FRESA Y CHOCOLATE
12 octubre 2023
Recomiendo vivamente acudir al teatro Lara a ver la obra teatral cubana Fresa y chocolate, de Senel Paz. La ha traído a España, con acertado criterio, mi amigo el productor Leo Buenaventura. Recordarán la película, inspirada en la obra teatral, que tanto éxito cosechó hace ya treinta años.
La obra gira en torno a la relación amistosa entre David, joven militante comunista, y Diego, artista homosexual. Ambos se conocen un día en la célebre heladería Coppelia del Vedado. En escena, el actor Joel Angelino, quien interpretó en su día un papel en la película, representa a los dos protagonistas. Solo en el escenario, cambia de piel y de voz a fin de encarnar a esas dos personalidades antagónicas y dos mentalidades divergentes.
Aparte destacar la estupenda interpretación de Angelino, conviene decir que, tras las bromas y afectaciones de su personaje Diego, sin duda jocosas y ocurrentes, subyace una crítica social acerba de la sociedad cubana y de las desfasadas imposiciones doctrinales revolucionarias.
Para quienes hemos vivido en Cuba, la obra nos toca una fibra emocional. Debo confesar que, en más de un momento, se me puso un nudo en la garganta, porque, tras todo ese histrionismo y esa aparente comedia alienta una tragedia desgarradora, eterno drama cubano: la falta de libertad y el exilio.
HAY AMORES Y AMORES
Jesús Greus
(Presentación on-line del libro colectivo «De las sogas de la felicidad, el amor, por ejemplo: para no vencernos nunca.» 21, octubre, 2020)
El amor nace de manera espontánea. No se provoca. No surge por voluntad propia a la hora o minuto cuando uno desea. Si se lo espera, no llega. Si no se lo anhela, brota de improviso como flor de magnolia, a la vuelta de una esquina o en el momento más inopinado.
Claro que hay muchas especies de amor. El amor místico, el amor platónico. Acaso el amor más puro sea el que se siente por los niños, propios o ajenos, porque nada espera a cambio, salvo dar de sí mismo. Y está el amor pasión, el amor carnal, que es llama, ardor, enajenación. De él decía Quevedo que es “una libertad encarcelada”:
Es hielo abrasador, es fuego helado, / es herida que duele y no se siente,
Hay amores que matan, otros que inspiran, otros que arrebatan y trastornan. Así es, hay amores locos y locura de amor.
El amor tampoco se compra ni se vende. El amor comprado es espejismo, engaño, quimera, fuego de artificio. Existen, además, y lamentablemente, amores prohibidos y clandestinos. Amores reprobados, condenados y penados en medio mundo. Amores furtivos, obligados a deslizarse entre las sombras como serpientes huidizas. En palabras del atormentado poeta alejandrino:
Marcha sin fin preciso por la calle / como aún poseído del placer ilegal, / del prohibido amor que acaba de ser suyo.
Y hay amores ciegos, amores adolescentes, virginales. Hay amores teatrales, fingidos, aparatosos. Y amores canallas, seducciones incestuosas, galanteos ilícitos. Pero también se da el amor no correspondido, triste y trágico. Y qué decir de aquellos amores anónimos que en su día florecieron, hoy enterrados en el olvido, vividos en su instante con tanta pasión por dos seres a quienes nadie pone hoy rostro ni voz. Gestos y besos diluidos en el vacío del tiempo fugitivo, de los que acaso sólo restan un par de nombres garabateados en el tronco ajado de un viejo platanero o en un muro arruinado de alguna ciudad muerta. Amores despintados, fuegos sofocados, delirios extintos.
MAÑANA DE REYES
6, enero, 2015
Amanece sobre Madrid. Es día de Reyes. Reina el silencio sobre las calles desiertas. Claro que no me ilusiona la promesa de regalos como cuando era niño, y es que la vida pasa: aquel fascinante salón cerrado con cintas y globos, las babas del camello sobre el vidrio de la ventana (¡entonces era un tercer piso!), los turrones dejados de noche y, ¡oh milagro!, mordisqueados por la mañana. Era la prueba fehaciente que esgrimía yo, el primer día de colegio, en favor de la indiscutible existencia de los Magos de Oriente. Y es que había ya en clase niños descreídos.
Aquella noche de nervios, de espera eterna, de oscuridad prometedora, pues el día siguiente no era un día común. Una noche de Reyes soñé que entraba Baltasar en nuestro cuarto y me daba un beso en la mejilla: ¡Olía a chocolate!
