
Basada en una novela del prolífico escritor Georges Simenon, esta película discreta, se diría que menor (dentro de la obra de un cineasta como Chabrol, que hace de la atención a lo menor, a lo discreto, incluso a lo secreto, uno de sus principales signos de identidad), sirve de compendio de los temas, los tonos y las formas predilectos de su director, de su gusto por los ambientes pequeñoburgueses de provincias sumidos en la bruma de un extrañamiento teñido de cierta melancolía, con aires de sátira y un trasfondo criminal de influencia hitchcockiana. Situada en una pequeña ciudad portuaria permanentemente envuelta en una atmósfera de neblinas y lluvias que no solo erosionan la madera y la piedra, sino también los ánimos, los sentimientos y los caracteres, el planteamiento visual de la película delimita y condiciona cuál es el tablero de juego en el que se mueven sus personajes, al tiempo que actúa como una proyección externa de su naturaleza vulgar y anodina. La puesta en escena sobria, construida a base de encuadres cerrados que subrayan la clausfrofobia de los fríos e impersonales interiores y de los exteriores húmedos de calles solitarias, casas sin vida y escaparates apagados, y la fotografía de Jean Rabier, que conforma por medio de tonos grises, verdosos y marrones una cotidianidad sórdida y monótona, de un realismo sombrío y casi mortuorio, de voces bajas y sonidos amortiguados, crean un escenario de morbidez en el que lo excepcional, el mal, encuentra un entorno propicio para desencadenarse y proliferar.
En esa rutina de abandono y desgaste, el sombrerero Labbé (Michel Serrault), burgués respetable, hombre maduro, elegante y refinado, vive envuelto en un halo de misterio que desconcierta a su vecino de enfrente, el sastre Kachoudas (Charles Aznavour), un inmigrante armenio refugiado en Francia con su numerosa familia. La esposa de Labbé vive enclaustrada en el piso de arriba del edificio que es a la vez vivienda y tienda; nunca sale, nunca coincide con la criada ni con el aprendiz que ayuda en la sombrerería. Labbé es su única compañía, siempre parcial, limitada a las comidas y, se supone, por las noches; el resto del día, mientras ella permanece encerrada en su cuarto, se dedica a sus asuntos en la tienda o acude al café para jugar a las cartas y tomar sus copichuelas mientras comenta las noticias del día, casi siempre centradas en los asesinatos de mujeres humildes y solitarias que están teniendo lugar en la región… Y en los que Kachoudas tal vez entiende que Labbé tiene algo que ver, puesto que se convierte en su sombra nada disimulada: siempre mirando entre los visillos, siempre controlando las entradas y salidas de la tienda de enfrente, siempre siguiéndolo a unos pocos pasos, ida y vuelta, cuando el sombrerero acude al café, siempre observándolo de reojo cuando participa en las conversaciones que alimenta el periodista que sigue el caso en la prensa local (François Cluzet), si hace alusiones a las víctimas o a la posible identidad del culpable…
La película abunda en el tema, tan querido para Chabrol, de las miserias que se ocultan tras la fachada, pretendidamente decente, de la respetabilidad burguesa. La misteriosa y turbia existencia de Labbé, la del próspero comerciante atrapado en un matrimonio desgraciado que soporta con resignación cristiana y abnegación ejemplar, en una existencia que va desmoronándose silenciosamente, diluida en sus escasos instantes de libertad, representa, para el acomplejado Kachoudas, ser obsesivo, solitario y tullido, la funesta intuición de que tal vez oculte al asesino en serie que está evitando a la policía. De este modo, Labbé no sería el criminal exhibicionista y egocéntrico que disfruta despistando a las autoridades y conmocionando a sus vecinos, aunque algo de soberbia intelectual demuestra cada vez que burla o elude la perspicacia de sus compañías, sino que se trataría de un monstruo singular, una figura opaca, una presencia tanto o más perturbadora que su capacidad para pasar inadvertido sin levantar la más mínima sospecha. Lo más interesante a nivel visual de esta extraña relación de interdependencia mutua (a Labbé, más que incomodarlo, esta fijación de su vecino le despierta una vena sardónica, divertida, permitiéndose gesticular, desafiar, pitorrearse abiertamente…) es la construcción de su relación como un espejo deformante, dos seres arrinconados, marginales, cuyas obsesiones compartidas se retroalimentan.
La película bascula así de su supuesto centro narrativo -la comisión de unos asesinatos y el seguimiento y la averiguación de la identidad de su responsable- a la exploración del fenómeno de la observación, de lo que significa mirar, escrutar. Más que el suspense o la intriga puramente policíaca, a Chabrol, autor también del guion, le interesa la complicidad silenciosa entre los protagonistas, la existencia de una culpa moral compartida por encima de la atribución penal de unos asesinatos, y la pasividad moral de Kachoudas ante el hecho de que Labbé oculte ciertamente un secreto letal. Los asesinatos son lo de menos, simples maniobras físicas, actos mecánicos desprovistos de subrayados climáticos, estéticos o musicales, y sus resultados son simples cuerpos inertes, objetos inanimados, abandonados. Si Labbé puede encarnar esa hipocresía social de la clase burguesa, la fragilidad del mundo de las apariencias, Kachoudas representa la indiferencia de la colectividad hacia la desgracia ajena, respecto al sufrimiento de los otros. El tono empleado por Chabrol, más tenue y más triste que el irónico y juguetón empleado en otros títulos, genera un clima de inquietud y amenaza en el que los fantasmas no son solamente seres incorpóreos que se aparecen en forma de recuerdos, recreaciones, ensoñaciones o fantasías (presentadas en, quizá, en exceso explicativos flashbacks), sino seres vivos que miran y oyen pero callan para poder seguir adelante. Una película, en última instancia, que nos recuerda que si la ciencia moderna nos dice que los asesinos en serie a menudo nacen, en ocasiones también se hacen.


