Aunque los gorriones
pertenecen a Rulán, hacedor de palabras y ñoarante, hoy le tomo
prestados los dos que se posan en el alféizar de la ventana mientras
Jero y yo, después de comer, jugamos encima de la cama un juego que
consiste en que él golpea con la palma de sus manos en mi vientre,
en mi pecho, en mi costado izquierdo, en el brazo del mismo lado, yo
me quejo exageradamente y él ríe carcajadas que dejan escapar un
hilo grueso de baba que, como un alambre de funambulista en el que
harán equilibrio sus palabras futuras, y creo que esta imagen o
alguna muy parecida pertenece también a Rulán, se extiende desde su
labio inferior hasta el pecho.
Los dos gorriones de
Rulán se posan en el alféizar e inquietos, temblantes, manteniendo
con diminutos aleteos un equilibrio que el nordeste amenaza, recorren
el pretil durante unos segundos. Yo llamo la atención de Jero para
que los observe y señalo con el índice en la dirección donde los
dos pájaros están posados. Jero sonríe al ver mi dedo e imita el
gesto sin esfuerzo, ahora que, desde hace unos días, aprendió a
hacerlo. Yo le digo, mira Jero, son dos gorriones, macho y hembra. La
hembra es la más pequeña de los dos, la que tiene el plumaje pardo.
Y el macho, ¿lo ves?, tiene un babero como el tuyo, aunque de color
negro, y las mejillas blancas y la cabeza de color gris. Cuando seas
mayor, te los mostraré de nuevo y te enseñaré el nombre de todos
los pájaros que conozco. Y leerás, si te apetece, los cien libros
de Rulán.
Los gorriones emprenden
el vuelo hacia antenas en las que disputarse el aire y las migas de
pan con las palomas. Jero y yo, agotados de pegar, de gritar y de
reír, nos quedamos dormidos. Sueño con otros pájaros, zopilotes
que en el campo pelean con perros por el cadáver de un burro. Paseo,
con Jero en mis brazos y, al ver la furia de la carroña, decido dar
media vuelta y regresar al pueblo. Todo el mundo en las calles
comenta el espectáculo de los zopilotes y de los perros. Las tiñosas
acabarán por invadirnos, dice un hombre que está sentado en la
terraza de un bar. Jero continua en mis brazos, sonriente y con el
dedo índice extendido, apuntando a todos lados. Me alegro de que sea
pequeño aún como para tener miedo.
Despierto de pronto.
Jero continua dormido a mi lado. Le miro durante unos segundos y
pienso qué pequeño y qué valiente. Y pienso también qué triste
será la primera vez que sienta miedo. Le beso en la frente. Los
gorriones de Rulán, o quizás otros, regresan a la ventana. Durante
unos segundos, con saltos diminutos, como antes lo fueron sus
aleteos, buscan algo que no encuentran en la tierra de los cactus.
Primero el macho. Después la hembra. Desaparecen.

