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lunes, 2 de febrero de 2026

Gritos y susurros, de Bergman

Gritos y susurros (1972) de Bergman es otra de sus deslumbrantes y memorables películas, un éxito comercial y de crítica. Con cinco nominaciones a los premios Óscar, entre ellos a la mejor película. El conocido productor y director Roger Corman la distribuyó en Estados Unidos. 

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Se trata de una obra maestra sobre la incomunicación (cada personaje está en su propia soledad), la incapacidad de amar (mujeres incapaces de amar o ser amadas, susurrando sus afectos reprimidos, su frialdad emocional, sus miedos), el sufrimiento (los gritos) y la muerte (también el sentido de la vida). Con una puesta en escena aparentemente teatral que está al servicio de sus intérpretes, de sus actrices, que son las protagonistas, porque a Bergman le entusiasmaba trabajar con mujeres, tal vez porque dan más juego fílmico, dramático, que los hombres. 

La propia Liv Ullmann, compañera sentimental del cineasta de Uppsala en tiempos y una actriz que se desnuda emocionalmente en cada actuación, llegó a decir que el gran director sueco, que sentía fascinación por las mujeres, comprendía mejor el mundo de éstas que de los hombres. No en vano, ha dedicado varias de sus películas, entre ellas Persona, Sonata de otoño o Gritos y susurros, a tratar de entender el mundo de las mujeres. 

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Decía que estamos ante una puesta en escena aparentemente teatral porque hay muchos y veloces movimientos de cámara panorámicos, además de zooms agresivos, eso sí, siempre al servicio del elenco actoral, además de los abundantes y habituales primeros o primerísimos planos iluminados por luz roja, logrando así una planificación visual singular (que también procura en el espectador un choque emocional) para contarnos esta historia de alto voltaje fílmico. 

Gritos y susurros, ambientada en una mansión antigua, narra la historia desgarradora de cuatro mujeres (podría hablarse incluso de cuatro historias), interpretada por tres hermanas, María, Karin y Agnes, y una sirvienta, Anna.  

María (Liv Ullmann, sobresaliente, como siempre, la cual también encarna a la madre de las tres hermanas); Karin (Ingrid Thulin, actriz soberbia, que hace recordar a Isabelle Huppert en La pianista, de Haneke https://cuenya.blogspot.com/2014/11/la-pianista-de-haneke.html, cuando se mutila los genitales con cristales rotos, con sus tendencias suicidas, inolvidable también en su papel en La caída de los dioses, de Visconti), Agnes (Harriet Andersson, conmovedora, magnífica asimismo en Un verano con Mónica de Bergman), que se retuerce de dolor debido a su enfermedad terminal (su agonía provoca angustia en el espectador), y la criada Anna (Kary Sylwan, que se ocupa de la casa y de Agnes, el único personaje noble y luminoso de esta historia, que siente de verdad amor por Agnes). 

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Salvo el inicio y el final de la película (además de una parte de un flashback en voz en off donde Agnes rememora con nostalgia a su madre), todos ellos rodados en exterior, Gritos y susurros está filmada en el interior de una casa burguesa, que fue decorada por el departamento de dirección artística, impregnando todo de color rojo, a saber, las paredes, las alfombras, las cortinas, las muebles... Un color, el carmesí, que nos hiere, que nos produce dolor, como el que siente Agnes (cuyo nombre significa casta o pura, en latín agnus es cordero) en sus últimos momentos de la vida, en su agonía. Asimismo, sorprenden esos fundidos a rojo a lo largo de la película, un color que ya nos invade desde la secuencia donde se nos muestran los títulos de crédito sobre un fondo rojizo, con unos inquietantes sonidos, que hacen recordar campanadas de muerte. 

"Todas mis películas se pueden pensar en blanco y negro, excepto Gritos y susurros... Cuatro mujeres vestidas de blanco en una habitación roja… El color rojo es el color del alma humana".

Para Bergman el rojo, omnipresente en la película y símbolo de lo pasional, era el color del alma humana, pero también de la carne, la sangre, el cuerpo humano, que se contrapone a los vestidos blancos, como símbolo de pureza, de virginidad, incluso de represión sexual, de las mujeres. Podría decirse que el color rojo acrecienta la angustia de esta película perturbadora. 

Aparte de los colores rojo y blanco (al final el color negro como luto por la hermana fallecida), la película se inicia con unas bellas y neblinosas imágenes otoñales de un bosque que rodea la mansión, donde se desarrolla la acción, acompañadas de sonidos de la naturaleza. El otoño como estación donde cae la hoja y por tanto puede ocasionar  muerte. 

