El corazón del agua

“Esta ave no se recoge á los espadañales, siempre anda en el medio del agua dicen que es corazon de esta, porque anda en el medio de ella siempre, y raramente parece”
Bernardino de Sahagún / Historia de las cosas de la Nueva España.

1.

Había pensado en muertos como en piedras que se arrojan a un lado de las veredas, para que no estorben al paso. Había pensado que los muertos eran como esos carbones, que se iban extinguiendo sin remedio dentro del fogón de la cocina, hasta que perdían su negrura y se volvían grises y débiles confetis de cenizas. Carbones necesarios para calentar la olla de peltre con café, o frijoles, o tortillas, o para calentar los meses de frío. Aunque los pedregales no eran una sierra su suelo de escasa tierra apenas formaba una carpeta negra y vidriosa de peñas que generalmente sobresalían como agudas pezuñas de animales gigantescos y mitológicos y de ellas se colgaba un aire frío que entraba en el cuerpo galopando despiadado.  Para Pil, los muertos eran, en todo caso, una consecuencia de la vida y ocasión para hablar de ellos, ya fuera recordándolos, ya fuera olvidándolos en una tumba reseca y apartada, resquebrajándose oscuramente.

Hasta ese momento de su vida Pil sintió que un conocimiento ancestral y desconocido para él, sobrevenía como un invisible manto que lo acurrucaba de pies a cabeza y lo colgaba de alguna viga, como se cuelga una cera de su pabilo, y que después habrá de ser consumida por una débil flama. Frente a él la boca del pozo se abría como un turgente fruto invitándolo a ser devorado. Las irregulares paredes del pozo ostentaban filosos prismas que evocaban su naturaleza volcánica. De un tronco robusto empotrado firmemente entre los recovecos, pendía el rodamiento de acero y la cuerda de grueso ixtle, que los colonos empleaban para arrojar los recipientes y abastecerse de agua. Los ojos hipnotizados de Pil miraban el fondo del pozo, sin convencerse del todo de que lo que sobresalía en la oscura turbulencia del agua era un cuerpo humano.  Los músculos de su cara, tórax, brazos y piernas se habían contraído como en un previo big bang. Y finalmente apoyando ambas manos sobre el borde del pozo, estalló: “un muerto, un muertooo”, tartamudeo, al tiempo que sin poder evitarlo, sus ojos se humedecían.

Por vez primera, a sus ocho años, Pil vio un muerto de verdad. Un tibio resoplido escapaba una y otra vez por su boca. Nadie venía, ningún vecino.  Venciendo penosamente su miedo, le llamó a la mancha que se divisaba en el fondo: “Señor, señor, ¿me escucha?”. Su voz entrecortada resonaba en las paredes del pozo, la débil luz de las estrellas parpadeaba en las salientes ondas del agua. Aún era muy temprano y los desperdigados perros de la colonia Ajusco, villorrio recién establecido, ladraban remotamente.

Un poco más recompuesto, Pil decidió volver a su casa, abandonó los baldes de latón y caminó unos pasos hasta el pie de un inmenso árbol de pirú de cuyas tupidas ramas escapaba un siseo nervioso. Alcanzó escuchar tras de sí un débil quejido, casi un silbido ondulante. Nuevamente los nervios le desencajaron el rostro y se detuvo. Volteó a mirar y el suave quejido volvió a escapar de la boca del pozo. El muchacho volvió vacilante, el sereno de la mañana humedecía su rostro y la boca atemorizante del pozo regurgitaba de nuevo aquél lamento melódico. Pil luchando contra su instinto, alcanzó a balbucear un “¿Señor, señor, está vivo?” sin atreverse a mirar de nuevo hacia el fondo.

Unas cuantas casas esparcidas recibían el último resoplido de aquella alborada. Por la vereda se acercaba al pozo una mujer cargando unos baldes de plástico, limpiándose las lagañas, aún bostezando alcanzó a mirar a Pil encaramado sobre el borde de la boca del pozo, parecía anudarse al cuello la cuerda de ixtle.

–¿Chamaco, qué vas a hacer? –gritó alarmada la mujer soltando las palanganas y corriendo hacia el muchacho.

Un inexpresivo rostro de Pil se volvió ligeramente hacía el grito de la mujer, sus finas facciones infantiles, por brevísimos instantes se deformaban como si debajo de la piel de su espalda un enjambre de abejas intentaran escapar desesperadas.

–Ahh ¿quién eres? –cuestionó la voz ya aterrorizada de la mujer.

Pil no contestó, sereno, como si diera un paso al frente de una formación militar, se lanzó al esófago volcánico del pozo.

El sol ya despuntaba y el pirú proyectaba una singular sombra, como la silueta de un ahorcado, sobre el hocico del pozo. Varias mujeres murmuraban  rodeando a la testigo y a la desconsolada abuela de Pil, mientras los hombres arremolinados en torno al lugar, luchaban por rescatar del pozo el cuerpo del muchacho, pero la cuerda parecía atorada en el fondo, como si estuviera amarrada a una inmensa roca inmutable.

