que seáis brutalmente felices
y os sentéis a ver cientos de atardeceres.
domingo, diciembre 30
jueves, diciembre 20
Irreparable
Por si estaba deseando que la escribiera, la escribo,
tan pronto de mañana, para que usted me lea
tan pronto de mañana, para que usted me lea
y sepa de mi propia mano cuánto la deseo,
cuántas noches sueño con volver a convertirme
en el que soy cuando usted me toca, me pone,
me cabrea, me hace feliz, me jode, me tortura,
me flipa, me eriza la piel, me desespera, me calma,
me deslumbra, me hace reír a carcajadas, me ahoga,
me tumba, me araña, me convierte en un desgraciado,
me escribe, me hace llorar (a veces sin lágrimas),
me hace sentir (pensar), me vuelve pequeño, me llena
de dudas, me sostiene, me toca, me coloca
en hinojos, me devora, me conmueve, me pasa por encima,
me dibuja, me obliga a saltar, me desviste, me deshoja,
me desnuda, me hunde, me hace creer, me inquieta,
cuántas noches sueño con volver a convertirme
en el que soy cuando usted me toca, me pone,
me cabrea, me hace feliz, me jode, me tortura,
me flipa, me eriza la piel, me desespera, me calma,
me deslumbra, me hace reír a carcajadas, me ahoga,
me tumba, me araña, me convierte en un desgraciado,
me escribe, me hace llorar (a veces sin lágrimas),
me hace sentir (pensar), me vuelve pequeño, me llena
de dudas, me sostiene, me toca, me coloca
en hinojos, me devora, me conmueve, me pasa por encima,
me dibuja, me obliga a saltar, me desviste, me deshoja,
me desnuda, me hunde, me hace creer, me inquieta,
me toca los cojones, me llena de certezas, me agiganta,
me quema, me huele, me bebe, me hace desaparecer,
me abandona, me grita, me agarra (fuerte), me hace temblar,
me pide dos minutos, me enseña el mar.
Y si usted me quisiera y yo la quisiera de ese modo
tan incondicional como si caminar por San Telmo
fuera el futuro y la nieve cayera sin hacer ruido y
me quema, me huele, me bebe, me hace desaparecer,
me abandona, me grita, me agarra (fuerte), me hace temblar,
me pide dos minutos, me enseña el mar.
Y si usted me quisiera y yo la quisiera de ese modo
tan incondicional como si caminar por San Telmo
fuera el futuro y la nieve cayera sin hacer ruido y
jamás fuera palabra y no quizás y no posible y no certeza
de lo que debiera unirnos en el abrazo aquella tarde
que parecía cualquiera, miércoles sin peso y sin importancia,
cuando usted me abrazó y el recepcionista del hotel, tan limpio,
tan perfumado, tan prudente, entrecerró los ojos y dijo basta,
de lo que debiera unirnos en el abrazo aquella tarde
que parecía cualquiera, miércoles sin peso y sin importancia,
cuando usted me abrazó y el recepcionista del hotel, tan limpio,
tan perfumado, tan prudente, entrecerró los ojos y dijo basta,
ustedes perdieron el derecho a sentirse leves, ustedes
no midieron de sus actos las consecuencias.
Y así quedará de mí esta torpeza de sinapsis aturdidas
por el levetiracetam cuando pienso en usted. En usted
y en todas las imágenes que su cuerpo me regalaba y que,
desde tan lejos, me observe y se dé cuenta de que yo haría
cualquier cosa por sostenerla entre mis brazos
no midieron de sus actos las consecuencias.
Y así quedará de mí esta torpeza de sinapsis aturdidas
por el levetiracetam cuando pienso en usted. En usted
y en todas las imágenes que su cuerpo me regalaba y que,
desde tan lejos, me observe y se dé cuenta de que yo haría
cualquier cosa por sostenerla entre mis brazos
y buscar sostener en el diccionario para encontrar el significado
preciso, la obsesión del significado preciso, como el de que sea
usted feliz, a toda costa, a cualquier precio, pese a quien pese.
Que el tiempo a su paso no se atreva, cagoendios, a rozarla.
Sostener: Sustentar(se): alimentarse (una persona o un animal) con algo.