La fotografía de la película le corresponde al habitual colaborador de Bergman, Nykvist, que recibió un Óscar por esta obra (también por Fanny y Alexander https://cuenya.blogspot.com/2023/03/fanny-y-alexander-de-bergman.html). 

El final de la película nos devuelve al exterior, al bosque, que en este caso resulta luminoso, dejándonos un buen sabor de boca porque, a través de una voz en off, escuchamos (y vemos) a Agnes en plenitud rodeada de sus hermanas y su sirvienta. En realidad, es Anna quien está leyendo el diario que ha escrito Agnes.  

"Miércoles 3 de septiembre. El aire es frío a medida que se acerca el otoño. Pero el tiempo es suave y agradable. Mis hermanas, Karin y María, han venido a verme. Es muy bonito estar junas otra vez, como en los viejos tiempos. Me siento mucho mejor... Mi dolor desapareció. La gente que más quiero estaba conmigo. Las oía hablar. Sentía la presencia de su cuerpo, la calidez de sus manos, quería que no acabase, y pensé... que esto es la felicidad. No podría desear nada mejor. Durante unos minutos pude sentir la plenitud, y estoy muy agradecida a mi vida, que me da tanto" (Agnes/Harriet Andersson).

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Después de ver las primeras imágenes de la película funde a rojo y nos introduce en el interior de la morada para ofrecernos planos detalle de numerosos relojes, el tic tac, el sonido de estos relojes como banda sonora. El inexorable paso del tiempo. 

A continuación se nos muestra un plano donde vemos durmiendo a María en un butacón, y luego un primer plano del rostro triste, de dolor, de Agnes. Nos sobrecoge su dolor. Este drama brutal nos produce dolor como espectadores. Agnes se levanta de la cama, deambula por la habitación, acaso como una zombi(e) (parece que estuviéramos ante un film de terror), y arroja un vistazo al exterior nevado desde la ventana de su cuarto. 

"Es lunes por la mañana y sufro mucho. Mis hermanas y Anna hacen turnos para cuidarme", escribe Agnes en un diario. Agnes se acuesta (impresionante trabajo el que hace Harriet Andersson) y vemos aparecer en escena a la sirvienta Anna, que le trae el desayuno a María. También aparece Karin, todas ellas vestidas de blanco sobre el el fondo rojo. Señoras de blanco sobre fondo rojo. 

Tanto Karin como María no sienten cariño entre ellas ni por su hermana Agnes, tampoco son felices con sus esposos. María le es infiel a su marido (al que vemos intentando suicidarse) con el doctor que atiende a Agnes (interpretado por el actor fetiche de Bergman, Josephson, protagonista, junto a Liv Ullmann, de Secretos de un matrimonio https://cuenya.blogspot.com/2026/01/secretos-de-un-matrimonio-de-bergman.html). 

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"Tu mirada era abierta, directa, sin disfraces... Antes solo eras tierna... Bajo tus ojos arrugas profundas... de aburrimiento", le recuerda el doctor de un modo esclarecedor a María, la cual le replica con lo siguiente: "Nos parecemos mucho, tú y yo". 

"¿Te refieres al egoísmo? ¿A la frialdad? ¿A la indiferencia?", le pregunta el doctor mientras se miran en un espejo. 

"Tus teorías me han aburrido casi siempre", sentencia María. 

Ante la indiferencia y frialdad de María, su marido desea poner fin a su vida. Funde a rojo. 

Anna trata de consolar a Agnes, que yace moribunda en su lecho. La besa, la abraza, la mima, incluso le ofrece sus pechos para que se recueste en los mismos. La escena desprende cierto erotismo incluso en una situación terrible. Funde a rojo. 

Agnes agoniza, resulta realmente turbadora, con su respiración jadeante, con su sufrimiento insoportable. Ni siquiera puede vomitar. Anna la acompaña en su fallecimiento.  

Hacia el final de Gritos y susurros asistimos a una parte de realismo mágico/onírico escalofriante, donde la muerta Agnes le habla a Anna. "¿Tienes miedo de mí ahora?... Estoy muerta. Pero no puedo dormir. No os puedo dejar. Estoy muy cansada. ¿Puede ayudarme alguien?". 

"Sólo es un sueño, Agnes", le contesta Anna. 

"No, no es un sueño. Puede ser un sueño para vosotros pero no para mí. Quiero que venga Karin", aclara la muerta. "¿Puedes calentarme las manos? Todo está vacío a mi alrededor", le pide la muerta a su hermana Karin. 

"Estoy viva y no quiero tener nada que ver con tu muerte. Quizá si te quisiera pero no te quiero. Lo que me pides es repulsivo", le responde Karin contundente, con los ojos incendiados de ira, desorbitados, filmada en un primerísimo plano. 