–Traigan otra cuerda, voy a bajar  –sentenció decidido don Juan, el abuelo del chico.

–Qué barbaridad don Juan, de ninguna manera, bajo yo –se adelantó don Tomás, el fornido compañero de don Juan en la cantera de Monserrat.

Decidido el hombre, ya se había amarrado la cintura con una cuerda y se disponía a bajar, cuando llegó don Josafat, el párroco de la comunidad y lo detuvo. Luego de ponerlo al tanto, don Josafat se acercó a la boca del pozo, tiró de la cuerda con fuerza pero solo logró lastimarse las manos, por la fricción del ixtle. Entonces de sus ropas extrajo una pequeña botella y murmurando unas palabras lanzó el agua bendita hacia la boca del pozo. Al contacto con el agua sagrada,  la cuerda de ixtle se desanudó del tronco y del rodamiento y cayó con estrépito, como una serpiente enfurecida, al fondo del pozo.  Asombrados los vecinos, se apartaron del pozo pero don Tomás sin dudarlo nuevamente se dispuso a descender. El párroco quiso detenerlo y darle un crucifijo, no obstante pensó que quizás ese acto lo hiciera desistirse de rescatar el cuerpo del muchacho.

Cuando el hombre llegó al húmedo y frío fondo, apoyando sus pies sobre unas firmes salientes de piedra, sus fuertes manos fueron palpando la superficie del agua buscando la cuerda o el cuerpo, pero para su sorpresa no encontró nada, más aún, la profundidad del agua del pozo era mínima, ¡apenas sobrepasaba lo grueso de su mano! Aún con escepticismo apoyó uno de sus pies en el fondo del charco y comprobó que era firme, luego apoyó el otro, y pisó con fuerza una y otra vez. Su cuerpo sintió que le liberaban de una loza porque eso significaba que todo parecía ser un invento o confusión de la mujer, y haciendo una señal a los hombres, les indicó que tiraran para ayudarlo a salir.

Arriba, don Juan, don Josafat y el resto de los hombres atestiguaban con estupor, que una vez llegado al fondo del pozo, el nivel del agua inexplicablemente subía con un violento oleaje hasta cubrir el cuerpo de don Tomás mientras agitaba la mano. Rápidamente los hombres jalaron de la cuerda, don Josafat arrojaba agua bendita y oraciones en latín. Los músculos de aquellos rostros parecían estallar del esfuerzo por sacar de allí al hombre, pero todo fue inútil, la cuerda nuevamente parecía atrapada por una fuerza gigantesca. Luego todo en el pozo volvió a la calma, en el fondo el agua tornó a su apariencia cristalina y apacible. Sólo los vecinos, hombres y mujeres no salían del sobresalto y el terror, don Josafat con los ojos entornados hacia el cielo no dejaba de rezar mientras que don Juan y su esposa abrazados sentían a sus piernas a punto de desfallecer. Ahora eran dos y no uno los ahogados, extrañamente tragados por aquél pozo que los mismos canteros habían abierto con una carga de dinamita semanas atrás. Los supersticiosos vecinos santiguándose cuchicheaban cantidad de hipótesis demoniacas y mágicas, hasta que finalmente el compungido párroco decidió enviar por ayuda a don Juan con las autoridades de Coyoacán. Mientras tanto, algunos de los familiares y el párroco mismo permanecieron en guardia, mientras el resto de los vecinos volvieron atemorizados a sus hogares o a la cantera.

 

2.

Pil abrió los párpados con pesadez, su cuerpo dolorido yacía bocarriba sobre un mullido suelo de musgo húmedo y tibio, permaneció así, inmóvil, saliendo de su azoro, sus ojos entornados divisaban una mortecina luz sobre él. Poco a poco fue distinguiendo una membrana colgante, gigantesca, una especie de globo de agua del que emanaba la luz. Nunca antes había estado en una cueva, pero un ancestral instinto le hizo suponer que aquel lugar era el interior de algo que parecía vivo. Brazos, costados y piernas le ardían de los golpes y raspones que en la caída se propinó. Bajo aquél gran domo, un hermoso espejo de agua cristalina ocupaba el centro de la caverna y el muchacho olvidó su inquietud ante esa maravilla, las altas paredes y el piso alfombrados de un musgo plomizo formaban un gran salón natural y del estanque brotaba un murmullo suave y constante.

Advirtió que al fondo de la caverna, luego de un intervalo de oscuridad se divisaba otra luz, Pil caminó hacia allí por la orilla del agua, el hambre le acuciaba, en algún momento de la caída había perdido los viejos zapatos y ahora sus pies desnudos experimentaban un lozano placer al pisar el cieno húmedo y sin guijarros. Antes de llegar a la siguiente cámara, quedó en completa oscuridad y un aguijoneo de duda volvió a apoderarse del chico, pero ya solo le quedaba avanzar y continuó de prisa hacia la luz. El origen de la nueva luz sin embargo, se hacía cada vez más remoto.  Parecía que caminaba sin avanzar, se había cansado, el lugar era ya seco aunque frío y sintió el contraste de sus tibias lágrimas resbalar sobre su rostro entumecido, entonces desfalleció y, sollozante, su menudo cuerpo se ovilló sobre el suelo lodoso.

