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lunes, 12 de enero de 2026

PARLANCHÓN

 Este mes REBECA nos invita a escribir un texto en el que un personaje clásico cambie totalmente de registro, de personalidad o de papel. Yo he escogido un personaje del cuento de Blancanieves y he aprovechado para hacer un cross-over como se dice ahora, con otro clásico y también para homenajear al maestro Eugenio , parafraseando uno de sus chistes.

Cartel de Fuego en las palabras. Enero de 2026 

Podéis encontrar el resto de personajes alterados AQUI 

 

“Ay-ho, ay-ho… A casa a descansar…”, cantaban los enanitos al ritmo de su paso. Blancanieves salió a su encuentro antes incluso de que llegaran:

―¡Chicos! Les tengo preparada una sorpresa. Como mañana es fiesta…

―¿Mañana es fiesta? ―gruñó Gruñón.

―Claro. Mañana es domingo ―Sabio sacó su calendario del bolsillo y confirmó:

―Efectivamente. Mañana es domingo.

―Pues eso ―continuó Blanca tras la correspondiente confirmación―. Les he apuntado a representar una obra de teatro.

―A mí me da vergüenza ―dijo Tímido.

―¿A qué hora es? ―preguntó Dormilón.

―¿Con qué permiso? ―protestó Gruñón.

―Pero ¿cómo vamos a aprendernos los papeles en un día? ―Esta pregunta de Sabio fue la única que atendió Blanca:

―Eso es lo mejor de todo. En la obra de teatro hacéis de estatuitas de enanos en un jardín de la nobleza, que debe ser visitado por los Reyes. Así que solo debéis permanecer muy quietos. No es necesario hablar. La escogí pensando en Mudito…―Blanca hizo una pausa―. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… ¡¿Seis?! ¿Dónde está Mudito? ―Todos bajaron la cabeza y comenzaron a murmurar cosas ininteligibles. Finalmente, Blanca, poniéndose muy seria preguntó―: Que alguien me diga inmediatamente dónde está Mudito.

―Mudito ya no puede pertenecer a nuestro grupo ―aclaró Sabio.

―¡¿Cómooo?! ¿Y eso por qué?

―Ha habido un incidente en el bosque.

―¿Un incidente? ¿Qué tipo de incidente?

―Pues verás, Blanca. Mudito se encontró un pastelito al pie de un árbol en el que ponía escrito con pasas “Cómeme”, y Mudito, ni corto ni perezoso…

En ese momento empezó a moverse la tierra. Primero fueron solo unas vibraciones, pero luego se convirtió en un auténtico terremoto. Todos miraron hacia la última curva visible del camino, que era de donde provenían los temblores. Por allí apareció un Mudito de siete metros que se acercaba a grandes zancadas provocando aquel seísmo:

―Quitadme a este loco de encima, que se cree que soy un molino y quiere ensartarme.

―Pero ¿tú no eras mudo? ―preguntó sorprendido Sabio.

―Es que le hacen hablar a uno  ―contestó pasando de largo a toda velocidad.

Todos volvieron la vista a la curva y por allí apareció don Quijote lanza en ristre, a rienda suelta  y dispuesto a cargar contra el que se pusiera por delante.

 

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 Y el banner de lector cero que la ultima vez que participé me sirvió para aprender algo de la redacción de textos que yo no sabía.

  

miércoles, 7 de enero de 2026

LA FRONTERA AZUL

 Este mes EL TINTERO DE ORO nos reta a hacer un microrrelato basado e la intertextualidad, a saber, basado en otro tratando de deformarlo, torcer su trama y a ser posible mejorarlo. Yo he elegido una serie de tv antigua basada en en una leyenda china, que contrariamente a lo que pensaba , no fui el único que la vio. En realidad he fusionado dos series; la otra ya le veréis al final que si no destripo el desenlace.

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Aquí podéis encontrar el resto de intertextualidades

 

Es una popular creencia que aquellos rebeldes encabezados por Lin-Chung estaban muy bien avenidos. Falso. El apellido del protagonista casi lo anunciaba. Había rencillas internas por la disputa del amor de Hu-San-Niang. Ella deseaba una amplia descendencia, pero esto truncaría su carrera de guerrera. Esa era la excusa que más habitualmente ponía Lin-Chung para no ser padre. Falsa de toda falsedad. La verdadera razón era que querer y poder no es lo mismo. Hu-San-Niang comenzaba a sospecharlo. Y la opción de buscar padre entre los revolucionarios más jóvenes no era posible; los celos de Lin-Chung se hubieran encargado de que el elegido perdiera la cabeza por amor; literalmente.

Así que decidió buscar padre allende los ríos. En este caso el Liang-Shan-Po. Y aquí viene la más gorda de las falsedades que rodea a esta leyenda. El color no se refería al de las aguas del rio, sino al de los habitantes del otro lado.

En una de las incursiones más allá del rio,  Hu-San-Niang fue apresada por aquellos enanos indígenas, y llevada a la seta del Líder. Sí, vivían en setas. El que quisiera un relato realista, se ha equivocado de cuento.