"Quiero que venga María", le pide la muerta a Anna. 

Entonces, María se dirige hacia la habitación de Agnes, la cual la previene de que no tenga miedo. "Puedes tocarme... Puedes calentarme las manos...", le pide Agnes, postrada en su cama, a María. Por su parte, María le expresa que no la dejará, que siente pena por ella. "¿Recuerdas cuando éramos pequeñas y jugábamos...? Entonces, teníamos mucho miedo", le cuenta María a Agnes. 

"No oigo lo que dices. Tendrás que acercarte. Más cerca. Coge mis manos", habla la muerta, que acaricia el rostro de María e intenta besarla en los labios, lo que provoca que María se espante y comience a gritar desesperada, como si de repente estuviéramos viendo una película de terror. 

"Agnes, me quedaré contigo", le dice Anna a la muerta. "No tengan miedo, la cuidaré", les dice Anna a las hermanas. 

"Tengo que pensar en mi hija, en mi marido", argumenta María. 

"Es asqueroso... se está descomponiendo...", precisa Karin. 

Vemos cómo Anna semidesnuda se abraza a la muerta de un modo que la composición del plano recuerda a La Piedad de Miguel Ángel, con la música de J. S. Bach. Funde a rojo. 

"Ha sido un funeral soportable, sin lloros ni histerismos", señala a continuación el marido de Karin de un modo cínico, mientras toma algo. 

Tras el fallecimiento de Agnes, también resulta imposible la religación de las hermanas Karin y María. Aunque existe cierto acercamiento de ambas a lo largo de la película, queda patente la incapacidad de quererse como hermanas. 

La imposibilidad de amar, el dolor y la muerte nos sacuden las entrañas. Gritos y susurros se clava como un arponazo en nuestro corazón, en nuestra alma. 


viernes, 30 de enero de 2026

Secretos de un matrimonio, de Bergman

 Secretos de un matrimonio o Escenas de la vida conyugal (1973) es una película del genio sueco Ingmar Bergman (por cuya obra siento devoción https://cuenya.blogspot.com/2023/03/fanny-y-alexander-de-bergman.html), rodada en la isla sueca de Farö, donde vivió y falleció este colosal director de cine, con fotografía de Nykvist (ganador de un Óscar por Gritos y susurros y otro por Fanny y Alexander, ambas dirigidas por Bergman, y colaborador asimismo de Polanski, Kaufman, Tarkovski o Woody Allen).

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Secretos de un matrimonio fue inicialmente concebida como miniserie de seis capítulos para la televisión sueca, que he podido ver recientemente en Filmin.

Recuerdo haberla visto como película hace años y su visionado me dejó trastocado. Y ahora me ha vuelto a volar la cabeza, porque, como ya sabía, Bergman es buen conocedor de la psique humana, un maestro de la psicología, un director capaz de ahondar en la condición humana para mostrarnos nuestras debilidades, nuestras contradicciones, nuestro analfabetismo emocional, como se llega a decir por parte del protagonista en esta brutal miniserie. Sí, los seres humanos somos, antes que racionales, seres sociales y emocionales, dimensiones que a menudo descuidamos. Infravaloradas incluso por las instituciones educativas. De poco nos sirve recordar todo con una memoria prodigiosa y detallada, como ocurre en el cuento Funes el memorioso, de Borges, si nos somos capaces de comunicarnos con eficacia y de empatizar con quienes nos rodean.  

Liv Ullmann (Marianne) y Erland Josephson (Johan) están extraordinarios, logran una interpretación natural, creíble, estremecedora.

Liv Ullmann, que fue esposa del propio Bergman y a la que vemos en varias películas suyas, entre otras muchas en Persona o Gritos y susurros, es una actriz portentosa, una de las mejores de la historia del cine, que nos hipnotiza con su mirada azul todopoderosa y esos primeros planos a los que nos tiene acostumbrados Bergman. En esta serie Marianne pasa por todas las fases del amor conyugal, desde la estabilidad a la independencia y el nuevo sentido de su vínculo amoroso, aparte de la rutina y la humillación.

Por su parte, Erland Josephson, al que recuerdo también en Fanny y Alexander (1982) como el tendero Isak y por supuesto en Saraband (2003) junto a la diva Ullmann, está magnífico.

Cabe recordar que la última película de Bergman, Saraband, que acabo de ver por primera vez, es como una continuación de Secretos de un matrimonio, pues se reencuentran, treinta años más tarde, Ullmann y Josephson como actores y como personajes.

