Gobierno y libertad de expresión
30 de diciembre de 2011
Publicado en GkillCity el 16 de diciembre de 2011.
*
De
primera impresión, San Miguel de Tucumán es una Riobamba con sol chonero. Una
ciudad histórica de la República Argentina en la que se firmó su acta de
independencia el 9 de julio de 1816 (en Riobamba, como ciudad histórica, se
adoptó la primera constitución del Ecuador el 11 de septiembre de 1830) y sobre
la cual cae un sol inclemente, del tipo "interior manaba". De cierta
manera, su arquitectura y los rasgos de la gente tucumana confirman dicha
primera impresión.
La ciudad de Tucumán (obviémoslo al santito) es la
capital de la provincia homónima, que es la más pequeña de Argentina y a la que
se la conoce como "el jardín de la República". Se ubica al noroeste
del país y se sitúa a una provincia de distancia de Bolivia (la provincia de
Salta, a la que todo guayaco recordará porque hubo un tiempo en que no era
extraño encontrar por la ciudad el grito de "empanada salteñaaaaaa").
La ciudad se fundó en 1565, bajo la invocación del arcángel San Miguel, que no
sirvió de mucho, porque los desbordes del río y los ataques de los indios
obligaron a que el gobernador Fernando de Mendoza y Mate de Luna ordene su
traslado en 1685 a su actual emplazamiento. En tiempos del poroso periodo
colonial, Tucumán primero dependió administrativamente de Chile, a partir de la
creación del Virreinato del Perú en 1543 se adscribió a éste, y a partir de
1776 sucedió lo propio con la creación del Virreinato de la Plata. En tiempos
del Congreso de Tucumán (convocado para declarar la independencia de Argentina
“de los reyes de España y su metrópoli”) varias provincias de lo que hoy es
Bolivia (Charcas, Mizque, Chichas y Cochabamba) participaron en él e incluso
durante un tiempo (1820-1821) Tucumán fue una efímera república independiente
(a nuestro “Yei-Yei-O”
lo habría hecho gotear esta historia). En tiempos de la firma del acta de
independencia, Tucumán era considerada una ciudad importante del Virreinato,
como paso obligado entre el Alto Perú (como se conocía a lo que hoy es Bolivia
en aquel entonces) y el litoral costero. Como datos curiosos, el diario de las
sesiones del Congreso de Tucumán se imprimió en Buenos Aires (¿cuándo no el
centralismo porteño? –la imprenta llegaría a Tucumán recién en 1817), del acta
de independencia se imprimieron 3.000 ejemplares de los cuales la mitad estaba
escrita en castellano, 1.000 en quechua y 500 en aymara, y el primer territorio
en reconocer la independencia de lo que hoy es Argentina sería Hawái en 1818
(con la firma de un tratado de comercio entre el rey Kamahameha I y el
Representante de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Hipólito Bouchard).
A los gallegos, en cambio, les demoró hasta 1863 superar su tozudez. Hoy
en día, Tucumán tiene cerca de 750.000 habitantes en su área metropolitana y es
la quinta ciudad en importancia de la Argentina (detrás de Buenos Aires, Córdoba,
Rosario y Mendoza). Su principal comercio es el azúcar (del que la provincia
representa el 65% de la producción nacional que según un dato un poco al pedo
del municipio de su capital podrían endulzar 232.400.000.000 de pocillos de
café) y los limones (del que representa la provincia el 84% de la producción
nacional, siendo Argentina el primer productor mundial de dicho producto). Y
por cierto, Papá
Noel llegó a la ciudad (?).
