La Alta Costura sin Costuras de Alexis Mabille: La materia vs. el algoritmo
La Semana de la Alta Costura en París es históricamente el último gran refugio de lo táctil. Es ese extraño paréntesis en el calendario donde el tiempo parece espesarse, permitiendo que la materia bruta se eleve a la categoría de arte mediante el milagro del trabajo artesanal. Sin embargo, lo que ocurrió el miércoles pasado en el Lido, ese templo de la revista parisina donde las lentejuelas suelen tener un peso físico real, fue un sismo de una naturaleza distinta. Alexis Mabille no presentó una colección de vestidos sino una colección de fantasmas. Al sustituir la seda y los bordados por una serie de imágenes generadas por Inteligencia Artificial, Mabille lanzó un desafío a la industria y tropezó con la esencia misma del lujo: la fe en lo que se puede tocar.
La indignación que crujió en las redes sociales y en las primeras filas no nació de la fealdad. Por el contrario, las imágenes tenían esa belleza hiperrealista y empalagosa que solo el algoritmo puede producir. El verdadero conflicto fue la desmaterialización del oficio. La Haute Couture sobrevive gracias a un contrato sagrado, que es el vínculo físico, casi erótico, entre la tela y el cuerpo que la habita. Al proyectar renders en lugar de piezas de museo, Mabille transformó el santuario que custodia la Chambre Syndicale en una pantalla fría y bidimensional. Fue un "papelón" de proporciones existenciales, una crisis de identidad que intentó validar una alucinación digital como si tuviera el mismo peso específico que una pieza que pasó cientos de horas bajo el escrutinio de un atelier.
Mabille, con una defensa que sonaba a optimismo tecnológico un tanto trasnochado, definió su propuesta como una exploración de "lo que no se puede fabricar", una expansión de los límites de la imaginación. Es una idea romántica, pero peligrosa. En el ecosistema del lujo contemporáneo, el valor no está en la idea abstracta, sino en la terquedad de la materia. El error del diseñador francés fue olvidar que el lujo es, ante todo, un evento físico, un sudor silencioso. En nuestra era de reproductibilidad infinita, donde cada imagen es un descarte, lo que el público busca en la Haute Couture es la prueba de vida, la evidencia de que lo humano, con todas sus fatigas, sigue siendo irreemplazable.
"La expresión visual de mi colección Primavera-Verano 2026 forma parte de esta reflexión vanguardista. Para darle vida, opté por la innovación tecnológica, rodeada de un equipo de especialistas. Estas nuevas herramientas abrieron camino a territorios creativos inexplorados, preservando al mismo tiempo lo esencial: el gesto y la sensibilidad, en el corazón mismo del proceso creativo", escribió Mabille sobre su colección Couture generada con AI.
La pregunta que quedó flotando en el aire viciado del Lido es si estamos presenciando el nacimiento de un director creativo que ya no ensucia sus manos con tiza, sino que se limita a ser un prompter de algoritmos. Al delegar la ejecución en la IA, el diseñador francés se alejó del pedestal del creador para convertirse en un curador de datos, un editor de píxeles. Este experimento es una advertencia. Aunque la tecnología puede imitar con precisión la caída de una organza o el destello de un bordado, carece de esa imperfección con propósito, ese pequeño error humano, lo que le da alma a una prenda.
La lección de Mabille es, quizás, el manifiesto más claro de esta década. En un mundo saturado de una perfección algorítmica que no pide permiso, el verdadero prestigio no se ubica en la capacidad de generar imágenes impactantes, sino en el talento de habitarlas. La Inteligencia Artificial puede soñar el vestido más complejo del mundo, pero es incapaz de sostener el peso de la historia sobre los hombros de una mujer. El rechazo a esta colección no fue un berrinche contra el progreso, sino una defensa elegante de la realidad material frente a la seducción, siempre un poco vacía, del espejismo digital.






























