginecólogos han decidido realizar una cesárea urgente.

viernes, agosto 9

Voy a escribir una novela

Voy a escribir una novela mientras escribo una novela. Un relato doméstico que partirá del nacimiento de un niño hasta el momento de regresar de un viaje transoceánico. Un relato anclado en el presente, pero con constantes referencias a un pasado en el que fui otros. Y en el que los libros que he leído, las canciones que he escuchado, las películas que he visto y las ciudades que he amado serán protagonistas. Una novela escrita con las primeras luces del día. Una novela demasiado volcada en los detalles.

sábado, agosto 3

Mi nombre es Santiago

Mi nombre es Santiago. Soy médico, la mayor parte del tiempo en paro. Me gusta escribir pero podría no hacerlo, lo que, sospecho, se traduce en que nunca seré un escritor de verdad. Hace meses, con el dinero reservado para comprar ropa nueva, pagué la matrícula de un curso de creación narrativa. El primer ejercicio consistía en describirse.

A veces tomaba la decisión de parar, pero eran las menos. La mayoría continuaba bebiendo hasta que era incapaz de mantener el equilibrio o el camarero le decía la anterior fue la última o la luz fría del amanecer dominaba las sombras del bar. Presumía de las mujeres con las que se había acostado, un número cambiante que nunca alcanzaba la decena y que no parecía excesivamente alto si tenemos en cuanto los años que ya no cumpliría, y enumeraba los amigos que tenía repartidos por el mundo, aunque siempre tuve la impresión de que, durante los años en que la vida nos juntó, yo fui lo más parecido a un amigo que supo tener.
Era alto, como sólo pueden serlo los hombres que no alcanzan el metro setenta, con la espalda vencida por el tiempo y la cifosis y el fuelle de los bronquios a menudo gobernado por la disnea. Delgado, sin llegar a hacer uso del último agujero del cinturón. Barbado, como los cubanos que en los cincuenta conquistaron primero una ciudad y después un país bajando por sorpresa desde los montes. Tenía los ojos azules de color violeta, son iguales que los de Liz Taylor le diría una noche un tipo cualquiera y él, aturdido por la comparación, como si en vez de un símil le hubieran dado un puñetazo en el estómago, quedó callado y pensativo. Porque si alguna vez quiso ser alguien, fue Paul Newman en El Largo y Cálido Verano o, tal vez, Robert Redford en Los Tres Días del Cóndor. Pero jamás imaginó ser Elizabeth. Recuerdo aquella tarde en San Telmo, cuando un artesano de un puesto de bisutería le dijo che, pibe, prestame uno de tus ojos y te haré un bello collar para que se lo regales a quien tú quieras. La mirada estrábica, a pesar de las dos operaciones quirúrgicas que un oftalmólogo calvo y patológicamente tímido le realizó cuando era aún niño y que depositaron en su vientre un miedo cerval al que intentó vencer, y no pudo, estudiando medicina durante más de diez años. Las manos nervudas de pianista, que escribió Casariego, cuando desaparecen los pianos. Y, entonces, bajo, flaco, barbudo, la espalda combada, el pecho escaso de aire, el vientre aterrado, los ojos violetas y estrábicos y las manos fuertes, decía que caminaba cuando en realidad la mayor parte del tiempo estaba parado.
Olía a tierra.
En verano calzaba sandalias de piel y vestía camiseta de algodón y pantalones vaqueros que en invierno cambiaba por pantalones de pana, zapatos de cordones, camisa de cuadros y americana oscura que compraba en tiendas de ropa de segunda mano.
Era de café solo en el desayuno, cortado después de comer y una manzana en la cena. Nunca escribía en servilletas de papel, ni leía los periódicos desde el final, ni tendía la ropa en las azoteas, ni hacía el amor de noche en la playa. Decía que eran actos manidos de tan literarios, o literarios de tan manidos, no recuerdo bien. Y una cosa es la vida y otra muy distinta los libros, concluía. Soñaba, y estoy seguro de que aún hoy lo hace cada noche, con ser el siete en el pasillo del ocho y dar el pase certero de gol para no tener que celebrarlo como propio, porque no hubiera sabido como.
Cuentan que marchó de aquí cuando se bebió todo el dinero que había heredado de sus padres y que vive en pueblos de nombres como La Ría, Banciella o Güemes, topónimos desconocidos porque sólo en lo desconocido reside lo posible. Le imagino sentando a la mesa de alguna cocina, escribiendo en las hojas blancas de un cuaderno historias tristes en las que siempre aparece la palabra noviembre o la palabra acerbo y una mujer menuda de pelo corto y moreno se enamora de uno de los personajes y alguien, a veces el protagonista, se suicida. Entonces llega el alba y, con él, el café solo, la fruta del tiempo, un paseo en bicicleta hasta el trabajo los días en que algún enfermo le necesita, la rutina como una conquista de la vida, la lluvia, el cortado, la siesta, los abrazos, un hijo, una mujer que son cientos, manzanas. Y cuentan también que, últimamente, casi todas las noches, la decisión que toma es la correcta. 