 

          Ambos se avinieron muy bien y pasados cuatro meses Hu-San-Niang tuvo su primer vástago. También fue el primero del líder de los indígenas, que a partir de ese día cambio su nombre a “Papa Pitufo”:

―Parece un marciano, pero lo querremos igual, ¿verdad, cariño?

 

Obviamente, la genética cromática se cumplió a rajatabla.

 

 

 

miércoles, 31 de diciembre de 2025

HASTA QUE LLEGÓ SU HORA

 Y aquí está el último post del año. Esta vez para el reto juevero de CAMPI. Nos convoca para relatar algo que ocurrió los mas próximo posible al cambio de año.

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Podéis encontrar el resto de cambios de año AQUI

 

¡Por Dios! ¡Hay que ver cómo se mueve este transporte! Voy a echar hasta la primera papilla. Nunca he entendido esta expresión. No recuerdo haber tomado nunca papilla.

          Cuenta la leyenda ―esta sí que la entiendo, pero la odio― que nuestro creador, El Ceporro, nos dio la vida con un único propósito de hacer feliz a la gente, proporcionándole todo lo que necesitaran, pero no explicó cómo; solo que llegado el momento lo sabríamos. El caso es que si alguien lo ha sabido no lo ha revelado. Así que se mantiene en secreto.

          Por favor, no muevan tanto esto. Tanta gente, aquí a oscuras, en tan poco espacio y encima estas sacudidas…

          ―Abre otra por si acaso ―ha gritado alguien.

          ―Por si acaso, ¿qué?

          ―Por si acaso contamos mal. O si pasa como aquel año que dieron trece.

          ―Nunca han dado trece. Estas flipando.

          ―O si las cantan en cámara lenta y nos descontamos.

          Aagghh…Apagad la luz. ¿De dónde sale tanta luz?

          ―Vaa… Coged una más cada uno de este bote que sobra.

          ―Que nooo… Coge tú si te quieres atragantar.

          Noo. Por favor, a mí no. Que hay muchos más. ¡Maldita sea mi suerte!

          ―Va que empieza. Esto son los cuartos. Ahora… Una.

          Uff. Me ha ido de un pelo. Como he llegado el último estaba encima de todos.

          ―Dos.

          Menos mal. Al ser mi compañero el escogido, yo he caído a un lado.

          ―Tres… cuatro… cinco… seis… siete… ocho… nueve… diez…

          Solo quedamos tres para dos campanadas. Ahora he caído al centro. Ahora ya es cuestión de suerte.

          ―Once.

          Adiós, compi. Lo siento, pero mejor tú que yo. Ahora si hago la croqueta y ruedo hasta el borde del plato…

          ―¡¡Y doceee…!!

          ¡Bien! Jajaja. Por fin… Me libré. ¡Qué alivio!

          ¡Dong!

          ―Y trece. ¿Ves cómo había que tener una más por si acaso?

          ¡No me jodas!

          Choff

          ¿Así que este era mi propósito?  

 

Y ESO ES TODO, AMIGOS. GRACIAS A TODOS LOS QUE HABÉIS PASADO Y MUCHÍSIMAS A TODOS LOS QUE HABÉIS COMENTADO. FELIZ AÑO Y NOS SEGUIMOS VIENDO.



miércoles, 3 de diciembre de 2025

MOLINOS GIGANTES

 Este mes el TINTERO DE ORO dedica su reto a homenajear a Terry Prtachett, en concreto a su libro "El color de la magia". Y mas concretamente el reto es escribir un relato de menos de 900, en que aparezca un elemento mágico que cree mas caos que soluciones. se en ocurrió algo y fue derivando en esto. Una de las pocas veces en que empiezo a escribir algo sin saber como acaba. Espero que cumpla la premisa.

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AQUI podréis encontrar el resto de desatinos mágicos.


 

―Mi señor, deténgase que no son gigantes. Son molinos de viento.

          ―¿Cómo han de ser molinos? ¿No ves que son desaforados gigantes? Ese de ahí primero juraría que es Briareo por cómo mueve los brazos.

          ―Que no, mi señor. Use los anteojos esos que nos dio el alquimista Aflerou, unos a cada uno.

          ―No me harás cambiar de idea, cobarde. Tú no te preocupes que tú no has de batirte. Mira, Sancho, cómo me está desafiando…

          ―Úselos, sino para qué los canjeo por aquellas monedas.

          ―De acuerdo. ―Cogió los antejos que llevaba colgados del cuello con una cuerdecita y se los puso―. ¿Ves cómo son gigantes? ¡Usa tú los tuyos!

          Sancho sacó sus anteojos de la alforja del rucio y se los puso:

          ―¡Válgame Dios! Son Gigantes. ―A estas alturas Don Quijote ya se hallaba a mitad de embestida―. Pero no puede ser… ―Sancho sacó el libro de las alforjas y volvió a ojearlo―. No, no, no… Aquí pone que son molinos. ―Sancho levantó la vista justo para ver aterrizar a sus pies a su señor tras unas decenas de metros de vuelo. A mitad de camino había quedado Rocinante, tras un viaje más corto. Se apresuró a subirse al rucio y lo espoleó sin espuelas―: Corre rucio.

