ÁNGEL GUINDA. VIDA ÁVIDA. POESÍA REUNIDA 1970-2022
EDICIONES OLIFANTE
Con la belleza y la pulcritud que caracterizan las publicaciones de Olifante Ediciones, fundada por Trinidad Marcellán en 1979, ve la luz la obra completa de Ángel Guinda (Zaragoza, 1948-Madrid, 2022), poeta estrechamente vinculado a la editorial, fallecido en 2022 y autor de una extensa obra poética, como atestiguan las más de setecientas páginas de este volumen, “Vida ávida” ―título además del segundo libro de Guinda, el primero que publicó en Olifante― que recoge toda la producción poética del autor escrita a lo largo de cincuenta y dos años y encabeza el poema titulado «Poesía», del que reproducimos los versos finales, tan significativos: «Poesía, poesía, / realidad que no me engaña» ―estamos hablando de sus primeras tentativas poéticas―. De su siguiente libro, el ya mencionado “Vida ávida” procede esta poética que no esconde una refutación del conocido verso de Claudio Rodríguez y reivindica una poesía más vinculada a la propia experiencia humana que a lo trascendente: «No siempre la claridad viene del cielo. // Escucha solo tu música cuando cantes, / por oscura que sea y espinosa. // Que la luz te ensordezca, / que no te ciegue el ruido. // Y tu obra / sea más que tu vida, / porque te contramuera». Como resulta lógico, con el paso de los años, dicha poética ha sufrido alteraciones, pero la idea esencial apenas ha variado, como podemos comprobar en el poema «La puerta del poema», incluido en su último libro, “Aparición y otras desapariciones”, libro inédito en vida del autor, que fue publicado en 2023: «Este verso enmarca la puerta del poema. / ¿Quién enmarca con clavos / las sombras de una vida? / ¿Qué hace espectacular / la niebla entre los labios? / ¿Por qué la lucidez / emborrona las sienes? / Despliego una nube por mantel / y desdoblo por sábana una ola. / La lámpara del día es el sol, / lamparillas de noche en tus ojos. / Ventanas giratorias son los versos no escritos. / Las sombras de una vida esclarecen la vida». Ángel Guinda, que sintió la llamada de la poesía siendo muy joven y supo ser fiel a su destino frecuentando la creación durante toda su vida, simultaneándola con su actividad profesional como profesor de Lengua y Literatura Española, defendió una poesía apegada al hombre común y a sus preocupaciones existenciales, la soledad, el paso del tiempo, el compromiso cívico: «Escribo para abandonarme, / para hacer infinita la soledad que acompaño […] Escribo para vencer / tentación de durar / y, menos desbocado, morir más». Formalmente su poesía presenta registros muy variados, registros que van desde la poesía en verso libre y el versículo hasta la que respeta rigurosamente los patrones métricos tradicionales, con especial atención al endecasílabo y al heptasílabo, pasando por el poema en prosa ―”Cántico corporal” y ”Espectral”, por ejemplo, están escritos íntegramente así― el haiku y el poema minimalista, generalmente de una sola línea, como ocurre en “Toda la luz el mundo. Minimal love poems”. Muchos son los poemas memorables que contiene este libro que resume una vida que, a pesar se los altibajos acostumbrados, se quiere feliz porque, como escribe en el poema «Felicidad», «Me hace feliz haber despertado a este día. / Me hace feliz el aire que ahora estoy respirando , / la lluvia que resbala por mi piel refrescándola. / Me hacen feliz los ojos que han traído la luz / a las calles, al mar, al cielo, al horizonte. / Me hace feliz que el sol grite, y grite la Tierra. / Me hacen feliz las cosas que siempre me acompañan, / las ramas de los árboles que el viento despabila, / sus raíces rebeldes que agrietan las aceras, / las llamadas que llegan a mí desde tan lejos. / Me hace feliz abrir los brazos a la vida». Este canto elogio de lo cotidiano, este regocijarse en el mero hecho de despertar al mundo cada día se ve eclipsado en los últimos años por la constancia de una enfermedad que le llevará a la muerte, de esa constancia nacen poemas como este: «La muerte sabe mi nombre. / Me doy por enterado / con el miedo en el cuerpo. / Dejadme decir las cosas / como las cosas me dicen. / La muerte no hace ruido. / Todo aparece para desaparecer. / La muerte sabe mi nombre» con muestra una actitud serena ante la inevitabilidad del destino. “Vida ávida”, recoge, además de todos los poemas publicados en vida del autor, una sección con poemas póstumos entre los que se encuentra el estremecedor «Cuando me veas dormido / en la fotografía, dentro del ataúd, tal vez querrás traducir mi silencio. / No existe diccionario de silencios, / pero existen diccionarios de recuerdos», y qué mejor diccionario que esta edición de sus poemas, en la que solo echamos en falta un prólogo crítico, edición que, además, se completa con la biografía “Las claves de lo oscuro. Biografía de Ángel Guinda”, de J. Benito Fernández, publicado por la misma editorial, en la que el autor subraya, entre otros aspectos, el carácter poliédrico y solidario del poeta.
*Reseña publicada en El Diario Montañés, 9/01/2026
La edición original de este libro se publicó en la prestigiosa editorial Faber&Faber en 1970, después de un periodo de elaboración que se alargó durante más de tres años, y supuso su regreso a la poesía trascurridos diez años después de la publicación de “Lupercal” (1960), su anterior entrega y después de atravesar una profunda crisis existencial. Quizá de ahí, de esa fractura emocional provenga el sustantivo cambio que “Cuervo” representa en su poesía, hasta el punto de que hay un antes y un después en su obra. A partir de la figura de Cuervo, una especie de alter ego del poeta, un personaje casi humano, Hughes describe un mundo caótico en el que su personaje adopta diferentes actitudes vitales, actitudes que van desde el asentimiento a la sublevación, desde lo real hasta lo mágico. “Cuervo” surgió como propuesta del artista Leonard Baskin, quien había realizado previamente unos grabados y dibujos a tinta de aves antropomórficas. Le proponía ahora trabajar en un libro solo de cuervos y acompañarlos de unos textos poéticos. La idea inicial se aproximaba más a un cuento infantil, sin embargo, pronto tomó otro vuelo y el protagonista, Cuervo, se internó los senderos de lo macabro. Hughes no duda en manipular viejas narraciones populares, mitología celta o historias bíblicas para presentar a su protagonista como un ser ambivalente que simboliza el caos y la vida, la creación y la destrucción. En una entrevista con la BBC antes de la publicación de “Cuervo”, Hughes explicó algo sobre la historia de Cuervo y su naturaleza: «Nadie sabe con certeza cómo fue creado ni cómo apareció. Fue creado por la pesadilla de Dios. Intenté definir qué es exactamente a través de la extensión del poema o de la sucesión de poemas». En otro lugar, Hughes fue más explícito: «Dios está teniendo una pesadilla. Esta mano/voz, esta cosa, llega justo en el momento en que se duerme y lo agarra por el cuello, lo lleva a toda prisa por el Universo, lo empuja más allá de las estrellas, destroza la tierra con su rostro y lo arroja de vuelta al cielo. En el momento en que se queda dormido, llega esta mano y todo vuelve a suceder, y no puede comprender qué puede haber en su creación que sea tan hostil… Finalmente, esta voz/mano habla. Se desarrolla una discusión entre Dios y su Pesadilla sobre la idoneidad del Hombre como creación». La ambigüedad, la contradicción son actitudes que permiten a Cuervo analizar desde posturas enfrentadas el ciclo de la vida, con sus alteraciones, con sus altibajos, mediante reflexiones sobre la futilidad de la esperanza o la inevitabilidad de la muerte.
