martes, diciembre 29

Propósitos

Desasirse,

bailar

y no hacer nunca dos cosas a la vez.

sábado, diciembre 12

Desbocado ejercicio de estilo


De todos modos en el fondo va a dar igual
escribir en singular o incluirte,
fregar los platos de la cena, no pensar
en la estructura del texto, tender la ropa
que se arruga después de días en la lavadora,
tener la esperanza de que hoy, al fin, no llueva,
descargar esa vieja película
en la que M. enseña las tetas, tan pequeñas,
acordarme de esa yonqui con la que
me hubiera ido a la cama cien veces,
dejar de hacer deporte,
comer almendras a mediodía,
el menú del alpinista, creerme distinto,
querer las mismas cosas que el resto,
apagar el fuego antes de que el aceite arda,
encontrar el modo de encenderte.

jueves, noviembre 26

Pizarra


Hay flores pintadas con tiza en la cocina.
El tacto irreal de tu cuerpo es la pizarra,
como si en la yema de mis dedos
hubiera quedado anclada para siempre
la memoria de tu tacto.

Toco la superficie de la mesa
y te recuerdo. Toco las paredes rugosas
de la casa que te nombran.

Arrastro las gotas de rocío que la noche
depositó en las ventanas mientras
te alejas, calle abajo,
abres la puerta del coche,
enciendes el motor.

Y desapareces al doblar la esquina, camino del trabajo,
sin saber que te observo.

miércoles, noviembre 18

Después llegó septiembre


Albergabas en tu cuerpo ejércitos de amaneceres
y la tristeza de marfil de los pianos.
Quejosa, a veces. A veces sin tiento.
Cuando te marchabas, dejando un zumbido
de tungsteno incandescente, yo me sentaba a escribir,
creyéndome capaz de amarrarte
con palabras de grafito.

Imbécil.

Apagaba la luz pero el zumbido no cesaba,
tan dentro lo tenía; anudado en las tripas,
apretaba fuerte. De pie, me dolía la espalda;
tumbado, el pecho.

Escuchaba a todas horas un disco en directo
de Band of Horses que me aplacaba las ganas
hasta hacerme llorar.

Quién era yo en aquellos días... ni puta.
Agotado. Enfermo. Cobarde. De tan perdido, llegué a creer
que formaba parte de ti.

Después llegó septiembre y me hiciste saber
que no había sido otra cosa
que un espectador afortunado.

sábado, noviembre 7

Yo era un país ocupado


Al menos dos veces al mes desaparecía.
Como los perros cuando se van de perras.
Regresaba días después; a veces limpia,
a veces con ese olor fuerte y penetrante
del sudor que ha permanecido en la piel
durante días.

No hablaba.

Me besaba en la frente,
se sentaba en la mesa de la cocina
y lloraba.

Ésta nunca ha sido una casa de preguntas.

Yo era un país ocupado
que aguardaba en silencio
la sucesión de los acontecimientos.

Detenía mi rutina.
Los días que pasaba solo eran mucho peores
que los días en que ella regresaba.
Así era mi dependencia, mi rendición.

Siempre llegaba el momento en que me abrazaba
por la espalda, fuerte,
y nos quedábamos así,
inmóviles hasta que su respiración reposaba.

Yo me dejaba hacer. Ella no me soltaba.
No volverá a suceder, decía.
No volverá a suceder.

Y yo me dejaba.

miércoles, octubre 21

La torpeza (precuela)


Mides mi cuerpo con las manos y con la memoria.
Después de desperezarte. Cuando somos capaces
de dejar a un lado la torpeza que,
casi siempre, nos acompaña.

Te acercas. Sonríes. Muerdes el labio inferior
y celebras el crecimiento de la barba.

La voz ronca. Bienvenido.

Mides mi cuerpo.

Con las manos, con la memoria. Con las ganas.
En la noche del delta que sedimenta bajo nosotros,
que nos estamos convirtiendo en agua.

Cuando somos capaces de dejar a un lado esta torpeza.

miércoles, octubre 7

Cinturita de avispa


Los perfiles de la ciudad se difuminan y,
de un modo grotesco, al caer la tarde
los borrachos del barrio gritan tu nombre
y el apodo con el que todos por aquí te conocíamos,
cinturita de avispa,

y tenemos presente que fuimos alas
y fuimos polvo durante años,
sin posibilidad alguna de redención
o de mostrar un gramo de dulzura que,
ay imbéciles,
nos hubiera abierto la puerta, no de tu corazón,
pero sí, al menos, de tus piernas para encontrar tras ella,
aunque apenas segundos fuera,
la calma y la alegría que los seres brillantes,
cinturita de avispa,
sois capaces de conceder al resto de los mortales,
habitantes del barrio quienes,
borrachos, cada tarde de verano como ésta,
te veíamos pasar, intocable, y montarte
en ese viejo ford oro cuarzo
que aguardaba con el motor en marcha frente al puerto,
conducido por un tontolaba, por un babayu que no tenía
otra cosa que hacer que jodernos la vida y entretenerte,
candidato número uno a tropezar y partirse en dos
la crisma y el corazón.