          El gigante lo alcanzó en poco más de tres zancadas. Lo cogió del pescuezo y lo izó a la altura de su cara. El rucio siguió corriendo:

          ―¿Adónde te crees que vas?

          ―¡Suéltale, malan… malandrón ―corrigió Don Quijote, empuñando la espada―. Él solo es un escudero; enfréntate a uno de tu talla.

          ―¡Rucio, vuelve! ―gritó Sancho desde las alturas, preocupado por lo importante, a saber, la manduca y el libro.

          ―Gracias por atacarme. Pero, tengo curiosidad. ¿Por qué me habéis atacado? ―preguntó el gigante depositando en tierra a Sancho, que salió como alma que lleva el diablo tras el rucio, que ya había aflojado.

          ―Porque me estabais provocando, así braceando como un demonio.

          ―Soy Briareo, tengo que bracear

          ―¿Qué te dije Sancho? Más caso deberías hacer a tu señor. Es Briareo ―gritó a su escudero. Luego volvió al gigante y le preguntó―: Y ¿cómo es que no tienes cien brazos?

          ―Bah… Eso son cosas de la mitología, que son unos exageraos.

          En estas llegó Sancho leyendo el libro y negando con la cabeza, pasando hojas hacia delante y hacia atrás.

          ―¿Qué es eso que lees Sancho? ―preguntó, y sin darle tiempo a responder―: ¡Sancho! ¿Desde cuándo sabes leer? ―exclamó estupefacto, olvidando la primera pregunta.

          ―El alquimista me dio una pócima.

          ―¿Adónde os dirigís? ―interrumpió el gigante.

          ―Ah… No habías dicho nada ―contestó al escudero, ignorando al gigante, mientras se subía a Rocinante y reanudaba la marcha. Sancho le seguía sin levantar la cabeza del libro ni dejar de negar con la cabeza―. Estamos buscando entuertos para desfacerlos.

          ―Ah, pues voy con ustedes ―se invitó Briareo.

          Tras unos minutos de marcha en silencio, Don Quijote preguntó:

          ―Y ¿por qué me diste antes las gracias por atacarte?

          ―Porque estaba encantado. No podía moverme de donde estaba hasta que me enfrentara a alguien, pero yo no podía moverme. Tenía que esperar a que alguien me atacara. Llevaba ahí enraizado cuatrocientos años.

          ―Seguro que fue Frestón, el hechicero. Es el que me hace la vida imposible a mí.

          Poco después vieron venir por el camino a dos encantadores que llevaban prisionera a una princesa vizcaína y a su séquito:

          ―¡Alto ahí, siervos de Frestón! ―exclamó Don Quijote plantándose en medio de su camino.

          ―Mi señor, no son siervos de Frestón. Son unos frailes que…

          ―Yo también creo que son hechiceros ―intervino el gigante, que era el centro de atención de los recién encontrados y sus bocas abiertas.

          ―Mi señor, use los anteojos ―dijo mientras él también se los ponía―: ¡Válgame el Señor! Son hechiceros…

          ―¿Ves Sancho? Yo no necesito anteojos ―aclaró mientras se disponía a embestir, adarga en ristre.

          Sancho volvió a sacar el libro, a ojearlo y a menear la cabeza:

          ―Esto no cuadra. No puede ser. No, no, no… Ahora tendría que salir el vizcaíno, el escudero de la princesa.

          Y salió. Tras los oportunos improperios y amenazas Don Quijote despachó a uno de los “hechiceros”, pero cuando se disponía a hacer lo propio con el vizcaíno, se interpuso el gigante. Tomó posición como para usar al escudero de la princesa como pelota de golf, y entonces se escuchó:

          ―Y aquí se acaba el libro ―sentenció Sancho. Todos quedaron petrificados mirándolo―. Ya está. No sé si le faltan páginas, porque no creo que acabe así.

          ―Pero ¿qué estás diciendo? ¿Qué libro es ese?

          ―Se titula “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”, y aquí dice que debería ser vuestra merced el que se encargara del vizcaíno, y que ese que ha mandado por los aires es un fraile y no un hechicero, y por supuesto, que el gigante Briareo no debería estar aquí porque es un molino.

          Esto soliviantó sobremanera al gigante, que decidió finalizar el swing y mandar de golpe al vizcaíno a Vizcaya. De una patada en el culo mandó a Sancho junto a su esposa Teresa, a su casa, que se encuentra en un lugar de la Mancha… Y el libro, que quedó en el aire tras el despegue de Sancho, lo capturó al vuelo y sin solución de continuidad lo lanzó lo más lejos que pudo. Casualmente cayó juntó a Cide Hamete Benengeli, autor original de esta historia.

 

 

 

 


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