2.2.26

El universo López Andrada

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López Andrada (Villanueva del Duque, 1957) es, sí, un autor prolífico. De libros de poesía (los últimos, Parte de ausencias y Va oscureciendo) y novelas, obras por las que ha obtenido numerosos premios. Su mundo está centrado en lo rural y, claro, en la naturaleza. Un mundo campesino y único que mantiene vivo en su memoria y pertenece, sobre todo, a su infancia (simbolizada por el machadiano azul); seres y cosas inseparables de sus propios recuerdos. En esta entrega, subtitulada “Una elegía rural”, evoca de nuevo ese paisaje del alma, siempre igual y siempre diferente. Para ello usa la medida del poema en prosa, movediza mezcla de dos géneros que, por cierto, nunca se ha preocupado de diferenciar. Lo divide en tres partes: “Ámbitos”, “Imágenes” y “Las ausencias”. Ahí, “la luz de la pobreza”, que rima con tristeza; el miedo, de posguerra, benemérita y maquis; la emigración: “Nunca olvidaré el paso umbrío de los que emigraron”; los animales: las bestias y los pájaros; el tren y los abuelos; la familia y los amigos, y en especial sus muertos (Adela, Regina, Michu, Caco…); el barro y el verano; los lugares, natales (“la tierra despoblada en que crecí”) y asumidos, como Córdoba.
“Ahí tienes el paisaje, escríbelo”, leemos. A eso se aplica. Es un testigo. Porque “vivimos dentro de una despedida”, por evitar “el liquen del olvido”, canta y cuenta con amor para que ese universo no desaparezca: “Mi reino, tan sencillo y diminuto que cabe en un recodo de mi mano”.
A pesar de su apuesta por la sencillez (“¿Cómo no ser humilde en estos campos?”), su lenguaje lírico es opulento. Cargado de adjetivos certeros y de arriesgadas comparaciones e inspiradas metáforas, donde la imaginación y lo onírico prevalecen. Según Gabi Martínez, es “uno de los últimos virtuosos de la melancolía”.
 
Alejandro López Andrada
Hiperión, Madrid, 2025. 80 páginas. 13 €.

NOTA. Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.

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Reseña uruguaya de "Meditaciones..."

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Juan de Marsilio reseña Meditaciones del lugar en El País (Uruguay). Nunca es tarde si...

Una poe­sía calma y repo­sada

Cuando comen­zaba el siglo XIX nació el Roman­ti­cismo, tanto en su ver­tiente pasio­nal como en su opuesta, la melan­có­lica. Con ella entronca el espa­ñol Álvaro Val­verde (1959), cuya poe­sía selecta se pre­senta en Medi­ta­cio­nes del lugar.
La de Val­verde es una poe­sía calma y repo­sada. El abor­daje de la natu­ra­leza es esti­li­zado, a la vez sen­so­rial y con­tem­pla­tivo, esto último en el sen­tido de intuir, tras la apa­rien­cia fugi­tiva de las cosas, lo per­ma­nente, como se nota ya en Las aguas dete­ni­das, su pri­mer libro, cuyo aire se capta aquí:
Las cosas per­ma­ne­cen en las cosas: pasa la luz dudosa entre los arcos, des­cansa en los bal­co­nes colo­nia­les, bri­lla en las aguas blan­cas del invierno. Pasa la luz y nada y nadie acierta en la adi­vi­na­ción. Los sig­nos expec­tan­tes, el cielo de ame­naza. Las seña­les. ¿Acaso no ven el ful­gor que lo anun­cia?
El antó­logo y pro­lo­guista José Muñoz Milla­nes expone las influen­cias de Luis Cer­nuda con citas pre­ci­sas, tam­bién de los poe­tas meta­fí­si­cos ingle­ses y la poe­sía latina en el tópico del “locus amoe­nus”, lugar ameno que per­mite al poeta medi­tar. Señala tam­bién Muñoz Milla­nes la influen­cia de la téc­nica de la com­po­si­ción de lugar, pro­puesta por San Igna­cio de Loyola en sus Ejer­ci­cios espi­ri­tua­les. El pai­saje puede ser real o ima­gi­nado, y al mirarlo, el poeta cons­truye otro pai­saje. Val­verde tiene con­cien­cia de ese arte de la mirada excén­trica, como puede verse en el frag­mento del poema “Com­po­si­ción de lugar”, del libro Ensa­yando cír­cu­los:
El ángulo difiere, es otra desde aquí la pers­pec­tiva. No basta este deta­lle para hacer que de pronto todo pase por fal­sa­mente nuevo.
(...)
Hay algo inde­le­ble en los per­fi­les de cuanto, dete­nido, me rodea.
En resu­men: una muy buena anto­lo­gía de un poeta mayor, que invita a la lec­tura inte­gral de su obra.

MEDITACIONES DEL LUGAR, Anto­lo­gía poé­tica (1989-2018), de Álvaro Val­verde. Pre-Textos, 2024. Valen­cia, 154 págs.