No es este un libro de fácil lectura porque Hughes recurre a todo un arsenal de cultura antropológica, literaria y filosófica para apresar las claves de la existencia, un arsenal de conocimientos que desborda la buena disposición del lector, quien, para acceder al verdadero significado de los versos necesita algo más que el auxilio de la intuición interpretativa, algo como el excelente e imprescindible prólogo y las notas finales que ha escrito para la ocasión Jordi Doce. Conviene recordar que fue Doce quien tradujo una versión inicial de este libro en el ya lejano 1999. La versión actual incorpora poemas del ciclo de “Cuervo” que no estaban incluidos en la primera traducción: «Se trata ―afirma Jodi Doce―, a todos los efectos, de un nuevo libro. La traducción ha sido fuertemente revisada y modificada en su totalidad, y además se añaden treinta poemas del ciclo que fueron excluidos en su día por Ted Hughes y que conocemos gracias a la edición de su poesía reunida». Podemos hacernos una idea de la envergadura de esta obra siguiendo el itinerario poético que nos describe Doce en el prólogo citado porque encuadra la poética de Hughes dentro de las corrientes poéticas británicas y lo presenta como una especie de francotirador que huye de los principios de realidad para adentrarse en el territorio del mito. Hughes es un poeta mítico, de la estirpe de los antiguos bardos, por eso su relación con la naturaleza es tan estrecha. A través del mito y de lo que este simboliza, Hughes consigue recrear su drama vital, un drama coronado por la muerte, y profundizar hasta el origen del mundo. El mito para él, ha dicho la crítica, «era también una varita mágica, una herramienta para canalizar y controlar las energías con las que trabajaba, ya fueran conscientes o subconscientes, sagradas o profanas, buenas o malas», pero el mito también le sirve para desafiar la ortodoxia ideológica y religiosa dominantes. “Cuervo” es un canto a la libertad imaginativa, a la creación sin barreras, por eso ha sido tan controvertida. Hay quien vio, además, en este experimento estilístico un injustificable desprecio al lenguaje. En todo caso, como afirma Jordi Doce, es que «con sus excesos y contradicciones, sus oscuridades y enigmas ―pero también con sus virtudes, su tierna y dolida ferocidad, su energía y riqueza expresivas, su gusto por el riesgo―, estamos ante una de las propuestas más singulares y asombrosas de la poesía contemporánea».
En la nota preliminar que precede a los capítulos de este volumen, Antonio Moreno (Alicante, 1964), nos proporciona algunos de los motivos que le han llevado a escribir sobre el sol, un astro que pertenece al imaginario común, pero al que no todos los que lo observamos ―de soslayo, nunca de frente. «Al sol no podemos mirarlo de frente, como quien contempla otros ojos», escribe Moreno―, lo hacemos con la misma curiosidad. Moreno se retrotrae a su infancia ―«La claridad de aquellos días de la infancia sigue iluminando estos de ahora», escribe― y a su juventud para fundamentar su antigua vinculación con la estrella cuya energía proporciona la vida en nuestro planeta, pero no solo una vida física sino sentimental, porque el sol va asociado, en ciertas culturas, a los mejores momentos de La existencia. Cuando brilla, el cielo sonríe y los seres humanos sentimos que estamos vivos, pese a que sabemos que ese brillo es muchas veces figurado más que real, como si a través de la imaginación creáramos una vía natural de escape hacia el optimismo. Mientras que la oscuridad retiene la oscuridad, la luminosidad nos despierta al mundo, alimenta nuestra esperanza. Es cierto que el sol proyecta sombras, pero estas son solo manchas fugaces que no enturbian, al revés, confirman, la trayectoria solar. El «monarca poderoso», como lo denominó el romántico Espronceda en su «Himno al sol» ―que no sale bien parado en los comentarios de Moreno, quien lo tacha de ser «víctima de una hinchazón del yo y de un concepto de lo sublime prosopéyico y formulario», no sin razón, pero obviando los impulsos tanto de afinidad como de antagonismo fruto de la comparación de su conciencia de finitud con el astro siempre armonioso y renaciente― está presente incluso durante las horas nocturnas, acaso como una premonición, como una esperanza. Aunque esa presencia subalterna no convierta la oscuridad en luz, de alguna forma, en el pensamiento, ilumina la noche. La oscuridad se alza y el sol la derriba, se alza y la derriba, con una perseverancia más propia de Sísifo.
“En torno al sol” está distribuido en dos secciones. En la primera, «Los límites del sol», novelistas como Ntsume Sōseki, pintores como Turner ―«De entre aquellos que se dedican al arte, comúnmente ha sido el pintor el más atento a la presencia creadora del sol […] El pintor sale al encuentro de la luz, la recoge en una lámina, un cartón o un lienzo; luego trata de preservar esa luz capturada, que es hija del sol, protegiéndola como un tesoro en la penumbra»―, científicos como la astrofísica Olga Suárez o el físico Pascal, sin olvidar a Kepler, Galileo, Einstein o Lucrecio, entre otros, ejercen de sostén al discurso de Antonio Moreno, siempre elaborado con una inteligente concisión que concentra en la cualidad referencial del lenguaje su mayor propósito, aunque esto no excluya, evidentemente, la función emotiva, pues está muy presente en estas piezas la persona poética y su capacidad de evocación, una voz insistente que no se ve, sin embargo, eclipsada por el lenguaje ni por la estructura narrativa de los textos porque dicho lenguaje está perfectamente imbricado con el pensamiento: «Como si dijéramos no hace más que un momento ―casi ahora― aquí mismo un muchacho de quince años leía los versículos de Walt Whitman, escuchaba la verdad del sol y cerraba las páginas de su libro. Cuánta plenitud. Nada le faltaba, todo estaba cumplido, el orden del cosmos era perfecto». Esa sensación de plenitud se ha visto reiterada en otros momentos, en otras situaciones, como queda reflejado en los textos de la segunda sección, «Región interior», la cual, como nos anticipa su título, aunque las imágenes, el tono, el acento y el sentido no difieran apenas de la primera sección, tratan, como deseaba Tolstoi, de añadir luz, en este caso interior, a la suma de la luz a través de un lazo espiritual con determinadas obras pictóricas, literarias, que son diseccionadas entretejiendo fenómenos sensoriales con otros de origen espiritual, y es que, bajo la benigna mirada de esa luz, se contempla la realidad, el mundo en el que vive el autor, en una orilla del Mediterráneo, donde los días de sol son numerosos, con unos ojos acostumbrados, no como ocurre en otras latitudes, en las que esa presencia, incluso la tímida luz del sol de invierno, se contempla sí, como un regalo, pero también, por su irregularidad, con prevención. En todo caso, leer “En torno al sol” es un placer porque pocos autores como Antonio Moreno saben extraer de un tema aparentemente explotado hasta el agotamiento tantas perspectivas novedosas. Su prosa rezuma serenidad y es capaz, además, de conciliar en unas pocas páginas claridad y misterio.
