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Gobierno y libertad de expresión

30 de diciembre de 2011


Publicado en GkillCity el 16 de diciembre de 2011.

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De primera impresión, San Miguel de Tucumán es una Riobamba con sol chonero. Una ciudad histórica de la República Argentina en la que se firmó su acta de independencia el 9 de julio de 1816 (en Riobamba, como ciudad histórica, se adoptó la primera constitución del Ecuador el 11 de septiembre de 1830) y sobre la cual cae un sol inclemente, del tipo "interior manaba". De cierta manera, su arquitectura y los rasgos de la gente tucumana confirman dicha primera impresión.

La ciudad de Tucumán (obviémoslo al santito) es la capital de la provincia homónima, que es la más pequeña de Argentina y a la que se la conoce como "el jardín de la República". Se ubica al noroeste del país y se sitúa a una provincia de distancia de Bolivia (la provincia de Salta, a la que todo guayaco recordará porque hubo un tiempo en que no era extraño encontrar por la ciudad el grito de "empanada salteñaaaaaa"). La ciudad se fundó en 1565, bajo la invocación del arcángel San Miguel, que no sirvió de mucho, porque los desbordes del río y los ataques de los indios obligaron a que el gobernador Fernando de Mendoza y Mate de Luna ordene su traslado en 1685 a su actual emplazamiento.  En tiempos del poroso periodo colonial, Tucumán primero dependió administrativamente de Chile, a partir de la creación del Virreinato del Perú en 1543 se adscribió a éste, y a partir de 1776 sucedió lo propio con la creación del Virreinato de la Plata. En tiempos del Congreso de Tucumán (convocado para declarar la independencia de Argentina “de los reyes de España y su metrópoli”) varias provincias de lo que hoy es Bolivia (Charcas, Mizque, Chichas y Cochabamba) participaron en él e incluso durante un tiempo (1820-1821) Tucumán fue una efímera república independiente (a nuestro “Yei-Yei-O” lo habría hecho gotear esta historia). En tiempos de la firma del acta de independencia, Tucumán era considerada una ciudad importante del Virreinato, como paso obligado entre el Alto Perú (como se conocía a lo que hoy es Bolivia en aquel entonces) y el litoral costero. Como datos curiosos, el diario de las sesiones del Congreso de Tucumán se imprimió en Buenos Aires (¿cuándo no el centralismo porteño? –la imprenta llegaría a Tucumán recién en 1817), del acta de independencia se imprimieron 3.000 ejemplares de los cuales la mitad estaba escrita en castellano, 1.000 en quechua y 500 en aymara, y el primer territorio en reconocer la independencia de lo que hoy es Argentina sería Hawái en 1818 (con la firma de un tratado de comercio entre el rey Kamahameha I y el Representante de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Hipólito Bouchard). A los gallegos, en cambio, les demoró hasta 1863 superar su tozudez.  Hoy en día, Tucumán tiene cerca de 750.000 habitantes en su área metropolitana y es la quinta ciudad en importancia de la Argentina (detrás de Buenos Aires, Córdoba, Rosario y Mendoza). Su principal comercio es el azúcar (del que la provincia representa el 65% de la producción nacional que según un dato un poco al pedo del municipio de su capital podrían endulzar 232.400.000.000 de pocillos de café) y los limones (del que representa la provincia el 84% de la producción nacional, siendo Argentina el primer productor mundial de dicho producto). Y por cierto, Papá Noel llegó a la ciudad (?).