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31.1.26

Diecisiete casas

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La poeta valenciana Àngels Gregori Parra reúne en una nueva entrega de la colección Sombras, dedicada a antologizar poemas de mujeres en distintas lenguas, los escritos en catalán por Antònia Vicens, Marta Pessarrodona, Margarita Ballester, Teresa Pascual, Vinyet Panyella, Cèlia Sànchez-Mústich, Dolors Miquel, Susanna Rafart, Maria Josep Escrivà, Gemma Gorga, Àngels Marzo, Mireia Calafell, Maria Callís, Blanca Llum Vidal, Anna Gual, Maria Sevilla y Raquel Santanera. Ésta nació en 1991 y Vicens medio siglo antes.
En el breve prólogo, Gregori señala que “hacer una antología nunca es una labor burocrática” y que es inevitable que intervenga el gusto personal. Más que justificarse, celebra con la muestra que “la vitalidad de nuestra tradición poética” esté “más presente que nunca en la poesía escrita por mujeres”, representadas aquí por “tres generaciones simultáneas”. Al final del volumen se da cuenta las respectivas trayectorias y no deja de llamar la atención la cantidad de premios y condecoraciones que la mayoría atesoran.
Como ocurre con estos trabajos, el lector descubre voces que, por escribir en otro idioma, ignoraba. No es el caso de todas: Vicens (Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura de España en 2018) o Pessarrodona son de sobra conocidas y de Gual reseñamos hace poco un libro. No son las únicas traducidas al español.
Destacaría la similitud de tonos; propios, me atrevo a generalizar, de la feraz poesía catalana contemporánea y, en concreto, por su afinidad con la veta anglosajona.
Como lector, más allá de la valoración altamente positiva del conjunto, subrayaría lo escogido por la antóloga de las obras de Pessarrodona, Panyella, Rafart, Marzo, Calafell, Callís y Gual. Poemas como “Londres, 1967”, “Taller Cézanne”, los seis de Rafart, “El rostro nival”, “Épica II”, “Venías hacia mí…” y “La pasión”. Diecisiete poéticas como diecisiete casas, sostiene Gregori, inspirándose en Philip Levine.
 
Àngels Gregori Parra
Vaso Roto, Madrid, 2025. 137 páginas. 23 €

NOTA. Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.

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18.1.26

Muere Cristino de Vera

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Ha muerto el pintor Cristino de Vera. Esto escribí en ABC hace (casi) un cuarto de siglo.
Cristino de Vera en Silos

ESTE era un encuentro anunciado. Que uno de nuestros artistas más secretos, uno de nuestros solitarios (como Gaya), alguien que ha ido elaborando una obra cargada de soledad y de silencio, de austeridad y de quietud, a la «búsqueda de la esencia de las cosas», exponga en un monasterio no deja de ser la cosa más natural del mundo. Podría haber colgado allí, de esos muros blancos que tanto abundan en sus cuadros, parte de esa obra a la que hacía mención hace un momento. Su imaginario: mesas, cuencos, velas, cráneos, ventanas, cestos, tazas, cementerios... Antes, paisajes de Castilla. No creo que Silos diste de ser parte de su mundo. Con todo, a raíz de un regreso a la abadía (que visitó por primera vez a instancias de Gerardo Diego a finales de los sesenta) y de una larga conversación con el abad, Clemente Serna, Cristino de Vera vuelve a Madrid, a su estudio cerrado con aires de celda monacal, como nos cuenta Juan Manuel Bonet, y dibuja las plumillas sobre papel que conforman su muestra en Santo Domingo, abierta hasta mediados de diciembre de este año. Esos dibujos son nuevos y, como no podía ser de otra manera, idénticos a otros de los suyos. No cabe imaginar cosa distinta en alguien que vive en su particular morada, propia y diferente, como corresponde a un pintor con personalidad, dueño de una visión parcial, con una trayectoria rica y larga a las espaldas. Podemos ver el resultado, además de en las paredes del convento, en el sobrio catálogo, acorde con el espíritu de esta pintura, editado para la ocasión por el Museo Reina Sofía en colaboración con distintas entidades privadas. Allí, de nuevo, como decía, sus atmósferas cargadas de ese «meollo de luminosidad sorda que emerge de la insondable profundidad del lienzo (aquí, papel) como algo sobrenatural», en palabras de Calvo Serraller. Allí, su «luz ofrecida». Sus vanitas, recordatorio oportuno y siempre necesario de nuestra efímera condición mortal. Allí, las cruces (cristos y crucifixiones) y las tazas, que son cálices. Las lecturas de San Juan de la Cruz, tan apropiadas para el lugar elegido y para un pintor de aliento místico y poético como Vera. La geometría. Unos dibujos, eso sí, que nadie se llame a engaño, que dialogan no sólo con la tradición de Zurbarán (su «hermano espiritual», según Bonet) y de los clásicos, valga la simplificación, sino que también lo hace con otro clasicismo, el de la modernidad. Y ahí, Rothko, Pollock, Malévich, Klee... Al fondo, otros pintores de su estirpe: Morandi, Luis Fernández.
Son especialmente lúcidas, en todos los sentidos, las prosas del pintor que acompañan, junto a citas muy oportunas de diversa procedencia (Weil, Van Gogh, fray Luis), las reproducciones. Dan cuenta de la vida de un hombre empeñado en profundizar en su tarea. No tienen como misión explicar nada, y menos aún lo que se ve. Van más allá: trazan el sinuoso camino de la creación. Los que no le conocemos, esto es, los que le vislumbramos por las contadas noticias de la prensa y por lo que nos cuentan los críticos y los periodistas, no muchos, adivinamos en Cristino a un ser frágil, dubitativo, emboscado, que vive por y para su obra, un punto atormentado incluso. Algo de sí mismo ha dejado entrever en su texto Autobiografías (elocuente ese plural) del que por suerte algo se recoge en el catálogo. Se define como hombre de contrarios: luz y sombra, vida y muerte, alegría y melancolía; con conciencia temprana de su vocación; deseoso de lograr obras calientes, con fuerza y expresividad; sabedor de que «la pintura es una manifestación de la vida», que reconoce, en fin, que ha pintado «para eliminar la oscuridad del miedo», como le confesó a Juan Cruz.
Nada mejor para terminar que dejarle la palabra: «Quisiera en mi trabajo que todo tuviera un aire poéticamente remansado, que pareciese que lo fugaz es detenido, que huyese la angustia, y el silencio de paz lo envolviese todo, que la misma muerte fuera clara y diáfana como una melodía silente donde todo fuese armónico». Cristino de Vera, ya ven, un místico, pero de nuestro tiempo.
ABC, 29 de noviembre de 2002