Con esta miniserie de Secretos de un matrimonio -un retrato crudo y honesto de la vida matrimonial- Bergman no sólo pone en cuestionamiento el matrimonio, sino que lo pulveriza, lo hace saltar por los aires, el matrimonio no sólo mata el cariño sino también el amor. Ya sabemos que el matrimonio no funciona o al menos no resulta duradero.

Al inicio de este drama psicológico titulado Secretos de un matrimonio vemos a un matrimonio (Marianne-abogada y Johan-profesor de psicología) de clase acomodada, con sus dos hijas, que lleva una vida confortable, en apariencia feliz. Pero, a menudo que la serie transcurre, comienzan a surgir las desavenencias entre ambos, sus inseguridades, contradicciones, infidelidades, la complejidad de su relación amorosa, su enfermiza relación de codependencia, produciéndose una degradación, donde aflora el lado oscuro de cada uno de ellos, su insatisfacción, sus miedos y angustias, sus celos, sus miserias, sus vacíos, que Bergman filma en primerísimos planos, consiguiendo retratar el alma de sus personajes, cuyas palabras, cuyos diálogos resultan en verdad reveladores, sobrecogedores, en los que los dramaturgos Ibsen y Strindberg tienen un gran peso, pues Bergman los considera sus maestros.
Esta miniserie es un auténtico tratado psicológico, un espejo en el que nos reflejamos los seres humanos con nuestras máscaras, nuestra representación en el teatro de la vida, nuestro autoengaño en el escaparate de las convenciones sociales.
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La miniserie está estructurada en seis capítulos o episodios. Y cada episodio lleva un título. 
El primero se titula Inocencia y Pánico. Y nos muestra a nuestros protagonistas, con sus hijas, en un plano medio frontal. Son entrevistados por una periodista de una revista sensacionalista -lo que le da cierto aire documental a la escena-, quien desea saber cómo son los matrimoniados y cómo es su matrimonio. "¿Cómo os describís?", les pregunta la periodista. 
"Soy brillante, joven, triunfador y sexy... culto, leído, sociable... soy buen amigo, buen padre y buen hijo... soy un amante excepcional", se presenta Johan (42 años). Por su parte, Marianne (35 años) dice que está casada con Johan y tiene dos hijas, Karin y Eva. 
"Creo que Johan es muy agradable... Llevamos diez años casados... Estoy contenta con la vida que llevo", apunta Marianne, que se dedica al Derecho familiar, sobre todo a temas de divorcio. 
"Tiene una buena figura", interviene Johan para referirse a su mujer. "Venimos de ambientes insultantemente burgueses", aclara Johan, que es profesor asociado de un instituto de psicotecnia. 
La periodista les pregunta cómo se conocieron. 
"Los dos estábamos rotos y solos... No estábamos enamorados pero estábamos tristes", contesta reveladora Marianne. 
Se presentan como una pareja feliz: seguridad, orden, bienestar, fidelidad... "Tenemos nuestras discrepancias pero en general estamos de acuerdo... conscientes de que la vida que llevamos acarrea sus riesgos", expone Marianne. 
Johan se presenta como alguien que se preocupa solo de sí mismo, en cambio, ella se muestra humanitaria, empática. 
Johan, que se queda solo ante la entrevistadora en un momento determinado porque Marianne dice que se va a la cocina, le dice a la entrevistadora que antes se sentían seguros pero que ahora podría ocurrir algo malo. 
"Me hace falta sentido del humor para tomarme la vida como un chiste", le cuenta Johan a la entrevistadora, pidiéndole que eso no lo publique en la revista.  
Johan se ausenta y la periodista aprovecha para verse en el espejo y espiar el cuarto de los entrevistados, que aparece desordenado, acaso como reflejo del desorden en la vida de Johan y Marianne. 
Marianne regresa de la cocina y le dice a la entrevistadora que es feliz en su matrimonio. 
"¿Y qué es la felicidad?", pregunta la periodista. 
"La felicidad es estar satisfecha", contesta Marianne. 
"¿Y la fidelidad entre un hombre y una mujer?", continúa la periodista. 
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"No puedes prometer fidelidad. O eres fiel o no lo eres. Yo le soy fiel a Johan", señala Marianne, que apuesta por el humor, la amistad y la tolerancia, "si existe todo esto, el amor no es tan importante". 