Ahora, para un creyente del "Evangelio según
Balda" según el cual "por su jama los conoceréis" es palabra
sabrosa de Jebús, Tucumán debería convertirse en sitio de culto y en objetos de
culto su locro y sus empanadas. Uno, como ecuatoriano, piensa en locro y le
viene a la mente una carretera paisana y papas, acaso sangre para que al locro
se le anteponga el "yahuar" (y todos sabemos que "yahuar"
significa sangre porque desde primaria sabemos que "yahuarcocha" -el
lago en cuyas orillas los incas le dieron grosero chicharrón a los caranquis, big losers- significa "lago de
sangre"). En relación con el locro, recuerdo que el convenientemente obeso
y lamentablemente discontinuo profeta Rafael Balda me contaba que cada locro
(más allá de compartir nombre, proveniente de la voz indígena luqru, comida de maíz) es
representante certero del sabor de su región: el locro en Tucumán se lo hace
con sus productos regionales: maíz, carne, chorizo, panceta y garbanzos. Es un
locro maldito, en el buen
sentido de la palabra. Lo comí y quedé tan extasiado como catatónico: es como
un bong de sabores. Las
empanadas, por su parte, se preparan con carne picada a cuchillo, huevo duro y
cebolla al verdeo. Pueden también rellenarse con pollo o con queso y cebolla,
pero las clásicas son las de carne picante (y a mi juicio, las mejores). Se las
cocina en horno de barro, a fuego parejo. Si ustedes la escucharan a Rosa Rojas
contarles en su encantador acento tucumano como obtener el producto final,
entenderían que no se trata de un simple proceso de cocción, sino de una
delicada forma del arte. Rosa Rojas tiene un pequeño puesto con un llamativo
letrero que dice "Las empanadas de Rosa Rojas" y es conocida en
Tucumán porque cocinó 3.000 empanadas para Cristina cuando visitó con una
comitiva Tucumán (seguramente Él
aprobó que las consumiera). Lo que hace Rosa Rojas con las empanadas es de
fábula, o dicho sea en guayaco: ejsquisito.
Su pequeño puesto queda en la calle Congreso casi al 100, casi frente a la
Casita de la Independencia.
La Casita de la Independencia es donde se declaró la
independencia argentina (declararon los presentes “que es voluntad unánime e
indubitable de estas Provincias romper los vínculos violentes que las ligaban a
los Reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojadas, e
investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey
Fernando VII, sus sucesores y metrópoli”). Le pertenecía la casita a la señora
Francisca Bazán de Laguna, de quien suele decirse que la cedió de muy buena
gana, pero investigaciones serias y recientes demuestran que el Estado
Provincial le hizo nomás el pele a la doña. Se la modificaron, se la
devolvieron cuando se fueron a Buenos Aires, se la compraron en 1869 para
convertirla en el Correo, la demolieron en 1903 (salvo el salón de la Jura de
la Independencia, ni que fueron tan pelotudos) y la reconstruyeron en 1941-1943
en base a planos, fotografías y documentos existentes al tiempo de declararla
por decreto Monumento Histórico Nacional. En este feriado la dicha pequeña
caleta estaba cerrada por fumigaciones, lo que no impidió aplicar la de Rachito
en su puerta azul flanqueada por vistosos sacacorchos (?). A partir de la Casita de la
Independencia se extiende el que se conoce como Paseo de la Independencia, en
el que pueden apreciarse el Museo de Arte Sacro, el Museo Nicolás Avellaneda,
la Catedral, una plaza con cañones y otra iglesia. También existe un monumento
a la diabólica Mercedes Sosa, ilustre tucumana. Se lo recorre, como se diría en
guayaco, “en dos patadas” y es de mediano interés, todo un poco a la
riobambeña, mientras un inclemente sol chonero-style te cocina el mate.
Mi trip
de viajero era, en todo caso, asistir al matrimonio (en Argentina llamado
"casamiento") de un gran amigo, compañero de viajes y juergas varias:
el matrimonio se festejó en una hermosa estancia de las afueras de Tucumán (en
otro departamento, llamado Yerba Buena:
gran augurio), en el que tocó una banda, compuesta por una cantante de melena
larga, falda corta, labios peteros y voz angelical, un presunto hippie, un flaco con aspecto de
estudiante de la ESPOL y un moreno de Senegal. Parecían auspiciados por
Benetton y decían llamarse "Foot
Massage". Cuando de esos labios peteros salió en plan cronette Son
of a preacher man... Pues, mamma mía,
eso e' rico. Luego baile, escabio, revoleo de la compostura a cualquier parte:
lo habitual en un matrimonio, en el que, como dato diferencial, en Argentina
sirven fernet y yo lo agradezco (aunque mi resaca al día siguiente, no tanto) y
suena música que en Ecuador nunca se escucha: canciones de Charly (que no sea Nos siguen pegando abajo),
Babasónicos, Sumo o Los Redonditos. Les hace falta, eso sí, José Luis Rodríguez
“el Puma”.
