Hola. ¿Cómo estás? Espero que bien y feliz. Sigo acá, de alguna manera. Ha pasado mucho tiempo, pero de a ratos se siente como si hubiese escrito por última vez ayer nomás.
Varias veces pensé en sentarme a escribir sin encontrar motivos. Ni siquiera mis obsesiones, esas viejas conocidas. No porque no hubiera cosas por contar, sino porque me parecía un ejercicio vacío, intrascendente; incluso cuando el cuerpo lo pedía.
Dos mil veintidós fue una pesadilla que todavía arrastro, de a ratos. El Boss estuvo enfermo. Muy enfermo. Durante meses. Con momentos en que no se sabía si estaba agarrando el acordeón o el arpa. Nuestra pequeña y feliz familia, la que dio origen a Ecosistema Camionero, resultó no ser tan feliz ni tan familia, cosa que ya se sabía. El quiosco implosionó y luego explotó sin alaraca, como solo los pequeños negocios saben hacerlo, y todavía hay escombros que siguen cayendo tres años después… y todavía falta.
Al principio quise escribir una especie de crónica, pero el viejo exorcismo sencillamente no funcionaba. Demasiado reciente. Demasiado amargo. Demasiado deprimente. No iba a someterme, ni a testear tu paciencia, con semejante disparate. Así que no escribí nada.
Entre todos los escombros, durante una tardecita tibia de finales de primavera, tuvimos una conversación lenta con Naxto. La zozobra era total, estaba más perdido que Adán el día de la madre y mi primer pensamiento cada mañana y durante varios meses fue “Mierda! Otra vez no me morí mientras dormía”.
— ¿Tonces? ¿Qué pensás hacer? — Me preguntó mientras yo miraba lejos.
— Ni idea. Terminar de presentar los papeles para el proceso judicial y luego empezar a buscar trabajo.
—Yo que vos me iría
Ahí lo miré a Naxto. Con varias preguntas que no hice, pero que él adivinó.
—Y sí, andate para el Este. Punta del Diablo, si te cuadra. Hacé temporada, limpiate un poco la cabeza y volvé más limpito. Total, para estar sin trabajo en pleno verano acá, con el calor de mierda que va a hacer, mejor andate a la orilla del mar. Vas a seguir sin trabajo, pero al menos vas a estar al lado del océano. No es poca cosa.
La lógica era innegable y la idea hizo click enseguida… así que me fui. Pasé una Navidad silenciosa con mi familia y el 26 de diciembre de 2022, con la moto puesta a punto, arranqué para las costas de Rocha mientras el sol despuntaba el horizonte.
Punta del Diablo fue un refugio y un escape. También un espejismo. Caminatas por la playa, juntando algas y mejillones cada tanto y sin depredar, currículums presentados sin suerte, silencio y gente linda que me dio lugar y espacio sin preguntar mucho y sin pedir nada. A las cansadas y de pura chiripa, conseguí un trabajo temporal. En construcción. El trabajo en construcción es sacrificado, eminentemente físico y desgastante, sobre todo en verano. Con 47 años, escaso entrenamiento y nulos conocimientos, me embarqué en un viaje embrutecedor para el que definitivamente no estaba preparado. Sin embargo sirvió dos propósitos. Uno era que me mantenía ocupado y, sobre todo, cansado. Lo otro fue que pagaba bien, tan bien que pude recobrar el viaje, la puesta a punto de la moto y la estadía en pocas semanas. Pensé en escribir sobre esa experiencia. Una vez más solo llegué a publicar una entrada acá y algunas pocas fotos en Instagram. Todavía tengo las notas, pero una vez más, no le encontré sentido.
Hasta el 2 de febrero de 2023. Ese día, una vez más por pura casualidad, el Sensei de los Quesos publicó un mensaje en Twitter (X para la generación nueva): Estaba expandiendo la quesería y su calendario de cursos y necesitaba alguien para la parte de comunicaciones, internet y afines. Contesté de la manera más informal posible y me contestó una hora después. No me ofreció ese trabajo, sino otra cosa: —¿Querés hacer queso conmigo?
No lo dudé. Le pedí unos días para terminar de buena manera lo que estaba haciendo en Punta del Diablo y el 14, una vez más cuando el sol clareaba el horizonte, salí para Montevideo. Quería ver a María Luisa, que recién volvía de un largo viaje y a la que no había visto desde principios de diciembre, y también les debía una visita a otros amigos.
El 17 de febrero de 2023, un lunes, a las 05:30 de la madrugada, empezaba una nueva etapa.
Pero eso va en la próxima.


Pancho