Ahora, para un creyente del "Evangelio según Balda" según el cual "por su jama los conoceréis" es palabra sabrosa de Jebús, Tucumán debería convertirse en sitio de culto y en objetos de culto su locro y sus empanadas. Uno, como ecuatoriano, piensa en locro y le viene a la mente una carretera paisana y papas, acaso sangre para que al locro se le anteponga el "yahuar" (y todos sabemos que "yahuar" significa sangre porque desde primaria sabemos que "yahuarcocha" -el lago en cuyas orillas los incas le dieron grosero chicharrón a los caranquis, big losers- significa "lago de sangre"). En relación con el locro, recuerdo que el convenientemente obeso y lamentablemente discontinuo profeta Rafael Balda me contaba que cada locro (más allá de compartir nombre, proveniente de la voz indígena luqru, comida de maíz) es representante certero del sabor de su región: el locro en Tucumán se lo hace con sus productos regionales: maíz, carne, chorizo, panceta y garbanzos. Es un locro maldito, en el buen sentido de la palabra. Lo comí y quedé tan extasiado como catatónico: es como un bong de sabores. Las empanadas, por su parte, se preparan con carne picada a cuchillo, huevo duro y cebolla al verdeo. Pueden también rellenarse con pollo o con queso y cebolla, pero las clásicas son las de carne picante (y a mi juicio, las mejores). Se las cocina en horno de barro, a fuego parejo. Si ustedes la escucharan a Rosa Rojas contarles en su encantador acento tucumano como obtener el producto final, entenderían que no se trata de un simple proceso de cocción, sino de una delicada forma del arte. Rosa Rojas tiene un pequeño puesto con un llamativo letrero que dice "Las empanadas de Rosa Rojas" y es conocida en Tucumán porque cocinó 3.000 empanadas para Cristina cuando visitó con una comitiva Tucumán (seguramente Él aprobó que las consumiera). Lo que hace Rosa Rojas con las empanadas es de fábula, o dicho sea en guayaco: ejsquisito. Su pequeño puesto queda en la calle Congreso casi al 100, casi frente a la Casita de la Independencia.
  
La Casita de la Independencia es donde se declaró la independencia argentina (declararon los presentes “que es voluntad unánime e indubitable de estas Provincias romper los vínculos violentes que las ligaban a los Reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojadas, e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli”). Le pertenecía la casita a la señora Francisca Bazán de Laguna, de quien suele decirse que la cedió de muy buena gana, pero investigaciones serias y recientes demuestran que el Estado Provincial le hizo nomás el pele a la doña. Se la modificaron, se la devolvieron cuando se fueron a Buenos Aires, se la compraron en 1869 para convertirla en el Correo, la demolieron en 1903 (salvo el salón de la Jura de la Independencia, ni que fueron tan pelotudos) y la reconstruyeron en 1941-1943 en base a planos, fotografías y documentos existentes al tiempo de declararla por decreto Monumento Histórico Nacional. En este feriado la dicha pequeña caleta estaba cerrada por fumigaciones, lo que no impidió aplicar la de Rachito en su puerta azul flanqueada por vistosos sacacorchos (?). A partir de la Casita de la Independencia se extiende el que se conoce como Paseo de la Independencia, en el que pueden apreciarse el Museo de Arte Sacro, el Museo Nicolás Avellaneda, la Catedral, una plaza con cañones y otra iglesia. También existe un monumento a la diabólica Mercedes Sosa, ilustre tucumana. Se lo recorre, como se diría en guayaco, “en dos patadas” y es de mediano interés, todo un poco a la riobambeña, mientras un inclemente sol chonero-style te cocina el mate.

Mi trip de viajero era, en todo caso, asistir al matrimonio (en Argentina llamado "casamiento") de un gran amigo, compañero de viajes y juergas varias: el matrimonio se festejó en una hermosa estancia de las afueras de Tucumán (en otro departamento, llamado Yerba Buena: gran augurio), en el que tocó una banda, compuesta por una cantante de melena larga, falda corta, labios peteros y voz angelical, un presunto hippie, un flaco con aspecto de estudiante de la ESPOL y un moreno de Senegal. Parecían auspiciados por Benetton y decían llamarse "Foot Massage". Cuando de esos labios peteros salió en plan cronette Son of a preacher man... Pues, mamma mía, eso e' rico. Luego baile, escabio, revoleo de la compostura a cualquier parte: lo habitual en un matrimonio, en el que, como dato diferencial, en Argentina sirven fernet y yo lo agradezco (aunque mi resaca al día siguiente, no tanto) y suena música que en Ecuador nunca se escucha: canciones de Charly (que no sea Nos siguen pegando abajo), Babasónicos, Sumo o Los Redonditos. Les hace falta, eso sí, José Luis Rodríguez “el Puma”. El matrimonio duró hasta la mañana siguiente y en mi hotel (imperialmente llamado Carlos V, aunque discreta pero dignamente de tres estrellas) me depositó la flamante pareja de recién casados, tipo 8am.

