“Esta ave no se recoge á los espadañales, siempre anda en el medio del agua dicen que es corazon de esta, porque anda en el medio de ella siempre, y raramente parece”
Bernardino de Sahagún / Historia de las cosas de la Nueva España.
1.
Había pensado en muertos como en piedras que se arrojan a un lado de las veredas, para que no estorben al paso. Había pensado que los muertos eran como esos carbones, que se iban extinguiendo sin remedio dentro del fogón de la cocina, hasta que perdían su negrura y se volvían grises y débiles confetis de cenizas. Carbones necesarios para calentar la olla de peltre con café, o frijoles, o tortillas, o para calentar los meses de frío. Aunque los pedregales no eran una sierra su suelo de escasa tierra apenas formaba una carpeta negra y vidriosa de peñas que generalmente sobresalían como agudas pezuñas de animales gigantescos y mitológicos y de ellas se colgaba un aire frío que entraba en el cuerpo galopando despiadado. Para Pil, los muertos eran, en todo caso, una consecuencia de la vida y ocasión para hablar de ellos, ya fuera recordándolos, ya fuera olvidándolos en una tumba reseca y apartada, resquebrajándose oscuramente.
Hasta ese momento de su vida Pil sintió que un conocimiento ancestral y desconocido para él, sobrevenía como un invisible manto que lo acurrucaba de pies a cabeza y lo colgaba de alguna viga, como se cuelga una cera de su pabilo, y que después habrá de ser consumida por una débil flama. Frente a él la boca del pozo se abría como un turgente fruto invitándolo a ser devorado. Las irregulares paredes del pozo ostentaban filosos prismas que evocaban su naturaleza volcánica. De un tronco robusto empotrado firmemente entre los recovecos, pendía el rodamiento de acero y la cuerda de grueso ixtle, que los colonos empleaban para arrojar los recipientes y abastecerse de agua. Los ojos hipnotizados de Pil miraban el fondo del pozo, sin convencerse del todo de que lo que sobresalía en la oscura turbulencia del agua era un cuerpo humano. Los músculos de su cara, tórax, brazos y piernas se habían contraído como en un previo big bang. Y finalmente apoyando ambas manos sobre el borde del pozo, estalló: “un muerto, un muertooo”, tartamudeo, al tiempo que sin poder evitarlo, sus ojos se humedecían.
Por vez primera, a sus ocho años, Pil vio un muerto de verdad. Un tibio resoplido escapaba una y otra vez por su boca. Nadie venía, ningún vecino. Venciendo penosamente su miedo, le llamó a la mancha que se divisaba en el fondo: “Señor, señor, ¿me escucha?”. Su voz entrecortada resonaba en las paredes del pozo, la débil luz de las estrellas parpadeaba en las salientes ondas del agua. Aún era muy temprano y los desperdigados perros de la colonia Ajusco, villorrio recién establecido, ladraban remotamente.
Un poco más recompuesto, Pil decidió volver a su casa, abandonó los baldes de latón y caminó unos pasos hasta el pie de un inmenso árbol de pirú de cuyas tupidas ramas escapaba un siseo nervioso. Alcanzó escuchar tras de sí un débil quejido, casi un silbido ondulante. Nuevamente los nervios le desencajaron el rostro y se detuvo. Volteó a mirar y el suave quejido volvió a escapar de la boca del pozo. El muchacho volvió vacilante, el sereno de la mañana humedecía su rostro y la boca atemorizante del pozo regurgitaba de nuevo aquél lamento melódico. Pil luchando contra su instinto, alcanzó a balbucear un “¿Señor, señor, está vivo?” sin atreverse a mirar de nuevo hacia el fondo.
Unas cuantas casas esparcidas recibían el último resoplido de aquella alborada. Por la vereda se acercaba al pozo una mujer cargando unos baldes de plástico, limpiándose las lagañas, aún bostezando alcanzó a mirar a Pil encaramado sobre el borde de la boca del pozo, parecía anudarse al cuello la cuerda de ixtle.
–¿Chamaco, qué vas a hacer? –gritó alarmada la mujer soltando las palanganas y corriendo hacia el muchacho.
Un inexpresivo rostro de Pil se volvió ligeramente hacía el grito de la mujer, sus finas facciones infantiles, por brevísimos instantes se deformaban como si debajo de la piel de su espalda un enjambre de abejas intentaran escapar desesperadas.
–Ahh ¿quién eres? –cuestionó la voz ya aterrorizada de la mujer.
Pil no contestó, sereno, como si diera un paso al frente de una formación militar, se lanzó al esófago volcánico del pozo.
