lunes, octubre 7

Mierda de haiku

Necesito algo
que me haga temblar.
Volveré entonces.

lunes, septiembre 16

Los días sin beber

Ojalá pasara los días sin beber y 
tocándote.
Y no al revés. 

domingo, agosto 25

Óxido

Que te marchabas, dijiste.
Y los ruidos de la calle
invadieron las habitaciones
de la casa entera y las esquinas
se cubrieron de serrín
y de virutas de óxido. 

jueves, agosto 8

Incendio

Sentado en un banco del parque 
mientras A., de pie al lado de un columpio, 
le pregunta a un niño si puede jugar 
con él. Un hidroavión vuela por encima 
de nosotros en descenso hacia el mar 
para llenarse las tripas y apagar el incendio, 
algún incendio. Sentada junto a mí, 
una mujer vestida con ropa deportiva 
ajustada grita ¡chocolatina! y, de entre 
los arbustos, aparece un pequeño 
perro escuálido y marrón de ojos saltones 
y orejas puntiagudas. Caigo en la cuenta 
de que hace horas espero la respuesta 
al mensaje que, al fin después de días, 
me decidí a escribirte esta mañana. 
Para apagar el incendio. Algún incendio. 

domingo, mayo 12

El viaje (la vida) es trazar asíntotas




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A modo de prólogo, quisiera declarar mis conflictos de intereses: la organización de este congreso
me paga la inscripción al mismo, el viaje en avión de Asturias a Málaga y vuelta y una noche de
hotel en habitación individual. Igual habría que preguntarse qué modelo de congreso queremos,
qué manera de unirnos, de encontrarnos, si es necesario pagar tanta pasta por un tipo como yo; pero igual esa es otra historia. Y ahora no viene al caso. Vengo a contar algo que podríamos
contar cualquiera, porque a todos nos sucede. Si estoy aquí, es por amistad. Hay gente en mi
vida a la que nunca voy a decirle que no.

Hace semanas una amiga me preguntó: “pero ¿de qué vas a hablar en Málaga?”. Cuando le
contesté (entonces no lo tenía muy claro, ahora tampoco), se quedó pensativa unos segundos,
frunció el ceño y me dijo: “tú sabes que es un congreso de medicina ¿no?”. Y entonces pensé: ahí
está, joder, ahí está. Eso es. Porque una cosa es la medicina y otra muy diferente la medicina de
familia. Es la primera vez que estoy en un congreso nacional de medicina de familia, en una reunión
con médicas, enfermeros, trabajadores sociales, psicólogas, dentistas, farmacéuticos (estaría bien
que hubiera profesionales de otras áreas de la Atención Primaria, ¿no? Aunque únicamente fuera
para no dejar solo a Antonio) y sólo en un congreso de atención familiar y comunitaria tiene cabida
un tema como este. Venir a hablar de él me hace sentir un tipo afortunado (por esta y por otras
muchas razones, pero esa también es otra historia). Y hacerlo, además, en esta mesa, con dos de
las personas que más quiero y admiro en el mundo y con Alba, a quien todavía no, pero todo se
andará. Nos acabamos de conocer.

Enrique me pidió que hablase de introspección en el viaje de ida y vuelta del trabajo a casa. Lo
primero que pensé fue: joder, para una vez que me invitan a hablar en un congreso podía ser de
algo más fácil, ¿no? Qué sé yo, antibioterapia en infecciones respiratorias bajas o un mapeo de
activos, que ahora se lleva mucho. De todos modos, como soy disciplinado y obediente, busqué el
significado de la palabra introspección (porque no lo tenía muy claro): observación que una persona
hace de su propia conciencia o de sus estados de ánimo para reflexionar sobre ellos. Y me pareció
una palabra demasiado compleja. Decidí buscar una más sencilla, pero no debí hacerlo muy bien
porque me decanté por asíntota: Línea recta que, prolongada indefinidamente, se acerca de
continuo a otra, sin llegar nunca a cruzarse. O cosa que se desea y que se acerca de manera
constante, pero que nunca llega a cumplirse.

