Sentada convulsionando el body, llevo con los pies el ritmo del Born to be alive que suena bastante fuerte en la radio. Lo de fuerte lo he decidido yo. Tengo una rata en la tuberia y voy a ver si la espanto. Le he tirado alcohol, pimienta, y mañana me voy a los chinos a comprar catorce o quince macetas de menta; no veas lo contenta que va a ponerse la china de la caja; como es Nochevieja y es todo taaan raro este año, pues no le va a sorprender. Esta tarde me he liado a pedradas con ella. Con la rata digo, no con la china. Creo que me he hecho un esguince de codo de la mala leche con la que se las tiraba. Mañana me va a tocar ir bajo la madreselva a recogerlas todas para volverselas a tirar. Es que encima me vacila la hijaputa. No la quiero ahí porque me va a espantar, o peor, a matar el nido de los petirrojos.
Bueno, a lo que iba. Reflexiono sobre la naturaleza humana comme d'habitûde; y comme dhabitûde lo hago cogiéndome a mí de muestra. Resulta que ando de médicos y lo de andar es una licencia poética, porque el Cojo Manteca a mi lado es Cary Grant deslizandose por una alfombra monaguesca.
Resumen: mi traumatólogo está de toma pan y moja (como casi todos los traumatólogos por los que llevo pasando desde que a la sociedad le ha pegado por llamarme "señora"; cada vez que lo oigo me descalcifico, se ve), y hoy en la consulta, los dos con mascarilla claro, me ha pedido que me acercara y le enseñase el pie; y yo me he acercado un poco más pero él no llegaba, y me dice "acérquese más, que si no no le puedo ver" y yo, "es por mantener las distancias doctor, no vaya a respirarle encima". "No se preocupe, que además lleva usted mascarilla y yo también, venga".
Y la reflexión sobre la naturaleza humana es: ¿Cómo puedo ser tan lianta-falsa si estaba todo el rato imaginándome que le metía la lengua hasta la epiglotis con mascarilla y todo? ¿Es que no hemos cambiado nada con la pandemia? ¿No evolucionamos? ¿Eh? ¿No evolucionamos?
Dios mio de mi vida, no me acordaba ni de en qué cuenta tenía el blog, ni de cómo se llamaba, ni de cómo se entraba... Ni de si todavía existian estas herramientas. Creo que ya no sé enlazar vídeos ni fotos. Voy a intentar desentumecer los dedos. Y el alma. La última vez que escribí ya no tenía padres, aunque no los añoraba tanto como ahora, como hoy. ¿Qué será lo primero que harás cuando acabe ("si es que acaba" es una apostilla que se repite invariablemente) el confinamiento? , yo no lo digo, o digo una mentira, digo "Ir de bares todo un día entero", que lo haré, pero no será lo primero. Yo me pondré las zapatillas -para ir más deprisa- y me iré al cementerio. Ahora mismo tengo miedo de ponerme intensa por si me revienta el corazón, así es que de momento lo dejaré aquí. Vengo del aplauso de los balcones, que cada día se está intensificando más, los vecinos quieren darlo todo, y lo que era un aplauso de uno o dos minutos, ahora ya va por el cuarto de hora de tocatas de los niños de grado elemental de instrumento desgranando literalmente el "Resistiré" del Dúio dinámico; una mascletà grabada puesta a toda virolla con altavoces; iyuna especie de poema de un andaluz que compara los balcones con las casetas de la feria y en lugar de apedrear al vecino nos da por sacar la lagrimilla a todos, con lo que hemos tenido que entrar todos corriendo a las casa a lavarnos con jabón. Yo mañana me pongo la teja, y me saco un catre, no digo más.
(Y esta Señora todavía vivía la última vez que escribí)
Habito una planicie infinita en la que por cada movimiento desciendes hasta al borde del precipicio invisible. Puedes romper el paisaje vacío tan solo con mirarlo, e irrumpen indiferentes las aves cazadoras. Sientes a lo lejos el calor de una hoguera apagada hace meses entre el jolgorio de una tristeza permanente.
Mientras espero que me suba el tinte, hojeo unos ejemplares de la biblia del
marujeo en la peluquería. Me paro en el reportaje de la boda del presentador
ése que siempre lleva gafas negras y martirizaba en plan que guay soy a
los triunfitos, y compruebo con estupor por las notas a pie de foto que se ha
puesto de moda una cosa que se llama youtubers influencers, y el estupor
viene dado porque en la foto aparecen tres espantapájaros vestidas como si lo
hubiesen sacado todo de un container de ropa del ejército de salvación tras
asaltarlo la noche anterior. Llevan unas pintas que en cualquier pueblo de
España donde vive la gente cabal, las hubiesen lanzado al pilón. Una con un
traje chaqueta de color yo fui rosa, destartalado, de una talla
indefinida y debajo ¡Un sujetador! La tía influencer ésa se presenta a una boda
superguay, (vamos, qué reguay que es la boda, tú), ¡En sujetador! Y luego hay otra con un vestido a floripondios en altorrelieve color azul
madrina alcohólica triste, que se le sale un trozo de teta por debajo. Y digo
yo ¿Éstas son influencers? A servidora la película Mad Max se le queda corta para lo que se nos viene encima. Luego cojo otro ejemplar en el que viene el reportaje del reencuentro de la
pareja de moda ésa que hizo como si se separara para poder ahora vender la
comunión de la niña, y vuelvo a sentir el estupor al leer que la mamá súper
guay de la muerte (influenzer), le ha hecho a la niña dos trajes de Azucena
Oscurá, la famosa diseñadora de trajes de novia. Uno para ese día, y el otro
para el siguiente porque iba salir en la procesión del Corpus. Tócate los
cojones. Eso es el cristianismo, señores. Yo no sé porqué nos extraña que
crezcan tanto en adeptos otras religiones, hombre, que esto es un sindiós. ¿Cuántas de todas estas madres cursis se para a analizar la figura de nuestro
Señor Jesucristo, que vivió en la pobreza, que dijo aquello de "Es más
fácil que entre un camello por el agujero de una aguja, que un rico en el reino
de los cielos", el Jesús de la Bienaventuranzas, el perseguido... ? Pues
estas nenas van a comulgar con nuestro Señor emperifolladas de gilipollez
hasta las trancas. Y es que se ha instaurado el día de la primera comunión como
el día de la primera puesta de largo de las vástagas. Y quien piense que esto
es demagogia, ha de saber que los demagogos son los que hacen servir la palabra
demagogia. El demagogo es el que ante una avalancha de argumentos sólidos, de
hechos declarados, solo sabe decir "isi is dimigii". Así es que yo voy a envolverme entre miles de burbujas originadas por
chorritos purificadores al yakusi de mi hermano, que me lo deja todo el verano,
mientras las influencers siguen asaltando contenedores de noche y limpiándose el culo
con confeti de día. Como la rosa de Alejandría (o algo así era)
La cuestión es si sobreviviremos a tanto dolor o será éste quien acabe por matarnos. Un dolor que no expulsamos porque a penas le
permitimos entrar, como cuando los niños aprietan fuerte los labios para que no
entre la cucharada de jarabe que supuestamente les aliviará mientras sus madres en un gesto cargado de cariño maternal, les provocan la asfixia tapandoles la nariz para que la abran.
El dolor como alivio del propio dolor, que no se va
si no te traspasa (quien bien te quiere te hará sufrir; todo lo que pica cura).
Pero cuando los dolores se agolpan a las puertas de tus murallas uno tras otro
queriendo entrar, ¿Puedes tener la valentía de dejarte invadir por completo? ¿Puedes
creer de verdad que solo pretenden atravesarte, y que se marcharán?