El sol ya despuntaba y el pirú proyectaba una singular sombra, como la silueta de un ahorcado, sobre el hocico del pozo. Varias mujeres murmuraban rodeando a la testigo y a la desconsolada abuela de Pil, mientras los hombres arremolinados en torno al lugar, luchaban por rescatar del pozo el cuerpo del muchacho, pero la cuerda parecía atorada en el fondo, como si estuviera amarrada a una inmensa roca inmutable.
–Traigan otra cuerda, voy a bajar –sentenció decidido don Juan, el abuelo del chico.
–Qué barbaridad don Juan, de ninguna manera, bajo yo –se adelantó don Tomás, el fornido compañero de don Juan en la cantera de Monserrat.
Decidido el hombre, ya se había amarrado la cintura con una cuerda y se disponía a bajar, cuando llegó don Josafat, el párroco de la comunidad y lo detuvo. Luego de ponerlo al tanto, don Josafat se acercó a la boca del pozo, tiró de la cuerda con fuerza pero solo logró lastimarse las manos, por la fricción del ixtle. Entonces de sus ropas extrajo una pequeña botella y murmurando unas palabras lanzó el agua bendita hacia la boca del pozo. Al contacto con el agua sagrada, la cuerda de ixtle se desanudó del tronco y del rodamiento y cayó con estrépito, como una serpiente enfurecida, al fondo del pozo. Asombrados los vecinos, se apartaron del pozo pero don Tomás sin dudarlo nuevamente se dispuso a descender. El párroco quiso detenerlo y darle un crucifijo, no obstante pensó que quizás ese acto lo hiciera desistirse de rescatar el cuerpo del muchacho.
Cuando el hombre llegó al húmedo y frío fondo, apoyando sus pies sobre unas firmes salientes de piedra, sus fuertes manos fueron palpando la superficie del agua buscando la cuerda o el cuerpo, pero para su sorpresa no encontró nada, más aún, la profundidad del agua del pozo era mínima, ¡apenas sobrepasaba lo grueso de su mano! Aún con escepticismo apoyó uno de sus pies en el fondo del charco y comprobó que era firme, luego apoyó el otro, y pisó con fuerza una y otra vez. Su cuerpo sintió que le liberaban de una loza porque eso significaba que todo parecía ser un invento o confusión de la mujer, y haciendo una señal a los hombres, les indicó que tiraran para ayudarlo a salir.
Arriba, don Juan, don Josafat y el resto de los hombres atestiguaban con estupor, que una vez llegado al fondo del pozo, el nivel del agua inexplicablemente subía con un violento oleaje hasta cubrir el cuerpo de don Tomás mientras agitaba la mano. Rápidamente los hombres jalaron de la cuerda, don Josafat arrojaba agua bendita y oraciones en latín. Los músculos de aquellos rostros parecían estallar del esfuerzo por sacar de allí al hombre, pero todo fue inútil, la cuerda nuevamente parecía atrapada por una fuerza gigantesca. Luego todo en el pozo volvió a la calma, en el fondo el agua tornó a su apariencia cristalina y apacible. Sólo los vecinos, hombres y mujeres no salían del sobresalto y el terror, don Josafat con los ojos entornados hacia el cielo no dejaba de rezar mientras que don Juan y su esposa abrazados sentían a sus piernas a punto de desfallecer. Ahora eran dos y no uno los ahogados, extrañamente tragados por aquél pozo que los mismos canteros habían abierto con una carga de dinamita semanas atrás. Los supersticiosos vecinos santiguándose cuchicheaban cantidad de hipótesis demoniacas y mágicas, hasta que finalmente el compungido párroco decidió enviar por ayuda a don Juan con las autoridades de Coyoacán. Mientras tanto, algunos de los familiares y el párroco mismo permanecieron en guardia, mientras el resto de los vecinos volvieron atemorizados a sus hogares o a la cantera.
2.
Pil abrió los párpados con pesadez, su cuerpo dolorido yacía bocarriba sobre un mullido suelo de musgo húmedo y tibio, permaneció así, inmóvil, saliendo de su azoro, sus ojos entornados divisaban una mortecina luz sobre él. Poco a poco fue distinguiendo una membrana colgante, gigantesca, una especie de globo de agua del que emanaba la luz. Nunca antes había estado en una cueva, pero un ancestral instinto le hizo suponer que aquel lugar era el interior de algo que parecía vivo. Brazos, costados y piernas le ardían de los golpes y raspones que en la caída se propinó. Bajo aquél gran domo, un hermoso espejo de agua cristalina ocupaba el centro de la caverna y el muchacho olvidó su inquietud ante esa maravilla, las altas paredes y el piso alfombrados de un musgo plomizo formaban un gran salón natural y del estanque brotaba un murmullo suave y constante.
