Leitmotiv

Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo: estoy de sobra y no hay lugar para mí en la tierra de los hombres.

Escribo por mi desesperación y mi cansancio, ya no soporto la rutina de ser yo, y si no existiese la novedad continua que es escribir, me moriría simbólicamente todos los días.

Pero estoy preparada para salir con discreción por la puerta trasera. He experimentado casi todo, aún la pasión y su desesperanza. Ahora sólo querría tener lo que hubiera sido y no fui.

-C. Lispector, La hora de la Estrella-

viernes, 17 de agosto de 2018

INSISTIENDO

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No pertenezco a ninguna asociación animalista, sin embargo, mi vida siempre ha estado ligada a los animales abandonados o en situación de indefensión. Siempre he sentido una conexión muy especial con ellos, mucho más que con las personas, y a los hechos me remito.

En mi niñez y adolescencia, aquella época en la que la gente abandonaba a los perros mucho más que ahora, quiero decir, con una ligereza mucho más brutal, solía ver perros vagabundos en el barrio constantemente. Eran los 80 y a mi me llamaban "la perrera". Sobre todo algunos vecinos maledicentes que le iban a mi madre con el cuento de que me habían visto "toqueteando a un chucho lleno de garrapatas y dándole de comer". Buenos vecinos a los que les costaba meter las narices en sus asuntos y que durante el tiempo que duró mi cruzada contra los abandonadores de perros,  me tomaron por la distracción de sus aburridas tardes de verano. A mis padres nunca les gustó ese amor que yo destilaba por los perros, los gatos, los pájaros, las tortugas o los gusanos de seda. Nunca fueron partícipes de él ni me dieron bola con el asunto. Jamás tuvimos animales en casa. Para mi madre, los animales eran una fuente inagotable de enfermedades, mucho más los que vivían en la calle, y cada vez que alguien le decía que me había visto con un perro callejero, me castigaba sin salir. Aún así, yo insistía. 

Y mi insistencia me procuró grandes sufrimientos, pero también grandes alegrías, como por ejemplo Esduval, un mestizo precioso al que quien sabe qué hijo de puta abandonó y que llegó a mi flaquito como un violín. Le construí una cabaña de ramas bajo las terrazas de un bloque, en un lugar de difícil acceso para que nadie pudiera llegar a él y sacarle de allí a patadas (que es lo que solía ocurrir en aquellos tiempos), y le llevé comida y agua hasta que se recuperó. Entonces se convirtió en mi mejor amigo. Me acompañaba al colegio cada mañana y me esperaba a la salida. Creo que fue muy feliz en ese tiempo, hasta que un desalmado... en fin, no puedo ni contar lo que le hizo. En aquella época, torturar a un perro callejero no solo salía gratis sino que era un deporte nacional, al menos en mi barrio y tuve varios amigos que no sobrevivieron a los desalmados. Yo no era lo suficientemente mayor para hacer nada más de lo que hacía por ellos. Ahora sé que lo mejor hubiera sido avisar a una protectora para que se los llevaran, pero ni siquiera sabía que existían lugares donde los trataban bien. Lo único que yo creía que existía eran las perreras, donde acababan matándolos. De hecho, alguno de esos buenos vecinos que se sentían molestos porque yo alimentaba a aquellos chuchos y "atraía enfermedades al barrio", llamó alguna vez a la perrera para que vinieran a buscar a alguno de los perretes que yo intentaba "salvar". No recuerdo que consiguieran atrapar a ninguno. Ni a mi precioso Esduval, ni a Boomer,el perrito de aguas, ni a Jenni, la perrita con el quiste en la pata.
No sé qué fue de Jenni, pero también la torturaron y a Boomer...de verdad que no puedo contarlo. 

Después de aquellas experiencias, me prometí a mi misma hacerme veterinaria para poder salvar a todos los animales que pudiera, pero nunca cumplí mi promesa. Bueno, el año pasado me matriculé para estudiar Auxiliar Técnico Veterinario y terminé el curso como una campeona. De alguna forma, he seguido insistiendo. 