El matrimonio duró hasta la mañana siguiente y en mi hotel (imperialmente
llamado Carlos V, aunque discreta pero dignamente de tres estrellas) me
depositó la flamante pareja de recién casados, tipo 8am.
Más tarde ese mismo día, una hermosa tradición
argentina: el amigo que nos condujo en su carro a Tucumán desde Mendoza (960
kms. y tres provincias de distancia –San Juan, La Rioja, Catamarca) tenía
familia allá y nos invitaron a esa forma sublime de la felicidad que es un
asado (¿quien
entiende a los vegetarianos?). Luego, salimos al patio y juro que si no
había pileta, uno podría haberse derretido: el calor era maldito, en el mal sentido de la
palabra. Pero no existe calor, por maldito que éste sea, que no se aplaque con
cerveza: y a eso nos dedicamos con afición futbolera, el día que el Barca le
aplicó 3 al Madrid.
Al día siguiente, de vuelta a Mendoza y de nuevo 960
kilómetros de carretera por un territorio árido e inhóspito (mientras
atravesábamos La Rioja, yo no dejaba de pensar “y esta provincia, ¿para qué?”). Muy atrás quedaba el
jardín de la República, con su estilo riobambeño, su sol chonero, su gente
amable y generosa, su excelente comida (¡aguante Rosa Rojas!), su centro
histórico de interés, su Casita de la Independencia flanqueada de sacacorchos,
sus buenas jornadas de fiesta y la muy grata experiencia de haberla conocido:
Tucumán, todo es bien.
Publicado por Xavier 0 comentarios
Poder civil e iglesia
9 de diciembre de 2011
Piensen en esta escena: en un acantilado, una
persona sostiene un frasco con las cenizas de un amigo muerto. Otra, de
reconocido temperamento pacifico, lo escucha cuando empieza un discurso absurdo,
tras el cual termina por arrojar el contenido del frasco contra el viento, cuyo
efecto es que las cenizas se revierten contra la persona pacifica y se arruina
la idea original que los condujo al acantilado. Es una metáfora precisa de la
que suele ser una mentalidad religiosa: un tipo empieza por adoptar un discurso
absurdo, degenera en afectar a personas a quienes ese discurso les resulta
indiferente y termina por arruinar el propósito que se supone que su discurso
promueve. La escena es un fragmento de ese clásico que es The
Big Lebowski. Como The Dude, puede que al final la persona afectada opte
por desentenderse e ir a jugar a los bolos.
O puede que no opte por ello y piense que las
consecuencias de esa mentalidad religiosa merecen discutirse. Lo primero que
asombra en una mentalidad religiosa es su necesidad de creer. La fe (según las
precisas palabras de Ambrose Bierce en su Diccionario del
Diablo, "creencia sin pruebas en lo que alguien nos dice sin
fundamento sobre cosas sin paralelo") es decidirse por lo imaginario
frente a lo real, es preferir el absurdo (el credo quia absurdum,
que decía Tertuliano) frente a lo razonable. De ahí que me haya causado tanta
gracia la lectura de la Carta
a los Agentes Sanitarios en el apartado referido a la postura de la iglesia
catolica en relación con las drogas (párr. 94) porque según se dice allí (y la
cita le pertenece al Papa Juan Pablo II) "drogarse es siempre ilícito,
porque implica una renuncia injustificada e irracional a pensar, querer y
obrar como persona libre". Lo que quiere eliminar el Papa, entonces,
es la competencia: la religión es, mas que cualquier otra cosa, "una
renuncia injustificada e irracional a pensar, querer y obrar como persona
libre" porque es diferir la libertad racional al absurdo dosificado por
otros. La diferencia con la droga es que esta no causa ni mucho menos tanto
daño (salvo para los bobitos que se creen la "profecía
autocumplida": el daño que causa, si lo hace, se debe en enorme medida
a la prohibición auspiciada por la estúpida "Guerra
contra las drogas") como lo ocasiona la religión y es que, de
hecho, suele producir lo contrario. El arte, en sus distintas manifestaciones
(piensese nada mas en la música que escuchamos o en la literatura que leemos)
le debe muchísimo a la alteración de la conciencia que proviene del consumo de
drogas. De hecho, un reciente estudio de la universidad John
Hopkins ha demostrado efectos duraderos y positivos en el consumo de
psilocibina: deberíamos seguir la sana recomendación de
Bill Maher y consumir hongos, porque mejora la sensibilidad, la
imaginacion y la apertura mental frente a terceros. Mientras la religión, en
cambio (lo que Saramago llamó el Factor Dios) nace con un
buen propósito (como el que anima a John Goodman en la escena de The Big
Lebowski) pero su discurso absurdo (necesariamente absurdo por opuesto a
racional) ha terminado, de manera usual, por pervertir o contradecir ese
supuesto propósito. Y, sin embargo, luego dicen que la otra droga es la mala y
que la religión es la buena. Si lo miramos con lucidez, en general, es al
revés.