Advirtió que al fondo de la caverna, luego de un intervalo de oscuridad se divisaba otra luz, Pil caminó hacia allí por la orilla del agua, el hambre le acuciaba, en algún momento de la caída había perdido los viejos zapatos y ahora sus pies desnudos experimentaban un lozano placer al pisar el cieno húmedo y sin guijarros. Antes de llegar a la siguiente cámara, quedó en completa oscuridad y un aguijoneo de duda volvió a apoderarse del chico, pero ya solo le quedaba avanzar y continuó de prisa hacia la luz. El origen de la nueva luz sin embargo, se hacía cada vez más remoto. Parecía que caminaba sin avanzar, se había cansado, el lugar era ya seco aunque frío y sintió el contraste de sus tibias lágrimas resbalar sobre su rostro entumecido, entonces desfalleció y, sollozante, su menudo cuerpo se ovilló sobre el suelo lodoso.
–chsss, chsss – quedamente resopló alguien cerca de Pil.
–Soy yo, Tomás, no tengas miedo chamaco, ¿te encuentras bien? –le decía una voz familiar.
Sentado en cuclillas tratando de divisar algo entre la espesa oscuridad, don Tomás alcanzó a abrazar a Pil, quien al sentirse por fin protegido, se avergonzó de su flaqueza y limpiándose las lágrimas, cesó de gimotear. Silenciosos, los dos se tiraron de espaldas al suelo y cerraron los ojos para aguzar el oído. Del estanque llegaban los murmullos constantes, y que la bóveda acrecentaba con claridad, no había duda, se trataba de una especie de graznido.
–No hagas ruido chamaco, tal vez lo perdamos, sigamos hacia la luz.
–¿A quién don Tomás, a quién perdemos?
El hombre no escuchó a Pil y siguió delante avanzando a gatas, el graznido fue quedando detrás y la luz de la siguiente cámara se fue haciendo más intensa.
La siguiente cueva era más baja que la primera, el piso perdió su mullida alfombra de cieno y musgo y se tornó áspera y recia. El hombre se incorporó y el chico hizo lo mismo. Avanzaron desconfiados hacia un claro donde la pequeña bóveda se iluminaba por la luz exterior que entraba por la boca de la cueva. Ambos miraban sorprendidos que en el centro del recinto se erguía un pequeño montículo adornado de vivos colores. Era una especie de pequeña pirámide circular, pero invertida, nada familiar a las imágenes de los libros de texto. Al pie de la construcción unas vasijas redondas expelían una aromática nube que se esparcía hacia la salida de la cueva. Siguieron la dirección del humo, una corriente de aire frío les caló en los aún húmedos cuerpos.
–¿Don Tomás, dónde estamos, qué pasó? –preguntó Pil, ya temblando por el frío que llegaba del exterior.
Don Tomás se disponía a responder cuando volvieron a escuchar tras sus espaldas, a pocos pasos, el ronco graznido de una ave. El sonido retumbó en la cámara de tal modo que sintieron como se les erizaban los vellos al sentir una especie de vaho que los alcanzaba y los embebía por completo, paralizándolos. Don Tomás y Pil volvieron inconscientemente la mirada.
–Allí viene, allí, don Tomás –le señalaba el chico emocionado una pequeña silueta que salía de la penumbra y se acercaba rápida y torpemente hacia ellos.
–Virgen santísima –respondió el hombre, santiguándose.
Al entrar en la cámara iluminada, pudieron observar detalladamente la silueta de un ave de un bellísimo plumaje azul brillante que rutilaba como si desprendiera plumas de fuego al contacto con la luz. Corría con torpeza, pero su esbelta silueta y la belleza de su figura hipnotizaban al hombre y el muchacho.
–Parece un… –alcanzó a balbucear el muchacho, cuando la ave de un salto se encumbró sobre la orilla el montículo y abrió su negro pico lanzando su peculiar graznido.
–…un ángel –terminó la frase don Tomás.
Dicho esto sujetó al niño del brazo y caminando a la par hacia atrás, intentaron alejarse y salir por fin de la cueva, sin embargo el ave arreció su lamento emanando un misterioso vaho que mezclado con el humo de los incensarios, fue inundando rápidamente el recinto de una neblina que dejó un ambiente etéreo y somnífero. Desde el centro de la pirámide invertida, el ave irguiendo el pecho, extendió triunfante sus alas resplandecientes. Envueltos por esta neblina Don Tomás y Pil cayeron desvanecidos.
3.
