
Los lugares adquieren importancia, como todo en esta vida, en función de cómo los percibimos.
Una noche me encontré en la trastienda de una tienda de recuerdos para turistas al pie de las pirámides de Gizah. La familia que unos minutos antes trataba de venderme cosas fabricadas en Taiwan con motivos egipcios me invitó a tomar un té. Les había dicho dos cosas: que no me interesaba comprar nada y que era español. Jugaba el Barça y a mí me importaba un carajo; pero el fútbol tiene este poder de abrir puertas y conversaciones por esos mundos. A través de la ventana, entre reflejos verdes y rodeado de uys y gooooles en árabe, podía ver las tres pirámides de los libros de historia y las películas, las que tanto me impresionaron, iluminadas para el espectáculo nocturno que preparan para los visitantes que quieren pagar por verlo. Yo no podía dejar de mirar por la ventana cuando me daban una tregua en su empalagosa hospitalidad. Para ellos, sin embargo, las pirámides y su lucha contra el tiempo, perdida según dicen, eran poco más que el bloque de enfrente. Así es la vida. Lo que importa no es la realidad, lo único que cuenta es cómo la percibimos.
Estoy aburrido de pasar por Atocha. Estaba. Ahora, cuando puedo, dedico un momento a pararme ahí mismo y darme cuenta de que alguien creó un espacio singular y de mucho mérito.
Desde que alguno de mis amigos ha decidido morirse antes de tiempo me estoy planteando mirar más las pirámides, por muy cerca que estén.