miércoles, 11 de julio de 2018

LOS CHARCOS DE BELGRADO


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Se pueden decir muchas cosas de Belgrado, la capital de Serbia, pero ninguna podría definir su espíritu. Quizás, en este caso, la imagen tenga más poder que la palabra. Lo mejor que tiene es que es una ciudad poco turisteada. Se trata de un destino que no está en los circuitos de viajes programados ni tampoco en el ideario de ningún turista corriente. Hay que pensar un poco antes de decidir ir a Belgrado y, sin duda, te tienen que gustar los márgenes y lo atávico.¿Que por qué irse tan lejos? ¿Qué tiene Belgrado? Preguntaréis. Tiene unos charcos maravillosos y una ciudadanía que enamora, porque te hace sentir como en casa. Pocos acostumbrados a los turistas y mucho a sobrevivir (Belgrado ha sido destruida y reconstruida 43 veces), los belgradienses son atentos sin ser pesados y agradables sin se melosos. Antes de ir, leí que eran toscos y serios, pero ¡nada que ver! Para eso ya están los húngaros Image
Los belgradienses quieren que te lleves una buena impresión de la ciudad, del país, y hacen todo lo posible porque te encuentres a gusto. Es una ciudad inmensa llena de rincones en los que parece rugir la historia contemporánea, es como si te llamara "estoy aquí, mírame". Además, se come bien y barato y su vida nocturna (para quien guste de tales placeres) es vivísima.

No vayáis todos a la vez, pero id. Id antes de que la manoseen demasiado.

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domingo, 17 de junio de 2018

ASÍ, A BOTE PRONTO

Me he sorprendido pensando en las próximas elecciones. Aunque pueda parecer otra cosa, mi modus operandi siempre ha sido votar el programa que más se adapte a lo que yo considero justo, el que más se acerque a mi idea de una sociedad justa. Justa para mi, pero también para los demás. Igualitaria, con medidas que aseguren la sostenibilidad a largo plazo de esa igualdad real, feminista o que se atreva lo máximo posible a luchar contra el machismo estructural (brecha salarial, violencia machista, segregación por género en escuelas...), con políticas que aboguen por el medio ambiente, que respeten la ciencia y le den a la cultura el lugar que merece. 
Si este hubiera sido el programa de Alianza Popular, allá por los 80, yo hubiera votado a Alianza Popular (si hubiera podido votar, claro está). Si fuera el de Vox o el de Ciudadanos hoy en día, yo votaría a cualquiera de estos dos partidos. También si fuera el programa del PP. La cosa es que no lo es. Que igual es casualidad, pero así están las cosas.

Lo que sí puedo decir, es que, casualidad o no, nunca he votado llevada por una corazonada ni porque me cayera bien un candidato, ni porque ese era el partido al que votaba mi familia. He votado con el convencimiento de que ese era el programa que yo quería para el país en el que vivo. En todas las ocasiones, el partido que presentaba el programa elegido por mi, siempre ha sido de ideología de izquierdas, como ya he comentado, pero también es verdad que no siempre el programa se ha cumplido. Al menos, no en su totalidad. Me hago cargo de que los programas no se cumplen por muchas razones, no solo porque sean papel mojado cuando el partido que lo sustenta (como si fuera el santo grial) llega al poder. Sino porque la estructura del estado es compleja y para que una medida se aplique o una ley llegue a instaurarse, no basta con reunirse y votar. Siempre habrá grupos en contra de reducir las emisiones de Co2, aunque se haya comprobado que son perjudiciales para la salud. Incluso habrá grupos en contra de que se eliminen tradiciones monstruosas como la de torturar toros en una plaza. Y así, no se puede. Lo que para mi y para muchos es cristalinamente justo o injusto, para otros no lo es, y sea por llevar la contraria o porque cada cual mea donde quiere, la realidad es que el programa no avanza.

Pero a lo que voy, creo que lo mejor para que el programa avanzara sería instituir una nueva forma de votación. Una votación sin caras, sin cuerpos, sin mítines, sin debates, sin propaganda electoral, solo con programas. Mi propuesta es que los partidos pongan a disposición de los ciudadanos sus programas: en internet, en las bibliotecas públicas, en los kioskos, donde quieran, para que durante varios meses los ciudadanos puedan consultarlos. Los programas, por supuesto, deben estar escritos de forma que todos los ciudadanos puedan entenderlos, no valen tecnicismos, ni párrafos infumables llenos de cifras inasumibles, ni cientos de artículos vacíos para decir NADA. Programas bien redactados, pero claros, con dibujos si hace falta. Y, sobre todo, anónimos. Nada de firmar con el nombre del partido que lo ha formalizado.