Reseña publicada en El Diario Montañés, 19/12/2025
Nacida en Cádiz en 1984, Marina Serrano, poeta y fotógrafa, entre otras cosas, reside en Torrelavega desde hace varios años. Es la autora de títulos como “Después de tanto” (2019) y “Amar a mares, morir a lunas” (2021) y ha realizado exposiciones fotográficas en espacios tanto nacionales como internacionales. “Musgo y dientes”, su nueva entrega poética, fue merecedora del Certamen de Poesía Aliar en la edición de 2024. Siempre me han intrigado los títulos unidos por una conjunción coordinante porque, además de sugerir simultaneidad, generalmente conectan palabras con un significado del mismo ámbito gramatical, pero no resulta difícil observar que este no es el caso. La dicotomía que presentan las palabras «musgo» y «dientes» nos sorprende porque, a bote pronto, no encontramos ninguna relación entre ellas, pertenecen a ámbitos semánticos muy diferentes y, sin embargo, en cuanto comenzamos a leer el libro nuestra incertidumbre inicial se va despejando. Musgo y dientes son el trasunto simbólico de dos conceptos de todos conocidos, muerte y vida, por este orden, nada arbitrario como veremos. Establecer conexiones inauditas es una de las funciones de la metáfora y la metáfora, como sabemos, junto con la metonimia, es consustancial al lenguaje poético. La muerte del padre y el nacimiento del hijo, dos situaciones que, lamentablemente, en el transito vital ―representado en este libro por la figura del pájaro―, se dan con cierta frecuencia: «musgo sobre los dientes, / grieta por donde te adentras / como la nieve líquida», escribe Marina en el poema «Musgo». Como es lógico, no son fáciles de asumir las consecuencias de esa simultaneidad porque el lenguaje no es capaz de definirlo con precisión. Acaso un estado de algo parecido a la somnolencia sea lo único que permita a la poeta integrar ambos sucesos en el poema, un poema «que nunca empieza, / [que] me lleva siempre / hacia la misma estrofa: / sobre mi vientre, / como los ojos de mi padre / antes de morir». La poesía de Marina Serrano posee un carácter eminentemente visionario, la realidad que describe asoma solo a la página a través de indicios, de sugerencias. Hay siempre en estos poemas una tensión entre permanencia y transitoriedad, dos mitades del mismo ser que siente y se fragmenta, un mismo ser a la vez doliente y esperanzado. Lo que nos revela esta poesía es que la vida, bajo su superficie, posee varias capas de significado, capas complejas en las que se dilucidan las contradicciones que la convierten en lo que es, una secuencia de interrogantes inabarcable. Cada reconfiguración mental produce su propio resultad, como vemos en el poema, escrito en prosa, prólogo de la segunda sección, «Una pluma hendida bajo la piel», de la extraigo este fragmento: «Habitar los recuerdos donde aún soy hija, cuando el fuego aún no ha desfigurado estos ojos donde todavía me reflejo». Pero igualmente importante es también la ambigüedad de la experiencia ― la ambigüedad es una muestra de desorientación, pero también una generosidad que revela los momentos más privados de la autora― trasmitida en versos como estos: «Soy / el padre viviente en el interior / de sus tejidos, / olmo encorvado hacia la quietud del estanque». El lector asiste a este monólogo interno del hablante con una mezcla de desazón y perplejidad, pero la autora está explorando sus sueños como vía de acceso a los misterios del mundo, de ahí que no pueda expresarse con más claridad, con más contundencia: «Busco tu silueta / en otro espacio, / otro tiempo, / como si la huela de tu gesto / reapareciera / con la primera hilera de insectos», escribe en el poema titulado significativamente «Esbozo», es decir, un esquema preliminar, aún no definido con precisión, una manera de reflejar el desgastado paradigma de la realidad a través del lenguaje metafórico. En estos poemas el mundo onírico reúne lo opuesto ―muerte, vida― sintetizado en su propia experiencia sensorial: «Y cuando llegue el momento, / querido hijo, / cierra mis ojos / como un día cerré los suyos. / Apoya tu oído. / Recibe el latido / como ahora tus pies / deforman mi piel / cuando empujan». Lo misterioso, y tanto el nacimiento como la muerte son fronteras el misterio, es la fuente que inspira estos poemas. La autora trata de habitar el espacio que ella misma ha creado, un espacio poético extraño, aunque tangible, al que dota de autonomía para que la historia tenga un final, para que las palabras iluminen los pensamientos y los actos. Los poemas de “Musgo y dientes”, el musgo que cubre el ataúd y los dientes que brotarán paulatinamente en la boca del recién nacido, muestra el compromiso de Marina Serrano de afrontar el dolor de la pérdida con valentía y de sublimarlo a través del júbilo que provoca una nueva vida. No exponen estos poemas, como henos sugerido, realidades concretas pero el sentido del lenguaje y la forma en la que exploran la conciencia nos permiten vislumbrar su verdadero contexto.
Reseña publicada en El Diario Montañés, 12/12/2025
Pese al poso de trascendentalidad que subyace en la cita de Dante que encabeza la primera sección de este libro, no debe esperar el lector de estos poemas encontrar especulaciones de índole metafísica en ellos, salvo aquellas que provienen de una lectura de la realidad más compleja de lo acostumbrado porque los versos de Mónica Doña, pese a la aparente sencillez que desprenden, están cargados de efectos sorprendentes, sobre todo en la parte final de los poemas. Es aquí, en estos versos finales donde uno se adentra en el pozo profundo del pensamiento meditativo gracias a que, en unos pocos trazos, la autora consigue dar la vuelta a lo rutinario. Surgen entonces matices desconocidos, giros inesperados, ya sean a través de imágenes o a través de conceptos. Hay poemas que describen escenas, como el titulado «Una tarde, un poema», y otros que abren su línea narrativa a asuntos de carácter más testimonial, como, por ejemplo, «Doble vida», pero, en cualquier caso, pese a esas diferencias, tanto los poemas líricos como los narrativos fluyen por un mismo cauce en el que los detalles físicos dan forma a las ideas, a percepciones que resultan del todo creíbles, a interrogantes que ayudan a crear una molesta sensación de inseguridad emocional.