–chsss, chsss – quedamente resopló alguien cerca de Pil.

–Soy yo, Tomás, no tengas miedo chamaco, ¿te encuentras bien? ­–le decía una voz familiar.

Sentado en cuclillas tratando de divisar algo entre la espesa oscuridad, don Tomás alcanzó a abrazar a Pil, quien al sentirse por fin protegido, se avergonzó de su flaqueza y limpiándose las lágrimas, cesó de gimotear. Silenciosos, los dos se tiraron de espaldas al suelo y cerraron los ojos para aguzar el oído. Del estanque llegaban los murmullos constantes, y que la bóveda acrecentaba con claridad, no había duda, se trataba de una especie de graznido.

–No hagas ruido chamaco, tal vez lo perdamos, sigamos hacia la luz.

–¿A quién don Tomás, a quién perdemos?

El hombre no escuchó a Pil y siguió delante avanzando a gatas, el graznido fue quedando detrás y la luz de la siguiente cámara se fue haciendo más intensa.

La siguiente cueva era más baja que la primera, el piso perdió su mullida alfombra de cieno y musgo y se tornó áspera y recia. El hombre se incorporó y el chico hizo lo mismo. Avanzaron desconfiados hacia un claro donde la pequeña bóveda se iluminaba por la luz exterior que entraba por la boca de la cueva. Ambos miraban sorprendidos que en el centro del recinto se erguía un pequeño montículo adornado de vivos colores. Era una especie de pequeña pirámide circular, pero invertida, nada familiar a las imágenes de los libros de texto. Al pie de la construcción unas vasijas redondas expelían una aromática nube que se esparcía hacia la salida de la cueva. Siguieron la dirección del humo, una corriente de aire frío les caló en los aún húmedos cuerpos.

–¿Don Tomás, dónde estamos, qué pasó? –preguntó Pil, ya temblando por el frío que llegaba del exterior.

Don Tomás se disponía a responder cuando volvieron a escuchar tras sus espaldas, a pocos pasos, el ronco graznido de una ave. El sonido retumbó en la cámara de tal modo que sintieron como se les erizaban los vellos al sentir una especie de vaho que los alcanzaba y los embebía por completo, paralizándolos. Don Tomás y Pil volvieron inconscientemente la mirada.

–Allí viene, allí, don Tomás –le señalaba el chico emocionado una pequeña silueta que salía de la penumbra y se acercaba rápida y torpemente hacia ellos.

–Virgen santísima ­–respondió el hombre, santiguándose.

Al entrar en la cámara iluminada, pudieron observar detalladamente la silueta de un ave de un bellísimo plumaje azul brillante que rutilaba como si desprendiera plumas de fuego al contacto con la luz. Corría con torpeza, pero su esbelta silueta y la belleza de su figura hipnotizaban al hombre y el muchacho.

–Parece un… –alcanzó a balbucear el muchacho, cuando la ave de un salto se encumbró sobre la orilla el montículo y abrió su negro pico lanzando su peculiar graznido.

–…un ángel –terminó la frase don Tomás.

Dicho esto sujetó al niño del brazo y caminando a la par hacia atrás, intentaron alejarse y salir por fin de la cueva, sin embargo el ave arreció su lamento emanando un misterioso vaho que mezclado con el humo de los incensarios, fue inundando rápidamente el recinto de una neblina que dejó un ambiente etéreo y somnífero. Desde el centro de la pirámide invertida, el ave irguiendo el pecho, extendió triunfante sus alas resplandecientes. Envueltos por esta neblina Don Tomás y Pil cayeron desvanecidos.

 

3.

El hombre que vieron al despertar, era un anciano vestido con una blanca túnica a la usanza prehispánica, su cabello largo y rematado en un tocado lo sujetaba una cinta era añil, su rostro de aspecto apacible parecía mirarlos con cierta nostalgia. En una vasija de madera maceraba unas hojas púrpuras. Con los dedos índice y medio tomó un poco de la mezcla y acercándose a ellos trazó un dibujo en la cara de Pil.

–¿Qué le hace, quién es usted? –preguntó jadeante don Tomás, mientras que Pil no ofrecía resistencia.

El hombre se levantó de sus cuclillas y señalándoles el horizonte les habló en un antiguo lenguaje desconocido ya para ellos.

Fue hasta ese momento que el hombre y el niño se percataron que se hallaban finalmente fuera de las cuevas, pero el corazón de ambos pareció detenerse por un instante cuando miraron que delante de ellos se extendía un horizonte interminable de tonalidades grises y azules. A pocos pasos se adivinaba un precipicio recubierto de nubes bajas que parecían ascender lentamente y a lo lejos un inmenso lago, tan grande como un océano. No había caminos, solo las peñas y los acantilados. No había salida. El cielo combado de nubes no permitía ver al sol que iluminaba todo aquello. A la vera de las peñas se multiplicaban vistosas flores púrpuras, azules y rojas, y arbustos pequeños rebosantes de frutos morados y rojos. Al pie de uno de esos arbustos se miraba el ave con el plumaje de un ángel, devorando  con alegría algunos frutos.

