Publicado en la revista RAICES nº 145. Invierno 2025-2026
De niña vivía en Haifa, en la amplia casa de piedra de un anciano palestino que me trataba como su nieta. Nosotros ocupábamos apenas una habitación, los tres juntos, pero la calle y las faldas del monte Carmelo eran mi verdadero espacio. Allí pastaban las vacas de algunos palestinos amigos, y yo los veía como parte natural de mi mundo. Nunca pensé que fueran otra cosa. Eran mis vecinos. Quizás era una paz verdadera, o tal vez sólo el velo de mis ilusiones infantiles. No sabía nada de la Nakba ni del dolor que habitaba a mi alrededor: yo me sentía en casa, y ellos también.
La calle de mi infancia se llamaba Mountanabi; “nabi” evocaba sin duda al profeta Mahoma. Para llegar hasta allí había que subir una escalera larga y empinada desde la calle Abbas, cuyo nombre árabe significa “león” o “valiente”. Me pregunto si esos nombres aún sobreviven en la memoria de la ciudad.
He vuelto muchas veces, arrastrada por una atracción profunda hacia aquel lugar. Nunca era el mismo. Entonces era para mí un paraíso infantil: los niños encarnábamos el porvenir de un Estado recién nacido. Si los padres trabajaban de sol a sol, había voluntarios que nos cuidaban, organizaban juegos y excursiones que iluminaban una existencia, en realidad, algo triste. Sombría, porque los adultos estaban heridos: habían perdido padres, tierra, idioma; empezaban de nuevo en un país extraño, luchando con una lengua, el hebreo, que muchos no lograban asimilar.
Mi madre, una señorita de buena educación, formada en idiomas y piano, trabajaba en un hotel, en tareas de mantenimiento. Mi padre, comerciante en su país natal, se convirtió en obrero en una fábrica de acumuladores. Volvía con las manos ennegrecidas, y aquello me dolía. El esfuerzo de adaptación era inmenso. Ninguno de los dos creía demasiado en la empresa de “hacer país”; lo esencial era sobrevivir. Eran laicos, muy ajenos a la religión y a sus rituales. En las noches de Pascua yo cruzaba a casa de nuestros vecinos húngaros, ortodoxos. Allí me fascinaba su mesa extensa, su alegría sabia, mientras celebraban el Éxodo de Egipto: la salida de la esclavitud, o, en definitiva, la conquista de la Libertad.
La libertad era el núcleo de mi existencia infantil. La escuchaba en los relatos bíblicos de mis vecinos húngaros, la sentía en las canciones que cantábamos en las excursiones, la respiraba. Era una palabra grande, luminosa, que parecía prometer que todo —el dolor de mis padres, las ausencias, el esfuerzo— podía tener algún sentido.
Pero ahora, y desde hace tiempo ya, me pregunto: ¿libertad para quién? ¿Para todos? ¿O sólo para algunos?
Porque aunque el Estado naciente proclamaba ideales igualitarios, aunque hablaba de fraternidad, justicia y de una tierra para los sin tierra, yo sé —ahora lo sé— que también había injusticias, silencios y sufrimientos invisibles a mis ojos de niña.
Mi abuelo palestino que nos alojaba en su casa, los pastores que compartían la montaña conmigo, ya estaban viviendo las consecuencias de un desplazamiento forzado. La historia oficial no hablaba de ellos. Nadie mencionaba lo que se perdió para que otros pudieran empezar de nuevo. Yo no sabía que mientras mi familia trataba de salir de sus cenizas, otros perdían parte de sus vidas en silencio, sin derecho a duelo ni a palabra.
Mi infancia fue una isla luminosa rodeada por mares de dolor que no alcanzaba a comprender. Hoy, cuando vuelvo con la memoria a esa época, no puedo evitar sentir cierto desasosiego. Porque la libertad que yo creía absoluta, era en realidad parcial, o inexistente.
