
En los anticipos de «Promoción fantasma» se juntan dos prejuicios: la necesidad de muchos productos actuales de apelar a la nostalgia como reclamo y la inevitable desconfianza por esa comedia española que, si bien está llena de buenos profesionales, no parece funcionar más que a base de francotiradores aislados. Sin embargo, una vez sobrepasada esa barrera y sentado en la butaca, la película consigue mantener el interés en todo momento a base de un ritmo endiablado, más en función de los personajes y de la estructura que del gag, aprovechando muy bien sus recursos para conseguir medir la sonrisa entre carcajadas bien colocadas. Ante lo que podría parecer un producto conservador hay un inevitable riesgo de atreverse a medirse con el recuerdo de otro cine y salir victorioso y renovado: gags tan sutiles como la comparación de Facebook con una Ouija nacen de unos actores en estado de gracia y una voluntad en la dirección y guión de resultar lo más agradable posible al espectador, sin descuidar ningún detalle. El resultado es una «feel good movie» que deja la sensación de una pequeña juerga con los colegas, que invita a hora y media de entretenimiento y se propone la difícil meta de alegrarnos el día en estos tiempos que corren.
Henrique Lage
La cuarta película del actor-director Mathieu Amalric readapta la novela La otra cara del Music-Hall (1913) de Colette al mundo del Nuevo Burlesque y lo hace apoyándose en ese concepto de troupe como forma de vida que tanto gustaba y definía a Fassbinder y en el naturalismo nervioso de Cassavetes, para hacer brotar por si mismas las emociones y desvelos de un grupo de mujeres artistas, hermosas y plenas, que sufren la soledad y el desplazamiento, registrando sus actuaciones nunca de manera frontal sino entre bambalinas para así mostrar sus esperas, los tiempos muertos, sus inseguridades, su incertidumbre, mujeres guiadas por el personaje interpretado por Amalric, una auténtica ruina humana, que va comprendiendo poco a poco el alcance de sus derrotas y la necesidad de abandonar sus ambiciones pasadas para poder abrazar otra, la de compartir su vida con un grupo de descastados y marginales al que pertenece por derecho, reunidos todos en un hotel abandonado, metáfora de nuestros propios desastres, antes de volver a la carretera y continuar adelante, porque la vida no es otra cosa. Es seguir adelante.
Dr Zito
Rodada con un presupuesto virtualmente nulo, apoyándose sin disimulo en Lynch, especialmente el de Inland Empire y Cabeza Borradora, Juan Cavestany compone con Dispongo de barcos un sainete esquivo y hermético, un Luces de Bohemia casi postnuclear, por el que sus cuatro protagonistas deambulan confusos y desorientados, en un estado de estrés post traumático irreversible, empeñados en simulacros de normalidad que les ayuden a recomponer sus vidas tras una catástrofe que les unió antes de separarles en una explosión de mierda, que se reencuentran entre cafés con leche y raciones de porras, reconociéndose vagamente como almas descarnadas vagando por un limbo postindustrial y descompuesto, y que terminan llevando a cabo un robo cuya escena de planteamiento es una de las más hilarantes y pochas que se haya visto («lo vamos viendo»). Pero no se confundan. Estas son una líneas que pretenden asir una película que es mucho más fragmentada y desconcertante, y que así debe permanecer porque es la única manera coherente de narrar esta realidad en la que ahora respiramos, los restos de aquel mundo donde se juzgaba «por lo que queremos ser y no por lo que somos».
Dr Zito
Siendo obra de los principales culpables de cosas como Sex Drive y Accepted que es, no está nada mal, pero como celebración de la inmadurez que se pretende, le falta el ingenio, la gracia y la credibilidad suficientes. Con un poco menos de lo ya muy visto y más de arrojo, inventiva y mala idea estaríamos ante la comedia más molona y libertina del año, en cambio, nos debemos conformar con una divertida pero desgastada parodia de los ritos y maneras de los 80’s y su cultura popular que acierta brillantemente en la caracterización de algún que otro personaje y alguna que otra coña y fracasa alarmantemente en la caracterización de algún que otro personaje (patético, por tópico e inútil, el del gordo adolescente, propio de la ya insulsa y gilipollas comedia nerd actual), alguna que otra coña y, sobre todo, en esos guiños forzados a Back to the Future (exceptuando a ese anecdótico pero genial Crispin Glover). El factor paradoja espacio-temporal es el pretexto para la andanada de chistes güarros, sin mayor relevancia, aparte del hecho de convertir a unos losers cuarentones en sus versiones adolescentes, o sea, literalmente, sin interactuar con estas, que tiene su aquél, con sus detalles de comedia de altura, pero en fin, que sí, que bien, la cosa funciona, aunque a medio gas, unas veces con perfecta fluidez, otras, ni siquiera arranca.