A continuación asistimos como espectadores a una cena de nuestros protagonistas con sus amigos Katarina (Bibi Andersson, actriz fetiche de Bergman) y Peter (Jan Malmsjö, al que recordamos como despótico obispo en Fanny y Alexander) que nos hiela la sangre. 
Los invitados escenifican ante Johan y Marianne su cinismo, su crisis matrimonial, su odio, bajo los efectos del alcohol. 
Katarina y Peter se hieren, se lanzan los trastos a la cabeza delante de sus amigos anfitriones hasta deshumanizarse, degradarse. Algo espantoso: ponerse además en evidencia delante de los otros. Una escena violenta, de alto voltaje. Vemos cómo Peter se pregunta: “¿Existe algo más terrible que un hombre y una mujer que se odien?” (Strindberg). "Quizá el abuso de menores es peor", precisa Peter. 
"Me pareces absolutamente repugnante. Llegaría a pagar por un polvo para levantarte de mis genitales. Maldito cabrón", le dice Katarina a su marido Peter. 
Si en el fondo todos deseamos que nos quieran, amar y ser amados, como se dice en la película Moulin rouge. https://cuenya.blogspot.com/2025/12/moulin-rouge-de-baz-luhrmann.html
Da la impresión, no obstante, de que la escena de Katarina y Peter no fuera con Marianne y Johan, como si no quisieran aceptar la realidad, también su verdad, en vez de la farsa.
El aborto de Marianne acrecienta la crisis matrimonial. "Me arrepiento de hacer esto", le expresa Marianne a Johan. Luego la vemos llorar bajo el edredón o nórdico de la cama. 
El segundo episodioEl arte de esconder el polvo bajo los muebles, nos muestra el malestar de la pareja. Johan con su frustración por la mediocridad de su vida (una compañera de trabajo y amiga le dice con sinceridad que sus poemas son mediocres), su hastío existencial, su ironía y su escepticismo y Marianne con su aparente serenidad. 
Un personaje clave en este capítulo es una señora, ama de casa, la cual desea divorciarse de su marido porque no siente amor (nunca lo ha habido, según ella) y no quiere vivir una vida engañosa. Esta señora conmueve con su discurso a Marianne. "Prefiero la soledad a un matrimonio sin amor", le dice la señora Jacobi a Marianne. "Jamás he querido a mis hijos aunque haya sido una buena madre para ellos", apostilla la señora Jacobi.   
Johan arremete contra el feminismo. "Las mujeres se quedaron la mejor parte: el papel de mártires. Y ahora que lo interpretan tan bien no lo abandonarán. Han conseguido su objetivo: el sentimiento de culpa masculino", afirma Johan. "Lo que dices es conmovedor", le responde Marianne sin inmutarse. Una bomba de relojería. 
En el tercer episodio titulado PaulaJohan le confiesa con frialdad a Marianne su infidelidad y su relación con una jovencita precisamente llamada Paula (nunca vemos a la tal Paula), que le procura placer sexual. Marianne se muestra en choque emocional, humillada, triste y abandonada. 
En el cuarto capítuloUn valle de lágrimas, vemos a una Marianne satisfecha con su independencia, su amante y su profesión, la cual se reúne con un Johan decepcionado de su aventura amorosa y de su trayectoria profesional. Johan intenta acercarse a Marianne, pero ésta lo rechaza con frialdad. Marianne se da cuenta de que la educaron para vivir una vida fingida, para vivir lo que los demás esperaban de ella sin llegar a ser ella misma de un modo genuino, dependiente de los deseos de los otros, por supuesto de los deseos de su marido. 
El quinto capítulo, Los analfabetos, se desarrolla en el despacho de Johan, un espacio triste acorde con el estado de ánimo del protagonista, que además está resfriado. 
Marianne por su parte se muestra de buen humor, sonriente, sarcástica, satisfecha con su vida personal y profesional, mientras que Johan nos enseña su lado más vulnerable, el fracaso de su relación con Paula y la desilusión con su trabajo. Marianne lo invita a que revise los papeles del divorcio. Se toman una botella de coñac. Ella le cuenta que siente mala conciencia por el divorcio. Se acerca a él de un modo amoroso. Se desata la pasión entre ambos. 
