domingo, 18 de enero de 2026

Bembibre, guerra y amor

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Estatua del Señor de Bembibre

A las puertas del verano de 2025 leí las bases del XI Certamen de Poesía “El Último Templario del Bierzo, El Señor de Bembibre” (Romances Medievales), convocada por la Asociación Caballeros Bergidum Templi, con la temática Los Templarios, los personajes de la obra “El Señor de Bembibre”. Y como ya había hablado en el blog de la novela histórica romántica de Enrique Gil y Carrasco (‘‘Bembrive, historia y literatura’’), y porque además el Bierzo, aunque leonés, ha sido llamado la quinta provincia gallega, por sus vínculos históricos, culturales y lingüísticos con Galicia, me interesé por el certamen poético. Así que, considerando que por la población berciana de Bembibre pasaron las tropas británicas y francesas a principios del siglo XIX, durante la Guerra de la Independencia Española, y que la novela de Gil y Carrasco estaba ambientada en el siglo XIV, narrando los desgraciados amores de don Álvaro Yáñez, último señor de Bembibre, y doña Beatriz Osorio, con la caída de la Orden del Temple como telón de fondo, se me ocurrió jugar poéticamente con los hechos históricos de esos dos siglos distantes. Por otra parte, la naturaleza de Bembrive, con su diversidad paisajística (zonas montañosas, valles y río Boeza, Robledal de la Dehesa...), también contaban para la elaboración de los romances, que hice gustosamente y envié esperanzado en que fuesen bien acogidos. No hubo suerte. Tal vez la combinación de dos épocas históricas dispares no haya sido un acierto (¿o sí?). Pero creo que merece la pena editar estos romances históricos, con personajes reales y ficticios. Los lectores dirán.



BEMBIBRE, GUERRA Y AMOR

Los inicios de dos siglos
enlazan estos romances:
del XIX aire bélico,
del XIV, emocionante;
de escritor decimonónico
llega el medieval lenguaje;
lo histórico y lo poético
mezclan su rima asonante.


1
BEMBIBRE

En las tierras de León,
de camino hacia Galicia,
hay un pueblo milenario
cuya historia maravilla,
por su buen vivir nombrado
o ser entre ríos villa,
donde el amor y la guerra
tienen páginas escritas.
Es el que llaman Bembibre,
de famosa minería,
en el valle del Boeza,
río al que sus aguas brinda
el Noceda, y el que entrega
al Sil las suyas sin ira.
Desde el presente velado,
su pasado no se olvida.


2
CANTO A BEMBIBRE

Quiero cantarle a Bembibre
con el son que se merece,
por hechos documentados
que nuestro interés encienden
(de edades Antigua, Media
y Moderna que estremece),
o fantasiosos escritos 
que de verdad entretienen.
Las Guerras Napoleónicas,
en el siglo diecinueve,
dejan aquí mala impronta,
rastros de saqueo y muerte;
pero, cinco siglos antes,
un gran idilio acaece,
una pasional historia
que la Reconquista advierte.


3
LA GUERRA

Memoria antigua descubre 
la tropa que se repliega
por los campos de Bembibre (*)
–que entonces el tiempo hiela–,
la británica de Moore,
que persigue la francesa
de Colbert, ya tan cansada
que en esa villa se hospeda.
Los soldados de sir John,
un general de leyenda,
perturban la paz del pueblo 
y sin razón lo saquean,
siendo aliados de España
en Guerra de Independencia.
Llega el francés, enemigo,
y hace igual su soldadesca.


4
SIR JOHN MOORE

Amargo sabor nos deja
el bembibrense episodio,
que el propio general Moore
en berciano territorio (**)
les reprobó a sus hombres;
el mismo que en acto heroico
en La Coruña murió,
loado después de todo.
cayó el oficial glorioso,
en unos versos hermosos,
inspirada ante su tumba,
ajena a hechos odiosos;
la poeta lo veía 
con sus románticos ojos.

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5
LOS TEMPLARIOS

Los caballeros templarios
a Bembibre llegan férreos, 
con armadura metálica
para proteger sus cuerpos,
con cota de malla y grebas
y en la cabeza su yelmo,
con capa blanca y cruz roja
y espada… ¡Monjes guerreros!
Enrique Gil y Carrasco,
ilustre escritor de El Bierzo,
describe a los protectores
de cristianos viajeros;
y dice de Álvaro Yáñez,
el último, que es primero,
que amó a Beatriz Ossorio
y ella quiso al caballero.


6
EL SEÑOR DE BEMBIBRE

Por histórica novela
de Enrique Gil y Carrasco,
Bembibre se hizo inmortal
con tintes imaginarios,
en un relato de amor
del siglo catorce, cuando
va acabándose una época
con el fin de los templarios.
La relación de don Álvaro
–a Orden del Temple obligado–
y doña Beatriz, su amada,
tiene un desenlace infausto;
si obstruye el Conde de Lemos, (***)
la muerte quiebra el encanto.
Noble, espléndido y valiente,
el señor va desolado…


7
AMOROSA FUERZA

Admirando las virtudes
de la bella Beatriz,
don Álvaro, enamorado,
le confiesa su sentir.
Ella, prudente, le dice:
«Siento lo mismo por ti;
pero el sol cae y mi padre…
Debemos dejarlo aquí». 
(Adversas las circunstancias,
lo dorado se ve gris.)
Él se resigna confiando
en un futuro feliz:
«Celestial criatura, eres 
la razón de mi existir».
Y al separarse, ambos piensan
que su amor no tendrá fin.


8
TODO VIDA

Los pájaros escuchaban
las palabras amorosas
de esos amantes eternos
en los prados y en las frondas,
y sus risas entusiastas
que iluminaban las sombras,
y sus sollozos sentidos
que marchitaban las rosas.
Eran alegres los días
en que soñaban su boda;
junto al río o en la dehesa,
radiantes eran las horas
de Beatriz y de Álvaro…
La naturaleza hermosa
supo de su desventura
y aún en silencio les llora.

[2025, 18 y 21 jun.]
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(*) La tropa británica del general Moore se detuvo en Bembibre (1 en. 1809), yendo de retirada hacia Galicia, perseguida por el ejército francés más numeroso del general Colbert, que habría de morir poco después en la batalla de Cacabelos.
–John Moore había sido nombrado comandante en jefe del ejército británico en la península tras el Convenio de Sintra (30 ago. 1808).
(**) En Villafranca del Bierzo (2 feb. 1809), Moore les reprobó a sus soldados la inadecuada conducta de Bembibre, justo antes de la batalla de Cacabelos (3 feb.). 
(***) Con la venia del padre de Beatriz, Don Alonso, que aspira a que su hija se case con el conde, por ser de mayor rango, más poderoso y rico. Beatriz acaba casándose con el Conde de Lemos, quien poco después de la boda muere de repente. Ella podrá entonces unirse a Álvaro, que va a quedar liberado de la Orden del Temple. Pero Beatriz enferma y muere también... La tragedia está consumada.

