RODOLFO JORGE AXAT, NOTICIAS SOBRE UN WING FORWARD

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Está caminando por las nubes… está corriendo salvaje/

Mariposas y cebras y rayos de luna/ Y cuentos de hadas… / Cabalgando con el viento

“Little Wing”, Jimi Hendrix

El día que fui al club por primera vez, los entrenadores no lo dudaron y me pusieron a jugar de ala. “Wing Forward” me dijeron en un inglés enrevesado y uno de ellos me largó, directo a mi oído y para que los otros pibes no lo escuchen: “porque esa era la posición de tu viejo”, y después me guiñó un ojo. Por entonces yo tenía 10 años y en La Plata Rugby Club del camino centenario nadie hablaba de los desaparecidos; era fines de la década del 80´ y si ese guiño venía de parte de los entrenadores no era porque la institución se los avalara, sino porque habían sido compañeros de mi padre y su recuerdo lo proyectaban en mi rostro, en la decisión de mi tía de mandarme un día al club a jugar, tal como era tradición en la familia: mi abuelo había sido uno de los socios fundadores de LPRC, mi padre y hermanos habían honrado esa herencia desde pequeños, y se suponía que en algún momento yo tenía que seguir la línea.

En la posición de ala duré pocos meses, porque mi cuerpo era algo blando y cada vez que agarraba la ovalada me movía más como un tres cuartos que como forward, y me terminaban bajando de un tackle, hasta que los amigos de mi viejo, que querían seguir viendo a “Fel”, asumieron de una vez que era su hijo y que mis limitaciones en el juego eran más que evidentes.

Pasé un par de años a los golpes, yendo y viniendo, peleándome con esa herencia maltrecha del rugby, hasta que asumí que debía dejarlo y pasarme al fútbol. Durante todo ese tiempo que no habrá durado más de 4 años, nadie, pero nadie -salvo los entrenadores que me susurraron las proezas de un wing foward al que yo debía calcar-, dieron cuenta de su nombre, o acaso de la situación del deportista desaparecido.

Recién en el año 2006, recibo el llamado de dirigentes del Club que querían hacer un homenaje y colocar en el quincho una placa con los nombres de los jugadores víctimas del terrorismo de Estado, entre los que estaba mi padre.

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Por lo general cuando se hace una semblanza de un detenido desaparecido, se colocan los hechos objetivos que hacen a su persona. Así, el nombre, nacimiento, trabajo o estudios, militancia, fecha y lugar de secuestro y desaparición. En el caso de mi padre, datos más o datos menos, siempre ha figurado así:

“Rodolfo Jorge Axat, tenía 30 años y había nacido el 1 de febrero de 1947 en La Plata. Conocido como «Fel», «Pancho» o «Simón». Fue militante del Movimiento Siloísta, y posteriormente de las FAR, que luego se fusionaron a Montoneros. Jugó al Rugby en LPRC. Realizó sus estudios en el Colegio Nacional, estudió Medicina en la UNLP y más tarde se inscribió en la carrera de Filosofía de la misma Facultad. En 1976, trabajó en el Frigorífico Swift de Berisso, donde también militó sindicalmente. El 12 de abril de 1977 fue secuestrado junto a su compañera, Ana Inés della Croce en un operativo a cargo del Primer Cuerpo del Ejército, en un departamento ubicado en calle 9 Nº 712 de La Plata. Ambos fueron vistos por última vez por sobrevivientes, en el centro clandestino de detención conocido como «La Cacha».”

De todos los datos que figuran en esta información, la referencia del juego del rugby se torna demasiado circunstancial; tiene más tono a una inserción de pertenencia social que a otra cosa, porque también Rodolfo hizo otros deportes como el karate, era un gran lector, jugaba al ajedrez, etc. Sin embargo esa referencia disparó otras dimensiones en mi búsqueda por su trayecto. Y con el tiempo intenté madurar mentalmente la posición del wing foward, pensar cuál era la función en un equipo, tratando a su vez de buscar, quizás, alguna posible relación con el lugar del militante revolucionario.

“Tu viejo era un wing forward muy bueno. Siempre recuperaba pelotas y era duro. Flaco y muy duro, a Fel costaba bajarlo…”, eso me dijo uno de sus compañeros un día que empecé a indagar si esa posible dureza era trasladable al guerrillero, a su capacidad como cuadro. Frases así, de ese estilo, fui juntando de a manojos entre sus compañeros de ambos bandos (rugby y militancia), hasta hacerme como una película mental de cómo se movía en la cancha (la del juego y la calle).

Por entonces había leído por allí que uno de los biógrafos del “Che” había movido cielo y tierra para dar con las revistas “Tackle” publicadas en 1951 tras su paso en el San Isidro Club (SIC), donde el joven Guevara escribía sus notas sobre el juego bajo el seudónimo Chang-Cho. Aquel biógrafo quiso encontrar alguna relación, algún punto común en su formación, incluso paralelismos con sus diarios de viaje y de batalla. Lo cierto es que no los encontró o no se atrevió a dar con una clave, porque eso no está escrito en ningún lado, y es lo sí quise yo escribir en relación a la figura de mi padre.

En los manuales del juego del rugby siempre decían que el objetivo del wing forward, “el ala”, es ganar la posesión mediante pérdidas de posesión contrarias, usando la fuerza física en el tackle y la velocidad en las zonas de contacto, teniendo en cuenta una combinación de velocidad, potencia, resistencia y manejo. Me rompí la cabeza y traté de relacionarlas con la historia de Rodolfo. El wing forward devenido cuadro militante, y -por más que busqué y seguí entrevistando a sus compañeros, tanto de juego como de militancia- no encontré clave posible que pudiera vincular una cosa con la otra. Al igual que el biógrafo del Che, lo incomprobable de una relación. Es decir, si había cualidades de un lado que marcaban una forma de practicar ese deporte, no hallé pistas por otro, para endosarlas al grado y tipo de radicalización política al que pudo llegar.