"Sobre la moqueta, aquí y ahora... Ven, ponte encima... Habría que hacer el amor en el suelo más a menudo", le dice ella. Después de este momento de tensión sensual/sexual, Johan y Marianne vuelven a la gresca. "Las relaciones terminan, el amor llega a su fin", le dice él. "Tú y yo somos dos niños malcriados... hemos malgastado nuestros recursos", apunta ella. 
Somos analfabetos emocionales... hemos aprendido fórmulas matemáticas de memoria pero no nos han enseñado nada sobre nuestras almas. Somos totalmente ignorantes en lo que a sentimientos se refiere", le suelta Johan con clarividencia. 
"El trabajo de Estados Unidos se ha ido al garete", le confiesa Johan decepcionado. Marianne le confirma que ya no siente amor por él. "Es cruel que te lo diga ahora que pasas por mal momento", insiste ella con aires de venganza. "Sexo a cambio de paz. Si me portaba mal, te negabas... Peor que una puta", replica él. "Me hiciste sentir culpable, tú y tus padres... ¿Acaso es extraño que me vengara con el sexo?... Eres un parásito inútil... Afronto la realidad como es", se expresa ella. "Podemos tirar la culpa a la basura", responde él. La culpa judeocristiana haciendo estragos. 
"El error fue conocernos e irnos a vivir juntos", se despacha Johan al tiempo que reconoce que es un fracasado. 
Se masca la tensión dramática. Marianne se desespera. Johan le dice que la odia. Ambos se abren en canal. Se desnudan emocionalmente. Se quitan la máscara. 
"Siempre aconsejo a las mujeres en trámites de divorcio que no se queden a solas con los maridos agraviados. Nunca pensé que me pasaría a mí. Me da igual lo que hagas", le dice la abogada Marianne a su marido Johan. 
Se desata la ira, la violencia no es sólo verbal sino física. "Podría matarte... ¿Te encuentras bien?”, le pregunta Johan después de su trance de desequilibrio y agresividad. 
"Ha sido culpa mía", responde Marianne. Qué terrible. No puede ni debe culpabilizarse de una situación tan bestia de maltrato. Nada puede justificar una acción así, aunque el sujeto esté bajo los efectos del coñac, o los efectos de lo que sea. Johan se muestra arrepentido. Como en la vida real. Un arrepentimiento que no sabemos si es real o ficticio. 
En el sexto y último episodio, En medio de la noche, en una casa oscura en algún lugar, Marianne viaja a la casa de su madre, quien  le pregunta si asistirá al entierro de su padre. Entonces, ella responde que está ocupada con el trabajo. Su madre le habla de su matrimonio con su padre. Y que ahora no se siente más sola que cuando convivía con él, lo cual resulta esclarecedor. 
"¿Cómo era tu relación en la cama?", le pregunta Marianne a su madre. "A él le interesaba más que a mí, nunca lo rechacé, era mi deber estar a su disposición. estuvo con otras mujeres", responde la abnegada madre. "¿Y tú?", le pregunta Marianne. "Durante nuestro noviazgo, me enamoré de otro hombre... Eso fue todo", responde la madre. 
Marianne le reprocha a su madre que no se pusiera de su lado cuando se divorció de Johan. Vemos cómo la tristeza invade el rostro de la madre de Marianne. 
La compañera y amiga de Johan intenta seducirlo. Pero éste la rechaza. Entonces, lo insulta y lo tacha de mimado y caprichoso. Pero Johan parece no inmutarse. 
El resto del capítulo se centra en los encuentros furtivos, amorosos, de los dos protagonistas, Marianne y Johan, a espaldas de sus respectivas parejas. Transcurrido el tiempo Marianne y Johan parecen aceptarse como son ambos, aunque no les resulte nada fácil. Marianne le cuenta a Johan que ya no utiliza el sexo para vengarse. "Nos hemos descubierto", le dice Johan a Marianne. "Podrías racionar tal vez un poco tu fuerza infinita de mujer... Vamos a acostarnos", le pide Johan a Marianne. 
Marianne le cuenta a Johan una pesadilla que ha tenido. 
"Vivimos en una confusión total... todos... hablo del miedo, la inseguridad y la ignorancia", le dice Marianne a Johan. 
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Abrazados, Marianne se sincera con Johan y le dice que lamenta no haber amado nunca a nadie. "Tampoco creo que nadie me haya querido nunca. Eso me angustia". 
Johan le responde: "Yo te quiero a mi manera egoísta. Y tú me quieres a tu manera quisquillosa y turbulenta. Nos queremos de un modo profano e imperfecto... Aquí estoy, en plena noche, en una casa oscura en un rincón del mundo abrazándote". 