Inauguración Estatua Señor de Bembibre

jueves, 15 de enero de 2026

Mundo rural y medicina rural

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Country Doctor, Lester Hughes

Hablar de mundo rural es referirse al medio rural (paisaje rural, zona rural), al campo, al espacio natural donde el ser humano habita, opuesto al espacio urbano. Y la medicina rural es la que se ejerce en el medio rural; una medicina que tiene su parte 'romántica', pero también su inconveniente: aislamiento, trabajo en solitario (circunstancia que también puede verse como punto a favor). Sin pretender idealizarla, es –o era– en general una medicina más humana. Yo podría referir parte de mi experiencia profesional a modo de confesiones de un médico rural, y creo que ya he hecho algunas a lo largo de este blog. Pero mi tiempo profesional ya ha pasado. Ahora ejercen en el medio rural excelentes profesionales de la salud, mujeres y hombres, la mayoría bien formados y con talante humano. De algunos médicos rurales que son ejemplo de buenos médicos y médicos buenos hemos hablado aquí. Unos cuantos entregan su arte y su ciencia en inmensas soledades cuya belleza natural compensa los rigores meteorológicos. Por suerte, no es como en otro tiempo –no tan lejano–, cuando el médico rural trabajaba en soledad, sin ambulancia, disponiendo apenas de su caballo para desplazarse a los domicilios. En este sentido hemos avanzado mucho: raro es trabajar sin compañía, las comunicaciones han mejorado y hay disponibilidad de vehículos motorizados. Con todo, la duda está en el futuro de unos territorios que se van deshabitando. Cuando allí no haya personas a las que tratar, aliviar o consolar, no tendrá que ir ningún médico. Por eso hay que cuidar los espacios rurales y sobre todo a la gente que los habita, para que los campos sigan floreciendo y las personas viviendo en ellos.
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Ampliación de reflexión hecha en entrada «La paz del mundo rural».

Manuel de Falla: Montañesa (n.º 3 de Cuatro piezas españolas)

domingo, 11 de enero de 2026

La voz del corazón

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[Relato]

El alumno aventajado marcaba la diferencia. Finalizada la exposición del día, le preguntó al profesor de Filosofía sobre la diferencia entre virtudes y valores. Perplejo, el educador, no supo en principio qué decir, pero su capacidad de pensamiento y sus buenas dotes pedagógicas acabaron imponiéndose al comprometedor silencio. 

—¡Buena pregunta, Ricardo! Podríamos decir que la virtud es una cualidad positiva, contraria al defecto, que sería la negativa. Y el valor también tiene el sentido de cualidad positiva, como la virtud, pero dependiendo de una ética determinada. Es decir, una sociedad puede sustentarse en unos valores determinados que no tienen por qué ser los de otra. Me explicaré… 

Y mientras don Gonzalo daba múltiples ejemplos, comparando Oriente y Occidente, Norte y Sur, Antigüedad y Modernidad, Ricardo Amatis se perdía en su pensamiento disperso. Miraba las gesticulaciones y los aspavientos de su profesor, que en un postrero intento esclarecedor simulaba deslizar el arco de un violín sobre sus cuerdas, tratando de diferenciar el virtuosismo de los músicos y el valor de la música. Miraba sin ver, y oía sin discernir, cegado en su abstracción. 

—¿Comprendes Ricardo? —le interrogó don Gonzalo. 

El alumno aventajado asintió titubeante después de la insistencia del profesor de filosofía, educador sensible, que se había apercibido del adormecimiento del alumno despierto. Echó un vistazo general al aula y se detuvo sobre cada una de las almas inocentes. Jóvenes almas que estaban absortas, dubitativas o en el limbo.

—¿Comprendéis todos? —inquirió el profesor mientras agitaba el imaginario arco, conocedor de la negativa respuesta—. Bueno, con el tiempo habréis de entenderlo; conforme vayáis madurando, adquiráis responsabilidades y tengáis que acatar las normas de la comunidad en que viváis. Se me ocurre un ejemplo para finalizar: el de un médico que tiene virtudes adecuadas a su profesión, como la de ser muy hábil en la exploración clínica y un buen comunicador con sus pacientes, y que además cuenta con valores éticos, entre ellos el de tratar por igual a todos (sin hacer distinciones por condición social o nivel económico) y procurar no dañarlos, por el principio hipocrático del primum non nocere, del que alguno habrá oído hablar —las caras de extrañeza de la mayoría evidenciaban que pocos comprendían—. Y por hoy, este tema queda zanjado.

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Al sonar la señal deseada, los alumnos salieron en tropel, sin atender a reglas, despreocupados de virtudes y valores. Sus espíritus se sentían liberados de obligaciones y mandatos. Y sus cuerpos corrían hacia espacios de luz, de aire reconfortante, de libertad extinguible. Volvían a demostrar sus virtudes con la pelota, la peonza y las canicas. Lo habitual en la lejana década de los sesenta del siglo XX. Entretenimientos hoy sustituidos, que no sobrepasados, por los ubicuos videojuegos.

—¡Lánzamela, Pedro!

—¡Agárrala, Luís!

—¡Verás cómo baila este trompo, Juan!

—¡Me lo has roto, Indalecio!

—¡Toma! Me gano dos.

—¡Te cambio la de colores por la negra!

Menuda animación tras horas de solemnidad. Y eso que Gonzalo Cantarero, don Gonzalo, era ameno y divertido. Pero la sangre de los chicos, todavía segregados del bello sexo, bullía en otra dimensión. Solamente Damián Ruiz y Leopoldo Garcés mantenían una seriedad desacostumbrada para rostros de trece y catorce años. Sus intereses quedaban limitados al estudio, más allá incluso del programa educativo; para los demás compañeros eran dos chapones repelentes. Por supuesto, sus calificaciones eran excelentes; no bajaban de sobresaliente, excepto en gimnasia, donde ambos flaqueaban (tan listos y olvidaban el antiguo precepto mens sana in corpore sano).

Por más que Ricardo Amatis pusiera interés en el estudio no lo hacía con exclusividad; ni siquiera como prioridad. Respirar a pleno pulmón e indagar los secretos de la Naturaleza era su principal ansia. Correr, batallar sin intención cruenta, competir sin inconfesable ganancia y, sobre todo, observar la vida que en derredor palpitaba –sin perjuicio de sus quehaceres de estudiante–, llenaban su espacio existencial. No era díscolo ni conformista; no era serio ni desenfadado; no era infantil ni se sentía todavía hombre. Era un adolescente, responsable y divertido, que soñaba un paraíso dentro de su temporal edén. Lo cual no era óbice para asentar los pies en la tierra, integrarse en el equipo de fútbol improvisado en su barrio y, en vanidosa disputa, enfrentarse a púberes de otros barrios (enemigos al cabo) en pro de una efímera gloria. 

—¡Despierta, Ricardo! —le gritó Tomás Quinín, un auténtico botarate—. El balón te ha pasado rozando la cabeza. Por poco no te la lleva. ¡Ja, ja, ja!

Al jovenzuelo discreto, prudente y reflexivo (no carente de deportivo entusiasmo y de bravura), le recriminaba Quinín, verdadero arquetipo de aspirante prematuro a adulto, descarado, atolondrado y tarambana. Buena pieza. Su voz tenía una gravedad desacostumbrada para su edad, si bien era algo mayor que los demás y bastante más corpulento. Repetidor del curso anterior, estaba a punto de cumplir los quince. 