La predica absurda de la religión ha provocado
innumerables historias de discriminación y de violencia hacia los que piensan
distinto y, sin embargo, existe una idea extendida en las personas de
mentalidad religiosa de que las personas que no comparten su fe, o que no
profesan alguna fe religiosa, son personas inmorales. Esta opinión es
asombrosa: las mismas personas que optan por no apelar a la razón sino a la fe
(recuerdese la definición de Ambrose Bierce) suelen descalificar a las personas
que guían sus actos por motivos racionales el que procedan de esa manera y
tenerlos a menos. Esto es muy alto WTF. Mas todavía, en el indiscutible (porque
no puede discutirse lo que ni siquiera se argumenta racionalmente) ámbito de su
fe, un numero importante de creyentes consideran que su creencia debería ser
inmune a las criticas (lo que es, por supuesto, falso: como se ha visto en un
articulo anterior sobre libertad
de religión, el derecho a tener una religión "no incluye el derecho a
tener una religión o unas creencias que no puedan criticaras ni
ridiculizarse").
Es aquí donde entran en juego las solicitudes
de eliminación de registros personales presentadas al Arzobispado. La iglesia
católica, según lo ha recogido la prensa,
se ha manifestado en contrario. Sus argumentos teológicos (que el bautismo es
vinculo indisoluble y otras paparruchadas por el estilo) no son de recibo,
porque esta no es una discusión teológica, sino una solicitud civil,
fundamentada en un derecho constitucional (el derecho a la libertad de religión
y a la protección de datos personales) de cuyo cumplimiento la iglesia católica
(como toda otra institución religiosa en el país) no se encuentra exenta. Las solicitudes,
y si la iglesia católica se nos pone impersecuta, la futura interposición de
acciones de habeas data, quieren propiciar un debate sobre el rol de las
instituciones religiosas en una sociedad democrática: de nuestro lado y a
partir de nuestra propuesta, resulta evidente que dicho rol debe encontrarse
sometido al poder civil y al estricto ámbito personal de quienes quieren creer
en vírgenes preñadas y absurdos semejantes.
Se presentaron 34 solicitudes de eliminación de
datos personales de los registros de la iglesia católica.
Publicado por Xavier 0 comentarios
Etiquetas: Ambrose Bierce, Apostasía, BIg Lebowski, Bill Maher, Cine, Drogas, Libertad de religión, Religión
La modernidad bizarra de los '80
1 de diciembre de 2011
Los
años ‘80: década generosa en cosas que cuando a la edad de nuestros abuelos se
las contemos a contertulios de generaciones futuras se les hará tan difícil
creerlas, como hoy se considera difícil que Mery Zamora gane un Miss Sonrisa. Si bien toda generación de abuelos
ha contado historias de ese tipo (para quien haya tenido abuelo guayaco, el que
se éste se haya bañado en el Estero, escuchado la radionovela Camay o sido hincha del Patria), la generación de
los ‘80 es especial.