Más tarde ese mismo día, una hermosa tradición argentina: el amigo que nos condujo en su carro a Tucumán desde Mendoza (960 kms. y tres provincias de distancia –San Juan, La Rioja, Catamarca) tenía familia allá y nos invitaron a esa forma sublime de la felicidad que es un asado (¿quien entiende a los vegetarianos?). Luego, salimos al patio y juro que si no había pileta, uno podría haberse derretido: el calor era maldito, en el mal sentido de la palabra. Pero no existe calor, por maldito que éste sea, que no se aplaque con cerveza: y a eso nos dedicamos con afición futbolera, el día que el Barca le aplicó 3 al Madrid.

Al día siguiente, de vuelta a Mendoza y de nuevo 960 kilómetros de carretera por un territorio árido e inhóspito (mientras atravesábamos La Rioja, yo no dejaba de pensar “y esta provincia, ¿para qué?”). Muy atrás quedaba el jardín de la República, con su estilo riobambeño, su sol chonero, su gente amable y generosa, su excelente comida (¡aguante Rosa Rojas!), su centro histórico de interés, su Casita de la Independencia flanqueada de sacacorchos, sus buenas jornadas de fiesta y la muy grata experiencia de haberla conocido: Tucumán, todo es bien.

Poder civil e iglesia

9 de diciembre de 2011


Piensen en esta escena: en un acantilado, una persona sostiene un frasco con las cenizas de un amigo muerto. Otra, de reconocido temperamento pacifico, lo escucha cuando empieza un discurso absurdo, tras el cual termina por arrojar el contenido del frasco contra el viento, cuyo efecto es que las cenizas se revierten contra la persona pacifica y se arruina la idea original que los condujo al acantilado. Es una metáfora precisa de la que suele ser una mentalidad religiosa: un tipo empieza por adoptar un discurso absurdo, degenera en afectar a personas a quienes ese discurso les resulta indiferente y termina por arruinar el propósito que se supone que su discurso promueve. La escena es un fragmento de ese clásico que es The Big Lebowski. Como The Dude, puede que al final la persona afectada opte por desentenderse e ir a jugar a los bolos.

O puede que no opte por ello y piense que las consecuencias de esa mentalidad religiosa merecen discutirse. Lo primero que asombra en una mentalidad religiosa es su necesidad de creer. La fe (según las precisas palabras de Ambrose Bierce en su Diccionario del Diablo, "creencia sin pruebas en lo que alguien nos dice sin fundamento sobre cosas sin paralelo") es decidirse por lo imaginario frente a lo real, es preferir el absurdo (el credo quia absurdum, que decía Tertuliano) frente a lo razonable. De ahí que me haya causado tanta gracia la lectura de la Carta a los Agentes Sanitarios en el apartado referido a la postura de la iglesia catolica en relación con las drogas (párr. 94) porque según se dice allí (y la cita le pertenece al Papa Juan Pablo II) "drogarse es siempre ilícito, porque implica una renuncia injustificada e irracional  a pensar, querer y obrar como persona libre".  Lo que quiere eliminar el Papa, entonces, es la competencia: la religión es, mas que cualquier otra cosa, "una renuncia injustificada e irracional a pensar, querer y obrar como persona libre" porque es diferir la libertad racional al absurdo dosificado por otros. La diferencia con la droga es que esta no causa ni mucho menos tanto daño (salvo para los bobitos que se creen la "profecía autocumplida": el daño que causa, si lo hace, se debe en enorme medida a la prohibición auspiciada por la estúpida "Guerra contra las drogas") como lo ocasiona la religión y es que, de hecho, suele producir lo contrario. El arte, en sus distintas manifestaciones (piensese nada mas en la música que escuchamos o en la literatura que leemos) le debe muchísimo a la alteración de la conciencia que proviene del consumo de drogas. De hecho, un reciente estudio de la universidad John Hopkins ha demostrado efectos duraderos y positivos en el consumo de psilocibina: deberíamos seguir la sana recomendación de Bill Maher y consumir hongos, porque mejora la sensibilidad, la imaginacion y la apertura mental frente a terceros. Mientras la religión, en cambio (lo que Saramago llamó el Factor Dios) nace con un buen propósito (como el que anima a John Goodman en la escena de The Big Lebowski) pero su discurso absurdo (necesariamente absurdo por opuesto a racional) ha terminado, de manera usual, por pervertir o contradecir ese supuesto propósito. Y, sin embargo, luego dicen que la otra droga es la mala y que la religión es la buena. Si lo miramos con lucidez, en general, es al revés.

