Conocer Egipto
Publicado: 24 abril, 2007 Archivado en: Sin categoría Deja un comentarioEgipto es un país que se extiende entre el desierto de Libia y el de Arabia, formando un valle estrecho y prolongado, regado por el Nilo.
El grandioso paisaje que es su decorado, al ritmo regular de las crecidas del Nilo y de la carrera del sol, convierte a Egipto en un lugar de ensueño, al que hoy acuden los turistas y curiosos de todas las partes del mundo.
Allí todo señala lo inmutable y lo eterno; en las puertas del desierto la vida desafía a la muerte, y de ahí a creer en la inmortalidad del alma hay sólo un paso, y esta creencia estuvo en el centro del arte y la religión de Egipto durante toda la duración del imperio faraónico. ¿Cómo no creer en un dios eterno, dispensador de bienes como ese limo que concede la fertilidad a las tierras egipcias?
Con el Nilo fertilizando sus riberas, el cielo, el aire y el calor, se tejió en tiempos remotos como una red de correspondencias, testimonio terrestre de una sola divinidad. Una divinidad que, de acuerdo con las antiguas doctrinas del país, estaba formada por una trinidad: Isis, Osiris y Horus, ayudada por otros dioses menores. Fue el faraón Akenaton quien rompió ese equilibrio celeste al proclamar la existencia de un dios único, Aton, equilibrio que intentó restablecer durante su breve reinado, el misterioso Tutankhamon.
La religión dominó en aquella larguísima época toda la vida de Egipto, siendo los sacerdotes los que en realidad gobernaban a la nación y a todos sus moradores.
Por eso, el país regido por el Libro de los Muertos, ha sido uno de los más enigmáticos y abocados a las polémicas más encornadas entre los expertos en egiptología.
El antiguo Egipto nos legó una maravilla tal como el Valle de los Reyes, con su enorme multitud de tumbas, llenas de secretos, misteriosas, enigmáticas, repletas de tesoros muchas de ellas, aunque el mayor de sus tesoros sea la indeleble huella histórica acerca de un país fabuloso, del que, gracias a los denodados esfuerzos de hombres de ciencia, como Champollion, lord Carnarvon y Howar Carter, descubridores los dos últimos de la tumba de Tutankhamon, en la actualidad conocemos muchas de sus costumbres, de sus ideas religiosas, de sus dinastías, que de otro modo se habrían diluido en un pasado oscuro y tenebroso.
Incluso ese gran caudal de agua que es el Nilo habría constituido un misterio, puesto que no fue hasta el siglo XIX cuando, exactamente en 1857, el británico John Hanning Speke, llegó hasta el lago del centro africano, al que impuso el nombre de Victoria como homenaje a la soberana que a la sazón regía los destinos de Inglaterra, descubriendo acto seguido que dicho lago era la verdadera fuente del Nilo, el río sagrado del país, en tanto que otros ríos afluían al victoria desde los montes de Kenya.
Este río puede considerarse como la arteria aorta de Egipto. Su nombre, Nilo, procede del griego “Neilos”. Durante milenios, el origen del Nilo fue un misterio, pues sus aguas provenían del lejano Sur pero nadie de la antigüedad había logrado penetrar en las tierras meridionales del continente africano como para alcanzar sus fuentes.
A medida que el nilo discurre hacia el norte, o sea hacia la cuenca del Mediterráneo, su cauce se va estrechando paulatinamente y tonándose más abrupto.
La nación que era el antiguo Egipto tuvo como escenario principal el territorio que se extiende entra la Primera Catarata y el delta del río, al desembocar en el que los latinos llamaron Mare Nostrum.
Para acabar citaré las palabras que el virrey Meten le dijo a su soberano, el faraón Djeser III, de la III dinastía:
“Hay una ciudad junto al río de la que éste parece extraer su existencia. Se llama la ciudad del Principio, y es por allí, lejos, muy lejos, donde está el Sur, el país cuya tierra fue creada antes que todo lo demás. Allí reina el dios Ra, donde reposa después de crear al primer hombre, y de allí surge nuestro gran río, el que fertiliza nuestros campos y nos concede la gracia de la vida.”
Y así se elaboró una historia del mundo, una cosmografía totalmente egipcia, mediante la fusión de lo familiar y lo fantástico, de lo mágico y lo religioso.