A medida que hablaba el anciano, sus palabras se fueron haciendo más comprensibles y claras, como si despertando de un denso letargo fueran recordando aquél idioma, como si aquellos sonidos reverberaban dentro de sus memorias familiares, hasta el punto que pudieron comprender lo que el anciano les revelaba.

–…el corazón del agua, es el ave sagrada, y ahora ustedes serán los guardianes de su vida, ella los ha elegido, no ahora, desde hace tiempo ya, por su valor y nobleza… –continuaba el anciano hablando solemne como si cantara una suave y armónica letanía.

Intentando comprender, don Tomás recordó que al llegar por vez primera a los pedregales de Ajusco y Santo Domingo, el irregular terreno volcánico, era cubierto completamente por cantidad de árboles y arbustos, matojos que escondían serpientes y lagartijas e innumerables alimañas e infinitos peñones basálticos.

–Don Juan, el único problema que veo es el agua, no hay estanques naturales, el agua de la lluvia se filtra por las piedras, vaya usted a saber dónde.

–Allá en la explanada del árbol grande, hay tierra suelta Tomás, allí podemos escarbar, hasta dar con algún manto freático.

Meses más tarde, los primeros colonos y trabajadores de la cantera, abrieron con marros y cinceles una hendidura en el suelo pedregoso, don Tomás colocó una carga de dinamita y así nació el primer pozo de agua potable del barrio. Luego, se dieron cuenta que era una zona rica en arroyos subterráneos, por eso le nombraron a su colonia, Ajusco, que en náhuatl significa manantial.

Pil, miraba fijamente al hombre, gradualmente su corazón le hacía comprender lo que la razón no podía.

–¿Cómo te llamas abuelo? –preguntó dulcemente el niño.

El anciano guardián una vez terminada su plegaria, caminó con parsimonia al pie del abismo y sin voltear atrás respondió:

–Fui Temilotzin, amigo de hombres – luego extendió los brazos y se arrojó hacia las profundidades.

Instintivamente Pil trató de alcanzarlo alargando su brazo. Y sin perder el asombro atestiguaron como el cuerpo del guardián contrariamente a caer, se iba elevando como una exhalación, hasta volverse eso mismo, un fragmento de nube que perdiendo su forma humana fue a encontrarse con las nubes más altas hasta perderse entre ellas.

 

4.

Extrañamente reconfortados, la abuela de Pil y los familiares de don Tomás, descansaban bajo la sombra del pirú, aguardando la llegada de las autoridades. El sol ardía como una hoguera invisible sobre el cielo despejado de abril.

Mirando desde lejos el montículo del pozo, don Juan apresuraba el paso. Lo acompañaban autoridades y algunos hombres voluntarios de la cantera y del pueblo de Los Reyes. Cuando llegaron al pie del árbol, el párroco se levantó sacudiéndose el polvo de la sotana y se entrevistó con los recién llegados. Luego todos juntos se volvieron hacia el sitio del accidente y descubrieron que una cristalina agua había subido el nivel desde el fondo y ya rebosaba los bordes del pozo.

Con los ojos enrojecidos don Juan y el resto corrieron a asomarse y comprobaron claramente que ninguna turbiedad, que ningún cuerpo, ningún rastro yacía dentro, tan solo se observaba una limpísima agua que parecía borbotear desde el fondo, reflejando el sol del mediodía.

Xiv. Este será un País – La toma de la telebastilla.

Xiv. La toma de la telebastilla.

Al fondo del patio, hace mucho tiempo atrás en el viejo aljibe, el abuelo había arrumbado por nuestra seguridad un cascarón de hierro, un remington de aquellos que los bolcheviques rusos se negaron a emplear en su revolución y que los mexicanos usamos después para combatir a los cristeros. Lo examiné cuidadosamente, desempolvé el cañón y lo aceité con betún del oso -para zapatos-, porque era lo único que tenía a la mano. Días antes se veía venir la gran marcha, para tomar simbólicamente las instalaciones de la telebastilla y había una gran atención en torno a las decisiones que el “consulado revolucionario” determinara a ese respecto. Por la humedad y la acumulación de óxido en el fusil, hubo menester de hacer algunos cambios en el gatillo del remington, así que por su semejanza se intercambió dicha pieza por un botón de “enter” de un teclado de computadora. Como el teclado era negro, hacía una buena combinación con el gris leonado del remington y me pareció un buen ajuste y me di por satisfecho. Luego, antes de probar el gatillo surgió el problema del martillo percutor que como evidentemente era metálico corría el riesgo de partir en dos al “enter” en el primer disparo, así no hubo más remedio que acudir de nuevo al teclado y despojarlo de las teclas “Backspace” y “Esc” para lograr una combinación que más o menos cumpliera la función del mecanismo, y una vez concluido eso no quise hacer más cambios en el fusil a riesgo de que terminara destartalando la computadora completa.

