Tres artículos periodísticos

Como de costumbre, coloco aquí otros artículos publicados en la columna llamada De Buenas Letras, que el periódico Ideal cede a los miembros de la Academia de Buenas Letras de Granada. Espero que sean de vuestro agrado. Esta vez los títulos y temas son: Una Nobel desconocida aquí, Kafkiana y De cualquier tema puede sacarse buena literatura. Por cierto, estos artículos también se publican en la página web de la Academia https://academiadebuenasletrasdegranada.org/

Una Nobel desconocida aquí

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La escritora y premio Nobel de Literatura de 2024, Han Kang

¿Por qué seguimos creyendo que el premio Nobel premiará a las mejores plumas? Aparte de que estas no son siempre las más famosas. Lo peor que le puede pasar a un escritor candidato al Nobel es estar en las quinielas: según las últimas estadísticas, a ese autor no le otorgarán jamás el galardón de la Academia Sueca. Aclarado esto, debo señalar que al conocerse el nombre de la honrada este año, la surcoreana Han Kang, me sedujo la idea de leerla, aunque solo fuese por curiosidad. Su novela La vegetariana es buena. Tal vez no sea la mejor del mundo, pero es buena. Se ha dicho que tiene algo de kafkiano, y un aderezo de aquel Bartleby melvilliano que contestaba por sistema “preferiría no hacerlo”. De Kafka, sí, posee lo absurdo, eso aterrador propio de cualquier sociedad capaz de anular la voluntad y apropiarse del destino de sus individuos. De Bartleby tiene algo al principio; luego es crueldad en estado puro. Mujer que, un día, decide no comer más carne.

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Portada de la traducción española de La vegetariana

Hasta aquí, normal, pero la sociedad coreana, tan productiva, necesita gentes enérgicas, fuertes, con gran capacidad de trabajo, atiborradas de proteínas, y tal es el origen de la tragedia de Yeonghye, la protagonista. Nadie la comprende, como a Bartleby, solo que este es tomado por loco inofensivo y se le deja hacer, mientras a esta mujer no se le permite: primero todos se extrañan, después empieza la represión. Y esta procede del padre, hombre violento que siempre la maltrató. Hay una escena tremenda en la cual el progenitor, en una comida familiar, agarra un trozo de carne y se lo mete en la boca a la fuerza, propinándole un bofetón bestial que la derriba. Ahí da comienzo la locura, pues progresivamente Yeonghye va negándose a todo alimento y es ingresada en un psiquiátrico donde, empeñados en conservarle la vida, la empeoran. Todo muy absurdo, porque si el caso se hubiese tratado desde el principio con comprensión, no habría conflicto, pero la sociedad debe imponerse. Se divide la obra en tres partes, que aparecen como novelas cortas independientes, mas no lo son. La primera se desarrolla desde el punto de vista del marido, que la escogió por poca cosa y ¡sumisa! La segunda lo es desde el cuñado, artista que padece un arrebato erótico hacia ella sublimado hacia el arte plástico y el video experimental. En la tercera es la hermana, única persona que, sin rebajar la exigencia de vuelta al redil, se compadece de Yeonghye. Bella y eficaz estructura en tríptico que enriquece la narración.

Kafkiana

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Franz Kafka

Como es sabido, este año pasado se cumplió el centenario del fallecimiento del escritor checo en alemán, Franz Kafka. Está muerto, sí, pero sigue vivo porque los problemas humanos que refleja en ellos están ahí, coleando, presentes en nuestra vida.

Tengo un amigo profesor de Secundaria. Ha tenido este curso alumnos mayores de edad, personas con ganas de sacarse un “graduado”, es decir, un titulo de Secundaria Obligatoria que, en su momento, por la causa que fuera, no lograron. Imagino que entre ellos habrá veinteañeros, y acaso también cuarentones. Me contaba mi amigo que algunos acudieron el primer mes, o quizá ni eso, y luego desaparecieron. Simplemente, encontraron trabajo y este les impidió acudir a clases, aun siendo estas de tarde. Las Autoridades Educativas le exigen, este final de curso, informe, no solo de las causas del abandono, cosa lógica y escueta, sino detalle de las acciones emprendidas por él para impedir el absentismo y materiales para aliviarlo. Creo que el asunto ha ido más o menos por ahí.

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Burocracia, esa maldición: si moderada, conviene, si exagerada, paraliza.

En mi mente calenturienta de narrador conjeturo entrevistas con los respectivos empresarios: “Hombre, por Dios, permita usted a fulanito dejar su trabajo por dos o tres horas para que vaya al colegio”. Exagero, claro, pero la literatura es exageración. O bien, “Páguele igualmente esas horas que pierde, piense que es por el bien de usted, no querrá tener a un analfabeto como empleado”. Sabido es que todo ese tipo de informes, expedientes, protocolos, son requeridos por las antedichas Autoridades para responder ante los responsables de los alumnos (padres, tutores legales) en caso de reclamación. Si hurgo en mi mente delirante, elucubro sobre un posible tatarabuelo del cuarentón reclamando responsabilidades por el absentismo de su tataranieto a profesores, Directores de Instituto, Inspectores, Delegados de Educación, y en última instancia Consejeros o Ministros: “a saber con qué clase de pelanduscas habrá andado saltándose las clases”. ¿Tatarabuelo?, dirán ustedes, ¿de un cuarentón?, pues sí, verán, cualquiera sabe que ante las Autoridades Educativas se presentan ectoplasmas, zombis, la Santa Compaña. Kafka denunció, aunque su intención era literaria y nosotros le atribuimos la denuncia, la burocracia como origen de toda la degeneración de instituciones que bien podrían funcionar soslayándola. La Unión Soviética cayó, entre otros males, por ella. Nos estamos cargando la Enseñanza: no es imprescindible dar clase, lo imprescindible es rellenar papeles. Kafkianamente, absurdamente, ¿por miedo? Cada cual asuma su responsabilidad. Y no sirve la llamada “obediencia debida”.

De cualquier tema puede sacarse buena literatura

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Alessandro Baricco

¿Han leído ustedes a Marcial Lafuente Estefanía? Entretuvo a varias generaciones de españoles con sus novelitas del Oeste norteamericano. Era entretenimiento puro, sin pedirle más. Muchos lo leían en el metro o en los autobuses de las grandes ciudades industriales españolas. El equivalente a las novelas rosa de Corín Tellado. No había profundidad alguna en ellas: lugares comunes, intriga suficiente para enganchar, lenguaje reducido, simple.

Pues bien, con ambos temas también puede hacerse alta literatura. ¿Qué es alta literatura?: aquella cuyo lenguaje es rico, cuidado, cuya estructura es esmerada, exquisita en imágenes y situaciones sorprendentes. Y sobre todo, aquella que, apoyándose en la tradición, renueva.

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Portada de la edición española de Abel, de Alessandro Baricco.

Acabo de leer una novela del Oeste, sí señores, pero ¡qué novela! Demostrativa de esa tesis que encabeza este artículo. Se trata de Abel, de Alessandro Baricco. Este autor ya lo hizo en Seda, una obra corta y contundente, si bien aquí el tema no se arriesgaba a ser manido como en este nuevo texto. Pero lo manido puede airearse y convertirse en fresco. Abel Crow, el protagonista, es un pistolero. A raíz de este asunto que ya trataron Ford, Hawks, Hathaway, Walsh, Leone o Eastwood, creadores de una épica americana, Baricco extrae una aventura espiritual, aspecto negado por el narrador y protagonista, que se define simple, pistolero-sheriff legendario en tierras sin apenas ley, que cita a Platón y a Anaxímenes, con un ayudante que se sabe de memoria a Voltaire. Mezclado con expresiones groseras más próximas a la realidad del personaje y de quienes lo rodean. Varias historias lo involucran y se entrecruzan sin un orden cronológico que habría sometido a la narración a un corsé facilón. No obstante, el lector no pierde en ningún momento el hilo sino que lo disfruta. Es este aspecto, el del goce, el que convierte esta obra en soberbia, al igual que sucedió en Seda: pinceladas suaves definitorias de la intención narrativa del autor: su novia Hallelujah, su madre que desapareció dejándolos a él y a sus hermanos solos en el rancho, pues el padre había sido asesinado, una bruja que le anticipa la muerte tras su segundo nacimiento, consistente en abandonar su oficio, un médico ambulante, padre adoptivo de Hallelujah, un Maestro ciego que le enseña a disparar y a vivir. Novela de aprendizaje, estos personajes lo avocan a una conclusión: la falsedad de la relación causa-efecto, el caos en el cual consiste la vida. Imprescindible

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Continuación de la crónica del viaje a Mont Saint Michel

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Castillo de Angers

En mi anterior texto colocado en este blog empecé a narrar el viaje hecho entre finales de mayo y principios de junio de este año. Por la excesiva extensión del texto lo partí en dos. Aquí va la segunda parte.

Angers. Ha sido el único percance desagradable, no irremediable, del viaje.

Ciudad grande. Llegamos con la expectativa de ver los Tapices del Apocalipsis, que vi hace 50 años. Aparcamiento debajo de Les Halles, del mercado. En realidad, esa plaza está cerca de la Promenade du Bout du Monde, paseo donde está el hotel, llamado también Du Bout du Monde, Del Fin del Mundo. Algo debí temerme, con ese nombre. Creído de que tratábamos con un hotel, llegamos a sus puertas, acarreando maletas, pues sí, cierto, cerca de la plaza, pero con una cuesta arriba muy considerable, sobre las tres de la tarde. Calor. El Hotel no está anunciado en la calle. Fermé, cerrado. No hay nadie. Verdad: en la letra pequeña, esa que nadie lee, anunciaba que la recepción era a partir de las 5 de la tarde. Desesperados de la espera, bajo un sol tórrido, y frente a la puerta del Chateau de Angers, lugar donde se exhibe esa colección de tapices, llamo a la puerta de un vecino en la vecina rue de Saint Aignan. Muy amablemente, el caballero me indica eso que acabo de enterarme, que abren a las cinco, pero tiene la cortesía de llamar por teléfono para avisar que estos clientes suyos están aquí.

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Sala donde se exhiben los tapices del Apocalipsis en el Castillo de Angers

Llegan, por fin, dos señores de unos cuarenta años. Nos hacen pasar, recordándonos el horario apuntado con letra pequeña. Atravesamos un salón con un piano de cola chopiniano, una cocina impresentable, llena de platos sucios, y llegamos a un patio del que parte una escalera de caracol por la que hay que encaramarse para llegar a la habitación. Rosa no se imagina subiendo por esa muy, pero que muy pina escalera. Nos dicen que, para tener más intimidad y no vernos obligados a atravesar la vivienda, podemos utilizar un pasillo que da a esa misma rue de Saint Aignan. Y esa es la puntilla: el corredor es un almacén o vertedero, lleno de deshechos, cajas de botellas vacías, desconchado de paredes, en fin, impresentable. Definitivamente, Rosa exclama que allí no se queda. Así se lo expreso al recepcionista. Pero, ¿es que no quieren ustedes ver la habitación? No, no, aquí no nos quedamos. A todo esto, claro, la habitación reservada y pagada a través de Booking. Oímos que, con muy mala educación, y en francés, claro, el otro individuo murmura, ¡pues podrían haber cogido un hotel de cuatro estrellas! Salimos de nuevo al sol y a la cuesta abajo acarreando maletas, dirigiéndonos a un hotel, el Marguerite d’Anjou, a unos doscientos metros, en la rue Toussaint (sí, como el revolucionario que en Haití montó el pollo a finales del XVIII y fue ajusticiado). No hay plaza. El hombre nos recomienda que nos dirijamos a la estación del ferrocarril, aunque ya nos anticipa que es difícil encontrar habitación en Angers en esos días. Ignoro qué evento puede haber.

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La puta de Babilonia, en esos tapices.

Con el móvil, encuentro otra especie de apartahotel en la Allée du Haras, y parece que hay habitaciones. Rosa, fatigadísima, se sienta en un banco del Boulevard du Roi René y me adelanto arrastrando una de las maletas hasta dar con el hotel y comprometer chambre. No doy con el dichoso hotel, aunque sí con esa Allée, especie de callejón sin salida atravesando un jardín con un montón de edificios oficiales, pero ni un hotel. Intento volver, fracasado, a donde se ha quedado Rosa. A todo esto, me quedo sin batería en el móvil. Me pierdo. Por fin, encuentro la rue de la Préfecture y localizo, al borde del infarto, a mi mujer, asimismo en estado de perfecta ansiedad, después de haberme llamado al teléfono 5 veces sin obtener respuesta. Me siento para recuperar el aliento, y decidimos volver al parking, sacar el coche y dormir en él o buscar alojamiento en algún pueblo cercano. Tomamos por rue des Lices y en eso que, Rosa, avispada o quizá con la costumbre de mirar arriba o delante, ve un hotel en dicha calle. Yo, demasiado nervioso, mirando al suelo y abatido, no habría visto ni un diplodocus que avanzase por la calle en plan película de bichos japonesa.

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La Bestia de siete cabezas.

El recepcionista, un joven de aspecto pakistaní, nos dice que le queda una habitación, pero en el 4º piso, ¡sin ascensor de nuevo! Al menos, podremos dormir en cama. La chambre, limpia, muy pequeña, con ventana a la calle y baño diminuto. El plato de ducha, con bordes ennegrecidos por el moho. Pasaremos sin ducharnos. Nos damos una vuelta y en varios hoteles, uno de ellos en la place de Ralliement, nos confirman la escasez de habitaciones en Angers. Sigo ignorando la causa.

Por la mañana desayunamos opíparamente en el hotel y por poco dinero. El recepcionista de mañanas se extraña cuando le decimos que fuimos enviados a la 4ª planta. Quizá el joven de la tarde quiso dar la sensación de estar lleno sin que así fuera. El mal o el bien, ya está hecho. Subimos de nuevo al Chateau, en la Promenade du Bout du Monde para ver los tapices. ¡Estraordinarios !, ¡bellísimos! En una sala en forma de ele, altísima de techo, una pared en la cual, sumados ambos lados de la ele, abarcan los cien metros, todos esos tapices ocupándola entera, con esos símbolos apocalípticos que Juan imaginó y redactó en la isla de Patmos. Rosa compra un libro con reproducciones y un texto en español, texto que se pasa el resto del viaje leyendo. En la puerta, antes de entrar, nos hemos encontrado con un matrimonio de Madrid. Gente agradable.

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Mont Saint Michel en la lejanía. Desde el restaurante donde comimos.

Etapa larga: llegada, al fin, a Mont Saint Michel. Observamos dos cosas: una ya la sabía, en Francia le dan a uno de comer en un restaurante hasta las 13 h. 30 m., quizá en algún lugar a las 14 h., no mucho más; si te retrasas, no comes. La segunda, hay pocas gasolineras, tanto en carreteras nacionales o secundarias, como en autovías, y mi coche tiene un depósito reducido, con una autonomía grande en trayectos ciudadanos, pero disminuida en autopistas; el muy sinvergüenza gasta bastante más a 120 o 130, velocidad máxima en autopistas francesas, que en ciudad o en carreteras donde el límite es de 90. Comemos en un restaurante a escasos 5 km. de la meta; bueno, llamarle restaurante es puro triunfalismo: comida rápida y pastelería. No está malo, cierto, pero ya estamos a la vista de esa maravilla encaramada en un peñasco en mitad del mar. Llovizna que no llega a mojarnos el plato ni el café expreso (express, s’il vous plait, court et noir, bien chargé; y con todo, a veces, ni caso y se lo sirven normal y largo o, lo que es peor, americano) de Rosa.