Los
ochentas encierran una modernidad efímera: muchas de las cosas que en esa época
fueron tenidas por modernas se convirtieron pronto en obsoletas. Los años
ochenta fueron la época de una creciente y más incisiva penetración de la TV
(fue hasta principios de los ‘80 que Teleamazonas empezó su programación a las
11h45 con La Pantera Rosa y que Telecuatro lo hacía a las 17h00 con Mazinger),
de la difusión de nuevas tecnologías y formatos (las consolas de video y los
videos musicales) y fue, sin embargo, una época todavía pre-Internet. En lo político,
los ochenta fueron una época de transición de la política del balcón (dadme un
balcón…, que decía el patético Velasco Ibarra) a la política televisada (dadle
nuestra televisora al candidato baisano…) pero todavía una época de
manejos políticos patriarcales y llevados a cabo con herramientas rústicas o
con métodos brutales (desde la falta de infraestructuras básicas hasta las desapariciones forzadas de LFC) y una época
de consolidación del fútbol como deporte de alcance nacional (con un BSC en su
etapa de euforia coquera) y del primer triunfo sonado de
la selección nacional (con el gol de Ermen Benítez para el 1-0 frente a Uruguay
en la Copa América de Goiania ‘89).
La
emergencia de esta difusión masiva e incisiva de referentes culturales comunes
(en materia de entretenimiento, política y deporte), muchos de ellos
nacionales, muchos también provenientes del extranjero (principalmente de
Estados Unidos y de su poderosa industria de Hollywood, aunque también
de Europa –el fútbol inglés de Leslie Dickens o las transmisiones de la
Bundesliga en la que jugaban el Poroto Hässler y la Migajita
Littbarski-, e incluso de Japón –con series como El Vengador,
La Abeja Maya y Mazinger
Z) es lo que caracteriza a esta modernidad efímera ochentera que,
vista en contexto y retrospectiva, es una modernidad bizarra (bizarra, como en
inglés: ¡fuck off, los puristas!). Para mí, el video musical que mejor
representa el tono ochentero es éste que se vaticinó moderno y quedó pronto
obsoleto, para convertirse al día de hoy en bizarro: un divague de obra,
palabra e intención de un dúo italiano en una televisora holandesa cantando en
español, “vamos a la playa, oh, oh, oh” (hágase clic y acompáñese para
lo que resta de lectura):
Este
texto es un breve inventario de algunos highlights de esa modernidad
bizarra con la que crecimos el personal de mi generación. Es evidente que
algunas de las cosas que se enumeran a continuación no son exclusivas de los
ochentas: algunas duraron hasta esa época y otras se extendieron más allá. Lo
que se postula es que vivieron su declive o su auge en esos años. Esta
enumeración de ocho cosas es para pensar historias random del futuro y jugar a
complementarla. Digan ustedes:
Atari 2600: En tiempos del wii, el recuerdo
de una máquina en la que se jugaba Pong es ya jocoso. En el futuro, matarán por
conseguirse un Atari y el mejor skunk del barrio.
Baches en el camino a la playa: Contar que
el viaje a la playa era un juego de esquivar baches: que cada invierno (lo que
es decir, cada temporada playera) se destruía una vez más la carretera y se
caían los puentes, y nadie decía nada, ni siquiera había Twitter para
quejarse: eso parecerá asombroso. Las lluvias debieron ser terribles, pero
nunca tanto como la ostentosa corrupción de los ochentas (aunque el hecho de
que a la calle de mi cuadra se la haya abierto tantas veces –en vez de
planificar la instalación de servicios bien y de una vez por todas- me hace
sospechar que estas prácticas no se han extinguido).
Betaclub: Cuando ir a una tienda de videos es cada
vez menos necesario y ya de plano no lo será en el futuro, el recuerdo de un
Betaclub enternece: el formato Betamax, el rebobinar las cintas y el
devolverlas al lugar donde abriste una tiquetera. Mi película favorita del
Betaclub a media cuadra de mi casa (aunque el Betaclub pepa del Sur quedaba en
La Saiba y era el “Then-Shung” –que es nombre random, si los hay) era Top Secret: un divague en el que Val Kilmer es un
cantante de rock envuelto en la resistencia contra la dictadura en Alemania
Oriental: o sea, todo un clásico ochentero.
Control remoto con cable: Existió, para adelantar o
retroceder videos. No sé a quién chucha se le pudo ocurrir semejante cosa, ni
por qué.
IETEL: Cuando en una tertulia del futuro
alguien recuerde, por ejemplo, que en la playa tenías que caminar a una central
telefónica de IETEL para hacer una llamada (o que allí recibían una llamada
para ti y te avisaban a tu casa para que vayas a responderla) eso sonará tan
raro como sonaba en los ochentas el que hasta la llegada del Ferrocarril el
recorrido del camino de Guayaquil a Quito demoraba 14 días o más a lomo de
mula. Además, escuchar la palabra IETEL y pensar en tallarines califica como
asociación inmediata: detalle de época.
