Dos protestas importantes en contra
del gobierno. Distintos convocantes, pero objetivos más o menos comunes:
condicionar políticamente al gobierno. En el caso del 8N ese fin condicionante
está más atado a ciertas políticas públicas: no quieren una nueva re elección,
quieren menos intervención del Estado en la economía, que baje la inflación
como sea, y suman agendas de ya largo aliento como la inseguridad. Quieren un
gobierno que responda a esa agenda, peor que además lo haga de un modo definido
que es bastante distinto a cómo el gobierno ha tomado estos y otros temas desde
2003. El problema central es que claramente el gobierno dará algunas señales a
esos sectores, pero no va a modificar su orientación, y estos sectores no
encuentran un liderazgo político eficiente que pueda encabezar con éxito, esta
demanda. Es decir que derrote el año próximo de manera clara y contundente al
kirchnerismo. Podrá haberla, pero por ahora es un signo de pregunta.
La huelga del 20 de noviembre,
fue otra cosa. La agenda de reclamos puede tener puntos de contacto (el caso
mínimo imponible para ganancias) pero el 20 lo que se planteó fue
decididamente, una lucha de poder: el moyanismo y otros sectores sindicales, se
sabe afuera del esquema de poder de gobierno. Y no les gusta. Y quieren
demostrarle al kirchnerismo, que aún son una herramienta de poder política
fundamental en la sociedad argentina y negarlo le traerá al gobierno,
consecuencias, sostienen. La gira interminable de Moyano que lo llevó a
reunirse con los sectores más lejanos de sus acciones políticas (con quienes
abe que jamás converger en un acuerdo electoral), no es otra cosa que la
demostración de que su apuesta a acumular poder político es definitiva. O casi,
porque la palabra más escuchada luego del paro, fue “que nos llamen a conversar”.
Y eso me parece porque el sindicalismo
sabe de su poder, pero también de sus limitaciones electorales: Ubaldini, luego
de los 13 paros a Alfonsín y actos multitudinarios, obtuvo el 1,5% de los votos
como candidato a gobernador en 1991. En cuanto a la agenda política del
sindicalismo, es la del gobierno, piso mínimo más, piso mínimo menos. En ese
sentido es “sólo” político lo que está en juego.
Y nos queda el gobierno. Como era
de esperar, salió a contestar y sentarse sobre el 54%. Sabe también que debe
dar algunas señales y lo hizo, aunque moderadamente. Tiene ahora la batalla de
la ley de Servicios Audiovisuales, que se devorará la coyuntura desde la semana
que viene, y podrá dejar, sino en el freezer al menos en la heladera, los
reclamos sindicales y habrá que ver cuánto de articulación puede haber entre
los caceroles del 8 y Clarín (los primeros ya han avisado por las redes que no
hay ningún cacerolazo planeado). Luego del 7D, seguirá flotando aquella tensión
política en al que el gobierno quizás vuelva a poner el eje en la gestión y las
políticas públicas y menos en la tensión con todos estos sectores. Esas primeras
señales, quizás nos empiecen a decir algo del electoral 2013, y quien estará acumulando más para esas elecciones.