Absurdo era y absurdo me siento al recordarlo,
cinturita de avispa.

Cerrabas la puerta del ford y te llevabas, ahora lo sé,
cada tarde de aquel verano y para siempre,
nuestra sangre que hervía,
nuestros sueños, nuestra rabia
y una honda desesperación.

martes, septiembre 22

La torpeza


Escuchar una y otra vez ese jodido disco de Damien Jurado.

Volver a ver alguna de las escenas de La Gran Belleza,
como la de la muerte de Ramona.

Pasar la tarde colocando los libros en las estanterías
del salón según la ley de la buena vecindad.

Fuimos tan torpes que tratamos este amor peor
de lo que lo trató el tiempo.

jueves, septiembre 17

No sabes el bien que me hace


Descubrí que la palabra francesa para decir mapa es carte.
Y me pareció más acertada que la española.
Carte para nombrar el dibujo a escala de un pedazo de tierra.

Desde entonces he decidido enviarte mapas por correo postal.
De los lugares en los que me encuentro,
con puntos rojos cuya leyenda sea: yo estoy aquí.

(No sabes el bien que me hace).

De las ciudades en las que duermo, con un punto azul:
en esta esquina hay un café. Me senté en una de las mesas del fondo
y te estuve esperando, hasta que cerraron a medianoche.

De las fronteras que atravieso, subrayadas en verde,
como a veces atravesaba tu ropa, tanta en invierno,
para refugiarme en tu cuerpo.

miércoles, septiembre 9

La Ñora


En la playa donde cada julio
la marea desciende para dejar un poema,
Y. estuvo haciéndonos fotografías,
casi todas de espaldas,
por aquello de la privacidad en las redes sociales,
donde, tarde o temprano, aparecerían.

Nos bañamos en el mar, cavamos pozos en busca de agua,
recogimos conchas vacías y tomamos el sol durante horas.
Era una tarde de verano de esas que parece
que no van a terminar nunca.
O que uno quiere que no terminen nunca.

En la terraza del chiringuito, mi padre
se empeñó en pagar las cervezas.
Sonreía y hablaba, de la tarde que vio pasar
escapados a Pepe Recio y a Perico y de otra vida.
Tenía los ojos tristes.

Antes que la montaña, con el sol
pudieron las nubes. Una luz gris mate,
que se debilitaba con el rumor de las olas,
obligó a los últimos bañistas
a abandonar el arenal.

Cuando la playa quedó vacía, regresamos a la orilla
en busca de algo, no sabría decir el qué.
Y. hizo la última fotografía de nuestras espaldas;
pero ya la noche había vencido y quedó
desenfocada y oscura.

A. estaba cansado, protestaba.
Le cogí en brazos.
Decidimos regresar a casa
y comenzamos a ascender por la carretera
en busca del coche. En el camino,
que los cuatro hicimos en silencio,
se quedó dormido.

sábado, agosto 29

Podíais iros todos a la mierda


Podíais iros todos a la mierda y dejarme ver
películas absurdas o leer los mapas
de ciudades oscuras, comprar un billete
de tren a la cuenca,
emborracharme, salir corriendo,
mirar durante horas como te desvistes,
solo el gesto de desabrocharte la falda
o el pantalón como un gif y después cenar
pescado al horno con puré de patatas

y encontrarnos por sorpresa en aquel bar
de la plaza donde cada tarde sonaba una canción de Los Ronaldos
o desayunar a media mañana con dolor de cabeza y de hombros,
nadar,
conducir hacia el norte, como escapando
de un sur que siempre nos atrapa,
verte sonreír,
saber que eres sincera,
abrazarte por el talle mientras paseamos
por la avenida, aunque llueva,
escribir, lo que sea, pero escribir todos los días,
convertirte en metáforas,

comprar el peso de tus brazos en fruta.

viernes, agosto 7

Otra historia de amor


La pangea como esta historia de amor y después
la creación de los continentes
por acción del movimiento imparable
de las capas que conforman la corteza terrestre.