.
No he dicho toda la verdad; imposible hacerlo. Siempre se cuenta a medias, o incluso a cuartos, qui lo sa.
Mi profesión me obliga a guardar cierto silencio acerca de mi novela —o novelas— familiares.
Lo que sí puedo revelar es que pesaban, y mucho. Pero gracias a mi largo análisis he aprendido a sobrellevarlas y, finalmente, a soltarlas para recuperar cierta levedad.
Algunos de mis parientes más cercanos no murieron de muerte natural: fueron devorados por la violencia y por las huellas que esta dejó en las generaciones venideras.
Desde muy pequeña sentía una cercanía especial con el sufrimiento ajeno. Y la verdad es que estaba muy bien servida. Rodeada de almas en pena, me dedicaba a escuchar los relatos más cercanos. Me sentaba y decía «cuéntame», para oír atentamente lo que surgía. No sé qué hacía mi cabecita con esos relatos; supongo que han pesado lo suyo. Lo que sí les aseguro es que nunca fui melancólica. Mucho más tarde me dediqué al psicoanálisis: era una salida mejor. La recomiendo. Entre melancólica y psicoanalista hice mi elección.
Recuerdo relatos tristes de una mujer, Lea (en hebreo: “cansada, fatigada”), una vecina nuestra, en cuya casa me refugiaba. Ella apenas salía de casa; había perdido a su padre en un campo y nunca pudo superarlo. Este si era un duelo melancólico. Hablaba de su deseo de morir como un alivio, lo repetía a menudo. Yo le tocaba el brazo con cariño; no podía hacer mucho más. Años más tarde supe que se había suicidado. ¡Descanse en paz, querida Lea! Era una mujer bella e inteligente, aunque llevaba en el rostro el estigma del dolor, una extraña mueca. Nunca la vi sonreir.
Sí, una vez ocurrió; ahora que hago memoria. Yo solía jugar con los perros callejeros, abandonados y, en un día de calor sofocante, corrí a casa de Lea. Llegué pidiendo ayuda: mi cabeza ardía y me picaba mucho. Entonces la vi sonreír, casi riendo: «Tienes piojos», me dijo. Con mucho esmero se dedicó a limpiar aquella marabunta.
¿Cuántos piojos tenía yo en la cabeza? Solo Dios lo sabe… y no me refiero a los más tangibles. Entre otras cosas, ya llevaba dentro una vocación clara: algo así como salvar a la humanidad, o al menos a quienes tenía más cerca —una misión más razonable, aunque a la vista bastante imposible. Eran pensamientos mágicos de niños ilusos.
Durante mis largas vacaciones escolares me enviaban a un kibutz, aquel experimento de convivencia que aspiraba a materializar un nuevo ideal comunista. El mío se llamaba Yad Mordechai, en honor al héroe del levantamiento del gueto de Varsovia. Se alzaba no muy lejos de Gaza, en la aridez del desierto del Neguev, donde yo compartía la vida con los niños indígenas: salvajes en sus costumbres, pero con su corazoncito latente bajo la rudeza.
Las normas revolucionarias dictaban que los niños debían crecer separados de sus padres, organizados en una pequeña sociedad infantil. Era el intento ingenuo de atenuar la influencia familiar y, con ella, la neurosis inevitable de la condición humana. No tardaron demasiado en descubrir que aquel modelo engendraba otros malestares, y finalmente los padres —para bien o para mal— recuperaron su función.
Para mí, el kibutz fue siempre una moneda de dos caras: paraíso e infierno. Hija única y, en cierto modo, mimada, allí tuve que aprender a convivir sin privilegios. Y, sin embargo, lo que más agradezco hoy es haber perdido aquella condición de “única”: ahora me siento una más, y a menudo incluso una menos.