A eso se le sumaba la cuestión de la cantidad de jugadores victimas del terrorismo de Estado dentro de un mismo club: un total de 21 personas, algo anómalo que para los reaccionarios de la época implicó tildar a LPRC de “escuela de subversivos”. Si uno se pone a pensar, las víctimas son tantas que puede conformar un equipo completo de rugby y hasta los suplentes. Y eso es lo que me obsesionó durante un tiempo. Entonces, ante la imposibilidad de mi faena detectivesca de cruzar wing forwards y guerrilleros, decidí escribir un poema y titulado “Los Canarios románticos” (https://aromitorevista.blogspot.com/2011/03/julian-axat-los-canarios-romanticos.html).

La mejor forma que encontré de mantenerlos con vida fue verlos jugar un partido. Al menos en mi mente. En un puñado de versos. Los imaginé a todos en un mismo equipo, en una especie de más allá de la memoria. Como en el purgatorio de los deportistas que se siguen jugando la vida aun después de la la muerte, esperando pasar al paraíso a costa de try y ganando el partido. Esos versos circularon por las redes donde todavía puede hallarse un video de youtube y a un locutor relatando el partido (https://www.youtube.com/watch?v=mjscpED3Dr4)

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Hasta acá, la característica “deportista” fue un aspecto que agregó el tiempo y el trabajo de la memoria, un reconocimiento a su paso por un deporte, lo que le otorga cierto aspecto vital y dinámico a quien fuera Rodolfo Jorge Axat. Aunque nunca asumiera ese rol como algo profesional, y si bien es una característica marginal que le tocó por pertenencia social y familiar, el pasaje es absolutamente valido para cambiar de plano en la representación de las identidades desaparecidas. Un matiz en movimiento, cierto aura por fuera de los lugares comunes que habitan los burocráticos legajos.

Creo que ha sido Gustavo Veiga (Deportes, desaparecidos y dictadura, 2006), el primero asociar esas vidas al plano desaparición y el deporte en general, como si viniera a aportar una secuencia narrativa nueva que quita las figuras de los grises listados de datos biográficos, agregando elementos que se desplazan en una zona de aparición y color (https://www.pagina12.com.ar/diario/deportes/8-168178-2011-05-15.html). En lo que hace al juego del Rugby específicamente el cuadro se completa con las posteriores publicaciones de Claudio Gómez (Maten al Rugbier, 2015), Araceli Rocca (Silencio de familia, 2016), y Carola Ochoa (Los desaparecidos en el rugby, 2023). Todos han ensayado distintas hipótesis sobre la relación entre rugby y desaparición forzada, historias complejas, atravesadas por diversas inserciones militantes y deportivas que en algún momento coagulaban (incluso fugazmente) entre sí.

De todos modos, es importante señalar que, hasta ahora ningún deportista fue víctima del terrorismo de estado por el hecho de practicar un deporte. Nadie despareció por el hecho de ser futbolista, corredor, atleta, etc. En el caso del rugby, sus jugadores no desaparecieron o fueron asesinados por el hecho de practicarlo, sino –en todo caso– por estar profundamente vinculados a otra idea de mundo, y porque eran –en sus distintos grados de radicalización– militantes revolucionarios. En tal caso, el deporte puede quedar en segundo plano, aunque formaba parte de su vida, su cotidiano, y eso es dato relevante para contar las historias.

Así, característica “jugador de rugby” es un tránsito en esas trayectorias de vida. Un hecho más, como otras cualidades personales (ser estudiante, trabajador, artista, etc.); sin embargo cada faceta puede adquirir relevancia en función de poner en evidencia hasta dónde llegó el terror. El mundo del deporte también fue dañado, porque en ese ámbito también había un grado de politización y resistencia. Eso es lo destacable. En el caso del rugby quizás sea paradigmático mostrar cómo un lugar de cierto status (en argentina es un deporte de elite), se generaron rupturas de clase que tuvieron algún nivel de correlato posterior con el ensañamiento genocida con esas trayectorias (https://www.infobae.com/sociedad/2019/09/10/familias-burguesas-y-rugbiers-revolucionarios-la-historia-detras-de-los-jugadores-desaparecidos-durante-la-dictadura/).

En 1995 cuando La Plata Rugby ganó el torneo argentino de la UAR, nadie se acordó de aquellos jugadores que pasaron por el club y encontraron un destino trágico. La historia pasó desapercibida hasta que recién en el año 2006 se colocó la placa en las instalaciones del quincho que reza: “A los jugadores activos del Club víctimas de la década de 1970”. Dos errores, dos equívocos. Pues nunca fueron víctimas de una década, sino del terror de Estado. Ni tampoco fueron 17, sino 21.

Contra el Manicomio- un nuevo caso de la Dra. Matilde K. de Creimer

La abogada que en plena dictadura de Lanusse se atrevió a denunciar las condiciones inhumanas de los manicomios

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En esta nota, Julián Axat nos trae otro caso asumido por la abogada Matilde K. de Creimer, quien en la década del 70´ y en plena dictadura de Lanusse, desplegó una serie de acciones legales en la defensa de los internos del Hospital Psiquiátrico Melchor Romero, obligando a las autoridades de a hacer reformas estructurales y mejorar las condiciones de alojamiento del lugar.

Por Julián Axat

Una vez más rescatamos del olvido otro de los casos asumido por la abogada y poeta, Matilde Alba Swann, Matilde Kirilovsky de Creimer, o -simplemente- Matilde K., siempre comprometida con los derechos y destinos de minorías durante la década del 60 y 70. Ya en una nota anterior en este mismo medio (https://www.elcohetealaluna.com/la-chica-de-los-habeas-corpus-telefonicos/) contamos algunos de sus casos, entre los que figura el primer caso de violencia de género que se llevó a juicio en Argentina (https://elniniorizoma.wordpress.com/2025/06/27/el-caso-remberta-nievas/) y la forma en la que la letrada logró la absolución de su defendida injustamente acusada.

En esta oportunidad contamos de su visita permanente a los manicomios, y de su preocupación por las condiciones de las personas allí internadas.