Pasadas telefónicas: Un pasatiempo que el caller-id
se llevó puesto y que consistía en llamar a cualquier hora (preferiblemente de
madrugada) con cualquier excusa estúpida (su orden del chifa, el IESS, la
funeraria) a un sujeto random obtenido de la guía telefónica, o a tu
pato de confianza, con el exclusivo propósito de joder. Llamar a la Policía
Nacional tenía el piquete especial de que ellos decían (con marcado acento
paisano) tener cómo rastrear una llamada en un minuto: putearlos durante 50
segundos y colgar era lo mismo que significaba para Los Duques del Peligro el cruzar a otro condado.
Teléfono de disco: Tenía una enorme vocación para quedar
obsoleto pronto: es, en consecuencia, el objeto más Oswaldo Hurtado de
la época.
TV a ciertas horas: En un futuro de disponibilidad de
contenidos TV a medida y a todo momento, el que uno haya tenido que sentarse a
aguaitar frente a una pantalla como la del fondo de esta
promo de La Descarga hasta que aparezca Mazinger será mirado como un
acto de crueldad. Cruel, como la inmortalidad de Don Alfonso.
P.D.- El Albán Borja, inaugurado (¿es
que podía ser de otra manera?) en los años ochenta (en 1983, para ser
precisos), con sus posibilidades casi infinitas para perderse y no encontrar
nunca la salida, es un preview del futuro. Loado sea.
Publicado por Xavier 0 comentarios
Etiquetas: Fútbol ecuatoriano, Ochentas
Crónica en la Sur Oscura
25 de noviembre de 2011
Un
trapo colgado en una de las bandejas del estadio proclama que Barcelona es “la
alegría de los chiros” y a mi camiseta amarilla que dice “soy chiro” la siento como
traje de etiqueta para el día de alegría que es el Clásico del Astillero en la
General Sur del estadio Monumental (estadiobancopichinchalaputatumadre).
Pienso, mientras miro el trapo, que ni los chiros ni ningún otro hincha
amarillo hemos tenido muchas razones para alegrarnos por los campeonatos de
nuestro club en los últimos años: con éste, suman 14 desde la última vuelta
olímpica, en el Monumental y frente al Deportivo (Chi)Quito, allá por 1997.
Pienso que si en el trapo se leyera la frase “Barcelona: chiros de
alegría” sería un trapo mucho más honesto (porque, en serio, son muchos años:
sólo pensar que en el último campeonato la entrada todavía se pagaba en sucres
da escalofríos). Pero pensar de esa forma es un error, porque dicho trapo no se
cuelga para reflejar estadísticas, sino para proyectar esperanzas: todo partido
es una posibilidad de ser feliz con el orgasmo fugaz que es el gol, todo
Clásico del Astillero una ocasión para, pasados sus 90 minutos y descuentos,
desembocar en estado de dicha permanente o de grave desconsuelo. Mientras
tanto, durante esos 90 minutos y descuentos, la General Sur ha vivido una
fiesta y la Sur Oscura puso la música.
Ese ambiente de fiesta justifica el trapo. O mejor,
los trapos: porque está también el trapo colgado de “Mou” (un hincha de la Sur
Oscura muerto por hinchas de la Boca del Pozo) por razones sentimentales y el
trapo azul robado a la Boca del Pozo que se agita como trofeo de guerra por
razones salvajes. Razones sentimentales o salvajes, porque es casi imposible
que alguien que se autodefina como hincha de fútbol sea de criterio sobrio,
ecuánime y producto de reposado razonamiento: el fútbol, para quien es
verdadero hincha, es un territorio poblado de nostalgias (que se escenifica en
tertulias sobre glorias pasadas -¿te
acuerdas de Raimundinho, ñaño?- que extienden por decenas las
cervezas heladas) o encendido por la pasión, cuyos excesos violentos no es
extraño tenerlos que lamentar. Esa tarde del Clásico jugaban todavía las
divisiones inferiores cuando Douglas, Yitux y yo entramos a la parte baja de la
General Sur (que lleva el nombre de uno de mis primeros ídolos, Lupo Quiñónez)
para ubicarnos cerca de la malla. Barcelona ganaba 1 a 0 a su rival mientras
Douglas me contaba que no muy lejos de donde estábamos parados salió la bengala
que mató al niño Carlos Cedeño hace unos cuatro años y me contaba también cómo
personas vinculadas a la Boca del Pozo mataron a golpes a “Mou” en un antiguo
billar frente a la Universidad Estatal en junio de este 2011: historias de
cosas que nunca debieron suceder y que no merecen ni olvidarse ni banalizarse,
y que si hubiera un periodismo y un sistema judicial serios en este país, se
habrían investigado.