14.1.26

Fragilidad de la belleza

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En 2024, más de dos décadas de silencio después, el poeta Francisco Bejarano publicaba por sorpresa Contra el júbilo. Ahora, a los ochenta de su edad, da a la imprenta este nuevo libro que se une a Transparencia indebidaRecinto murado, Las tardes (Premio Nacional de la Crítica) y El regreso, los que componen su obra poética. Cabe sumar dos antologías: Un juego peligroso, publicada (La Isla de Siltolá, 2011), con edición y prólogo de José Julio Cabanillas, y Los demonios de la melancolía, que acaba de publicar Renacimiento en su icónica colección de florilegios al cuidado de Fernando Taboada.
Seis partes componen Muchachos, que incluye delicadas ilustraciones de Álvarez Mejuto.
“Porque la vida sigue en los recuerdos” y “se acaba del todo cuando te dejan de recordar”, evoca Bejarano a “los muchachos que amé”. “Han muerto todos”.
Los poemas de esa sección me parecen los más logrados, como “Secreto” (“El amor verdadero, su pureza, / se hace vulgar si median las palabras”) o “Fragilidad de la belleza”. La elegante dicción clásica del jerezano se acompasa bien al tono melancólico y elegíaco de unos versos que aluden veladamente a lo prohibido. Eran otros tiempos; sin embargo, “¿qué haremos / con al persistencia de lo vivido?”.
No falta la nota culturalista: “El recuerdo y la contemplación bastan. / Es un arte mayor el erotismo”. En “Un mundo masculino” revive a personajes griegos (Estratón de Sardes), romanos (Marco Aurelio) o artúricos (Sir Galaz); en “Salón de inmortales”, a chicos (normalmente desnudos) que protagonizan obras de arte famosas, de Broc, Leys, Canova, Gainsborough o Sorolla; en “Devociones privadas”, a actores de cine: Brandon de Wilde, Colin Farrell, Matt Damon, etc. El libro se cierra con un bonito homenaje a Pasolini: “Los libros nos transmiten la añoranza / de tiempos y existencias no vividas”.
 
Francisco Bejarano
Pre-Textos, Valencia, 2025. 84 páginas. 15 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.
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11.1.26

Para quien ama con verdad

ImageEn Cartas a un joven poeta, Rilke desaconseja escribir poemas de amor porque entiende que es difícil para un principiante. Que requieren una madurez de la que aún carece. Uno diría que ni siquiera con ella está garantizado el éxito. Por frecuente que sea ese tema común, la verdadera poesía amorosa dista de ser habitual. Victoria León (Sevilla, 1981) sortea el aprieto y sale indemne. Si bien no todo en Luz de la noche incide en ese asunto capital de la lírica, abundan en su tercer libro los versos que lo ensalzan. Y, ya digo, con sobrada solvencia. Sin caer en los tópicos al uso.
De cinco partes consta. En todas se aprecia las constantes que marcan su voz. El sosegado ritmo que aportan los endecasílabos, su medida más frecuente; “la lengua clara y precisa” a la que se refiere su maestro, Luis Alberto de Cuenca; el misterio, que es, como explica Andrés Trapiello, “aquello que se comprende únicamente si no hay necesidad de explicarlo”. Al fondo, siempre, la cultura clásica; latina (el libro se abre con una cita de Propercio) o inglesa (es traductora de Mary Shelley, Ruskin, Stevenson, Plath…). En “Ruinas”, la primera sección, la más culturalista, menciona el mito de Casandra, el silencio de Hamlet o el De profundis de Wilde (del que vierte un fragmento). Y a la tristeza, otro motivo central de esta poética melancólica. Léase “Lejana tristeza”. En las otras, ya se dijo, el amor domina. En versos como “Todo es verdad en ti cuando me miras”, “Todo amor verdadero es un asombro”, “Fuera del tiempo nuestras sombras se aman”… En poemas como “Revelación”, “La belleza del mundo”, “Recuérdame”, “Quiero ir con aquel a quien amo”, “Gratitud”, “Meditación” o “En silencio”. Sí, “la poesía es un viaje / de vuelta de las sombras”. Luz.
 
Victoria León
Visor, Madrid, 2015. 60 páginas. 12,00 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.

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2.1.26

Flores y Gañán en Beatriz Pereira

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Las dichosas circunstancias me habían impedido conocer la nueva galería de arte que ha abierto en Plasencia Beatriz Pereira, en el número 11 de la calle del Rey, el portal contiguo al que ocupara hasta hace poco Foto Rex, el estudio de mi familia política. Lo primero que impresiona, al menos a este placentino sin remedio, es el zaguán y el espacio que ocupa la galería, compuesto de un patio con columnas y bóvedas y otras estancias de lo que fue y aún es una de esas casonas palaciegas tan propias de este lugar, con su mirador en la fachada, como en no pocas de esa calle que se llamó en su día del Marqués de la Constancia, esto es, Don Calixto Payans y Vargas, quien dio nombre al colegio Marista donde pasé toda mi infancia. Ahora comprende uno mejor que la restauración del edificio llevara tantos tiempo. 
La planta baja luce, en su sobriedad, preciosa. Ideal, cree uno, para albergar exposiciones y obras que, por supuesto, contrastan, por su modernidad, con los muros de piedra enjalbegados (donde no faltan restos del pasado) de los que cuelgan. Como un acierto me parece la elección de los cuadros, dibujos, telas y esculturas de la hornachega Isabel Flores y el placentín Emilio Gañán que forman la muestra pura coincidencia, basadas en una idea que de casual no tiene nada. 
"De puras coincidencias" titula precisamente María Jesús Ávilacoordinadora del Museo Helga de Alvear, el texto del catálogo que encabeza una cita muy bien traída de FoucaultExplica con rigor las confluencias (no tanto las divergencias) que justifican el irónico título. "Ninguna semejanza, ninguna distinción", diría el filósofo francés. Es cierto que "la coincidencia de las formas puras que ambos artistas trabajan, se encuentran". Nuestra mirada no tiene más remedio que aceptarlo. Con naturalidad. Estamos, sí, ante "un acercamiento autoral no sólo pertinente, inteligente y estéticamente feliz, también una aproximación arriesgada. Precisamente porque aquello que los acerca podría convertirse en un factor de riesgo que dificulte la percepción de la inmensa singularidad de cada uno de los mundos estéticos de estos dos artistas", como sugiere Ávila. Y añade: "Entrar en esta exposición es entrar en el imperio de la línea y de la forma, así como de las relaciones espaciales que generan. En el dominio de la geometría y de las matemáticas, de todo cuanto las define y condiciona: el rigor, la estructura, el orden, la exactitud... y también de aquello que nace bajo su mandato: la modularidad, la repetición, la secuencialidad, la progresión, el ritmo y, finalmente, el desvío". Matiza más adelante que "esas premisas coincidentes adoptan bifurcaciones conceptuales, procesuales y formales que las alejan mientras las mantienen armonizadas bajo la pátina que proporciona el universo de la abstracción y la geometría". "La obra de Emilio e Isabel está marcada por el método y la precisión", sostiene Ávila, que analiza con sobrado conocimiento sus respectivas poéticas.