Y aquel hechizo en el momento de abrir las puertas del salón. A los niños se nos salía el corazón por la boca. ¡Zas! Se abrían las puertas de cristal e invadíamos en tropel aquel maravilloso universo plagado de soldaditos de goma (surrealistas ejércitos de romanos mezclados con guerreros vikingos, vaqueros americanos y regimientos napoleónicos), castillos de cartón piedra, fuertes de madera y serrín en cuyo corral hacían cabriolas varios caballos indios. Aquel universo de juguete prometía largas tardes invernales de aventuras sin fin a la vuelta del colegio. No precisábamos entonces juguetes electrónicos, ni pilas, ni baterías recargables. Nuestros juguetes se movían por tracción manual. ¡Pero cuánta vida tenían! ¡Quién hubiera imaginado que aquellos pequeños seres inanimados fueran capaces de tales proezas y de tamañas hazañas!
Los niños nunca nos cansábamos de jugar.
Creo que sigo sin cansarme de jugar.
REIVINDICO
24, febrero, 2014
Reivindico mi derecho a ser diferente. Reivindico el color de mi piel, mi acento sureño, mis ojos aceitunados, mi pelo castaño. Soy un hombre del Sur. Quiero mirar al mundo a mi manera. Quiero hablar mil lenguas, no una sola. Quiero entender centenares de dialectos, no sólo el de las máquinas calculadoras. Quiero comprender a los hombres que no son como yo.
Quiero vestirme de mil colores. Rechazo los uniformes. Quiero cubrirme con gandoras, galabías, chilabas, kimonos, dhotis. No quiero un mundo globalizado. Quiero diversidad, pluralidad. Quiero zambullirme en mil culturas. Quiero caminar con los pies descalzos y sentir en mis plantas la aspereza de cada terreno.
Quiero regalar mi paladar con sabores del mundo. Quiero especias, aromas y adobos remotos. Y comer cuando tenga hambre, no cuando toque la campana.
Quiero por techo a los cielos límpidos del trópico, a los soles del Sur, a nubes preñadas de aguas tibias. Quiero mares cálidos y playas desiertas, deambular por ciudades desconocidas, perderme a propósito en zocos abarrotados, vagar por laberintos de medinas y regatear en bulliciosos bazares. Quiero asomarme a hogares diversos, asolearme en polvorientos vergeles, perderme en arruinados palacios, entre risas de niños, carcajadas de monos, graznar de cuervos, ojos ardientes, miradas perdidas de ancianos. Soy un hombre del mundo.
Quiero adorar en todos los templos. Quiero elevar mi voz a todos los dioses. Quiero bañarme en aguas del Jordán, postrarme en la Mezquita de La Roca, rezar en la sinagoga del Tránsito, meditar bajo el árbol de Buda y adorar el fuego sagrado en templos hindúes. Mi Dios no tiene color, no tiene nombre, no tiene rostro. Habla la lengua cósmica. Su piel está formada de estrellas y galaxias. Su templo es el santuario del corazón, los confines del universo, una partícula subatómica, lo ilimitado, lo inabarcable.
Yo elijo. Yo decido. Tengo mis razones, que no son los dictados de politicastros, ni de banqueros, clérigos ni gerifaltes. No quiero gentes con toga, capas de armiño o uniformes entorchados que decidan mi destino, mis rutinas, mis deberes. No les doy mayor crédito que a los chiflados o a los exaltados.
Tampoco quiero mordazas a mi lengua o a mi pluma. Reivindico mi derecho a pensar y a expresarme a mi manera. Quiero mi propia voz. Y quiero dudar. No quiero certezas. No quiero una sola verdad. Quiero muchas verdades. Asumo el riesgo de equivocarme.
Reclamo mi libertad para amar como yo sienta. El derecho al amor no me lo otorga ninguna escritura sagrada, ninguna ley, ningún gobierno. Me lo otorga la vida. Quiero mirar con los oídos, escuchar con los ojos, rozar con mis labios, olfatear con mi piel. El cuerpo y el amor tienen sus leyes propias, sus instintos.
Quiero ser amigo de los desheredados, de los perros callejeros, de las cigüeñas migratorias. Persigo la generosidad de los que nada tienen. Doy para no recibir.
Avanzo a ciegas por el mundo. Quiero a la tierra por hogar, guaridas de alimañas, nidos abandonados, dunas por almohadas, viejos olivos como techo, musgos por mantas y hierbajos por alfombras. Mi mayor regalo es la fertilidad de los campos en primavera y su colorido en otoño. Persigo las rutas de las nubes, el curso de los ríos, los senderos del monte, rastros de insectos, el vértice de los abismos, las corrientes de los vientos, las arenas del desierto… caminos a ciegas. No quiero conocer el final del camino.