Durante unos meses, los programas de cada partido pulularán entre los ciudadanos y serán analizados y comentados entre ellos, en las familias, entre amigos, en solitario, sin verse influenciados por el partido que los ha desarrollado. Los medios pueden hablar de estos programas, claro, pueden incluso hacerse programas (valga la redundancia) de televisión en los que se debatan. Pero siempre por personas ajenas a ellos. Escritoras, profesores, fontaneros, limpiadoras, científicas, actores, camareros, estudiantes, amas de casa, agricultores... El día de las votaciones, todo el mundo habrá tenido ocasión de valorar qué programa le conviene a la sociedad y votará en consecuencia. Y el programa elegido, será el que gobierne. Sin saltarse ni una coma. Bueno, el programa no puede gobernar, tendrían que hacerlo personas humanas, así que ahí estaría quizás el problema. Pero... es cuestión de intentarlo.

¿Qué les parece mi propuesta?

domingo, 8 de abril de 2018

EL NUDO

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Me voy a freír un huevo a ver si se me pasa el disgusto, aunque me ha quitado el hambre el anormal éste.

Recapitulemos.

La vida está llena de momentos dulces, salados y amargos. Algunos tienen un ligero aroma a cítrico (eso son mis preferidos), otros llevan tropezones de colores, pero, no nos engañemos, los colores tienen todos el mismo sabor. Solo están para adornar.

Así me sentía yo cuando era más joven, un adorno. Para la mayoría de los tíos supongo que lo era, uno, incluso, llegó a sugerirme que me gastara el dinero en bonitos vestidos y sombreros, que ya se ocupaba él de pagar las cenas y los viajes.

Mis amigas me dicen que no me haga mala sangre, pero ya estoy harta de ser educada. Sobre todo, con personas que no lo merecen.

Me he cruzado por la calle con un tío que me ha recordado que no estoy curada de espanto ante el egoísmo y la cara dura. Ya no soy tan joven como para adornarme y salir a la calle a esperar que los garrulos me escupan piropos y me paguen las cenas. Me refiero, que ya no soy tan joven. Sin embargo, ahora me duelen como no me dolían antes, la falta de tacto y la mentira. No tanto la cobardía. La cobardía es un mal menor, al menos cuando no sirve de excusa para ocultar la maldad.

Yo, como tantas otras (y supongo que tantos otros), me dejé engañar, porque a veces hay que quitarse el coletero y dejar que la brisa acaricie tu cabello, porque no hay que ser tan rígida, porque la vida está para vivirla con todas sus cositas bellas. Y, a veces, el engaño también lo es. Al menos, hasta que eres realmente consciente de lo sabia que permaneciste al arrullo de las caracolas.

Y, frente a este arrullo, está el que se aprovecha de esa empatía y educación que te enseñaron tus padres y que te impide ser la bruja que a veces deberías ser. Esa bruja que te hubiera gritado por la calle "¡Qué coño haces en mi barrio! ¡largo de aquí! no mereces pisar este suelo manchado del pis de los perros de mi barrio. No mereces el aire contaminado que corre de esquina a esquina, ni mereces la basura que pisas, caída de las papeleras de mi barrio". Pero esta bruja, que nunca aprendió a gritar siquiera a quien la hiere, lo único que hizo fue cambiarse de acera para no ver la felicidad en los ojos de quien ya no es feliz con ella, sino con otra. Y se tragó su enfado y su pena, como en otro tiempo se tragó las mentiras.

La bruja, que intuyó demasiado victimismo en tan enorme ego, pero que siguió consolando al dragón como si nada de lo que le decía su cabeza fuese cierto, se cruzó de acera para no ser devorada por las llamas y ahora, en la soledad de su cuarto, intenta despachar su ira. Y lo que más le molesta a la bruja que nunca aprendió a serlo, es no saber escribir con sencillez y usar metáforas estúpidas y nunca  nombres propios para no herir a nadie.

Eso es lo que más le molesta.

martes, 16 de enero de 2018

FEEDBACK

            Jordi Labanda       
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Cuando un tío te echa de su vida, aunque luego se haga la víctima y diga que él no ha hecho eso, que te ha perdido y que se siente culpable y todas esas gaitas, te da, irremediablemente, la bajona. Me refiero, claro está, si el tipo te gusta lo suficiente como para continuar con él a pesar de haberle escuchado apenarse porque su hija está demasiado delgada y no va a gustar a los chicos. Por machistadas como esa, una verdadera feminista manda a freír espárragos al tonto a las tres, pero yo soy una feminista bastante flojeras. Sobre todo, cuando la posibilidad de echar un buen polvo está cerca. Sé que es algo que tengo que trabajar y estoy en ello, pero me cuesta, como la besamel y el asunto de las cremas faciales.