“Soles de medianoche”, libro con el que Mónica Doña obtuvo el Premio Internacional de Poesía Gonzalo de Berceo en su primera convocatoria, está divido en cuatro secciones que delimitan temáticamente el asunto que las particulariza. Así, la primera, titulada «Humano y feroz» , está integrada por poemas que ofrecen una visión del mundo «desenfocada» en la que lo animales ―araña, osa, rana o golondrina, por ejemplo― se comportan de una forma más humana que los propios humanos. La naturaleza, de la que el ser humano ha huido dejando tras de sí tierra quemada, muestra sus dones en aquellos seres que permanecen fieles a su esencia. Unos versos del poema titulado «¿Quién domestica a quién?» resulta paradigmático en este aspecto: «Es la supervivencia quien hermana / y reparte trabajos necesarios / según la habilidad de cada cual». Lo que llamamos civilización ha transformado el orden de valores. Cuanta más conciencia tenemos de nuestra individualidad, más egoístas y violentos nos hemos vuelto. El afán de preservar esa individualidad nos ha convertido en testigos mudos y cómplices de la destrucción. «Nos han dejado solos / con un dios insaciable / que nos pide monedas a cambio de licencias / para poder matarnos los unos a los otros», escribe Doña en el poema «Licencia para matar».
Un cambio de registro se revela en la segunda sección, «Lo invisible», que encabeza una cita de san Juan de la Cruz. Tras todo acontecimiento objetivo existe algo indefinible, algo que solo podemos imaginar porque está más allá de nuestra precepción, algo que nos habla de nosotros mismos ―como ocurre en el poema «Carta a Cupido»― y también del mundo que nos rodea, un halo invisible ―los poemas «El ángel del instante» y «Mística» hablan de ello― que envuelve lo real. El mundo se recrea con imágenes que invitan a establecer conexiones entre el paisaje y los objetos físicos y el paisaje gráfico de la página, aunque la experiencia de la lectura será siempre inferior a la de quien experimenta en primera persona el estado emocional que incentiva el proceso de la escritura. En la poesía de Mónica Doña no es difícil encontrar un tono solemne combinado con medidas dosis de irónico escepticismo. A veces, da la sensación de que algunos poemas están hechos de nada y otros, sin embargo, explicitan que la fuente de inspiración se encuentra en algún lugar de la memoria, un lugar que el lenguaje se encarga de rescatar y de hacerlo comunicable: «Cómo no amar la noche y su silencio / si es el único tiempo que nos lleva / al ensimismamiento, preludio tantas veces / de alguna jubilosa evocación». La última sección el libro, «Soles a medianoche» parte de un principio contradictorio que, sin embargo, físicamente es posible contemplarlo en la parte más septentrional de nuestro planeta, se produce en áreas al norte del Círculo Polar Ártico y al sur del Círculo Polar Antártico. Un sol que luce durante las 24 horas del día, lo cual produce ciertas anomalías en nuestro organismo, aunque también, como escribe Doña en un poema homenaje a Louise Bourgeois, también puede «limpiar de telarañas nuestros ojos». En todo caso, los últimos versos del poema con el que finaliza el libro son, para quien necesita encontrar explicaciones que el poema no tiene por qué ofrecer, suficientemente esclarecedores: «Aunque esta vez el juego sea esbozar / lo que ya está perdido / y el ardiente recuerdo ha eternizado en mí / como sutil destello en la tiniebla, / como íntimo sol de medianoche». Pero Mónica Doña no habla de asuntos fantasmagóricos, solo representa ecos de su experiencia humana, de lo que ve a su alrededor, de lo vivido, y lo hace con un lenguaje musical y vivo que gira y gira sobre los mismos temas. El anhelo y la pérdida condicionan el amor y la compasión, pero, a la vez, hace que lo imposible, lo invisible, se vuelva poco a poco plausible.
Un verso entresacado de un poema del propio Basilio Sánchez (Cáceres, 1958) da origen al titulo de este libro, “El buen lugar” y sirven, además, para enraizar la escritura con la propia naturaleza, un asunto este cuyo origen se remonta, como mínimo, a Aristóteles, autor, por cierto, citado en estas reflexiones, sobre todo por su “Poética”. Ya desde la primera página del libro, bajo el amparo de Carlo Levi, se da razón de esta equiparación entre el espacio físico y el acto de escribir. La casa y el libro, ambos objetos con una misma intención, la de ser parapeto contra las inclemencias del ser humano, contra lo fugaz, contra la muerte. A partir de aquí, se suceden las reflexiones sobre el acto creativo, sobre el poeta y el poema. Son tantas y de tan variado fundamento, que resulta imposible resumirlas, más allá de constatar la fidelidad de Sánchez al poema, concebido este como una forma de «desentrañar una realidad que se nos escapa» y de afirmar la identidad y los principios que la rigen: «Con los años ―escribe Basilio Sánchez― se termina aprendiendo que lo importante no es ser original, sino verdadero. Que lo sustancial es que lo que uno escriba sea lo que uno es y que el tono de su lenguaje se corresponda con su manera de ser y de vivir. Con la manera absolutamente personal que tiene cada poeta de pensar y de percibir, a través de sus sentidos, el mundo o en el que vive». La cita es larga, pero expresa y resume el pensamiento del autor de manera contundente. Para apoyar ese pensamiento no duda Sánchez en recurrir a otros autores con citas literarias, con versos, frases o anécdotas que ha asimilado y adaptado a su saber, acentuando así un impulso de tácita complicidad que, sin embargo, asume un riesgo que compartimos, el de algunos lectores no estén lo suficientemente familiarizados con la obra aludido, complicando la comunicación de las emociones: «Los textos que reúno en estas páginas, las palabras que a lo largo de los años he ido recogiendo de los autores que me gustan y ahora traigo hasta aquí, consiguen conformar, en cierto modo, ese túnel particular del que nos habla Barnes por boca de su personaje». Los fragmentos, que carecen de datación y dan así la sensación de un continuum reflexivo, aunque existan ideas que sobre las que se incide recurrentemente, hasta el punto de que, en algunas ocasiones, las perspectivas desde las que se abordan algunas de ellas llegan a ser, si no opuestas, sí contradictorias. Este aspecto, para este lector, contribuye aún más a profundizar en el este libro porque no tiene desperdicio. Podrá uno estar o no de acuerdo con las «tesis» que en él se defienden, pero lo que resulta indudable es que su lectura enriquece la manera de ver y leer la poesía.