Apuntalo las últimas defensas agotada por las noches sin dormir y los dias sin soñar. Como una autómata recorro las horas programadas, cumpliendo con aparatosa disciplina lo esperado. Todo excepto el llanto. Confunden mis ojeras. qué mal lo está pasando, pobrecita. Pero no, no estoy pasando nada, ni bueno ni malo; soy una soldado, y cuando se me abre por descuido algún resquicio a la emoción tengo la osadía de que sean celos porque mi pretendiente se presenta con otra. Hasta ese punto ha llegado mi frivolidad. No hay lágriimas para la muerte de mi padre, ni para la no muy lejana de mi madre. Ni lágriimas, ni coplas, ni misas, ni velas ni nada. Cuando eso entre, entrará también el remordimiento que es la más letal de las enfermedades. Me quedo muchas tardes junto a la de la limpieza en el instituto. Exprimo mis recursoso y me sirvo de los del centro. Agoto la hidratación de mis ojos entre tanto documento y pantalla. Voy de las grandes mesas de la sala a la pared de los ordenadores, y vuelvo a la mesa y vuelvo a los ordenadores, me levanto, camino, voy a consergeria manipulo la impresora -ya soy una experta- vuelvo a la sala, subo a la tercera a la clase donde me he dejado el portatizas a la última hora. La de la limopieza ya va a echarme y después , para relajarme -lo descubrí en noviembre- cojo el coche y me lanzo por la cuesta de la BV5022 con la intención de hacermela de nuevo de subida, cuando ya anochece y tengo elegida la canción que sonará a toda pastilla mientras contemplo la estampa que me viene renovando el final de los dias: las luces encendidas de la colina de Cabrils.
Esta mañana, detrás de la lavadora, ha aparecido muerta Josefina.
Me extrañó no encontrarla el viernes cuando llegué, y la estuve buscando
ayer sábado errante por todo el patio, inmenso sin ella, llamándola, haciendo ruido con el grano de la comida, pero no apareció. Sabía que algo
pasaba puesto que mi sobrino llevaba toda la semana informándome con reportaje gráfico
incluido, de la presencia de un palomo de competición que se había instalado en
el jardín, y de que los petardos la estaban espantando.
Pero ayer no estaba muerta detrás de la lavadora, y esta mañana sí. Quiero
pensar que desde alguna parte escondida ella me veía, y quiero pensar que me estaba esperando para verme una última vez, y al final ha bajado o salido para morir de noche, cuando yo ya no podía verla a ella viva, castigando así lo que, quiero pensar, habrá percibido como un abandono al que involuntariamente he tendio que someterla debido a mi destierro.
Cuando he cogido su cuerpo ya frío, he dudado durante un momento si ponerme
guantes, como hizo el médico de urgencias cuando vino a ver a mi padre, pero me he sentido mal al pensarlo y he
exclamado en voz alta que yo no me pongo guantes para tocar a los míos, y la he
cogido a pelo. He revisado su cuerpo buscando quizá alguna herida, pero ninguna
tenía excepto, quiero pensar, la de mi ausencia de tantos días.
Está enterrada a los pies de la acacia:
“Ha sido un placer cobijarte, cuidar de ti, alimentarte y poder disfrutar de
tu arisca compañía.
Que la tierra te sea leve preciosa mía.”
Y de este modo prosiguen mis luctuosos días.
Me pinto las uñas de rojo para matar un poco el negro oscuro
de mi alma, hoy ya llevé pijama y fumaría si tuviese tabaco.
A muchos kilómetros de un río, al que jamás me arrojaré al
ser lo mío los jardines, invoco al vacío para que venga a arroparme y no me permita
verter una solo lágrima.
La primera saldría de una caja con nombre de
joya.
Una caja infinita como el exponente que le he dibujado hoy a la x de Nil, el alumno sordo, cuando me ha preguntado hasta cuanto puede llegar un
exponente.
He llenado de números la línea de la pizarra hasta salirme
por el marco, frenéticamente como los niños esos de las películas de
extraterrestres que escriben cifras hasta pelarse los dedos y manchar con su sangre las paredes.
Se partían cuando he hecho como que salía escribiendo por
la puerta. Seguro que a nadie nunca le ha dado tanto juego un exponente.
Las tizas de colores alivian los días. Los días que pasan
como si no hubiera pasado.
El martes pasado por ser 14 de febrero, cuando hacía
un mes de tu definitivo abandono, al llegar me habían llenado de corazones la pizarra.
Yo añadí otro envolviendo la fecha y decidimos que ese día todo lo escribiríamos con la tiza de color rosa.
Soy alérgica a la
tiza, se me llenan los bordes de las uñas de tiras de piel, y me duelen, me
duelen mucho.
Mucho menos que el corazón.
Estos días llevo tus guantes para calentar mis manos
ardientes.
Y un portatizas donde voy guardando una a una las lágrimas que aún no te dedico.
Este chorreo mío que viene
ahora podría resultar interminable dadas las circunstancias de mi vida si no
fuera porque las fuerzas cósmicas que decidieron al final no invertir los polos
de la Tierra y no acabar de este modo con todos nosotros y con todos los
hámsteres y tórtolas del mundo el pasado 29 de julio como vaticinaba el grueso
de personas que no andaban cazando Pokemons, han decidido en contrapartida
enviarnos un día tan caluroso que el chorreo lo tengo ahora mismo bajando por
mis sienes y resbalando entre mis senos, pegajosidad tetil ésta que no
suelo llegar a soportar más de diez minutos seguidos. Así es que seré breve.
Un domingo 24 de julio,
aunque podría haber sido cualquiera, el profesor Calaza a quien adoro
fervientemente por motivos tan íntimos y a la par tan sencillos que no pienso
explicar, me
dedicó su columna de El Faro de Vigo.
La realidad
fue que al leerla quedé sumergida en una profunda tristeza, súbita, espontánea,
para nada premeditada, ni ensayada, ni muchísimo menos pretendida. Lo volví a leer, claro. Lo volví a leer hasta
siete veces, a ver si me venía la iluminación bíblica, dejando intervalos de
tiempo variado entre las lecturas porque estaba segura de que la intención se
me escapaba; el contenido de sus columnas se me escapa a menudo, para qué vamos
a pavonearnos, ya que su nivel intelectual está a años luz del mio: así es
y así será. Pero la tristeza no desaparecía, y como mi atención por
instinto (nací así) siempre se focaliza en las intenciones y no en los
contenidos, y a mí el mal rollo no se me iba, puse el artículo boca abajo, y me
olvidé de él.
Pero a mí Calaza el
99’99909 % de las veces lo que me hace es reír, y además intencionadamente, así
es que no me cuadraba que quisiera lastimarme dedicándome un artículo del
0’00091% de mierda; pero como una ya no se fía ni de su padre (literalmente,
aunque enfermo), concluí que había llegado el tiempo, una vez más, de caerse
del guindo y aparcar gente por el camino. Ahora le digo que le creo
cuando dice que me lo dedicó con cariño, aunque él no entienda que si en el
salón donde más nos frecuentamos, yo cumplo el perfil del inicio de su
descripción “militar en el campo progresista y políticamente humanitario
haciéndose pasar por víctima de la derecha y sobreactuar denunciándola”... etc
, me pueda sentir atacada y humillada delante de todo el patio de butacas y
encima y para más inri, de gratis, que es algo que ya me va tocando bastante los
cojones teniendo en cuenta lo señoritos y señoritas, señoritingos y
señoritingas que vienen siendo la gran mayoría de todos los presentes.
Así las cosas, llevo
rondando una explicación que ofrecer en bandeja de plata aunque me haya salido
una de cuenco de los chinos, y supongo, por aclamación popular aunque yo no
esté tan segura, que tiene que ver con mi verso favorito. Tengo una cultura tan
escasa, que puedo poseer un verso favorito, y de todas las pocas poesías que
leí, y canciones que escuché, el verso más rotundo lo encontré en Miguel
Hernández “no hay extensión más grande que mi herida” es una descripción
de desazón a mi modo de ver y entender, insuperable.