La predica absurda de la religión ha provocado innumerables historias de discriminación y de violencia hacia los que piensan distinto y, sin embargo, existe una idea extendida en las personas de mentalidad religiosa de que las personas que no comparten su fe, o que no profesan alguna fe religiosa, son personas inmorales. Esta opinión es asombrosa: las mismas personas que optan por no apelar a la razón sino a la fe (recuerdese la definición de Ambrose Bierce) suelen descalificar a las personas que guían sus actos por motivos racionales el que procedan de esa manera y tenerlos a menos. Esto es muy alto WTF.  Mas todavía, en el indiscutible (porque no puede discutirse lo que ni siquiera se argumenta racionalmente) ámbito de su fe, un numero importante de creyentes consideran que su creencia debería ser inmune a las criticas (lo que es, por supuesto, falso: como se ha visto en un articulo anterior sobre libertad de religión, el derecho a tener una religión "no incluye el derecho a tener una religión o unas creencias que no puedan criticaras ni ridiculizarse").

Es aquí donde entran en juego las solicitudes de eliminación de registros personales presentadas al Arzobispado. La iglesia católica, según lo ha recogido la prensa, se ha manifestado en contrario. Sus argumentos teológicos (que el bautismo es vinculo indisoluble y otras paparruchadas por el estilo) no son de recibo, porque esta no es una discusión teológica, sino una solicitud civil, fundamentada en un derecho constitucional (el derecho a la libertad de religión y a la protección de datos personales) de cuyo cumplimiento la iglesia católica (como toda otra institución religiosa en el país) no se encuentra exenta. Las solicitudes, y si la iglesia católica se nos pone impersecuta, la futura interposición de acciones de habeas data, quieren propiciar un debate sobre el rol de las instituciones religiosas en una sociedad democrática: de nuestro lado y a partir de nuestra propuesta, resulta evidente que dicho rol debe encontrarse sometido al poder civil y al estricto ámbito personal de quienes quieren creer en vírgenes preñadas y absurdos semejantes.

Se presentaron 34 solicitudes de eliminación de datos personales de los registros de la iglesia católica.

La modernidad bizarra de los '80

1 de diciembre de 2011


Los años ‘80: década generosa en cosas que cuando a la edad de nuestros abuelos se las contemos a contertulios de generaciones futuras se les hará tan difícil creerlas, como hoy se considera difícil que Mery Zamora gane un Miss Sonrisa. Si bien toda generación de abuelos ha contado historias de ese tipo (para quien haya tenido abuelo guayaco, el que se éste se haya bañado en el Estero, escuchado la radionovela Camay o sido hincha del Patria), la generación de los ‘80 es especial.