Y pensar cómo será cuando usted deje de estar en mis manos
y la tarde discurra en los tres carriles de la avenida y no haya
mucho más que dejarse atropellar por algo inesperado que venga
a partirnos el alma, a hacernos añicos, a romper en pedazos
noviembre y nuestra vida. O que sea el tiempo detenido
por el murmullo de su voz o del Cantábrico, que se alimenten
de alegría sus mañanas, que nadie pretenda desviarla
del trazo marcado, del vuelo inasible, que camine con la barbilla
al frente y no necesite ser escuchada porque nadie podría
jamás entender el lenguaje que mana de sus labios que tiemblan
(ni falta que hace), que los cerezos no necesiten la flor ni el fruto,
que sean bellos, como lo es usted, sin necesidad de adornos
ni de mañanas, que vuelva a mí cuando se agote, que la ciudad
que habita en usted sea bendecida por la primavera de sus hombros
al aire y que el tajo quirúrgico, audaz y carmesí en sus caderas,
simétrico y firme, sea el trazo que somete el horizonte, el yugo
que contiene la huída y que vuelva usted a hacerme el amor
como se hizo por vez primera sobre la tierra.
preciso, la obsesión del significado preciso, como el de que sea
usted feliz, a toda costa, a cualquier precio, pese a quien pese.
Que el tiempo a su paso no se atreva, cagoendios, a rozarla.
Sostener: Sustentar(se): alimentarse (una persona o un animal) con algo.
Y pensar cómo será cuando usted deje de estar en mis manos
y la tarde discurra en los tres carriles de la avenida y no haya
mucho más que dejarse atropellar por algo inesperado que venga
a partirnos el alma, a hacernos añicos, a romper en pedazos
noviembre y nuestra vida. O que sea el tiempo detenido
por el murmullo de su voz o del Cantábrico, que se alimenten
de alegría sus mañanas, que nadie pretenda desviarla
del trazo marcado, del vuelo inasible, que camine con la barbilla
al frente y no necesite ser escuchada porque nadie podría
jamás entender el lenguaje que mana de sus labios que tiemblan
(ni falta que hace), que los cerezos no necesiten la flor ni el fruto,
que sean bellos, como lo es usted, sin necesidad de adornos
ni de mañanas, que vuelva a mí cuando se agote, que la ciudad
que habita en usted sea bendecida por la primavera de sus hombros
al aire y que el tajo quirúrgico, audaz y carmesí en sus caderas,
simétrico y firme, sea el trazo que somete el horizonte, el yugo
que contiene la huída y que vuelva usted a hacerme el amor
como se hizo por vez primera sobre la tierra.
Usted, cuando despertaba de la siesta y desencadenaba la tormenta,
cuando yo sentía que era capaz de someter la furia veloz
del tendido eléctrico para mantener suspendida en el viento
la ceniza del atardecer a su capricho, o hervía al fin el segundo
la ceniza del atardecer a su capricho, o hervía al fin el segundo
café de la tarde en el fuego de sus manos y yo soñaba
con estar muy lejos de estos días, aprendiendo a vivir sin el sonido
de su respiración, qué importa mañana cuando sería una playa
al amanecer en la que quizás pasearíamos en silencio
mientras los cormoranes se sumergen bajo el agua y después,
desnuda, el sabor salobre de su sexo no pesa, no se marchita,
no se convierte en tristeza o desembarco, amarre, lectura profunda
y queda de un poema de Pessoa o de Vitale en el balcón
donde busca la brisa fresca en las noches de verano,
con estar muy lejos de estos días, aprendiendo a vivir sin el sonido
de su respiración, qué importa mañana cuando sería una playa
al amanecer en la que quizás pasearíamos en silencio
mientras los cormoranes se sumergen bajo el agua y después,
desnuda, el sabor salobre de su sexo no pesa, no se marchita,
no se convierte en tristeza o desembarco, amarre, lectura profunda
y queda de un poema de Pessoa o de Vitale en el balcón
donde busca la brisa fresca en las noches de verano,
o abandonados usted y yo, porque sucede que no existe mañana
y puedo vivir de ese modo, tan leve, tan fácil, tan despreocupado,
como aquella madrugada, mientras follábamos sin movernos apenas
en la trasera de la gasolinera a las afueras y las luces de los coches,
o ráfagas de metralla, se empeñaban en iluminarnos por la espalda.
Días para compartirlo todo; también la ausencia, aún más la renuncia.
Porque donde usted se paró para que la ciudad girase a su alrededor
en un movimiento de rotación perfecto nadie la roza. Ni tan siquiera yo.
Ni el tiempo. Intacta habrá de permanecer por siempre. ¿Por qué?