Sergio Colmenar
Han pasado ya 17 años y no es casualidad que la única película que ha supuesto una reflexión directa y con autoridad del cine de acción comercial, Last Action Hero, remita a otra película de hace 5 años, Kiss Kiss Bang Bang, también la única que ha hecho lo propio pero cambiando ligeramente el enfoque hacia el pulp violento y socarrón y las buddy-movies chistosas. Ambas están escritas por Shane Black, el guionista de Hollywood mejor capacitado para la elaboración de clichés del a veces confusamente llamado “cine de género”, y ambas plantean, discurren y revalorizan los tejemanejes y elementos clásicos que hacen posible el cine de acción y el thriller. Son fuente inagotable de posibilidades brillantemente explotadas, cuyo engranaje autoparódico y autoreferencial facilita las virtudes más destacables y curtidas de sus respectivos capitanes (John McTiernan y el propio Black). Recordemos que Black es también autor del libreto de The Monster Squad, otro inteligente, revisionista y ameno ejemplo de cine analizándose y redescubriéndose así mismo, el cual entronca muy bien con Last Action Hero (que, como The Monster Squad, es puro cine fantástico sobre el sueño de un infante enamorado de la cultura pop, no lo olvidemos)… Guías espirituales y formales del cine del que se nutren, con sus complejidades, pero sin ese proceso laberíntico que intenta desorientar al espectador para evitar un verdadero discurso, son, quizás, las mayores obras maestras cinematográficas de las últimas dos décadas que recuerdo por condición: sencillamente, emocionan y aleccionan; poseen el potencial y la coherencia precisos; elevan sus conceptos a la enésima potencia y deslumbran con diluvios de sentido de la maravilla.
Sergio Colmenar
Para el espectador de cine medio borreguil de hoy, es menester tachar de cine demodé humildes propuestas de género y elogiar mediocridades de coste henchido y con dudoso prestigio técnico-artístico en el aburrido panorama actual del cine mainstream biempensante. Si Pierre Morel, directorazo galo donde los haya, sigue tanteando el cine de acción machorro, desaforado y comercial con la solvencia, la mala leche, la versatilidad y la falta de pudor que le caracteriza es porque aborrece la homogeneidad de ese banal refinamiento hollywoodiense para las masas. En su tercera película, la vuelve a clavar: peli de colegas que se vanagloria de su carácter revisionista para con la buddy-movie y el cine de acción de los 80 y 90, verbigracia Lethal Weapon, 48 Hrs. o The Last Boy Scout, al tiempo que va incluso más lejos (humor racista y xenófobo a punta pala, violencia acrobática del palo hongkonés y lavado de cara al icono yanqui que más lo necesitaba: sensacional y autoparódico Travolta) y desmiente que en un continente europeo no podemos ser igual o más agresivos y tan macarras con las armas y los terroristas (¡y el perico!) que los americanos. En los 80, principios de los 90, ya tendríamos noticias de una necesaria y obligada secuela. Una joya.
Sergio Colmenar
No es extraño ni mucho menos peligroso que a cierto sector de forofos encallecidos al cine de zombis nos haya gustado poco esta sosa e inofensiva Zombieland, ya sea por su humor estrictamente quinceañero, pasadísimo de rosca y bastante memo, o bien por su bienintencionado aunque malogrado empeño en anular la alegoría coyuntural del cine zombi moderno que podía esperarse. Ruben Fleisher no quiso derivar de la escuela Romero, pues muy bien, pero sí quiso hacerlo de la de Fred Dekker (Night of the Creeps) o Dan O’Bannon (The Return of the Living Dead), y el problema está en que su comedia de zombis no es ni ingeniosa ni muy violenta, joder, ni siquiera lo suficientemente imaginativa. Lástima, pues posee el mejor prólogo de la historia del cine de zombis, con permiso del de Day of the Dead, y el momento Bill Murray (por como acaba el chiste y sin ser gran cosa) dejaba olisquear una fina ráfaga de potencial humorístico por encima de la media, lo cual no evita, para nada, el churro, blando, bobo, desganado, con un clímax horroroso y un par de personajes femeninos irritantes y absolutamente innecesarios. Su director prepara secuela. Sería un momento estupendo para enmendar el putísimo error. Si no, que tome aire.