Además, si hay quien piensa que la heterogeneidad es una desventaja, nosotros pensamos lo contrario, la diversidad es una virtud de la que sacamos partido todos aquellos que buscamos no unas líneas maestras de pensamiento poético ya prefijadas, sino un sustrato común desde el que levantar un edificio poético personal. «La escritura, en su verdad, nace del vacío de lo que no se puede decir y conduce hasta el vacío de todo lo que se queda por decir. Por eso no es difícil que los poemas consigan trasladarnos la inseguridad con la que el poeta los escribe, ese extravío esencial ante las palabras que constituye el punto de partida ―y casi siempre, también, el punto de llegada― de la escritura poética», dice Basilio Sánchez. Los poemas que prefiere el autor son los que ensalzan lo humilde, los que exploran la condición humana desde un planteamiento humanista, como queda patente en sus reflexiones durante la pandemia. Tras los duros momentos sufridos en primera línea, asistiendo con profesionalidad, pero también con humanidad, al dolor ajeno, solo la paz interior permite que el pensamiento y la emoción se transformen en poemas. El poeta no puede aislarse en medio de la frenética actividad a la que debió hacer frente. La construcción de su mundo imaginativo es posterior ―no está de más recordar a tal efecto a Wordsworth―, aunque no menos efectivo, porque los efectos de la lucha con la realidad tardan mucho en disiparse. Simone Weil afirmaba que la atención es una forma de oración, lo nos conduce a pensar que también el poema lo sea porque escribir no es solo un acto creativo, es también un acto trascendente, porque, como escribió el poeta norteamericano Robert Hass, toda palabra es una elegía. La palabra, al fin y al cabo, es capaz, como afirma Zagajewski en este fragmento recogido por Basilio Sánchez, de «transformar el dolor y el sufrimiento en belleza» y en esa tarea, la de regresar al jardín, a la contemplación del mundo desde un espacio diáfano e incontaminado se aventuran cada una de las reflexiones de este imprescindible libro.
Reseña publicada en El Diario Montañés, 28/11/2025
Hasta donde se nos alcanza, la poesía del australiano Peter Boyle (Melbourne, 1951) solo ha sido traducida esporádicamente y publicada en páginas y revistas virtuales. A altas horas de la madrugada, la presente antología publicada por Naitilus Ediciones, es la primera oportunidad que tenemos los lectores de acceder a sus poemas en forma de libro, lo cual, para quienes sentimos verdadera predilección por este formato, que aún goza de un enorme prestigio no solo entre los lectores, sino también entre los propios autores, especialmente los poetas, supone un privilegio. Hemos de confesar además que no habíamos tenido la oportunidad de leer nada suyo hasta el momento de comenzar este libro, algo que, presumimos, les ocurrirá a otros muchos lectores, por esa razón, y como salvedad, creemos que es conveniente aportar algunos datos curriculares:
Peter Boyle comenzó a escribir poesía en su adolescencia, en parte, según ha contado en entrevistas, como una forma de lidiar con los efectos de la polio infantil. «A los catorce años ―responde a la entrevistadora― comencé a escribir poesía en parte por el placer de crear, en parte como respuesta a una serie de motivos personales en gran parte inconscientes. Estaba el deseo de emular la poesía que admiraba: T. S. Eliot, Hopkins; A los quince, Pound, Dylan Thomas, Rimbaud, Baudelaire, Lorca, Villon, solo pequeños fragmentos de todos ellos, y a los dieciséis, Dylan, el gran Bobby Dylan y motivos personales. Sin duda, la necesidad de expresarme, de crear en forma verbal, estuvo motivada en parte en mi adolescencia por la inseguridad, mi sentido de vergüenza en mi propio cuerpo como un niño discapacitado que quería crear algún otro yo para sí mismo. Sin embargo, no creo que esa fuera la única ni la más importante motivación. También estaba el fuerte deseo de crear algo realmente poderoso, hermoso, que cantara como lo hacían los poemas que admiraba. Fui consciente desde el principio de escribir mala buena poesía en contraposición a letras ineptas o rimas o parodias inteligentes que podrían llamarse buena mala poesía. Escribí un poema sobre rocas ígneas a los quince y canalizó mis inseguridades en imágenes que surgieron espontáneamente. Estaba influenciado por el poema de Rimbaud sobre Ofelia, pero también algo bastante mío. Lo escribí después de ir a una fiesta en casa de una chica y sentir esa abrumadora sensación de inutilidad adolescente, pero el poema no era la típica angustiosa rave adolescente. Me emocionó la forma en que el poema fusionaba sentimientos, imágenes y sonidos en un todo muy diferente, como puede hacerlo la poesía. Aunque se alimentaba de esa horrible sensación de inutilidad, el poema me alejó de mí misma y sustituyó el dolor por la alegría de dar forma a las palabras. Estoy seguro de que esa fue gran parte de mi motivación. Con los años, adquirí un mayor equilibrio y una mayor conciencia del sufrimiento ajeno. Entre los catorce años y cuando volví a escribir poesía a los treinta y seis, mi motivación cambió hacia la expresión de preocupaciones sociales o más universales». Obtuvo una licenciatura con honores en inglés por la Universidad de Sídney, un diploma en Educación y una maestría en Estudios Españoles y Latinoamericanos. En 2020, completó su doctorado en Artes Creativas en la Universidad de Western Sydney. Su primer libro, publicado cuando el autor ya había cumplido cuarenta y tres años, se tituló Volviendo a casa del mundo (1994), le siguieron La nube azul del llanto (1997), Lo que el pintor vio en nuestros rostros (2001), Museo del Espacio (2004), Los apócrifos de William O’Shaunessy (2009), Pueblos en el Gran Desierto: Poemas nuevos y selectos (2013), Cazafantasmas (2016), Envuelto en las alas de una gran oscuridad (2019), Notas del libro de los sueños finales (2020) Ideas de viaje (2022) y Compañeros, antepasados, inscripciones (2024) Boyle ha traducido a poetas franceses y españoles, entre ellos Federico García Lorca, César Vallejo, Luis Cernuda y Pierre Reverdy. Entre sus traducciones se incluyen Los árboles. Selección de poemas 1967–2004 (2004), de Eugenio Montejo y Navegante inmóvil, que amó en la oscuridad del océano (2006), del poeta chileno Juan Garrido-Salgado. Entre los premios que ha recibido se incluyen el Premio Literario del Primer Ministro de Nueva Gales del Sur, el Premio Banjo del Consejo Nacional del Libro y el Premio de Poesía del Festival de Australia del Sur. Recientemente, ganó el Premio de Poesía Kenneth Slessor 2020 por su libro Envuelto en las alas de una gran oscuridad (2019).