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La iglesia de Mont Saint Michel desde la explanada. Con la lengua fuera tras los 300 y pico de escalones. Pero contentos.

Para llegar al hotel, el navegador nos indica atravesar por lugar imposible. Nos mete en el aparcamiento inmenso (caben cientos de coches, autocares, autocaravanas). No atinamos. Varias vueltas para acabar en el mismo lugar. Finalmente, lo dejamos en ese parking y vamos al hotel andando, arrastrando maletas. La recepcionista, inglesa, parece, y cincuentona, simpática, esforzándose por hablar en francés, me explica cómo traer el coche entrando en una zona restringida solo para usuarios de los hoteles o restaurantes edificados dentro de esa superficie vallada: hay que introducir un código y la valla se abre; se paga al salir. Turístico, demasiado turístico.

Ya desde el supuesto restaurante divisamos la meta: Mont Saint Michel. Mi amigo y maestro Mario Satz asegura en un texto que “Llegar a lo que uno ama, acercarse a lo que uno venera provoca, con frecuencia, una especie de abdicación, de sumisa entrega…” Y en efecto, es como la frase de Simeón al ver a Cristo niño: “nunc dimitis servum tuum, Domine”, ahora ya puedes disponer de mí, Señor. Es abdicación y también desilusión, primero porque se acaba la ilusión, el engaño que te hace creer demasiadas cosas, y luego porque se acaba la búsqueda, el viaje, aunque quedase la vuelta. Como si fuera mucho más importante y maravilloso el sueño de lo que se desea que la obtención de lo deseado. Las caricias soñadas son las mejores, que cantaban Lole y Manuel.

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Retablo de los Evangelistas en Mont Saint Michel

Con todo, Mont Saint Michel merece la pena. Habíamos comprado entradas por internet para la visita a las 9 de la mañana. Casi frío. Tomamos un autobús curioso: tiene dos volantes, uno delante, digamos, y otro detrás, de modo que el conductor no tiene sino que sentarse en uno u otro extremo para ir desde el parking a la pasarela que une tierra firme con la isla (aunque no lo es propiamente, al menos en esta época y hora) y viceversa. Subiendo, y son trescientos y pico escalones hasta la iglesia, excesivos para los setenta y tantos otoños que ambos padecemos, nos encontramos una pareja hablando español: de Salamanca. Les comento de mi reciente amistad con un catedrático salmantino de la facultad de filología, José Antonio Cordón, y ella exclama, ¡pero ese señor fue profesor mío! Casualidades del mundo. La serendipia conforma la realidad tanto como la razón. Forman parte, dicen, de un grupo de senderistas, de modo que, por supuesto, nos dejan atrás. Fatigados pero enteros, llegamos a la terraza frente a la iglesia, parte más alta si no nos proponemos (y no, gracias) subir a la torre. Toda esa ascensión está flanqueada por bellas casas medievales, consagradas, claro a ventas de recuerdos y bares o cafeterías. Será agradable tomarse una cerveza cuando bajemos.

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Retablo de la Pasión

La iglesia, gótica, por supuesto, bellísima. Nos quedamos prendados de dos retablos en bajorrelieve de alabastro, el de Los Cuatro Evangelistas, más pequeño, y el de La Pasión, algo más grande. Solo por verlos merece la pena el viaje y la ascensión fatigosísima hasta aquí. Luego, el refectorio, la sala de visitas o de recepción, donde el abad recibía a las personalidades (ahora todos los turistas somos importantes, aunque el abad no esté), la cripta de les grosses colonnes, con eso, columnas de veras impresionantes por lo gruesas, según internet, de 5 metros de diámetro algunas de ellas. El claustro, restaurándose, tiene los capiteles blancos. Quizá eran así en la época, pero para nuestro gusto actual, chocan. Es grande y sosegante, como de hábito en esos lugares de paseo y meditación para los monjes. Para ver eso ya hemos comenzado el descenso, siguiendo las indicaciones de continuación de la visita. Las gaviotas parecen entrenadas para distraer a los turistas. Los japoneses se hacen selfies con ellas, que posan coquetas, tal vez esperando algún regalo alimenticio que no llega. Luego dirán que los animales carecen de inteligencia. Si viéramos con atención las fotografías de esos excursionistas posando con gaviotas, veríamos más ojos avispados en ellas que en ellos.

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El Canal de la Mancha a los pies de Mont Saint Michel

Comemos en el restaurante La Ferme Saint Michel. Bien. Compramos una botella de Calvados, del que luego comprobamos, ya en casa, que no solo está riquísimo, sino que además nos sienta bien, es digestivo. No abusamos de él, nos permitimos un chupito al mes como mucho. Dan ganas de cantar lo de Gigliola Cinquetti: no tengo edad…

Atravesando pueblos medio normandos, medio bretones, por donde impecablemente nos conduce el navegador, alcanzamos la autovía que rodea Rennes y Nantes, hasta La Rochelle. Pasaremos un día en ese puerto de mar. El hotel es agradable. Paseando, llegamos hasta la rada, protegida por esas dos torres, llena de embarcaciones de recreo. No sé cómo saldrán de ella porque unos barcos se tocan con otros, el costado de babor pegado al de estribor. Por la tarde, dando una vuelta, nos tropezamos con el Hôtel de Ville, el Ayuntamiento, edificio tipo Chateau o Palais muy bonito y fotografiado por los visitantes. En esa misma plaza, agua petillante, con gas. Nos despacha un camarero muy amable y guapo. Supongo que Rosa, como yo, se recrea la vista.

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Rada de La Rochelle sin barcos. Es lo que tiene si quieres hacer negocio, que el oro todo lo estropea. Así estaba mucho más bonita.

De buena mañana, autovía rodeando Burdeos hacia Capbreton, en le Pays Vasque, en Lapurdi, una de esas siete provincias vascas que se reivindican. Atravesamos el puente sobre el Garona, un río enorme ya cercano a su desembocadura al oeste de Burdeos. Y pensar que lo vimos nacer en el valle de Arán… Capbreton es pueblo turístico, de veraneo. Le comento a Rosa que aquí, en Hendaya, Bayona, San Juan de Luz y Bidart tenían su feudo, su refugio, los etarras. Un mes más tarde, ya en casa, vemos la serie La Frontera, que habla de ello. Comemos en un restaurante agradable. El hotel es, en realidad, un apartahotel. Tenemos un apartamento con habitación, salón-comedor y baño. Muy hermoso y cómodo. Nos hacen pagar las toallas y la cama debemos hacérnosla nosotros. Chaque pays à ses habitudes, cada país tiene sus costumbres. Eso he pensado durante este viaje: mi pronunciación francesa es bastante buena, y eso les hace creer que comprendo lo que me dicen, así que me toca aclarar pidiendo que hablen lentamente: parlez doucement, s’il vous plait, parce que mon français c’est pas bon. Ni siquiera sé si la frase es sintácticamente correcta, pero así me sale y así la pronuncio. A partir de ella, cortésmente, me hablan despacito. Con la lengua pasa al contrario que en España: en el sur pronuncian casi todas las letras, aunque algunas es, por ejemplo, sean imperceptibles, oscuras, en tanto en el norte se comen muchas letras, sobre todo las vocales. Aquí, al revés: en el sur nos comemos las consonantes y en el norte se pronuncian todas y cada una de las letras de cada palabra.

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Patio de la Marie (Ayuntamiento) de La Rochelle)

Pasamos dos noches en Capbreton para descansar. Después de un larguísimo paseo bordeando el mar y pasando el puente en la calle Maurice Martin, nos tomamos una cerveza en un bar. A nuestro lado, familia de Valladolid. Pareja con una mujer sola. ¿Dónde han ido? Curioso: murió el marido de la mujer sola y han llevado las cenizas a echarlas en la isla de Jersey, en el Canal de la Mancha, pues de allí era el fallecido. Una odisea como la nuestra, aunque más triste. Luego, comemos en el mismo restaurante, Le Bon Cap, donde el camarero, amable y gracioso, nos dice que tenemos mesa para comer ¡por ser nosotros! Unas risas trabajando, quitan hierro a esa maldición que es ganar el pan con el sudor de nuestra frente.

Toca retirada. Autopista sin frontera hasta Aranda de Duero. El hotel, muy bonito pero anticuado. En el restaurante, dado que pido un par de vasos de vino Ribera burgalés, y en el menú entraba la botella, la señora nos regala esa botella que no hemos bebido. Gracias. Por la tarde, salimos a dar un paseo con ánimos de ver la Plaza Mayor y la iglesia de Santa María la Real. Nuestro gozo en un pozo: empieza a llover y el viento dobla los árboles. Vuelta al hotel tras comprar algunos regalos. Mi amigo José Antonio Cordón me comunica después que, lástima, su hija, que da clase en Aranda, está de baja, pero podría habernos llevado a conocer algunas bodegas de calidad. Con todo, la lluvia y sobre todo el viento exagerado, tampoco nos lo habría permitido. Se le agradece su amabilidad de todas formas.

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Puerto de Capbreton

La vuelta a casa, 580 km. se hace pesada, aunque llegar a esa “especie de palacio donde vive Miguel”, como decía mi querido amigo Ángel, ya fallecido, auténtica lección de humildad y de agradecimiento a la vida, llegar a casa siempre es agradable. Han sido 3800 km. en total. Nos ha aguantado el cuerpo. La ascensión a la iglesia de Mont Saint Michel dejó agujetas a Rosa y dolor en la rodilla izquierda (la buena) a mí. Sarna con gusto no pica, aunque mortifique. Se observará por las fotografías que pongo en esta entrada del blog que no aparecemos en ellas. No nos gusta hacernos fotos y muchísimo menos, selfies. Merece la pena conservar recuerdo de los lugares que hemos visto: a veces el recuerdo es tan grato como la aventura, pero ambos ya nos vemos en el espejo por las mañanas, además de uno a otro, de modo que eso de hacernos fotos aquí y allá, no nos hace gracia. A quien le guste, que las haga, nos parece bien. A nosotros, no.

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Viaje a Mont Saint Michel, Francia

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Mont Saint Michel desde la lejanía

Hace tiempo que no coloco nada en este blog, y sé, porque me lo dicen, que tengo amigos lectores. Quizá me entró la galbana, quizá pienso que no tengo derecho a ocupar el tiempo de esos amigos que me leen, aunque, tal vez por cortesía, aseguran que lo hacen gustosos. Claro que siempre queda la libertad de no meterse en estos laberintos míos. De modo que va a ser la galbana. Viejo y perezoso, mal asunto. Os hablaré de un viaje que hemos hecho desde finales de mayo hasta principios de junio: no alcanzó a dos semanas, días muy gratos, sin percances destacables y que me demuestran algo: seré perezoso, pero no viejo del todo.

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Pórtico de la catedral de Huesca

He dejado un tiempo entre la vuelta de esa correría y esta escritura, en parte por el aquel de poner distancia, en parte por flojera. Lo dicho, la haraganería es, no solo pecado, sino maltrato propio. Qué se le va a hacer.

La colocaré en este blog en dos partes: demasiado larga si quiero dar detalle de todo, y por tanto algo cansina.

Nuestro viaje, ¿ha sido una peregrinación? Si lo ha sido, lo fue de forma inconsciente. Desde hace años tengo varias obsesiones: lugares que me gustaría visitar: Irlanda, Armenia, las iglesias ortodoxas de Rumanía y Bulgaria. A los que añadí Mont Saint Michel. Sitio extraño: un monasterio, con su pueblito pegado, ubicado en una peña que, con la marea alta, fenómeno que no siempre es tan notable, queda aislado del continente. No vimos esa exageración, denominado macareo y que se produce en determinadas épocas del año, pero sí pudimos observar que todo alrededor del peñasco hay marisma, zonas arenosas muchas de ellas inundadas. La defensa es tan fácil ante los ejércitos de antaño que, en la Guerra de los Cien Años, siglos XIV y XV, los ingleses no pudieron tomar la plaza.

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Retablo de la catedral de Huesca

Bien, con coche nuevo, mi esposa dispuso, y yo estuve de acuerdo, de hacer el intento de llegar hasta allí atravesando nuestro país y toda Francia por el centro. Le tenía miedo al viaje, no quiero engañarme ni engañar. Calculé que rondaría los 4000 km., y hacerlos conduciendo yo solo, a mis 75 años, era una temeridad. Elaboré un itinerario de ida y otro de vuelta. Cumplimos escrupulosamente el de ida; en el de vuelta, debí imaginarlo, nos cogió la prisa por regresar a casa y lo hicimos en cuatro etapas. Es echarle redaños. Quizá sea mi última locura en coche. Quizá no. Puede que hagamos otros viajes, pero estos sí, creo, organizados por agencia, con guía que te lleve de acá para allá y según previsión. La libertad es una de las cosas que, con la edad, se van dejando en la cuneta.

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En casa de mi primo François. El que está a la derecha de Rosa, mi mujer, es el joven Tristan, nieto de Michel.

La primera jornada consistió en llegar a Madrid. Al piso de los hijos. Los viejos somos un incordio, se ponga uno como se ponga, pues para que no tuviéramos que desviarnos en exceso se vieron obligados a volver de su casa en Ávila al piso madrileño. Fue una tarde agradable con ellos y las dos hembras de galgo, Sola y Lía.

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En el jardín Massey, Tarbes, con Beatrice, la hija de mi primo François

También tenía yo ganas de volver a Huesca, donde habíamos estado con Rosa en 2007, en aquel viaje en el cual pasamos varios días en Viella, y donde volví a subir a los lagos del circo de Colomers, esa sí, creo, última excursión a esas montañas tan amadas por mí. Llegamos al mediodía. La comida, en un aparente restaurante popular, exquisita sin exagerar. El hotel, el Pedro I de Aragón, muy confortable. En la catedral, de nuevo los retablos en alabastro que ya vimos entonces y que tanto nos gustaron. Curioso: Rosa no recuerda haber estado en esta ciudad, ni recuerda esta maravilla de retablos; trampas de la memoria, porque yo recordaba esa visita con nuestro hijo y mi cuñada: no fue así, sino solos. Luego, intentamos visitar San Pedro el Viejo y, contraviniendo la noticia de la señora encargada en la catedral de vender las entradas para ambos monumentos, lo encontramos ya cerrado. Nos quedamos con las ganas y la rabia de haber pagado ambos tiques. En la calle del Coso Alto, Rosa se compra un polo fresco que le sienta muy bien. La dependienta, colombiana, distante al principio y luego simpática.

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Pórtico de la Abadía Saint Pierre de Moissac. La imagen es la mencionada y está en la jamba izquierda de dicho pórtico

Por la mañana, tirada larga de quilómetros hasta Tarbes, para ver a mi querido primo François Franco. Pasamos a Francia por Formigal. Maravilloso paisaje. Curvas interminables. Por encima de ese pueblo, Formigal, la peña Foratata, altiva y tentadora para cualquier montañero. Aún no me he acostumbrado del todo al coche. Demasiado moderno: se endereza solo cuando uno parece salirse del carril, dando la sensación en las curvas de que se va, como si resbalara por agua o aceite, y es todo lo contrario; detecta la excesiva cercanía de otro coche y pita; es un tanto protestante. El navegador, que funciona a través del móvil, me ha dado algún problema, achacable más a mi impericia que al coche o al teléfono, lo que contribuye, sobre todo al salir por la mañana, a ponernos muy nerviosos. Cuando ya me acostumbro a él, es comodísimo: nos dejaba en la misma puerta de los hoteles donde nos hemos hospedado. Qué belleza de verde: bosques, prados. Francia es húmeda y feraz. Aquí abajo, en este sur cada vez más seco, siente uno a menudo mono de verde, necesidad de volver a refrescarse la vista.