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El malestar en la locura: las visitas de la abogada Creimer al Hospicio de Melchor Romero

No era jueza, no era defensora oficial ni ocupaba puesto alguno como funcionaria. Era poeta (Matilde Alba Swann) y después abogada de la matrícula (en ese orden se definía). Matilde Kirilovsky de Creimer fue una de las primeras mujeres en obtener el título en la Universidad Nacional de La Plata, en el año 1933. Desde sus inicios direccionó toda su actividad profesional en la defensa de los más humildes. Decía siempre que no le interesaba cobrar honorarios, lo hacía por solidaridad y compromiso por los demás, “porque tuve la suerte de una educación gratuita, he de devolver con gratitud algo de lo recibido a los que no han tenido esa misma suerte” (eso decía).

La cuestión de la salud mental y su tratamiento en los nosocomios, siempre fue una de sus grandes obsesiones. Le preocupaba que esos lugares las personas no quedasen olvidadas a la buena de Dios, que los internos tuvieran un buen trato y que las practicas médicas no sean vejatorias.

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Credencial de abogada de la Dra. Matilde K. de Creimer

El Hospital de Melchor Romero, “Dr. Alejandro Korn” en las afueras de La Plata, construido en 1911, se trata de uno de los Neuropsiquiárticos más grandes del país, legado más representativo del ideario positivista Lombrosiano. Los vientos del movimiento desmanicomializador de fines de la década del 60´, también habían llegado por estos lares y Matilde, a su manera, recogía ese guante con pasión.

Por eso le gustaba presentarse sorpresivamente a monitorear el lugar y conversar con los internos allí alojados. Buscaba escuchar su voz, sin mediaciones de médicos o enfermeros. Ellos la consideraban como una suerte de hada madrina a la que la veían llegar y se le abalanzaban para que les diera cigarrillos y todo tipo de pedidos que ella iba anotando en una libretita.

Cuando en los pasillos corría el rumor que la Dra. Creimer iba a aparecerse, los directivos del hospital se ponían demasiado nerviosos y apresuraban al personal para dejar todo en orden, sacar a pacientes encierro y limpiar pabellones; porque sabían que con su presencia se armaba revuelo y podía traer represalias legales.

Y eso es lo que ocurrió una tarde de mayo de 1972. Ya hacía tiempo se venían presentando todo tipo de denuncias y quejas, tanto de familiares como de parte de trabajadores: que había pésimos sueldos, el lugar estaba abandonado, sobrepoblación, condiciones inhumanas edilicias y de alimentación. Pero nadie hacía nada.

Hasta que esa tarde de mayo llegó Matilde, lo hizo de la mano de un juez a constatar el lugar.

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La acción de amparo contra las condiciones de Melchor Romero

La Dra. Creimer sabía que el contexto político no la ayudaba. Desde hacía seis años gobernaba en la Argentina una dictadura militar, y el activismo legal en favor de personas vulnerables estaba mal visto por el régimen; más cuando lo pretendía llevar a cabo una mujer sin ningún tipo de cargo más allá de su credencial de abogada. Por eso, una de las estrategias que Matilde utilizó para escudarse fue hacerse cargo de la Comisión de Minoridad y Familia del Colegio de Abogados de La Plata; desde allí pensó que tendría mayor legitimidad para sus planteos.

Ni bien interpuso la acción de amparo, solicitó al juez penal una inspección ocular a los pabellones de Melchor Romero, y el magistrado lo aceptó.

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Ozafrain era un juez comprometido que que ya había intervenido en otros casos impulsados por Matilde y en los que se mostraba receptivo a sus planteos. Esta vez la solicitud era en favor de todos los internos y por la omisión del ministro de Bienestar Social de la provincia de Buenos Aires al permitir que “manifiestamente ilegal se mantuviera a los enfermos alojados en condiciones infrahumanas, en contra de la Constitución”.

Los resultados de la inspección de ese día surgen del acta agregada al expediente, una síntesis de la misma fue publicada por el diario “El Día” el sábado 6 de mayo de 1972, bajo el titulo: “Numerosas deficiencias comprobó el juez Dr. Ozafrain durante su visita al hospital de Melchor Romero”. Allí se menciona que, el juez y la demandante en compañía del director del hospital Emilio Serrano, recorrieron los distintos pabellones, dialogando con trabajadores y pacientes. Las deficiencias en el hospital se traducen en: Infraestructura edilicia (salas con paredes y techos rajados, ventanas sin vidrios), condiciones de vida infrahumanas (falta de abrigo, mala alimentación, existencia de corrales y jaulas para internados) y exceso de internados (falta de camas y falta de personal médico y de enfermería).

Previo a decidir el juez quiso escuchar la opinión del Dr. Manuel B. Capurro, psiquiatra de tribunales, quien también los acompañó en la recorrida. Su dictamen es preciso y lapidario para con las condiciones del lugar, en él se apoya el magistrado para hacer lugar al pedido de amparo de la Dr. Creimer.

Dando por probadas las pésimas condiciones del nosocomio, en un extenso fallo, Ozafrain ordenó al gobierno de la provincia a cumplir con cuatro aspectos fundamentales: a) Atender los recurso materiales y el personal, con condiciones dignas de labor en el establecimiento; b) Atender la alimentación sana, adecuada y suficiente; c) Controlar la sobrepoblación y evitar el hacinamiento (había 108 personas sin cama); d) Realizar una practica de atención digna, humana y cuidada de los enfermos atento a su nivel de padecimiento. Todo ello fundado en normativa constitucional.

Para la época en que fue dictado este fallo, se trata de un antecedente adelantado de la más progresiva jurisprudencia que se dictará varias décadas después, sobre la temática de la salud mental.

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La revocación del fallo y el seguimiento de trabajadores

La sentencia del juez Ozafrain cayó como balde de agua fría en el gobierno de la época, enseguida se pusieron en campaña para dar vuelta el fallo. El gobernador de facto y su ministro de Bienestar Social encomendaron al fiscal de Estado la tarea de interponer la apelación. El escrito presentado contiene duros términos hacia la Dra. Creimer: “… la demanda de la abogada constituye nada más que una mera critica al gobierno provincial, un alegato social y político mal encaminado”. Y, a su vez, arremete contra el juez Ozafrain diciendo que “aceptar sus conclusiones importaría la implantación del gobierno de los jueces, y la ilegitimidad de la injerencia del Poder Judicial en materia reservada al poder Ejecutivo”.