Pese a la brevedad de esta antología bilingüe, los poemas incluidos en ella nos muestran las características más sobresalientes de la poesía de Boyle, que, gracias a un apéndice final, podemos contextualizar. Por otra parte, el hecho de que sean varios los traductores ―Corina Oproe, Gustavo Osorio de Ita, Guillermo Martínez González, Miguel Gomes, Mario Licón Cabrera y Jordi Doce, quien también se ocupa de prologar el volumen― aumenta las dificultadas, por más que, probablemente, se haya intentado homogeneizar las interpretaciones de cada uno de los traductores. Hay, no obstante, como decíamos, suficiente material para comprobar como la propia vida del poeta, sus crisis, sus traumas, sus incertidumbres y sus fracasos forman parte de sus versos. El amor y el desamor, la presencia ineludible de la muerte, la relación del individuo con la historia e, incluso el juego textual, como ocurre con «Los apócrifos de William O’Shaunessy» ― un erudito clásico que falleció en circunstancias difíciles antes de dejar sus escritos a la posteridad―, una combinación de poesía, prosa y «traducciones ficticias de textos imaginarios», que abarcan desde la política hasta la filología, desde tierras e idiomas imaginarios hasta libros e historia, del cual no se ha recogido aquí el poema «Cigarra». «Quizá ―explica el poeta―, hasta cierto punto, evito la poesía ligada a la narrativa explícita y a los detalles autobiográficos por el instinto de que, una vez que me acerco demasiado a ese tipo de detalles, no podré evitar los peligros de una diatriba privada. Hay algunos poemas en los que utilizo muchos detalles de la vida de alguien para construir una imagen de él. Pienso en un poema del libro Lo que el pintor vio en nuestros rostros, titulado «Cecile», basado en gran medida en una compañera de piso con la que compartí una vivienda a principios de los ochenta. Es un experimento, un poco al estilo de Montale, con el detalle y la construcción de una realidad no declarada. Inevitablemente, es subjetivo, ya que no puedo saber cómo fue la vida de Cecile para sí misma y la proyección del poema se centra tanto en el narrador imaginario del poema como en Cecile». Del libro Cazafantasmas ― un trabajo enmarcado en el ámbito de la poesía heterónima, ya que recrea composiciones de once poetas de tradiciones hispanoportuguesas principalmente―. son algunos de los poemas que prefiero, como «Aura del poema», que encierra una interesante poética: «El poema se sienta, espera, / calienta el cuarto, / dispone todo para hacerlo acogedor».De Notas del libro de los sueños finales es el magnífico poema «Una pintura en el Prado (interiorizándose en Velázquez», en que el autor adopta la perspectiva del pintor autorretratado a la puerta de la estancia: «El hombre esta de pie / eternamente recién llegado / mantiene la puerta entreabierta: nos invita a pasar / y las mujeres y las enanas nos rodean. / El vestido de la princesa es un globo blanco siempre / a punto de elevarse. / Todo está a la espera / como si nosotros también hubiéramos sido esperados…». Pero, como escribe Jordi Doce en el prólogo, «Una parte importante de este libro la componen poemas de duelo, poemas que cantan o conmemoran con emoción contenida la ausencia del ser amado». «Réquiem», otro de mis poemas predilectos, que pertenece al libro Lo que el pintor vio en nuestros rostros resume esa melancolía, esa pesadumbre: «Te deslizaste fuera de la vida hacia el silencio / un largo atardecer con gritos de pájaros / y aguas rotas en el jardín circular, / esperando la llamada de que la cena estaba lista, / la mesa puesta / y las estrechas camas con las sábanas extendidas preparadas para dormir…». Los fragmentos de Envuelto en las alas de una gran oscuridad nos ofrecen también una honda reflexión sobre la vida y la muerte. El libro está escrito durante la enfermedad terminal de su pareja, Deborah Bird Rose, y recorre la alegría y el dolor en todos sus matices de oscuridad y luz. «Se trata ―afirma Boyle― de un poema de un solo volumen, compuesto por fragmentos y piezas más cortas en diversos estilos que se desarrollan hasta el último verso, que da título al libro. He buscado una simplicidad austera y abierta en este libro, con una claridad y brevedad suficientes para soportar el peso del momento en el que me encuentro, con mis enfermedades, el cáncer de mi pareja y la profunda sensación de los límites del tiempo. Los poemas cuestionan qué podría significar vivir y escribir con la certeza inmediata de la muerte, qué respuesta podemos encontrar cuando, de repente, nos dicen a nosotros o a la persona que amamos que tenemos un tiempo muy limitado, tres o cinco años, de vida. Tanto a nivel artístico como personal, la obra también necesita equilibrio, ya que la belleza, la ternura, la presencia del mundo natural, tanto la luz como la oscuridad, insisten en su lugar en el poema. Representa un nuevo reto para mí como poeta: la búsqueda de una intensidad y una claridad lo suficientemente fuertes como para dejar que las cosas sencillas resuenen, creando poemas amplios y abiertos. Más que en ninguna otra obra anterior, he buscado desentrañar expresiones cotidianas, explorar el lenguaje, comprender nuestro esfuerzo compartido por aceptar la mortalidad no como una verdad abstracta, sino como nos confronta personalmente una vez que entra en nuestra vida. La construcción de un poema de reflexión filosófica de la extensión de un libro ha requerido la creación de suficiente espacio alrededor de cada fragmento para que resuene plenamente. Un poema de esta extensión también requirió el desarrollo de una energía, un ritmo más amplio, que acompañara al lector hasta el final». Lo cierto es que, después de leer esta antología, se han acentuado los motivos para leer con mayor profundidad y extensión la obra de un poeta como Boyle, que no debería pasar desapercibido a los amantes de la buena poesía.
No cabe duda de que la poesía de Francisco Díaz de Castro (Valencia, 1947) contiene muchos elementos autobiográficos, porque incorpora una gran intensidad emocional, a menudo abordando aspectos de su vida que, en mayor o menor medida, han ido conformando su experiencia del mundo, una experiencia vinculada con un concepto estoico de la felicidad ―«Fuiste feliz: / te amaron, y tú amaste. / No tengas miedo»―, con la belleza y la plenitud del instante, pero también con la pérdida y el dolor, por eso no es extraño que en sus libros aparezcan poemas elegiacos, en los que predomina la reflexión melancólica, junto a otros de carácter celebrativo, en los que la ternura, la pasión, los recuerdos de una vida compartida prevalecen. Son las dos caras de la moneda y parece improbable que un poeta pueda mostrarse de canto ante ellas. Díaz de Castro no lo hace. De hecho, se inclina más por la emoción que produce la evocación ya desde el primer poema del libro, «Ciudad», una ciudad distinta a la que conoció en el pasado, en su infancia: «Ya no es el mismo aire / el que mueve las hojas plateadas / del árbol de mi calle, ni es la misma / la casa en que viví, que han repintado / con un color naranja que estremece». Sabemos que la escritura produce ese tipo de alivio necesario para sobrellevar las experiencias traumáticas porque, de un modo aún no interpretado del todo, explora en el cuarto oscuro ―Francisco Díaz de Castro es, además, un excelente fotógrafo― de la mente y logra, mediante el lenguaje, hacer visibles las imágenes borrosas del pasado. Unos versos del poema “Luna Baja” afirman esta idea: «Imágenes borrosas vienen a la memoria / como en una secuencia fotográfica», imágenes descifradas gracias a que los versos trasmiten con eficacia esos actos de intimidad física que se resisten a caer en el olvido.