Quiero mirar a los ojos de muchos hombres para comprobar, a través de sus disfraces y sus máscaras, que todos somos acaso el mismo hombre.
MARRAKECH, ENCRUCIJADA DE CAMINOS
Jesús Greus en Cuadernos de Roldán nº 76, Sevilla, 2013
Marrakech, la Ciudad Roja casi ya milenaria, campamento camellero cuyo nombre bereber nos advierte “pasa de largo”. Marmita efervescente de culturas y de lenguas, cruce de caminos, etapa de caravanas, cuna de santos y de locos, refugio de videntes, de poetas y de músicos, guarida de pícaros y paraíso de iluminados. Tierra, en fin, de expatriados: Averroes, que en ella falleció, como Aben Tofail, filosofo, médico y matemático; el historiador ibn Idari el Marrakchí; o nuestro Domingo Badía camuflado de Alí Bei; y hasta un rey poeta destronado, Almutamid de Sevilla, enterrado a las afueras. ¿Tienen las ciudades un destino propio? Cada ciudad tiene una suerte de carácter que le imprimen las tragedias vividas, sus cambios de fortuna, generaciones de reyes, personajes o gentes anónimas que la habitaron. El sino de Marrakech consiste en mantener su inveterado espíritu de encrucijada. Tras años de ostracismo como ciudad sureña y polvorienta acurrucada a los pies del Atlas, hoy a renacido para volver a engullir en sus tripas a trotamundos, artistas, escritores, modistos, actores, celebridades y sufíes con reloj de oro… Amalgama de lenguas, mezcolanza de chiflados occidentales, de vagamundos ociosos apoltronados en cafés de moda, de jubilados europeos pretendiendo un savoir faire con el que nunca soñaron en su tierra. Un petit París africano con sus locales chic donde se codea el tout Marrakech. Y esto convive, codo con codo, con su vieja medina y su plaza Yemaa el-Fna, punto de encuentro para cuentistas, mercachifles, buhoneros, músicos, encantadores de serpientes, decidoras de la buena ventura, magos, rufianes, chaperos, buscavidas y vendedores de ungüentos curalotodo.
Marrakech es una fábula inacabada, una y otra vez reinterpretada. El cuento dentro del cuento, laberinto de maravillas y dédalo de sorpresas.
CRISÁLIDAS DE LUZ
La crisálida es un estado de transformación interior, de preparación a un renacimiento bajo otra forma. Metamorfosis. Mutación. Lo primero que me sugieren estas luminosas crisálidas de Faten Safieddine es la idea de la luz pura, en un universo aún primigenio, antes de densificarse en formas, en galaxias, soles y planetas. Fiat lux. En aquel caos primitivo, mudo y apagado, primero brotó el sonido cósmico, que desagarró las informes tinieblas y dio origen a los colores. Después, la danza luminosa de los colores se espesó en formas visibles. Apocalipsis. Creación y destrucción perpetua del cosmos.
Estas fosforescencias u ondas de luz de Faten Safieddine sugieren también auroras boreales, irradiaciones oníricas. ¿Son acaso eso: sueños informes? ¿Alucinaciones, fantasías, inspiradas visiones? Reflejos sugerentes en todo caso. Aureolas de seres ignotos, almas ardientes. Sí, hay en estas luminiscencias, aquí y allá, formas insinuadas: mariposas de luz, pájaros de fuego, acaso bailarinas entre velos aquí fucsia y azul, allá dorados y naranjas. Gasas que se agitan, flotan, se retuercen incendiadas de luz. Alas desplegadas que revolotean. Seres alados, ángeles ensimismados en su danza celestial. Fantasmas, presencias sin nombre ni rostro.
Luz en movimiento, en fin. Hay en este baile de resplandores, chispas, destellos y fulgores, pasión y ritmo, cadencia, latidos. Nada permanece estático en esas formas danzantes, como en la naturaleza misma de la luz: agitación de átomos, energía femenina en acción, vida y muerte, albor y oscuridad.
Quizá, además, estas imágenes expresen soledad, introspección, búsqueda, acaso la sed de esa “luz de la que todas las luces descienden,” en palabras de al-Ghazali.
Con estas inquietantes imágenes, Faten ha dado a luz una obra poética. No en vano, Gaston Bachelard escribió que “todo soñador de llama es un poeta en potencia.”