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Por lo demás, no siendo uno crítico de arte ni pretenderlo, no hay sorpresas relevantes en lo que Gañán enseña, siempre igual y siempre diferente (me quedo con sus impactantes "arquitecturas azules"), ahondando, a golpe de variación, en lo abstracto y lo geométrico, que no dejan de ser las lindes de su particular territorio matemático. Más me han sorprendido, porque apenas si conocía su obra, las propuestas de Flores, sus delicadas y sugerentes lacerías (ya sean en forma de dibujo o como forjas policromadas bicapa al horno), que enlazan con la tradición morisca de su natal Hornachos, uno de los pueblos más bonitos que conozco.
Sé que no es la primera exposición que tiene lugar en Beatriz Pereira. Ni será la última. Me alegro mucho de que por fin contemos en esta ciudad (que quiere pasar por culta) con una galería privada (alguna hubo en tiempos, aunque con otra alcance) que pretende, además de mostrar arte, venderlo. No me cabe duda de la solvencia de la galerista y de su criterio. A la vista está. Ojalá su proyecto cuaje y ella, ay, persevere. 

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Fotografías de María P. Vallejo.

31.12.25

En el Boletín de Tusquets

El Boletín trimestral de Tusquets Editores da cuenta de novedades interesantes. Una nueva novela de Aramburu (de su serie vasca, con el asesinato de Miguel Ángel Blanco al fondo), otra de Landero (con personajes aislados por culpa de la tormenta Filomena). Ésta sale a la venta el mismo día (el 4 de febrero) que estará en las librerías "Territorio", mi poesía reunida. Un día, sí, de lo más extremeño para ese sello en el que ambos tenemos la suerte de publicar.

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25.12.25

La belleza y el dolor

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La editorial Visor, en edición de Isabel Gemio y Jesús García Sánchez, publica esta antología con el fin de recaudar fondos para la Fundación Isabel Gemio

Este es el índice de poetas: Rocío Acebal Doval, Verónica Aranda, Gioconda Belli, Felipe Benítez Reyes, Piedad Bonnett, Guillermo Carnero, Yolanda Castaño, José Cercas, Antonio Colinas, Isla Correyero, Luis Alberto de Cuenca, Inma Chacón, Diego Doncel. Ignacio Elguero, Vicente Gallego, Dionisia García, Pablo García Casado, Luis García Montero, Juan Antonio González Iglesias, loana Gruia, Almudena Guzmán, Karmelo Iribarren,, Clara Janés, Raquel Lanseros, Antonio Lucas, Aurora Luque, Chantal Maillard, Carlos Marzal, Ana Merino, Juan Carlos Mestre, Ángeles Mora, Emilia Oliva García, Carmen Palomo,, Isabel Pérez Montalbán, Cristina Peri Rossi, Juan Vicente Piqueras, Benjamín Prado, Antonio Praena, José Luis Rey, Alejandro Roemmers, Ana Rossetti, Joaquín Sabina, Ada Salas, Irene Sánchez Carrón, Marta Sanz, Elvira Sastre, Jaime Siles, Kirmen Uribe, Julieta Valero, Álvaro Valverde, Fernando Valverde, Javier Velaza, Manuel Vilas y Luis Antonio de Villena.

Me han nacido en Cáceres, por cierto. Extremeños cuento ocho.

Este es mi poema, inédito hasta ahora. Feliz Navidad. 

CONVERSACIONES

                                    A mi madre

Temías que llegara este momento.
Que una caída
―tú que has sufrido tantas, los tobillos―
te obligara a dejar la vida amable
―en tu casa, a tus cosas―
que llevabas hasta que la cadera
se cruzó en tu camino fracturándose.
Ahora, aquí, en este escueto cuarto
―una cama, un armario, un sillón, una mesa―
intentas, poco a poco, acomodarte
a esta situación sobrevenida.
Y no sin desconcierto, lo sabemos.
Aquí y ahora
vengo a acompañarte en tu desdicha.
Para mitigar el dolor, las circunstancias
que adversas sustituyen
a aquellas más felices que se fueron.
Por eso conversamos.
Sentados en esta habitación
o en medio del paseo,
en la sala común o en el pasillo,
hablamos del presente y del pasado,
muchos menos, sin duda, del futuro.
Y eso nos hace bien.
Consuela, cura.
Tu memoria está intacta.
Facilita adentrarse en todo lo vivido
para rememorarlo con sosiego.
Hemos hecho del mal un aliado.
Nos salva dialogar sobre los vivos.
También sobre los muertos.
De lo que fue y aún sigue con nosotros
a pesar de los años transcurridos.
Estás a cinco de cumplir un siglo.
Las palabras dan fe de que no en vano.