Tomás «El Versificador»
Publicado: 24 abril, 2007 Archivado en: Sin categoría Deja un comentarioTomás “El Versificador”, poeta del siglo XIII, experimentó el hechizo de las hadas. Hallábase un día tendido a la orilla del Huntlay, cuando nada menos que la Reina de Elfolandia en persona, vestida de verde, pasó montada en un caballo cuya crin llevaba entretejidas innúmeras campanillas.
Se vió atrapado por un beso y subido a la grupa del caballo que atravesó desiertos y ríos de sangre, hasta llegar a un verde jardín de Inglaterra.
Una manzana le otorgó el don de la profecía y una lengua incapaz de mentir.
Yacía el fiel Tomás en una orilla herbosa
desde donde observó a una vistosa dama,
una dama repleta de vida esplendorosa
cabalgando en el valle de la espinosa rama.
Su falda era de seda verde hierba de mayo,
su capa majestuosa de fino terciopelo
y luego, a cada lado de la crin del caballo,
cincuenta campanillas que elevaban su vuelo.
Quitóse el fiel Tomás su sombrero de prisa
Y marcó una profunda y viva reverencia.
“Salve, Reina del Cielo, jamás una sonrisa
como la tuya he visto en toda mi existencia”.
“¡Oh, no, mi fiel Tomás, oh, no! –le dijo ella-.
No, no me corresponde el nombre que me has dado.
Tan sólo soy la reina de mi Elfolandia bella
Y para visitarte hasta aquí me he llegado.
Conmigo, fiel Tomás, has de venir ahora,
sí, fiel Tomás, ahora debes venir conmigo;
durante siete años me has de llamar señora,
bien de grado o por fuerza, de veras te lo digo”.
Dio la vuelta al corcel, como la leche blanco,
y a la grupa subióse al punto el fiel Tomás,
y siempre que las bridas le azotaban el flanco,
el corcel obediente corrió cada vez más.
Cuarenta días justos, con cada noche bruna,
con sangre a la rodilla siguió su vadear,
y en todo su camino no vio ni sol ni luna,
pero sí oyó el constante bramido de la mar.
Cabalgando siguieron el camino adelante
hasta que un jardín verde fue final de su ruta.
“Apéate, mi dama, la del claro semblante,
y deja que yo coja para ti alguna fruta”.
“¡Oh, no, mi fiel Tomás! –dijo con gesto tierno-.
Esa fruta no debe ser tocada por ti,
porque todas las plagas horribles del infierno
caerán sobre la fruta del país que hay aquí.
Pero tengo una hogaza de pan en mi regazo
Y un vinillo clarete del que podrás beber,
y antes de que vallamos más lejos, habrá plazo
para que descansemos, y así podrás comer”.
Tras beber y comer Tomás hasta la hartura,
“Reposa en mi rodilla tu cabeza cansada
-le dijo-, pero antes de subir a la altura,
te llevaré a que veas el árbol de algún hada.
¿No ves aquel sendero que es estrecho y adusto,
donde espinos y brezos alocados se juntan?
Pues ese es el camino de lo recto y lo justo,
Aunque luego son pocos los que por él preguntan.
¿Y no ves esa senda sinuosa y torcida
que cruza esos macizos de lilas sobre el suelo?
Pues es la triste senda de la maldad en la vida,
aunque algunos lo llaman el camino del cielo.
¿Ves la plácida senda que a lo lejos destella,
serpeando en el valle que es de espinos derroche?
Es camino que lleva a Elfolandia la bella
donde tú y yo debemos arribar esta noche.
Mas cuida de que luego tu boca no se abra,
por mucho que tú veas o que oigas, Tomás;
porque si pronuncias una sola palabra
a tu país amado no volverías más”.
Después tuvo una capa Tomás, de lisa tela,
más un par de zapatos de verde tercipelo,
y hasta que siete años le dejaran su estela,
jamás se volvió a ver a Tomás sobre el suelo.
Baladas populares inglesas y escocesas
FRANCIS JAMES CHILD
Tomás vivó siete años en el país de las hadas antes de regresar a la tierra a escribir poesías y a hacer auténticas profecías. Dicen algunos que al final volvió y vive todavía como señor de la Corte de las Hadas.
Pero otros hay que jamás regresan del país de las hadas. Entre ellos los hermosos muchachos llevados con señuelos para convertirse en amantes de las princesas feéricas, o los jóvenes a quienes se les encargan trabajos o aquellos que reciben instrucción de soldados extra para las batallas de las hadas.