Y nosotros ahí, mirándonos a los ojos,

yo, con los pies hundidos en la arena de alguna playa
cercana a Natal, tú,

en alguno de los barrios de la periferia en Douala.

lunes, agosto 3

Quimera

Tenía un perro al que puso por nombre Quimera.
Y aunque no tenía cabeza de león,
vientre de cabra, ni cola de dragón,
sino más bien era chico y feo; y aunque,
en vez de vomitar llamas,
emitía unos ladridos agudos e hirientes
que animaban a apartarlo de tu lado a patadas,
disfrutaba viéndolo correr por el parque y,
cuando se alejaba, poder gritar Quimera, ven aquí; Quimera vuelve,
como una especie de catarsis o de atrevimiento,
de conjura de planetas o equilibrio de estructuras
intangibles mediante el cual pudiera ocurrir
lo imposible, lo no posible (que no es igual), lo oculto,
lo impreciso, lo no verdadero.

Quimera regresaba a su lado, mansamente, bien domado,
agachaba su cabeza jamás leonina, se dejaba
acariciar el lomo a contrapelo, le temblaban
un poco los cuartos traseros y agitaba
con gracia la cola, animal sometido.
No te vayas lejos, Quimera, no te alejes demasiado,
le susurraba sin mirarle,

y el perro se tumbaba a sus pies,
ya algo cansado, de perseguir ardillas,
de olfatear aromas amargos de raíces y frutos purgantes,
de pisar la tierra húmeda y fría, tan distinta a las alfombras
que vestían los suelos de casa.

Mañana saldré a nombrarte de nuevo, pensaba él, de regreso.
Quimera, dócil, caminaba a su lado.

martes, julio 21

Pasaban trenes



Y de pronto uno entiende que vivir no es lo importante,
que el peso de lo que hemos sido y de lo que somos
se reparte en ciertos mapas, en otros paisajes,
en algunos de los horizontes que forman parte
de la memoria, de las tardes de verano que terminaban
por ahogarse en las piscinas,
de los partidos de fútbol que acababan cuando
se hacía de noche o cuando la madre del bueno
se acercaba a la banda y le gritaba nos vamos
para casa y entonces para qué seguir jugando si nada
de lo que ocurriera a partir de entonces alcanzaría la categoría
de maravilla o de recuerdo.

Pasaban los trenes, fugaces o atormentados,
al acecho de suicidas a los que conceder la gloria.

Después llegaste tú y tus ojos y tus manos
y tu voz, a veces dulce, a veces tan distante;
pero qué más da, si nos enamoramos tan duro
que lo de antes debía ser de fogueo.
Todo cobró sentido aunque nada lo tenía,
y una tarde, después de ducharte,
decidiste quedarte a mi lado.

Y buscamos otros paisajes, otros horizontes, otros
lunes, otros diciembres lejos de aquella ciudad en la que
todo lo que sucedía ya había sucedido antes,
en la que el cielo del amanecer siempre estaba sucio.

viernes, julio 10

Te recuerdo temblar

Si abro las manos, nada lo detiene.
Se eleva hasta confundirse con el cielo.
Avanza. Por momentos me recuerda
a la catedral de tu cuerpo
o a la temperatura del acero
que aún no ha penetrado en la carne.

Esta obsesión,
este miedo a los espejos
no se detiene con los años.

Te recuerdo temblar. Te recuerdo,
asustada, decirme lo siento.
Fueron los años del deslumbramiento.
Después te hiciste fuerte.
Aprendiste a silenciarnos.

Con el simple gesto de extender
los brazos y las manos hacia delante.
Cerrabas los ojos.
Los pies firmes plantados en el suelo.
Y sonreías frente al mar en calma.

La ciudad, sin saber por qué,
se detenía.
Y yo te amaba.

domingo, julio 5

Objetivos específicos


Los objetivos específicos serían
colocar las manos frías extendidas
bajo el jersey,
sentir una corriente de dolor
que apenas dura unos segundos,
permanecer en silencio,
agradecer que ningún coche cruce
la calle en ese instante,
pensar en ti,
perder el miedo,
reconocerlo.

viernes, junio 26

Y el jamón ibérico


Leer en la cama.
Jugar al fútbol.
Hacer el amor contigo y dormir
la siesta después. O al revés.

Ir en bicicleta al trabajo.
Enseñarle cada tarde
una palabra nueva.

Nadar en el mar.

Y el jamón ibérico.

viernes, junio 19

Tú y yo cuando fuimos descanso, anochecer y tierra


A pesar de las nubes que reciben el alba,
del jardinero que riega el asfalto,
de la respiración del mar cuando
se baten las olas, constantemente,
desde mucho antes de que tú y yo
fuéramos, o nuestros padres,
o los padres de nuestros padres.

Tú y yo cuando fuimos descanso, anochecer y tierra.

Y volver,
como vuelvo a Lobo Antunes,
a la plaza del parque,
al café donde desayunamos
después de casarnos, tú y yo
cuando fuimos madera y jipis,
un viaje en moto hasta los acantilados,
aquel abril que nos partió la vida,

tú y yo cuando la reconstruimos. 


días

cuadernos