Otra tarde el “consulado” hizo finalmente el llamado a la marcha; en “yutub” y “feisbuc” aparecieron las convocatorias a la toma pacífica de la telebastilla, la cita era a las siete de la noche en el monumento a la revolución, no me pareció mejor lugar para dicha manifestación, así que preparé el viejo remington y guardándolo en un cuñete de cartón nos dirigimos al monumento Manú y yo, sin embargo al llegar al metro, inmediatamente después del acceso principal, nos aguardaba junto a los torniquetes un amenazante detector de metales, nos imaginábamos ser unos traficantes de otro siglo atravesando una serranía ignota donde el gorgoreo inminente de algún ave salvaje extendiendo sus alas delatara nuestro periplo. Volteamos a ambos lados y no vimos ningún guardia, así que evadiendo el detector pasamos sin dificultad el acceso y luego una vez insertado el boleto y liberados los torniquetes nos echamos a correr escaleras abajo, para alcanzar el tren que ya anunciaba la partida. Como era una hora pico y la concurrencia de pasajeros era muy grande tuvimos que viajar en medio de una masa compacta de gente que en su mayoría salían de sus trabajos y regresaban a casa. Algunos se entretenían con su celular jugando o escuchando música. Pero los más descargaban su peso arrellanándolo en los asientos metálicos y alargados del tren o bien sobre los otros pasajeros que soportaban llenos de estoicismo el ir y venir de arranques y frenadas del conductor del metro. Sus caras parecían llenas de un cansancio feroz, de impaciencia por llegar a su hogar y librarse de zapatillas, corbatas, sostenes, calcetines y encender la televisión mientras se olvidaban efímeramente del monstruo del trabajo o de la calle, no había en esa cuesta abajo un momento para reflexionar sobre lo que decía el presentador de noticias, y él mismo, no gozaba de dicha capacidad, pues saltando de una nota informativa a otra, no daba oportunidad para colegir siquiera. “La televisión es la droga más asequible, pero la más adictiva y destructiva”, dialogábamos. Manú y yo intentamos exhortar a los pasajeros a comprender esto, protestar por ello, pero habíamos llegado a la estación Revolución y debíamos bajar.

Mi emoción era tan grande que pensé que al salir del metro un río de gente animada como nosotros nos devorarían, conduciéndonos entre tumbos y batucadas hacia la plaza del monumento, pero no fue así, lo que recibimos fue una corriente de aire frío y un cielo gris-marrón que aún briznaba sobre nuestras cabezas y unos cuantos viandantes que escapaban de la avenida San Cosme entre los puestos de ambulantes. Como Manú aún convalecía de una gripe nos detuvimos a comprar en una esquina un impermeable. Así vimos por vez primera la gran plaza, con sus saltarinas fuentes y luces, el vapor del café que escapaba del campamento de los “protestantes”, como los llamábamos en broma. Los grupos de jóvenes que enarbolaban sus coloridos pendones de cartulina o manta, todos expectantes a las instrucciones del “consulado”, todos con celular o cámara en mano, grabando para su memoria el fugaz encuentro de desconocidos que allí se reconocían. Manú y yo nos paramos a mitad de la plaza y del cuñete de cartón sacamos una cartulina que decía: “No a las drogas, apaga la tele”. La gente nos aplaudió y los periodistas nos tomaron fotos a discreción. Luego un muchacho de los que se habían acercado a leer nuestra cartulina, nos preguntó si éramos estudiantes, Manú asintió y el muchacho se quedó con nosotros. En realidad yo terminé hace mucho tiempo la universidad- repuse. Y el muchacho nos contó que él era estudiante de historia en la UAM. Entonces reflexioné sobre la gravedad de la coincidencia, y lo animé a que escribiera un ensayo sobre este suceso, que después de unas horas se convertiría en histórico. El muchacho con su mirada cristalina se sonrió y así iniciamos juntos la marcha hacia las instalaciones de la telebastilla al grito de “Fuera televisa, fuera televisa”.