Tras la apelación y con motivo de la presión del gobierno, a solo diez días la Cámara revocó el fallo de primera instancia, lo hizo por razones meramente formales (“no fue demostrado por la accionante que no hubiera otra vía común para la obtención del mismo resultado”), y le pasó el expediente a la Suprema Corte para “que evalué gestiones necesarias”.

No obstante el rechazo del caso, el tema terminó causando cierto impacto al gobierno, por el que debió acusar recibo. Tras la medida fueron tomando estado público el estado de situación de los hospitales, no solo el de Romero, sino de otros establecimientos del país que se dedicaban a la atención de la salud mental. En el caso de la provincia de Buenos Aires se destinaron nuevas partidas para mejorar la situación de los pabellones, pero todas fueron cosméticas.

Con posterioridad y con la excusa de “regularizar la situación” el gobierno de facto dispuso designar un nuevo administrador del Hospital Romero, un suboficial retirado de las FF.AA de nombre Antonio Carregal que creó un cuerpo de vigilancia armado, con personal policial o militar en retiro, para controlar actividades y averiguar la participación de los trabajadores en los hechos denunciados por Matilde Creimer. Porque hay algo que a esta altura parece claro, el litigio iniciado por la abogada, no hubiera sido posible sin la colaboración silenciosa de pacientes y trabajadores.

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La actualidad en la lucha de Matilde K. de Creimer

Para noviembre de 1972 apareció la edición del Séptimo “Cuaderno de La Plata”, una publicación muy leída en esa época, bajo la dirección de Eduardo C. Schaposnik; la misma recopila diversos trabajos de coyuntura. El cuaderno llegó a mis manos de pura casualidad, en la página 80 luce un artículo que no está firmado y se titula: “El hospital Melchor Romero: Una historia de vergüenza y horror”. Allí se hace un repaso minucioso de los sucesos de ese año en el Hospital, el estado del litigio y sus consecuencias. Si no fuera por la dedicatoria a sus hijos en letra manuscrita en la primera página del cuaderno, no hubiera podido develar que la autora es la propia abogada Matilde Creimer, que para evitar cualquier tipo de represalia, prefirió mantenerse bajo anonimato y escribir en tercera persona.

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Es el miedo justificado de la época. Varias décadas después, cuando se abrió el archivo de la DIPPBA (Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires), aparecieron listas de archivos que muestran con qué grado de minuciosidad y sistematicidad se desplegaron acciones para controlar el trabajo de la abogada Matilde Creimer y, especialmente, cómo se practicaron seguimientos sobre los trabajadores del hospital y su organización gremial.

La vigilancia continuó durante los años siguientes y, durante el terrorismo de Estado, muchos de esos trabajadores que figuraban en partes de inteligencia sufrieron la persecución del aparato represivo y hasta desapariciones (al menos cinco trabajadores del hospital Alejandro Korn de Melchor Romero fueron desaparecidos durante el terrorismo de Estado, otros cuatros estuvieron detenidos, siete se exiliaron y unos 80 fueron despedidos o cesanteados).

Varias acciones judiciales iniciadas en democracia por organismos de derechos humanos (https://www.cels.org.ar/web/2018/05/al-psiquiatrico-de-melchor-romero-no-deberian-ingresar-mas-personas/), ponen en evidencia que las mismas situaciones a las que refería Matilde K. de Creimer en sus presentaciones, persistieron en el tiempo.

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Carta abierta de un loco”

El siguiente texto forma parte de la obra inédita de Matilde, ya no como abogada sino como la poeta Matilde Alba Swann. Podría pensarse que funciona como contracara de la acción de amparo presentada por ella misma en modo de Matilde K. de Creimer.

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Cuando pedí permiso para usar la máquina de escribir para mandar esta carta tras explicarle a las autoridades su destino, después de un corto y risueño conciliábulo, me dijeron que sí: total, explicó el mandamás, estamos todos locos. Yo personalmente, les digo que, desde hace mucho tiempo atrás tengo mis serias dudas acerca de si todavía existo; esta mañana después de leer el diario y a través de mi santa indignación me dije que sí, que existo: todos los que somos capaces de enojarnos con causa, es porque estamos vivos; no importa si de este o del otro lado de la verja.

A mi me internaron en la época de Lanusse; dos médicos dijeron que estaba loco y me las aguanté, simplemente porque me dijeron: “quedate piola pibe, la ley es así, cuando dos médicos certifican tu alienación no hay capo que te salve; tenelo por seguro: estas loco…”. Sin embargo, yo sé, con mi razón al revés, que Lanusse no tuvo la culpa; dio la causalidad que él estuviera en el gobierno cuando lo de mi enfermedad; cualquier otro presidente hubiera sido lo mismo para mi suerte. Aquí no se hace vida de tipo desequilibrado, se hace vida de perro; ya me convencieron de esto también. La ley es así. Mientras todos los locos seamos maltratados, el principio de igualdad estará a salvo, y la Constitución seguirá siendo la primera y más respetada de las leyes. Macanudo, la Constitución no tiene ningún artículo que se ocupe de los locos, como si acaso al momento de dictarla la locura no se hubiera descubierto; algo así como la electricidad, la televisión, el encendedor automático, el parto sin dolor, etc.

Bueno, la cosa es que cuando se hizo la suelta de globos yo estaba también. Nadie me vio o si me vieron pasé desapercibido que eramos tantos millones (en la época de Frondizi se decía que veinte). El asunto es que empezaron a flotar los redondos coloreados, livianísimos esféricos, que subían, subían y subían. Y todos mirando; más de uno esperaba malévolamente el reventón siquiera de uno de los globos, porque siempre es divertido ver como a alguien se le revienta algo. A mi, personalmente, no me iba ni me venía, total, con o sin globos mi vida seguiría igual; pero la verdad, la verdad, le digo, Doctor (disculpen, es la costumbre) en mi fuero íntimo, aunque gratis, quería que el pinchazo se produjera. Primero para gozarme las broncas del que había lanzado el globo, y después porque quería, con esa infantil ingenuidad de los locos, saber qué había dentro. Porque una cosa que pretende tener algo adentro, y que después resulta no tener nada, es una mentira: una falsedad ideológica, o como se llame.