¿Hacía dónde? Si el frío se apodera de la ciudad y yo gasto el tiempo
en cafés y aguardo con paciencia y afán que la música siga sonando
y puedo vivir de ese modo, tan leve, tan fácil, tan despreocupado,
como aquella madrugada, mientras follábamos sin movernos apenas
en la trasera de la gasolinera a las afueras y las luces de los coches,
o ráfagas de metralla, se empeñaban en iluminarnos por la espalda.
Días para compartirlo todo; también la ausencia, aún más la renuncia.
Porque donde usted se paró para que la ciudad girase a su alrededor
en un movimiento de rotación perfecto nadie la roza. Ni tan siquiera yo.
Ni el tiempo. Intacta habrá de permanecer por siempre. ¿Por qué?
¿Hacía dónde? Si el frío se apodera de la ciudad y yo gasto el tiempo
en cafés y aguardo con paciencia y afán que la música siga sonando
mientras usted y yo nos sumergimos y dejamos que el agua desdibuje
nuestros cuerpos, alegres y hermosos, imperfectos, y después de pasar
juntos la tarde o una vida, releo en voz alta, para que usted me escuche,
aquellos párrafos que cada quien hace suyos del modo en el que puede,
del modo en que debería. Llueve. Y nada es tan importante, nada
pesa tanto como quedarse dormido un segundo después
de imaginarla perdida, despeinada, sonriente, descalza y borracha
cuando se apagan las farolas, tendida boca arriba en el asfalto,
sin miedo, si yo la observo y decido bajar a hacer la compra
o a buscar un restaurante nuevo, y regreso después a casa,
sudando, y poso en el plato un disco de Iron and Wine, el grafito
gastado, los dedos crispados y usted sonriente en la otra punta
de la ciudad bebiendo vino con los amigos con los que se acostaría
y la chaqueta olvidada en el respaldo de la silla, la noche ya cubierta
que pinta los ventanales, último sábado de mes cuando llega el frío
y nadie es como usted, respira como usted, me llama a gritos
desde la cornisa, me señala con el dedo el horizonte. Mire, dice,
mire, apúrese si no quiere perdérselo, somos usted y yo,
nuestros cuerpos, alegres y hermosos, imperfectos, y después de pasar
juntos la tarde o una vida, releo en voz alta, para que usted me escuche,
aquellos párrafos que cada quien hace suyos del modo en el que puede,
del modo en que debería. Llueve. Y nada es tan importante, nada
pesa tanto como quedarse dormido un segundo después
de imaginarla perdida, despeinada, sonriente, descalza y borracha
cuando se apagan las farolas, tendida boca arriba en el asfalto,
sin miedo, si yo la observo y decido bajar a hacer la compra
o a buscar un restaurante nuevo, y regreso después a casa,
sudando, y poso en el plato un disco de Iron and Wine, el grafito
gastado, los dedos crispados y usted sonriente en la otra punta
de la ciudad bebiendo vino con los amigos con los que se acostaría
y la chaqueta olvidada en el respaldo de la silla, la noche ya cubierta
que pinta los ventanales, último sábado de mes cuando llega el frío
y nadie es como usted, respira como usted, me llama a gritos
desde la cornisa, me señala con el dedo el horizonte. Mire, dice,
mire, apúrese si no quiere perdérselo, somos usted y yo,
dice, o iguales que usted y yo. Qué más da lo que piense, ostias,
dígame qué cojones está sintiendo.
Y después usted pasea por la calle, un avión parte en dos el horizonte,
siempre líneas rectas perfectas, y el murmullo del fondo marino
al mecerse parece amenazar el tedio de los hombres y yo querría
que llegase usted a mis pies como llegan a veces las olas a la orilla
y planear un viaje a un lugar lejano, todos los espacios que ocupará
el miedo y serán mis ojos los que la miren a usted hasta posarse
en las riendas de un cuerpo que, bien sé, nadie podrá jamás gobernar,
ni por un segundo siquiera; sólo verla caminar bajo la lluvia
y saber, como al fin aprendí, que hay cientos de palabras
que no sirven para nada porque a usted no la nombran.
Leerás a los suicidas que inventaban lluvias, usted decía,
desnuda y satisfecha sobre mi cuerpo, cuando el reloj
dígame qué cojones está sintiendo.