La tarde era fresca y un leve olor a meado se sentía
en este sector de la General Sur, de seguro sedimentándose desde su
inauguración. La gente gritaba y saltaba, tiraba camaretas y se abría para
observar cómo explotaban, corría ocasionalmente cuando sucedía la avalancha de
centenas de personas precipitadas hacia las mallas inferiores (circunstancia en
la que los pasteleros, según pude acreditarlo, suelen llevar la peor parte).
Otro trapo apareció, esta vez en prefe, y su leyenda en letras muy legibles
sobre fondo azul era: “Verga para
Emelec”. Fue afrenta efímera a la hinchada rival, que los
policías obligaron a bajar de inmediato. Terminó el partido de las inferiores
con el triunfo de Barcelona por la mínima y uno de los delanteros se lo dedicó
con señas a alguien parado al lado nuestro. Al instante, los parlantes del
estadio anunciaron, no una sino tres veces, una larga perorata que en lo
esencial decía: “Atención, atención, hincha barcelonista” te habla “tu
presidente” para decirte que “la policía está resguardando nuestra seguridad”.
Mientras los parlantes repetían esto una y otra vez, un policía posaba
sonriente para la cámara de Yitux.
El trapo de “Mou” y los trapos robados a la Boca son
los únicos trapos que alcanzo a observar en la General Sur. Según me cuenta
Douglas, es por peleas internas en la barra que se resolvió no permitir que más
trapos se cuelguen. Douglas colabora en las filmaciones de La Descarga, hincha a muerte del
equipo y nuestro guía experto en este mundo de lealtades y de códigos. Porque
desde afuera las barras parecen un grupo homogéneo, pero en el lugar de los
hechos, todo depende de muchas cosas, pero principalmente de una: conocer a la
persona adecuada. Douglas me presentó a varias: de ellas, Yitux conocía a
algunas (Yitux dirige La Descarga
y no le interesa el fútbol, pero las conocía por afición rockera) y a otras no.
Yo no conocía a ninguna, pero me gustó conocerlas: nos facilitaron que Yitux
tome las fotos que ilustran esta crónica y a mí el escribirla.
Porque si no era por nuestro guía en la Sur Oscura
(Douglas, te debo cervezas) y por quienes nos acolitaron in situ esta crónica no se habría
escrito igual. Douglas nos condujo al corazón de la Sur Oscura, donde se marca
el ritmo, se alienta sin cesar y se genera un escándalo que nunca se detiene.
Para llegar allí, había que descender por unas gradas flanqueadas por tubos a
los costados: las gradas repletas de gente, de pie, inquieta, un vendedor
gritaba “toma agua chucha de tu madre para que cantes”. Bajamos, voy detrás de Douglas
y Yitux, cuando un tipo me interrumpe con su brazo como barrera y me pregunta
si voy con ellos. Ni alcanzo a reaccionar cuando otro le ha respondido que sí,
que me deje pasar. Seguimos bajando y se diría que es el VIP de la General Sur,
una zona de acceso exclusivo, donde no llega cualquiera: o se está por la
lealtad a la barra y los códigos compartidos, o se está por la deferente
invitación de sus líderes, que era nuestro caso. Estamos en la zona donde están
los bombos y los instrumentos de viento que marcan el ritmo de todas las
canciones de la barra, donde el ruido es ensordecedor y el calor es
insoportable: eso era un infierno que, si eras amarillo, resultaba encantador.