Sergio Colmenar
Resulta preocupante que una gran mayoría tienda a celebrar efusivamente productos tan rematadamente precocinados como Up in the Air con la entrega y la facilidad con que lo hace. Si en Thank You for Smoking y Juno Jason Reitman mostraba su inteligente ductilidad en el tema en cuestión, en Up in the Air parece querer sobrepasar el punto de partida guiando al espectador con grotesca vanidad y una afección hacia la benevolencia y la amargura tan fácil de asimilar como innecesaria y complacientemente subrayada. La culpa es en parte mía. Su premisa me la suda. Veo poco lúdico o interesante cómo se las gastan los encargados del trabajo sucio en la reducción de personal en empresas. Tampoco me dicen nada sus vidas, o la falta de ellas, el meollo del asunto en la película, cosa que recalca con excesivo cálculo y un sentido del humor burguesito insufrible. Sin embargo, mola que Hollywood tenga cada vez menos pudor en hacer retratos de féminas desalmadas y ridículamente conscientes (Vera Farmiga); les sale la vena misógina sin pretenderlo. Ten ya preparado el discursito para cuando recojas al calvorotas de Oscar, Reitman. Para eso suelen servir estos premios, para premiar mierdas bien escritas y dirigidas.
Sergio Colmenar
Las spoof-movies son el género del ZAZ (David y Jerry Zucker y Jim Abrahams). El resto son imitaciones, la mayoría, desafortunadas. Tuvieron que ser los hermanos Wayans con sus brillantes Scary Movie y Scary Movie 2 los que despertaran los ánimos de los principales miembros del ZAZ, el veteranísimo David Zucker, tras las cámaras, y Jim Abrahams, en el guión, para imponer autoría y devolverle el empaque de calidad requerido a las spoof-movies en el siglo XXI, y, de paso, recuperar a Pat Proft (artífice de los dos Hot Shots!) y acoger a un talentazo en potencia, Graig Mazin, co-guionista de ese par de obras maestras que son Scary Movie 3 y Scary Movie 4. No es de extrañar que este último, formando equipo con David Zucker, se lanzara a escribir y dirigir él solito esta Superhero Movie, soberbio spoof como manda el canon, cargadito de mala baba, obscenos e ingeniosos gags surrealistas, mal gusto al cubo y un arrojo visual que nada ha de envidiar al de los modelos burlados. No es sólo una de las mejores comedias de la década, sino, tal y como andan las cosas, la mejor película de superhéroes, así, en general, de los últimos años. Qué más quisieran para sí Sam Raimi o, desde luego, Christopher Nolan.
Sergio Colmenar
Piensan muchos en una banalización de la fuente original, del supuesto rigor crítico y ético del Ferrara más sobrevalorado; si tras la inversión de un ambiente pegajoso y sombrío y la sustitución de crucifijos y jesucristos imaginarios por iguanas errantes en rocambolescos primeros planos y almas bailarinas de capos del puterío no veis el desquite de Herzog (y del guionista, William Finkelstein) ante los convencionalismos del thriller al uso y una personal y contemporánea reconstrucción de los resortes de la miseria humana, procedentes de la original Bad Lieutenant, habréis visto una película muy diferente a la realmente concebida. Herzog orquesta sabiamente una impopular sátira (no sabemos si conscientemente) de la beatería obsesivo-compulsiva de Ferrara tomando los clichés de historia triste de antihéroe como contrapunto sarcástico en el brillante modo de denigrar y tergiversar el discurso y la pataleta final de la película de Ferrara: sin apartarse de una mirada fría y decadente, a pesar de la cruda ironía, volatiliza el tremendismo exasperante en pos de un final circular y una sonrisa (literal) al principio del fin, a la imposibilidad de redención en el triunfo social, sin apostilla moralista gilipollas ni llantos de socorro demenciales.
Sergio Colmenar
Que a Julie Delpy le obsesione la escrutabilidad de los devaneos amatorios ya quedó muy claro en su participación en el guión de Before Sunset, pero 2 Days in Paris es más un vía crucis de las relaciones sentimentales más o menos estables (hasta que dejan de serlo) que una prolongación coherente del peculiar romance en el magnífico díptico de Linklater. Delpy, sin cargar las tintas ni tirarse el moco mostrándose petulante, aporta su granito de arena a las miserias del amor sincero pero maltrecho: no hay aquí desamor por ninguna de las dos partes en una relación de pareja, sino una irónicamente tierna y a la vez amarga y pesimista filosofía de la ruptura. Sutil, entrañable, modesta y magistralmente interpretada, 2 Days in París se reconoce tanto en el buen Woody Allen como en la deliciosa personalidad e inteligencia de su autora. Aguda sátira del romanticismo que hay encajar, aceptar y corroborar.