Ahora quisiera preguntaros: ¿cuántos de los que estáis aquí vais al trabajo caminando? ¿Cuántos
en bicicleta? ¿Cuántos en transporte público? ¿Cuántos en su propio coche? ¿Cuántos decís en
casa que vais al trabajo y os pasáis la mañana en el parque? ¿Cuántos viajáis solos? ¿Cuántos lo
hacéis acompañados?

Decía Bolaño que “para contar una buena historia no hace falta imaginación. Con la memoria basta”.
Apelo entonces a la memoria colectiva, la de todos los que estamos ahora en la sala y la de todos
los que en alguna ocasión hemos hablado o hemos escrito sobre estos temas para contar, durante
los próximos minutos, una buena historia que sea nuestra. Yo lo que quiero es hacer una road
movie. El viaje como vehículo de introspección. Salir de casa para entrar en el trabajo. Lentamente.
Y viceversa. El viaje (como la vida, diría yo) es ir cargado de deseos y regresar haciendo recuento
de realidades. Y las realidades se acercan a los deseos sin llegar a cruzarse nunca, o casi nunca.
Como una asíntota.

Tirando de memoria, entonces, como os decía que decía Bolaño, voy a contaros una anécdota que
podría explicar mi interés por este tema: siendo yo residente, una tarde estaba de guardia y, de
pronto, un vecino me avisó que había una fuga de agua en mi casa. Por la mañana había ido en bici
a trabajar y en ese momento estaba diluviando. Entonces Guille, uno de mis tutores y mi mejor
maestro (pero esa también es otra historia), me dijo: coge mi coche y acércate en un momento a
ver qué pasa. De aquella no vivía lejos del centro de salud. No me llevaría más de quince minutos ir
y volver. Abrí la puerta del coche, me senté frente al volante y de pronto me invadió una mezcla de
miedo y responsabilidad: estaba a punto de utilizar el coche en el que Guillermo García Velasco iba
y venía del trabajo todos los días. Me sentí un intruso. El coche estaba lleno de papeles
manuscritos, un poco desordenado (tengo que decirlo), pero no sucio, alguna fotografía, el maletín
de los domicilios, la botella de agua, el mapa de la zona básica de salud, la cartulina de “médico en
domicilio urgente”, los juguetes de los críos… Ese día, sin ser muy consciente, creo, entendí el
peso que podía tener el viaje al trabajo y la vuelta a casa, cómo el modo en que lo hacíamos podía
influir en nuestra manera de estar con los pacientes. Por ejemplo, el mayor disruptor de un día de
trabajo para mí, es decir, lo que con mayor seguridad (con una significación estadística brutal,
enorme) va a joderme el día, es quedarme dormido y tener que salir corriendo de casa sin poder
desayunar con calma.

Por cuestiones de accesibilidad la mayoría de las veces y por elección personal en ocasiones, casi
toda mi vida laboral se ha desarrollado en una ciudad o en un pueblo diferente al que vivía. Y eso me
ha hecho pensar: ¿Cuánto tiempo he invertido de mi vida en ir y venir del trabajo? En los últimos
dieciocho años he trabajado a diez minutos, lo más cerca, y a hora y media, lo más lejos de casa.
Como siempre se va, pero se vuelve, digamos veinte minutos y tres horas. Si hacemos un cálculo
(un tanto grosero, pero por meter algo de cuantitativa, que si no esta charla va a quedar
excesivamente cualitativa) he pasado 360.000 minutos, es decir 6.000 horas, es decir 250 días de
mi vida en tránsito. Estaréis de acuerdo conmigo que da para introspeccionarse mucho. Y también
da para pensar en el precio (que no soy capaz de cuantificar) que paga el médico fuera de su
ámbito de trabajo por formar parte de la comunidad (consultas en el supermercado, preguntas en el
patio del colegio, miradas de reproche en los bares si pides la tercera...); y el precio que paga el
médico dentro de su ámbito de trabajo por no formar parte de la comunidad (en la relación
profesional-paciente-contexto). Yo, casi siempre, he estado fuera de la comunidad. Y, creo
firmemente que, para un médico de familia, es una manera de perderse cosas, de estar incompleto.

