Según parece habrá una nueva
protesta contra el gobierno, el 8 de noviembre. Por lo que se puede ver en las
redes las áreas temáticas de protesta son tantas, que autoriza a denominar al
acto “contra el gobierno” y “críticas en torno de algunas políticas”. También
habilita a imaginar que los que han salido y volverían a hacerlo, no votaron
por Cristina Fernández el año pasado; es decir no comparten el marco político
del gobierno. La amplitud del temario abarca la política económica, la orientación
de las relaciones internacionales, algunas particularidades como el control del
tipo de cambio y su comercialización, la regulación del mercado interno, la
seguridad urbana, y otras mucho más generales. Esa generalidad es la que mueve
a calificar a esta protesta cercana no como una que pueda resolverse con una
respuesta quirúrgica por parte del gobierno. ¿Liberar la compra de divisas
resolvería la cuestión y conformaría a los ciudadanos en protesta? No parece el
caso. Hace unas semanas, el diario La Nación, publicó una entrevista a LilianaDe Riz. Allí, indicaba que las protestas son expresiones de la falta de
atención de los gobiernos a ciertos reclamos ciudadanos. Esa respuesta, típica argumentación
de la escuela pluralista democrática norteamericana, es válida si fuese el caso
que mencionamos: la ocupación del espacio público es en rechazo a una medida específica
o demandando la atención del Estado en una cuestión más o menos puntal. Y a su vez, la
teoría pluralista supone la existencia de sociedades más o menos homogéneas. No
sería nuestro caso en casi ningún sentido. Por ello las protestas de este tipo,
que tuvieron una importante convocatoria en septiembre y probablemente repitan
en la próxima, deberían entenderse por la necesidad de llenar el espacio vacío
de una alternativa política. Porque aunque se dirijan demandando al gobierno,
están levantando voces que parecen no tener representación.
¿Podrá pensarse esto así? El
jueves 25, invitado al programa “Las Manos en la Masa” por América 24, se
planteó esta discusión; esto es si lo anterior era una explicación plausible, o
si argumentar de ese modo era deslindar responsabilidades al gobierno. Va un ejemplo histórico: Entre 1983 y 1987 el
liderazgo de Ubaldini fue indiscutible, no sólo en los sectores sindicales,
sino en términos generales en el peronismo y buena parte de la oposición. Las primeras
marchas llegaron a convocar 250.000 personas. Cuando la Renovación Peronista logró
afianzarse dentro del partido desplazando a la ortodoxia, y ganando buena parte
de las gobernaciones, comenzó a ocupar el centro de la escena en la representación
de la oposición y el liderazgo de Ubaldini, encontró límites en la esfera
sindical; ocupó un rol de oposición hasta que el entramado político volvió a
articularse y fue nuevamente el centro.
No sabemos qué va a pasar con las
protestas en términos estrictos. Sí, podemos adivinar que si ningún sector
político logra canalizarlas, en la historia suelen ocurrir dos cosas: o se disuelven
o tornan a radicalizarse ante la ausencia de canales institucionales que los
representen. Aquí abogamos por la primera.