Y después usted pasea por la calle, un avión parte en dos el horizonte,
siempre líneas rectas perfectas, y el murmullo del fondo marino
al mecerse parece amenazar el tedio de los hombres y yo querría
que llegase usted a mis pies como llegan a veces las olas a la orilla
y planear un viaje a un lugar lejano, todos los espacios que ocupará
el miedo y serán mis ojos los que la miren a usted hasta posarse
en las riendas de un cuerpo que, bien sé, nadie podrá jamás gobernar,
ni por un segundo siquiera; sólo verla caminar bajo la lluvia
y saber, como al fin aprendí, que hay cientos de palabras
que no sirven para nada porque a usted no la nombran.
Leerás a los suicidas que inventaban lluvias, usted decía,
desnuda y satisfecha sobre mi cuerpo, cuando el reloj
ya convertía la noche en el recuerdo de un crepúsculo sereno
y tibio como lo era el tacto de su aliento y el perfume de sus hombros
cuando me atormentaba. Es en esta forma de poseerla a usted,
tan ausente, donde reside la esencia de este amor irreparable,
incurable. Y cómo es temblar sentir que pueda existir entre usted y yo
un amor jodidamente irreparable.
Palabra por palabra usted elige cada viernes el lugar de mi cuerpo
donde abrir una herida y escribe sobre mi espalda la noche.
Y me basta que usted me odie, también un martes a las tantas
y tibio como lo era el tacto de su aliento y el perfume de sus hombros
cuando me atormentaba. Es en esta forma de poseerla a usted,
tan ausente, donde reside la esencia de este amor irreparable,
incurable. Y cómo es temblar sentir que pueda existir entre usted y yo
un amor jodidamente irreparable.
Palabra por palabra usted elige cada viernes el lugar de mi cuerpo
donde abrir una herida y escribe sobre mi espalda la noche.
Y me basta que usted me odie, también un martes a las tantas
de la madrugada. Que me odie con los puños cerrados, la boca
crispada, la rabia en las lágrimas que rebalsan sus ojos,
alcohol y artificio, que desee no mi muerte, peor, la presencia constante,
por días, semanas, dos o tres meses, de su ausencia. Mejor,
cualquier cosa mejor, más pequeña, soportable, reversible,
contenida de lo que sería sentir en el pecho la falsa sonrisa
de su indiferencia. Entonces usted marchará y llegará el invierno
y correré en busca de un lugar donde estar a salvo y esperaré
noticias suyas mientras releo párrafos subrayados que me explicaban
la vida y ahora no dicen nada.
crispada, la rabia en las lágrimas que rebalsan sus ojos,
alcohol y artificio, que desee no mi muerte, peor, la presencia constante,
por días, semanas, dos o tres meses, de su ausencia. Mejor,
cualquier cosa mejor, más pequeña, soportable, reversible,
contenida de lo que sería sentir en el pecho la falsa sonrisa
de su indiferencia. Entonces usted marchará y llegará el invierno
y correré en busca de un lugar donde estar a salvo y esperaré
noticias suyas mientras releo párrafos subrayados que me explicaban
la vida y ahora no dicen nada.
¿Y si usted fuera quien decide cuándo habrá de llover
o cuándo debe salir el sol?
No se marche, por favor, no se aleje, al menos déjeme
verla mientras se hace pequeña, ausente, mientras
duerme y respira despacio, las manos resueltas, los brazos
que cubren su cuerpo desnudo, la noche, la noche y usted
y alguna canción desconocida, la carretera bajo la lluvia,
aquella mañana que pudo haber sido la última. Usted y yo
frente a los acantilados. Qué cantidad del vacío que ocupamos
va a quedar para siempre en esa costa donde cerraba usted
los ojos y dejaba que yo la besara en el cuello, la abrazara
por el talle, la tumbara lentamente sobre el suelo.
Soplaba el viento que venía del mar y usted me miraba dentro,
me pedía cosas innombrables, me llamaba por un nombre que
me pedía cosas innombrables, me llamaba por un nombre que
no era el mío o utilizaba un lenguaje que yo no comprendía.
Hablaba de aviones mientras le quitaba la ropa y el mundo
parecía detenerse cuando usted se movía, se movía
y avanzábamos, un poco más lejos cada vez, un poco más alto,
más, más alto todavía, encuentro y pérdida. Y lo único que tenía
claro era que debía permanecer quieto; y en silencio leía
yo me equivoco cuando la quiero posar en la vida o en algo
que semeje la vida, leía la amo como amo el crepúsculo
o el reflejo de la luna, con el deseo de que el momento quede,
pero sin que sea mío salvo en la sensación de haberlo vivido.
