Está caminando por las nubes… está corriendo salvaje/
Mariposas y cebras y rayos de luna/ Y cuentos de hadas… / Cabalgando con el viento
“Little Wing”, Jimi Hendrix
El día que fui al club por primera vez, los entrenadores no lo dudaron y me pusieron a jugar de ala. “Wing Forward” me dijeron en un inglés enrevesado y uno de ellos me largó, directo a mi oído y para que los otros pibes no lo escuchen: “porque esa era la posición de tu viejo”, y después me guiñó un ojo. Por entonces yo tenía 10 años y en La Plata Rugby Club del camino centenario nadie hablaba de los desaparecidos; era fines de la década del 80´ y si ese guiño venía de parte de los entrenadores no era porque la institución se los avalara, sino porque habían sido compañeros de mi padre y su recuerdo lo proyectaban en mi rostro, en la decisión de mi tía de mandarme un día al club a jugar, tal como era tradición en la familia: mi abuelo había sido uno de los socios fundadores de LPRC, mi padre y hermanos habían honrado esa herencia desde pequeños, y se suponía que en algún momento yo tenía que seguir la línea.
En la posición de ala duré pocos meses, porque mi cuerpo era algo blando y cada vez que agarraba la ovalada me movía más como un tres cuartos que como forward, y me terminaban bajando de un tackle, hasta que los amigos de mi viejo, que querían seguir viendo a “Fel”, asumieron de una vez que era su hijo y que mis limitaciones en el juego eran más que evidentes.
Pasé un par de años a los golpes, yendo y viniendo, peleándome con esa herencia maltrecha del rugby, hasta que asumí que debía dejarlo y pasarme al fútbol. Durante todo ese tiempo que no habrá durado más de 4 años, nadie, pero nadie -salvo los entrenadores que me susurraron las proezas de un wing foward al que yo debía calcar-, dieron cuenta de su nombre, o acaso de la situación del deportista desaparecido.
Recién en el año 2006, recibo el llamado de dirigentes del Club que querían hacer un homenaje y colocar en el quincho una placa con los nombres de los jugadores víctimas del terrorismo de Estado, entre los que estaba mi padre.
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Por lo general cuando se hace una semblanza de un detenido desaparecido, se colocan los hechos objetivos que hacen a su persona. Así, el nombre, nacimiento, trabajo o estudios, militancia, fecha y lugar de secuestro y desaparición. En el caso de mi padre, datos más o datos menos, siempre ha figurado así:
“Rodolfo Jorge Axat, tenía 30 años y había nacido el 1 de febrero de 1947 en La Plata. Conocido como «Fel», «Pancho» o «Simón». Fue militante del Movimiento Siloísta, y posteriormente de las FAR, que luego se fusionaron a Montoneros. Jugó al Rugby en LPRC. Realizó sus estudios en el Colegio Nacional, estudió Medicina en la UNLP y más tarde se inscribió en la carrera de Filosofía de la misma Facultad. En 1976, trabajó en el Frigorífico Swift de Berisso, donde también militó sindicalmente. El 12 de abril de 1977 fue secuestrado junto a su compañera, Ana Inés della Croce en un operativo a cargo del Primer Cuerpo del Ejército, en un departamento ubicado en calle 9 Nº 712 de La Plata. Ambos fueron vistos por última vez por sobrevivientes, en el centro clandestino de detención conocido como «La Cacha».”
De todos los datos que figuran en esta información, la referencia del juego del rugby se torna demasiado circunstancial; tiene más tono a una inserción de pertenencia social que a otra cosa, porque también Rodolfo hizo otros deportes como el karate, era un gran lector, jugaba al ajedrez, etc. Sin embargo esa referencia disparó otras dimensiones en mi búsqueda por su trayecto. Y con el tiempo intenté madurar mentalmente la posición del wing foward, pensar cuál era la función en un equipo, tratando a su vez de buscar, quizás, alguna posible relación con el lugar del militante revolucionario.
“Tu viejo era un wing forward muy bueno. Siempre recuperaba pelotas y era duro. Flaco y muy duro, a Fel costaba bajarlo…”, eso me dijo uno de sus compañeros un día que empecé a indagar si esa posible dureza era trasladable al guerrillero, a su capacidad como cuadro. Frases así, de ese estilo, fui juntando de a manojos entre sus compañeros de ambos bandos (rugby y militancia), hasta hacerme como una película mental de cómo se movía en la cancha (la del juego y la calle).
Por entonces había leído por allí que uno de los biógrafos del “Che” había movido cielo y tierra para dar con las revistas “Tackle” publicadas en 1951 tras su paso en el San Isidro Club (SIC), donde el joven Guevara escribía sus notas sobre el juego bajo el seudónimo Chang-Cho. Aquel biógrafo quiso encontrar alguna relación, algún punto común en su formación, incluso paralelismos con sus diarios de viaje y de batalla. Lo cierto es que no los encontró o no se atrevió a dar con una clave, porque eso no está escrito en ningún lado, y es lo sí quise yo escribir en relación a la figura de mi padre.