Los ochentas encierran una modernidad efímera: muchas de las cosas que en esa época fueron tenidas por modernas se convirtieron pronto en obsoletas. Los años ochenta fueron la época de una creciente y más incisiva penetración de la TV (fue hasta principios de los ‘80 que Teleamazonas empezó su programación a las 11h45 con La Pantera Rosa y que Telecuatro lo hacía a las 17h00 con Mazinger), de la difusión de nuevas tecnologías y formatos (las consolas de video y los videos musicales) y fue, sin embargo, una época todavía pre-Internet. En lo político, los ochenta fueron una época de transición de la política del balcón (dadme un balcón…, que decía el patético Velasco Ibarra) a la política televisada (dadle nuestra televisora al candidato baisano…) pero todavía una época de manejos políticos patriarcales y llevados a cabo con herramientas rústicas o con métodos brutales (desde la falta de infraestructuras básicas hasta las desapariciones forzadas de LFC) y una época de consolidación del fútbol como deporte de alcance nacional (con un BSC en su etapa de euforia coquera) y del primer triunfo sonado de la selección nacional (con el gol de Ermen Benítez para el 1-0 frente a Uruguay en la Copa América de Goiania ‘89).

La emergencia de esta difusión masiva e incisiva de referentes culturales comunes (en materia de entretenimiento, política y deporte), muchos de ellos nacionales, muchos también provenientes del extranjero (principalmente de Estados Unidos y de su poderosa industria de Hollywood, aunque también de Europa –el fútbol inglés de Leslie Dickens o las transmisiones de la Bundesliga en la que jugaban el Poroto Hässler y la Migajita Littbarski-, e incluso de Japón –con series como El Vengador, La Abeja Maya y Mazinger Z) es lo que caracteriza a esta modernidad efímera ochentera que, vista en contexto y retrospectiva, es una modernidad bizarra (bizarra, como en inglés: ¡fuck off, los puristas!). Para mí, el video musical que mejor representa el tono ochentero es éste que se vaticinó moderno y quedó pronto obsoleto, para convertirse al día de hoy en bizarro: un divague de obra, palabra e intención de un dúo italiano en una televisora holandesa cantando en español, “vamos a la playa, oh, oh, oh” (hágase clic y acompáñese para lo que resta de lectura):

 
Este texto es un breve inventario de algunos highlights de esa modernidad bizarra con la que crecimos el personal de mi generación. Es evidente que algunas de las cosas que se enumeran a continuación no son exclusivas de los ochentas: algunas duraron hasta esa época y otras se extendieron más allá. Lo que se postula es que vivieron su declive o su auge en esos años. Esta enumeración de ocho cosas es para pensar historias random del futuro y jugar a complementarla. Digan ustedes:

Atari 2600: En tiempos del wii, el recuerdo de una máquina en la que se jugaba Pong es ya jocoso. En el futuro, matarán por conseguirse un Atari y el mejor skunk del barrio.

Baches en el camino a la playa: Contar que el viaje a la playa era un juego de esquivar baches: que cada invierno (lo que es decir, cada temporada playera) se destruía una vez más la carretera y se caían los puentes, y nadie decía nada, ni siquiera había Twitter para quejarse: eso parecerá asombroso. Las lluvias debieron ser terribles, pero nunca tanto como la ostentosa corrupción de los ochentas (aunque el hecho de que a la calle de mi cuadra se la haya abierto tantas veces –en vez de planificar la instalación de servicios bien y de una vez por todas- me hace sospechar que estas prácticas no se han extinguido).

Betaclub: Cuando ir a una tienda de videos es cada vez menos necesario y ya de plano no lo será en el futuro, el recuerdo de un Betaclub enternece: el formato Betamax, el rebobinar las cintas y el devolverlas al lugar donde abriste una tiquetera. Mi película favorita del Betaclub a media cuadra de mi casa (aunque el Betaclub pepa del Sur quedaba en La Saiba y era el “Then-Shung” –que es nombre random, si los hay) era Top Secret: un divague en el que Val Kilmer es un cantante de rock envuelto en la resistencia contra la dictadura en Alemania Oriental: o sea, todo un clásico ochentero.

Control remoto con cable: Existió, para adelantar o retroceder videos. No sé a quién chucha se le pudo ocurrir semejante cosa, ni por qué.

IETEL: Cuando en una tertulia del futuro alguien recuerde, por ejemplo, que en la playa tenías que caminar a una central telefónica de IETEL para hacer una llamada (o que allí recibían una llamada para ti y te avisaban a tu casa para que vayas a responderla) eso sonará tan raro como sonaba en los ochentas el que hasta la llegada del Ferrocarril el recorrido del camino de Guayaquil a Quito demoraba 14 días o más a lomo de mula. Además, escuchar la palabra IETEL y pensar en tallarines califica como asociación inmediata: detalle de época.