Y nos quedamos mirando el cielo. En una de esas lo que puede la voluntad soberana de un pueblo, aunque fuera malintencionada; uno de los globos, el que volaba más alto reventó… la sorpresa fue tan grande que atinó a agacharse y levantar lo que caía. Un poco por el temor que despierta lo desconocido, y otro poco, porque se alzó un color tan asqueroso, que solo nos alcanzaron las manos para taparnos las narices. Tras el primer momento de confusión comprendimos que lo que caía era un conglomerado de seres humanos, agarrados fuertemente entre sí, y entrelazados, de tal manera que habría sido difícil separarlos: brazo con piernas, boca con orejas, ojos con ombligos, codos con codos, lenguas con talones… ni en mi peores pesadillas vi cosa igual. Pero no todos estaban inmersos con la misma confusión. Yo escuchaba cerca mío a gente que reconocía a muchos de los que el globo había dejado caer; “mirá Fulano”, “Mirá Mengano”, “Mirá Zutano”, “Mirá”, “Mirá”, “Mirá”…

Pero ché, dejate de embromar”, decía uno: “ese es amigo tuyo…. Cual… ese….ese… Avisá: de todos los que están ahí yo no conozco a ninguno…..”

Después, lentamente, la multitud se fue disolviendo. Yo volví al manicomio, y mas seguro que nunca de que realmente estaba loco. No sé qué pasó después… a lo mejor no pasó nada, ni va a pasar. Total, a mí, que me importa. Pero hoy me desperté con la noticia que Lanusse no quiere ser juzgado por jueces; que quiere que los juzguen los militares. Lanusse, te me venís abajo. No me importa que me hubieran internado cuando vos estabas en el Gobierno, ya te perdoné. Pero no, no hagas eso… negate a declarar si querés, que eso no crea presunción en tu contra. Pero ya que te quedaste en el país para exhibir tu conducta y dar oportunidad a que te juzguen, no… no me hagas eso, quedate en el molde como todo hijo de vecinos; aguantátelas viejo, que si sos inocente, y si tu juez también es inocente, vas a salir absuelto.

Haceme caso; no seas el ganchudo del grado; no dejes que digan que le llevaste flores a la maestra. Yo seré loco, …. pero no soy balurdo…. (Conocés el cuento…?)

NOTA: Hace ya no sé cuantos años que pedí me despacharan esta carta; hoy limpiando un cajón de la administración la encontré; me habían engañado, la dejaron allí. No la quiero leer de nuevo porque no sé que pasó mientras allá afuera … a lo mejor la rompo.

Firma: Juan sin nada.

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Placa en memoria de las víctimas del terrorismo de Estado, colocada en la entrada del Hospital Melchor Romero en 2021

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NOTA: Este asrtículo se publicó en INFOBAE en una versión reducida: https://www.infobae.com/sociedad/2026/01/30/el-malestar-en-la-locura-la-poeta-y-abogada-que-se-atrevio-a-denunciar-las-condiciones-inhumanas-de-los-neuropsiquiatricos/

LOS ASTROS EN UN GOLPE DE DADOS. MALLARMÉ

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LOS ASTROS

Astros en fuego que pueblan la noche en cielos lejanos;

Astros mudos que giran ciegos sin ver, siempre helados,

Arrancáis de nuestros corazones los días del ayer,

Nos arrojáis al porvenir sin nuestro consentimiento,

Y lloramos y todos nuestros gritos que os elevamos resultan vanos.

Puesto que es preciso, os seguiremos, atados los brazos,

Los ojos vueltos hacia vuestro fulgor puro pero amargo.

Todo dolor importa poco a vuestro aspecto.

Callamos, titubeamos sobre nuestros caminos.

Está allí en el corazón repentino, su divino fuego.

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Stéphane Mallarmé.

Renée Nicole Macklin Good, (1989-2026) – “On Learning to Dissect Fetal Pigs”

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Renee Nicole Macklin Good. Poeta y activista estadounidense de 37 años. Fue asesinada ayer, 7 de enero de 2026, tras recibir varios disparos de agentes federales de inmigración, durante un operativo en Minnesota. El episodio fue filmado y generó conmoción en todo el mundo. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump la acusó de ser una “agitadora profesional”, saliendo a justificar el accionar de los policías diciendo que dispararon en “defensa propia” ante la fuga de la sospechosa.

En homenaje a Rene traducimos uno de sus poemas

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“On Learning to Dissect Fetal Pigs” — Renée Nicole Good

i want back my rocking chairs,

solipsist sunsets,

& coastal jungle sounds that are tercets from cicadas and pentameter from the hairy legs of

cockroaches.

i’ve donated bibles to thrift stores

(mashed them in plastic trash bags with an acidic himalayan salt lamp—

the post-baptism bibles, the ones plucked from street corners from the meaty hands of zealots, the

dumbed-down, easy-to-read, parasitic kind):

remember more the slick rubber smell of high gloss biology textbook pictures; they burned the hairs

inside my nostrils,

& salt & ink that rubbed off on my palms.

under clippings of the moon at two forty five AM I study & repeat

  ribosome

  endoplasmic—

  lactic acid

  stamen

at the IHOP on the corner of powers and stetson hills—

i repeated & scribbled until it picked its way & stagnated somewhere i can’t point to anymore, maybe

my gut—

maybe there in-between my pancreas & large intestine is the piddly brook of my soul.

it’s the ruler by which i reduce all things now; hard-edged & splintering from knowledge that

used to sit, a cloth against fevered forehead.

can i let them both be? this fickle faith and this college science that heckles from the back of the

classroom

now i can’t believe—

that the bible and qur’an and bhagavad gita are sliding long hairs behind my ear like mom

used to & exhaling from their mouths “make room for wonder”—

all my understanding dribbles down the chin onto the chest & is summarized as:

life is merely

to ovum and sperm

and where those two meet

and how often and how well

and what dies there.

*

“Sobre aprender a diseccionar fetos de cerdo” — Renée Nicole Good

Quiero de vuelta mis mecedoras,

los atardeceres solipsistas,

y sonidos de la selva costera que son tercetos de cigarras y pentámetros de las patas peludas de las cucarachas.