—¡Vale, vale! —respondió cansino el alumno aventajado, abstraído en su lejana nube, mientras el otro rechiflaba socarrón y con aires de superioridad.

Quinín era guasón, presuntuoso y grosero; le gustaba pavonearse, sobre todo con las chicas, y se refería a ellas como a las fregonas, con espíritu machista. Parecía seguir el mal ejemplo del padre, dominador y borrachín. Malísimo estudiante, su mejor calificación en el segundo trimestre la había obtenido en gimnasia: un notable, a la baja por la parte teórica; del resto, un aprobado alto en Religión (y eso que se burlaba continuamente del profesor, el padre Rufino), otro raspado en dibujo (al fin y al cabo, otra maría) y las cinco asignaturas restantes suspensas. ¡Qué desastre! Y sin embargo tenía la generosidad y el compañerismo entre sus virtudes, aunque no se detuviese en cuestiones filosóficas tratando de discernir la diferencia entre ellas y los valores. ¡Y qué bien le pegaba a la bola! Con un toque elegante, era un gran organizador del juego, no exento de agresividad atacante; un medio punta nato. Cuando Ricardo Amatis volvió a entrar en el juego futbolero lo buscó antes de desmarcarse.

—¡Ahí te la dejo, Tomás! —pronunció Ricardo con tono chirriante mientras galopaba desde el centro del campo hacia el extremo derecho.

Y el habilidoso Quinín, que sin embargo no era un chupón, le envió un pase medido a Amatis que éste controló perfectamente. Sin frenarse, consiguió regatear sin dificultad a dos defensores del equipo contrario, en un alarde de cintura digno de un Ronaldinho. Se plantó delante del guardameta, Cirilo Delfín, un muchacho pálido y espigado, con buenas trazas de cancerbero, que parecía intuir las intenciones del atacante. Pero el alumno aventajado, ahora futbolista virtuoso, logró engañar al larguirucho portero mediante un amago y colocar la pelota entre los tres palos.

¡Qué delirio! Las exclamaciones de gol inundaban los campos y las casas adyacentes. El soberbio tanto suponía el dos a uno; la victoria de los de Calaria sobre los de Roquedal, sus eternos rivales, casi imbatibles. Tomás, boquiabierto, corrió a abrazar a su compañero, y a continuación los demás cayeron literalmente sobre Ricardo. En el suelo, bajo tanto humano peso, Amatis creyó quedar sin aire. Además de virtuoso, tenía el valor de aguantar sin rechistar. Sintió uno de los mayores alivios de su corta vida después de liberarse del último cuerpo amigo (¡quién lo diría en esa situación!). Sudoroso y jadeante, escuchó el silbato que anunciaba el victorioso final.

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***
Al abandonar el terreno de juego, Ricardo Amatis cruzó tímidamente la mirada con un grupo de chicas (algo más centrado en una que le atraía, delgadita, rubia y de ojos azules) que había presenciado la reglada contienda. Ajeno a los cuchicheos, recompuso el porte y trató de hacerse el interesante al pasar delante de ellas. Su seriedad contrastaba con la de Tomás Quinín, que se acercó sonriente y con naturalidad a las damitas, enredándose en una conversación que Amatis, tan cohibido y formal, prejuzgó estúpida, al tiempo que sentía envidia de su compañero. Él, que sentía que su figura (en esos momentos más atlética que nunca) era el blanco de las femeninas miradas, y que en el fondo esperaba una llamada que lo sacase de su turbación, experimentaba como pocas veces la desazón del desdén, derrotado por la simpatía y la galanura del intrépido Quinín. Y volvió a sopesar el significado de la virtud y del valor. Valor, no en sentido ético, sino de coraje, era precisamente lo que le faltaba para romper algunas barreras.

Al reunirse Tomás con el grupo y revelar que una de las muchachas (en concreto la escuetamente descrita) era prima suya, el pensamiento de Ricardo restó injustamente mérito a quién, repentinamente, estimara como rival y, de paso, a una forma de proceder que, con pacata mentalidad, consideraba atrevimiento. En realidad, le atenazaban infundados celos, víctima de cierto encorsetamiento personal, de un encarcelamiento interior del que quería y no podía liberarse, fruto quizás de sinuosas complejidades que a los estudiosos de la mente correspondería desentrañar. Se desinhibió, no obstante, para ojear la revista de mala nota que el pícaro Quinín sacó de su bolsa de deporte. 

Los amigos del barrio de Calaria, y en algún caso compañeros de colegio, como sucedía con nuestros dos protagonistas, se fueron marchando desenfadadamente. Los de Roquedal hicieron lo propio. Y el ambiente se entristecía con un enorme vacío sin la vitalidad luminosa; el jovial movimiento y el gozoso vocerío daban paso a un ámbito de desolación extrema que provocaba estremecimiento, comparable a lo de esos pueblos fantasma que se han quedado sin gente. Nada que ver con el bullicio de las aulas a las que los estudiantes estaban condenados durante el resto del definitivo trimestre.

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En la siguiente clase de Filosofía, don Gonzalo comenzó por escudriñar los rostros interrogantes de sus alumnos y se detuvo en el de Tomás Quinín. Un rostro para nada interrogante el suyo, presunto conocedor de respuestas o indiferente a ellas. 

—Dígame usted, señor Quinín; usted que es un hombre chispeante… ¿Comprende bien la diferencia entre virtudes y valores? –preguntó con cierta inquina.

—Pues… —respondió titubeante el alumno no precisamente brillante, que se hacía el despistado—, yo creo que son totalmente diferentes.

Tras su vacilante comienzo, Tomás parecía muy seguro de sí mismo, tal vez porque la ignorancia impulsa la osadía. Se permitió el descaro de decir que él era un individuo muy poco virtuoso pero que tenía el valor suficiente para reconocerlo; el alumno remolón y díscolo sólo estimaba una acepción para el segundo término. Los demás estaban estupefactos o se reían entre dientes; al margen, los eruditos Damián Ruiz y Leopoldo Garcés portaban semblantes severos y críticos. 

El profesor propició el debate y Ricardo Amatis entró dando una opinión complementaria a la disertación que aquél había hecho. Se le ocurrió el ejemplo del futbolista virtuoso que además juega limpio, con deportividad. Las dos lumbreras, ¡cómo no!, pusieron de manifiesto su capacidad dialéctica. Otros se fueron animando e hicieron razonamientos algo más elementales. Al final, la mitad seguía sin ver la diferencia entre virtudes y valores. Hubo un breve rifirrafe y cada cual eligió a mano alzada una de las opciones enfrentadas: una, virtud y valor son conceptos diferentes; dos, virtud y valor significan lo mismo. La clase quedó dividida en dos bandos inestables. Nuevas preguntas fueron suscitando nuevas dudas y cambios de parecer. 