"Vamos a acurrucarnos", pronuncia Marianne. Y de este modo finaliza la serie Secretos de un matrimonio, que me ha hecho reflexionar acerca de la condición humana, de las relaciones humanas, del matrimonio, en el que, he de confesarlo, nunca he creído. 

sábado, 24 de enero de 2026

La última tentación de Cristo, de Scorsese


Scorsese es sin duda uno de los grandes directores de cine contemporáneos, con películas inolvidables como Toro salvaje, Taxi driver o Gangs of New York, entre otras muchas, aunque, la verdad sea dicha, tampoco he visto tantas cintas de este cineasta neoyorkino. 

ImageHoy me apetece hablar de La última tentación de Cristo, que en su época provocó un revuelo y fue censurada en varios países. Al parecer, en algunos países aún sigue prohibida, lo cual significa que Scorsese, con su visión de Cristo, metió el dedo en la llaga, nunca mejor dicho, en la llaga del ser humano, porque nada de lo humano, ni siquiera de lo animal, nos es ajeno. Y Scorsese (nominado al Óscar por esta película) nos muestra la parte humana de Cristo, un Cristo revolucionario, ya que Jesucristo también fue un ser humano, dicen que elegido por Dios (eso ya pertenece al mito, a la leyenda…). ¿Cómo podría haberse sentido Jesús ante la tentación de no cumplir con su destino de ser divino alejándose de este modo de las narraciones evangélicas? 

Sea como fuere, la película La última tentación de Cristo (1988) es una adaptación al cine de la controvertida novela homónima del escritor griego Nikos Kazantzakis, con guion de Paul Schrader (habitual en el cine de Scorsese), cuyo director pone en escena las últimas horas de Jesús de Nazaret en la gran pantalla, y lo hace con la influencia reconocida por el propio Scorsese de El evangelio según San Mateo (1964), de Pasolini (un grande de la cinematografía digamos literaria), donde vemos cómo el diablo tienta a Jesús (interpretado en este caso por el actor español Enrique Irazoqui). Pero Jesús se mantiene firme y seguro de sí mismo, aunque, transcurrido un tiempo, ya en Getsemaní, aparece atormentado y dudoso, algo habitual en el ser humano, sabedor de que para convertirse en Dios tiene que morir en la cruz. "La película de Pasolini me entusiasmó y estremeció a la vez, era en cierta forma lo que yo quería hacer. Jesús era interpretado por un joven estudiante español de derecho y el rodaje se hizo al sur de Italia. De hecho pretendíamos filmar La última tentación de Cristo ahí, cerca de las zonas elegidas por Pasolini... El uso que hace Pasolini de los rostros es maravilloso. A pesar del blanco y negro me recuerda al arte renacentista", dijo Scorsese.

Asimismo, La última tentación de Cristo de Scorsese me hace rememorar a Simón del desierto (1965), el singular mediometraje del genio Buñuel, con una Silvia Pinal diabólica cual si fuera una niñita inocente que tienta al ser humano, en este caso a Simón el estilita. 

Scorsese también reconoce haber estudiado durante años películas basadas en los evangelios como Rey de reyes (1961), de Nicholas Ray y La más grande historia jamás contada (1965), de George Stevens (el actor sueco Max von Sydow encarna a Jesús).

ImageEn La última tentación de Cristo, de Scorsese, se nos muestra Jesús (interpretado por el gran actor Willem Dafoe, conocido en películas como Platoon, El paciente inglés, Anticristo o Van Gogh en la puerta de la eternidaden edad adulta, con sus dudas y sus miedos. Lo vemos haciendo milagros sorprendentes, aunque él mismo se queda perplejo ante sus propios actos, también lo vemos liderando un movimiento insurrecto que nadie sabe en que consiste, sin embargo algunos lo siguen, se debate entre lo humano y lo divino, el eterno conflicto entre la carne y el espíritu, sufriendo hasta tres tentaciones, que afronta durante su retiro y ayuno en el desierto (el desierto como sensación de trance, de tiempo detenido, según Scorsese), a través por ejemplo de una serpiente con voz de María Magdalena (estupenda la actriz Barbara Hershey, conocida asimismo por su papel en Hannah y sus hermanas, de Woody Allen). Al final, mientras agoniza clavado en la cruz en medio del miedo y las dudas, la promesa de un Diablo con forma de niña inocente es la de librarse de la carga de ser el Mesías elegido por Dios y formar una familia. "Recurrimos a una niña, sabiendo que jamás superaríamos a la niña ángel de Pasolini con esa cara tan extraordinaria que parece salida de una obra de Botticelli", aclaró Scorsese. En ese tiempo ensoñado, alucinado por Jesús, él se ve con su familia, disfrutando de lo mundano. Y a punto de morir, Pablo (interpretado por Harry Dean Stanton, memorable su actuación en París, Texas, de Wenders, o Una historia verdadera, de Lynch) y Judas (Harvey Keitel, al que también vemos en Taxi driver, Holy smoke, Pulp fiction, El piano o La mirada de Ulises) le revelan el engaño, aunque en el último instante Jesús vuelve a la cruz para cumplir su misión divina. Completa el reparto de esta película el músico londinense David Bowie como Poncio Pilato o Pilatos. 

