Llegó la noche y, cansado, se acostó. Yo lo entendía, y lo besé profundamente, pero con ternura, para que sintiera todo lo que yo quería darle. Pero esta noche no. Me tumbé y me envolví en una especie de sueño semiconsciente y, en medio de la madrugada, me desperté.
Cogí un neceser, tacones y ese vestido negro de espalda abierta que deja ver el tatuaje que pocos han visto. Era la noche, lo siento, cariño. Le dejé una nota diciendo que iba a por tabaco y, cogiendo las llaves del coche abandoné la habitación y me adentré en la oscuridad.
Me cambié y maquillé en el coche, y simplemente conduje. Nunca he tenido carnet, pero siempre he sabido hacerlo «por si ocurre una emergencia» (decía mi padre cuando me enseñó). La noche en este sitio es fresca, y a diferencia de mi ciudad, este sitio siempre tiene luces y actividad. Inconscientemente, sabía a donde iba.
Aparqué en una callejuela pequeña. No quería que nadie, por casualidad, viera mi coche, y entré al mismo antro que había visto en la tarjeta de su chaqueta. Sin embargo, yo conocía al dueño. Pobrecito.
Mientras bajaba las escaleras, se sucedían las imágenes de llamativas bailarinas, ataviadas, esta vez, con vestuarios inspirados en el burlesque, muy hermosas, pero con miradas vacías; aunque analizar estas cosas ya no era lo mío.
Al final de la escalera estaba ella, con su maravilloso pelo negro y sus labios rojos, es curioso, pero siempre nos parecimos mucho sin ser familia, claro que ella siempre fue más alta.
«Anthony te está esperando» me dijo con una sonrisa mientras tomaba mi mano y me arrastraba por un pasillo estrecho iluminado por una tenue luz roja. Yo me dejaba llevar, sin entender (pero presintiendo) por qué lo sabía y disfrutaba, (sí, lo hacía) de la visión de Eva y su falda lápiz abierta hasta la cadera.
Sus largas piernas me condujeron hasta la puerta del pomo con forma de león, y abrimos. Al fondo, en su silla, estaba él.
Ojos de un verde penetrante y un pelo negro espeso fueron siempre su mayor atractivo. Sus manos, fuertes, nos señalaban a ambas, en un gesto que inducía al acercamiento.
Eva se sentó en sus piernas y lo besó cargada de sensualidad pero sin pasión real, como una demostración.
Yo me quedé de pies contemplando la escena, y me recosté al borde de la mesa esperando el fin del beso de aperitivo. Ambos se levantaron de la silla y, en silencio, se acercaron a mí.
La boca de Eva rozaba mi cuello mientras los dedos de él jugueteaban con mi cuerpo y desprendían los finos y escasos botones de mi vestido. Me recosté en la mesa mientras dos bocas y cuatro manos recorrían mi ser completo. Y me dejé llevar hasta perder la consciencia.
Me desperté en mi habitación, él continuaba dormido y fui al baño a refrescarme consciente de que había sido todo un sueño.
Al mirarme al espejo, me vi maquillada, y con marcas de sangre en las comisuras de los labios. «¿Qué habrá pasado?», pensé, y, tras lavarme bien la cara, corrí a mirar mi neceser, que se encontraba en el sitio de siempre.
Dentro, una tarjeta del club y, en el dorso, una nota escrita con lápiz de labios:
«Por fin has mostrado tu naturaleza real. Por fin te has dejado llevar. Un poco de sangre no es nada, Eva disfrutó ser mordida. Cuando quieras te esperamos en el club. Sangre de mi sangre.»
Anthony