Y Gonzalo Cantarero, don Gonzalo, que había hecho discurrir la jornada por las veredas de la mayéutica, concluyó con estas palabras: “Queridos alumnos: Niccolò Paganini fue un virtuoso del violín que tocaba con inteligencia, ateniéndose a las reglas de la música. Era ése su principal valor. Era sensible y tocaba con el corazón, pero sobre todo con la cabeza; daba las notas justas y precisas, siguiendo la escala musical. ¿Comprenden ustedes la necesidad de seguir una escala? Pues, a tenor de lo dicho, ¡vayan ustedes por la vida escuchando la voz de la razón antes que la del corazón!». 

Al final, la mayoría de alumnos se dejó persuadir por el categórico mensaje. Para después continuar dudando; porque comenzaban a sentir, cada día con más fuerza, la misteriosa llamada. Y Amatis no podía quitarse de la cabeza la imagen angelical, rubia y celeste, de la prima de Quinín. La voz del corazón se le imponía, por entonces, con una fuerza inusitada. Sonaba como música; tal vez sin harmonía, pero con una embriagadora melodía. Hasta que se hizo el silencio, y volvió la confusión, cuando entró el padre Rufino a dar su clase de Religión. Ricardo se preguntaba qué pensaría el cura, un hombre supuestamente virtuoso y con valores, del amor mundano.

Esa y otras cuestiones emanadas del corazón habrían de quedar en el aire, sin una respuesta bien fundamentada. Y algunas habrían de provocar heridas por la decepción causada. ¡Tribulaciones de la vida incierta!

[2006, 30 jun.-1 jul.]

Nicolò Paganini: Capricho n.º 2

viernes, 9 de enero de 2026

El enfermo con cáncer

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No hay enfermedades, sino enfermos.

El cáncer es una enfermedad plural: hay muchos tipos de cáncer. Y el cáncer, en sus diferentes tipos, afecta a personas diversas que consideramos enfermos con cáncer. 

El término cáncer es el nombre común para un conjunto de enfermedades relacionadas: suponen un proceso descontrolado en la división de células anormales o ‘malignas’, que desde un foco corporal primario (tumor primario) pueden extenderse o diseminarse a otros lugares del cuerpo (tumor secundario: metástasis). Su agresividad puede ser mayor o menor y su evolución es variable.

El tratamiento del cáncer, además de dirigirse a la lesión o alteración orgánica (las células tumorales), debe ser individualizado, como en cualquier enfermedad de importancia; por eso, ha de pretenderse la atención personalizada, centrada en el enfermo, buscando la mejor calidad de vida del paciente.

Así que cada persona con cáncer precisa un enfoque diferente, físico y emocional. Pues, aunque el abordaje terapéutico esté protocolizado, cada paciente es distinto. 
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Sobre el tratamiento físico del cáncer, traemos este vídeo.

Tratamientos personalizados para el cáncer
[Según proteínas específicas]
I. Cáncer localizado:
Cirugía
II. Cáncer localmente avanzado:
Cirugía + radioterapia + quimioterapia o agentes antidiana
III. Cáncer diseminado (metastásico):
Quimioterapia y/o agentes antidiana

+ Inmunoterapia

miércoles, 7 de enero de 2026

Esa alma de médico

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Sobre la dificultad de afrontar el ejercicio de la medicina en todo tiempo y, por supuesto, en los tiempos que corren, nos hace reparar en el alma de médico. Porque para ejercer la profesión médica con la necesaria dignidad y la entrega que va más allá de cualquier ganancia material, es necesario un compromiso ético que no todos están dispuestos a asumir. Y para eso hace falta un espíritu especial. No valen la debilidad ni la inquietud; son precisas una fortaleza interior y una paciencia infinita. Pensamos en esto como tantas veces, de la misma forma y de diferente manera, en un mundo cambiante que no lleva un rumbo claro.

Joseph Haydn: Cuarteto op. 76 n.º 3. II: Poco adagio; cantabile

sábado, 3 de enero de 2026

Conversión condicionada (Segunda parte)

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Foto de autor del blog
 

Isabel Saldaña llegó al centro hospitalario con un hálito de vida. Los cirujanos intentaron mantener sus constantes vitales mediante aporte intravenoso de líquidos y transfusiones de sangre, respiración artificial y cardiotónicos. Adolfo Nedar se lamentaba de que su condición de dermatólogo no le permitiese ser útil, aguardando con fe junto al incrédulo Luis Bagasi a que se abriese la puerta de acceso al quirófano y les diesen la noticia que, impacientes, deseaban. Lamentablemente, al salir del quirófano uno de los cirujanos les anunció lo peor con el movimiento de su cabeza. 

El desgraciado Bagasi lloraba desconsoladamente, como nunca antes. Nedar apoyaba su mano diestra en la espalda del amigo, transmitiéndole su hondo pesar y tratando de aminorar su indescriptible dolor. Un duro e inesperado golpe para quienes poco antes tenían el ánimo alegre, dispuesto para la diversión y el deleite. 

Remontando esta dolorosa escena, no cuesta adivinar lo que habrá pasado por algunas cabezas. Los más castos habrán emitido su particular censura, por el hecho de que un hombre casado y otro en ciernes hubieran salido de pendoneo. Habrán visto en ello una conducta pecaminosa y, posiblemente, habrán sentido piedad junto al reproche. Y cualquier malpensado habrá supuesto, maliciosamente, que Isabel Saldaña tampoco estaba en el lugar del crimen por casualidad. Pero no dejan de ser especulaciones.

Lo cierto es que ella había regresado anticipadamente. Tras su última interpretación, recibida con un éxito sin precedente, el director de una gran compañía teatral la había contratado, publicitándola como una de sus principales actrices. Quería darle en persona la gran noticia a su marido, por eso adelantara su regreso. Así de simple. Había llegado a la ciudad sobre las once y media, y ya pasaba de la medianoche cuando la encontraron malherida. Buscaba un taxi que la acercase hasta la casa que ella y Luis habían arrendado en el pueblo de Valdovirio, en tanto no concluían las obras de la propia (ya a punto de estar habitable), en Ferrulia, la ciudad próxima donde se encontraban y Adolfo residía, cuando un salteador nocturno la obligó a desviarse hasta un estrecho callejón, solitario y lúgubre. Isabel estaba dispuesta a darle lo que llevaba consigo, pero aquel desalmado pretendía algo más. Al oponerse con firmeza a sus lascivos deseos, sufrió la terrible agresión que acabaría con su último aliento.

Duro golpe para sobreponerse, imposible de olvidar. Su amor era verdadero. Comprensible el odio engendrado en el compañero desposeído de su mejor prenda, que le impedía perdonar como el buen cristiano debe. Adolfo Nedar, bueno en el sentido literal de la bondadosa cualidad, trataba de aplacar inútilmente la furia que Luis Bagasi esperaba descargar tan pronto conociese la identidad del criminal.

—¡Lo mataré con mis propias manos! —afirmaba soliviantado el viudo reciente.

—Debes dejar todo en manos de la justicia –aconsejaba el prudente Nedar, tratando de aquietar su cólera—. Y, por supuesto, de Dios.