Caminamos lentamente, ya bajo la noche, detrás de una vagoneta con banderas de Yosoy132. Conforme avanzábamos por avenida de la República y hasta paseo de la Reforma, la cobertura de los noticiarios y periodistas se fue acrecentando hasta parecer una segunda columna de “protestantes”. Así llegamos a la primera parada frente al diario oficialista “el universal”, los muchachos gritaban: “esos son, esos son, los que chingan la nación”, y las cortinas del diario tímidamente se recorrían para contemplar esa columna de muchachos rabiosos que desafiaban a su aristocracia de petatiux. Así enardecidos por el furor de nuestros compañeros Manú, el estudiante de historia (previamente advertido) y yo, iniciamos el primero ataque con el viejo remington. Abastecimos el cañón con cartuchos cilíndricos que improvisamos enrollando hojas de un libro de Manú y sin pensarlo más nos dispusimos a disparar al aire ante el azoro en los rostros de los chicos que nos rodeaban. Yo fui el responsable de hacer “click” en el botón de “enter”, de inmediato se escuchó la detonación, no como el clásico “pum”, porque los nuevos mecanismos de la escopeta no eran de dicha naturaleza, sino más bien se escuchó un sonoro “tacataca… riiing”, como el sonido de una lettera 22 de Olivetti al cambiar de renglón y retornar el carro. Es claro que como la lettera 22 era un artículo ostensiblemente de otra época, los muchachos acostumbrados al “bip” de sus “aipods” no lo reconocieron y se quedaron mirando desencajados el humo que huía del cañón recién disparado. Por un instante los tambores de la batucada callaron y los miembros enfurecidos del “consulado” nos miraron perplejos sin saber si echársenos encima o salir corriendo despavoridos. El estudiante de historia a punto de rajarse alcanzo a balbucear “¿qué?”, Manú desencajado ante la mirada reprobatoria de todos los “protestantes”, esperaba alguna señal mía. Yo no sabía que ocurriría porque la moneda aún pendía del aire. Entonces sobrevino el milagro, una lluvia de papel cayó sobre nosotros, un monocromático confeti de frases nos cubrió a los circundantes, uno de ellos tuvo la iniciativa de mirar lo que decía su papel y era un fragmento de Empire de Gore Vidal. ¡Hey¡ -exclamo el muchacho, que por casualidad era miembro del consulado- que buena historia. Así cada uno de los chicos comenzó a leer un fragmento de ilustres novelistas modernos, que el libro de Manú antologaba.

Xiii. Este será un País…

XIII. Sobreviviendo a los morlocks

Leer Ébano, la historia próxima que sobre el continente africano hace Kapuscinsky, me planteó un estado salvaje de terror e indolencia; de víctimas que se convierten en sicarios que, para vivir o pervivir abrazan la causa de la muerte y se transforman en el rostro y el brazo de ella misma. Luego vienen los conceptos de estado de derecho, legalidad, anarquía, racismo, violencia. Pero me es esencial responder ¿Qué es lo que convierte a un hombre en un ser desalmado?, ¿Por qué un hombre pacífico opta por ser una víctima, en un hombre indigno, pero vivo? A principios de 2006, cuando comenzó esta vorágine de hiper-violencia y mortandad en este país, nunca imaginamos que viviríamos nuestros episodios africanos, de warlords que pelean por mercados de droga dejando tras de sí una estela de cabezas humanas. No es ese nuestro destino, nuestro espíritu deberá negarse a seguirlo.

A los “morlocks” les apetecen las penumbras de la noche, aunque discurren de día como cualquier otro ciudadano, los diferencia su apariencia kistch, un sombrero tejano con bordaduras de nylon dorado, gruesas cadenas les cuelgan rutilantes sobre el pecho ennegrecido de sobreexponerse al rayo del sol en las esquinas de la calle. Pantalones vaqueros fajados con un cinturón de piel de reptil y botas puntiagudas del mismo animal. Camisa a cuadros remangada y desabotonada con solapas bordadas de motivos bucólicos. Nunca andan solos, se conducen en grupos de tres o diez y siempre sujetando un teléfono celular, como si sujetaran una cuerda que los amparara del abismo. Oculto en el cinto sobresale el mango de un arma dispuesta a vomitar sus proyectiles ante el menor viso de un contrario. Entre estos “morlocks”, caminan los ciudadanos sin querer percatarse del peligro contiguo, algunos, los menos, van de compras, otros con sus mujeres e hijos van a la escuela o al trabajo. Respirar el aire del norte es como apretar los músculos del vientre y la quijada y manteniéndolos tensos y con la mirada hundida andar como un roedor bajo la mirada de desprecio de los felinos, se presiente una vibración de esos bigotes alertas. Un cercano rechinido de llantas o el relinchido de un automóvil que se detiene de pronto, activan en los ciudadanos los desconocidos dedos que sujetan sus nervios del vientre y la quijada y los aprieta más y más. La mirada sube pero a tientos y el descubrir a otro grupo de hombres que descienden amenazantes del auto desencadena otra fuerza interior que empuja al cuerpo entero hasta derribarlo y guarecerlo sobre el suelo. Son otros “morlocks”, contrarios pero pariguales, no preguntan, no “viriguan”, llanamente y sin desviar su mirada disparan sobre los otros “morlocks”, capturan herido al principal, lo “levantan”, es decir lo raptan y con violencia tal como han llegado se marchan entre gritos, ojos desorbitados, músculos convulsionados y miedo, es decir: terror. Algún ciudadano cayó herido y se desangra, pero los que han salido vivos apenas y se atreven a mirarlo siquiera. Aún hay tiros, algún “morlock” agazapado finge valor y suelta su arma sobre un punto en la carretera que lentamente desaparece. Horas después, si bien va la cosa aparece la policía, levantan al hombre herido, que aún vive para declarar ante el ministerio público. Luego de interrogarlo en un oscuro cubo sin haber recibido más atención médica que la aplicación de un torniquete, la mala ventilación y la fiebre le apremian a firmar una declaración donde se declara cómplice de los “morlocks”, le “siembran” -o sea, le endosan- un revólver y lo encaminan a otra habitación. Las cámaras de televisión y las cámaras de los reporteros se precipitan como un monzón eléctrico sobre el ciudadano herido, el maquillaje que previamente le aplicaron en los pómulos se le corre aún a pesar del aire fresco con que esta provista esa sala de prensa. La primera plana del día siguiente esta aderezada con la fotografía de ese hombre que no llegó al trabajo, que no volvió al hogar. Eso es respirar en el norte de este país, y ese aire ya campea al sur y al centro.