El viaje de ida sirve para ir vistiéndome, los cincuenta minutos que tardo ahora en llegar al trabajo.
La vuelta, lo mismo pero al revés, para ir despojándome de los hábitos de médico,
desprendiéndome, poco a poco, de lo sucedido durante la jornada, con cada kilómetro que pasa,
cada acelerón, cada adelantamiento, cada horizonte, cada golpe de viento que, desde el mar,
azota en los viaductos y me obliga a agarrar con fuerza el volante. Y mantener así en suspenso
las muecas de dolor, el tacto de los cuerpos, los olores, las palabras de agradecimiento o de
reproche, las dudas en el diagnóstico, también en el tratamiento. Pero siempre queda algo que me acompaña durante todo el día, la mayor parte del tiempo posado, como el limo en el cauce del río, pero, en ocasiones, revuelto por la corriente que el viaje, con sus distracciones, música, paisajes, proyectos, anécdotas, recuerdos, había conseguido depositar en el fondo. Supongo que el viaje es una especie de transformación, de ir encontrándose y desencontrándose con uno mismo. No se puede diferenciar cuando soy médico y cuando soy otra cosa. No son compartimentos estancos. De ahí la capacidad transformadora del viaje, tanto para desplegar el mapa del día a la ida, como para recoger todos los momentos (extraordinarios o cotidianos) vividos, al volver. Pensad por un momento cómo os sentís durante ese tiempo, cómo sentís que transformáis el viaje (la vida),
cómo se forja, se modifica, las decisiones que tomáis en cada cruce y cómo, al mismo tiempo,
el viaje os transforma a vosotros.

La mayoría de los días despierto antes de que suene el despertador y escucho el silencio de la casa
en penumbra. Por las rendijas de la persiana rota de la habitación entra la luz blanca de las farolas.
Un coche circula por la calle. Hago entonces recuento de los sueños, hechos jirones, y vuelvo a lo
que estaba pensando anoche, justo antes de dormir. Voy tomando consciencia de mi cuerpo
entumecido. Escucho su respiración dormida. La beso en los labios, apenas la beso en los labios y
me levanto. Si lo hago demasiado rápido, siento el latido del corazón en las sienes y, durante unos
segundos, pierdo el equilibrio, secuela de algunas cicatrices. No me cuesta madrugar, nunca me ha
costado. Más alondra que búho, aunque siempre un poco despistado. Es bajo el agua de la ducha
donde suelen aparecer por vez primera los temas del trabajo, normalmente los pendientes del día o
de los próximas días, pero éstos me llevan después a los pasados: la forma de hablar con Alicia
para no preocuparla demasiado, la cirugía de la uña de Pedro, que me espera a primera hora de la
mañana, la bronca de ayer con la compañera del hospital o con el trabajador social, lo torpe que fui,
incapaz de presentarme, incapaz de mantener la calma, a pesar de haberlo anticipado. Apago el
agua y decido, como tantas veces hago, apartar esos pensamientos, dejarlos en suspenso. El
trabajo en el trabajo, repito como un salmo. Y mientras me seco y me visto, intuyo mi sombra
en el espejo empañado y observo la toalla de capucha con orejas y el vaso de agua vacío
donde deja el aparato cada mañana, el sujetador colgado en la percha de la puerta, el póster
de aquel concierto en Burdeos. Me fijo en la fecha. Han pasado cinco años. No puedo evitar
pensar dónde estaba trabajando entonces. En ninguna parte, recuerdo, estaba en el paro.
Y caigo en la cuenta de que, a menudo, demasiado a menudo, la vida gira en torno al trabajo:
el que tenemos, el que dejamos, el que perdimos, el que anhelamos.

Cebar la cafetera, con la casa en silencio, aún de madrugada, es el único momento del día, de
muchos de los días, en que soy capaz de no pensar en nada. (También me pasa cuando estoy en el
quirofanillo, haciendo cirugía menor). El ritual de llenar de agua el calentador hasta la válvula de
presión, abrir la lata del café, sentir el aroma que invade la cocina, contar en silencio las cucharadas
que colman el filtro, armar las piezas, encender el fuego y esperar que el calor y el tiempo (como
para tantas cosas en la vida) hagan brotar el misterio del vapor, el borboteo, el olor intenso que
inunda la mañana que comienza.