—¿De qué justicia me hablas? ¿De ésa que deja al criminal sin castigo y a la víctima sin consuelo? ¿Y de qué dios? ¿De ése que consiente el sufrimiento y el dolor de los débiles? —se encaraba Bagasi a su bienintencionado amigo, que bajaba la cabeza con soberana humildad—. Si antes tenía algunas dudas, ahora ya no creo en nada.

Después de descargar lágrimas de duelo y aligerar momentáneamente su pena, el que acababa de enviudar consiguió controlarse. Respirando más calmado, comprendía la buena voluntad del médico dermatólogo y le daba muestras de gratitud.

—Perdóname, Adolfo… Nunca olvidaré tu apoyo, amigo mío.

—Sé que tú harías lo mismo.

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Durante unos minutos el aire fue benigno y las respiraciones cadenciosas. Pasados los cuales, de súbito, Bagasi, enrojecido y abotargado, comenzó a sudar profusamente, adentrándose en un insólito delirio febril.

—Contra mis ansias de venganza —decía el viudo de Isabel Saldaña— vienen a mí las palabras de San Manuel Bueno...

De esta manera, comenzó a referir pasajes del relato que tanto le había impresionado, como si tuviese sus páginas abiertas ante sí, y haciendo las consideraciones que le parecían oportunas en su infinita desgracia. 

—Me pongo en el lugar del personaje receloso de esa singular novelita, quien tras la muerte de su madre cambia la suspicacia previa por admiración hacia el cura, protagonista de la narración, al que acaba viendo como un santo. ¡Los acontecimientos cruciales hacen cambiar nuestra existencia! Ahora entiendo su cambio repentino... «Es un hombre maravilloso», le comentaba el receloso a su hermana, la más ferviente admiradora del religioso, don Manuel, que en el fondo era un descreído. Parecía haberse convertido sin esperarlo. El cura, dubitativo, sentía la llamada suicida; y el otro, antes desconfiado y ahora converso, se llenaba de alegría… 

—Ya ves, Luis, el que parecía creyente en función de sus votos no lo era tanto, y el impío resultó convertido —dijo Nedar, sin pretender un parangón con don Manuel. 

—A mí no me gusta el fingimiento –continuó Bagasi, con voz más impostada y trascendente–. Estoy harto de falsedades y de engaños. Don Manuel confesaba: «Cualquier religión es verdadera en cuanto haga vivir espiritualmente a los pueblos y consuelen a los individuos, en su sufrimiento y en el trance inevitable de morir. Mi creencia me sustenta y marca mi cometido: consolarme en consolar a los demás, aunque el consuelo que les doy no sea el mío». Lo suyo parecía sacrilegio, una actitud hipócrita y un engaño a sus parroquianos. Estaba seguro de que la gente creía sin querer, por hábito, por tradición. «Y que viva en su pobreza de sentimientos para que no adquiera torturas de lujo. ¡Bienaventurados los pobres de espíritu!», decía. ¿Te das cuenta, Adolfo? Aconsejaba creer sin complicarse con inútiles razonamientos.

Absorbido por su propia perorata, se detuvo brevemente para enjugarse el sudor. Luego, con un sonoro esfuerzo, tomó aliento y recapituló.

—¿Te das cuenta? Lo importante es hacer felices a los demás, aunque vivan en la ignorancia. Y en eso radica la propia santidad, independientemente de que la creencia sea mera apariencia, de que sea fingida. Sí, eso es lo que importa, ser santos…

Adolfo Nedar escuchaba el delirante discurso de su desgraciado amigo, sin osar siquiera hacer ningún inciso. Fuera de contexto habría de suponer que estaría alienado, y aun sabiendo que no era así se sentía incómodo y albergaba cierto temor, pues es sabido que de la cordura a la locura hay un insignificante trecho. Callado y resignado, seguía con atención el doloroso soliloquio del desafortunado.

—Enlazados en intimidad, paseaban los dos a orillas del lago… Ya sabes, el lago de Sanabria, el mismo que según la leyenda inundó la aldea de Villaverde de Lucerna por castigo divino, por no cobijar sus gentes a un peregrino que resultó ser Jesucristo. Pues por allí paseaban el recién retornado, y convertido, y el santo varón. Don Manuel reconocía su tentación mayor, la del suicidio, heredada de su padre. «¡Y cómo me llama esa agua con su aparente quietud –la corriente va por dentro–, espeja al cielo! Mi vida es un combate contra el suicidio», declaraba al viento. Y decía también entre otras cosas: «A la cabecera del lecho de muerte de los enfermos terminales he visto toda la negrura de la sima del tedio de vivir. ¡Mil veces peor que el hambre! Sigamos suicidándonos… y que el pueblo sueñe su vida como el lago sueña el cielo».

Metió aquí freno a su discurso y entornó los ojos. Fueron unos breves instantes de eternidad en los que se escuchaba la paz del silencio. Un silencio que no era música. Enseguida tomó aliento y pronunció con el mayor ímpetu: 

—¡Ay, Adolfo! ¡Expulsemos el menor atisbo de egoísmo y entreguémonos al prójimo! ¡Creamos ciegamente por el ajeno bien! ¡Sacrifiquémonos, suicidémonos por nuestros semejantes! ¡Por todos, sin excepción! ¡Incluso por los asesinos!

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El dermatólogo seguía impertérrito comprobando hasta qué punto se había desquiciado su mejor amigo. No sabía bien cómo actuar para confortarlo; ahora deseaba con toda el alma ser especialista de la mente. Su pecho albergaba un molesto sentimiento de culpa, y anhelaba que Bagasi diese fin de una vez a su desahogo verborreico, al tiempo que comprendía la necesidad de que siguiese desfogando su inmensa pena y buscase una compensación anímica en la caritativa entrega a los demás. Por eso escuchó con atención lo que le faltaba por decir al doliente viudo. 

—Ya en el ocaso de su vida, recordaba don Manuel la fatalidad: «Dice la Escritura que el que le ve la cara a Dios, que el que le ve al sueño los ojos de la cara con que nos mira, se muere sin remedio para siempre». Y llegó el último día de aquel santo varón, de aquel San Manuel Bueno, de aquel mártir. Y entonces el convertido le hablaba a su hermana como un recién iluminado: «Él me hizo un hombre nuevo, un verdadero Lázaro, un resucitado. Él me dio la fe. Él me curó de mi progresismo... –hizo una pequeña pausa para deglutir y continuó–. Porque hay dos clases de hombres peligrosos y nocivos: los que convencidos de la vida de ultratumba, de la resurrección de la carne, atormentan, como inquisidores que son, a los demás, para que, despreciando esta vida como transitoria, se ganen la otra; y los que no creyendo más que en ésta...». 

Se detuvo otra vez para coger un nuevo impulso y espetar sañudamente:

—Sí, como él mismo. Y como don Manuel. ¡Y tal vez como yo! Y, seguramente, como tú mismo, Adolfo. ¿No es así? ¿Acaso no perteneces a estos últimos, lo mismo que yo? ¿Lo niegas? ¡Oh, Satanás!... ¡No te calles! ¡Responde!

Agarrando al desconcertado Adolfo por la solapa de su americana, lo zarandeaba tratando de obtener una respuesta a su demanda, con tal ansiedad que el sudor le corría raudo por el hinchado y encendido rostro. En el aprieto, el dermatólogo se vio obligado a responder para sosegar aquel mar embravecido que estaba a punto de ahogarlo.