En Tarbes, François, 90 años muy bien llevados, nos recibe con su amabilidad y cariño acostumbrados. Sorpresa, cuando llegamos a su casa a mesa puesta, están también su hermano Michel, su esposa Gabrielle, y un nieto de estos, Tristan, además claro, de Beatrice, la hija de François. Nos entendemos bien, ambos hermanos hablan bastante bien español, mejor François que Michel, y mi francés chapurreado, tartajoso, es suficiente y lo será durante todo el viaje. Más o menos.

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Enterramiento de Cristo, conjunto de esculturas en madera en la Abadía Saint Pierre de Moissac

La sorpresa es que en Tarbes, ciudad meridional pero pirenaica, hace un calor cordobés. El paseo por el jardín Massey, que no consigue aportarme recuerdos de infancia, a pesar de que con 3 años estuve en él en una visita de mis padres a María, la madre de François y Michel, hermana de mi madre, el paseo es caluroso malgré les arbres, a pesar de los árboles. El agua con gas, luego me entero que se llama pétillante en francés, y la palabra se me atraviesa, teniendo dificultad para recordarla hasta ahora, cuando ya estoy de vuelta y en casita, el agua con gas nos refresca y, sobre todo, se muestra imprescindible. Al despedirnos, François nos regala un mapa de carreteras de Francia extremadamente detallado, aunque es preciso mirarlo con lupa, y una lata de paté que cayó el día de nuestra vuelta a casa, con la preceptiva cerveza.

Etapa corta, solo 200 km. Moissac. Pueblo nacido alrededor de un monasterio. Del monasterio queda poco, del pueblo más que entonces. Resulta ser sábado, día de feria, de mercadillo, y no se puede llegar al hotel en coche. Damos vueltas hasta encontrar un espacio para aparcar, y cuando intentamos llegar a la puerta del hotel, solo estamos a doscientos metros de ella. Estupendo. La reserva, que vamos haciendo con un par de días de antelación, es en una habitación alta, para la que no hay ascensor. Cosa curiosa, sí lo hay para las del primer piso, y no para las del segundo y tercero. Ese último étage, es el nuestro. Maletas arriba. Con todo, la habitación es cómoda y limpia. Estaremos dos noches. Por la tarde vemos la Abadía Saint Pierre y lo que queda del monasterio, amortizado, como lo nuestro con Mendizábal, durante la Revolución.

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Heraklés, el arquero, de Antoine Bourdelle

En el pórtico, la conocida escena, casi emblema de esta iglesia, en bajorrelieve con la representación del pecado de la lujuria: mujer con dos serpientes sorbiendo sus pechos y un sapo en la entrepierna, contemplada por un ser a medias sátiro, a medias demonio. Por suerte, y para que no se diga que el catolicismo oficial estaba (o está) paulinamente obsesionado con el sexo, junto a esa imagen hay una denuncia de la avaricia, también llena de símbolos, aunque mucho más desgastada que la otra, y no se piense que tal desgaste es achacable a la menor importancia, al pecado mortal menos mortal. Dentro de la iglesia, la señora que vende postales y libros habla español: vivió unos años en Madrid. Amable, simpática. Suena el órgano. Al parecer, todas las tardes hay sesión musical. Podría ser Louis Vierne o quizá Widor. El claustro es precioso, sedante, como todos.

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Al día siguiente viajamos, ida y vuelta desde Moissac, a Montauban para ver el museo Ingres-Bourdelle. Vi este museo, aunque entonces más pequeño y desordenado, además de dedicado exclusivamente al escultor Antoine Bourdelle, en el año 76, viajando por Francia con mi exesposa y mi hijo mayor, entonces muy pequeño, y me impresionó enormemente la escultura llamada El arquero o Heracles, el arquero. La postura, destacando músculos y casi a punto de moverse. Uno siente la tensión de la cuerda del arco, la vibración de este, el esfuerzo broncíneo del titán. Esta maravilla también está en el Museo d’Orsay y en el Museo Bourdelle, ambos en París, y también hay ejemplares en Tokio, Buenos Aires, Nueva York, y en otras ciudades. La obsesión o encandilamiento con esta escultura no me afecta solo a mí por lo que puedo observar en internet. Realmente, es muy expresiva.

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La Roque-Gageac, junto al río Dordogne

En el mismo museo, otras esculturas de Bourdelle, como los bustos de Beethoven, Rembrandt o Krishnamurti, y una especialmente impactante: El dolor, de Rodin. A Rosa, mi mujer, que perdió a su hermana mayor hace unos meses, tras una agonía sedada de 3 o 4 días, se le representa en esa talla la cara de esa hermana sufriendo a pesar de la sedación. Impresionante. A la mañana siguiente, lo mismo que la anterior, no podemos hacer otra cosa que desayunar en el hotel, pues todos los bares y cafeterías cercanos están cerrados. Claro que, para hacer los trayectos en coche, nos levantamos muy temprano.

Etapa también corta: La Roque-Gageac. Precioso pueblo en una curva del río Dordogne, situado entre la ribera y un acantilado de piedra, acantilado que forma la cuarta pared de la mayoría de casas de la villa, que se conserva muy medieval, como tantos pueblos en Francia. Eso sí, centrado en el turismo. Hay excursiones en barca por el río, apacible y sin rápidos. El hotel, a las afueras, estupendo, con un jardín en el que nos sentamos a ver atardecer. Ha sido jornada de relajo.

Continuará.

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Tres artículos publicados en Ideal

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Como de costumbre, adjunto aquí unos artículos de los aparecidos en el periódico Ideal de Granada, y que se incluyen en la columna semanal que dicho periódico concede a la Academia de Buenas Letras de Granada. Los títulos de estos artículos son Gabriel Miró, Herir sensibilidades y A vueltas con Mircea Cartarescu, todos ellos publicados ya en el pasado 2024. Espero que os satisfagan.

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Gabriel Miró

Gabriel Miró

¡Qué lejos nos queda Gabriel Miró! Es como la muerte de un árbol centenario hendido por el rayo, asesinado por el fuego interesado. Como la pérdida de un manuscrito de sabiduría. ¿Quién lo lee hoy? ¡Qué lástima! Algunos lo tildarán de difícil, del uso de un vocabulario pasado de moda. ¿Moda? De aquí a doscientos años, ¿alguien recordará que cosa era un tranvía, un móvil, un joystick? Palabras agonizantes o verdaderamente fallecidas, tales utiliza Miró, cierto, pero qué pena dan esas muertes.

Esos personajes observadores, detallistas, hoy son sustituidos por miradas fijas en una pantalla, miradas a las que se ofrecen asadas y horneadas imágenes finiquitadas que asesinan nuestra capacidad de asombro, nuestra curiosidad. ¿Curiosidad?, ¿qué cosa será esa? Leyendo a Miró tropieza la mente con vocablos congelados. Descongelarlos es fácil: consultamos de continuo el teléfono móvil para bobaliconerías y somos incapaces de teclear una palabra y poner de seguido “rae” o “significado” y así enterarnos de qué utilidad tenía esa voz que hoy nos suena a vestido antiguo, a coche de caballos. Dolar, así, sin tilde ni beneficio: Desbastar, labrar madera o piedra con la doladera o el dolobre (especie de pico o hachuela). Espolique: mozo que camina junto a la caballería en la que va su amo. Adufre, disantera, bresca, ababol, fardel. Todas pueden aún buscarse en internet. Pero no lo hacemos. Las palabras se pierden en lontananza o no tan lejos, aquí mismo difuminadas entre esta niebla tontaina, en el celaje que impide se nos sature el cerebro, no vaya a ser.

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Portada de una edición facsímil de 1803 del Diccionario de la Lengua Española de la RAE

Poeta, lo llamaba Jorge Guillén. ¡No, no soy yo poeta!, respondía Gabriel, solo un simple prosista. Tengo un amigo muy querido negador de la existencia de la llamada prosa poética o de la poesía en prosa. ¿No existe el ornitorrinco, mitad castor, mitad pato?, ¿no existen los mulatos?, ¿no somos todos amalgama racial? La modernidad ha extendido el uso de los géneros mestizos, de las mezclas: en la novela puede haber poesía, ensayo, teatro. Fijaos si era moderno Miró que ya lo hacía. Se han publicado libros reivindicándolo, glosándolo, interpretándolo. Loados sean sus autores. Porque la lectura del alicantino es un placer, principalmente comparándola con cierta literatura de tumbona, casi tan embrutecedora como la televisión. Cotejar ambas prosas es como contrastar la carne cruda troglodita con una perdiz al chocolate o un arroz con bogavante. Levi-Strauss dixit.

Herir sensibilidades

Hace diez años hicimos un viaje a Roma. No era temporada de máxima afluencia de turistas. Fuimos a San Pedro, naturalmente. Vi algo que me dejó ojiplático: una pareja de orientales, quizá chinos, se hacía fotografías. En mitad de la nave principal, ella se tiró al suelo, hizo una pose sexi y el marido la fotografió. Me pareció una falta de respeto, y no solo a la religión que la gran Basílica representa, sino a los visitantes que pululábamos por ella, al arte conseguido por Alberti, Bramante, Buonarroti y otros.

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Interior de la Basílica de San Pedro de Roma

En conversación con algunos amigos, me dijeron que esa falta de respeto, como yo la calificaba, era una tontería: ¡cuántas veces ha habido quejas por herir la sensibilidad de unos fieles, pertenecientes a una religión que tanto daño hizo con el nacionalcatolicismo, y su apoyo incondicional al dictador Franco! La discusión estaba servida, claro. Empecé preguntando si esos orientales, tal vez chinos, se atreverían a hacer lo propio en Pekín ante una estatua de Mao, Lenin o Marx. Quise saber si osarían hacerlo en La Meca; no llegarían ni a acercarse a la Ciudad Santa musulmana: allí solo pueden entrar creyentes. ¿Lo harían en el museo del Prado? Creo que no. Alguno de los presentes aseguró que él lo haría ante el Cristo crucificado de Velázquez. Respondí, ya un tanto irritado que me era igual, que ni ante el cuadro velazqueño ni ante Las Tres Gracias de Rubens o El fusilamiento de Torrijos y sus compañeros, de Gisbert Pérez.

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Las Tres Gracias, de Peter Paul Rubens

¿Se podría delimitar qué es y qué no es la falta de respeto, la ofensa a la sensibilidad religiosa, ideológica, de género, etc.? No creo que eso sea posible. Se ha señalado el brote hoy de tantos colectivos de todo tipo, que uno ya no se puede reír ni de las suegras ni de los borrachos. ¿Qué dicen los humoristas actuales?, ¿cómo sortean esas Escila y Caribdis de la sensibilidad actual? Bastaría un poquito de sentido común. Pero no debemos olvidar que es el menos común de los sentidos. Agravante es el hecho de que cada colectivo reclama para sí el respeto, casi, casi, importando un ardite los demás colectivos. Acabé diciendo a quienes me rodeaban que sí, cierto, yo recibí una educación ultramontana, un catolicismo de infierno y pecados contra el sexto y el noveno. Una gravísima falta de respeto contra mi persona. Pero si repetía las mismas ofensas, me estaba comportando como ellos.

A vueltas con Mircea Cărtărescu

Cărtărescu ha sido calificado de posmoderno. Cierto, a mí me recuerda a Pynchon. Y es que el tema de su tesis doctoral fue los posmodernos rumanos. Pero, ¿en qué consiste el posmodernismo literario?

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El escritor Mircea Cartarescu

El bucarestino mezcla en sus novelas la realidad y el sueño con plena naturalidad, aceptando plenamente que ambos forman parte de lo verdadero. Me gusta que se denomine a su ficción, narrativa onírica. Asimismo, pone en igualdad la alta cultura con la popular, principalmente en la música aunque también en los dichos y chascarrillos vulgares, a los que equipara con la poesía emanada de sus personajes, en esas descripciones de paisajes ciudadanos, o mejor dicho, de las cuevas y entrañas ciudadanas, contadas como bóvedas recordatorias de los dibujos y grabados de Piranesi o Desiderio Monsú, estructuras fenomenales, ciclópeas donde el humano se siente diminuto bajo cúpulas catedralicias que abarcan la ciudad entera e, incluso, la nación rumana completa. Los subterráneos a los que desciende el personaje, solo o acompañado, y donde se encuentra con multitudes que podrían ser de esos innúmeros muertos que Eliot sitúa en el puente de Londres.

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Portada de El ala izquierda, 1ª parte de la inmensa y maravillosa trilogía Cegador, de Mircea Cartarescu

La ciudad de Bucarest aparece retratada, tanto en Solenoide como en su gran tríptico Cegador, en deterioro, carcomida, no solo en sus edificios, sino en fábricas abandonadas con extrañas máquinas oxidadas, oliendo a moho y aceite mineral podrido, donde el hombre es engullido por ellas, y en sus subterráneos como minas gigantescas. Las estatuas que adornaban los edificios jugendstil o de entreguerras están desnarigadas, desmembradas, con muecas terribles que espantan al niño Mircea en aquella trilogía magistral. Entre los edificios amenazando ruina hay bloques modernos ya ruinosos: las viviendas destinadas al proletariado: es en ellas que se extiende el autor. En los años treinta, Bucarest era “la pequeña París”, luego desmereció.

Las enigmáticas sociedades que inventa, puramente literarias aunque subversivas para la paranoica Securitate.

Cărtărescu se niega a navegar con la historia en sus novelas, mas es cuestión inevitable, demasiada realidad lo importuna, y en Cegador describe sin dramatizar la vida durante el comunismo, los motivos de la gran rebelión de finales del año ochenta y nueve, detallando una escasez que abatió a la población, además de esos días que condujeron a la ejecución de la pareja Ceauşescu.

Lástima no poder extenderme: lo merecería. Nunca se le concedió un Nobel a un escritor rumano en esa lengua. No le faltan merecimientos y está profusamente traducido al español, por suerte.

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Barbaridades opinadas 2. La prohibición

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Boletín del CALC número 16 en el que aparece el artículo o Barbaridad opinada que aquí coloco para su goce o repulsión.

Esta es una nueva Barbaridad opinada (ya coloqué una en este blog hará unos meses) que el Centro Artístico, Literario y Científico tiene la amabilidad de publicarme en su Boletín. Esta salió en el número 16 de la Cuarta época. Una barbaridad en cada número. Esta es la segunda publicada. Espero que la disfrutéis, si es que tal cosa es posible.

Diminuta introducción

Ya en el anterior número expliqué en qué consiste esta serie de barbaridades por entregas. Para quienes no hayan tenido oportunidad de leer ese preámbulo anterior, diré que no son sino opiniones, y como tal discutibles. El principal interés al que pueden aspirar es la provocación de la duda: el lector puede quedarse así, pasmado, mirando al infinito y pensando, ¡jolín!, ¿y este descastado si tuviese parte de razón? Ojalá.