Pasadas telefónicas: Un pasatiempo que el caller-id se llevó puesto y que consistía en llamar a cualquier hora (preferiblemente de madrugada) con cualquier excusa estúpida (su orden del chifa, el IESS, la funeraria) a un sujeto random obtenido de la guía telefónica, o a tu pato de confianza, con el exclusivo propósito de joder. Llamar a la Policía Nacional tenía el piquete especial de que ellos decían (con marcado acento paisano) tener cómo rastrear una llamada en un minuto: putearlos durante 50 segundos y colgar era lo mismo que significaba para Los Duques del Peligro el cruzar a otro condado.

Teléfono de disco: Tenía una enorme vocación para quedar obsoleto pronto: es, en consecuencia, el objeto más Oswaldo Hurtado de la época.

TV a ciertas horas: En un futuro de disponibilidad de contenidos TV a medida y a todo momento, el que uno haya tenido que sentarse a aguaitar frente a una pantalla como la del fondo de esta promo de La Descarga hasta que aparezca Mazinger será mirado como un acto de crueldad. Cruel, como la inmortalidad de Don Alfonso.

P.D.- El Albán Borja, inaugurado (¿es que podía ser de otra manera?) en los años ochenta (en 1983, para ser precisos), con sus posibilidades casi infinitas para perderse y no encontrar nunca la salida, es un preview del futuro. Loado sea.

Crónica en la Sur Oscura

25 de noviembre de 2011


Un trapo colgado en una de las bandejas del estadio proclama que Barcelona es “la alegría de los chiros” y a mi camiseta amarilla que dice “soy chiro” la siento como traje de etiqueta para el día de alegría que es el Clásico del Astillero en la General Sur del estadio Monumental (estadiobancopichinchalaputatumadre). Pienso, mientras miro el trapo, que ni los chiros ni ningún otro hincha amarillo hemos tenido muchas razones para alegrarnos por los campeonatos de nuestro club en los últimos años: con éste, suman 14 desde la última vuelta olímpica, en el Monumental y frente al Deportivo (Chi)Quito, allá por 1997.  Pienso que si en el trapo se leyera la frase “Barcelona: chiros de alegría” sería un trapo mucho más honesto (porque, en serio, son muchos años: sólo pensar que en el último campeonato la entrada todavía se pagaba en sucres da escalofríos). Pero pensar de esa forma es un error, porque dicho trapo no se cuelga para reflejar estadísticas, sino para proyectar esperanzas: todo partido es una posibilidad de ser feliz con el orgasmo fugaz que es el gol, todo Clásico del Astillero una ocasión para, pasados sus 90 minutos y descuentos, desembocar en estado de dicha permanente o de grave desconsuelo. Mientras tanto, durante esos 90 minutos y descuentos, la General Sur ha vivido una fiesta y la Sur Oscura puso la música.

Ese ambiente de fiesta justifica el trapo. O mejor, los trapos: porque está también el trapo colgado de “Mou” (un hincha de la Sur Oscura muerto por hinchas de la Boca del Pozo) por razones sentimentales y el trapo azul robado a la Boca del Pozo que se agita como trofeo de guerra por razones salvajes. Razones sentimentales o salvajes, porque es casi imposible que alguien que se autodefina como hincha de fútbol sea de criterio sobrio, ecuánime y producto de reposado razonamiento: el fútbol, para quien es verdadero hincha, es un territorio poblado de nostalgias (que se escenifica en tertulias sobre glorias pasadas -¿te acuerdas de Raimundinho, ñaño?- que extienden por decenas las cervezas heladas) o encendido por la pasión, cuyos excesos violentos no es extraño tenerlos que lamentar. Esa tarde del Clásico jugaban todavía las divisiones inferiores cuando Douglas, Yitux y yo entramos a la parte baja de la General Sur (que lleva el nombre de uno de mis primeros ídolos, Lupo Quiñónez) para ubicarnos cerca de la malla. Barcelona ganaba 1 a 0 a su rival mientras Douglas me contaba que no muy lejos de donde estábamos parados salió la bengala que mató al niño Carlos Cedeño hace unos cuatro años y me contaba también cómo personas vinculadas a la Boca del Pozo mataron a golpes a “Mou” en un antiguo billar frente a la Universidad Estatal en junio de este 2011: historias de cosas que nunca debieron suceder y que no merecen ni olvidarse ni banalizarse, y que si hubiera un periodismo y un sistema judicial serios en este país, se habrían investigado.