De dónde nos vienen las
heridas son lugares variados, lejanos o cercanos, fríos o calientes, vivos e
incluso (y sobre todo) muertos, y sí, quizá las llevemos en los genes. Yo opino
que los genes llegan a determinar el carácter e incluso el comportamiento ante
hechos concretos de las personas. Es un tema resbaladizo, porque entonces ¿Está
el pedófilo excusado por sus genes? ¿Y el torturador? ¿El sádico? ¿La
mujer carca castradora de mujeres? ¿El misógino? ¿Trump? ¿Fernández-Diaz?...
Somos el resultado de miles de reacciones químicas que no controlamos. Podemos
decidir ponernos ciegos de alcohol, de pastillas, de chocolate; de cualquier
sustancia que sabemos altera nuestro estado mental, pero no podemos controlar
en qué medida ni de qué manera se nos altera ese estado, ni tampoco sabemos si
esa decisión también venía codificada de serie. En definitiva, el deseo de
follar o el deseo de morir para mí son versiones de una misma canción. Y la
canción, ahora mismo, podria ser ésta:
Llevo meses
sin poder coger un libro por placer. Rodeada de libros de texto que deben ser
exprimidos y asimilados sin descanso. Días y días atiborrándome de datos
olvidados que debo ofrecer y entregar a los alumnos para quedarme cada tarde vacía de nuevo.
Vacía como
la caja donde guardo las ganas de vivir. Soy una
impostora. Azuzo, mediante este instinto de embaucadora compartido con el resto
de adultos de la especie y que -feliz- desconocía poseer,a mis casi noventa alumnos a comerse la vida;
les grito, les jaleo, les exijo con palmas y patadas al suelo que espabilen,
que cojan la vida por los cuernos, que son jóvenes, insultantemente jóvenes,
que son fuertes (y esto tengo el atrevimiento de decirlo delante de Sergi y Germán, que van en silla de ruedas); que les bullen las neuronas, que son todos
guapísimos y guapísimas. Les grito, suelto tacos en clase –de momento ninguno
me ha delatado-, les cuento lo maravillosa que es la vida, el milagro del
cuerpo humano (y esto sigo diciéndolo con Sergi y Germán presentes; “dios escribe recto, entre renglones torcidos”,
pienso en la homilía que dio hace muchos años un cura obrero ante el ataúd del
hermano de mi mejor amiga de entonces. Germán y Sergi serían los renglones
torcidos de Dios, y yo me cago en dios cuando pienso en Sergi, que tiene una
enfermedad degenerativa. Y pienso mucho en Sergi. De hecho pienso en Sergi
cada día desde que le conozco. Tengo su cara grabada y presente como cuando
miras de lleno al sol y luego te aparece mires lo que mires durante un buen
rato hasta que todo vuelve a su sitio; sólo que la carita de Sergi nunca
vuelve a su sitio, no se me borra. Me duele este niño. Me duele y dolerá para
siempre jamás.)
Ahora mismo
soy la mentirosa, la falsaria, la engañadora, la embustera, la mendaz más
grande del reino. Cuando trabajé para los hijos de puta de la industria farmacéutica
no mentía tanto, y cobraba mucho más. Esta es una mentira trabajada, labrada
entre filigranas. Una mentira muy piadosa, al parecer. Y yo me dejo arrastrar,
la pastilla azul de Matrix. A ver qué voy a hacer. No voy a amargar a los
niños. No voy a contarles que la vida es una mierda, que lo único que van a
tener garantizado son las desgracias. No voy a decirles que ante el peligro la
mayoría de las veces se verán solos. Que se les va a morir gente que no querrán de ninguna manera que se les muera; (alguno ya
ha perdido alguno de los padres por enfermedad), que los abandonarán, que los
traicionarán, que los calumniarán, que justicia y lotería son sinónimos. Que
los van a rechazar y no podrán hacer nada, mas que aferrarse a la rabia porque si se aferran a la tristeza habrán perdido. No voy a decirles que piensen mal y
acertarán. Que la gente es mezquina, que somos, con mucha diferencia, la peor especie del planeta. Que mejor que no tengan niños para no contribuir a ella. Que si no consiguen ganar un nivel aceptable de dinero que se den por jodidos, porque no tendrán vida. No les digo nada de eso Todo lo contrario, les hablo del excelente maridaje que se da entre el pan y la cebolla y les suelto sermones sobre la solidaridad, el
trabajo en equipo, el valor incalculable de los amigos; les cuento que yo
todavía me voy de farra con mis compañeros del instituto, los que conocí cuando
tenía la edad de ellos. Me pongo ceremoniosa para advertirles que no necesito
que sean amigos entre ellos, pero que les exijo que sean buenos compañeros, que
reman en el mismo barco, que el barco debe llegara puerto y no a un puerto cualquiera.
Entonces les pregunto a dónde les gustaría llegar en barco... Un par de estos
cabrones me abrazaron cuando les di el boletín de notas el otro día, y una
chica de las mayores de bachillerato me regaló un colgante. Casi me echo a
llorar, yo tengo las hormonas peor que ellos.
No recuerdo
haber tenido tantas ganas de morirme como en estos días. Cuando salgo a dar una
vuelta corta, para estirar las piernas y envenenarme con la feroz belleza del
paisaje pirenaico, me paro unos instantes en una zona ya escogida de uno de los
puentes que cruza la Noguera Pallaresa, y la contemplo desde arriba, sus aguas
bravas y poco profundas sobre el lecho de rocas y la visión me provoca un
vértigo suicida, un fugaz atolondramiento, como una borrachera y pienso
“¡ahora!”, sería tan sencillo... Y tan dramático para todos que desisto. Sólo
me doy el gusto de comprobar que podría hacerlo; como cuando estás dejando de
fumar y guardas tabaco en casa para cerciorarte de que no fumas porque no
quieres.
Encarando
estos días de medio asueto, puesto que tengo que seguir preparándome clases,
decido leer algo que no sea materia de estudio para sentir que estoy de
vacaciones. Repaso mi retahíla: Neruda o Kafka me dan siempre ganas de ponerme
a escribir; con Pamuk, Marsé, y Oz me sucede lo contrario, no osaría, sólo puedo
leerles y leerles mientras confirmo por enésima vez mi tolerada insignificancia; “tía patatera,
cómo se te ocurre ni siquiera tener la desfachatez de imaginar una frase cuando tienes en tus manos
esto”; Jabois, de nombre Manuel, me produce unas ganas locas de follar, pero básicamente
a él; así es que finalmente me decido y escojo a Pamuk, el libro que me pedí
para reyes. Y voy a leer-leer, como una posesa, como si dentro de siete días ya
no hubiese mañana, y ya no tuviese que regresar a mentir.
(*): versión propia adaptada de un lema ajeno por ser de otro ("de otro. Será
de otro. Como antes de mis besos. Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos..")
En la otra clase tengo a Eugeni,
hiperactivo e hijo de granjero. Cuando hago leer a Eugeni en voz alta para toda la
clase algún párrafo de vídeo que està en castellano, él, a sus trece años, lo
va traduciendo directamente al catalán. Tiene vacas, ¿para carne o para leche?,
indago. Unas para carne y otras para leche, me responde. ¿Qué podría yo
enseñarle a éste crío sobre el ciclo de la vida?
En esta clase tengo a Sergi y a
Germàn que son dos niños paralíticos que van en silla de ruedas. Cuando mando ejercicios
a la clase todos gustan de que pase a vérselos hechos en la libreta. ¿No vas a
pasar a mirarnos las libretas? Me inquieren indignados. Y yo, como me huelo el
percal de las consecuencias ante la falta de valoración del esfuerzo, claudico y acudo, solícita y resignada. En
esas estaba, agachada sobre el enésimo esquemita de marras de la respuesta de
las plantas a los estímulos, los tropismos, cuando de repente escucho unas
cuantas voces gritando al unísono:
-“¡Milagro!, ¡Milagro!”
Levanto la vista algo inquieta y me
veo a Sergi de pié, erguido y apoyado sobre la mesa. Abandono de inmediato la
obra de ingeniería conceptual del alumno con el que me encontraba y me alargo
rauda al sitio de Sergi,
-¿Estás bien?, ¿Qué te pasa?