La prohibición

La prohibición es bella, lo mismo que la arruga. Lo segundo lo dijo Adolfo Domínguez. Lo primero lo digo yo. Ya sé que en pura y dura concepción marxista los humanos, y la naturaleza entera, no tenemos constitución, sino que nos adaptamos a la realidad de nuestro entorno. Por llevar esa idea a sus últimas consecuencias, el biólogo y agrónomo Lysenko generó una hambruna estupenda en la Unión Soviética que le fue como anillo al dedo a Stalin para limpiarse posibles disidentes, pequeños propietarios rurales, campesinos que siempre tienden al conservadurismo (a fin de cuentas las siembras, pujares y siegas se suceden de forma muy conservadora) y sobre todo, nacionalidades enteras como la ucraniana, que le molestaban (aunque en el caso de ese país, que entonces pertenecía a la Unión, también influyeron las requisas de grano a punta de bayoneta, lo que acabó en él con toda la resistencia al régimen estaliniano por la sencilla vía de la defunción).

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La arruga es bella

Tal vez la verdad esté en un intermedio entre el carecemos y el tenemos constitución humana. ¡Siempre y cuando sepamos con toda seguridad que las adaptaciones se dan, sí, pero requieren siglos, cuando no milenios!, porque si de veras esto fuera así, nos podríamos adaptar a la contaminación y viviríamos inmersos en niveles altísimos de monóxidos de carbono y nitrógeno, dióxido de azufre y otras zarandajas, tan ricamente, como marranos en charco. Lo cual derribaría por tierra toda la colaboración entre la izquierda marxista y los ecologistas. Aparte, claro, de que hay adaptaciones imposibles: ningún humano sobreviviría a cinco mil grados centígrados, por mucho que carezcamos de constitución previa y podamos adaptarnos a lo que nos caiga. Seguro que Lysenko y Stalin disentirían de lo que acabo de escribir, siempre y cuando no fuesen ellos quienes se vieran obligados a someterse a la prueba.

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Adaptación al medio ambiente. Luego dirán que el entorno de los medios de transporte, públicos o privados, es agresivo.

Pero si hablamos algo de esa pequeña constitución previa que nos hace reaccionar así o asá, que nos impide esto o nos permite aquello, podríamos asegurar que la prohibición acicatea la realización del acto prohibido. En broma he repetido a menudo que, si no fuera por la prohibición del sexo durante los cuarenta años de estupidez-dictadura-nacionalcatolicismo, prohibición que se extendía, sobre todo, a hablar o pensar en él, ¿quién se interesaría por algo tan desagradable y sucio, tan áspero y gorrino que, además, acaba por crear obligaciones y adicciones respecto a otra u otras personas?

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Tal vez, una terapia social adecuada sería prohibir que lo que es deseable ocurra, y obligar a lo que es indeseable. Desde luego sería una sociedad esquizofrénica, chiflada, pero acaso más real, más ajustada a cómo es el humano. Estoy por asegurar que, si fuera obligatorio el uso del móvil, de forma constante e ininterrumpida, las veinticuatro horas del día incluidas las del sueño, y con vigilancia policial, la clandestinidad operaría de tal forma que, en principio, el móvil se convertiría en la causa de la opresión y por tanto de la rebeldía, y más tarde sería razón y génesis revolucionario o algo semejante.

En la enseñanza, tres cuartos de lo mismo. Recordemos Afganistán y la negativa islámica a que las niñas y muchachas acudan a la escuela. Estas acuden a ella de forma vocacional, clandestinamente. En cambio, en occidente, cuanto menos en España, el absentismo es grande. En cierta ocasión escuché a una madre decir, con absoluta frescura y falta de responsabilidad, “¡total!, para lo que necesita una niña saber leer y escribir…” (la escucha de esta frase no se la atribuyo a ningún amigo real o imaginario: esta escucha la padecí yo).

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Los que hemos hecho la mili aún nos acordamos de algo

Cuando el ejército era obligatorio en forma de servicio militar, pocos querían prestarse a ese robo del tiempo juvenil. Cuando dejó de serlo, el futuro para muchos de mis alumnos consistió en pensar que iban a enrolarse en el Ejército o en la Benemérita. Entre los 15 y los 16 años se convirtió en manía y descuidaban los estudios, hasta el extremo que lo denominé el “síndrome de la Guardia Civil”. Sin saber o sin querer saber que las pruebas de entrada, tanto en un cuerpo como en el otro, eran exigentes y para ellas se presuponía la tenencia de estudios básicos, requisito que ellos no cumplían justo por haberlos abandonado. Sabido es, aunque no oficial, que en esos exámenes se selecciona a los aspirantes según su nivel intelectual y de formación entre unos cuerpos y otros. Pues bien, algunos de mis alumnos que tomaron esa alternativa y decidieron estudiar los temas, acabaron en los menos cualificados, aunque, por supuesto, no sean los de menor capacidad defensiva y de ataque. Confirmación de mis teorías sobre la prohibición: lo obligatorio era deleznable, cuando dejó de serlo se convirtió en deseable.

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Durante un tiempo opiné, para escándalo de algunos de mis contertulios, que la educación debería prohibirse en tanto la asistencia a discotecas, así como las borracheras, ser obligatorias. Más escandalizados se sentían cuando les comunicaba que la auténtica izquierda política debería conocer este defecto humano y practicar la prohibición como terapia para conseguir que se hiciera, justo, lo prohibido, en tanto la característica de los conservadores debería ser, o acaso ya es, la fe y confianza en que la prohibición evita el delito o la falta. En defensa de mi postura exhibía el hecho siguiente: en los Estados Unidos de América, donde en muchos de sus territorios existe la pena de muerte, ésta, en lugar de disuadir, anima al parecer, pues en ese país los porcentajes de delitos de sangre penados con tal castigo son abundantísimos. Me hacía callar algún inteligente que me tomaba en serio aduciendo que tales delitos sangrientos eran achacables a la permisividad de la posesión de armas de fuego. En efecto, le decía yo cuando era capaz de reaccionar, pero si la adquisición de esas armas, y aún más, su uso, se hiciera obligatorio, es muy posible que por reacción fuesen repudiadas, y si no mira qué pasó con la guerra del Vietnam.

Tal berrinche no me daba la razón, pero me permitía reírme del algún circunspecto recalcitrante.

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Portada de una edición rusa de El doctor Zhivago

Otro caso a analizar es el de la lectura. Niveles tan bajos de esa actividad como los españoles, hay pocos en la Unión Europea. La solución evidente sería prohibirla. A fin de cuentas, en la antigua Unión Soviética, donde no se permitió la publicación de El doctor Zhivago, de Pasternak, hasta 1988, quinientas copias de esa novela corrieron por todo el inmenso territorio de la Unión de Repúblicas porque unos cuantos voluntarios se dedicaron a mecanografiarla completa haciendo cada vez diez copias con papel carbón. Imagínese el lector cuán ilegible era la última copia. Y sin embargo, fue leída. Eso nos lleva a la opinión de que prohibiendo la lectura de libros aumentaría sensiblemente la cultura del pueblo (se me dirá que en la Alemania nazi se prohibieron y quemaron muchos libros; así fue, pero no se prohibieron ni quemaron los suyos: los que encomiaban la raza aria despreciando las otras, los que confirmaba al régimen nacionalsocialista, etc., y algunos hasta los leían y todo).

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Portada de Fahrenheit 451 en la edición de El zorro rojo

Requeriría tal interdicción una policía diligente que, al tiempo de vigilar que no existiese tal actividad, convirtiéndola en clandestina al estilo de Fahrenheit 451 pero sin quemar nada, hiciese obligatorias actividades como el espectáculo futbolístico televisivo o los programas de chismorreo, el intercambio de guasaps, linkendines, tuiters, tiktoks varios, etc., así como los juegos de videoconsola (cuanto más violentos mejor; la consecuencia inmediata de esa obligatoriedad sería que la violencia humana desaparecería de la faz terráquea), visión repetitiva de pornografía o telebasura, con patadas a las puertas de las casas para comprobar si sus habitantes están practicando alguna de esas actividades obligadas y ninguna de las prohibidas. Esa abnegada policía de costumbres tendría, en un futuro, derecho a estatuas con pedestales por haber librado a la humanidad de algo tan terrible como la estupidez.

En resumen, la prohibición es bella y útil. Tal vez porque, si es cierto que estamos constituidos, o si se quiere, hechos de determinada manera, es que somos como el puente que se le cayó al ingeniero: un fracaso. Y si no estamos hechos ni constituidos, sino que nos adaptamos a lo que venga, nos hemos adaptado tan mal, tan mal, que da grima. No es que haya que enderezar el árbol: quizá haya que desarraigarlo, quemar broza, raíz y ramas, y plantar otro.

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Barbaridades opinadas

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Colocaré en este blog una serie de opiniones, con el título de Barbaridades opinadas, que escribí algo antes del confinamiento y durante él. El Centro Artístico, Literario y Científico ha tenido la amabilidad de publicármelos en su Boletín, por episodios, como quien dice, una barbaridad en cada número. Ahí va el primero con la idea de que los disfrutéis si es que tal cosa es posible.

Introducción

Verán ustedes, en esencia soy novelista. Escribir ensayos se me hace cuesta arriba, pero al igual que el montañero prefiere la ascensión al descenso porque la primera contiene la esperanza de coronar cima, el panorama, la satisfacción, en tanto el segundo no tiene sino la certeza del descanso, asimismo pienso yo disfrutar de estos escritos por muy cuesta arriba que se me hagan, a los cuales habríamos calificado en mi juventud de “paridas”, que en aquel lejano entonces asimilábamos a chorradas. “Paridas” por lo que tienen de salidas de tono, de ansia de insultar, “paridas” que son intemperancias, destemplanzas o intempestivas, como me sugiere que las defina mi buen amigo Jesús Moreno Sanz, aunque yo las calificaría, como más adelante insisto, de exabruptos, consecuencia del cabreo ante tanta estupidez y ñoñería de una sociedad que es, desde sus más altos estamentos hasta los más bajos, indignante.

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Don Miguel de Unamuno en plan pose

Es por eso por lo que reflejaré en ellos mi opinión muy al estilo unamuniano, de mi querido y admirado Don Miguel, que se contradecía porque tenía derecho a ello y que no podía ser objetivo porque no era un objeto. Lo haré sin apenas citas. Lo siento pero no alcanzo a ser un Michel de Montaigne ni un Baltasar Gracián. Mi memoria siempre ha sido escasa, de modo que de lo leído recuerdo poco. Solo queda un poso, un sedimento que conforma mis ideas, mis sentires. Así, me es prácticamente imposible recordar en qué libro y en qué autor hallé tal opinión que coincide con la mía o la refuta. Y todo eso a pesar de que tengo la fea costumbre de subrayar mis libros, y a menudo lo hago con bolígrafo porque así me es más fácil localizar lo resaltado. Pero soy un haragán, un vago y la pereza me dificulta hojear esos libros a la búsqueda de citas, frases, sentencias.

Por otra parte, mi condición de novelista me obligará, lo sé, a introducir anécdotas, algunas que me sucedieron y otras inventadas. Procedimiento este muy contrario a lo que debe ser un ensayo serio y responsable donde la palabra y la razón, no los hechos, deben avalar lo explicado y justificado.

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Tertulia follonera y de época. Nada que ver con esa de la que hablo.

Recuerdo cierta tertulia granadina en la que participé; para ser exactos, fue la primera de mi vida. Un joven contertulio había impuesto en ella un sinnúmero de normas que debían regirla. Cada día un tema, lo que me pareció bien. Solo se hablaba de cierto filósofo español del antifranquismo, lo que vi estupendo si no fuera por ese adverbio, solo, que antecede a la norma. En el bar donde nos sentábamos no se pedía de beber, lo que sentí como una barbaridad que contravine de inmediato. Nada de anécdotas ilustrativas, y aquello fue el súmmum del desatino porque sin anécdotas no hay personas, solo abstracciones, y yo, como el rector salmantino, soy figurativo, no abstracto. Años después de que esa tertulia desapareciera, porque todo lo vivo nace, se desarrolla y muere, un contertulio con el cual mantuve algún contacto me aseguró que llegué yo y la llevé al traste como estaba pensada, y con ella, por descontado, al jovenzuelo legislador que había establecido aquellas normas tan insensatas. Insensatas para mí, por supuesto, no para él.

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Portada de Seda de Alexxandro Baricco

También ese será el carácter de estos ensayitos míos. La subjetividad que, como he dicho anteriormente citando al autor de La tía Tula, será innata y necesaria. Subjetividad ineludible porque los pensamientos que aquí expondré serán los míos, personales mas no intransferibles, pues es de ellos objetivo o meta (nada que ver con la objetividad sino con la finalidad) ser leídos y discutidos con coraje y violencia por mis hipócritas lectores, que no tendrán más que dirigirme correos electrónicos o guasaps insultándome de la manera más feroz por ser tan sandio, cretino y fatuo.

Y, tal vez por último, otra característica será la extensión: en la novela cabe todo (otra cosa es que ese todo convenga o sea armónico, como en la música) y por tanto la tendencia del novelista actual es explayarse. Hay que ser muy Baricco en Seda para en muy pocas páginas expresar historia tan compleja. No tengo, desgraciadamente, esa categoría, de modo que, sin exagerar, me extenderé lo que crea conveniente.

Se colige de lo anterior que no tienen afanes de universalidad, ni en el espacio ni en el tiempo. Están arraigados al aquí y al ahora. Sobre todo al ahora. Lo que hoy opino acaso no habría tenido valor de exponerlo hace siglos ni aun hace años, ni tampoco será cierto mañana. No serán imperativo categórico. Tampoco de ningún hipotético eterno retorno. La volatilidad, la ligereza y la falacia son sus atributos. Algunos tendrán mucho de diatriba, de indignación contra un mundo con el que no estoy de acuerdo y me parece ridículo, como ya he dicho; pero esa rabia es normal en el humano, ser insatisfecho por definición, aunque afirmen los marxistas que no existe condición humana sino que esta se adapta al medio; pues bien, ¡no me adapto! Merezco la Siberia. Otros escritos, por el contrario, serán la dulzura misma. Ya veremos, según me dé.

Por mis aficiones y tendencias, quienes conocen mi producción textual creerán que en estos escritos hablaré de literatura. Pues no. Lo siento. Sí espero que haya literatura en ellos: el lector puede fácilmente imaginar el motivo.

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Contraviniendo a los principios inalienables del ensayo, que solo debe formular preguntas, por expresarlo de una forma gramatical, propondré soluciones, pero serán de tal imposibilidad, tan desquiciadas, que ni yo mismo las tomo al pie de la letra. Solo serán un juego con la realidad, la resulta de un enfado fenomenal en algunos asuntos.

A lo que añadiré, y ni quiero ni sé prescindir de ello, el humor. Mis afinidades patafísicas, sin abundar en mi pertenencia al Instititum Pataphisicum Granatensis, hacen que pocas cosas me tome en serio y menos estos ensayitos. En ellos habrá salidas de tono, ironías, sarcasmos y aun, como he dicho anteriormente, propuestas de soluciones bárbaras, como indica el título de esta miscelánea. No me lo tomen a mal. O mejor, sí, como decía antes, tómenlo a mal, inflámense en indignación, denigren, vilipendien, abochornen, afrenten, ofendan, injurien. Todo eso. Será de agradecer.