12.12.25

El beso de Bossu

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El 5 de octubre de 1979 uno tenía veinte años. Ese día el fotógrafo Régis Bossu, de la agencia francesa Sygma, tiró una de las imágenes más icónicas del siglo XX. Fue portada de Paris Match y ha pasado a la historia como Besos desde Berlín. En ella se ve a los líderes de la URSS, Leónidas  Brezhnev, y de la República Democrática Alemana, Erich Honecker, dándose un beso en la boca. Fue en un encuentro entre ambos mandatarios comunistas celebrado con motivo del trigésimo aniversario de aquella república.
Aunque parezca lo contrario, en ese beso no hubo pasión. Leo en La Vanguardia que ya era bien conocido «“el triple Brézhnev”: un beso en la mejilla izquierda, otro en la derecha y finalmente en los labios». Y el chiste: “Como político es basura... pero qué bien besa”.
La Wikipedia nos informa de que «el beso fraternal socialista era una forma especial de saludo» entre ellos. Se atribuye su origen al tradicional de los cristianos ortodoxos que los bolcheviques decidieron personalizar. En 1937 Stalin «plantó sus frondosos bigotes sobre la boca de Ivan Spirin, un héroe de la expedición polar» y en 1959, en Pekín, Mao Zedong le hizo una cobra a Jrushchov y el pretendido abrazo quedó en un apretón de manos. Y hasta ahora. Nada de besos.
Ni la agencia ni los camaradas ni sus respectivos países existen. Más famosa aún que la foto, el mural que la reproduce en el extinto muro de Berlín junto a la frase «Dios mío, ayúdame a sobrevivir a este amor mortal»; del ruso, cómo no, Dimitri Vrubel.

Nota: Este texto se ha publicado en el número 280 que la excelente revista malagueña Litoral ha dedicado al beso. De lujo. 

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10.12.25

Preguntas y respuestas

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La periodista Jessica Mouzo (El País) pregunta a la neurocientífica Liset Menéndez de la Prida, directora del Laboratorio de Circuitos Neuronales del madrileño Instituto Cajal: "¿La memoria nunca es realmente fiel a los hechos que experimentaste?", y ésta responde: "Exacto. La manipulas. La memoria tiene una parte composicional porque es una composición de secuencias de actividades neuronales. Y como esas mismas neuronas quedaron activadas en otras secuencias, en otra experiencia, cuando tú las evocas, es muy fácil que arrastren las activaciones de otras secuencias. La memoria siempre es lábil, editable. El ser humano no quiere engañarse, no hay una intencionalidad en ello, pero en función de la emocionalidad de las cosas, te pasa".

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El periodista Jaime Rubio Hancock (El País) pregunta al psicobiólogo extremeño Ignacio Morgado (de San Vicente de Alcántara): "¿Por qué es tan importante la lectura?", y éste responde: "Porque proporciona experiencias que nunca podríamos vivir por nosotros mismos. Lo que una persona puede experimentar por sí misma es limitado, pero cuando nos sumergimos en un buen libro estamos viviendo no solo nuestra vida, sino la de otras personas: sus experiencias, sus fracasos, sus éxitos, sus motivaciones… Igual que las buenas series o los buenos podcasts".

NOTA. Las fotografías son, en orden de aparición, de César Hernández y Editorial Ariel

7.12.25

La patria de la poesía

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Hace un año reseñábamos aquí el primer tomo de la poesía completa de Eduardo Chirinos (Lima, Perú, 1960-Missoula, EE.UU., 2016). En homenaje a los Beatles, tituló los tres cuadernos que la componen con un color: rojo, azul y blanco. Éste, Cuaderno azul, incluye poemas publicados entre 2000 y 2010, de sus libros: Abecedario del agua, Breve historia de la música, Escrito en Missoula, No tengo ruiseñores en el dedo, Humo de incendios lejanos, Catorce formas de melancolía y Mientras el lobo está
En su prólogo (“Hacia el norte”), Álvaro Salvador demuestra que conoce muy bien la poesía de Chirinos. Es cercano (fueron amigos) y didáctico. Tras destacar, entre otros rasgos, el “eclecticismo formal”, su “lucidez humilde y muy humana”, la capacidad del peruano por abordar “todos los registros”, el “coloquialismo lleno de ternura e ironía estructurado en formas realistas” (sin olvidar su oralidad, “la libertad neovanguardista” y el culturalismo) y de dedicar algunas páginas a la presencia capital de los animales en su obra (“metáforas culturales” para el autor), analiza el conjunto libro a libro.
Ya indicamos que El equilibrista de Bayard Street “anuncia con claridad el Cuaderno azul”, por más que Chirinos lo incluyera aún en el rojo. Por lo mismo, Abecedario del agua ―escrito en prosa poética, colmado de lugares y de infancia― podría haber formado parte de aquél. Cuestión de tono. A partir de Breve historia de la música “la inflexión” en su trayectoria es evidente. Aunque “verbal”, la música de estos poemas, inspirados en piezas populares y clásicas, se acerca al “estado de pureza” que la caracteriza, con los que quiso “ofrecer un entramado de historias que la música nos cuenta a aquellos que siempre la queremos escuchar”.
Cuenta que Escrito en Missoula es fruto de un viaje en coche y en pareja, “hacia el norte por el noroeste”, “en pos del espacio donde habríamos de instalar nuestra casa”. De ahí que Salvador aluda perspicazmente a “la fundación de un espacio poético”. Tan real como literario, matizo. La alianza entre lo autobiográfico y lo metapoético es una constante en esta poesía. Leemos: “Aquí he perdido y recuperado para siempre a mi padre”, al que dedica la sección “El regalo”. Es un libro escrito en apasionada “plenitud”. Donde vuelve a caer, confiesa, “en las redes de mi propia infancia”.
Con No tengo ruiseñores en el dedo, cambia de registro. Salvador subraya su lucha por “descifrar lo «efable»”, no eso inefable que habría “detrás de las palabras”. Las iluminaciones de esta entrega así lo justifican: “El tiempo / incendia, el tiempo desvanece. / Y el poema dice su verdad”.
Humo de incendios lejanos es un ambicioso, sorprendente libro que parece escrito en estado de trance. Sin signos de puntuación ni mayúsculas, entre el verso y el versículo, fluye como sólo la poesía automática podría hacerlo, lo que no quiere decir que Chirinos la practicara. Es, ante todo, la obra de un lector.
Asombra también la delicadeza de Catorce formas de melancolía, d'après Boissier, donde vuelve a logradas formas breves y epigramáticas.
El volumen se cierra por todo lo alto. Con el emocionante Mientras el lobo está. Chirinos en estado puro. La nieve y el frío, la diabetes y Carole Bouquet, Lennon, Cardenal y Heaney. “Me gusta la serenidad de Auden”. “El dolor es la materia de la que están / hechos los poemas”. Que hablan de “cosas / más bien simples”. Contra lo sublime, que “se hunde siempre en lo ridículo”.
Chirinos es “el poeta hispanoamericano más brillante y reconocido de su generación”, según Salvador. Sus lectores “construimos con su recuerdo una patria, la patria de la poesía”.