Los niños del kibutz me recibieron con la crueldad propia de las tribus cerradas frente a la extraña. Yo era una flor de invernadero arrojada al desierto. Me robaban las sandalias y el sombrero —casi una condena a muerte bajo el sol abrasador—. Con siete años no sabía nadar, y lo aprendí a la fuerza: me lanzaron al agua sin miramientos. No había opción, debía ser como ellos. La norma era férrea, aunque mi cuerpo buscaba refugio de tanto en tanto en la enfermería.
Y sin embargo, aquella niña “única” descubría de pronto un mundo de hermanos soñados, como los añoro. Una vez superadas las diferencias, me sentía en la gloria. Las noches eran mágicas: escapábamos de la residencia para urdir travesuras, y a veces fechorías. Fue allí donde conocí la libertad, o quizá la transgresión convertida en juego. Todo lo prohibido en mi casa era en el kibutz no solo posible, sino casi necesario.
También está la memoria luminosa de mi tía querida, veterana revolucionaria, entre los fundadores del kibutz. Soltera, sí, pero desbordante de amor hacia aquella sobrina “rara” que le llegaba cada verano. Su reino era la cocina, y desde allí me alimentaba con devoción: un pastel de patatas, unos macarrones, algún dulce escondido. Porque, como dice la leyenda, la madre judía teme sobre todo el vacío en la boca de su hija, y la persigue con la cuchara. Muchas anorexias nacieron de esa persecución. Así obraba el inconsciente, tratando de saciar un hambre que venía de muy atrás, casi ancestral.
En definitiva, aquel kibutz que me enseñó a nadar -y a no guardar siempre la ropa- fue para mí un laboratorio de utopías. De hecho todo el país era una utopía en vías de desarrollo. Allí se respiraba la fe de que un país distinto era posible, un país erigido sobre la igualdad y la justicia. Es verdad: en aquel entonces, todos éramos pobres, aunque no lo sabíamos, y compartíamos lo poco que había con naturalidad. De esa experiencia me quedó una herencia difícil: no simpatizo con los ricos. Me producen cierto rechazo esos seres que habitan la abundancia desde la indiferencia.
El destino de aquella utopía es evidente: Israel se ha convertido en un Estado marcado por el capitalismo salvaje, el consumismo sin límites y una política bélica desmedida. Muchos lo presentan como un país más, sin particularidades. No obstante, de un pueblo que legó las Tablas de la Ley y que sobrevivió a las cenizas del exterminio, se esperaba un camino diferente. La utopía inicial ha degenerado en distopía, y desearía equivocarme.
Por todo ello entiendo hoy, y sufro como vosotros, el funesto destino de los mutilados, las violadas, los torturados, los huérfanos, los padres que han perdido a sus hijos (para ellos ni siquiera hay un nombre), los muertos de hambre, o de pánico, los abandonados a su mala suerte, los dejados de la mano de Dios, y así seguidamente la historia inacabada. Maldita guerra: una maldición para quienes padecen desde hace años esas interminables torturas. Y sabemos que solo hay dos salidas: la muerte o la paz.
Un estado para cada uno, de convivencia humana y respetuosa; un lugar para cada uno que devenga mi vecino. Me parece el mejor invento del mundo, siempre que el mundo sepa y quiera apaciguar su locura mortífera. ¡No hay otra salida para la vida! Si la muerte gana la partida, lo habremos perdido todo, incluso si “ganamos” la guerra.
Nuestro reto esencial es inventar nuevas modalidades de vida digna, pacífica y duradera.
Sé que hay mil obstáculos para lograrlo. Pero el peor de ellos es la inexistencia del otro: considerar que el otro no tiene derecho a la existencia y que debe ser eliminado. Esa fue la esencia del Holocausto, y es lo que hoy se juega en ambos bandos con el mismo fanatismo feroz.
Todo ello exige una torsión titánica que modifique el destino de la pulsión de muerte y lo reconduzca hacia una posibilidad de vida, propia y ajena. Porque ambas vidas son indisociables.
Seguirá.