He donado biblias a tiendas de segunda mano

(las aplasté en bolsas de basura de plástico con una lámpara de sal ácida del Himalaya;

las biblias postbautismales, las que saqué de las esquinas de las manos carnosas de los fanáticos, las simplificadas, fáciles de leer, parasitarias):

Recuerdo más el olor a goma resbaladiza de las ilustraciones brillantes de los libros de texto de biología; me quemaban los pelos

dentro de la nariz,

y la sal y la tinta que se me pegaron en las palmas.

Bajo los recortes de luna a las dos cuarenta y cinco de la madrugada, estudio y repito.

Ribosoma

  endoplasmático—

  ácido láctico

  estambre

en el IHOP de la esquina de Powers y Stetson Hills—

repetí y garabateé hasta que se abrió camino y se estancó en un lugar que ya no puedo señalar, tal vez

mi intestino—

tal vez ahí, entre mi páncreas y mi intestino grueso, está el insignificante arroyo de mi alma.

Es la regla con la que ahora reduzco todas las cosas; de bordes duros y astillados por el conocimiento que

solía sentarse, un paño sobre la frente febril.

¿Puedo dejarlos a ambos en paz? Esta fe voluble y esta ciencia universitaria que me abuchea desde el fondo del aula

ahora no puedo creer que la Biblia, el Corán y el Bhagavad Gita me deslicen el pelo largo detrás de la oreja como solía hacerlo mamá y exhalen por la boca «hagan espacio para la maravilla».

Todo mi entendimiento se desliza por la barbilla hasta el pecho y se resume en:

La vida es simplemente

el óvulo y el espermatozoide

y dónde se encuentran

y con qué frecuencia y qué tan bien

y todo muere allí.

La versión del texto aparece oficialmente en:

El sitio de la Academy of American Poets (“poets.org”-https://poets.org/2020-on-learning-to-dissect-fetal-pigs ), donde figura el poema “On Learning to Dissect Fetal Pigs” como el ganador del premio del año 2020.

Traducción: Julián Axat

DOS POEMAS DE FIN DE AÑO

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El porvenir no habrá de juzgarnos por olvidar, sino por recordar y aun así no actuar en consecuencia.

Andreas Huyssen, En busca del futuro perdido

*

Memoria de un fiscal el día de los derechos humanos

a Felix Crous

Hoy es el Día Internacional de los DDHH.

Comienzo la jornada de trabajo

con un condenado a perpetua

que pide ir a la colación del primario de su nieto

y otro que,

a pocos meses de la sentencia

también a perpetua,

se va a su casa

por un informe de un médico de Campana,

cuando vivía en Núñez.

Así estamos.

Y en el pasillo

el eco leve de la palabra “derechos”

parece pedir explicaciones,

como si el día exigiera

dar cuenta del modo

en que la justicia respira.

Así estamos:

entre los papeles que pesan,

entre firmas que abren puertas,

entre vidas que avanzan

por pasillos sin nombre.

Hoy es el Día Internacional de los DDHH,

y la mañana cae

como una pregunta abierta

sobre el escritorio.

Así estamos.

*

NOCTURNO EN CHILE

Si el pueblo chileno elige a su nuevo Pinochet

En las grandes alamedas de la Historia

Cuando Allende empuñó su metralla y soñó

Que el pueblo volvería a redimirlo

Que el pueblo

Visto desde ahí

se equivoca

el pueblo unido también será vencido

Que visto desde la Araucania

la nuevamente desgarrada en su corazón de cuarzo

Todo parece absurdo o en vano el ayer

O acaso tiene su lógica

La que no vemos

Porque el pueblo ha elegido a su nuevo Pinochet

En las grandes alamedas de ceniza de la Historia

Y la Constitución seguirá escrita con sangre

Y las revueltas de 2019 también en vano

Consumidas por un gobierno de pusilánimes y correctos tan inanes que no impiden

O no encontraron la pasión necesaria

para que el pueblo chileno vencido desunido

irredento esperpento no caigas en la misma tentación la Del Si

y no del NO

Que ahora tienen a su nuevo Pinochet digo

este es su hijo digo

la larvaria que /otra vez

se llevará sus ojos

MATILDE ALBA SWANN POETA Y MATILDE CREIMER ABOGADA – EL CASO REMBERTA NIEVAS- CONVERSATORIO

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CONVERSATORIO SOBRE EL CASO «REMBERTA NIEVAS» EN EL PASAJE DARDO ROCHA. 12/12/2025

Intervención contando el caso «Remberta»

Intervención de la Dra. Virginia Creimer sobre su abuela Matilde Creimer, en torno al caso «Remberta»

Texto de la intervención de Virginia Creimer:

NOTA PUBLICADA EN DIARIO INFOBAE:

Vida, obra y búsqueda del pintor montenegrino Titus Smodlaka

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Por Julián Axat

a Cristina della Croce

La pintura es de 1927 y está firmada por Titus Smodlaka. Pasó de mano en mano en la familia, hasta que hace pocos años me tocó en suerte. Su dueño original: Federico della Croce (1883-1941), mi bisabuelo materno, una figura destacada del círculo social de la ciudad de La Plata. Escribano y periodista, dueño del influyente diario La Opinión que funcionó entre 1922 y 1945, organizaba todo tipo de exposiciones en el ámbito local, copia a escala reducida de lo que eran esos mismos encuentros en el ámbito porteño.

En esa época, Federico no solo compraba óleos para su colección privada, también solía recibirlos de los propios artistas, ya sea por difundirlos, por ejercer su mecenazgo o porque directamente los hospedaba: ellos le obsequiaban obras como devolución de gentileza o se las dejaban a muy bajo precio. Benito Quinquela Martín, Koek Koek, Valentín Roberto Guevara, Maricartú, son solo algunos nombres de los que pasaron por su diario. La mayoría artistas inmigrantes europeos, dandys, errabundos, bohemios y malditos; algunos de los cuales –con el tiempo– se hicieron conocidos, mientras que otros pasarían al olvido. Muchas de sus pinturas quedaron en el acervo familiar como legado, otras se vendieron o, directamente, desaparecieron.