—Claro, claro... Yo soy como tú, Luis, de los que creen solamente en este mundo, que fingen no creer en el otro y se congratulan sabiendo que otros creen de verdad en lo que no ven –dijo esto apresuradamente y se sintió aliviado como pocas veces en su vida.

Y Bagasi, complacido en parte con la contestación de Nedar, prosiguió, moderadamente sosegado, con el hilo de la cuestión ya en su tramo final.

—Además, don Manuel le había revelado al converso su incertidumbre: «Creo que más de uno de los grandes santos, acaso el mayor, ha muerto sin creer en la otra vida». Y llegó también su propia hora, creyendo no creer. Y, rizando el rizo, me pregunto nuevamente: ¿Y yo creo? ¿Y tú, Adolfo, crees? ¿Verdaderamente creemos?...

En este punto, Luis Bagasi volvió a llorar amargamente, mientras Adolfo Nedar mantenía un angustioso silencio. Se alegraba éste de que aquél no tuviera hijos, porque habrían de sufrir por la pérdida de la madre y viendo al padre destrozado. También se identificaba el dermatólogo con las palabras del pragmático trabajador de banca, del hombre engañosamente duro y realmente sensible que acababa de perder a su esposa, a la que tanto amaba y por la que ese día derramaba más lágrimas que en toda su existencia, mientras balbucía: «Ya nunca la volveré a besar». 

Aquí el introspectivo especialista del tegumento, empapado en lo poético, se hacía cargo de un pensamiento valeriano: «Lo más profundo es la piel».

El doctor Nedar, afortunado de poder seguir compartiendo su vida con Elena, trataba de analizar los párrafos que su pobre amigo había extraído de la lectura del patético libro, debatiéndose con el principal interrogante, que a la mayoría nos desplaza, a uno y otro lado, sin cesar: «¿Yo creo?». Y se respondía con ambigüedad: «Sí y no». Finalmente, repetía su autoconsuelo: «Tengo la ilusión, vivo con el bello sueño de la inmortalidad». Lo mismo que el desdichado Bagasi, que creía escuchar el «Lacrimosa» del Réquiem de Mozart, que a él tanto le gustaba y cuya interrupción había sentido, sin querer reconocerlo, como si se tratase de una oscura premonición. 

Y ahogada su rabia, cobijado en la música, Luis sintió cierto consuelo con el mejor recuerdo de Isabel, que desde una lejana cercanía le sonreía. Por eso no se abismó en las aguas del lago. Por eso no se entregó al cercano mar espoleado por el norteño viento. Por eso logró sobreponerse a su dolor y, a pesar de todo, continuó viviendo.

[1997, 31 oct.-4 nov.]
[Fragmentos del poema «Misterio»: 1994, nov.]

«Lacrimosa» del Requiem de Mozart

viernes, 2 de enero de 2026

Conversión condicionada (Primera parte)

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[Relato, editado en dos partes]

...como se quedan los lagos y las montañas y las santas almas sencillas asentadas más allá de la fe y de la desesperación, que en ellos, en los lagos y las montañas, 
fuera de la historia, en divina novela, se cobijaron. 
MIGUEL DE UNAMUNO, San Manuel Bueno, mártir

Dejó el libro en un estante y permaneció meditabundo unos instantes. El grave cántico del viento norte sonaba poderoso y amenazante, emitiendo en sus más agudas estridencias un pavoroso lamento al colarse por huecos y rendijas. Inmerso en la tempestuosa y plomiza tarde, se amedrentaba su voluble espíritu. No siendo hombre cobarde, era consciente del galope de su corazón, sensible al espoleo de las fuerzas de la naturaleza. De niño, los timbales del trueno le empequeñecían, y aún de adulto se sentía insignificante y frágil, abrumado por la magnitud de los fenómenos meteorológicos, por más que cíclicamente pareciese agrandarse y fortalecerse. No se estremecía por el temor a ser despedazado por un rayo, sino por las desazonadoras reflexiones que le llevaban a considerar las metafísicas preguntas, las mismas con las que ha lidiado la razón humana desde que la evolución –o el divino designio– así lo ha permitido. El joven Luis Bagasi experimentaba un temor de infancia al contemplar las rompientes de un mar envuelto en brumas, oscurecido por el gris que lo abrazaba hasta tornarse todo negra noche prematura. Y la música del viento acompañaba adecuadamente aquel marco sombrío, que visionaba tras la ventana de un hogar de circunstancias. Y de pronto lo sobresaltó un timbrazo que le hizo salir de la honda abstracción en la que se hallaba.

—¡Ah!, eres tú Adolfo. Anda, pasa, que el día está para quedarse en casa.

—¡Qué manera de llover! ¡Es un auténtico diluvio! Creí que no daba llegado... ¡Uf! –exhalaba el visitante, mientras se aligeraba dejando en el perchero de la entrada un chorreante impermeable amarillo.

—No sé cómo has venido con este tiempo a Valdovirio —le espetó Bagasi con tono de reproche, más de velado contento por la visita del amigo, llegado a este pueblo desde la ciudad de Ferrulia, a unos treinta kilómetros de distancia.

Adolfo Nedar, un melómano extremo, habría acudido a la cita en cualquier condición, habiendo ocasión para sumirse en su mayor debilidad. Era un médico humanista, especializado en dermatología y apasionado por las sonoridades.

—¿Acaso no habíamos quedado? —reaccionó con suave entonación.

—Es verdad, pero... Bueno, ¡da igual! Pasa al salón y acomódate.

Con extremada delicadeza, el comedido Nedar tomó asiento y desenvolvió sin dilación un paquete que contenía media docena de discos musicales. Los manipulaba como si de un preciado tesoro se tratase.

—Traigo las obras que te prometí —dijo el recién llegado.

—¡Déjame ver! —expresó su emocionado deseo el anfitrión, iluminado el rostro al comprobar que el amigo le brindaba algunas de las piezas grabadas que anhelaba escuchar—. ¡Ah, sí! ¡Qué maravilla de composiciones! Y los intérpretes son de primer orden... Voy a poner esto inmediatamente.

Luis Bagasi puso en funcionamiento el reproductor de discos y comenzaron a sonar las notas celestiales y armoniosas de la Pasión según San Mateo de Johann Sebastian Bach. En su opinión, jamás se había escrito nada más sublime. Bajo el embrujo de las voces y la orquesta permanecieron ambos, con los ojos entornados, inmersos en otro espacio fuera de la realidad, dejándose mecer por las melódicas sensualidades de la enorme partitura, reflejo del más excelso sufrimiento. 

Al finalizar la selección de la gran obra bachiana, una muestra suficiente de su sonora inmensidad, profirieron al unísono: «¡Soberbio!».

Disfrutaban como si fuese una audición en vivo. Los dos amigos diferían en ideas, hasta casi el extremo del antagonismo, y sin embargo se sentían cautivados por el supremo arte de los sonidos. Y aunque se complacían con la música en general, la saboreaban de diferente manera. Bagasi era más afín a las aparatosidades sonoras decimonónicas y a las disonancias postrománticas que a la serena armonía barroca y al perfecto equilibrio clásico. Lo contrario que Nedar. Pero independientemente de épocas o estilos, ambos reconocían su incontinente goce melódico.