-Nada, es que tengo que ponerme de
pie a veces, porque me duele mucho la espalda.
En ese momento estallan varias
voces jaleantes al grito de:
-“¡Ahora tú, Germán! ¡Ahora tú! ¡Levántate!"
Pero Germán no puede ponerse de
pie. Es un niño de cuerpo grande en el que se aprecian ya ciertos cambios
hormonales, con unas piernas muy pequeñas, completamente inmóviles. Le miro
espantada y contemplo cómo sus hombros se agitan arriba y abajo mientras
vislumbro en su cara los ojitos cerrados y una sonrisa apretada y contenida.
Se está riendo(¿Pero de qué van estos pequeños cabrones?).
Me lo quedo mirando fijamente, y él
me dice,
-Profe, ¿A tí te gusta el humor
negro?
-Mucho, Germán, mucho.
-¿Ah sí?, pues te vas a hartar.
El carnaval aquí es un estilo de vida. Me han dado dos días de asueto que aprovecho para regresar.
La terra rossa es un tipo de suelo fértil y por ende cultivable que se forma en los poljes por la precipitación de las impurezas de arcilla contenidas en las rocas calcáreas que al entrar en contacto con el agua y el dióxido de carbono se disuelven. Y yo había llegado a este punto de mi vida ajena a este hecho.
Me produce un enorme y estéril desasosiego saberme en un par de días durante seis semanas seguidas abandonada en la montaña, con todas estas fieras disimuladas. Y eso que sé, que nunca tanto como ahora fue la montaña el mejor refugio.
Decimosexto
día de enero del año del Señor dos mil y dieciséis, Esta es la
situación:
Josefina,
la tórtola a la que le he dado en mi patio cobijo y asilo de todo tipo, incluído el
político, ha sido localizada por sus padres y por su
hermana de camada quienes todos los días vienen a visitarla, sobre
todo la hermana, que suele quedarse con ella cuando los padres se
van, y a la que el otro día me tocó espantar pues había decidido
la señora achocarse sobre la tierra pretendiendo pasar la noche
allí; y claro, hubiese sido una risa para mis gatas salir a la noche
y encontrarse la comida ya empaquetadita sin moverse, lista para el microondas. Todos pueden
volar (bueno, las gatas todavía no) menos ella, que tras ser
minuciosamente examinada por mi progenitor y yo misma, ha sido
diagnosticada de posible politraumatismo pichónico con resultado de
pulverización del codo del ala derecha, el cual ha sido inmovilizado
mediante una arriesgada maniobra de vendaje con un esparadrapo. El
pronóstico es reservado si bien la paciente refugiada come con
normalidad aunque fingiendo desinterés, duerme como una querubina y
vuela como el superhéroe americano, dándose unos guarrazos contra
todo lo que pilla por delante que pa qué, pero al igual que el
susodicho, no ceja en su empeño, lo cual demuestra que mantiene la
moral elevada (no así la mía). Además ha aprendido a subirse a una rama baja del pelado Ginkgo, que me viene justo a la altura de los ojos y me facilita mucho la maniobra de apresamiento cuando oscurece.
Hace
dos días acudieron, como las moscas aquellas a un panal de rica
miel, una docena de tórtolas, cosa que hace sospechar que se ha
corrido la voz entre la población tortolil, y mi patio se ha
convertido en el nuevo must de la algarabía alada. Este hecho me
produce cierta desazón puesto que interfieren con los clientes
habituales del lugar, a saber: los gorriones y los cuatro verdecillos
que se han apegado a su bandada; el majestuoso colirrojo tizón; y un
mirlo que ha resultado ser el mejor alimentado; para mí que está
documentado en Integral, puesto que da buena cuenta de los
copos de avena que todos los demás desprecian caminándoles por
encima e incluso soltándoles alguna cagada desde las alturas, de los
trocitos de tomate, y picoteando las medias manzanas y naranjas que
le dejo por el jardín. Los demás no me comen nada de fruta, solo
comen: el alpiste y el pan, los pajarillos -o sea, los gorriones, los
verdecillos y el colirrojo-; y el pan y los granos de arroz (se lo
he comprado integral) las tórtolas. Sin embargo el mirlo come de
todo, se como todo lo que comen las otras y además, la avena, las
frutas, el tomate, e incluso se pone a escarbar en busca de alguna
lombriz. Observo al mirlo y pienso en todas esas personas de Madaya,
por nombrar la noticia más reciente que tenemos de muertes de seres
humanos por inanición,y
lo que darían por estar en su lugar. Miro al mirlo y contemplo no ya
lo mal repartido que está el mundo, que eso es una obviedad, sino lo
hijodeputa que es el ser humano, como si eso no fuera una obviedad.
Lo es, los humanos somos hijos de puta, pero declararlo te convierte
en inadaptada antisistema. Cuando es así, que no entender que los
humanos, como especie, somos basura, es ser de un tonto supino.
Al
mirlo, el programado y por tanto limitado espectador de qué se yo,pongamos por caso, un Sálvame de Lux,
podría tildarlo de glotón, pero el mirlo es realmente un
conquistador, un corsario, un pirata, un mercader (le he visto alzar
el vuelo con trozos de comida en la boca). El negro mirlo es el rey y le he puesto de nombre Lionel.
Es
por todo ello que no me hace mucha gracia que me venga aquí toda la
bandada de tórtolas, no ya a cagarse en la comida del pobre mirlo,
sino a espantarme a todos los demás. Los gorriones no es que se
amedrenten, porque aunque huyen cada vez que los atosigan las
tórtolas, no se van muy lejos, y como son mucho más ágiles y
virtuosos en el vuelo y en la realización de fintas y piruetas,
consiguen bajar a comer a base de no rendirse -sin duda estos serían de
Podemos-; pero les cuesta más, están estresados y me estresan a mí
que no consigo sacar las fotos ni acomodar,desparramándola, mi alma
en el goce y deleite de una plena observación calmada (cualquier
cosa antes que estudiar las oposiciones).
Mi
patio es como un hangar de aves averiadas donde llegan todas las que
no pueden volar. Un hangar perpetuo, porque de aquí ya no salen.
Hace unos días apareció un pollo jóven (redundancia) de tórtola;
al parecer, se dejó caer, y no podía volar. Estaba desayunando, y
de repente me la veo a través de la cristalera paseándose por el
cemento. Me pregunto qué les hará pensar que pueda ocuparme de
ellas, cómo pretenden que les enseñe a volar, yo, que bien sabe el
cielo nací sin alas.
Ciertamente,
y a pesar de lo arisco de su carácter, pues todas son salvajes, es
grande el bien que les procuro. Aquí corretean, picotean toda la
comida que les pongo previa documentación (cualquier cosa menos
estudiar las oposiciones) sobre qué es lo adecuado que coman según
la especie, se bañan en las bañeritas a las que cada día cambio el
agua y dispongo repartidas por el jardín (cualquier cosa menos
estudiar las oposiciones), y se posan por aquí y por allá como si
estuviesen en un paraíso particular, un Bird Paradise Resort, un
santuario de aves que dicen por algunos sitios. Por más que lo intento, la tórtola no vuela. No la fuerces, me dice mi padre. Pero es que alguien tendrá que decirle que tiene que volar, le replico, aquí no están sus padres. Ella ya se recuperará y se marchará. Amén, porque ellas ya conocen el
precio del edén: su libertad. Con lo cual automáticamente deja de
ser un edén, puesto que el bien más preciado por encima de
cualquier otra cosa en la vida,bien lo sabe el rico, es la libertad.
Así es que este precio es un precio paradójico, no puedes pagar con
lo que quieres conseguir. Pero esto sucede continuamente en la vida.