Eduardo Chirinos
Edición al cuidado de Jannine Montauban.
Prólogo de Álvaro Salvador
Pre-Textos, Valencia, 2025. 384 páginas. 27, 00 €

NOTA. Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL


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29.11.25

En el Parador de Mérida

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El director del diario Hoy, el placentino Pepo Orantos, me llamó aquí atrás para invitarme a participar en el foro 'Constitución y Estatuto de Autonomía', organizado por el periódico que dirige y la Junta de Extremadura. En representación de ésta, acudió la consejera de Hacienda y Administración Pública de la Junta de Extremadura, Elena Manzano, portavoz del gobierno autonómico. Por lo visto y escuchado, imaginaba que esta profesora de Derecho era una política apasionada, lo que demostró en su breve discurso en defensa de la Constitución, de la que estamos, ay, más necesitados que nunca.
El moderador del acto fue el profesor de Derecho Constitucional y vicedecano de la Facultad de Derecho, Gabriel Moreno, y se sentó uno en esa figurada mesa redonda junto al profesor Manuel Pecellín y los novelistas históricos Elena Álvarez y Jesús Sánchez Adalid. 
Según costumbre, llevé escritas mis escuetas reflexiones sobre lo que el profesor Moreno nos propuso de antemano. Estas son. Precisaré que la segunda no la leí tal cual, sino que hice un resumen para ganar tiempo. Por cierto, quien lea lo que sigue podrá poner en contexto esa frase que destaca la periodista acerca de las obras que se crearon durante la Dictadura. Si eso es lo más destacable que uno dijo, apaga y vámonos. 
 
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-Tras casi cincuenta años de andadura democrática y constitucional, ¿cómo valoran los avances que se han producido en España y en Extremadura, y cuáles creen que son las principales conquistas y carencias?
 
Ángel Luis Prieto de Paula subtituló su antología Las moradas del verbo «Poetas españoles de la Democracia». A esa generación pertenezco y me honra muchísimo ese rótulo. Fuimos los primeros en publicar sus libros en un régimen democrático después de décadas de dictadura. Ahora, «tras casi cincuenta años de andadura democrática y constitucional», ejemplar Transición mediante, se nos pregunta cómo valoramos «los avances que se han producido en España y en Extremadura, y cuáles creen que son las principales conquistas y carencias?». En cinco minutos…
Hay que partir de una base o premisa general: la de la libertad, consagrada por la Constitución desde el mismo Preámbulo; en el caso que nos ocupa ―el de la cultura―, la libertad de expresión. El derecho “a la producción y creación literaria, artística, científica y técnica», como reza el artículo 20, apartado b de esa ley fundamental del Estado.
Desaparecida la censura (aunque, como matiza Andrés Trapiello, refiriéndose a la actualidad y al controvertido fenómeno woke, «cuando hablamos de censura, hablamos de modos sutiles de cancelación, de apartamiento»), desaparecida la censura, decía ―la franquista al menos―, el escritor o el artista ya no tiene excusas ni puertas al campo para no pergeñar lo que se le antoje y pueda, de la obra maestra al bodrio perfecto.
Yendo a lo general de nuevo, los avances son incuestionables, si bien no progresivos ni necesariamente a mejor a lo largo de todos estos años. Ha habido épocas mejores y peores. Fueron extraordinarios los años 80 y 90, pongo por caso, y no creo que sean precisamente ejemplares los últimos, con un proceso de apresuramiento y banalización justificado en el «todo vale» y en el descrédito de la crítica que ha tenido y tiene como mejor aliado a internet y las redes sociales, la «cultura fan» y el populismo, con una nueva brecha abierta por la Inteligencia Artificial.
Centrándonos en «lo nuestro», cabe decir otro tanto. Si algo trajo la Constitución democrática y después el Estatuto de Autonomía fue la normalización, ese estar por fin en la hora de España (y de Europa y del mundo) abandonando nuestro atraso secular y la tradicional incuria. A partir del surgimiento cultural. Y digo «surgimiento» porque, a diferencia de lo que pasaba en el panorama nacional ―durante la Dictadura se escribieron, pintaron o compusieron obras dignas de elogio; por estos lares, pocas―, nosotros veníamos directamente de un erial.
A consecuencia de ese esfuerzo colectivo de artistas y escritores, hoy podemos presumir de un plantel de autores señeros en todos los ámbitos artísticos con libros, cuadros o canciones que verifican su importancia e instituciones que avalan también ese merecido orgullo; baste citar las Fundaciones Helga de Alvear, Europea de Yuste u Ortega Muñoz o museos como el MEIAC o el Vostell-Malpartida. Otro tanto cabe decir de la red de bibliotecas públicas municipales, otro logro digno de mención, si bien no culminado, pues a la imprescindible construcción de los edificios no le siguió siempre la contratación de bibliotecarios. Una carencia a la que habría que sumar la de los bajos índices de lectura, ya que seguimos a la cola de los del país a pesar de contar con un Plan de Fomento desde hace más de veinte años. 
Cabe destacar que, en Extremadura, tanto los «de dentro» (por fin una generación entera se quedó aquí) como los «de fuera» (la emigración intelectual, esa constante histórica), han convivido lejos de la polarización política; así, pongo por caso, el monárquico y conservador Santiago Castelo trabajó codo con codo con el republicano y comunista Ángel Campos Pámpano sin que ello supusiera problema alguno. El fin ―la redención cultural de esta tierra― justificaba esa actitud respetuosa.
Con todo, si hay una institución que represente mejor que ninguna el espíritu de nuestro Estatuto ―en lo relativo a esta materia―, ésa es la Editora Regional de Extremadura ―mucho más que un sello público―, eje central de la política cultural extremeña. Fue, junto al Museo de Arte Contemporáneo Helga de Alvear y al escritor Luis Landero, uno de los hitos que señalé a Sergio Vila-Sanjuán, responsable de cultura del diario La Vanguardia, cuando me pidió los tres más importantes de Extremadura para ser reseñados en su libro Cultura española en democracia. Una crónica breve de 50 años (1975-2024), publicado por la editorial Destino.
El catálogo de la Editora, cuarenta años le contemplan, se adapta a la perfección al Artículo 7 del Estatuto, en concreto a sus puntos segundo, décimo y decimonoveno. Porque, fomenta «los valores de los extremeños y el afianzamiento de su identidad a través de la investigación, desarrollo y difusión de los rasgos sociales, históricos, lingüísticos y culturales de Extremadura en toda su variedad y extensión, con especial atención al rico patrimonio de las formas tradicionales de la vida de los pueblos, en un marco irrenunciable de pleno desarrollo socioeconómico rural». Porque considera «un objetivo irrenunciable la masiva difusión de la cultura en su sentido más amplio y un acceso igualitario de los extremeños a la información y a los bienes y servicios culturales» y vela «por la conservación de los bienes del patrimonio cultural, histórico y artístico». Porque, en fin, impulsa las «relaciones con Portugal» y fomenta «las relaciones […] con los pueblos e instituciones de la comunidad iberoamericana de naciones». A través de los libros, sí. No creo que haya un instrumento mejor.
 