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La espiral patafísica, emblema del Institutum Pataphisicum Granatensis

Nada más. Suerte, vista y al toro.

Hasta aquí la introducción pensada para anteceder a mis lucubraciones. Quedaban, tal era su destino, abandonadas en el disco duro, pero mire usted por dónde, los responsables del Boletín del Centro Artístico, Literario y Científico, han aceptado mi propuesta de ir publicándolas en él capítulo a capítulo, lo que para mí es una satisfacción enorme y un privilegio. El mamotreto está dividido en tres partes: Cosas mías, con seis textos; Cosas de los demás (que también son mías), con otros trece; y Espiritualidades o religiosidades (a veces es lo mismo, otras no) con siete. Tal vez se me ocurra añadir algún apunte más: el tiempo modifica las cosas a su albur.

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Placa de la placeta del Centro Artístico, céntrica en Granada

En cada número saldrá un ensayito, unos más cortos, otros más largos (quizá haya que dividir alguno en dos partes). Es decir que, con un poquito de mala suerte, y dada la frecuencia de este Boletín (Dios y los socios lo mantengan vivo), ni siquiera veré editado el último. ¿Qué más da? A mí no me importa, ¿y a ustedes? Son desiguales, impertinentes, provocadores: todo irá bien mientras los antedichos responsables me los soporten. Yo no tengo obstáculo. El lector, creo, seguro. Los encargados de este precioso e histórico Boletín, quizá. Ignoro si los lectores desearán la controversia. Me encantaría. A fin de cuentas, las primeras filosofías nacieron de la disputa, de la dialéctica, de la discusión. De veras, sería muy divertido. ¿Mi intención?: no solo provocar sino hacer pensar. Si lo consigo, habré triunfado. Gracias por sus lecturas.

Primera parte: cosas mías

La fidelidad

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¿Fidelidad?

Quiero hablar de la fidelidad en la pareja. Reflexiono sobre este tema, quizá, desde mi primera juventud. No creerse las cosas que “se” dicen o “se” dan por sentadas no es tan bueno como pueda parecer porque esa actitud condena a quien la mantiene a estar siempre alerta, siempre repasando ese sentir común que, a menudo por desgracia, no es el menos común de los sentires sino que se adopta como una especie de carné que te garantiza la pertenencia a las personas “civilizadas”, es decir, normales.

El disparadero de este ensayito fue una frase de Fernando Savater en una entrevista televisiva. Dijo: “yo no soy fiel, soy leal”. Para mí es la definición perfecta de mi pensamiento. También, estoy seguro, podría ser el del comportamiento general si mirásemos nuestra vida con más sentido realista que ideal. Ese sería el lema de tantas personas si hubiesen tenido oportunidades de ser infieles, en una sociedad donde, aunque nos parezca una barbaridad, sigue existiendo cierta represión erótica, al menos en quienes están fuera del mercado. Sin embargo, como en las películas norteamericanas, a eso se le llama “engañar a tu pareja”, como si eso fuera equivalente al engaño en el peso por los comerciantes, la mentira en la edad para poder entrar o no entrar en el ejército, o la falsía de los políticos. ¿Sería menos engaño si se dijera abiertamente: “fulanita, o menganito: me he acostado con mi amante”? Es impensable decir eso: no se va a aceptar como se aceptaría “me he ido de juerga con los amigos”, o “me he gastado tanto y cuanto en un vestido, un bolso, una juerga con las amigas”, “se me ha ido una fortuna en el juego”.

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Fernando Savater

Teóricamente, todo el mundo es fiel. Mentira, por supuesto. Quisiera preguntar, querido lector (y debo recordar, pues hoy es necesario, que utilizo el genérico gramatical para lectores y lectoras), qué porcentaje, a su parecer, hay de personas casadas o emparejadas, es lo mismo, que hayan sido o sean perfectamente fieles a su pareja, y acoto esa fidelidad a la consolidación de tal emparejamiento: no cuento aventurillas anteriores porque de ser así el porcentaje sería nulo. Claro que hay seres asexuados que no necesitan el sexo de la misma manera que el esquimal no precisa neveras. Con tales no cuento para este texto.

Y sin embargo, la fidelidad conyugal, es decir el no acostarse con otra o con otro, es la base del acuerdo parejil. No debe decirse acuerdo matrimonial dada la cantidad de parejas que no han querido legalizar su situación. Por contraste, casi de idéntica forma a la oposición entre una portería y otra en un partido de fútbol, qué rara también es la lealtad aunque la falta de ella no se considere razón ni motivo para la anulación del emparejamiento porque se da por inevitable el cansancio que implica la convivencia, el no responder de veras cuando una/o es necesitado.

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Concept of prison and arrest of an offender or criminal, with a prisoner sitting in his cell holding his head in his hands.

Conocí una pareja modélica. Se sabía que ella era incapaz de otras aventuras. Lo mismo se sabía de él pues, tentado por amigos de bar tras una tarde de gritos y emociones al ver la pelota entrar repetidas veces en la meta contraria, se había negado a acompañarlos ni a discotecas ni a clubes de alterne. Ella estaba tremendamente unida a su familia, es decir a sus padres y hermanos. Por cuestiones de mala suerte, no de mala gestión, el hermano se vio en el brete de entrar en la cárcel: la estafa de un socio. Parte de los ahorros de la pareja habría solventado el asunto. Él se negó. Su fidelidad perruna no le impidió ser desleal. Y algunos de mis queridos lectores pensarán que hizo bien porque los dineros, los capitales o reservas de una pareja, que siempre son el futuro, y tu trabajo te han costado, no deben ponerse a disposición de cualquiera, por muy cuñado que sea.

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Fotograma de Un tranvía llamado deseo: Blanche y Kowalski

Recuerdo el caso de la película Un tranvía llamado deseo, de Elia Kazan, basada en la obra teatral homónima de Tennessee Williams. Kowalski, violento y machista, grita y maltrata a Stella, su mujer. La llegada de la hermana de esta, arruinada, altera la convivencia y el marido se encalabrina. Los gritos y maltratos son inaceptables. No así la repugnancia por la presencia de la hermana, aunque se dirá ¡caramba, qué carácter! Enterado Stanley Kowalski de que Blanche, la hermana, ha perdido la herencia de ambas por ingenuidad y mala administración, nombra el Código Napoleónico, que debería garantizar la parte de herencia que corresponde a su esposa e inculpa a quien la ha perdido. El espectador medio pensará “¡es que…, esa chiflada!”. No hay lealtad ni comprensión porque el dinero es sagrado, tanto como la entrepierna, de forma que puede romperse un matrimonio por esta o por aquel. En cambio, ¿qué es lo que tiene peores consecuencias?, la fidelidad. De la lealtad es mejor no hablar porque desaparecería la pareja y nos convertiríamos todos en lobos y lobas solitarias aullando en mitad de la nieve.

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Carlo Gesualdo da Venosa, compositor y vengador de sus cuernos, asesinato por el que siempre hizo penitencia

Mantener la fidelidad no es fácil. Pero traicionarla está muy mal visto. Antes era justificativo de venganza letal. Véase, si no, el caso del Príncipe de Venosa. En cambio, todo el mundo comprende las faltas de lealtad: no estar ahí cuando se te necesita es algo que duele a la víctima, pero quienes la rodean se quejan y dicen, “¡menudo elemento tienes al lado!, ¡una persona impresentable!”, pero todos juzgarían de quisquilloso al cónyuge que pidiera separación por tal causa.

Es más, cuando dos se separan, siempre hay un tercero que pregunta, ¿es que se metió alguien por medio?, pero si ese alguien es el trabajo, los hijos, la familia, cualquier afición absorbente como el fútbol o la pesca, nadie justificaría la separación. “Las cosas son así, caramba”, se diría, “tienes que comprender que no va a estar todo el día en casa o va a abandonar a las personas que quiere y no son tú: padres, hermanos, hijos, hasta primos”. Hay diferencias en esto entre hombres y mujeres. Ellas deben atender a esos familiares y el abandono del cónyuge por tal motivo no se considera abandono. Ellos atienden menos, aunque suele haber una salvedad: la madre.

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La lealtad: en la amistad vale, pero en el amor… ¡lo importante es la fidelidad!, la lealtad, ¿cómo? ¡¡¡No estoy de acuerdo!!!

Pero, cayendo en ese defecto mío causa de mi verdadera vocación de novelista, estoy yéndome por las ramas, pues la digresión es congénita a la narración extensa. El intríngulis del asunto está en el disimulo: en tanto es relativamente fácil disimular una relación extramatrimonial, es muy difícil, por no decir imposible, disimular la falta de lealtad. Esta se nota de inmediato. El desapego entre las parejas con muchos años de convivencia es habitual y no hay manera de encubrirlo, al menos en el seno de esa pareja. Solo emerge al exterior cuando es notado por terceros, pero, ¡es tan comprensible…! Por el contrario, la relación extramatrimonial se considera engaño al ser notada. ¿Engaño? Ya dije antes: ¿acaso sería posible decir?: “querido/a, hay o ha habido otro/a en mi vida, ¿te importa”? Por efímera que haya sido la relación, el asunto es imperdonable. La indiferencia, en cambio, está ahí, notable, destacada, relevante. No hay engaño.

Los norteamericanos (naturales de los USA; no confundir con los mexicanos, más dados a “dar mulé”, como se dice en jerga) son muy proclives a creer que una persona que engaña una vez es capaz de engañar muchas. Los españoles hemos estado tan habituados al engaño durante siglos que el disimulo, que según asegura mi amigo Salvador es el mayor logro de la civilización, es innato a nuestra manera de ser. Más los españoles que las españolas, cierto, al menos en cuestiones galantes.

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Prostitución callejera

La madre de un amigo le dijo en cierta ocasión, cuando lo vio deprimido y averiguó que lo estaba porque no tenía novia y necesitaba compañía, ternura, sexo, que los hombres lo teníamos más fácil que las mujeres. Él y yo nos planteamos, a lo largo de la conversación en la que me contó esa salida de su madre, mujer tradicional y semianalfabeta, la siguiente paradoja: si los hombres lo teníamos fácil y las mujeres no, ¿con quién podíamos tenerlo fácil los hombres? El viejo chiste de “habiendo mujeres buenas, ¿por qué recurrir a las malas?”, bastante machista por otro lado, es buen recurso al humor porque repele la prostitución.

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La maravillosa Jennifer Jones en el papel de Madame Bovary, película dirigida por Vincent Minnelli

Buscando corolarios, pues es bueno que un ensayo esté ordenado y sin divagaciones, es difícil evitar la infidelidad pero muy fácil ocultarla, y a su vez, es muy fácil caer en la deslealtad y difícil ocultarla. Por eso se penaliza la infidelidad. Se podrá alegar que la infidelidad reduce la lealtad conyugal porque no se puede atender a dos personas a la vez, a Dios y al Diablo. Vale. Tal vez. Pero en ese caso, ¿cómo teniendo un hijo se tiene otro y se reparte la atención y el amor entre ambos? Por no hablar de quienes tienen multitud de prole. ¿Cómo repartimos el cariño entre padre y madre?, ¿es infiel el marido o la esposa que semiabandona a su cónyuge para atender a los respectivos progenitores? ¿Tan pobres somos que nada más podemos querer a una persona? ¿Abarca la fidelidad también a tener una sola idea, por ejemplo, política o religiosa? Cuando se adscribe uno a cualquier ideología política o a una religión, ¿hay que aceptar en bloque toda la ideología o la teología, sin permitirse el más mínimo desliz heterodoxo? Decía Francis Picabia que “las cabezas son redondas para que las ideas puedan cambiar de dirección”.

Analizado desde otro punto de vista más social, menos familiar y privado, la infidelidad tiene menos de inaceptable en lo personal por el o la cónyuge, que por la consecuencia sobre eso tan famoso llamado “el qué dirán”. El o la cornúpeta (los nombres que se aplican a la víctima de la infidelidad son de lo más despreciativo) será considerado incapaz de satisfacer a su pareja que por eso debe buscar la satisfacción fuera de casa, por tanto, se le estimará impotente, soso o aburrido, grotesco o ridículo. Monsieur Bovary lo es. El señor Karenin es frío y distante. El Regente es viejo e indiferente hacia las mujeres pues prefiere la perdiz al conejo (frase literal de Clarín, cuando en apariencia define sus preferencias cinegéticas). Jorge, el marido de Luisa en El primo Basilio está lejos por su trabajo, ¿a quién se le ocurre? En todos esos casos literarios, el juicio nefasto de la sociedad es hacia la mujer. Con el hombre, la comunidad es mucho más comprensiva, aunque las comadres pongan como chupa de dómine a la que tiene marido infiel. Es la vergüenza ante terceros lo que convierte la infidelidad en un infierno, mucho más que el propio hecho.

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No sé si fue en este libro de Jünger o en otro, pero la cita es verdadera

Dice Ernst Jünger (insisto, no quieran saber en cuál de sus libros porque no lo recuerdo) que cualquier detective o investigador criminal prefiere ir tras las huellas de un delincuente listo y lúcido que tras un zoquete; la razón es sencilla: si lo atrapa, el detective resulta ser más avispado que él, lo que le lisonjea el ego. En el caso de la infidelidad debería resultar lo mismo: la esposa o el esposo cuyo cónyuge tiene amante y, a pesar de ello, conserva a su pareja, resulta ser más potente que la o el amante; cualquier mujer inteligente preferirá enfrentarse a una amante asidua que a una esporádica, a una amiga íntima que a una prostituta: esta la humilla más que una enamorada. Y sin embargo, esta aseveración hecha en el último punto y seguido nunca se da; la esposa prefiere y comprende a la prostituta, el marido no perdonará a la esposa infiel a pesar de que esta lo prefiera y desee conservar su amor, envejeciendo juntos como se dice de una forma un tanto cursi pero real.

Es evidente que la sexualidad femenina es diferente de la masculina. No es la primera buena y decente, y la segunda guarra. No. Si así fuera, soluciones como la nazi, con cámaras de gas y hornos crematorios para esos machistas repugnantes que miran y remiran, piropean, coquetean, deberían funcionar. Tampoco es cierto que la una sea abundante e indiscriminada y la otra, la necesaria. Pero sí que hay diferencias. Que no se quieran ver, es comprensible, pero existen. El remedio de la madre de mi amigo, es decir, la prostitución, ha funcionado desde tiempo inmemorial, pero no es un buen remedio. Ni el cristianismo ni ideologías como el comunismo han podido con ella. Ningún hombre tiene derecho, por mucho que pague, a obligar a una muchacha a follar con él; que se crea con derecho, bueno, pero no existe tal prerrogativa.