Nadie, nadie que viva en un edén, conserva la libertad. Y ningún
libre vive la vida en ningún paraíso, “la libertad ni se compra,
ni se vende, ni se hereda, ni se mendiga. A (mi nombre) la informal”,
me dedicó un escritor infantil que vino a nuestro colegio cuando
eramos niñas y nos regaló su libro. Pero la libertad es una utopía,
no existe, porque además es una quimera. A penas tenemos noción no
ya de poseerla, sino de entender su significado. Por eso hay tanta
gente que se considera libre, y nadie lo es. Unos lo somos más que
otros, pero libres, libres... Cuando estemos muertos.
De
la libertad solo existe el concepto; que nació por anhelo, un anhelo
congénito. Andaba el primer filósofo de la Historia viviendo de
renta por ahí (como buen filósofo), y le vino al pensamiento la
expresión genética del anhelo primitivo. El concepto de libertad. Y
cuando le dio la forma verbal, ya todo el mundo reconociéndose en su
anhelo primigenio, no ha dejado de hablar de ella desde entonces. Y
dedicarle himnos, arengas, peroratas, canciones, poemas,
películas...bla,bla,bla.
Por
eso es que me produce cierto estrés ocuparme de los pájaros
heridos, porque sé que están renunciando al despegue, al vuelo batido, al planeo, al tirabuzón, a aterrizar, en definitiva, al don de volar; por eso y
porque convivo con dos gatas callejeras. Y raro es el día que no
emule yo a la Nicole Kidman en Los otros, cerrando las puertas
tras de mí; ella para impedir que entrase la luz que supuestamente
dañaría a sus hijos supuestamente (spoiler) vivos, y yo evitando
que me sigan las gatas, pues la tórtola sería presa facílisima y
solo me faltaba presenciar una escena gore con la consiguiente bronca
antinatural que les echaría. Así es que tengo establecido un
régimen penitenciario de salidas al patio: las gatas bajan conmigo
de buena mañana antes de desayunar. Pegan una vueltecita, comen algo
de hierba (yo debería fumármela), y nos volvemos a meter para la
casa subiendo a galope (ellas) las escaleras para que les dé la
comida. Una vez están comiendo, bajo a liberar a la tórtola,
que ha pasado la noche en el transportín de ellas que le he habilitado a modo de dormitorio pues ha resultado ser el lugar más seguro, y las mininas ya no podrán volver a salir al patio hasta la noche, después de que yo haya
capturado a la tórtola no sin dificultad y desasosiego por parte de ambas (ella y yo) y habiéndola metido de nuevo en el transportin;
con lo que el concierto diurno de maullidos protestando porque no les
abro la puerta está garantizado. Y así llevo una semana. Cualquier
día de estos me sorprendo consultando recetas de arroz con pichón.
A
ti siempre te vienen los chungos, ¿no, tía?. ¿A qué te refieres?.
A los pájaros, te vienen todos los chungos. La canaria aquella y
ahora éste. Ay, hija mía, ¡Si solo fuesen los pájaros!
Es indefectible, por
muy elíseos que sean los campos en los que llueve, pasar un nuevo lunes al sol.
Un lunes nuevo al viejo Lorenzo de siempre. Es ineludible dentro de un esperado,
aunque no se sabe muy bien por quién, orden moral preguntarse por ello, e
intentar, una vez más, ponerse a pensar para encontrar la solución. Una
solución siempre provisional, claro, como casi todas las soluciones, puesto que
el devenir de los acontecimientos, genera nuevas situaciones que te pueden
volver a llevar a los lunes al sol, a años a la sombra, y final e
inexcusablemente, a la eterna morada. Pero puestos en lo inmediato, y lo
inmediato lleva ya cinco años, se está aproximando una situación insostenible
por falta de medios económicos. Es un nuevo lunes de prospección y de anhelo de
ser el último al sol. Muchos no piensan en ello, pero sin dinero no te puedes
comprar ni tan siquiera un mísero tomate.Incluso plantartelos requiere de medios. Por eso habrá gente que los robe,
pero yo no me veo –todavía- en esa situación. No me veo sustrayendo género de
una gran superficie –mucho menos de una pequeña tiendecita- para comer. Además,
a mí no parece que me falte la plata. Mira si me veré apurada que ya digo plata
en lugar de dinero, que todos sabemos que no tener plata es muchísimo peor que
no tener dinero. Los pobres sin plata son mucho más pobres que los pobres sin
dinero. Esto no se sabe muy bien porqué es así, pero es verdad. Y a mí ya me
sale la palabra plata. Me veo de a poco soltando el óyeme mi broder. Hoy mismo
tuve en mis manos un sujetador que necesito y que costaba veintisiete euros.
Veintisiete euros para mí hace cinco años era nada, y sin embargo, hoy he
tenido que dejarlo y venirme sin él. Seguiré poniéndome los cochambrosos que
tengo por casa y dios quiera que no tenga no digo ya una cita amorosa pues una
no puede ser tan desgraciada, sino un accidente por el que tuviera que ser
trasladada al hospital y sometida a la humillación de ser contemplada por los
responsables sanitarios tan sexys ellos con sus zuequitos, y yo con la ropa
interior de la superviviente de Cuando
ruge la marabunta. Y es que lo de buscar diariamente ofertas de empleo e
inscribirse a ellas si es que las encuentras, no sirve de nada. Ya has llegado a
la conclusión de que no podrás volver a ser trabajadora por cuenta ajena porque
una parada de cinco años lo mejor que puede hacer para una consultora es
morirse, es más, debió haberse muerto hace tres ya; y tampoco puedes montarte nada porque estás
más tiesa que la madre de Norman Bates (spoiler). La única salida, a pesar de todas tus
habilidades, y tu capacidad para aprender y adaptarte a lo que sea, va y
resulta que es ser funcionaria del Estado. Con la de chistes de funcionarios
que has contado tú: buenas, póngame un
café funcionario, ¿disculpe? ése no sé cómo es, pues ardiendo, que tengo prisa;
o el de ¿cómo cuenta hasta diez un funcionario?: uno, dos tres, cuatro, cinco,
seis, siete, sota, caballo y rey.
Y ahora resulta que los próceres de la sabiduría empresarial, entre unos y otros
deciden perder a un efectivo en lo más alto de su rendimiento, y arrojarlo a
los brazos de la comodidad. Pues bien, será cuestión de meterse en materia. ¿Que
qué materia? pues cualquiera, si es que una es lo que tiene, que vale pa tó.
Los he escuchado piar a eso de las seis de la mañana en uno de mis reiterativos episodios de vigilia, pero cuando por fin me he decidido a abandonar la cama y bajar a la cocina no había ninguno en el jardín: hoy no han venido los pájaros. Está el día raro; excepto porque es sin pájaros, es un día de los que me gustan a mí, todo el rato amenazando lluvia. Son días de subidón nostálgico, me pega por hacer cosas sin dejar de evocar y suspirar cual lesbiana prometida en época victoriana. Decido hacer cosas por fuera, que como no están no los asusto, no hay mal que a joder no venga, me digo. Arrastrando las macetas de mis miles de aloes pegadas a la pared, decido quitarlas de ahí, es un engorro barrer con ellas ahí dispuestas en fila. Vale, encuentro la manera de repartirlas por el jardín, así dejo la pared desnuda y queda todo más aseado. En la misma horizontal me desplazo hasta llegar a las dos garrafas destapadas con agua que mi padre se empeña en dejar “porque así el agua se llena de nutrientes y es mejor para regar las plantas”, tiene razón, así es que aunque queda cutre, siempre las tengo ahí. Al mover la primera compruebo que hay una avispa muerta flotando, suele ser habitual encontrar avispas ahogadas, como se pasan el día buscando agua... Pero al mover la segunda se me hiela la sangre, lo que hay ahogado no es una avispa sino un gecko, uno de mis maravillosos y protegidos geckos. Mi casa fue declarada en su día santuario del Gecko. Aquí es devoción lo que se tiene por el Gecko. Desde niña siento fascinación por estos animalitos. Nos pasábamos horas de noches contemplándolos acudir al tubo de neón a buscarse el sustento que allí acudía inconscientemente a inmolarse –lo cual, es un oxímoron-, desparramándose por el techo y la pared de alrededor, como un circo romano aéreo poblado de cristianitos alados y uno o varios gladiadores escamosos.