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Meknès. Foto: Cuenya

A través del montaje y una bella fotografía los espectadores nos adentramos en una realidad cruel, carnal, donde podemos sentir hasta el sudor, la sangre, los escupitajos, el polvo, la suciedad. Más allá de la historia que nos cuenta y cómo nos la cuenta Scorsese, con secuencias memorables como la lapidación, el bautismo, el retiro al desierto, la expulsión de los demonios, la resurrección de Lázaro, la entrada en Jerusalén sobre el burro, la última cena, la noche en el huerto de Getsemaní, el encuentro con Pilatos, el camino hacia la cruz, me entusiasma la banda sonora compuesta por Peter Gabriel (músico y productor británico, ex cantante de la banda de rock progresivo Genesis). Cabe recordar que Gabriel ya había compuesto la banda sonora de la película Birdy (1984), de Alan Parker. 

"Sus ritmos reflejan lo primitivo y su voz transmite lo sublime -expresó Scorsese acerca de Gabriel-, como si carne y espíritu se encontrasen".

Tras abandonar Genesis, el compositor Gabriel comenzó una exitosa carrera como solista y, a partir de su disco So (1986), se centró en la producción y promoción del Mundo de la Música, Arte y Danza (WOMAD), comenzó a experimentar con las músicas del mundo y los sonidos electrónicos. Para esta película, Gabriel pidió la colaboración a diversos músicos como el paquistaní Ali Khan, el turco Kudsi Ergüner, el egipcio Abdul Aziz con Of these, hope, los armenios Askarian y Housepian con The wind subsides https://soundcloud.com/sogol-riahi/antranik-askarian-the-windel indio L. Shankar, los senegaleses Baaba Maal y Youssou N'Dour con A different drum https://www.youtube.com/watch?v=dcDAzmIRNGM, y los marroquíes Nass el Ghiwane, entre otros. 

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Volubilis. Foto: Cuenya

La banda sonora, que fusiona música tradicional del Oriente Medio, africana y electrónica con texturas sonoras que evocan el desierto, la espiritualidad y el conflicto interno, sirve asimismo como complemento a la narración de la historia de Cristo, logrando una atmósfera espiritual y terrenal a través de los sonidos étnicos. También utiliza el silencio y sonidos crudos de clavos, pasos... para intensificar momentos dramáticos. The feeling begins, el tema principal, resulta hipnótico. https://www.youtube.com/watch?v=130NKW4iZSk  

Cuenta Scorsese que para la música se le ocurrieron varias ideas mientras escuchaba al grupo marroquí Nass el Ghiwane, que confiesa haber visto en un documental titulado Trances, dirigido por el cineasta marroquí Ahmed El Maanouni https://yandex.ru/video/preview/14401381994137238235. Como ya había escrito https://cuenya.blogspot.com/2011/10/essaouira-capital-de-la-musica-gnaoua.html, la música de Nass el Ghiwane (músicos originarios de Casablanca) hace levitar. Y Scorsese incluyó el tema Ya Sah en la banda sonora de su película. 

Nass el Ghiwan, la música del trance, de este modo tituló el escritor Juan Goytisolo el capítulo que le dedicó a este grupo marroquí en la serie Alquibla https://www.rtve.es/play/videos/alquibla/alquibla-nas-ghiwan-musica-del-trance/926403/ 

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Ait Ben Haddou. Foto: Cuenya

Aparte de la banda sonora, que es en sí misma un viaje místico, lírico, hipnótico, el cual se convirtió en un éxito titulado Passion (https://open.spotify.com/intl-es/album/3vFH2pqPVm7RVUcoiSBBFP consiguió una nominación al premio Globo de Oro como mejor música para una película y un Grammy como mejor álbum de New Age), me fascinan los paisajes marroquíes donde se rodó esta película. Aunque a menudo se cuenta que Scorsese filmó en el ksar de Ait Ben Haddou, que he visitado en varias ocasiones y recientemente https://cuenya.blogspot.com/2025/12/el-poniente-marroqui.html, lo cierto es que se rodó en algún  poblado, según Scorsese, que se conserva como hace 2000 años, también en Mequínez o Meknès y en las ruinas romanas de Volubilis (a unos veinte kilómetros al norte de Meknès y a cuatro de la ciudad santa de Mulay Idris. Se reconocen bien estas ruinas hacia el final de la película). https://cuenya.blogspot.com/2016/01/ano-2015-octubre.html

"En el rastreo de localizaciones surgió una población ignota próxima a Marrakech, Oumnass, que sirvió para recrear Nazaret y Magdala. La Jerusalén antigua se concibió inicialmente como set, pero se usó el mausoleo de Moulay Ismail en Mequinez para recrear el interior del templo, los baños de Pascua y el palacio de Poncio Pilatos. Los últimos 35 minutos de las escenas finales se filmaron en las montañas Atlas y en las cercanías de las ruinas romanas de Volubilis", señaló Scorsese. 

Me ha encantado volver a ver, a escuchar las imágenes de La última tentación de Cristo de Scorsese.