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Los musulmanes y los antiguos patriarcas tenían esto arreglado con la poligamia. En el sagrado Corán se permite este tipo de relación, concediendo la posibilidad de mantener tantas esposas como permita la economía de cada uno. En tal caso, supongamos un ricachón con doscientas esposas: ¿y si es impotente o demasiado mayor y ya ni puede ni le apetece?, lo más probable es que las tenga por prestigio, y no por apetencia. Supongamos, a continuación, un hombre que, por conveniencias sociales, toma dos esposas, y ninguna de las dos le gusta. Vamos ahora al caso del pobretón cuya sexualidad es exuberante pero solo puede permitirse una esposa. Está mal repartido. Vayamos ahora a las mujeres: en el siglo XVIII se escribieron tratados de confesión para escuchar y aconsejar a jóvenes casadas con hombres mayores; incluso se llegó a recomendar, desde la Iglesia, que los padres se abstuvieran de casar a muchachas de diecisiete años con sexagenarios ricos porque esas muchachas, insatisfechas, acostumbraban buscar compensación fuera del matrimonio. Léase La Regenta. Después de siglos de reglamentación estricta, podríamos decir de represión, ¿por qué no hemos conseguido la liberalización en nuestra sociedad? Sí se ha conseguido previa a la pareja. Ya nadie pide la virginidad antes del matrimonio, si no es en comunidades ascéticas. Pero, ¿y en la pareja? Continúa la reglamentación estricta en la mayoría de los casos. Seguramente el secreto está en los celos. Y estos no responden a deseo de exclusividad hacia la otra persona sino a inseguridad propia, a miedo, a pánico. Miedo y pánico que muchos hombres de forma violenta, y muchas mujeres de forma sutil, menos lesiva físicamente, exhiben al tiempo que alardean de valentía. De eso me encargaré en el siguiente ensayo. Vuelvo a la aseveración de Savater: no soy fiel, soy leal. Me gusta. Tal vez esa frase, aunque no trate de justificar ni definir nada, resuma todo lo aquí expuesto. ¿Para qué más?

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Presentación de mi novela La novena en Barcelona

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Fachada de la librería La Bosch

La Bosch es una librería barcelonesa de barrio, pero bien surtida. Sobre todo, muy acogedora, hospitalaria, interesada en promocionar los libros de autores que no están en las listas de más vendidos. Cristina de Sola es su rectora y, gracias a la gestión de mi amigo Joan Codina, vecino de aquel barrio, se ofreció a hacer ella misma la presentación en su local. Y así fue. Tarde noche de un agradable otoño barcelonés.

Se encargó Cristina de hacer una breve reseña biobliográfica de mi persona y se interesó por qué es eso de la Patafísica, Institutum al que pertenezco. Explicada esta tan literaria broma, pasé a “hablar de mi libro”. Di tres pinceladas sobre su motivación, el bicentenario del estreno de esa Novena Sinfonía beethoveniana en Viena, y otras tantas sobre el intento de trasuntar la estructura musical de esa obra en mi novela, utilizando dos temas: la historia de esas dos familias que encarnan la aventura española durante el siglo XX e inicios del XXI, y las peripecias de aquel estreno musical, más esa especie de maldición que rige sobre los músicos que componen su novena sinfonía y fallecen. Entre esos asuntos, y parangonando los puentes que los entrelazan en una obra sinfónica, introduzco reflexiones que, a su vez, los vinculan y justifican. Y todo narrado por esa inexistente e inventada Gusti Rodero, auténtica autora de la novela (confesé que no he sido yo su autor sino ella) y agonizante a causa de un tumor cerebral. Hablé, asimismo, de los 39 personajes reales y secundarios que representan a Europa en ese último movimiento musical, coral y novelístico, cuya melodía es himno de la Comunidad. Leí algunos párrafos orientativos sobre los diferentes capítulos o movimientos y sobre los diversos estilos (a pesar de la necesaria unidad de estilo) que caracterizan a las partes que componen la novela.

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Amigos en la presentación. En primer término, Antonio Ramírez y Rosa, mi mujer. Detrás, Carme Carrión, Siscu de espaldas, Joan y Pilar, y al fondo, Paqui, y la Andrea, la hija de Salva

Se me preguntó cómo distinguir los personajes reales de los ficticios, aclarando yo cómo solo esos 39 prohombres son reales, mientras todos los demás son ficticios excepto, claro, los músicos de quienes se habla. Se pasó a la firma de libros. Jornada muy grata y cálida. Después, en la preceptiva cerveza, me comentaron los amigos asistentes que todo había estado muy ameno, “melodioso” y convincente sobre la necesidad de leer la novela.

Rosa, mi mujer tuvo la amabilidad de acompañarme en este viaje. ¿Cómo te voy a dejar solo en algo tan importante?

Personalmente, la presentación tuvo la gran virtud de poder ver de nuevo a amigos como Salvador, amigo del alma desde los 17 años, Siscu y Pilar, que se hicieron novios saliendo en grupo conmigo, él antiguo compañero de trabajo, Antonio Ramírez, aún me acuerdo cuando, al comentarle yo que había hecho un curso de hebreo, escribió la palabra shalom, diciéndome que sin duda la reconocería y yo al principio no caí, Llorenç, colega de juventud con quien hice unas cuantas excursiones y que ya apareció en la anterior presentación barcelonesa, la de Ashaverus el libidinoso, mi primo y padrino Jorge, todo un modelo de vitalidad a sus 89 años, Joan Codina y Paqui, y pude por fin conocer a la hija de Salva, Andrea, mujer inteligente, muy viva, además de guapísima. A todos ellos les agradezco su presencia.

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Paqui, la esposa de Joan Codina y mi queridísimo primo Jorge irradiando vida a sus 89 años

Y ver, tras cincuenta y cinco años de separación, a dos personas que me llegaron al alma: Pedro Mateos, para mí Mateos siempre (¿será posible que no me reconozcas?, me dijo, lo miré bien y exclamé ¡Mateos!, caramba, ¡qué alegría!), con quien hice también esas mismas excursiones antes aludidas, y Carme Carrión, del grupo también de excursionismo, paradigma, para mí al menos, de aquella inocencia e ingenuidad que caracterizaba a la juventud de entonces, casada con otro colega de esos tiempos, José Carrilero, excelente escalador y que en circunstancias adversas supo y pudo salvarle la vida a otro compañero, Juan Molina. Y desde luego, ver a mis hijos Miguel y Ramón, que me acompañaron durante todos los días.

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MI querido Siscu Mollón rezando por el éxito de mi novela, cosa que le agradezco.

Días ricos en recuperar mi ciudad, que lo es al fin y al cabo (como decía Max Aub, uno es de donde hizo el bachillerato). La Sagrada Familia: la última vez que estuve, quizá con 20 años, solo estaban acabadas la fachada del Nacimiento y las torres, a una de las cuales subí, y ahora visitamos la basílica propiamente sin subir a las torres pues hay un ascensor para subir, mas no lo hay para bajar, y mi rodilla derecha me dijo muy quedamente: “si bajas, no respondo, mejor te tiras desde arriba, será más rápido e indoloro”. Estupenda experiencia, casi de éxtasis: las columnas, las formas redondeadas, el color de los vitrales.

La también preceptiva (lo mismo que la cerveza y a nivel semejante en cuanto a placer, uno estético y la otra gastronómica) visita a Santa María del Mar. La Rambla. El barrio gótico. En fin, para colmo, y ya en el taxi que nos condujo a la estación de Sans, el día de la vuelta, vi la calle de las Egipciacas, donde mi madre y yo resbalamos y caímos: ella, embarazada de casi siete meses, perdió a los bebés que traía y estuvo a punto de morir.

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Yo he venido aquí a hablar de mi libro. Y mi amigo Salvador con cara de circunstancias

Dejémonos de malos recuerdos. Comidas, excelentes: Barcelona es cara, pero se puede comer bien. El viernes, excelente mediodía: visita en Valldoreix a Mario Satz, sabio hombre (no es lo mismo experto o versado en esto o aquello que sabio: el sabio generaliza y relaciona), cabalista, conocedor de tantas místicas, poeta y narrador; padecía el pobre un resfriado considerable y no paramos demasiado tiempo en su casa: Rosa, mi mujer, siempre tan prudente, supo retirarnos a tiempo para no molestar; persona de educación exquisita y buen conversador, mermada esta capacidad por su resfrío; un placer enorme haber podido estrecharle la mano, de esas cosas que componen lo poco que se ha bailado de veras en la vida. Por la noche, cóctel de cava en el Boadas, coctelería famosa en la calle Tallers, junto a la rambla; es lujo que solemos permitirnos cuando visitamos la capital catalana.

El sábado, mi querido amigo Joan Codina y su mujer, Paqui, tuvieron la amabilidad de invitarnos a comer en un restaurante de su barrio, popular y de calidad. El colmo es que fue gracias a sus gestiones con Cristina de Sola, la propietaria de la librería La Bosch, que pude hacer esta presentación. No admitió lo que parecía evidentie: que como agradecimiento, los invitáramos nosotros a ellos. Gracias por vuestra hospitalidad, queridos amigos.

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Plaza de san Felipe Neri con over-booking, ella, tan solitaria

El domingo, remate: comida de despedida con mis hijos Miguel y Ramón en el restaurante a (así, con a minúscula) en la bellísima plaza de San Felipe Neri. Esa plaza siempre tuvo para mí una carga sentimental inmensa. Tengo escenas en ella en Nos y en Lejos de toda esa gente con ideas. Allí estaba el local donde nos reuníamos los boy scouts, entre quienes participé con un grupo de chavales estupendo, allá por mis 21 años. Recuerdos.

El AVE Barcelona-Granada, directo y muy cómodo, comete la imprudencia de salir a las 6 h. 45 m., de modo que madrugón a las 5 de la mañana. Viaje tranquilo.

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Entrevista en la revista Ahorateleo

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Adjunto una entrevista hecha por Carmen Hernández Montalbán para la revista Ahorateleo y que salió publicada en su número 7, de junio de 2024. El tema es la reciente publicación de mi novela La novena, novela en la que tengo puestas muchísimas esperanzas, que posiblemente se verán frustradas, pero ya estoy acostumbrado. No pasa nada, y si pasa, no importa, que dijo Negrín cuando se perdía la Guerra. Escribo para mis amigos, y quien quiera leerme, que me lea. Estas entrevistas me agradan por cuanto desvelan un tanto motivaciones, pasiones, intereses, obsesiones, etc. Ahí va, por si os apetece leerla.

  • Háblanos un poco de ti.
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Nave fabril anterior a la profusión de motores eléctricos, con esa selva peligrosa de correas de transmisión para dar movimiento a las máquinas desde un motor central. Letal para la seguridad de los trabajadores

Nací en Barcelona. Vivo en la provincia de Granada desde 1980. Me dedico a escribir más o menos desde la misma fecha, aunque mi profesión ha sido la de profesor de Enseñanza Secundaria. Mi primera novela publicada lo fue en 2003, por el Ayuntamiento de Granada, y su título, Bajo la encina. Luego, conseguí los premios Ciudad de Guadalajara, por Buscar o no buscar, y Francisco Umbral de Majadahonda por La insigne chimenea. Todo eso no me significó ser más leído por el público, sino la satisfacción de ser considerado por algunos de mis amigos. Lo importante es la alegría de haber creado esos mundos, esos personajes. Tengo 9 novelas publicadas y dos libros de poemas en prosa. No está mal para ya una larga vida. Sin embargo, he escrito, si los números no se me dan mal, 13 novelas más inéditas. El deleite está en esos amigos que me consideran, en quienes me dicen “oye, qué bien está tu novela, la he disfrutado”. Dar goce siendo leído produce la misma complacencia que el amor bien hecho, que la convivencia grata.

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  • ¿Qué podemos encontrar entre las páginas de La novena?

Música, mucha música. Es un intento de aunar las estructuras musicales con las narrativas. Si es fallido o no, lo dirán mis lectores. De momento ya algunos de ellos me han dicho que he tenido éxito en ese intento. Kundera le recriminaba a Hermann Broch que en su trilogía Los sonámbulos no hubiese un nexo que uniera sinfónicamente la obra. Me parece que yo sí lo he conseguido con esa narradora, Gusti Rodero, que escucha una y otra vez la 9ª beethoveniana porque es lo único que calma a su marido, enfermo de Alzheimer. Y he intentado seguir la estructura de esa sinfonía, con sus cuatro movimientos que simbolizo en lo heroico, lo orgiástico, lo bucólico mezclado con el dolor y la muerte, y por fin, Europa, con las virtudes y defectos que la caracterizan. Para ello he utilizado la historia de dos familias, los López Pedrosa y los Rodero Pedrosa, que concentran esos defectos y virtudes, más la misma historia española desde principios del XX hasta hoy, y la historia europea, por supuesto.

  • ¿En qué ingrediente reside la fuerza de este libro?

Creo que está en lo anteriormente dicho. Me parece que las descripciones de la vida fabril, de la transición española desde el 75, del terrorismo que marcó aquellos años, de la abulia, el consumismo, la corrupción, todo ello visto desde las vidas secundarias de personajes que no ocupan lugares importantes en la vida ni política, ni social, sino pertenecientes a esa intrahistoria de la que hablaba don Miguel de Unamuno. Más la misma vida de Beethoven coincidiendo con aquel estreno de su última sinfonía, y la maldición que a partir de entonces parece haber marcado a algunos compositores: Schubert, Bruckner, Dvorak, Mahler, etc., que compusieron sus novenas sinfonías y murieron poco después. Y también reflexiones sobre la música. Todo ello ensamblado o armonizado con enlaces entre los diferentes temas, en forma de pequeñas cavilaciones como en el sinfonismo ocurre con los llamados puentes.

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De aprendizaje. A escribir se aprende escribiendo. Y leyendo mucho. El escritor debe saber de todo. No le está de más una formación científica, además, claro, de literaria, filosófica, social, etc. Pero sigo aprendiendo. No se acaba nunca. Uno termina de aceptar un texto para ser publicado cuando ya lo tiene el editor maquetado y en imprenta, y aun entonces, se le ocurre alguna que otra corrección que ya no será posible. Lo mismo pasa con la formación como escritor y como persona: solo termina con la muerte, y aún, porque más allá no sabemos si continúa, que si no…

  • ¿Cómo describirías tu trayectoria de escritor desde la primera publicación hasta esta última?
  • ¿Cuál fue el último libro que leíste? ¿Por qué lo elegiste?

Soy muy ecléctico en mis lecturas. Leo lo que pillo. De lo último leído, pienso en dos libros de Milan Kundera: El arte de la novela, y Los testamentos traicionados. El checo era músico también, de modo que me es de gran inspiración. Pero se mezclan Gabriel Miró, Gueorgui Gospodínov, un búlgaro que me ha gustado mucho, Ernesto Sabato, Kertész, etc. En mi vida he leído con devoción a Unamuno, Eugenio Trías, a María Zambrano, a Juan Goytisolo, a Cortázar, Sarduy o Cabrera Infante, Baricco, Mankell, Calvino, Lowry (quien, por cierto, conoció a su primera esposa en Granada), Bulgákov, Joyce, Pérez Galdós, Pynchon, Mann, Céline o Kafka. Me ha aficionado la ciencia, la Kabalah, la mística y la historia de las religiones, la Historia y Nietzsche. Así de “enfollonado” soy.