Tras una obligada pausa para dar a los cuerpos el aporte calórico que demandaban (jamón, queso, dátiles y almendras) y el líquido oportuno (cerveza y vino), estuvieron de nuevo dispuestos a recrearse en otra escucha, esta vez elegida por Adolfo: El Réquiem de Mozart, la controvertida obra póstuma del genio inigualable. Y cuando principiaba a desvelar el disco las ricas armonías que albergaba, al poco de los primeros compases del «Introitus», quedó frustrada la velada por un inesperado apagón. 

—¡Vaya por Dios! —exclamó Nedar con resignación—. Nos quedamos sin luz.

—¡Mierda! –fue la vulgar reacción de Bagasi, manifiestamente indignado–. Está pasando con demasiada frecuencia; van tres veces este mes y estamos a día nueve. Ya pasa de la raya. ¡Mañana mismo voy a presentar una queja formal!

—Pero si mañana es domingo...

—Pues el lunes. ¡El lunes sin falta!

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A oscuras, había que alumbrarse con primitivos medios, socorridos en fastidiosos momentos como éste. A la luz de las velas, se lamentaban de la fatalidad, y Bagasi lanzaba imprecaciones contra la compañía eléctrica. «Cada vez cobran más y dan peor servicio», fue lo más delicado que dijo. El temporal había amainado; el viento no soplaba con el vigor que había mostrado unas horas antes y ya apenas llovía. No existía una aparente justificación para el corte del suministro eléctrico. Eso irritaba al dueño de la casa. El visitante, bien diferente en temperamento, sabía asumir serenamente los contratiempos, y en este caso no hacía excepción. 

—Es mejor tomar las cosas como vienen —decía con voz apacible el flemático Nedar—. Hemos de conformarnos. Si es la voluntad de Dios, debemos acatarla.  

—Querido Adolfo, me parece que estás muy imbuido de religiosidad; o quizás de estupidez. Sometes tu voluntad a la de un ser que yo todavía no he logrado desentrañar. Según veo, tú lo tienes claro, y a mí me cuesta creer. ¿Por qué?

Antes de responder, el aludido se tomó una pausa reflexiva, sosegadora para él y enojosa para el colérico Bagasi. Con tono paternal dejó caer su abrasadora calidez:

—Porque no te esfuerzas en tener fe, Luis; placentera y luminosa fe. Si lo hicieses, verías las cosas de otra manera, con sosiego y alegría.

El aire de bondadosa ternura de Adolfo Nedar, no exento de afectación, contrastaba fuertemente con la réplica inmediata.

—¡Anda, no seas idiota! ¿Pretendes que me entregue como tú, sin saber del más allá, como un ignorante que boquiabierto traga todo cuanto le cuentan? ¡No! A mí me puede gustar la música religiosa, como etérea belleza que transita el espacio y se disipa, dejando acaso una huella imborrable en el alma, pero no un estigma de convencimiento de que dependo de la voluntad de un dios. No soy tan simple.

—Yo en ocasiones también dudo —prosiguió Nedar con el mismo tono dulce y embaucador—. Pero lucho y me convenzo, reiterando el amor cristiano que le tengo a Dios. Al verdadero Dios. Al de mis padres y al mío. Que también puede ser el tuyo.

—Hablas como un predicador trasnochado. Parece mentira, Adolfo, que seas tan dado al mundano materialismo (buen coche, magnífica casa, grandes viajes...) y me largues un discurso colmado de misticismo. A mí no me engañas… ¡Entiéndeme! Yo no niego, pero tampoco creo ciegamente lo que no puedo constatar.

Permanecían en la estancia sentados, uno al lado del otro, en la posición que los sorprendiera el cese del suministro eléctrico. La incredulidad junto a la confianza plena. Aquella semioscuridad era propicia para la reflexión y para la expresión de elevados pensamientos; también para la liberación de los fantasmas íntimos, provocadores de conflictos, de pugnas interiores, de inacabables batallas de la mente, o del espíritu. Así que, pasada la ligera pelotera, acabó por imperar un relajante silencio reflexivo en la negrura que, en unos minutos, el abanderado del escepticismo acabó por romper.

—Por cierto, Adolfo, ¿habéis puesto fecha para la boda?

—Todavía no. Elena prefiere que mi puesto en el hospital esté asegurado. Y yo también pienso que es lo mejor. Debemos esperar…

—¡Bah! A ti ya no hay quien te eche. Eres un buen profesional, y después de diez años de servicios prestados seguramente serás inamovible.

—No creas que es tan sencillo. La dedicación y entrega no bastan. Debo pugnar con otros aspirantes para formar parte del staff.

—¡Staff, staff! —casi escupía burlonamente Bagasi—. Di plantilla, que tenemos en nuestro idioma palabras suficientes. Los de ciencias, siempre con neologismos. 

—Es la costumbre, Luis. Tu mujer también peca de este defecto —en boca de Nedar, esta frase suponía un inusitado reproche cargado de insolencia.

—¿Y qué? ¡Estupidez de muchos, consuelo de ignorantes! Ya sé que dice: el rol, el cachet, el manager... Pero Isabel es actriz de teatro, y los comediantes tienen su jerga particular. De todos modos, también a ella le reprendo su lenguaje.

—No lo he visto hasta la fecha —continuó aguijoneando el galeno. Parecía haberse transmutado su carácter circunspecto y comedido.

—¿Qué te pasa hombre? Te veo demasiado inquieto. O estás cabreado por haberse malogrado la audición o yo ya no te conozco.

—Déjalo, Luis...

—Sí, dejemos esta absurda discusión. Callemos o cambiemos de tema. Y tú habla como quieras, en ruso o en chino, que no te voy a importunar. Por cierto, creo que debieras haberte hecho otorrino y no dermatólogo.

El aludido no captaba del todo la indirecta; no tenía claro si Luis lo decía por su oído musical o como crítica a la «superficialidad» de lo cutáneo. Se impuso una cortante hoja silente, dañina como una honda incertidumbre, que probablemente se hubiese mantenido si Bagasi no retomara la palabra, pues la extraña y súbita hosquedad de Nedar no hacía presagiar un diálogo conciliador. 

—Isabel está de gira por el sur y tu prometida Elena preparando su tesis en la Universidad de Bonasor. Y nosotros aquí, solos. ¿Te das cuenta? Podemos disfrutar sin límite, a nuestras anchas. ¿Qué te parece si nos acercamos a la ciudad e indagamos los secretos de la noche? ¿Eh?... ¡Veo que brillan tus ojitos, golfo!

—¿Qué? No sé qué decías; me estaba entrando el sueño —tardó en reaccionar Nedar, haciéndose el despistado—. ¿Hablabas de la ciudad? Bien, de acuerdo.

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***
Los dos treintañeros se pusieron en marcha con la premura de alocados jovenzuelos. Había dejado de llover y se había quedado una noche agradable.