Mi abuela tenía una piel maravillosa que heredaron mi madre y todas sus hermanas. Yo, tercera generación, ya si eso. A ver, no me quejo, mi piel no está mal, puedo salir a la calle sin maquillar y no doy susto, de hecho casi nunca me maquillo, sin embargo, esto de cumplir años no ayuda a que una se sienta mejor. Ni con su piel ni con nada. Bueno, en realidad, lo que no ayuda es la mierda de sociedad que hemos creado, en la que una panda de anormales se pasa el día gritándote que tienes que cuidar tu pelo, tu piel, tu peso... porque sino ningún hombre te querrá y eso es lo peor que te puede pasar. Y yo, como feminista y como otras cosas, sé perfectamente que eso son gilipolleces, cómo no lo voy a saber, sin embargo, aquí estoy, narrando mi experiencia en la parafarmacia. Y es que, yo tengo dos extremos, o paso por treinta y ocho tiendas de cosméticos y lo niego todo (es decir, no compro nada después de marear la perdiz durante una hora) o entro en una y me dejo convencer por el primer aspirante a dermatólogo que me dice “buenos días”. Así me sucedió aquella vez que compré un kit de Chanel, que debió costarme el sueldo de un mes, solo porque el vendedor dijo que a mi piel le faltaba luz. LUZ. Que digo yo que Luz Casal no tendrá este problema.

La cosa es que hoy, por lo que sea, estaba decidida a comprar unas ampollas mágicas de esas que te pones por la noche y voilà, al día siguiente pareces guined paltrou (escrito Gwyneth Paltrow) con quince años. Bueno, por lo que sea no. Antes de eso pasé por el banco para darle más rentabilidad a mis ahorros y como el chico que me atendió fue tan encantador y me dijo que sí, que más rentabilidad iba a tener, pues me fui toda contenta creyéndome libre de gastar un poco de dinero. Así que, digamos que toda la culpa es del banco, como siempre.

Al preguntar por las ampollas en cuestión, la dependienta me dijo que esa marca no la trabajaban porque el “feedback” de las clientas había sido malo, entonces yo, envalentonada con la rentabilidad de mis ahorros, le dije “y cuáles tienen un feedback bueno?”. A partir de ahí, no me acuerdo de nada, como aquella noche que me tomé ocho chupitos de tequila y desperté sobre mis vómitos en la cama de un hostal en Salamanca, pero he vuelto a casa con una crema de noche de 40€. Solo espero no haberle dicho a la dependienta que quería una crema para subirme el ánimo, que me sentía vieja y fea porque un tipo me había echado de su vida, aunque él insistiera en decir que no, y que toda mi vida dependía de ese cosmético mágico.

Ahora solo queda saber si funciona, ya no el cosmético, sino este repaso por mis mierdas mientras me tomo el colacao de la sobremesa.

domingo, 14 de enero de 2018

NO LLORES

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Vive el presente. Atrévete a soñar. Valórate. Cuida a quien te cuida. Ama lo que haces. Sé feliz. Las cosas llegan cuando tienen que llegar. No llores. El tiempo pone a cada uno en su sitio. Cree en la magia.

El otro día, última sesión de terapia, la psicóloga intentó que calara en mi la idea de que a veces es difícil distinguir entre lo que es intuición y lo que son las propias fantasías, los fantasmas de cada uno. Fue cuando le comenté que me dolía, entre otras cosas, no haber dejado antes una relación que no iba por donde yo quería. Quién sabe si era mi propia inseguridad la que me mostraba, a ratos, la bandera roja, en cualquier caso, dijo ella, lo importante es que te has arriesgado, que has vivido, que lo has intentado y yo estoy contenta de que sea así.

Yo estoy contenta de que mi psicóloga esté contenta, y todos contentos, pero, sinceramente, no creo que continuar una relación que no va por donde tú quieres sea arriesgarse. Me pregunto si no se continúa, también, por cobardía, por comodidad o porque es más fuerte el bienestar que te producen las horas en las que estás con ese alguien, que el malestar que acuna sus ausencias. Quizás porque te enseñaron que, como mujer, ese bienestar compensa siempre, incluso cuando estás lejos de sentir que así es. ¿Qué es exactamente lo que se arriesga alargando una relación que, intuyes, no tiene futuro y cuyo presente es esquivo? Bueno, supongo que se arriesga la paciencia, porque ésta, cada vez, con cada relación, se va transformando en algo más insostenible.