  • Y ahora qué, ¿algún nuevo proyecto?
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Me dejo llevar. Desde La novena, escribí dos novelas en las que el personaje central es un viejo (no un anciano aún, sino lo que se llama un hombre “mayor”) que vive solo. Me siguen obsesionando las estructuras musicales y en una de ellas he imitado el tema con variaciones. Con esas novelas que tengo inéditas debería dedicarme a corregirlas, pero me da una pereza… Porque lo peor de este oficio es corregir: cuesta tanto como arrancarse un apósito pegado, es pesado como transportar sacos de 50 kilos, uno está ciego para lo propio, por eso lo ideal es dejarlo reposar durante años y que quede como si lo hubiese escrito otro. He empezado algo nuevo, sí, pero lo voy a dejar hasta corregir del todo lo que publicaré con la Academia de Buenas Letras de Granada el año próximo. A lo peor no escribo nada más y me dedico a dejar a punto esas 13 novelas sin publicar o desecharlas todas o algunas, ya veremos. La vida da muchas vueltas…

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Tres artículos de la columna de la Academia de Buenas Letras de Granada

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Como de costumbre, adjunto aquí unos artículos de los aparecidos en el periódico Ideal de Granada, y que se incluyen en la columna semanal que dicho periódico concede a la Academia de Buenas Letras de Granada. Los títulos de estos artículos son Semblanza, Dogma y ¿Y eso de qué sirve?, todos ellos publicados ya en este mediado año 2024. Espero que os satisfagan.

Semblanza

y va ahora y le conceden el Nobel, un noruego desconocido, aunque aquí ya estaba traducido, el Nobel, yo había comprado unas novelas suyas, la librera me lo dijo, es interesante, me aseguró, recuerdo, y me tiraba para atrás, tres libros en los que estaban distribuidos siete textos, una Septología, se titulaba, me dije, no había escuchado nunca la palabra, y vi en la portada una botella y una cruz, menuda imagen, pensé, recuerdo, y le pregunté a la librera, cuánto, y me dijo tanto, y sí, me los llevé, y va ahora y le conceden el Nobel, pero antes ya había empezado a leerlo y es bueno, muy bueno, no sé si merecido porque hay otros que también, pero lo cierto es que es a este a quien se lo han dado, eso es indiscutible, pienso, y a mí se me ha ocurrido imitar su estilo en este artículo, su prosa obsesiva, aunque solo sea para que el lector haga boca, como se dice habitualmente, pienso, heredero, este Fosse, de Samuel Beckett, del monólogo interior y de los saltos temporales y espaciales propios de la novela moderna, se me antoja o pienso, y pienso en el protagonista, un pintor que sobrevive de vender sus cuadros, un viudo triste, recuerdo de la trama, un hombre que gracias a su esposa, que murió, aunque esto acabo de decirlo, dejó la bebida y se hizo católico en un país mayoritariamente protestante, como el propio escritor, y el parangón con otro pintor, de igual nombre, porque sí, hay muchas coincidencias de nombres como si las personas fuesen, no intercambiables sino posibles, pienso, es decir, como si cada uno tuviéramos varias vidas en una sola, según los acontecimientos son estos o aquellos, según que esa casualidad a la que algunos llaman Destino, lleve hacia la felicidad o la autodestrucción, y otros lo llaman Dios, pues sí, Dios, ese que murió según Nietzsche, y es que este noruego, recuerdo, habla mucho de Dios, de un Dios retratado, representado, simbolizado por el Maestro Eckhart, de quien habla lo mismo que habla de Beckett, pienso, y eso hará que algunos se nieguen a leer unos libros rematados todos, sí, todos, con una oración, recuerdo, o con varias, algunas recitadas en latín y otras en noruego, traducido, claro, porque el prejuicio es la mayor tontería, pero incluso es necesario, pienso, cosa que no priva lo muy recomendable de Fosse, pienso

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Jon Fosse, premio Nobel del año 2023

Dogma

Vivimos en una sociedad que se ha ido convirtiendo en dogmática. Recuerda, en muchos aspectos, a la España de la Contrarreforma, allá cuando a la más mínima se le declaraba a uno hereje o judaizante. Hoy te colocan el sambenito con idéntica facilidad. Eso sí, no te queman en la plaza pública, lo que es de agradecer, pero te reducen a la categoría de apestado, te apartan, te insultan. Y luego, levanta cabeza si tienes redaños.

Para hacer semejante afirmación debería yo exponer ejemplos, datos, demostraciones. Ocurre que para tal cosa tendría que ser sociólogo, politólogo o periodista, y no soy sino un escritor humilde, casi desconocido, un lector compulsivo (a cada tonto le da por una cosa) que conoce, más o menos, el presente, el pasado e intuye el futuro.

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A pesar de todo, afirmo esa deriva social: el dogmatismo. Me basta con mirar a mi alrededor, parar el oído (tenemos dos orejas para escuchar y una sola boca para hablar), ver telediarios, leer periódicos, mirar diversas redes sociales. El dogmatismo se extiende como la sarna. Muchos, demasiados ya, no soportan que alguien se salga de la ortodoxia, de esas reivindicaciones de las que no se duda de su justicia, sino que puede haber disensiones respecto al ritmo, por ejemplo, con que se exigen los logros. Las sociedades cambian de forma relativamente lenta, aunque hoy se haya acelerado el paso. Las revoluciones, se demostró en el siglo XX, no existen. Las evoluciones, sí. Pues bien, si uno se atreve a decir tímidamente que se va demasiado rápido en esto o en aquello (esa puede ser una de las críticas), ya le han echado la sal en la mollera, ese ya es calificado, cuando menos, de facha, de machista, de homófobo, y aquí añadan ustedes la larguísima lista de heterodoxias, de apostasías que puedan colegir del escrutinio social. ¿Una democracia donde no se puede disentir sin arriesgarse a ser agredido, aunque solo sea verbalmente? Incluso esas tres religiones dominantes en el mundo, si bien han intentado históricamente eliminar la discusión y la discrepancia, no han podido evitarlas ¿Por qué comparo el dogmatismo actual con la religión más intransigente?: porque para muchos es lo mismo, aunque no quieran percatarse de ello. Y la culpa de esta degradación no es achacable sólo a los dirigentes: los primeros implicados somos nosotros, la gente de a pie.

¿Y eso de qué sirve?

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No hace mucho, un compañero de esta Academia publicaba aquí un artículo en el cual se quejaba del quebrado sentido de una expresión sobre la Caja de Pandora y atribuía este error al progresivo abandono del estudio de latín y griego en las enseñanzas secundarias. He sido profesor de ese ciclo educativo durante treinta y tres años y me las he oído de todos los colores. El “¿y esto de qué sirve?” lo solucionó mi compañera de Departamento de un plumazo: a ti, no sé, a mí, para ganarme la vida. Bien, es una boutade eficaz. Mis estudios son de Ingeniería Técnica y puedo garantizarles, pues antes de ejercer el profesorado trabajé como técnico en varias industrias, que pocos de los asuntos que abarcaron mis asignaturas cursadas pude aplicarlos llanamente en el desarrollo de mi oficio. Este lo aprendí pegado al tablero de dibujo y discutiendo con los mecánicos que debían construir o usar las máquinas y utillajes que yo proyectaba, lo aprendí de mi jefe, que se encargó de formarme. ¿Qué me proporcionaron mis estudios?: una base a partir de la cual edificar mis conocimientos prácticos. ¿Ingeniería?, sí, y Medicina, y Carpintería, Arquitectura o Albañilería, Fontanería o Jurisprudencia. Los ingleses montaron un imperio estudiando poesía y griego en sus escuelas y universidades. No solo, ya, pero tales disciplinas eran primordiales. Los romanos hicieron otro tanto con la filosofía; no hay sino ver la evolución del estoicismo en aquella ciudad imperial. ¿Sirven la poesía o la metafísica para asentarse en territorio descubierto o para ganar batallas? No, pero ayudan a ordenar el cerebro. Siempre les dije a mis alumnos que este órgano complejo y neuronal es como un músculo, que se puede entrenar y desarrollar o dejarlo atrofiado, según uno tenga voluntad. Cierto individuo, de unos dieciséis años, me espetó un buen día primaveral “¿para qué quiero estudiar inglés, si no voy a ir a Inglaterra?”. Por suerte, lucía un buen sol y los aromas florales mantenían mi buen humor. De lo contrario, habría acabado en el cuartelillo. Ningún estudio tiene utilidad directa. Incluso la medicina se aprende en la consulta o en el quirófano. En España se tiende, y hoy más, a exigir una rentabilidad directa e inmediata a todo aquello que se hace. Los estudios, sean universitarios o secundarios, son estribo para ascender hasta la eficacia profesional, no para ser aplicados en bruto. Aplíquense el cuento.

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Presentación en el CALC de mi novela La novena

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Portada de mi novela La novena. Un trasunto de la Novena Sinfonía de Beethoven

Previa a la presentación, a cargo del musicólogo, historiador e intérprete de laúd en el granadino trío Albéniz, Ismael Ramos, tanto el responsable de cultura del Centro Artístico, Literario y Científico de Granada, Juan Chirveches, como el editor, Alejandro Santiago, hicieron sendas introducciones breves. La presentación propiamente dicha es la que sigue:

La Novena

Hoy se cumplen exactamente doscientos años desde que un compositor, totalmente sordo y vestido de verde, se sentó, según algunos testimonios, entre el coro y frente al director de orquesta, para indicarle a este los tiempos que debía marcar a la orquesta. El director, por su parte, dio instrucciones previas a los músicos para que ignorasen lo que Beethoven indicara.

Al parecer, los papeles que Beethoven llevaba consigo eran los borradores con las primeras ideas musicales, pero que él escuchaba en su cabeza de un modo sinfónico.  La Novena de Beethoven y la Novena de Arnas comienzan de la misma manera: ¿Cómo tuvo la osadía el gran Beethoven de incluir la afinación en el principio de su Novena Sinfonía?

Imaginemos el momento en que la inspiración le llegó al genio de Bonn y sentó al piano para esbozar algo así… (interpreta al piano unos compases de ese comienzo en su 1ª versión). Por tanto, aquel día 7 de mayo de 1824 se estrenaron dos novenas sinfonías: la que escucharon los vieneses en el Teatro de la Puerta Carintia y la que surgía, en forma de música interna, en la cabeza Beethoven.

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En la mesa, de izquierda a derecha, Alejandro Santiago, editor de Nazarí, un servidor e Ismael Ramos.

Aquella música sinfónica y su texto han sido desde entonces la música del Consenso, hasta el punto de que el filósofo anarquista Bakunin dijo que solo salvaría la Novena sinfonía de Beethoven antes de destruir el mundo burgués, los nacionalistas la consideraron expresión de su fuerza heroica, para los republicanos encerraba la divisa de la Gran Revolución de 1789, según los comunistas en la Novena se consagraba un mundo sin clases, para los católicos es su Evangelio, la Oda de Schiller y la melodía principal del cuarto movimiento  están considerados la expresión cumbre de los ideales masónicos, para los demócratas la Novena es la esencia de la democracia, también fue la música que Hitler pedía escuchar en cada uno de su cumpleaños y esta misma música fue la que utilizaron contra él sus enemigos en los campos de concentración, ha servido de himno para la muy racista república de Rodesia y, como no, hoy es el Himno europeo, aunque aquí no hay consenso, ya que como dijo Heller: Europa ha causado la muerte de la Novena Sinfonía al convertirla en su Himno, pero este es otro cantar.

Para celebrar esta importante efeméride, Miguel Arnas Coronado nos presenta hoy su último libro y comete la imprudente osadíade titularlo La Novena bajo un formato literario paraunamuniano que él titula una Novelna. Y digo osadía, porque sobre las Novenas existe una suerte de maleficio. Como muchos de ustedes sabrán, muchas Novenas sinfonías han sido preludios de la muerte de sus autores. Pero, Miguel Arnas, que es muy astuto, para eludir esta imprecación ha dejado que sea un alter ego femenino, Agustina Rodero Pedrosa, frau Autorin, una suerte de Cide Hamete Benengeli, quien asuma este riesgo y sus consecuencias. De hecho, Frau Autorin, desde el comienzo de la obra, ya es descrita como una mujer con cáncer de ideas: «este es mi cáncer que espero contagiarte», nos dice. La Novena de Agustina Rodero (Miguel Arnas), es una matrioska que, en adelante, intentaré montar y digo bien, porque voy a ir colocando las muñecas de menor a mayor.

Pero hablando de comienzos,

La Historia

La Novena de Arnas es una clepsidra en forma de libro, no de Historia, sino de microhistoria, en un sentido ginzburgiano. Situando en escena personajes de ficción, pero que podrían haber sido reales perfectamente, Arnas nos contagia las emociones y las circunstancias de aquellos españoles que sobrevivieron en los tiempos de la posguerra, nos lleva al monte con el ganado y nos sube en unas barquichuelas para pescar y, sobre todo, nos acompaña a las fábricas, donde se fraguan las demandas obreras entre el miedo y la complicidad y, sobre todo, entre algo que es muy importante para el autor en su vida real: la amistad.

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Monumento a Ludwig van Beethoven en la Münsterplatz, o plaza de la Catedral, de Bonn

Aquí abro un paréntesis, en la solapa biográfica del libro, Arnas habla de tres apoyos en su vida: el amor, la literatura y la música; creo que le falta el de la amistad, como él mismo tantas veces expresa.

Volvamos al libro y a su estructura sinfónica

Utilizando el despliegue coral que ofrece la narración del devenir de dos familias a lo largo de generaciones, conoceremos la microhistoria de la vida de personajes profundamente definidos.

La suprahistoria

La historia de estas familias y de sus personajes se ve interrumpida y está trufada por una serie de disquisiciones y reflexiones que funcionan como argamasa para el edificio sinfónico. Arnas, utilizando un método de composición musical, utiliza una serie de disquisiciones a modo de puentes o variaciones y, en efecto, lo son. Parecen ensoñaciones corales que viajan en el tiempo ofreciendo escenas con protagonistas como Beethoven, Schiller, Schubert,  Mahler y Alma,  Bruckner, y reflexiones filosóficas en torno al miedo, la sabiduría popular, la supervivencia, lo heroico, la represión sexual, la amistad, la cultura, la música, la guerra, la gula, la lujuria…

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Franz Schubert

Lo programático

Al igual que ocurre en muchas obras musicales el compositor pone música a algo preexistente, ya sea un cuento, un poema o una exposición de cuadros. De sobra es conocido que Vivaldi puso música a las Cuatro Estaciones a partir de cuatro sonetos, o la Danza Macabra de Saint-Säens tiene como fuente literaria un poema de Henri Cazallis.

Miguel Arnas tiene la bondad de desvelar su programa y nos dice cuáles van a ser los temas consagrados a cada uno de sus cuatro movimientos sinfónico-literarios: Lo heroico, Lo orgiástico, Lo bucólico y lo fúnebre, Europa (épica y anodida). En el cuarto movimiento, al igual que ocurre en la obra de Beethoven, vamos a encontrar elementos corales compositivos relacionados con la construcción de Europa. La autora/autor ofrece un total de 39 micro semblanzas de personajes, algunos de ellos poco conocidos, pero que todos son identitarios de Europa, al igual que lo serán cada uno de los personajes de la novelna, cuyas características personales se corresponden con las identidades de nuestra Europa.