Y de camino al trabajo trazo la primera de esas líneas, que es la línea de los deseos, y en ella
pienso que la mañana de trabajo va a ser fructífera y tranquila, que voy a mostrarme empático y
asertivo, paciente, que se me va a quitar o me voy a olvidar de ese pequeño dolor de espalda que
me amenaza desde hace días, que va a entrar la luz del sol por la ventana, que, al fin, habrán
arreglado la calefacción en el consultorio periférico, que Alicia estará mejor de la bronquitis, después
de acordar con ella que no necesitaba tomar antibióticos, que mi hijo ganará el partido y aprobará el
examen o, al menos, comprenderá que ninguna de las dos cosas es tan importante, que echaré
mano en el momento adecuado del juicio clínico, que utilizaré el sentido común necesario, no el
suficiente, porque, a veces, tenemos que dejar a un lado el sentido común si lo que queremos es
encontrar nuevas respuestas a las viejas preguntas de siempre. Y reparo entonces en el ruido que
hacen las gotas de lluvia al estamparse contra el parabrisas, que me obliga a subir el volumen de la
música o, mejor, a apagarla y concentrarme en ese golpeteo constante que es velocidad y es pausa al mismo tiempo.

Y el viaje compartido a veces con la residente con la que comparto también el trabajo durante sus
meses de rotación rural y a quien tengo que agradecerle, entre otras muchas cosas, alguna de las
fotografías de esta presentación. Las conversaciones que mantenemos. Cuando hablamos de
canciones, de libros, de ciudades. Cuando planeamos esa revolución de la Atención Primaria
siempre pendiente en la que yo digo que tenemos que sacar la formación de los hospitales y llevarla
a cualquier parte y ella dice que debería ponerse en marcha la especialidad de Urgencias para que
en la Primaria sólo estén los que realmente quieren estar y yo digo que la Atención Primaria no
puede estar abierta sólo en horario de oficina y ella dice que los que lleven la voz cantante no
pueden ser siempre los médicos, y yo asiento porque los médicos tenemos el pequeño gran
problema de estar mirándonos el ombligo constantemente y ella dice que en la Atención Primaria
sigue faltando relación y va sobrando fascinación y tecnología y yo contesto que la Atención
Primaria tiene que tener contenido político porque, de lo contrario, sólo es una escopeta de feria, una
pistola de fogueo, discursos vacíos llenos de fuegos artificiales… y, de pronto, nos quedamos en
silencio y volvemos, por unos segundos, a bucear en nuestras propias introspecciones.

Transcurre la mañana. Y cuando termina, después de hacer la última consulta telefónica pendiente,
mientras recojo la consulta, cambio el papel de la camilla y tiro la toalla al cesto de la ropa sucia,
regresa el silencio (el mismo que sentía por la mañana en la cocina de casa, como para cerrar un
círculo) y me siento en la mesa o en la camilla de exploración. Imagino entonces que en las paredes quedan escritas algunas de las frases que dijeron las personas que vinieron a consultar. Como
Vicente, que dijo “yo sé que usted ha estudiado durante muchos años para llegar a ser médico,
pero hoy va a tener que mirarme el culo”; o Herminia, cuando le dije que tenía codo de tenista y
me respondió, entre seria y decepcionada: “me vas a perdonar, Jose, pero eso es imposible.
Estás equivocado. Yo no he jugado al tenis en mi vida”; o Celestino, cuando le pregunté
en qué había trabajado y me dijo “yo, menos montar en globo y que me den por detrás, he hecho
de todo en la vida”. “A mí lo que me sobra es espíritu, lo que me falta es fortaleza”, que
contestó Francisca al preguntarle por su ánimo. Después me levanto y miro por la ventana.
Los críos del colegio salen corriendo del comedor a jugar al patio y los gitanos recogen los
puestos de ropa del mercadillo. Al fondo, los días claros se puede ver el mar, los menos.
Los más, las nubes o la bruma convierten el horizonte en un brochazo gris y verde del que ya
formo parte después de tantos años. Y pienso en el viaje porque lo más importante siempre
sucede fuera de la consulta. Todo lo que veo desde la ventana. Muchas de las respuestas
para las preguntas que nos hacemos dentro de la consulta están fuera. El viaje como contexto.
Y de cómo ese contexto dota de significado al núcleo que sería el trabajo, igual que la carne
de la aceituna protege al hueso. Y de cómo la forma en la que nos sentimos hace que
nos enfrentemos a las cosas que nos suceden y nos ponen a prueba cada día, de igual manera
que leer el mismo libro en dos momentos vitales diferentes lo convierte en dos libros distintos,
a veces, incluso, contrapuestos.