La tarde era fresca y un leve olor a meado se sentía en este sector de la General Sur, de seguro sedimentándose desde su inauguración. La gente gritaba y saltaba, tiraba camaretas y se abría para observar cómo explotaban, corría ocasionalmente cuando sucedía la avalancha de centenas de personas precipitadas hacia las mallas inferiores (circunstancia en la que los pasteleros, según pude acreditarlo, suelen llevar la peor parte). Otro trapo apareció, esta vez en prefe, y su leyenda en letras muy legibles sobre fondo azul era: “Verga para Emelec”. Fue afrenta efímera a la hinchada rival, que los policías obligaron a bajar de inmediato. Terminó el partido de las inferiores con el triunfo de Barcelona por la mínima y uno de los delanteros se lo dedicó con señas a alguien parado al lado nuestro. Al instante, los parlantes del estadio anunciaron, no una sino tres veces, una larga perorata que en lo esencial decía: “Atención, atención, hincha barcelonista” te habla “tu presidente” para decirte que “la policía está resguardando nuestra seguridad”. Mientras los parlantes repetían esto una y otra vez, un policía posaba sonriente para la cámara de Yitux.

El trapo de “Mou” y los trapos robados a la Boca son los únicos trapos que alcanzo a observar en la General Sur. Según me cuenta Douglas, es por peleas internas en la barra que se resolvió no permitir que más trapos se cuelguen. Douglas colabora en las filmaciones de La Descarga, hincha a muerte del equipo y nuestro guía experto en este mundo de lealtades y de códigos. Porque desde afuera las barras parecen un grupo homogéneo, pero en el lugar de los hechos, todo depende de muchas cosas, pero principalmente de una: conocer a la persona adecuada. Douglas me presentó a varias: de ellas, Yitux conocía a algunas (Yitux dirige La Descarga y no le interesa el fútbol, pero las conocía por afición rockera) y a otras no. Yo no conocía a ninguna, pero me gustó conocerlas: nos facilitaron que Yitux tome las fotos que ilustran esta crónica y a mí el escribirla.

Porque si no era por nuestro guía en la Sur Oscura (Douglas, te debo cervezas) y por quienes nos acolitaron in situ esta crónica no se habría escrito igual. Douglas nos condujo al corazón de la Sur Oscura, donde se marca el ritmo, se alienta sin cesar y se genera un escándalo que nunca se detiene. Para llegar allí, había que descender por unas gradas flanqueadas por tubos a los costados: las gradas repletas de gente, de pie, inquieta, un vendedor gritaba “toma agua chucha de tu madre para que cantes”. Bajamos, voy detrás de Douglas y Yitux, cuando un tipo me interrumpe con su brazo como barrera y me pregunta si voy con ellos. Ni alcanzo a reaccionar cuando otro le ha respondido que sí, que me deje pasar. Seguimos bajando y se diría que es el VIP de la General Sur, una zona de acceso exclusivo, donde no llega cualquiera: o se está por la lealtad a la barra y los códigos compartidos, o se está por la deferente invitación de sus líderes, que era nuestro caso. Estamos en la zona donde están los bombos y los instrumentos de viento que marcan el ritmo de todas las canciones de la barra, donde el ruido es ensordecedor y el calor es insoportable: eso era un infierno que, si eras amarillo, resultaba encantador.  Estamos en un espacio donde el tiempo no cuenta, donde los que tocan los instrumentos tanto no conciben el mundo sin Barcelona que sacrifican el verlo jugar para tocarle más y mejor al objeto de su adoración (su Dios) la música que lo anima, porque en este espacio no se puede observar la cancha pues lo impide la gente parada sobre los tubos, sosteniéndose abrazada y prendida a las tiras que cruzan la general de arriba a abajo.  El partido había empezado y yo no me había dado cuenta. Decidimos volvernos hacia las gradas repletas de gente, justo antes de la inmaterial “puerta de entrada” a este sector, donde se podía mirar el partido. El grito de “se viene el gol juepucta” acompañó el centro para el cabezazo de Angulo y el primer gol. Después de la euforia del festejo, miré al fondo a la derecha hacia donde estaba situada la barra rival y experimenté la burlona dicha de que otro valga verga.