Noto la
presencia al tiempo que me agacho a coger las cosas del carrito para ponerlas
encima de la cinta transportadora de la caja. Se arrima. Ya percibo que es una
persona muy joven, una niña preadolescente. Deduzco que solo lleva una cosa. Yo
sigo a lo mío (tampoco yo llevo mucho, mi carro es muy pequeñito, y encima he
comprado un paquete de papel higiénico que me ha ocupado siete octavos del
espacio, más o menos el que me ocupa el culo en el cuerpo), como si no la
viera. Siempre dejo pasar a la gente que lleva una cosa o dos, me gusta ser
amable sé que es sano, reduce el colesterol malo, y atenúa las arrugas de expresión, pero poseo esa, no
sé si es deformación generacional por el afán de educar a los niños de la
comunidad y que tanto echo de menos hoy día (cuando yo era pequeña, la
comunidad entera educaba a los niños, era una ley no escrita que pasó de
generación en generación y los adultos entendían que la labor de educar y
cuidar a los cachorros fueran suyos o del vecino, era labor de todos. Si tú
hacías una trastada en el parque de la ermita, cuando llegabas a casa, tu madre
ya tenía el parte, y te caía una buena. En mi opinión, eso lamentablemente se
ha perdido. Los padres utilizan a los hijos como armas arrojadizas contra los
percibidos triunfos de los demás, ya sea el vecino o la maestra, potenciando así sus propias frustraciones yenvidias. No sé, inexplicablemente -dada mi inteligencia- no soy experta
en estos menesteres (llámale sociología), pero es mi percepción), entonces,
esta deformación generacional, decía, que me incita a educar, me obliga a
evaluar su comportamiento antes de dejarla pasar. Quiero ver si me pide pasar,
si empieza a resoplar, si deja encima de mis cosas lo suyo… Pero ella aparte de
estar muy pegada a mí, no me dice nada, no resopla nada, y mantiene su cosa
(que ya adivino una botella de leche) en su mano. Cuando ya he cargado todas
mis cosas, y le he enseñado el carrito vacío a la chica de caja, me dirijo a la
niña, ¿solo llevas eso, cariño?, sí, cariño, me dice (me sorprende), y le digo
¿quieres pasar? No. ¿No?. No, no te preocupes, cariño, es que no tengo prisa.
Me la como. Cuando yo ya he pagado y estoy recogiendo mis cosas, como ella solo
lleva la leche termina antes y me adelanta y al pasar por mi lado me dice,
hueles muy bien. Toma.
A mí me
ha hecho sonreír, pero me ha dejado pensativa y conmovida hasta este momento
que no me la quito de la cabeza. No he podio evitar evocarme a mí cuando tenía
eso ¿12-13 años?, es que realmente la cabeza te va así con doce años. Tienes
tantas fantasías que todos somos como pequeños Tolkiens en potencia. ¿Qué es lo
que nos pasa para que no lleguemos a ser tan brillantes como pudimos? Apuesto
por una combinación de miedo (a enfrentarse a los comentarios y posturas
contrarias),y pereza (a lo mismo), al
principio aquel, al final esta última. Tampoco hay que darle más vueltas al
asunto, al fin y al cabo nuestras vidas no son más que instantes en el tiempo,
aunque a algunos el instante se nos vaya haciendo ya algo eterno. Al final de
la corrida solo espero poder decir aquello que dijo aquel* “ yo soy (he sido)
una persona educada: solo conozco las cárceles sutiles”.
Un puente colgante sobre
decenas de metros; colgante y balanceante (como buen puente colgante) eso será
en lo que pensaré si tengo la ocasión de ser consciente de mi muerte, de su
inmediata presencia provocando mi ausencia; en el preciso instante que me
llegue, suponiendo que eso sea un instante y que encima sea preciso.
Muchas veces lo pienso, desconozco (que no ignoro), si es normal pensar en eso, al menos no sé si es normal hacerlo
muchas veces, pero muchas veces pienso en si en el momento que me muera, yo voy
a ser consciente de que me estoy muriendo o, por el contrario, tendré una
muerte repentina, violenta o no (como si alguna muerte no lo fuera), o una
muerte inconsciente, por traumatismo o sedación.
Ahora mismo me preguntas y
no sé que querría, mucho menos sé qué querré entonces, sea ese entonces mañana
o dentro de cuarenta años. Pero suceda lo que suceda dentro y durante esos
cuarenta años, si llego a tener conciencia de mi muerte inminente, yo pensaré
en un puente colgante; me sentiré a mí en ese puente, notaré el viento en la
cara y el olor a helecho y secuoya. ¿Que cuando he olido yo una secuoya?, pues
en el momento oportuno de mi vida, espabilao, las olí y las retuve, como retuve
el espectáculo de cientos de helechos gigantes desparramados por un bosque
aparentemente desordenado. Y luego me metí en un puente colgante sobre un río a
setenta metros de altura, ahí es ná, dos Migueletes y pico. Todavía siento el
principio de pánico en la boca del estómago, y el pueril enamoramiento de quien me acompañaba.
El caso
es que siempre que tengo que acudir, acudo vestida como si fuese a trabajar. A
trabajar en lo que trabajaba, con lo que parezco más una encargada de allí, que
una verdadera usuaria. Esta vez fui yo quien solicitó la cita, para actualizar
los datos de mi CV; quería que constara mi flamante nueva titulación como
técnico superior de laboratorio, y además, sospechaba que algo de lo anterior
no me lo habían dado de alta correctamente, porque cuando me apunto a ofertas
de empleo me dice el sistema que no cumplo los requisitos -que sí cumplo-. Cuando llego a las espectaculares nuevas oficinas del SERVEF (ya era hora de
que cerrasen los corrales donde han estado atendiendo a los parados durante décadas),
observo que hay poquísima gente; lo mismo es por ser 31 de julio. Así es que confirmo mi
cita, y elijo dónde sentarme a esperar. En menos de cinco minutos anuncian mi
número. Me dirijo a la mesa y me recibe un osito. Sí, un osito. Pausadamente le
explico a lo que he ido, me dice que muy bien y me pide el DNI; se lo entrego y
él se lo coloca en una esquina del teclado cual estampita de la virgen de
Guadalupe en altar de camerino torero. Vale. Que santa Bárbara te ampare si soy
yo la que tiene que protegerte, pienso, aunque no andaba tan desencaminada con
mis elucubraciones iconoclastas.