A esto que le llaman vivir, a veces es un poco rollo. A veces es morir y saber cada vez menos de las personas y sus cosas. Las personas y sus cosas. A veces se autodestruyen y te pillan en su camino, otras te toman por lo que no eres y la confusión se mantiene más allá de la última conversación, otras cambian tu manera de mirar el mundo, las menos hacen de tu vida un antes y un después. Pero el cambio siempre es un consuelo, como decía el personaje de Clint Eastwood en Los puentes de Madison, es algo con lo que siempre se puede contar. Aunque a veces seamos incapaces de verlo, porque estamos paralizados ante una situación desapacible, varados, encallados, sumidos en un análisis yermo que lo único que produce es dolor. 

domingo, 31 de diciembre de 2017

SOBRE GUSTOS



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No me gustan las pulseras, los pendientes ni los anillos. Todo lo que brilla y cuelga me da grima, sin embargo, me gustan los hombres gordos. Para compensar, me encanta el olor a pan recién hecho y a café, como a todo el mundo. Y el cine. Me gusta pasear sin rumbo, viajar sola, las sábanas blancas, los aeropuertos, los trenes que me llevan a ciudades cuyos nombres no se pronunciar y la música solo a ratos (y a un volumen que solo pueda escuchar yo). Detesto el olor a tabaco como otros detestan el olor a gasolina. También detesto el olor a gasolina. No soporto los centros comerciales, por la gente y el ruido, supongo, y porque me trasladan a la idea de un mundo que ya, desde la infancia, me salpica de pena. 
Me gusta leer, pero no leo todo lo que cae en mis manos. Si un libro me aburre lo olvido en el fondo de la estantería sin apuro, o lo dono, o lo regalo. De la tv me gusta lo que pudo ser y no es. De la radio me gusta todo. No me gusta ver a niños compitiendo por una Play Station o por dinero, cocinando o cantando frente a un público que les vitorea o les acompaña en el sentimiento. Me gusta la risa de los bebés, ¿a quién no?, pero no me gusta pasar más de dos horas a solas con uno, aunque sea de la familia. Me gusta el Trueba David, a pesar de sus pequeñas perversiones y de Tierra de Campos. 
Me gusta el queso, el olor de un patio de butacas vacío, los pimientos rojos asados, el sexo por la mañana y los garbanzos tiernos, casi duros. Detesto eso que alguien atinó en llamar “descafeinado” y cuyo olor ya me provoca incubar un virus de estómago. Me gusta escuchar “no lo sé” de quien no lo sabe. Me gusta madrugar cuando no toca y trasnochar cuando tengo que madrugar obligatoriamente. No me gustan los cómic ni las series ni las películas de dibujos animados. Me gusta desayunar y merendar. No me gusta la gente que piensa que te hace un favor mintiéndote, ni la gente que piensa que te hace un favor diciéndote la verdad. No me gusta la gente que piensa que te hace un favor. 
No me gustan los gritos ni los abusos, aunque sean silenciosos, ni los hombres que se erigen aliados de tus causas para conseguir un par de polvos que inflen su ego. Ni los que van de graciosos, horror, ni el fútbol. Detesto el fútbol y a los que hablan de fútbol. 
Me gusta la buena educación, pero no la imposición de formas de quien cree que está por encima de los demás. No me gusta Bertín Osborne, ni la gente que habla de dinero, ni los sofás sin una manta vieja y suave para arroparse. Me gusta beber gintónic a mediodía en verano, si es frente al mar, mejor. No me gustan los bares de copas con música estridente (por muy buena que sea, siempre suena estridente), ni la gente que solo se divierte en medio del ruido. No me gustan los coches ni las motos. 
Me gustan las personas que denotan, sin estrépito, cierta conciencia social y actúan en consecuencia con ella. Me gusta que, por fin, el feminismo se haya convertido en algo de lo que ya habla todo el mundo, aunque algunos no sepan de lo que hablen. Me gusta la lluvia si me pilla a refugio y los gemiditos de mi gata cuando juega con su pluma de mentira. 
No me gustan las excusas repetidas de los de siempre, ni la condescendencia, ni los diletantes ni el azúcar glass.
Me gustan los elefantes. Ojalá un día se vengen de quienes los matan.