Yo sabía que allí había historias escondidas, mundos perdidos en los cuadros heredados que me causaban fascinación. Salía a buscar las pequeñas pistas sobre las telas: la fecha, la firma o cualquier cosa que dijera el bastidor o el marco. Los cuadros familiares hablaban. También recogía las anécdotas de algún tío o primo: en qué paredes habían estado colgados, cuál era su verdadero origen, etcétera. Las galerías de arte que consultaba me aportaban información, aunque no siempre. El resto era aprender a contemplarlos de otra manera; porque tras una larga pesquisa, la imagen de la pintura se me hacía diferente; de algún modo se incorporaba a la experiencia, se convertía en una historia cercana.

Lo primero que hacía era buscar en Internet nombres y rastreaba catálogos de las muestras. Con Stephan Robert Koek Koek (1887-1934) hice varias investigaciones y encontré que mi bisabuelo había organizado una resonante exposición en La Plata, allá por 1928, y que el pintor inglés, en realidad descendiente de una saga de pintores holandeses, había vivido en una pocilga frente a la estación de la calle 1 y 44, pensión que mi ancestro le había costeado de su bolsillo a cambio de varios óleos de diversas formas y tamaños.

Del paso de Koek por la ciudad de las diagonales, los diarios de la época cuentan varias leyendas. La que más destaca es haber sido testigo privilegiado del suicidio del joven poeta Francisco López Merino en el viejo Jockey Club, hecho que Jorge Luis Borges va a recoger para inmortalizar en un poema: …Camina por la calle 49 / …subirá por unos escalones de mármol… / Bajará al lavatorio; / en el piso ajedrezado el agua borrará muy pronto la sangre. /…Dócilmente, mágicamente, ya habrá apoyado el arma contra la sien…

Entre la telas de Koek que se repartió la familia, muchas quedaron y otras se vendieron (en el anecdotario familiar se cuenta que el hijo de mi bisabuelo, mi abuelo materno, dilapidó varias para apostar en el hipódromo). La única que quedó es la que mi abuela no le dejó llevarse el día que se divorciaron, y eso permitió que haya llegado sana y salva a mi presente. El óleo en cuestión es de una serie de pescadores que zarpan del puerto de Amberes.

La historia de Stephan Robert Koek Koek es bastante conocida en el mundo de las galerías de arte de Buenos Aires y también de Chile. Se trataba de un pintor extravagante con aire de loco y maldito. En su biografía registra un tránsito por el Hospital Borda pintando cuadros de Napoleón (él mismo en esa etapa creía que era el Corso), tras lo cual su destino se pierde y reaparece pobre y suicidado en un hotel de los arrabales de Valparaíso. Eso fue en 1934.

La leyenda de este Van Gogh del Río de La Plata, y la revalorización de sus obras en el tiempo, tienen que ver con la incidencia de un nombre: Carlos Pedro Blaquier, el poderoso y siniestro empresario azucarero implicado en graves crímenes cometidos durante la dictadura militar, quien llegó a la obsesión de imprimir calendarios con el logo del grupo LEDESMA ilustrados con imágenes de la etapa más oscura de Koek (llamada: Los Obispos). La mayoría de aquellos cuadros formaban parte de su colección privada.

Por alguna razón –que es absolutamente aleatoria– asocio a Blaquier con la madrugada que desaparecieron a mis padres en 1977. El grupo de tareas que ingresó al domicilio de mi abuela esposó y colocó a ambos contra la misma pared donde estaba colgado el Koek, herencia de mi bisabuelo. Cuando se los llevaron secuestrados, ni se percataron de la existencia del mentado cuadro. Tampoco tenían el deber de hacerlo. ¿O sí?

*

La pintura es de 1927, y está firmada por Titus Smodlaka. Supuse que Titus había sido parte de este tipo de sagas de pintores que, como el caso de Koek, eran artistas tan extraños como fascinantes. También era la existencia de otro cuadro viajero. Había estado en casa mi abuela, otro testigo de desapariciones, y tampoco había llegado a ser dilapidado por su esposo, aunque luego terminara arrumbado en una pieza dentro de un armario envuelto en paños.

El día que tomé conciencia de su presencia entre mis cosas, decidí encontrar su identidad, la mía, saber algo más de él. Pero no fue fácil, ninguna leyenda encontré sobre el tal Titus. A diferencia de Koek, nadie de mi entorno registraba anécdotas o el modo en el que mi bisabuelo lo había obtenido. Entonces puse manos a la obra en mi rally detectivesco.

Hallé una referencia en el catálogo de la Fundación Espigas de Buenos Aires. Decía: “Artistas que pintan sobre terciopelo”. Solicité visitar el archivo de mención y di con la fecha de la exposición: 1926. En los biblioratos no había ninguna imagen de los cuadros, aunque sí el título de una pintura: Atardecer, que, supuse, podía corresponder a mi cuadro heredado, aunque estaba fechado en 1927 y no en 1926, con lo cual –lógicamente– podría ser otro.

SEGUIR LEYENDO NOTA COMPLETA: https://riobelbo.com/2025/11/20/resplandor-en-el-terciopelo/

CASAS MARCADAS- CORRO 105

(Video de una inmobiliaria que exhibiría por dentro, la casa de Yerbal y Del Corro)

*

Casas marcadas

¿Cuántas veces habré pasado, sin saberlo, frente a la casa en la que

murió Vicki? Esto me pregunté cuando encontré casualmente la

dirección en un libro que dejaba caer, como al pasar, la anécdota del

operativo en esa esquina de Yerbal y Del Corro. Pero es acá nomás,

pensé, y busqué rápidamente en un plano ese cruce, a sólo cuatro

cuadras de la casa en la que mi madre fue secuestrada en el ’76, poco

antes de la muerte de Vicki. Una cercanía hasta entonces ignorada, una

más de tantas… Pero eso lo pienso ahora, al escribirlo, porque en ese

momento no me detuve a pensar en nada: sólo quería ver la casa, así

que deje el libro y bajé por Yerbal hacia el oeste, zona que no suelo

frecuentar pero por la que muchas veces me encontré caminando sin

rumbo. Y al llegar a esa esquina traté de reconocer la casa, esa terraza

desde donde respondieron el fuego por horas, pero todas se me hacían

iguales. La calle estaba desierta, y sólo había un policía en una de las

esquinas, como si lo hubieran dejado custodiando el olvido. No quería

parecer demasiado sospechoso (cualquiera que se detiene sin motivo en

una esquina demasiado tranquila lo es –como quien recuerda de

pronto–, entonces seguí caminando hasta llegar a la autopista, que

interrumpe la calle como una muralla de asfalto). Unos chicos, que

salían de una escuela en esa encrucijada, pasaron corriendo a mi lado.

