sábado, 17 de enero de 2026

Uno a uno fueron cayendo los mechones de mi moribundo cabello oscuro, ese mismo que él no acaricia hace ya tanto tiempo, por lo que ya no me importa si brilla o si abraza o delata la suavidad que para él llevo dentro.

Las miradas de las pequeñas almas que me acompañan pareciera que me preguntan qué es lo que sucede, ven que me estoy desarmando y no lo logran entender. Les importa, les importo. Sus ojos son las ventanas que refrescan mi respirar, aún cuando pareciera que con cada corte me estoy matando un poco más.

El silencio abarca los rincones de todo mi ser, y hoy ya no tengo una canción favorita, o una que me haga a él recordar, aunque igual lo recuerdo, cada día o en completa oscuridad. No sé bien lo que siento, hace bastante me dí cuenta de lo mucho que me cuesta reconocer y descifrar mis emociones, aunque pareciera ser una pizca de miedo lo que me frena para no volver a escuchar las melodías que me solía regalar. Eso sería volverme al pasado, quizás sería un volverme a enamorar.

Y... ¿qué será de ese ser que por las noches me buscaba desde su altillo? Recuerdo que tomaba su guitarra y susurraba canciones a mi oído.  Recuerdo ver sus ojos siempre cansados y a veces algo tristes, mirándome fijamente como si algo hubiese buscado en mi mirada. Recuerdo su sonrisa tímida, sus labios de mermelada y esa voz joven que tanto me gustaba. Recuerdo las horas pasar y los cigarrillos que se iban consumiendo al ritmo de mis latidos. Recuerdo nuestros juegos de palabras y las penitencias que pagaba. Recuerdo sus pocas palabras y los silencios que acompañaban nuestras horas a escondidas. Así fue como poco a poco dejé de preguntar, y de pronto me di cuenta que con el pasar de los meses y luego, largos años, se convirtió en un desconocido del que seguía prendada, aún cuando él ya no estaba más.

Y sin pretenderlo, comencé a contar los días, como para no perder la razón en medio de esta soledad. También comencé a hablar con un ser inventado, de bigotes largos y cola desordenada, que noche a noche me venía a acompañar. A veces me hacía creer que éramos una misma persona, pero luego supe que todo era una herramienta de mi cabeza en concomitancia con mi corazón para no verme morir un poquito más.

Uno a uno los mechones fueron cayendo al suelo, acumulándose algunos sobre mis pies, recordándome lo sucedido, sin dar explicación alguna de lo que hice o de si lo volvería a hacer. Ayer, sucedió algo diferente, sin embargo, no puedo ni podré dejar de pensar en él. Quizás cuánto tiempo más debe transcurrir, quizás cuanto más tendré que escribir, cuántas notas deberé mantener a escondidas, cuantos regalos he de dejar de envolver. Cuántas noches pasarán sin saber algo de él, o cuánto faltará para que vuelva a escribirme como castigándome por algo que no sé. Es extraño que cada tanto me trate como si nada de mí conociera, como defendiéndose de algo que nunca hice, como recordándome que soy ese demonio que nunca he querido ser.

La sed de mis labios sólo puede saciarse en él. En los suyos o en cada centímetro que me deja libremente recorrer. Pero él es alguien nuevo, que existe a años luz de mí, en un mundo que no conozco y que él no quiere compartir, en una esfera elevada que no podría nunca alcanzar. Él con alas tan extendidas, y yo, tan mustia, tan terrenal. Sin embargo, aquí permanezco, otoños y primaveras, de día o en plena oscuridad. Esperando a que mi silente teléfono despierte con el ring de un pequeño mensaje, que me diga que del otro lado aún recuerda algo de mí.

¿Qué sentirá, qué imaginará, qué soñará? Yo, mechón por mechón he ido olvidando mis deseos, descartando palabras y arrancando el impulso de mis dedos por buscarle. Mechón por mechón me tuve que sacar las ganas que me quedaron de abrazarlo, de acurrucarme un rato, de tocar sus manos, de acariciar una vez más su rostro, como cuando temblorosa nos besamos ayer al todo comenzar. Así, nuestras energías y vibraciones volvieron a mezclarse en un sólo acto, pero estamos tan lejos, que es difícil que algo más pueda pasar. Ahora sólo queda conformarme con las migajas que probablemente alguien más va dejando, tomar lo que queda del plato que quedó tirado. Y no podría ser diferente, así fue desde el principio, más ahora, cuando todo lo que nunca fue, ha terminado.

Pero mi cabello volverá a crecer, y se sentirá tan firme como la convicción de permanecer acá esperando. Quizás alguna vez él despierte y me recuerde, o al revés, puede que un día se duerma y me siga soñando.