Vamos
repasando punto por punto toda la documentación que pulcramente ordenada yo aporto, y como si
estuviese ante alguno de mis antiguos clientes, me armo de paciencia. El osito
es más lento tecleando que el caballo del malo galopando, y al parecer no para
de equivocarse de pestañita. Creo que le impongo; no sé si es por mi perfume
que no es el caro (no puedes presentarte a las oficinas del paro desprendiendo
un perfume cuyo mililitro cuesta lo mismo que un berlengo de leche), pero
tampoco es el barato (no puedes presentarte en las oficinas del paro
desprendiendo el olor de una loción antimosquitos que va pidiendo a gritos una
plaza en un albergue de mendigos con camastros impregnados de Zotal), o por la inconfundible
cadencia de mi voz bordemente melodiosa, o por la difícilmente soportable
intensidad de mi extraviada mirada azul Bombay Sapphire; el caso es que Teddy
titubea. Titubea pero con aires de suficiencia; no pasan ni dos minutos cuando
por fin consigue expulsar de su garganta lo que sé positivamente que se dedica a expulsar siempre que puede:
“soy técnico en Recursos HumaAAAnos” (coño, mis favoritos, me digo) Yo hago
respirar profundamente a los controladores adrenérgicos de mi ser cósmico inmaterial,
me pellizco la pistolera con la mano que reposa sobre mi pierna, y mantengo la
calma. He mejorado bastante; ahora ya he conseguido que no me chorree la
espumilla por la comisura de los labios (de los de la boca, de los otros solo
me chorrea la gracia). El caso es que empieza a darme consejos
inconfundiblemente de recursitos humanos: mira no pongas “becaria” en
experiencia profesional porque becarios son solo los que están haciendo el
doctorado (¿perdona? Tú eres tonto, osito); es queallí nos llamaban becarios, y además pongo
ese termino precisamente buscando conseguir el abordaje de la psicología de
quien lee mi CV, porque así ven que si hay sitios tan respetables como el de
este laboratorio de referencia conocido en toda la comarca, que no les duelen
prendas contratar a una cuarentona como becaria, ¿por qué iban a tener ellos
reparos en contratarla comme il faut con todas las de la ley, como una
trabajadora experimentada? Creo que el osito está flipando, me parece que se ha
quedado en “la psicología de quien lee mi CV…”. Bueno, tú haz lo que quieras, yo
no lo pondría, si pillas a alguien de recursos humanos un poco...un poco... ¿Tiquismiquis? -le ayudo-; sí, bueno -tuerce el gesto Jackie-Nuca-, tiquismiquis. Vale (osito). ¿Te has apuntado al SERVASA? Todavía no, no están
abiertas las bolsas; pues ya tardas (¡Que no están abiertas las bolsas, coño!),
porque con esto que tienes tú, que está muy bien, ahí puede salir algo, ya que
es un sitio que solo cogen ese tipo de titulaciones de sanidad. No es como
aquí, que somos abogados, administrativos, psicólogos, arquitectos… (Ositos...),
allí son muy específicos. Vale (osito).
Me apunto a las ofertas de la universidad que… ¿De la universidad? ¡Pero si eso
es lo peor! -me espeta- allí hay unos chanchullos que vamos…Casualmente en un
departamento se repiten los apellidos durante años ¿curioso, no? Vale (osito),
pero yo no puedo permitirme el lujo de no apuntarme a todo lo que salga ¿sabes
(osito)? Mira hay una página de la Generalitat… Sí, precisamente, es de la que me entran las ofertas de la
universidad para proyectos concretos y a los que buscan oficiales o técnicos de
laboratorio me apunto. Estoy suscrita desde hace años (osito). De todos modos
él insiste en explicarme cómo funciona la página (por dios, ¡Acabo de decirle que la utilizo, que estoy
suscrita!), le dejo que se explaye y vuelvo a claudicar: vale (osito) –esta
acción la aprendí en mis años profesionales, a los plastas cabezones la única
manera de no discutir con ellos y evitarte que te hagan perder más tiempo, es
darles la razón como a lo que son-. Cuando ya tenemos todo actualizado, cuando
me dice que si llevo el resumen de mi vida laboral, cuando yo pongo cara de póquer
y le digo que eso ya lo tendrán ellos ¿no?, él me mira con condescendencia y me
dice que no, que eso es de la tesorería general del Estado y que lo pida. Lo
flipo. Esta gente tiene todo mi historial con pelos y señales, sabelos días, horas, minutos y segundos que he
cotizado, dónde, cómo, porqué, y con quién –si no, no me hubiesen podido
calcular las prestaciones- y ahora me sale éste con esto; pero ¿qué mierda de
traspaso de información que tienen entre los ministerios?, en serio, ¿Es que no hay nadie capaz de optimizar
recursos, sobre todo el tiempo, y sobre todo el de los ciudadanos?. Es que es
increíble el tema. Y me dice que es que no entiende cómo eso no me lo dijeron
desde el primer día, que la verdad, quien había rellenado mi ficha, no lo había
hecho bien (óle, con óle,qué bien dejamos a los compañeros y lo que me faltaba saber pal duro), pero que tampoco
tenía tanta importancia, que cualquier día que pasase por allí (sí, de venir de
comprar el pan, no te jode), pues lo entregara y ya está. Eso, y ya está. Como
veo que la cosa ya ha terminado, empiezo a levantarme, y en eso empieza el
osito: pues yo, los peores días de mi vida los pasé cuando estuve haciendo el
doctorado en la Universidad… (¿Perdón? ¿Qué está pasando aquí? ¿Me está
empezando a contar su vida?, ¿en serio? ¿Como cuando se me confesaban los
clientes, compañeros, y pacientes de los hospitales de día? A ver, rey oso, que
aquí la pringada soy yo, la que está arruinada, defenestrada, se supone que
deprimida, soy yo; no he venido a aguantar tus quejas de osito que no triunfó
en un departamento de la universidad, que, además, si tan mierdosa te parece,
tendrías que estar orgulloso de no haber encajado; al fin y al cabo tú estás
aquí supongo que no a través de una ONG ¿verdad?, tú mismo has dicho que es una
bolsa de la administración, o sea que ¿a ver si adivinas qué tienes tú que no
tengo yo?, ¡Pues ten la decencia de no quejarte delante de una persona que
acabas de leer que lleva cuatro años y medio parada; que no es por falta de
titulación, experiencia, agallas, inteligencia, ni grasia salerosa,que no está recibiendo prestación alguna de nada, y déjame en
paz!), el paréntesis lo transmito en una mirada de soslayo de cero coma siete
segundos, en los cuales la compañera de la mesa de al lado del osito ha asomado
la cabecita como no dando crédito a lo que estaba sucediendo en la mesa de su
compañero (estuvo escuchando toda la entrevista), donde éste no solo desanimaba
a una parada de larga duración a apuntarse a algunas posibilidades de empleo,
sino que encima, pretendía contarle lo duro que fue para él pasar por un
departamento de la universidad.
Y es que
en el fondo, aunque un miserable ególatra sexagenario, que necesita pararse
ante un pobre para quitarle su mendruguillo de pan que se le antoja ideal para
acompañar su caviar de beluga, sólo porque el mendruguillo no es suyo, un tipo
que tiene el talento en la punta de la polla y que ésta hace años que no se le
empina mas que con la ayuda del Cialis y una grúa, un tipejo que se pasa los días
repitiendo patéticamente datos como un papagayo, que pretendió hundirme más (sin
educación, ni elegancia, ni un ápice de la másmínima sabiduría que dado su añosa edad ya debería poseer, incapaz de pedir disculpas que a lo que más llega es a un lamentable lloriqueo tipo "piri is qui illi, is qui illi..."), declarando
públicamente que era imposible ayudarme a encontrar trabajo por el rastro que dejé -y ahí lo dejó él, in the air, importándole un comino el daño que pudiera hacerme, que para eso vale más un pedo suyo que mi madre-, en el fondo,
digo, sigo desprendiendo ese rastro de persona generosa que sabe
escuchar a los demás preocupándome por ellos al tiempo que les confieso mis temores y mis dudas, poniendo también parte de mi suerte en sus manos; ese es el rastro que voy
dejando yo, y no como el que dejó su madre el día que lo parió a él, que
menudo zurullo flotante dejó contaminando las aguas de la vida de los otros. Mi
rastro es un rastro que los amigos reconocen, aprecian y siguen como animales en celo para
seguir conquistándome, y tenerme cerca, como yo a ellos; y los enemigos como cazadores para meterme un tiro
entre ceja y ceja al realizar lo insignificantes que resultan para mí, y a los
años luz de la más mínima dignidad que los considero. Justicieros de pacotilla,
meteros con los de vuestro tamaño si es que conseguís encontrar tamaña
miniatura. Machuzos, arribistas, cobardes, envidiosas, acomplejados,
infantiles, barbies tuneadas, etiquetadores, encorsetados, cerriles, chulos, poseedores de la verdad, mamonas y mamones, mediocres, lechuguinos, mamarrachos en general. En fin, una letanía de cazadores de feria, que andan por el mundo con pistolitas
de agua cargadas de salfumant, disparando sus corrosivos chorritos a los leones atados de patas delanteras y traseras,
enterrados hasta el hocico en el suelo. Luego comprueban que el salfumant les ha deshecho la pistolita y se han quemado los deditos, pero eso también será culpa del león. Seguid con vuestra conmovedora opereta
de un solo acto, el fallido, ése que, tras vender a vuestra madre, os morís por protagonizar.