Lánguidamente, conforme la oscuridad se va acercando y la templada temperatura la hace más llevadera, la noche atrae a los “morlocks”, como un recipiente de semillas a un grupo de pollos desparpajados. No son viejos, la mayoría no rebasa los treinta años, tampoco vivirán más allá de los treintaicinco, a lo más cuarenta. Se reúnen en un “teibol” un bar de strippers, al cabo de un rato salen en compañía de jóvenes prostitutas y continúan en grandes suites de hoteles de paso. Han cumplido su misión y el gran “lord morlock” les ha dado “china libre”, hay yerba, coca, alcohol, mujeres y banda, o sea música norteña interpretada por orquestas de aliento, sin sobriedad bailan trastabillando entre sí, el baile es una válvula mecánica que regula sus emociones internas y las disipa; cantan, de su garganta bulle una balada igualmente terrible: el narcocorrido que apologiza sus hazañas y los convierte en su propio mito; quisieran que no terminara ese brutal goce porque hasta ellos prefieren esa molicie decadente al terror de la calle. Su consciencia subyace, son autómatas rebasados siempre, ya sea por el hambre, ya por el miedo; viven una oscura esclavitud que apenas intuyen, sin embargo es esa penumbra un frenesí que activa su cólera. Se encomiendan a un cadavérico fetiche, la “santa muerte”, la figuran su aliada, su patrona y protectora, dice un amigo que la muerte no excluye, pero en cambio se aposenta en algunos sitios, los campos de concentración por ejemplo, las aldeas suburbios de Ruanda donde vecinos negros desmembraban a vecinos negros. Allí la muerte se lisonjea sí misma. Pienso también en la guerra de Lincoln, en esa hecatombe que fue Gettysburg, se moría por diferencias político económicas unionistas y esclavistas. Y en Celaya donde Villa, el centauro terrible, perdió definitivamente su división del norte, once mil bajas desnudaron su fama de gran general. En el fondo todas aquellas fueron muertes absurdas, parece inmoral preguntarse siquiera si fueron útiles, los tutsis añoran aún la revancha contra los hutus, los sureños aún acribillan inmigrantes latinos bajo la displicente mirada de los demócratas. Los “morlock” asesinan sin ninguna pretensión, “nomás porque si”, porque se los encargan, porque son el enemigo y cada cabeza cercenada significa un premio incomprensible que los adentra más en el infierno.

La máquina del tiempo de H. G. Wells, trae de nuevo a mi memoria el año 802,701 aquí es 2013, el inesperado calor de estos días de febrero me sugieren la posibilidad de que aquella raza inhumana haya viajado sin saberlo hasta nuestras tierras, “morlocks” acuciados por el hambre y al abandono físico y moral que, no pueden ser saciados sino por su propia decadencia. Parce una significativa casualidad que el término latino “mors” del que posiblemente haya derivado Wells para nombrar esas aberraciones, signifique la muerte misma.

/Dedicado a Julio Hernández

XII. Este fue un país…

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XII. Esperando a los bárbaros.

Cuando desapareció la esperanza y lo inevitable fue inminente, los ciudadanos doblamos nuestros brazos sobre la cabeza, como una última y en verdad vana reacción por aminorar el palo que venía.

Dicen que antes de que Jerjes invadiera Grecia los griegos fueron advertidos de esa amenaza por medio de un mensaje secreto, hábilmente ocultado en unas tablillas de madera recubiertas de cera. Parce ser que estas tablillas eran de uso común en esos tiempos, quizá las usaban los taqueros de entonces para picar cebolla o jitomate, y no despertaron sospechas de los guardias aduaneros de Persia y, así llegó la terrible noticia a los griegos de la guerra que se aproximaba.

Así, los ciudadanos de este antiguo reino del águila y la serpiente, fuimos advertidos de la inminente reinvasión de los bárbaros priranosaurios, por medio de otras tablillas, ya no recubiertas de cera, sino de una banda magnética que podía ser canjeada por calzoncillos, comestibles o, enseres electrónicos e incluso una rara piedra semipreciosa llamada: “tiempoaire”. Según los portavoces de la radio y la televisión, en realidad estos bárbaros eran de lo más civilizadísimos, e incluso modernos y, que a nuestro reino venido a menos era lo mejor que podía acontecerle. Si bien es cierto que en otros tiempos los priranosaurios habían tiranizado férreamente estas tierras, aquello había sido en beneficio siempre de los descalzonados y malagradecidos ciudadanos de a pie, que como se ve solo reconocen a la ingratitud como su moneda de cambio. Encabezando el contingente que indefectiblemente avanzaba hacia la residencia de Los Pinos, se encontraba Peñánimes el Lector, siempre seguido por su visir Videgargarensis, un destacado escriba itamitánide, y seguidos también por el puño demoledor del guerrero El Chong-oasu un pendenciero gobernador de provincia. También marchaban con ellos decenas, cientos, miles de mercadólogos, diputados, burócratas, asesores, políticos y especímenes de la peor ralea de estos reinos, eso sí, todos eran pura gente vi-ay-pi.