Muchos de estos poemas reflejan la pérdida y la transformación que el paso del tiempo provoca en los recuerdos, incluso en la propia identidad, de lo que Díaz de Castro da cuenta en un poema como «Espejo», en el que, gracias a unas dosis de humor bien dispuestas ―que aparecen también en el breve poema «Mala vista», por más que la vista no sea el único sentido evocador―, atenúa las consecuencias de su desconcierto: «Los rasgos de esa cara me resultan absurdos / porque sé que son míos y son al mismo tiempo / los de un desconocido». La fugacidad de la vida, esa que nos hace preguntarnos cómo hemos llegado hasta aquí, que ha sucedido en el mientras, es otro de los temas fundamentales de este libro, una fugacidad traslada a los versos con sobriedad, renunciando a los efectos floridos de la grandilocuencia. El poema «Réquiem», del que tomo estos versos, es un buen ejemplo: «Y el pensamiento vuela hacia otro tiempo, / otro tiempo de risas y tu voz y tus ojos, / tumulto en la memoria sin más sentido ya / que este hueco sin aire que llega para siempre, / que es una piedra negra en el sentido / para un nombre sin quién». La muerte y la vida pertenecen son también dos caras de la moneda, la una no tiene sentido sin la otra, solo la manera de afrontar esta certeza, que la vida tiene un final, determina la visión de la realidad que alimenta la escritura: «La realidad es sueño de palabras / sonando en el vacío / palabras que se dicen a sí mismas. / Cenizas en el viento». Pese a que la impresión que ofrecen al lector versos como estos sea al de una melancolía frustrante, en el fondo, en “Luna baja” predominan la belleza y la sabiduría entremezclados con la prosaica realidad de la finitud: «No te engañes, no alientes las vanas esperanzas, / goza de ser quien fuiste, dios de un día; / nunca serán bastantes los deseos cumplidos, / pero ha llegado el tiempo de recoger velas», escribe en «Los deseos». Díaz de Castro, poema tras poema, nos despierta a nuestra propia realidad, porque no son estos poemas evasivos, no intentan dulcificar esa realidad tan aplastante, pero lo hace sin cuestionar la validez de las propias metas ni los fracasos que originan. Todo forma parte de esa visión completa ―«Mirar tan solo, mirar con ojos limpios»― que el libro ofrece, de esa defensa contra la confusión elaborada poema a poema, de la serenidad con que el poeta se enfrenta al destino: «Nada es lo que parece ―escribe en el poema “Ventanas”―, todos saben / que ninguno está a salvo. Y se muerden la lengua / para ahuyentar la muerte de ojos ciegos. / Mientras, los cuerpos jóvenes aúllan / y nosotros los viejos, la última verdad, / somos los silenciosos de la huida del tiempo, / ese teatro grotesco de confusión siniestra».
*Reseña publicada en El Diario Montañés, 21/11/2025
Con cierta regularidad, Jordi Doce (Gijón, 1967) viene intercalando entre su obra poética otros volúmenes, cuadernos de notas que, por su propia naturaleza, ofrecen una recopilación de notas misceláneas que se no se ajustan a un tema concreto, aunque abunden las referidas al propio acto de la escritura, lo que permite al lector establecer paralelismos entre dichos apuntes y los poemas escritos, y esto es una suposición, de forma simultánea, pero no resulta inverosímil rastrear la evolución poética siguiendo las huellas de estos textos. Cada apunte, cada nota forma parte de un mosaico que va revelando su estructura lentamente, a medida que avanzamos en la lectura, lectura, que nos depara tesoros y sorpresas sin cesar. Es sabido que la lectura de un poema exige lentitud y relectura, pero muchas de estas anotaciones requieren de un esfuerzo similar tanto por su densidad conceptual como por el placer que dispensan al lector estas reflexiones, escritas con un lenguaje coloquial ―aunque Doce no sienta predilección por lo descriptivo en sus poemas, en estas notas, el género es otro, si se decantan por este procedimiento― en su mayor parte, aunque no desestima el uso de un lenguaje más metafórico cuando la ocasión lo exige. Esta alternancia forma parte de las muchas virtudes que posee este libro, “La insistencia”, subtitulado «Cuaderno negro» por las especiales circunstancias en las que está escrito. Otro tanto ocurre con la extensión de los comentarios, generalmente breves ―en algunos casos, de una brevedad cercana al aforismo, como vemos en estos ejemplos: «Quien posee lo deja todo perdido de huellas dactilares» o «También hay palabras misántropas. Forman aforismos»―, aunque no escasean los que sobrepasan las exigencias de la brevedad, quizá impulsados por esa necesidad de escribir con claridad sobre lo que desconcierta al poeta, lo que le duele y desubica. Probablemente es una cuestión de estilo, tan consistente y reconocible en toda su obra, incluyendo estos apuntes que, pese a ser “solo” eso, se insertan en el mismo marco, en una jurisdicción similar a la del poema porque también a través de ellas el poeta experimenta, tal vez incluso de manera más directa y sostenida, su relación con el mudo y con el poema, con el mundo del poema, en definitiva. «De joven pequé en exceso de descriptivo. Supongo que sentía la necesidad de apuntalar la realidad del mundo con adjetivos y un enjambre de detalles sensoriales. Ahora los evito o simplemente me despreocupo de ellos. Camino de la vejez es mi manera de ir asimilando poco a poco esta irrealidad», escribe. Esa “despreocupación” es la que evita, a mi modo de ver que, gracias a la singularidad de su estilo, logre mantener una relación peculiar con lo que le rodea, sin correr el riesgo de desvirtuar la lente a través de la cual observa lo que sucede en su entorno, no solo físico, sino emocional.