En los manuales del juego del rugby siempre decían que el objetivo del wing forward, “el ala”, es ganar la posesión mediante pérdidas de posesión contrarias, usando la fuerza física en el tackle y la velocidad en las zonas de contacto, teniendo en cuenta una combinación de velocidad, potencia, resistencia y manejo. Me rompí la cabeza y traté de relacionarlas con la historia de Rodolfo. El wing forward devenido cuadro militante, y -por más que busqué y seguí entrevistando a sus compañeros, tanto de juego como de militancia- no encontré clave posible que pudiera vincular una cosa con la otra. Al igual que el biógrafo del Che, lo incomprobable de una relación. Es decir, si había cualidades de un lado que marcaban una forma de practicar ese deporte, no hallé pistas por otro, para endosarlas al grado y tipo de radicalización política al que pudo llegar.
A eso se le sumaba la cuestión de la cantidad de jugadores victimas del terrorismo de Estado dentro de un mismo club: un total de 21 personas, algo anómalo que para los reaccionarios de la época implicó tildar a LPRC de “escuela de subversivos”. Si uno se pone a pensar, las víctimas son tantas que puede conformar un equipo completo de rugby y hasta los suplentes. Y eso es lo que me obsesionó durante un tiempo. Entonces, ante la imposibilidad de mi faena detectivesca de cruzar wing forwards y guerrilleros, decidí escribir un poema y titulado “Los Canarios románticos” (https://aromitorevista.blogspot.com/2011/03/julian-axat-los-canarios-romanticos.html).
La mejor forma que encontré de mantenerlos con vida fue verlos jugar un partido. Al menos en mi mente. En un puñado de versos. Los imaginé a todos en un mismo equipo, en una especie de más allá de la memoria. Como en el purgatorio de los deportistas que se siguen jugando la vida aun después de la la muerte, esperando pasar al paraíso a costa de try y ganando el partido. Esos versos circularon por las redes donde todavía puede hallarse un video de youtube y a un locutor relatando el partido (https://www.youtube.com/watch?v=mjscpED3Dr4)
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Hasta acá, la característica “deportista” fue un aspecto que agregó el tiempo y el trabajo de la memoria, un reconocimiento a su paso por un deporte, lo que le otorga cierto aspecto vital y dinámico a quien fuera Rodolfo Jorge Axat. Aunque nunca asumiera ese rol como algo profesional, y si bien es una característica marginal que le tocó por pertenencia social y familiar, el pasaje es absolutamente valido para cambiar de plano en la representación de las identidades desaparecidas. Un matiz en movimiento, cierto aura por fuera de los lugares comunes que habitan los burocráticos legajos.
Creo que ha sido Gustavo Veiga (Deportes, desaparecidos y dictadura, 2006), el primero asociar esas vidas al plano desaparición y el deporte en general, como si viniera a aportar una secuencia narrativa nueva que quita las figuras de los grises listados de datos biográficos, agregando elementos que se desplazan en una zona de aparición y color (https://www.pagina12.com.ar/diario/deportes/8-168178-2011-05-15.html). En lo que hace al juego del Rugby específicamente el cuadro se completa con las posteriores publicaciones de Claudio Gómez (Maten al Rugbier, 2015), Araceli Rocca (Silencio de familia, 2016), y Carola Ochoa (Los desaparecidos en el rugby, 2023). Todos han ensayado distintas hipótesis sobre la relación entre rugby y desaparición forzada, historias complejas, atravesadas por diversas inserciones militantes y deportivas que en algún momento coagulaban (incluso fugazmente) entre sí.
De todos modos, es importante señalar que, hasta ahora ningún deportista fue víctima del terrorismo de estado por el hecho de practicar un deporte. Nadie despareció por el hecho de ser futbolista, corredor, atleta, etc. En el caso del rugby, sus jugadores no desaparecieron o fueron asesinados por el hecho de practicarlo, sino –en todo caso– por estar profundamente vinculados a otra idea de mundo, y porque eran –en sus distintos grados de radicalización– militantes revolucionarios. En tal caso, el deporte puede quedar en segundo plano, aunque formaba parte de su vida, su cotidiano, y eso es dato relevante para contar las historias.
Así, característica “jugador de rugby” es un tránsito en esas trayectorias de vida. Un hecho más, como otras cualidades personales (ser estudiante, trabajador, artista, etc.); sin embargo cada faceta puede adquirir relevancia en función de poner en evidencia hasta dónde llegó el terror. El mundo del deporte también fue dañado, porque en ese ámbito también había un grado de politización y resistencia. Eso es lo destacable. En el caso del rugby quizás sea paradigmático mostrar cómo un lugar de cierto status (en argentina es un deporte de elite), se generaron rupturas de clase que tuvieron algún nivel de correlato posterior con el ensañamiento genocida con esas trayectorias (https://www.infobae.com/sociedad/2019/09/10/familias-burguesas-y-rugbiers-revolucionarios-la-historia-detras-de-los-jugadores-desaparecidos-durante-la-dictadura/).
En 1995 cuando La Plata Rugby ganó el torneo argentino de la UAR, nadie se acordó de aquellos jugadores que pasaron por el club y encontraron un destino trágico. La historia pasó desapercibida hasta que recién en el año 2006 se colocó la placa en las instalaciones del quincho que reza: “A los jugadores activos del Club víctimas de la década de 1970”. Dos errores, dos equívocos. Pues nunca fueron víctimas de una década, sino del terror de Estado. Ni tampoco fueron 17, sino 21.