El panorama no era menos que sombrío y estas noticias por supuesto alertaron a algunos ciudadanos que, con escasos recursos pero con gran ánimo se prepararon para la batalla final. Sin embargo para su mala fortuna no contaban con que ese año tocaban olimpiadas y, como todos saben, la gente se preparaba para ese gran suceso que como en los tiempos de Jerjes ocurría tan solo cada cuatro años. Así fue que los nutridos ejércitos ciudadanos, imbuidos en las gradas televisivas, se olvidaron de la invasión. Es cierto que algunos 132 resistieron las avanzadas mediáticas heroicamente, en las Termópilas de avenida Chapultepéc, pero esto no fue suficiente y la invasión se consumó, únicamente restaba aguardar la llegada de los nuevos amos.

Los días entonces se transformaron en una especie de sopa de fideos, las largas horas se enredaban unas con otras, monótonamente, pegajosamente, de tal modo que a las seis de la tarde algunos vecinos aún vestían piyamas y pantuflas y a las dos de la tarde algunos otros bebían ardientes jarros de café bajo el inclemente rayo del sol. Esta confusión se repitió a lo largo de las calles de mi barrio que, en los primeros días de ocurrir esto, pensé que estaba viviendo una especie de sueño realista o surrealista. Por supuesto que sorprendido al mirar a mis vecinos salir a barrer sus banquetas cuando ya estaba anochecido y los faroles eran insuficientes para iluminar esa loable tarea, pellizqué con fuerza mi brazo para comprobar que en efecto todo esto era una alucinación, convencido de que con suerte despertaría en un asiento de autobús, pero ¡oh quimera!, contrariado verifiqué que los vecinos desempeñaban sus labores y acciones como una suerte de autómatas, incluso se movían ¡con los ojos cerrados! Y eso no era todo ya que el neutro rictus de sus caras no reflejaba emoción alguna sino más bien un hastío por todo lo que les rodeaba o por los incidentes más insignificantes que les acontecía. Al entrar a mi hogar pude ver a Fab que llevaba la misma mueca en su cara, aunque al menos ella bebía su tibio té de manzanilla frente al televisor apagado. Entré a la sala y dándole un beso en la mejilla la saludé cariñosamente, ella respondió devolviéndome un beso despistado que apenas pudo rozar mi barbilla. Bueno, ya estuvo bien, ¿qué te pasa, qué le pasa a todo mundo que anda como fuera de su órbita? Sin inmutarse, ni volver su mirada siguió sorbiendo su té y yo decepcionado por su gélida no-respuesta me fui directamente a la recámara desvistiéndome en el trayecto, me metí entre las sábanas y sin cerrar los ojos traté de encontrar una explicación razonable a aquella circunstancia. Pensé que tal vez la gente sufría el embate de un extraño virus que atacaba su sentido de la realidad haciendo que vivieran en su propia e incompartible alterna realidad, aunque un virus no era una explicación convincente, quizás sería alguna noticia triste que hubiera contagiado a todo mundo, entonces me coloqué los audífonos y sintonice los noticiarios, solo escuché un largo zumbido plano, sintonicé otra estación que transmitía música tropical, pero en un tono muy bajo tan sólo se escuchaba La Patética de Tchaikovsky, me recordó los días en que enfermo de varicela y cubierto de prurito en todo el cuerpo yacía en la dura cama embadurnado de polvo de haba, incapacitado para salir, hablar, mover un dedo o, disfrutar al menos las mentiras de la televisión. De esos días recordaba muy bien el escozor picante y la imposibilidad de rascarme sin el riesgo de conservar de por vida las heridas de aquel efímero alivio. Mi madre que tan amorosamente me cuidaba me acercaba cubos de hielo envueltos en un lienzo con que me frotaba las ardientes erupciones. Pero ahora mismo no había remedio para engañar ese escozor itinerante, esa quemazón que aún no ocurría pero que esperábamos que sucediera cuando en el pleno del congreso se le diera el reconocimiento de nuevo presidente de esta república de despojos al licenciado Peñánimes y su panda de bárbaros. Sin darme cuenta abrí los ojos y por cierto sentada junto a mí Fab seguía con la misma cara pero esta vez volteó para decirme: vaya, hasta que despiertas, dejaste el televisor encendido y toda la noche no dejaste de bloquearme el paso al inodoro, porque dizque venían unos dichosos persas.
Dedicado a quienes lo lean/Eduardo r. de la Cruz

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