lunes, julio 29

Villa Regina, 16/5/2011

Villa Regina, 16/5/2011

Santiago,

el tiempo, al igual que todo lo demás, miente. Transcurre siempre a la misma velocidad, pero a veces parece detenerse y a veces se escapa de las manos sin darnos cuenta y, cuando echo la vista atrás, han pasado más de seis años desde aquel día en que aguardaste paciente en la cafetería del aeropuerto. ¿Sos Santiago? Lo siento. No sonó el despertador, me excusé. No te preocupes, fue tu respuesta después de besarme en ambas mejillas porque no me atreví a decirte que nosotros acá sólo nos besamos en una. No tardaste en aprenderlo, de todos modos. Eres listo. Me gustan las cafeterías de los aeropuertos, dijiste.

Te recuerdo con el pelo largo y despeinado y los ojos azules y alegres. El cansancio de tantas horas de avión posado en los hombros te daba un aire despreocupado, como si lo que fuera a suceder no pudiera detenerte. Sonreías por todo y parecías feliz. Nos montamos en el coche y cruzamos la ciudad hasta llegar a mi casa. Durante el trayecto no hablamos mucho. Observabas la ciudad desde la ventanilla, en silencio, como queriendo atraparlo todo, que no se te escapara ni un detalle. Me limité a responder a tus preguntas de qué era aquello o qué lo otro. Cuando llegamos, te mostré tu cuarto, te duchaste y, después, junto a media docena de empanadas y un par de cervezas que encargué en el restaurante de al lado, pasamos la noche y parte de la madrugada hablando, sin que pareciera importarte las horas que le robabas al sueño. A la mañana siguiente tenías que presentarte en el hospital para comenzar tu trabajo, las seis semanas de rotación por las que habías venido hasta aquí.

Pocas veces, desde entonces, he vuelto a pensar en aquella noche, la noche en que nos conocimos. Éramos otros, dirías, si esto fuera una conversación y no una carta. Eso ya lo sé, te contestaría. En ocasiones me echo de menos. ¿A ti no te ocurre? No, supongo que ahora no, al menos. Aunque no creo que seas del tipo de gente que considera cambiar una traición interior.

¿Y yo? Pues, ya ves, trabajo en un hospital del sur desde hace un par de años. Hubo un momento, también cuando era otra, que sentí la necesidad de cambiar. De ciudad y de trabajo. Y aquí estoy, con las cumbres blancas de Los Andes en el horizonte, disfrutando de la medicina y del amor y sufriendo con una pobreza que atrapa a los hombres por la pantorrilla como un perro enfurecido y no les suelta hasta que se los lleva la muerte. Pero no quiero hablarte de eso en esta carta.

Te envío un regalo para Jero. Decile que me alegro mucho de que haya nacido, que espero algún día poder conocerlo. Decile, también, que digo yo que si tiene un sueño que lo persiga hasta alcanzarlo. Espero que crezca sano y que sea una persona feliz.

Santiago, disfruta mucho de esta nueva etapa de tu vida, cuida mucho a Rebeca y al bebé. Felicitaciones. Te quiero mucho, amigo. Lucrecia.

P.D: Y ¿cómo está el Sebas? Decile que lo extraño.

sábado, julio 13

Los días que iban a venir

Después vendrán los días
en los que el desayuno no será un manzana
ni las preguntas escritas en las paredes
del cuarto de baño
indelebles
incisivas
serán las tardes de lluvia
con una taza de café caliente
entre las manos y los muros
donde recordar cuando decías
es la calefacción de los pobres.

Un compacto de los immaculate fools
rayado en la tercera
la penthouse de noviembre
con depilaciones pasadas de moda
y más preguntas
y más indelebles
a la hora del desayuno que no será una manzana
en el bañal de la cocina
los cacharros de todas las cenas
sucios de tiempo.

Buceaba en los montones de ropa
que dejaste
como un cazarrecompensas
o un ladrón
o un policía desorientado
y encontré las bragas
que te quitabas sin usar las manos.
Me las puse y con el móvil
frente al espejo estuve haciéndome fotografías
que después envié a mi hermano.
Después sentí frío
y después vendrán los días
que ya llegaron.

Me duchaba vestido
y fumaba un par de cigarrillos
de los que odiabas.

Me quedé dormido
frente a la televisión apagada
y soñé contigo como siempre.
Al despertar me dolían las muñecas
y la tarde estaba oscura pero fértil
dulce y llena de helio.

Leí algo que había escrito hacía diez años.

Mientras se cocían los macarrones
fumé otro cigarrillo
el último que me quedaba.
Estaba convencido de que los días
habían llegado
y no parecían tan malos.