Jesús Greus
(Exposición de la artista libanesa Faten Safieddine en el Bab Hotel, Marrakech, marzo 2012)
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ESTANCIAS VACÍAS, AMBITOS SUGERIDOS
Puertas cerradas o abiertas, estancias vacías. Soledad. Silencio. Geometría polícroma de azulejos, ventanales abiertos a paisajes que no vemos, un patio que se adivina de soslayo, espacios insinuados más allá de arcadas. Casi se palpa el polvo suspendido en el rayo de sol. Rincones, en fin, de enormes y solitarios riads. O perspectivas de arcos en sucesión, juegos de luces, arquitecturas de vetustas mezquitas. La pintura de Federico Barranco transmite paz. Es el suyo un vacío búdico, contemplativo.
Pero también hay puertas, siempre puertas que no sabemos adónde conducen. Tras ellas alienta el enigma, lo desconocido. Del otro lado sólo entrevemos ambientes difuminados, figuras desdibujadas. Acaso demonios interiores. Una mirada al abismo.
Esta exposición nos descubre hoy un universo pictórico hasta ahora reservado casi solo a los íntimos del artista. Pinturas de las que hasta ahora se negó a desprenderse, por apego a sus criaturas, y que resumen media vida de residencia en diversas ciudades de Marruecos. “Mis cuadros son mi única compañía –confiesa-. Vivo solo con ellos. Les hablo, los escucho, los modifico constantemente, los reelaboro.” Así, esa filigrana de azulejos, reproducida con escalofriante minuciosidad, es producto de una larga meditación, de un estado de absorción, de una disciplina tenaz a lo largo de los años. Federico vive rodeado de pájaros que recorren las estancias casi vacías de su casa, se posan en los bastidores y pían desaforados.
Otras pinturas nos describen ambientes costumbristas y callejeros, zocos y bazares. “Fez me sigue alimentando,” declara el artista. “¡Marruecos me ha tratado tan bien! Me ha dado temas sobre los que pintar.”
Por último, Federico Barranco nos ofrece otras pinturas más abstractas: manchas coloristas en las que apenas se presienten bailarinas, músicos, arquitecturas desdibujadas, espacios abiertos… Insinúan acaso festejos populares, musem, celebraciones campestres. Ámbitos sugeridos, solo apuntados: mundos oníricos para arrebatar la imaginación.
Jesús Greus
(Exposición de Federico Barranco en Dar Cherifa, Marrakech, marzo, 2011)
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INSTANTES ATRAPADOS
Jesús Greus
Blancos haikes, tapias viejas, rostros esculpidos, calles ciegas, ternura de niños, caras de pillos, mujeres embozadas. Tánger blanco, escaleras blancas, muros decrépitos, laberinto de azoteas abarrotadas de un gentío que observa, murmura, aguarda. Blanco y negro. Resplandores y sombras. Paisajes urbanos de otro siglo y otras luces.
Es aquel Tánger de la ocupación española, durante la guerra, el que nos retrata en blanco y negro el objetivo ávido de Nicolás Müller, siempre goloso de escudriñar rincones y de cristalizar instantes. “Esa ciudad privilegiada -decía el propio fotógrafo- no carecía de nada… En Tánger vivíamos al margen de la guerra…” Pero no ajenos a ella, pues Tánger es, en esos azarosos momentos, nido de espías, paraíso para refugiados europeos y galimatías de las lenguas más diversas.
Es, también, el Tánger de Juanita Narboni, de Mariquita la Sombrerera, del Teatro Cervantes y el hotel Fuentes, de pensiones españolas de medio pelo, de bazares de maravillas… Ciudad hoy mítica, entonces asilo de ingleses excéntricos y de mendigos, patria de judíos sefardíes, laberinto de pecadores, puerto de estraperlos y zoco de corderos degollados.
“Me escocían los ojos –confesaría Nicolás Müller años después-, las manos y todo mi ser de ganas de andar por todas partes haciendo fotografías.” Así, como un cazador ladino armado de su cámara, nos adentra en los lóbregos vericuetos de la vieja medina tingitana. Estas fotografías nos conmueven por lo que tienen de escenas cristalizadas, pedazos de vida para siempre fosilizados en la postura de un instante: esas mujeres de la vida, extinguidas bellezas; esos niños aprendices, de expresiones virginales; la rústica dignidad de un viejo visir barbado a lomos de un jamelgo; y todas esas damas embozadas, como fantasmales bultos blancos entre rollos de estera. Gestos turbios, pícaros, embrutecidos por la vida y la pobreza. Rostros curtidos, manos encallecidas, bocas desdentadas, ojos tristes. Instantes atrapados por el ojo avizor de la cámara, que parecen vivir para siempre su vida eterna enjaulados en la cajita de su marco: ese ademán al azar, esa sonrisa artera, esa mirada agazapada tras un velo, esas avispadas muecas de chavales callejeros en busca de un mendrugo o una colilla entre los adoquines de la vieja alcazaba. Fotos casi dotadas de olor: a humanidad, a excremento de burro y a azahar.