 
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-La Constitución, en su artículo 44, y el artículo 7 del Estatuto de Autonomía de Extremadura, establecen que los poderes públicos, tanto estatales como autonómicos, promoverán e impulsarán la cultura y su acceso, a los que todos tenemos derecho. Como escritores, ¿cómo valoran la vigencia de este derecho y qué creen que puede mejorarse, desde las instituciones y desde las políticas públicas, para potenciar la cultura?
 
La implicación de la Administración (Junta de Extremadura, Diputaciones provinciales, Ayuntamientos, etc.) ha sido sustancial para conseguir el desarrollo cultural alcanzado. En literatura, ni la Asociación de Escritores ni la Unión de Bibliófilos, por mencionar sólo a dos entidades, podrían haber sobrevivido sin subvenciones del erario. Otro tanto cabe decir de la Real Academia de Extremadura.
Por suerte, esa colaboración entre las instituciones públicas y la sociedad civil, representada en este caso por escritores y artistas, no ha sido intrusiva, sino respetuosa, al menos en lo que atañe a mi experiencia, tanto como autor como en mi eventual condición de gestor. Más natural, diría, con el largo gobierno de Rodríguez Ibarra (el que puso las bases de los mejores logros, los propiciados en buena medida por un consejero excepcional: Paco Muñoz), que con la de Fernández Vara (normal en un hombre con menos sensibilidad cultural). De la etapa de Monago poco cabe decir, por su grisura. Instauró los Premios Ceres, tan costosos como efímeros, y poco más. Un afán por el relumbrón que a veces deslumbra a los políticos, como ha ocurrido en el reciente caso de la Bienal de Novela Vargas Llosa. Con todo, de la actual administración, tan efímera, es pronto para opinar, aunque no es poco que la Editora Regional se haya mantenido muy activa y en buenas manos.: la de su director, Antonio Girol, y su Jefa de Servicio, alma de esa casa, María José Hernández.
Ya que se ha mencionado, sin las ayudas al teatro, empezando por el Festival de Mérida, éste no existiría en la región desde hace tiempo, lo mismo que los conciertos de música, poco importa si culta (con y sin variación operística) o popular.
Las becas y las ayudas ―a creadores o a galerías de arte y editoriales― demuestran que se ha hecho efectiva esa promoción e impulso al derecho a la cultura, pero también ponen de manifiesto las penurias de la iniciativa privada, en lo que al arte y la literatura se refiere, prácticamente inexistentes. De nuestra proverbial pobreza dan fe esas parvedades. Razón de más para que los poderes públicos promuevan e impulsen la cultura.
La preocupación por la igualdad se traslada al género, sí, y, además, al medio, siendo el rural tan importante en Extremadura. A «la equidad social y la cultura», como valor esencial, se refería Felipe González en el discurso pronunciado en el Palacio Real con motivo de su reciente ingreso en la Orden del Toisón de Oro.
En lo que concierne a las mejoras, propondría incrementar los presupuestos de Cultura y no cejar en el empeño de incentivar la creación. A efectos prácticos, esto es, económicos, ninguna imagen mejor para esta tierra, tan visitada por su patrimonio monumental y paisajístico, que la que refleja la cultura viva de hombres y mujeres empeñados en acabar de una vez por todas con el sambenito de la inveterada catetez.
Y ya que menciono la palabra, una vez desaparecidos los Extremadura a la Creación, creo que mereceríamos unos premios que, como en el resto de Comunidades (debemos ser los únicos que no los tienen), honren a los escritores y artistas. Llámense Premio de las Letras, de las Artes o de la Crítica. A obras, por supuesto, ya realizadas y con el correspondiente marchamo de rigor y excelencia.
Sí hay algo, y termino, que me preocupa, en lo que afecta al apoyo «desde las instituciones y desde las políticas públicas», es lo del estremeñu o castúo, ese invento lingüístico que algunos, y desde instancias superiores y ámbitos parlamentarios, empiezan a denominar con una frivolidad llamativa lengua o idioma.