El hombre que vieron al despertar, era un anciano vestido con una blanca túnica a la usanza prehispánica, su cabello largo y rematado en un tocado lo sujetaba una cinta era añil, su rostro de aspecto apacible parecía mirarlos con cierta nostalgia. En una vasija de madera maceraba unas hojas púrpuras. Con los dedos índice y medio tomó un poco de la mezcla y acercándose a ellos trazó un dibujo en la cara de Pil.
–¿Qué le hace, quién es usted? –preguntó jadeante don Tomás, mientras que Pil no ofrecía resistencia.
El hombre se levantó de sus cuclillas y señalándoles el horizonte les habló en un antiguo lenguaje desconocido ya para ellos.
Fue hasta ese momento que el hombre y el niño se percataron que se hallaban finalmente fuera de las cuevas, pero el corazón de ambos pareció detenerse por un instante cuando miraron que delante de ellos se extendía un horizonte interminable de tonalidades grises y azules. A pocos pasos se adivinaba un precipicio recubierto de nubes bajas que parecían ascender lentamente y a lo lejos un inmenso lago, tan grande como un océano. No había caminos, solo las peñas y los acantilados. No había salida. El cielo combado de nubes no permitía ver al sol que iluminaba todo aquello. A la vera de las peñas se multiplicaban vistosas flores púrpuras, azules y rojas, y arbustos pequeños rebosantes de frutos morados y rojos. Al pie de uno de esos arbustos se miraba el ave con el plumaje de un ángel, devorando con alegría algunos frutos.
A medida que hablaba el anciano, sus palabras se fueron haciendo más comprensibles y claras, como si despertando de un denso letargo fueran recordando aquél idioma, como si aquellos sonidos reverberaban dentro de sus memorias familiares, hasta el punto que pudieron comprender lo que el anciano les revelaba.
–…el corazón del agua, es el ave sagrada, y ahora ustedes serán los guardianes de su vida, ella los ha elegido, no ahora, desde hace tiempo ya, por su valor y nobleza… –continuaba el anciano hablando solemne como si cantara una suave y armónica letanía.
Intentando comprender, don Tomás recordó que al llegar por vez primera a los pedregales de Ajusco y Santo Domingo, el irregular terreno volcánico, era cubierto completamente por cantidad de árboles y arbustos, matojos que escondían serpientes y lagartijas e innumerables alimañas e infinitos peñones basálticos.
–Don Juan, el único problema que veo es el agua, no hay estanques naturales, el agua de la lluvia se filtra por las piedras, vaya usted a saber dónde.
–Allá en la explanada del árbol grande, hay tierra suelta Tomás, allí podemos escarbar, hasta dar con algún manto freático.
Meses más tarde, los primeros colonos y trabajadores de la cantera, abrieron con marros y cinceles una hendidura en el suelo pedregoso, don Tomás colocó una carga de dinamita y así nació el primer pozo de agua potable del barrio. Luego, se dieron cuenta que era una zona rica en arroyos subterráneos, por eso le nombraron a su colonia, Ajusco, que en náhuatl significa manantial.
Pil, miraba fijamente al hombre, gradualmente su corazón le hacía comprender lo que la razón no podía.
–¿Cómo te llamas abuelo? –preguntó dulcemente el niño.
El anciano guardián una vez terminada su plegaria, caminó con parsimonia al pie del abismo y sin voltear atrás respondió:
–Fui Temilotzin, amigo de hombres – luego extendió los brazos y se arrojó hacia las profundidades.
Instintivamente Pil trató de alcanzarlo alargando su brazo. Y sin perder el asombro atestiguaron como el cuerpo del guardián contrariamente a caer, se iba elevando como una exhalación, hasta volverse eso mismo, un fragmento de nube que perdiendo su forma humana fue a encontrarse con las nubes más altas hasta perderse entre ellas.
4.
Extrañamente reconfortados, la abuela de Pil y los familiares de don Tomás, descansaban bajo la sombra del pirú, aguardando la llegada de las autoridades. El sol ardía como una hoguera invisible sobre el cielo despejado de abril.
Mirando desde lejos el montículo del pozo, don Juan apresuraba el paso. Lo acompañaban autoridades y algunos hombres voluntarios de la cantera y del pueblo de Los Reyes. Cuando llegaron al pie del árbol, el párroco se levantó sacudiéndose el polvo de la sotana y se entrevistó con los recién llegados. Luego todos juntos se volvieron hacia el sitio del accidente y descubrieron que una cristalina agua había subido el nivel desde el fondo y ya rebosaba los bordes del pozo.
Con los ojos enrojecidos don Juan y el resto corrieron a asomarse y comprobaron claramente que ninguna turbiedad, que ningún cuerpo, ningún rastro yacía dentro, tan solo se observaba una limpísima agua que parecía borbotear desde el fondo, reflejando el sol del mediodía.