Estamos en un espacio donde el tiempo no cuenta, donde los que tocan los
instrumentos tanto no conciben el mundo sin Barcelona que sacrifican el verlo
jugar para tocarle más y mejor al objeto de su adoración (su Dios) la música
que lo anima, porque en este espacio no se puede observar la cancha pues lo
impide la gente parada sobre los tubos, sosteniéndose abrazada y prendida a las
tiras que cruzan la general de arriba a abajo. El partido había empezado
y yo no me había dado cuenta. Decidimos volvernos hacia las gradas repletas de
gente, justo antes de la inmaterial “puerta de entrada” a este sector, donde se
podía mirar el partido. El grito de “se viene el gol juepucta” acompañó el
centro para el cabezazo de Angulo y el primer gol. Después de la euforia del
festejo, miré al fondo a la derecha hacia donde estaba situada la barra rival y
experimenté la burlona dicha de que otro valga verga.
Con el marcador en ventaja salimos a recorrer otros
lados y nos topamos con que los escasos trapos colgados no eran la única
consecuencia de las peleas internas de la barra para este partido: dos hileras
de policías vestidos de power rangers
eran la frontera que separaba en la barra a unos grupos de otros. Entre esas
hileras, se extendía una amplia franja de gradas grises que iban desde la parte
más alta de la General Sur hasta la malla, allá abajo, todo sólido. Nos
acercamos a hablarle a uno que parecía el jefe de los policías (lo dedujimos
porque estaba vestido de manera un poco menos ridícula que el resto) y le
expusimos que queríamos hacer fotos para una revista en Internet, etc. El tipo
concedió veinte minutos “para fotos”: tal la ventaja de ser periodismo no
profesional. Yitux deambulaba por las gradas con su cámara, mientras Douglas y
yo nos ubicamos a mitad de gradas y los únicos que se nos acercaron fueron los
vendedores que cruzaban de un lado a otro. Compramos cerveza y nos sentamos a
ver el fútbol. La sensación era bizarra, pero agradable. El ambiente seguía
ruidoso y el tenue olor a grifa que había en todos los otros sectores de la
General Sur se eliminó en esta “zona controlada”. El personal no querría
fumarle en las narices a los power
rangers, porque esa es una manera bastante papayera de caerse por
Canadá. Pasaron un par de rondas de cervezas y terminó el primer tiempo, con el
marcador favorable. Los policías aprovecharon la ocasión para demostrar que se
creen su cuento del combate a las drogas y se aparecieron con una pancarta que
decía que en este país éramos “14.000.000 de personas contra la droga”. Es
bueno saber que, de acuerdo con las estadísticas del INEC, somos casi
14.484.000 habitantes: o sea, casi medio millón de ecuatorianos sensatos que
estamos contra la estupidez que “la guerra contra las drogas” auspicia. Vimos
la pancarta, nos reímos y nos fuimos al área común de la General, donde se
encuentran algunos murales y se vende desde pastel hasta guatallarín. Yo no
tenía mucha hambre y le hice al pastel de 50 centavos, frío y malo, el jueputa.
Subimos a la parte alta de la General Sur para
echarle un vistazo, pero el ambiente era demasiado tranquilo: si la parte de
abajo era una fiesta, la de arriba era una matiné, o una vermouth, la misma huevada. Volvimos
abajo de inmediato, al lugar donde se marca el ritmo, a vivir y transpirar ese
ruido ensordecedor y su adrenalina. Mientras Yitux tomaba fotos, yo trataba de
mirar el partido por entre las piernas de quienes se encontraban parados en los
tubos. Difícil en principio, pero uno termina por adaptarse y por moverse a
tiempo para seguir la secuencia de las jugadas. No tenía dimensión del tiempo,
no sabía cuantos minutos iban, ni cuando Borguello salvó de la línea un
cabezazo, ni cuando el gol del Kitu
Díaz. La salvada de Borguello trajo paz; la segunda, el gol de Díaz, la euforia
del festejo, el abrazo con desconocidos y la tranquilidad para los minutos que
restaban, una tranquilidad que se respiraba diáfana en el aire junto al tenue
olor a grifa. El partido ya estaba resuelto, era cuestión de minutos para que
el trapo “Verga para Emelec”
pase de considerarse afrenta a convertirse en profecía.
El árbitro pitó el final, y siguió la fiesta.
Publicado por Xavier 0 comentarios
Etiquetas: Barcelona S.C.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)