La estructura

Todos estos elementos, la historia de las dos familias, los Rodero y los Pedrosa, la intrahistoria española, la impresionante panoplia coral de personajes que se asoman a las páginas de La Novena, los puentes, variaciones, codas, pausas entre movimientos y un largo etcétera están al servicio de un apabullante ejercicio compositivo literario de Miguel Arnas, como así lo confiesa al inicio de su obra: La intención es clara. Durante años, en el ejercicio de mi profesión, me han obsesionado ciertas semejanzas entre las estructuras narrativas y las musicales: la fuga, la sonata, la sinfonía, el tropo, la variación, el desarrollo. ¿Puede equivalerse estructuralmente el armazón de algunas novelas con el de las piezas musicales? La autora/autor confiesa que en esta novelna se perseguirán los temas a imitación de la estructura sinfónica y perseguirán al hipotético lector. Este tema no es nuevo en Arnas, como tampoco el Himno de la Alegría lo fue para Beethoven y aquí quiero hacer una breve pausa para dar paso a la música. Ya que hoy se cumplen 200 años de la Novena de Beethoven, no podemos dejar pasar esta oportunidad para escuchar el tema más famoso, el tema de Europa que, con toda seguridad, ustedes tendrán además asociado al infernal sonido de una flautita de plástico… (Ismael Ramos puso en el reproductor el arreglo de ese movimiento coral del 4º movimiento de la 9ª sinfonía beethoveniana que sirve de Himno a la UE). Muchos de ustedes sabrán también que este motivo melódico fue previamente utilizado por Beethoven en su Fantasía Coral op. 80.

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Wolfgang Amadeus Mozart, un músico de narices

Pero probablemente, pocos sepan que, según algunos expertos en la obra de Beethoven, ya se había utilizado esta melodía con anterioridad, en concreto en 1775 por Mozart en su Misericordias Domini, cuando Beethoven tenía 5 años. (Y de nuevo, el presentador activa el reproductor musical para que se escuche esta pieza mozartiana).

Paralelismos

Pues bien, volviendo al tema que nos ocupa, La Novena de Arnas también tiene sus precedentes. Aquí es ineludible citar el caso de Anthony Burgess, compositor y escritor, célebre por su Naranja mecánica, pero también por sus sinfonías, sonatas y conciertos, con los que cosechó sonoros éxitos. Pues bien, el interés de Arnas por las estructuras musicales y su trasvase a las literarias ya fue abordado por Burgess en su Napoleon Symphony: A Novel in Four Movements, publicada en 1974, pero que tomó como modelo la Heroica de Beethoven, a diferencia de Arnas que se enfrenta a la Novena. En 2016, nuestro autor, en su discurso de recepción como académico numerario de la Academia de Buenas Letras de Granada, ya puso de manifiesto su interés por las estructuras musicales y narrativas: He intentado contar una historia componiendo algo semejante al tema y desarrollo musical que se impuso a partir del clasicismo y el romanticismo como forma más evolucionada que el tema y variaciones. En otro lugar del discurso advierte: Este capricho mío por comparar los armazones o andamiajes de la narrativa con los respectivos de la música, aparte de venirme de antiguo mi pasión hacia ambas artes se disparó con una observación de George Steiner en su libro Lenguaje y silencio asegurando que la novela La muerte de Virgilio, de Hermann Broch, una de esas cinco o seis novelas imprescindibles del siglo XX, era un cuarteto de cuerda.

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Edición de Acantilado de la novela de Anthony Burgess, Sinfonía Napoleónica que remeda la 3ª Sinfonía, Heroica, de Beethoven

En concreto Steiner dice: «Más recientemente, la sumisión de las formas literarias a ejemplos e ideales musicales se ha llevado más allá. En Romain Rolland y en Thomas Mann encontramos la convicción de que el músico es el artista esencial (más artista que el pintor o el escritor, por ejemplo). Esto se debe a que sólo la música puede alcanzar esa fusión total de forma y contenido, de medios y de significación, a que aspira todo arte. Dos de las principales empresas poéticas de nuestro tiempo, los Cuatro cuartetos de Eliot y La muerte de Virgilio de Hermann Broch encarnan una idea que puede remontarse hasta Mallarmé y L’après-midi d’un faune: ambos quieren insinuar en el lenguaje relaciones correspondientes a una forma musical. La muerte de Virgilio es una novela construida en cuatro secciones, cada una representativa de los cuatro movimientos de un cuarteto. De hecho, hay indicios de que Broch pensaba en uno de los últimos cuartetos de Beethoven. En cada «movimiento», la cadencia de la prosa trata de reflejar un tiempo musical correspondiente; hay un scherzo ágil en que la trama el diálogo y la narración se mueven a un ritmo acelerado; en el andante e estilo se demora en frases largas, sinuosas. La última sección, la que muestra el tránsito de Virgilio, es una interpretación asombrosa. Va más allá de Joyce en el relajamiento de los lazos tradicionales de la narrativa. las palabras literalmente fluyen en una polifonía sostenida. Los hilos del argumento se entrelazan exactamente como en un cuarteto para cuerdas; hay fugas en que las imágenes se repiten a intervalos determinados; y al final el lenguaje se concentra en un arranque tenue, sensual, a medida que el recuerdo, la conciencia actual y la intimación profética se juntan en un solo gran acorde. Toda la novela es, de hecho, un intento de trascender el lenguaje hacia maneras de significación más delicadas y precisas. En la última frase, el poeta cruza el umbral de la muerte y se da cuenta de que lo que está íntegramente fuera del lenguaje está también fuera de la vida

Conclusión

En mi opinión, Arnas logra componer una estructura sinfónica y una sinfonía de palabras. La estructura final, formada por los personajes de la novelna, las reflexiones filosóficas y estéticas que han construido Europa, además del resto de recursos compositivos han logrado poner en pie la anhelada estructura sinfónica que atrapa y acoge al lector.

Leer La Novena de Arnas es un ejercicio exigente. Obliga a una lectura holística para descubrir su estructura, de igual modo que sucede con la audición activa de una sinfonía.

Pero esta exigencia recompensa al hipotético lector. Además de resultar una lectura fluida, placentera y coral, sus páginas derraman erudición.

Este es uno de esos libros que llenan alforjas.

Con la Venia voy a presentar el libro.

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Lectura de la contraportada: El 7 de mayo de 1824 se estrenó en Viena la Novena Sinfonía de Beethoven, parte de cuyo último movimiento, La Oda a la Alegría, es desde 1985 el Himno de la Unión Europea. Miguel Arnas ha querido homenajear, escribiendo un verdadero concierto, a esa célebre y muy bella Sinfonía. Dos temas se entreveran en esta novela: el estreno mismo y rasgos de la vida de su autor, así como la famosa maldición que pesó sobre algunos compositores que escribieron su Novena Sinfonía y murieron; y por otra parte, la historia de dos familias que representan, con sus vidas, no solo a nuestro siglo XX e inicios del XXI, sino que siguen el significado de los cuatro movimientos de la Novena: lo heroico que ocupó parte de ese siglo pasado; lo orgiástico que significó la liberación del Dictador, tanto en su aspecto placentero como en lo sangriento; lo bucólico como refugio de lo urbanita; y, por último Europa y los defectos y virtudes que la integran, con una coral, la de esa Oda, consistente en la pincelada de algunos personajes secundarios e imprescindibles que la construyeron. Y la muerte siempre presente, muerte que, por eterno retorno, se resuelve en vida.

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Por otra parte, esta presentación es un ACONTECIMIENTO HISTÓRICO. Hoy se cumplen los doscientos años de la Novena de Beethoven y la presentación de La Novena de Arnas.

No sean imprudentes y no dejen pasar la oportunidad de que el autor les firme hoy el ejemplar que, a partir de este momento, se convertirá en un fetiche con valor histórico.

Intervención del autor:

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En el acto, protocolario e imprescindible, de la firma de libros

Mientras hablaba, ¡y con qué eficacia y alabanza!, mi querido amigo Ismael, he ido tomando algunas notas desordenadas que intentaré aquí, improvisando, ordenar para ustedes. En primer lugar, quiero disentir de mi presentador, no solo en las excesivas loas, sino en un aspecto que ha señalado: entre esos tres puntos que apuntalan mi ser, amor, literatura y música, denunciaba la falta de la amistad, para mí también importantísima, y es que la amistad es amor pero sin sexo, de modo que aquella queda englobada en el concepto mismo del amor.

En efecto, y ahora sí dándole la razón, esta novela mía tiene mucho que ver con el Discurso que leí en mi ingreso como Académico de número en la Academia de Buenas Letras de Granada. Es muestra de mi obsesión, padecida desde hace años, por las semejanzas posibles entre las estructuras musicales, es decir, fuga, sonata, contrapunto, sinfonismo, etc., con las potenciales estructuras narrativas, sobre todo novelísticas, aunque no solo. Esa fascinación la comparto, y está inspirada en ella, con la que Milan Kundera enunciaba en su El arte de la novela.

En griego, la palabra armonía indicaba el correcto ensamblaje de los elementos que componían una embarcación, una casa, un carro. Luego, ese término empezó a relacionarse con la música. Por mis iniciales estudios de Ingeniería Técnica, el ensamblaje de los elementos era determinante en el éxito de la máquina, utillaje, molde o matriz que yo diseñaba. También este aspecto de mi biografía ha determinado esa obcecación por la estructura narrativa. Y, sin remedio, también la relación entre esas ensambladuras mecánicas o literarias y las armonías musicales.

Respecto a la estructura sinfónica y de sonata, intento aquí, no sé si con éxito, reflejarla en los cuatro movimientos o capítulos que integran mi Novelna (quise titularla así pero temí que el eventual lector que tomase el libro en sus manos no comprendiese ese sentido de aleación músico-novelística que quise imprimirle), también en la alternancia, no estricta, entre el tema musical, en el que incluyo el estreno de la 9ª beethoveniana, anécdotas de la vida del compositor, el maleficio de esas novenas sinfonías tras cuya composición fallece el músico (Mahler, Schubert, aunque este no está del todo claro por la cantidad de música compuesta por él y perdida, Dvorak, Glazunov y Vaughan Williams), sucesos de las vidas de esos tres primeros compositores de quienes hablo en el paréntesis, reflexiones mitológicas de la narradora, todo eso en aleación o mixtura con la historia de esas familias ya mencionadas por mi presentador y que representan con sus vidas los diferentes sentidos de los movimientos sinfónicos: heroico: desde la guerra de África, pasando por la dura posguerra y el ambiente fabril en ella, hasta la leve relajación durante los últimos años del franquismo; orgiástico: aquella transición tan denostada hoy pero que evitó muertes y representó una bocanada fresca (y un tantico calentorra) de libertad, al tiempo que una sangría terrible causada por el fanatismo etarra; bucólico_ por la vuelta al campo que algunos quisieron hacer y que fracasó por ignorancia o pereza, si bien en el caso de quien protagoniza esta hazaña campestre, Roberto López Pedrosa, es por necesidad, enlazando con la temática de mi premiada novela Buscar o no buscar; Europa, con los vicios y virtudes que la caracterizan, una coral que la representa y por último la mezcla de agonía y nacimiento que renueva la población haciendo avanzar a la Unión Europea, y deseamos que siga avanzando. También incluyo, como integrantes de esa forma musical, los enlaces o puentes entre esos temas de los que he hablado hace un momento, y los silencios entre los movimientos, llenos de toses y ajustes de la ropa interior clavada en la carne de resultas de lo incómodo o semicómodo de los asientos en las salas de conciertos. Esos silencios son importantísimos en música, casi tanto como las notas: recuerdo esa pausa larga que marca el momento álgido y trágico del último movimiento en la Patética de Tchaikovski, o los 4’ 33” de John Cage.

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Firmándole el libro a mi querida amiga Josefina Martos, gran escritora

Lo de Schubert, que ha subrayado Ismael, es en mí un fervor. Me siento muy identificado con la vida de ese compositor, y sigo los encuentros y desencuentros que tuvo con su admirado Beethoven, e incluso lo sitúo en su lecho de muerte, acompañando al dibujante Teltscher, quien esbozó unos trazos con el rostro agonizante del músico de Bonn.

Como ya ha mencionado también Ismael, Anthony Burgess escribió una novela siguiendo la pauta de la 3ª sinfonía de Beethoven, titulada Sinfonía Napoleónica. El final de esa novela es un largo poema donde reconoce el fracaso de ese intento de parangón entre la novelística y la música. He intentado lo mismo, repito que no sé si con éxito. Eso sí, le he puesto amor a raudales, entusiasmo y trabajo hasta la extenuación, alegrías e impotencias.

Pero debo seguir con mi resumen de estas notitas. La muerte: es ingrediente indispensable, creo, de esta pieza musical (aunque no lo parezca por ese Himno a la Alegría, freude en alemán, que pudo ser freunde, Amistad) y de mi novela, no solo por esa superstición de la novena sinfonía compuesta e inevitable muerte del compositor (cosa que contradicen muchos compositores, empezando por Mozart y Haydn y acabando por Shostakóvich o Miaskovski que compusieron muchas más), sino también por la irrevocable renovación que ella significa con el encadenamiento de muertes y nacimientos que conforma la Historia. La narradora, que no soy yo, sino Agustina Rodero, agoniza por un tumor cerebral. Es tal vez esa confusión mental, producida por su mortal dolencia, la que le aboca al laberinto ordenado en que consiste la novela. Y es la muerte de la propia cronista la que marca el ritmo y la angustia de esa última parte del cuarto movimiento, tras el coral que determina a Europa.

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Firmándole un libro al poeta Manuel Vílchez García de Gars

Como colofón, deberé confesar que no soy yo el autor de esta novela sino la misma Agustina Rodero Pedrosa, catedrática de Literatura Comparada por la Universidad Autónoma de Barcelona, premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades de 2017, desgraciadamente fallecida e inexistente. Esta mujer tuvo la malhadada ocurrencia de suspenderme su asignatura, y al presentarme en su casa para protestar esa nota inadecuada, la encontré agonizante y escribiendo este texto. Se lo robé y aquí lo tienen, esta mi novela La novena, mi Novelna, como diría Unamuno, quien ya inventó la modalidad novelística de la Nivola.

Quiero agradecer al público presente su asistencia a este acto y proponerles que lean, sea comprándola o robándola, ahora que no me oye el editor aquí presente, esta obra mía, pues lo de Gusti Rodero era una pequeña broma patafísica y unamuniana, por supuesto. Mi agradecimiento, también, al CALC granadino por su generosidad, no solo cediéndonos este espacio para la presentación sino, sobre todo, justo en este día insigne del bicentenario del estreno de la 9ª beethoveniana, que es, a fin de cuentas, el Himno europeo en su cuarto movimiento. Extiendo las gracias a mi editor, Alejandro Santiago de editorial Nazarí, que ha hecho posible la belleza y corrección de este libro; no solo la portada es hermosa, que ha sido un tanto trabajosa en su elaboración, sino el extremo decoro del texto, revisado hasta el agotamiento para que el lector se encuentre con un discurso correcto en su sintaxis y ortografía como en su diseño. Y por supuesto, mis gracias y reverencias a Ismael Ramos, mi presentador, que tan bien ha desplegado las características y ambiciones de mi novela, convenciendo, espero, a los presentes de la lectura tan ansiada, con franqueza, por mí.

Si tienen alguna pregunta que formularme, contestaré con mucho placer a ellas si está en mi mano.

El mismo Alejandro Santiago preguntó en qué forma escribo, si lo hago a saltos, de seguido, si tengo un esquema previo en mi cabeza, en fin, el cómo de mi trabajo. Respondí que el esquema previo suele ser muy somero, leve y elástico, que escribo de corrido y por orden, aunque también es verdad que a veces hago montaje, es decir, incluyo párrafos o parágrafos en medio de otros, para luego dedicarme a borrar, con dolor y ajetreo en mi cabeza, modificar, añadir, arreglar o, como se dice en Granada, apañar el texto.

Muchas gracias.

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