Con el marcador en ventaja salimos a recorrer otros lados y nos topamos con que los escasos trapos colgados no eran la única consecuencia de las peleas internas de la barra para este partido: dos hileras de policías vestidos de power rangers eran la frontera que separaba en la barra a unos grupos de otros. Entre esas hileras, se extendía una amplia franja de gradas grises que iban desde la parte más alta de la General Sur hasta la malla, allá abajo, todo sólido. Nos acercamos a hablarle a uno que parecía el jefe de los policías (lo dedujimos porque estaba vestido de manera un poco menos ridícula que el resto) y le expusimos que queríamos hacer fotos para una revista en Internet, etc. El tipo concedió veinte minutos “para fotos”: tal la ventaja de ser periodismo no profesional. Yitux deambulaba por las gradas con su cámara, mientras Douglas y yo nos ubicamos a mitad de gradas y los únicos que se nos acercaron fueron los vendedores que cruzaban de un lado a otro. Compramos cerveza y nos sentamos a ver el fútbol. La sensación era bizarra, pero agradable. El ambiente seguía ruidoso y el tenue olor a grifa que había en todos los otros sectores de la General Sur se eliminó en esta “zona controlada”. El personal no querría fumarle en las narices a los power rangers, porque esa es una manera bastante papayera de caerse por Canadá. Pasaron un par de rondas de cervezas y terminó el primer tiempo, con el marcador favorable. Los policías aprovecharon la ocasión para demostrar que se creen su cuento del combate a las drogas y se aparecieron con una pancarta que decía que en este país éramos “14.000.000 de personas contra la droga”. Es bueno saber que, de acuerdo con las estadísticas del INEC, somos casi 14.484.000 habitantes: o sea, casi medio millón de ecuatorianos sensatos que estamos contra la estupidez que “la guerra contra las drogas” auspicia. Vimos la pancarta, nos reímos y nos fuimos al área común de la General, donde se encuentran algunos murales y se vende desde pastel hasta guatallarín. Yo no tenía mucha hambre y le hice al pastel de 50 centavos, frío y malo, el jueputa.

Subimos a la parte alta de la General Sur para echarle un vistazo, pero el ambiente era demasiado tranquilo: si la parte de abajo era una fiesta, la de arriba era una matiné, o una vermouth, la misma huevada. Volvimos abajo de inmediato, al lugar donde se marca el ritmo, a vivir y transpirar ese ruido ensordecedor y su adrenalina. Mientras Yitux tomaba fotos, yo trataba de mirar el partido por entre las piernas de quienes se encontraban parados en los tubos. Difícil en principio, pero uno termina por adaptarse y por moverse a tiempo para seguir la secuencia de las jugadas. No tenía dimensión del tiempo, no sabía cuantos minutos iban, ni cuando Borguello salvó de la línea un cabezazo, ni cuando el gol del Kitu Díaz. La salvada de Borguello trajo paz; la segunda, el gol de Díaz, la euforia del festejo, el abrazo con desconocidos y la tranquilidad para los minutos que restaban, una tranquilidad que se respiraba diáfana en el aire junto al tenue olor a grifa. El partido ya estaba resuelto, era cuestión de minutos para que el trapo “Verga para Emelec” pase de considerarse afrenta a convertirse en profecía.

El árbitro pitó el final, y siguió la fiesta.