Volví tras ellos, sobre mis pasos, otra vez hacia Yerbal, de vuelta al

barrio. Pero esta vez, al cruzar la calle, pude ver lo que no había visto

al pasar demasiado cerca: una de las casas, casi en la esquina, tenía las

ventanas y la puerta tapiadas, y las paredes lucían sus derruidos

ladrillos a la vista. Si no hubiera sido por los marcos, el frente parecería

un muro gastado por los años. Sobre él pude leer varias inscripciones:

la más reciente, aunque ya semiborrada, decía “Homenaje a Vicki

Walsh y los compañeros caídos” (o algo así), y dejaba una dirección y

una fecha olvidadas. Esta vez no dudé: ésa tenía que ser la casa, aunque

fuera demasiado obvio, no tanto por la inscripción memoriosa como

por ese muro que parecía querer tapiar cualquier recuerdo. Y recordé

entonces –inevitable cita envenenada– ese poema de Neruda “A Julius

Fucik”, héroe de la resistencia asesinado por los nazis en su cuartel de

Praga: La casa no dice nada: piedra color de invierno, ventanas

sordas. / Pero cada día que pasé por allí / miré, toqué los muros,

busqué el eco, / la palabra, la voz, la huella pura / del héroe. Así, con

palabras emocionadas, habla también Walsh en la carta donde cuenta la

muerte de su hija. Y cuenta Walsh, recordando y tal vez envidiando

–como el mismo dice– a su hija, que después de pelear hasta el final,

los resistentes se asomaron, en esta misma terraza vacía, y gritaron:

“Ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir”, y se dispararon en

la sien. ¿Por qué murió Vicki Walsh? ¿Por qué yo no puedo verla –y

mucho menos hoy, frente a ese mudo muro– como una heroína, sino

como una víctima? O, en el mejor de los casos, como un “sujeto

trágico” (como diría un ensayista distante, y no alguien parado frente a

esta casa silenciosa, en una calle silenciosa de un barrio silencioso, en

un país sin calma pero lleno de secretos cementerios). ¿Sabrán los que

siguen dentro de sus casas quien era Vicki? Seguramente algunos

recordarán el operativo, y tal vez añoren esa época en la que había más

policías en la calle, y no este chico uniformado, solitario en esa

esquina, bajo el cielo gris, custodiando un pasado que desconoce. “En

el tiempo transcurrido (Habían pasado unos pocos meses, pero Walsh

ya estaba madurando su ‘Carta abierta a la Junta Militar’: ese texto

futuro –en el que se resume el balance sombrío de la dictadura– es de

una lucidez indiscutible: ¿Qué decir de esta carta, contemporánea de

ese texto? No puedo decir que el dolor lo cegaba: su estilo es límpido,

como siempre, y hay una idea rectora) he reflexionado sobre esa

muerte. Me he preguntado si mi hija, si todos los que mueren como ella

(los que luchan), tenían otro camino (Curioso cambio temporal: Los

que mueren, tenían otro camino: Tenían, pero ya no). La respuesta

brota desde lo más profundo de mi corazón y quiero que mis amigos la

conozcan. Vicki pudo elegir otros caminos que eran distintos sin ser

deshonrosos, pero (Otra vez los caminos, en un plural falso, porque) el

que eligió era el más justo, el más generoso, el más razonado (Justo y

Generoso son categorías que no pueden cuantificarse, pero razonado…

Aunque es claro que la enumeración conduce precisamente a ese

término: No está puesto ahí por casualidad, devuelve la muerte al

espacio de la entrega, al martirio). Su lúcida muerte es una síntesis de

su corta, hermosa vida. No vivió para ella, vivió para otros, y esos

otros son millones. (Aquí la alegoría cristiana es transparente, y me

hace desconfiar) Su muerte sí, su muerte fue gloriosamente suya

(Elegir la muerte se confunde con “dar la vida”,

y funciona como un modo de arrebatarles la muerte a los asesinos,

de imaginar –con ayuda de la Épica– la muerte digna del héroe),

y en ese orgullo me afirmo y soy quien renace de ella”.

(Eso dijeron después las madres: “Fuimos

paridas por nuestros hijos”, dijeron. Y eso lo entiendo: es transformar

esa inversión –que el hijo muera antes que el padre– en conversión.

Todos tenemos nuestro camino de Damasco). Walsh también eligió su

camino (marcado entre cartas escritas para quien no podía leerlas –su

hija, la Junta–: cartas del porvenir). El camino tenía una sola dirección.

No podía irse ni dejar de escribir, porque eso hubiera sido huir, y él

quería dar testimonio (pero el diario era demasiado íntimo: prefería la

forma de las cartas. Un modo de hablar por todos sin renunciar a su

propia voz), decir su verdad. Me he detenido muchas veces en la placita

que lleva su nombre (a pocas cuadras del lugar donde lo acribillaron),

y muchas veces más junto a la placa del aula que lleva su nombre, en

la facultad de Filosofía y Letras. He oído los aplausos, he oído los

discursos que los precedieron. Sólo recuerdo uno –y no es que los

otros, como el gesto de nombrar, no hayan sido sinceros y necesarios–:

alguien dijo, recordando el grito del conscripto que muere junto a la

ventana del narrador en Operación masacre (“no me dejen solo, hijos

de puta”), “lo dejamos solo”. Así dijo, ante una platea silenciosa, que

aceptaba esas palabras finales como una leve condena.

Nicolás Prividera, 2000 (Restos de Restos, 2012)