XVII Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín
PARTICULAR ENCIERRO
María Ester Navarro Calero
7 de Julio de 2025: un día trascendental. Mi padre va a pasarme el relevo generacional. Ese que llevo deseando recoger desde hace mucho tiempo. Hoy cumplo 18 años y por fin puedo formar parte de ese ritual. Como pamplonica no podría pedir un regalo mejor; recorrer los Sanfermines junto a él, figura referente a la que siempre he idolatrado. Hoy es el día, la cuenta atrás ha comenzado.
Tras rezar los cánticos pertinentes, nos deseamos buena suerte. Hermanados ante el acontecimiento más esperado del año y, en mi caso, de mi propia vida. Busco recuperar mi sangre fría entre tantos sudores previos. Todos y cada uno de los que estamos ahí sentimos la presión del momento, esa adrenalina que se dispara junto con la responsabilidad de hacerlo bien, no solo por nosotros sino por los que nos quieren y nos ven al otro lado. Prefiero desviar la atención ante la multitud de camisetas blancas y pañuelos rojos que me rodean. Mi madre estará como un manojo de nervios porque su única hija no ha hecho otra cosa que querer participar cuando llegara ese día. No puedo evitar que ella experimente su propio encierro, muy distinto al mío que me dará la eterna libertad.
ESTEBAN DOMEÑO LABORRA
María Eugenia Manzano Sánchez
Los hombres que van a correr llevan las camisas blancas. Los de Sánchez Tabernero enfilan la calle Estafeta.
— ¡Échate a un lado, Vicente! ¡La curva por la derecha! —al final de Mercaderes gritan los de Tafalla y Sangüesa. Todos con la sangre al cuello, todos rojo en la cadera.
Y Vicente Gironés, dos hijos, mujer y madre, casi llega al callejón.
Pero, en medio del gentío agolpado, el morlaco Bocanegra lo alcanza en el tramo anterior con sólo meter la cabeza y el pobre muchacho, tieso, tratando de subir al vallado, en lugar de tirarse al suelo, no puede esquivar la cornada.
¡Ay, qué ciento dieciocho, qué tercero de la tarde! Lo mata Pedro Romero y pide la oreja la plaza. La capilla de San Fermín se abre para velar el cadáver, con los tambores detrás y música de txistu delante.
A Vicente Gironés, Esteban, primer muerto en un encierro, Pamplona le rindió homenaje y hoy, como cada año, todos los corredores, a los pies del capotico, se encomiendan al Patrón y gritan como uno solo:
¡Que nos guíe en el encierro!
¡Que nos dé su bendición!
¡Gora y viva San Fermín!
¡Y que Dios tenga en su gloria
a Esteban Domeño Laborra!
SOL FERMÍN
María Fátima Moreira Frutos
Fermín estaba amarrado a mi barbilla. Iba sobre mis hombros, tal y como mi padre había hecho conmigo aquella primera vez de procesión. Sus ojos se mostraban ausentes ante aquel bullicio de blanco y rojo a las puertas de Casa Navarra, el lugar de los sanfermines en la Costa del Sol. Fermín no conocía los porrazos de Caravinagre, aunque un día se quedó mirando un retrato suyo. Tampoco había probado los churros de La Mañueta, ni se había montado jamás en las barracas. Temíamos su reacción ante el toro de fuego o los títeres de la Plaza de la Libertad. “Trastorno del espectro autista” nos dijeron los médicos del hospital cuando me trasladaron a Málaga. Desde entonces le procuramos las figuritas de los cabezudos y su madre se pone tras el carretón con la cabeza de un torico de juguete a perseguirlo por el pasillo, intentando sacarle una sonrisa. De pronto, las jotas empezaron a sonar, la gente rodeó al lanzador del cohete, una cuenta atrás se improvisó y, por fin, el chupinazo: ¡PUM!
¡VIVA SAN FERMÍN! Fue el grito de mi pequeño dando un saltito sobre mí. Nos miramos fijamente su madre y yo con lágrimas. “Xabier, el año que viene a Pamplona”.
HUAMANTLA CORRE EN PAMPLONA
Maria Guadalupe Hernandez Muzquiz
Nadie recuerda al viejo de la guayabera blanca, pero siempre está ahí. Nunca bebe, nunca grita. Solo espera el cohete y corre.
Dicen que vino desde México en 1954, poco después de que Huamantla trajera su versión, inspirada en Pamplona… No por nostalgia, sino por deuda.
—“Los toros viajan más que nosotros”—, murmuró al desembarcar, sacudiéndose el polvo de Tlaxcala con un pañuelo carmesí.
Ese año, el encierro duró 204 segundos exactos. Dos minutos y cuatro segundos de patas furiosas y alaridos. Un niño murió frente a Santo Domingo, sin marca alguna, salvo sus pupilas dilatadas, fijas en algo con cuernos más allá de los balcones.
Desde entonces, el viejo corre cada amanecer, puntual como el miedo, siempre hacia la curva de Estafeta, donde hoy tropecé con su cuerpo tendido.
No sangraba, sonreía con los labios manchados de un color que nadie quiso nombrar. En su puño, el pañuelo, hecho trizas por pezuñas invisibles, proclamaba:
“Huamantla cobra siempre sus deudas.”
El reloj marcaba las 8:04 cuando levanté la vista. Los últimos corredores gritaban, pero sus sombras… Corrían en dirección contraria, y entre ellas, una figura negra sin ojos avanzaba sin prisa, arrastrando algo invisible tras de sí.
No era un toro.
Era la deuda.