Sergio Colmenar
Pese a lo calculado de su estética y un abanico de referencias pop más o menos localizables, el film de Marc Webb nada tiene de frívolo; todo sirve a un discurso iconoclasta que aborda las relaciones románticas (contemporáneas), el egoísmo que se da en éstas, la fragilidad de los recuerdos y la vulnerabilidad de ciertos individuos frente a la todopoderosa fantasía amorosa. Del mismo modo, la presencia del narrador funciona como elemento enfático, y su estructura aparentemente arbitraria tiende puentes entre la memoria y la percepción del protagonista. Esa depuración formal esconde una sutilidad que como tal apenas es perceptible. Webb utiliza el pop como herramienta de contrastes, como segundo narrador y protagonista invisible, estrategia fácilmente apreciable mediante un segundo visionado. Pese a todo, es víctima de un problema común: su virtud más evidente es a la vez su peor defecto. Y es que las miradas prejuiciosas apenas arañarán un envoltorio que nada tiene de accesorio pero que es precisamente su atributo más atractivo. Los peligros del pop y del amor, un asunto que -maldita ironía- tiene el mismo peso dentro que fuera de la película.
Mario Vírico
Sin pretenderlo, Kyle Newman y Adam Goldberg llegaron más lejos y fueron sutil y conscientemente más fríos en las disquisiciones del periplo de un enfermo terminal con el humor jugando un papel importante en Fanboys, pero lo que Judd Apatow nos ha querido transmitir en Funny People ensambla con una sensibilidad autocrítica y una lúcida y mordaz pataleta de la comedia humana que, en última instancia, poco tienen que ver con la dura realidad de afrontar un destino fatal de esas características. Punzante, aguda, sabia, personal, comprometida y hasta indisimuladamente corrosiva, Funny People termina por restablecer y deformar los tópicos del drama y la comedia sobre romances y camaradería para traicionar el hasta ahora algo cojo discurso moral de Apatow haciendo ver que ahora éste sabe muy bien dar donde más duele, simplemente, mostrando la puta verdad a través del negocio de las vidas tanto de Apatow como de los protagonistas de la película (todos soberbios, especialmente un motivadísimo Seth Rogen), el humor, el cual aquí encuentra íntegra, hilarante, portentosa y brillante representación. La obra maestra de Apatow, sin ninguna duda.
Sergio Colmenar
Que supusiera el salto al cine de un televisivo grupo cómico, luego renombrado y convertido en el mejor antecedente posible de la comedia absurda y grotesca, Monty Phyton and the Holy Grail no es aún respetable por abrir una veda a mediados de los 70, sino por ser la única y más deslumbrante obra maestra que vio en la precariedad de medios un abanico transmutable de comicidad y originalidad artística y constante, comprensiblemente, nunca repetido o igualado. El genio de los mayores monstruos que ha tenido la comedia televisiva y cinematográfica a lo largo de su historia alcanza aquí su cénit, con la pintoresca y sutil traslación del Medievo a la era de los 70 en una misma historia donde todo no tiene ni el menor sentido y, a la vez, encuentra el mayor de ellos con la brillante manipulación de la perspectiva del espectador, desvelando una relativa pero contundente coherencia en un desenlace de aquí te espero, usando esas aplastantes herramientas metalingüísticas de cuchufleta a las que los Python eran tan solícitos. Personajes como el conejo decapitador, Tim el Mago o Sir Lancelot ya son parte del imaginario de la comedia con exceso de vitriolo. Milagrosa y decisiva en la evolución del cine moderno sacado de las tripas.
Sergio Colmenar
Aunque prefiera sus mordientes cuentos infantiles, la rompedora y mutante novelización de su obra de teatro más célebre (The Picture of Dorian Gray) adaptada por él mismo y la desafiante y soberana ética de sus ensayos, Wilde también me merece especial respeto por uno de sus relatos, The Canterville Ghost, cuya sutileza y complejidad acaparan varias ópticas que focalizan tonos bien dispares entre sí: biliosa y burlesca sátira de la aristocracia neoconservadora y de la novela gótica predominante en el siglo XIX; divertido y amargo spoof del terror literario de fantasmas y casas encantadas y heterodoxa y singular defensa del arte, la vida, el amor y la muerte a través de una extraña y pajera alegoría moral (como es habitual en Wilde) que la lacia versión cinematográfica del relato (décadas más tarde y ya en color, nacería otra versión, un ignoto telefilm) tradujo en simplista pasatiempo para todos los públicos. Gran ejemplo de la incombustible personalidad de Wilde, a prueba de maniqueísmos obtusos y contrariedades. Es ese Wilde, siempre a la deriva, siempre genial.
Sergio Colmenar
