Sobre la cama tendida como un Cristo, sin cruz y
sin espinas,… bueno sin cruz no, todos llevamos una cruz a cuestas, pero me
refiero al madero en sí: sin el madero. Y sin los clavos en los pies ni en las
manos. Bueno en realidad de Cristo solo tengo la postura… Desnuda, -pero envolviendo el
cuello un pañuelo largo a rayitas de colores perfiladas en doradito que me
compré en los hippies del Parterre hace 31 años- cuento estrellas polares.
Por mucho calor que haga, si duermo desnuda tengo
que ponerme algo al cuello porque si no, me quedo sin voz; esto le pasa a muchas personas, y sé de algunas que optaron finalmente por ponerse una soga; yo
no lo descarto, pero de momento elijo el pañuelito. La verdad es que así vista
tengo mi punto, lo que pasa es que no me veo, porque no me miro, porque cualquier
movimiento me provoca sudor.
Imagino que soy una tortuga panza arriba, o mejor
un pingüino. Sí, mejor transfigurarme en pingüino que están más fresquitos y si
me concentro, lo mismo la performance me sale tan bien que me llega la
sensación de la nieve en la espalda y todo. Afortunadamente, por la noche sopla
el viento de levante que refresca, y con la ventana abierta se puede dormir,
pero sin moverse mucho, por eso tú tienes que concentrarte en que eres un
pingüino caído panza arriba, que está muy cansadito y contando estrellas quiere
dormirse.
Esta escena llevo repitiéndola unas tres semanas, en
plan día de la marmota casero. He escuchado y leído múltiples consejos para
combatir el calor sobre todo para quienes no tenemos aire acondicionado en casa. No
lo tengo porque no lo quise, que todo hay que explicarlo. Estoy convencida de
que los aires acondicionados han sido y son uno de los factores más
determinantes del calentamiento global del planeta. Son horrorosos. Vas caminando,
o más bien arrastrándote por la calle, y en eso pasas por delante de un aparato
de aire acondicionado de un local que te echa un chorro de vapor de volcán y te
piensas que es un respiradero del mismo infierno que llega a la superficie. ¿Pero tú que has hecho para merecer
eso? Pues nada, andar por la calle, ¿Quién te manda salir con el calor que
hace? Ah, Que tienes que comprar, trabajar, has quedado a tomar algo, vas a ver
a tus padres, ¡pero si ahora todo se hace por internet, por Dios! Diles a tus
padres que se pongan el skype ése. ¿Qué no tienen ni ordenador, que son de otra
época?, pues ya los verás en otoño. Sí, trabajar tambien, trabajar también.
Ahora todo son videoconferencias, páginas web de todas las empresas que vendan
algo, recruitment (qué gilipollas son los recruitadores, de verdad, no los soporto), y
aunque se termine saliendo a la calle para ir a trabajar, luego la gente se
pasa el tiempo en internet que eso lo sé yo de muy buena tinta. Así es que lo
que hay que hacer es prohibir quejarse del ataque de los bufidos avernales de los aires acondicionados a la gente que salga a la calle en olas de calor ; si sales, te jodes, y si
no, multa.
Por eso detesto tanto los aires acondicionados,
además es que la peña es la leche; está en pleno julio y se pone el aire en casa a 18ºC, ahí, que
les toca echarse por encima una rebequita y todo. Y estamos en lo de siempre,
¿cómo surgió el primer aire acondicionado de uso doméstico? Pues algún sibarita
que se instalaría el primero, porque no le dio la gana de tener que ponerse manga corta en verano que no le pegaba el estilismo, le dieron permiso (o lo compró, porque esto de
los permisos va como va) sin evaluar si esa instalación tenía algún tipo de
repercusión en el entorno (o sí lo evaluaron y vieron que sí, pero entonces lo
único que pasó es que le pidieron más pasta al sibarita), y ancha es Castilla. ¿Y
qué pasó después? Pues que todo quisqui quiso instalarse uno, porque tampoco le venía bien el estilismo de la camiseta de tirantes, porque hay que ver, Paco, que poquito glamour que me tienes ahí en el sofá cara el ventilador con todos los pelos del sobaco a la vista y chorreándote el aceite del bocadillo de atún, que no me pones nada mas que de los nervios, y en eso estamos.
Ola de calor, ola de calor, sí, vale, ola de calor, pero si se apagasen de
golpe todos los aires acondicionados del planeta (no me refiero a neveras, ni
cámaras de conservación, ni habitaciones con equipos tecnológicos que requieran de cierta refrigeración), la Tª del planeta descendería varios grados ¿Qué no?:
probadlo. Eso por no hablar de lo malisísimo que es el aire acondicinado para las cuerdas vocales. Las vuelve consonantes, no te digo más. De repente ya todo son eses, emes, y eles que pareces Gulliver en el país de los M&M S.L.
Pues el caso es que he tomado nota de varios
truquis. El de mantener la casa cerrada con las persianas echadas ya lo sabía
desde pequeña. En mi casa, como una de las paredes que dan al este es de
cristal sin toldos ni nada, y dada mi sequía económica no le puedo poner
remedio digno, se me ocurrió agenciarme el otro día unos rollos de papel de
regalo que venden en el Mercadona, que por una parte son blancos, y por la otra
son prácticamente negros. 0,60€ cuesta cada rollo. Entonces, me encaramé a una
escalera plegable de aluminio, con los rollos de papel por un lado y otros de
esparadrapo por otro, a lo Mario Bros al principio y a lo Pepe Viyuela al
final, y he forrado todo el cristal, poniendo la parte blanca hacia el sol para
que lo refleje algo -que una tiene estudios-, y la oscura hacia dentro de la casa,
y oye, me funciona, por lo menos el resol no pega a la casa y moviéndose la
gente a cámara lenta o como mucho a 33 revoluciones, en mi casa sin aire
acondicionado el calor se aguanta. Este va a ser mi estilismo estival 2015. No
sé si vendérselo a Zara Home para que lo promocione en su sección de gente sin
recursos. Ah, pero no, que a la gente sin recursos ahora nos pita el detector cuando entramos
en las tiendas. Pues entonces nada.
Los otros trucos de los que sí he tomado nota han
sido: meter en la nevera la crema
corporal y la colonia para que cuando te la pongas, al estar fría, te refresque.
Yo la colonia he puesto solo la barata, que el perfume caro lo mismo se
desvirtúa y además ahora ya solo lo reservo para las entrevistas de trabajo y
las citas románticas, total, que no lo uso nunca. Pero lo de la crema funciona.
Yo de paso he metido el gel limpiador facial, la caja de kleenex, y el e-book.
Total, tengo tanto espacio… Manjares no tendrá mi nevera, pero ha quedado hecha un almacén de
artilugios de frío transportable para la supervivencia, que parecen los estantes de un sexshop, la abres y te da morbo y todo.
Veintisiete, veintiocho, veintinueve…esta noche las
estrellas polares están más bonitas que nunca…El nombre de pingüino viene del
portugués y significa “ave gorda”…Si es que tengo un ojo para elegir especie…
Pero tú estate flaca tirada desnuda en la nieve y a ver lo que ibas a aguantar,
bonita.
Mira, voy a echarme por encima la sábana blanca, de camuflaje, no vaya a comérseme una Hydrurga leptonyx, que empiezo a tener frío y todo. Qué agradable es pasar la noche aquí, en el polo sur.
¿Cuánto de personales?
La de la foto no soy exactamente yo; se la he cogido prestada a un amigo (Manolo Cabrera) que me dijo que me cedía los derechos. Le he pedido que me haga una de un gato mojado, pero todavía no me la ha enviado.Dice que si sé lo que corre un gato cuando se moja. Y sí, algo sé de eso...Así es que esperaremos y mientras, nos quedamos con esta deliciosa mona de cara colorada. Es que es muy pudorosa. Como yo.