Al mirar estas fotos antiguas, esos instantes gastados, invade nuestros oídos una algarabía: griteríos de hombres, voces roncas, murmullos y bisbiseos de mujeres chismosas, risas desternilladas de rapaces, arrastrar de babuchas, relinchar de mulos, vocerío de vendedores ambulantes, regateos de precios, rezos, exabruptos y juramentos en árabe –Uáhak Alá-, y, acaso, algún que otro piropo lanzado a una silueta fugazmente adivinada entre refajos –Kulik zebdá…
Un mundo que ya no existe, en fin, inevitablemente arrasado por la estúpida modernidad del plástico y los jeans, que iguala hoy las culturas y los ámbitos. Un Marruecos extinto, recuperado gracias al testimonio fiel y al ahínco tenaz de la sabia cámara de Nicolás Müller.
(Exposición de Nicolas Müller en Maison de la Photographie, Marrakech 2011)
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MUROS
Muros, escaleras, alambradas. Muros espesos que separan, que impiden el paso. Barreras, murallas, paredes divisorias. Mundos separados, aislados entre sí. Estas pinturas de Joan Cursach denuncian muros infamantes. Unos muros caen y otros se alzan, pero siempre hay murallas en el mundo. Símbolos del oprobio y de la explotación, del racismo, de la incomprensión secular de quien está al otro lado del muro. Y el temor implícito al “otro”, al diferente.
Por fortuna, en las pinturas de Joan Cursach hay también escaleras apoyadas contra esos muros, alguna incluso hecha de palos espinosos. Escalas arrimadas a los muros de tierra. Escaleras concebidas para trepar, para trasponer el muro, para acceder a otros mundos. Pero ¿qué hay del otro lado? No lo sabemos. El autor no nos lo muestra. Nos deja la incógnita. En todo caso, a él sólo le interesa la frontera, la linde, no lo que haya del otro lado.
Y sobre esos muros macizos y amenazantes, gentes que pululan. Allá arriba se despliega una multitud que avanza no se sabe hacia dónde, que camina obsesiva a un ritmo incesante de pisadas, de arrastrar de pies. Nada parece quieto en lo alto de esos imponentes muros. Todo se mueve, se agita. Procesión de figuras fantasmales: siluetas carentes de brazos y de manos. “No me interesan las manos”, declara el autor. Los cuerpos son sólo brochazos, manchas negras o blanquecinas; otros, vestidos de papel periódico.
Joan confiesa que tampoco trabaja las caras en conjunto. A pesar de ello, se observan expresiones contraídas, dolientes, angustiadas. Rostros que chillan de aflicción. Rostros mortificados, quizá por esa danza ininterrumpida. Una procesión angustiosa. Bocas rojas. Sangre. Calaveras por el medio. Son seres torturados, retorcidos por el dolor. Pero, ante todo, son perfiles en movimiento: hay un ritmo de pisadas, de gente que se entrechoca, que se empuja; otros se arquean, otros vomitan. ¡Toda una sinfonía doliente! Acaso emblema de eternas migraciones.
Otras pinturas reflejan, aún de manera más conmovedora quizás, ese baile maldito e interminable del éxodo: gentes que dan vueltas en círculo a un pequeño mundo azul. Personajes abstraídos que no se miran, que no se encuentran, que ni siquiera reparan en los otros, ofuscados por su propia tragedia, por su huida hacia ningún lugar. Éxodos o, simplemente, la descarnada soledad del ser humano.
La pintura de Joan Cursach encierra, en fin, un universo dantesco, de pesadilla. No es una pintura fácil, anodina o simplemente decorativa. Desde luego, no creo que deje a nadie indiferente. Es pintura construida con materia: acrílico, tierras y colaje, papeles pegados, trozos de periódicos. El resultado es de una belleza inquietante, a pesar de que él mismo declare: “Me mueve sólo la estética, no la posible interpretación literaria.”
Joan ha sido capaz de crear con su pintura un mundo propio. Y uno no puede dejar de pensar en esos otros muros más difíciles de abatir, precisamente por ser impalpables: las murallas interiores.
Jesús Greus
(Exposición 2011 en Instituto Cervantes de Tánger, I. C. de Casablanca y Gallerie Matisse de Marrakech)