Entonces usted dice mi nombre en voz baja y extiende los brazos,
que dicen ven, y sonríe y detiene los relojes y los ríos y un vencejo
planea sobre la superficie del agua que el viento eriza y se acerca a mí,
usted, como hizo otras veces, y las fábricas cesan su sonido
de dragones medio dormidos con las fauces humeantes y un niño
interrumpe su llanto, calmado por el olor de la madre,
Hablaba de aviones mientras le quitaba la ropa y el mundo
parecía detenerse cuando usted se movía, se movía
y avanzábamos, un poco más lejos cada vez, un poco más alto,
más, más alto todavía, encuentro y pérdida. Y lo único que tenía
claro era que debía permanecer quieto; y en silencio leía
yo me equivoco cuando la quiero posar en la vida o en algo
que semeje la vida, leía la amo como amo el crepúsculo
o el reflejo de la luna, con el deseo de que el momento quede,
pero sin que sea mío salvo en la sensación de haberlo vivido.
Entonces usted dice mi nombre en voz baja y extiende los brazos,
que dicen ven, y sonríe y detiene los relojes y los ríos y un vencejo
planea sobre la superficie del agua que el viento eriza y se acerca a mí,
usted, como hizo otras veces, y las fábricas cesan su sonido
de dragones medio dormidos con las fauces humeantes y un niño
interrumpe su llanto, calmado por el olor de la madre,
y yo dejo que el café se enfríe y las piezas que descomponen
la mañana encuentran el lugar exacto en el que posarse,
como estorninos en las grúas dibujando pentagramas.
Dividirse en cien hombres. Que cada una de ellos salga corriendo
a buscarla. Y prometer que, hasta que uno de ellos encuentre
sus pasos o el rastro de su olor, quizás no esté
la mañana encuentran el lugar exacto en el que posarse,
como estorninos en las grúas dibujando pentagramas.
Dividirse en cien hombres. Que cada una de ellos salga corriendo
a buscarla. Y prometer que, hasta que uno de ellos encuentre
sus pasos o el rastro de su olor, quizás no esté
de más dejar en paz a las palabras por un tiempo.
miércoles, diciembre 12
Era la vida, imbécil.
Te dije dame las armas para sobrevivir al invierno
si debo llegar a los lugares en los que nunca
hemos estado. Tal vez sólo necesites
una tarde de alegría, dibujar huellas en la nieve
o un poema arrogante y bravo.
Es la vida, también decías. Y acostumbrarse
al ruido apenas perceptible pero constante
de los días al quebrarse, las luces de las fábricas
que custodian la carretera guerreando
contra la mañana, tus brazos como raíces
cuando aprietan fuerte para no decir basta
o todas las noches en las que el insomnio
es un león indomable.
Después te miraré mientras duermes,
la luna en tus escápulas,
y entenderé la fortaleza que reside
en el interior de la madera,
capaz de admitir la lluvia durante años,
día tras día, antes de combarse.
jueves, diciembre 6
Migjorn
Naguisa, trazo
que dibujan las olas
del mar sobre la orilla.
Mirarse en el azogue
de los espejos.
Cocinar arroz
con verduras.
El silencio.
La lluvia.
El hastío.
El estrépito.
La sirena
de la ambulancia.
Sentir que todo
se desmorona. Que,
tarde o temprano,
me verás arder,
me verás arder,
me verás
arder.
viernes, noviembre 30
Manila
¿Cuál es tu oficio?
Artificiero.
Pero no hay tantas bombas
que desactivar. ¿Qué haces
el resto del tiempo?
Mirar fijamente al detonador.
viernes, noviembre 23
Quién va a regar el ramo cuando pare de llover
Sólo somos mar
y la certeza de los días
que no olvidaremos,
el latido de la ciudad
que nos habita,
la respiración agitada
de sentirnos vivos,
las coordenadas precisas del lugar
en el que nos enamoramos
por vez primera.
Sólo somos mar
porque nuestra piel
está recubierta de una
coraza de salitre
y cuando te beso
siento tan intenso ese sabor
que no puedo evitar
morirme de miedo.
Tú dices iré
pero no basta,
(es el océano quien domina
la tierra y no al revés).
El nordés barre la superficie del mar
hasta alcanzar la orilla.
Me habría desprendido de ti
antes de que la luz del sol
lamiera tus perfiles
si hubiera tenido huevos.
Y te habría dejado marchar
mientras escuchaba
una y otra vez
quién va a regar el ramo
cuando pare de llover.
Entonces nadaría por las mañanas
para intentar olvidarte
y pasaría las tardes
bebiendo cerveza
y echándote de menos.
Y miraría el mar para verte.
Y miraría el mar.