NOTA: La fotografía es de JM Romero.
 

15.11.25

Lampedusa y sus lecturas españolas

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Ya comenté aquí, al referirme a la correspondencia del autor de El gatopardo y su mujer, que estaba deseando leer este libro: Lampedusa y España. Lo publica, con el cuidado a que acostumbra, Acantilado. El libro es de Gioacchino Lanza Tomasi (Roma, 1934), hijo de Fabrizio Lanza Branciforte di Mazzarino, conde de Assar, y de la aristócrata española María Conchita Ramírez de Villa Urrutia y Camacho, y primo lejano del escritor siciliano, que lo acabó adoptando y al que nombró legatario. En la misma editorial, por cierto, apareció Viaje por Europa (que reseñé en la desaparecida revista Clarín), su correspondencia con otros primos, estos más cercanos: los Piccolo. Lucio, el poeta, quien verdaderamente instiga a Lampedusa, sin querer, a escribir su gran novela, y Casimiro, el artista. 
La edición corre a cargo de Alejandro Luque, un especialista en su obra y alguien que conoce muy bien Sicilia, y ha sido revisada por Nicoletta Polo Lanza Tomasi. Firma el prólogo Silvano Nigro y traduce la obra otro escritor: Andrés Barba. 
Me gusta mucho lo que dice Silvano Nigro acerca de las bibliotecas de los escritores, esa "suerte de autobiografía", como dijo Manguel (del que ahora disfruto gracias a Mientras embalo mi biblioteca, después de dar buena cuenta de Con Borges y a la espera, ya está aquí, de El envés del tapiz). 
Lo explica bien la nota editorial: "el príncipe pidió a Lanza (...) que lo ayudara a leer en la lengua de Cervantes los clásicos de la literatura hispánica. Estas páginas, dictadas por Lanza poco antes de morir, albergan no sólo un valiosísimo retrato de la vida que el maestro siciliano llevó en Palermo, sino también el privilegiado relato de formación de un muchacho que fue testigo de una aventura fascinante: el acercamiento de Lampedusa a la lengua y la literatura españolas." 
En esa aventura de leer, a A Gioacchino Lanza le acompañó Francesco Orlando, al que debemos páginas inolvidables sobre su maestro, como Recuerdo de Lampedusa. Con otra distancia.
El libro, cuenta Luque (también el autor), tiene su origen en Sevilla, del borrador (o "versión reducida") de una conferencia sobre Sicilia pronunciada por aquél en la fundación Tres Culturas y es fruto del "acercamiento de Lampedusa a la lengua y la literatura españolas". Un encuentro, cabe matizar, tardío (hablamos de los años cincuenta, entre 1955 y 1956). Para Gioacchino, "el libro de su vida", recalca el epiloguista. 
A uno le ha interesado, más que nada, amén de los atinados juicios de valor sobre algunos escritores concretos (Cervantes -al que relaciona con Montaigne-, Lope de Vega, Unamuno, Tirso de Molina, etc.), lo que tiene de biografía de Lampedusa (y ya ahí, su condición de lector, que se nos da a conocer a través de su biblioteca personal y de sus visitas a las librerías palermitanas) y, de paso, de autobiografía de Lanza Tomasi. Al fondo, como cada vez que se habla de la vocación literaria del noble siciliano, los primos Piccolo. Lucio fue uno de los participantes de aquellos diálogos, más que lecciones, y por él conoció Lampedusa a poetas como san Juan de la Cruz, Garcilaso, Quevedo, Góngora, Juan Ramón Jiménez, Guillén...
La nacionalidad española de su madre, Conchita, es capital, como la del padre de ésta: Wenceslao Ramírez, embajador de España, autor, entre otros, de Una embajada en Marruecos en 1882. Su mujer, Anita Camacho trató a Picasso y fue retratada por él. 
Muy sabrosos resultan los apuntes sobre el citado Orlando o la Princesa Lampedusa, Licy. 
No faltan menciones a Vargas Llosa y Javier Marías y a sus respectivos análisis de El gatopardo.
El Lazarillo, las Soledades, el Quijote o La Celestina suscitan comentarios iluminadores, ya decía, propios de lectores fervorosos e inteligentes. Da cuenta de ellas en los diarios, de los que se rescatan en la edición algunas páginas. 
En 1957 compró Lampedusa la obra completa de Lorca, publicada por Aguilar. Anotó: "Ni una palabra sobre su muerte ni sobre su homosexualidad". Lo que más le gustó: Poeta en Nueva York y Diván del Tamarit. Le decepcionó, por otra parte, Pérez Galdós: "Básicamente, no es más que un pesado". 
Como comprobó Lanza Tomasi en Sevilla, uno tampoco conocía el refrán español "A perro viejo no hay tus tus". Lampedusa, que trataba a sus perros como hijos, sí. 
Las páginas finales del libro son tal vez las más interesantes. Párrafos como éste: "Éstas y otras muchas cosas tuvieron su origen hace casi setenta años en una ciudad siciliana de provincias, en una ciudad destruida, en el seno de una comunidad traumatizada y aislada de los grandes centros, de los talleres donde se establecen los intereses y las modas de la época. Pero Palermo no era, como España durante su sopor franquista, una casa de muertos. Giuseppe Lampedusa o Lucio Piccolo pertenecían a la categoría de los amateurs, es decir, los diletantes, pero también a la de los sabios apartados; eran el humus de un mundo civilizado. Todas esas pésimas sociedades meridionales tenían, y siempre tendrán, alguna Perséfone que regresa a la tierra y recorre los caminos de la sabiduría".
Sí, como dice Luque, "una aventura fascinante". 

Lampedusa y España
Gioacchino Lanza Tomasi
Prólogo de Salvatore Silvano Nigro
Edición y epílogo de Alejandro Luque, 
revisada por Nicoletta Polo Lanza Tomasi
Traducción de Andrés Barba
Acantilado, Barcelona, 2025. 112 páginas.