Recordé cuando te levantaste de la silla
de plástico negro
y en el asiento quedó
como una isla
la humedad de tu sexo.
Entonces te perseguí para presentarme.
Cómo te reías.

Ahora llegaron los días que iban a venir.

gijón.mayo2012

domingo, julio 7

El amor es fácil


Para Chica y Angelito, en una tarde de julio



Me tiemblan las manos, amor,
en esta hora de valientes,
después de caminar sin descanso
hasta encontrarnos,
dejando atrás los años y la materia,
las derrotas, los lunes, el mar, los sueños,
las avenidas.

Podría leerte algo de Cortázar,
no quiero que tengas una forma, que seas
precisamente lo que viene detrás de tu mano,
o algún poema de los que me regalabas,
en lugar de éste,
tararear las canciones que arrastran recuerdos
como colas de cometas incendiadas de lágrimas,
aquel vestido, tus ojos cuando viste
por primera vez las anémonas,
los viajes sin mapa hasta llegar
a la noche del desierto,
los pies descalzos,
las copas de vino que usamos
para brindar por las revoluciones,
las tardes de lluvia en las que salir de la cama
y despedirnos en silencio después de los besos
dolía tanto,
el bar de la esquina en Alfarería
donde siempre paraba a desayunar
antes de ir al trabajo y una tarde, ya ves,
imaginé que me querías.

Vi una escena en la pantalla del televisor:
anochece en el delta del Misisipi
y un pescador vietnamita,
mientras recoge las redes colmadas de cangrejos,
le dice al hombre que viene a pedir
la mano de su hija:
el amor es fácil. Muy fácil.
Lo difícil es el compromiso.
Y suenan las campanas que anuncian
la entrada del barco en el puerto.

Por eso me tiemblan las manos, amor,
en esta hora de valientes
en la que estás a mi lado,
después de caminar sin descanso
hasta encontrarnos.

Arden los semáforos en la ciudad
que para siempre será nuestra,
donde este amor se hizo gigante,
la radio anuncia la llegada del calor
y nosotros aquí,
después de las derrotas, los lunes, el mar,
los sueños, las avenidas, el periódico de ayer.
Tú y yo antes de los aviones, antes de la alegría,
del horizonte, antes de los hijos,
quién sabe si nuestros.
Juntos, los dos,
cuando llega el tiempo de decirte
cosas como puede que hoy llueva,
soñé contigo, llegaré tarde,
salgamos a cenar pescado,
llamó tu madre, te quiero.

madrid.cincodejuliode2013.aesodelasnueve.





 

sábado, junio 29

Otros cuerpos

Las calles del barrio
resisten el invierno y
cesa la lluvia que ilumina
las piedras oscuras
de las calles.

Yo camino en silencio y sé
que detrás de los edificios
aguarda un mar gris
plagado de cadáveres.

Enero muerde con sus dientes
fríos como espejos
los últimas días de esta vida.

Después llegarás tú
y estarán todos los demás.

Yo anhelo deshacerme
de esta torpeza y de estas manos.
Alcanzaré otras calles
en las que perderme
contigo porque a pesar
de todas las ausencias
aún deseo más que nada
en el mundo
sentirme solo
terriblemente solo a veces
en tu compañía
presos a sabiendas
de querernos mal
de querernos poco
incapaces casi todos los días
de ser livianos
incapaces de redimirnos
torpes como lo son mis manos
acostumbradas hace años
a custodiar un cuerpo
que ya no es el tuyo y
que ya no es el mío.

gijón.eneroenseñandolosdientes.2012

domingo, junio 23

A eso de las nueve menos cuarto.

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La Librería de Bolsillo. Gijón. Veintidós de junio de dos mil trece. A eso de las nueve menos cuarto.

viernes, junio 14

Quisiera no tener que regresar

Quisiera no tener que regresar.
Hacerme a un lado.
Desaparecer.
Continuar escribiendo
cada mañana,
torpemente,
para desandar el camino
de vuelta a las ciudades que conozco
tan bien como conozco tus manos.
 
Donde no hay lugar
para el tedio;
pero sí para la tristeza.

cimavilla.frío2013.

sábado, mayo 25

De lo demás / sólo restos permanecen

¿Qué se supone que debo hacer ahora con vos?
¿Desenredarte?

En armazón de nudos de aire convertida
al tiempo que una luz se asemeja a los recodos
tu poesía siempre ha sido libre
y mucho más cierta que la mía
sólo con moverte, sólo
con cerrar los ojos.

Desenredarte.
Aparcar el coche en doble fila.
Dejar abiertas las puertas y
la música encendida.

Sostenerte
para que no te conviertas en miedo.

La lluvia que arruina la tarde
el ardor de estómago
la palabra que anuncia el silencio.

Ahora tú y después
de lo demás
sólo restos permanecen.

gijón.diciembre2012

días

cuadernos