Aquella invitaci贸n del Se帽or del castillo lleg贸 en el momento exacto, como si hubiera estado esper谩ndola sin saberlo. Solo le hab铆a visto una vez, en el mercado medieval. Le observ茅 desde lejos, y aun as铆 su presencia me atraves贸, misteriosa, elegante, casi peligrosa. Desde entonces, las historias sobre 茅l me persegu铆an.
Cuando pens茅 en ese deseo, 茅l se gir贸. Sus ojos encontraron los m铆os con una precisi贸n inquietante. Sent铆 un estremecimiento que me recorri贸 entera, como si me hubiera tocado sin acercarse.
Y entonces lleg贸 la invitaci贸n, en un sobre lacrado con mi nombre grabado a fuego.
¿C贸mo supo 茅l qui茅n era yo?
Quiz谩 siempre lo supo.
Entr茅 en el castillo sin prisa, como si mis pasos conocieran un ritmo antiguo. No buscaba llamar la atenci贸n, pero mi presencia parec铆a abrir un peque帽o silencio a mi alrededor, un espacio donde las miradas se deten铆an sin quererlo.
脡l me observaba desde la distancia. Lo sent铆 antes de verlo.
Una atracci贸n silenciosa, un tir贸n suave, pero firme, como si algo en m铆 lo hubiera descolocado.
Respiro.
Camino.
Me deslizo por el sal贸n con una naturalidad que no finjo.
Y s茅 que 茅l me sigue con la mirada.
El sal贸n es un universo de luces, m谩scaras y m煤sica sensual. Todo brilla, todo respira, todo invita. Pero aun as铆, siento que 茅l solo ve una cosa, a m铆.
Cuando se acerca, lo hace sin darse cuenta de que ha abandonado una conversaci贸n a medias.
Yo no digo nada.
Solo lo miro.
Una mirada tranquila, segura, que no necesita adornos.
—¿Me concede este baile? —pregunta, y su voz suena distinta.
Acepto con un gesto m铆nimo, casi imperceptible, pero cargado de intenci贸n.
En el centro del sal贸n, cuando sus manos rozan la desnudez de mi espalda, algo se enciende.
No es la m煤sica.
No es el ambiente.
Es la forma en que me mira, como si estuviera descubriendo un secreto que no sab铆a qu茅 quer铆a conocer.
脡l, acostumbrado a dominar cada situaci贸n, siente que soy yo quien marca el ritmo.
Y lo nota.
Y le sorprende.
Y le atrae.
No hablamos.
No hace falta.
El lenguaje est谩 en la respiraci贸n, en la distancia exacta entre nuestros cuerpos, en la tensi贸n suave que se forma cada vez que mis dedos rozan los suyos.
El tiempo se detiene para nosotros.
El baile se vuelve un di谩logo silencioso, una invitaci贸n que ninguno de los dos pronuncia, pero ambos lo entendemos.
Cuando la m煤sica termina, 茅l se inclina para agradecerme.
Yo sonr铆o detr谩s de la m谩scara.
Una sonrisa leve, casi invisible… pero suficiente para que 茅l respire m谩s hondo, como si algo dentro de 茅l se hubiera desordenado.
—Ha sido un honor —dice, intentando recuperar su compostura.
No respondo.
Mi silencio es parte del juego.
Doy un paso atr谩s.
Luego otro.
Y otro m谩s.
No huyo.
No me escondo.
Simplemente, dejo que el sal贸n me envuelva, como si las sombras y las luces me reconocieran como parte de ellas.
Cuando 茅l intenta seguirme, ya no estoy.
No queda perfume.
No queda rastro.
Solo el eco de mi presencia, como una nota suspendida en el aire.
Sobre una mesa —donde 茅l jura que yo no pas茅— descansa una peque帽a tarjeta.
Un s铆mbolo antiguo, casi arcano, dibujado con precisi贸n.
Y debajo, escrito con una caligraf铆a impecable.
“Gracias por dejarte sorprender.”
Siente un vuelco en el pecho.
No entiende por qu茅 lo eleg铆.
S茅 que quiere m谩s.
Y tambi茅n s茅 que esto no ha terminado.
Regreso a mi realidad con una sonrisa que solo yo conozco.
Aquel hombre queda atr谩s…
Una noche en aquel castillo nunca se olvida.
Campirela_