Sólo somos mar
y amanecer,
la primera página de una novela
de Lobo Antunes, ese momento
del día en el que nos mentimos
creyéndonos invencibles,
el corazón cansado de batir,
el grito de un suicida
en mitad de la noche,
un taxi libre al acecho
que recorre lentamente
las avenidas del centro,
los restos del naufragio.
Sólo somos mar
y algunos mapas,
la algarabía de la fiesta,
una película mientras llueve,
el nacimiento de un hijo,
un poema de Karmelo Iribarren
(cualquiera),
el significado preciso
de ciertas palabras.
domingo, noviembre 18
Nápoles
Te busco en los espacios
abiertos de la ciudad
donde el viento hace bailar
las hojas de los árboles caídas
sobre el asfalto. Yo no estaré
aquí siempre pero sí mañana,
por si decides venir a verme.
Si lo haces y te quedas un rato
a mi lado, sonriendo en silencio,
y mientes para protegerme y
prometes que todo va a salir bien,
yo te creeré, cerraré los ojos
y te creeré con todas mis fuerzas
y pronto saldremos de aquí
y me llevarás lejos,
donde nadie pueda alcanzarnos,
ni hacernos daño, ni buscar
en tus manos o en las mías
una sola brizna de paura.
domingo, noviembre 11
Que me cunda el pánico
Que me cunda el pánico y la tormenta
arrecie en la tarde que es leer y follar
y el pecho hecho jirones, la brecha
donde escondía las palabras y el viento,
la sangre manando a borbotones
y arcilla sus caderas en las que verter
lágrimas o petróleo, el vestidor donde
guardaba los disfraces de quien no era,
en su boca mi nombre cuando temblaba,
un acorde menor y todas las noches para
acariciar cicatrices, mío el tiempo que le sobra;
si éramos algo, usted y yo, si éramos algo
parecido al mar, a una sonrisa o viajar al sur.
domingo, noviembre 4
Odesa
Ahora que miro en silencio
como las gotas de lluvia
se estampan contra el cristal
de la ventana y que no tengo
prisa para nada porque
los ríos y las tardes
se han detenido para mí
un poco, cierro los ojos
y pienso en ti y quisiera
que supieras que
bajo las uñas
te llevo siempre.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
días
cuadernos
- 50 maneras de ser tu amante
- aprendiz de dios
- apuntes de un ajedrecista
- asedio ciudad o viento
- asombro de la memoria
- asombro de la tierra
- asombro de los días inolvidables
- asombro de los mapas
- breve muestrario de catedrales
- busco palabras de siete letras con las que nombrar tu boca
- carta de un soldado
- Cerrado por obras
- cobardes
- como se aman ciertas ciudades
- de hombres y nombres
- de la ausencia y de ti
- diario de irrealidades
- diario de puños y catedrales
- el invierno acecha como una manada de leonas
- el libro de los principios
- el ruido que la puerta de un coche hace al abrirse
- el viento me dirá tu nombre
- helicópteros
- historias de la guerra
- Hundir las manos en la tierra no es tener raíces.
- incendiarán el mundo
- interludio
- La indolencia y el peso
- la madrugada llora lágrimas de cocodrilo
- la muerte en diez pasos
- la vida simple
- Las maneras del silencio
- las moscas no saben volar en círculos
- lástima grande que no sea verdad tanta belleza
- Lecciones de afán
- Lo Que Esperaban de Nosotros
- los colores del invierno
- los ojos de la ciudad
- los pies suicidas o el cielo está lleno de prodigios
- Madrid y seis días
- manual de instrucciones para la correcta interpretación de asombros
- material para audaces
- me gustan las mujeres de mirada triste
- memorias del napalm
- mil palabras
- montando estanterías
- nocturno de furia
- Nombrarás a la bestia. Perderás el miedo.
- OBRA DIGITAL
- pasa-tiempo
- Preguntadle a ese tipo extraño de la calle Rosario
- qpqtceunv
- sábado de boda
- se me murió el verano entre las manos
- tal vez la vida sea esto
- Todo es desorden
- todo lo que ha ocurrido por fuera es ya ceniza
- todos los nombres de la lluvia
- tres suicidios
- un mal día
- un mar de piedra pómez
- una novela silenciosa
- verás llover en Mechnikovo
- viernes de boda
- Y cómo es temblar sentir que entre usted y yo pueda existir un amor jodidamente irreparable
- y soñaba con irme
- yo jamás te hubiera esperado en la entrada de los apartamentos dakota