O como de una manera tan magistral escribió John Berger: Los paisajes pueden ser engañosos. A
veces da la impresión de que no fueran el escenario en el que transcurre la vida de sus pobladores,
sino un telón detrás del cual tienen lugar sus afanes, sus logros y los accidentes que sufren.

Y, de vuelta a casa, trazo la segunda de esas líneas, la línea de las realidades, y me siento orgulloso
de la cirugía de la uña de Pedro, lo poco que le dolió, la forma de mirarme, el silencio de sus ojos
cuando dijo gracias. Disgustado también porque Matías, al final, se ha cambiado de cupo, harto de
no sentirse escuchado. Expectante porque han salido los listados y tendré que buscar un lugar en
otra parte. Y de pronto caigo en la cuenta de que hace días que no hablo con mi madre, semanas
con mi hermana. Entonces suena esa canción de Quique González que tantas veces he escuchado
y que, por unos segundos, me lleva a otra carretera, a otro mar, a otro país y freno para tomar la
siguiente salida y, al estirar la pierna, regresa el dolor sordo de la espalda que me acompaña desde
hace semanas y llego a casa y me dice que hoy, al fin, después de tanto tiempo, ha marcado un gol
y han ganado el partido; pero el examen no le ha salido muy bien. Yo le revuelvo el pelo y le digo que
no pasa nada. Y, mientras me lavo las manos frente al espejo del baño, hago recuento de las canas
de la barba y cierro la línea de vuelta, la de las realidades, y me doy por satisfecho porque hoy, más
que ayer, estuvo cerca de cruzarse con la de los deseos.

Aunque, en ocasiones, esa línea de las realidades se parte o se detiene en un segundo imprevisto,
se quiebra tras un estruendo de cristales rotos o se borra con un silencio sostenido y no sé muy
bien cómo ni hacia dónde va a continuar. Pero eso también forma parte del viaje, ¿no? Hay que
asumirlo. Y recordad que una de las primeras cosas que os dije al empezar esta historia es que soy
un tipo afortunado, tremendamente afortunado.

A modo de epílogo, me vais a disculpar porque he escrito esta penúltima diapositiva en el avión y no
me ha dado tiempo a memorizarla, así es que voy a leer: “O locos o cabrones. O locas o cabronas;
pero todas (todos) queriendo salvarle la vida a la gente. Para salvar también la nuestra de algún
modo, supongo. A veces caminando con paso firme, a veces tirados en la cuneta, a veces con la
cabeza agachada, las manos en los bolsillos, los hombros encogidos, a veces con los brazos
abiertos, contemplando el horizonte, dudando en los cruces, un poco perdidas, a oscuras, sin dejar
de avanzar, deslumbrados, descubriendo un atajo o eligiendo el camino más largo porque nos lleva
a ver el mar, sorprendidos por la casualidad, veloces, detenidas, sin prisa o demasiado acelerados,
presas del miedo, bravos, decididas, mirando pantallas, escuchando música, nerviosos, indolentes,
despreocupadas, escondiendo mentiras, buscando verdades, de camino al trabajo o de vuelta a
casa”.  

Para hacer este curro hasta sus últimas consecuencias, hay que estar pirado. Sólo un pirado puede
querer salvarle la vida a la gente sin darse cuenta de que es imposible. Los que aparentan creer lo
contrario son unos cabrones. (La enfermedad de Sachs, de Martin Winckler).


Málaga. Mayo de 2019.



sábado, abril 27

Niños

El silencio del amanecer
un segundo antes
de que la ciudad
se encienda.
La maleta siempre
a medio hacer.
El autobús escolar,
a esa hora en la que
engulle niños
aún dormidos
en las aceras.

Y el autobús escolar,
después,
a esa hora en la que
escupe niños
ya imparables
en las mismas aceras.

días

cuadernos