Si el poema disfraza, voluntaria o involuntariamente, en gran medida lo que el poeta piensa, en estas notas ese pensamiento queda expuesto sin medias tintas. Su atención a lo que sucede en el mundo exterior no le impide desarrollar una rica vida interior porque, como escribe en otro apunte, es necesario «Vivir de puertas afuera, a la intemperie, para curtirnos y que nos salga corteza. Por debajo de ella, construir otra existencia, más suave o flexible, comprometida de los pies a la cabeza a la cabeza (¿a la copa?), capaz de irrigar el mundo a hurtadillas». Pese a que muchas de estas notas ofrecen afirmaciones personales y, en algunos casos, contundentes, el lector no se siente excluido, antes al contrario, esté de acuerdo o no con ellas, encuentra la forma de interpretarlas, de asumirlas, de encajarlas en su propia conciencia, y este es un mérito no menor de la coherencia entre pensamiento y acto de Jordi Doce, una coherencia que se contagia, una coherencia pragmática en ocasiones y utópica, si se me permite el término, en otros momentos, en función de que prime en la reflexión lo cerebral o lo sensual respectivamente, aunque en ninguna de ellas haya un exceso de solemnidad tal que suma al lector en el escepticismo. Todo lo contrario, lo que predomina en la escritura de Jordi Doce es una actitud humilde anta la escritura, como no puede se de otro modo para quien piensa que «Escribir es solo plantar semillas y cuidar los tallos incipientes. La maduración se da en otros, fuera de nuestra vista, fuera de nuestro alcance. La escritura es lanzar hacia un futuro del que nada sabemos y que ni siquiera ―si tuviéramos una migaja de confianza― debería incumbirnos. Hagamos mejor como esos jubilados ingleses que insisten en trabar su pequeña parcela en el huerto comunal; el cultivo es su propia recompensa». Las notas que integran “La insistencia” actúan como defensa contra la confusión que paraliza hoy en día al ser humano. Hay que caminar con los ojos bien abiertos en este bosque de páginas, porque en cada página hay un mundo interior, tan complejo o más que el mundo de afuera.
Una declaración de principios alberga el verso de Juan Gil Albert que Alberto Santamaria (Torrelavega, 1976) utiliza como epígrafe, «estar es todo», porque solo viviendo ―vivir es un regalo, sugiere en otra ocasión―, estando alerta, uno puede observar cuanto ocurre a su alrededor y no puede extrañarnos este planteamiento inicial porque Santamaría es un observador excepcional, atento y dispuesto no solo a registrar lo que ve, sino a descontextualizar lo cotidiano: «lo observamos / tú / yo / espías anfibios / tras una verde lata / de cerveza / apoyados contra la corteza / de un árbol muerto / sin nada más que hacer / que estar // dóciles como helechos». Así lo resignifica, lo dota de nuevos sentidos porque el lenguaje, tal y como lo entiende, más que constatar las impresiones recibidas, más que servir de medio para trasladar un pensamiento, es puro pensamiento, y así deben entenderse las “trampas” que va esparciendo el poeta en sus poemas, trampas muy bien camufladas entre la hojarasca de lo trivial.
“De las cosas pálidas”, su nueva entrega, está dividido en tres secciones, relacionadas entre sí, más una nota final en la que el poeta periodiza el tiempo de escritura del libro, cinco largos años, los que van desde marzo del 2020 hasta marzo de 2025 ―durante este tiempo, la escritura de Santamaría no se ha detenido, ha dado a la imprenta títulos tan importantes como “Un lugar sin límites. Música, nihilismo y políticas del desastre en tiempos del amanecer neoliberal” o “El único planeta verdaderamente alienígena es la Tierra. J. G. Ballard, guía para usuarios del desastre”. Pero en esta nota también informa de algunas de las deudas, más o menos explícitas, que ha contraído, gracias a sus lecturas, con autores de variado pelaje. Ya nos avisa de que no están mencionados todos, y así lo comprobamos al leer el libro, porque no nombra ni a Gamoneda ni a Ángel González, ambos bien visibles en el texto.
En su nuevo libro, Alberto Santamaría huye de la puntuación e, incluso, de las mayúsculas, lo que exige una colaboración mayor del lector, que se ve sometido a un proceso de interpretación mucho más rico y sugestivo. Por otra parte, y siguiendo la técnica de su admirado Wallace Stevens, pero también de William Carlos William, acaso más palpable la influencia de este en el uso del humor, en la readaptación de ciertos giros coloquiales y en el análisis de los entresijos de la vida urbana, rehúye los patrones métricos tradicionales a los que estamos acostumbrados y se decanta, gracias a su buen oído, por el verso libre siguiendo las pautas de la respiración ―«pie variable» lo llamó William―, no de los acentos, de la entonación del habla, y de las pausas versales, con las que consigue crear un ritmo personal capaz de trasmitir eficazmente una experiencia sensorial sujeta solo a un proceso mental interno.
Hemos hablado del humor, presente en estos poemas, aunque no siempre de forma explícita, porque Alberto Santamaría se muestra muy escéptico ante al afán, no de trascender la realidad sino de adornarla con grandes ornamentos ideológicos. El instante, el presente, el aquí y el ahora buscan su propia prosodia en la depuración estilística, en el verso breve, en el lenguaje conversacional. Por eso no encontraremos en sus versos ninguna pose erudita, sino un intento de capturar la realidad desde un mirador a ras de tierra, ese mirador que se remonta a su infancia, trascurrida en un barrio suburbial ―«no hay futuro / en este barrio», escribe―. Acaso por esa influencia, es el paisaje urbano el que predomina en todos los poemas: «a la intemperie / entre grúas de metal / y ruidos de ciudad / pequeña», escribe en uno de ellos, y en otro, habla de «amasijos de hierros / bloques de pisos / descampados». Paisaje también industrial: «Visitar este paisaje abrasado que es la infancia hacerla brotar entre escombros y aleros de hierro forjado una cerraja sola creciendo ―esa es su lección moral― entre adoquines rotos…». Pese a esa relación afectiva con la realidad, Santamaría defiende el poder de la imaginación y la sitúa por encima de la lógica de la razón que puede dar origen al poema, sí, pero en el proceso de escritura va perdiendo protagonismo en favor de lo imaginario, hasta el punto de que: «el poema no guarda ya / ningún parecido / con la realidad». Otra de las indagaciones frecuentes en sus poemas tiene que ver con el yo, con la identidad, una identidad frágil, vulnerable: «¿a quién le debo el peso / de tantas inseguridades?» se pregunta y, en unos versos posteriores, afirma: «Estoy hecho / de hilos, / de mentiras / de palabras / terrosas […]de mil desastres pequeños». Pero no pensemos por eso que gobierna esta poética una visión apocalíptica. Alberto Santamaría es capaz de vivir en el desorden del mundo sin dramatismo, al fin y al cabo, es él quien ha escrito que prefiere «la frivolidad / siempre antes / que la nostalgia», algo del todo coherente con quien prioriza las cosa sobre las ideas.
Reseña publicada el 31/10/2025 en El Diario Montañés