En mi niñez y adolescencia, aquella época en la que la gente abandonaba a los perros mucho más que ahora, quiero decir, con una ligereza mucho más brutal, solía ver perros vagabundos en el barrio constantemente. Eran los 80 y a mi me llamaban "la perrera". Sobre todo algunos vecinos maledicentes que le iban a mi madre con el cuento de que me habían visto "toqueteando a un chucho lleno de garrapatas y dándole de comer". Buenos vecinos a los que les costaba meter las narices en sus asuntos y que durante el tiempo que duró mi cruzada contra los abandonadores de perros, me tomaron por la distracción de sus aburridas tardes de verano. A mis padres nunca les gustó ese amor que yo destilaba por los perros, los gatos, los pájaros, las tortugas o los gusanos de seda. Nunca fueron partícipes de él ni me dieron bola con el asunto. Jamás tuvimos animales en casa. Para mi madre, los animales eran una fuente inagotable de enfermedades, mucho más los que vivían en la calle, y cada vez que alguien le decía que me había visto con un perro callejero, me castigaba sin salir. Aún así, yo insistía.
Y mi insistencia me procuró grandes sufrimientos, pero también grandes alegrías, como por ejemplo Esduval, un mestizo precioso al que quien sabe qué hijo de puta abandonó y que llegó a mi flaquito como un violín. Le construí una cabaña de ramas bajo las terrazas de un bloque, en un lugar de difícil acceso para que nadie pudiera llegar a él y sacarle de allí a patadas (que es lo que solía ocurrir en aquellos tiempos), y le llevé comida y agua hasta que se recuperó. Entonces se convirtió en mi mejor amigo. Me acompañaba al colegio cada mañana y me esperaba a la salida. Creo que fue muy feliz en ese tiempo, hasta que un desalmado... en fin, no puedo ni contar lo que le hizo. En aquella época, torturar a un perro callejero no solo salía gratis sino que era un deporte nacional, al menos en mi barrio y tuve varios amigos que no sobrevivieron a los desalmados. Yo no era lo suficientemente mayor para hacer nada más de lo que hacía por ellos. Ahora sé que lo mejor hubiera sido avisar a una protectora para que se los llevaran, pero ni siquiera sabía que existían lugares donde los trataban bien. Lo único que yo creía que existía eran las perreras, donde acababan matándolos. De hecho, alguno de esos buenos vecinos que se sentían molestos porque yo alimentaba a aquellos chuchos y "atraía enfermedades al barrio", llamó alguna vez a la perrera para que vinieran a buscar a alguno de los perretes que yo intentaba "salvar". No recuerdo que consiguieran atrapar a ninguno. Ni a mi precioso Esduval, ni a Boomer,el perrito de aguas, ni a Jenni, la perrita con el quiste en la pata.
No sé qué fue de Jenni, pero también la torturaron y a Boomer...de verdad que no puedo contarlo.
Después de aquellas experiencias, me prometí a mi misma hacerme veterinaria para poder salvar a todos los animales que pudiera, pero nunca cumplí mi promesa. Bueno, el año pasado me matriculé para estudiar Auxiliar Técnico Veterinario y terminé el curso como una campeona. De alguna forma, he seguido insistiendo.