De camino a Ferrulia, Adolfo Nedar, al volante de su espectacular Audi rojo, mantenía ese aire distraído que tienen muchos miopes, ausente tras unas anticuadas gafas graduadas de pasta negra; en la década de los 90, parecía provenir de los 50. Era mucho el contraste entre el relumbrante cochazo y su mohíno y esmirriado propietario. Y el alto y atlético Luis Bagasi, a su vera, adquiría un aire demasiado trascendente, ciertamente cómico en un individuo poco dado en apariencia a grandes meditaciones; su aspecto de crápula y bohemio combinaba mejor con el vehículo de línea deportiva. 

Éste era el inusitado discurso de Bagasi:

—Poco antes de que llegaras había concluido el libro que me recomendaste, esa novelita titulada San Manuel Bueno, mártir. Hacía mucho tiempo que pensaba leerla, pero no lo había hecho, tal vez por pereza o por falta de estímulo. Pero hace unos días, no sé si llevado por el instinto o por un arrebato incontenible, cogí ese libro y lo leí de un tirón. El misterioso impulso me adentró en esa eterna lucha en la que el hombre se debate desde sus orígenes; el creer o no en lo imperceptible, el entregarse o no a la fe ciega. Paladeando cada página, fui tomando notas sobre reflexiones que el autor pone en boca del santo... –se detuvo unos segundos y concluyó–: Reconozco que he sido duro contigo al reprocharte tu creencia. Y de veras lo lamento. Yo, no es que niegue, más bien considero que soy un agnóstico.

Nedar permanecía callado, escuchando la perorata de Bagasi durante todo el oscuro trayecto. Ahora era distinto: la ciudad de Ferrulia mostraba ya en sus inicios otro artificio. Luces de neón y elevaciones de hormigón daban engañosa seguridad y protección, causaban la sensación de civilidad. Incluso la lluvia y el viento parecían domesticados dentro del ámbito metropolitano. En ese estado de climatológica serenidad, un atrayente letrero luminoso llamó su atención. Y decidieron hacer allí una primera parada. Y con intención de entrar en calor, los dos amigos se metieron en el moderno bar de copas en los prolegómenos de la noche placentera.

Bagasi pidió en la barra un gin tonic, y Nedar solicitó lo mismo con un gesto. Seguidamente, tomaron asiento para disfrutar el popular cóctel.

—¡Caramba, Luis, te estás haciendo un filósofo! —dijo Nedar quebrando su mudez—. Quién lo diría en un hombre de la banca, que navega entre el vil dinero.

—¿Y acaso no es tuya la culpa? Tú me has adentrado en el ontológico laberinto, ¡cabronazo! Sabes que siempre fui hombre pragmático y que mi lema es disfrutar los cuatro días que nos concede la puñetera existencia. Pero pasan los años y uno se hace más reflexivo y trascendente. Incluso escribo algunas cosas. ¡Mira!

Luis desplegó una hoja de papel, manuscrita con letra minúscula por las dos caras, que había extraído del bolsillo interior de su chaqueta. Miró de soslayo, cerciorándose de que no había conocidos en la cercanía, y, con la advertencia de que no se lo contase a nadie –reforzada con una intimidatoria mirada de gánster–, se la entregó a Adolfo para que la leyese. Y éste comenzó a leer en silencio, mudando el rostro a cada paso; expresiones de sorpresa y admiración quebrantaban su flema. 

Se trataba de un extenso poema en cinco partes, encabezado con el título de «Misterio», del que Nedar retuvo algunos extractos significativos.  

De lo humano a lo divino,
del Infierno terrenal
al Empíreo celestial,
¡qué largo se hace el camino!
……………………….....
Vacilantes,
crédulos sin condición,
agnósticos no expectantes 
o ateos por negación,
un paraíso quisieran.
Si el Edén 
ante sus ojos pusieran,
todos lo verían bien.
……………………….....
Divinidades múltiples 
nuestra mente ha creado 
con propia cualidad 
o con poderes varios. 
Se adoraron montañas 
y se loaron astros. 
Se idolatraron dioses 
que los hombres forjaron.
……………………….....
¡Cuán insignificantes,
qué poca cosa somos!
Tan empequeñecidos
en el inmenso Cosmos,
demandamos ayuda
a ese santo patrono,
al Sol... o al Dios supremo.
¡Nos sentimos tan solos!

—¿Esto es de tu cosecha, Luis? No te conocía esta faceta. Algo prosaico y desaliñado, pero veo que has leído poesía y que conoces la métrica. Lo que no sé, y perdóname por dudar, es si escribes con sinceridad o, ¿cómo decirlo…?, si solo has pretendido hacer un juego de palabras, un mero divertimento.

—¡Vaya con el crítico que me ha salido! Te seré franco: ¡ni yo mismo lo sé! Veo en derredor y no puedo admitir la existencia de un dios que haya creado tanta miseria junto a tanta belleza. No puedo entender que los nacidos con grandes limitaciones, físicas o psíquicas, estén privados de antemano del disfrute pleno. No puedo concebir que los desheredados de la tierra solo tengan la posibilidad de redención en un incierto paraíso celestial. No comprendo tantas injusticias y barbaridades terrenas.

—Yo tampoco, Luis. Es difícil explicarnos este complicado mundo. Pero creo que todo lo que existe tiene su razón de ser, por más que se escape a nuestra comprensión.

—Entonces, ¿debemos resignarnos y creer sin más?

—Tal vez —articuló Nedar con desgana, sin añadir ninguna contundente coletilla.

—¡Bah! –exclamó Bagasi tras el último sorbo de su gin tonic—. Dejémonos de tanta seriedad y vayamos en busca de las sensualidades que la noche nos brinnnn…da.

Luis dejó sostenida la primera sílaba de la última palabra, en tanto sus ojos se perdían al fondo, al otro lado de la barra del local, hasta acabar interrogando:

—¿Te has fijado en el bombón que hay allí? Para quitar el hipo. ¡Vaya hembra! ¡Qué busto! ¡Qué talle! ¡Qué piernas! ¡Qué...!

Bagasi hizo especulaciones vanas sobre cómo trataría en la intimidad a la bella que había atraído su atención en grado sumo. Su variabilidad era muestra de lo fácil que es pasar de la meditación filosófica a lo mundano, de lo más elevado a las bajas pasiones; al fin y al cabo, reflexiones y emociones conforman la condición humana. 

—¡Olvídate! —le dijo Adolfo—. ¿No ves al gorila que la acompaña?

La bella abandonó el bar de copas del brazo de su fornido acompañante. Y los ojos de Nedar, de cándida apariencia, también mostraron su avidez rastreando cada curva de su sensual y esplendorosa anatomía. Poco después, los dos amigos también salieron de allí, locos por echarse en brazos de la noche misteriosa. Subieron al Audi rojo y partieron hasta el centro de la ciudad. Aparcaron el coche y se pusieron a andar. 

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***
Caminaban despacio, sin un objetivo predeterminado. 

A su paso, algún viandante solitario, parejas en actitud cariñosa, un borracho discursivo, música propicia en el trasfondo, voces complacientes y recriminatorias, un gato maullando como si estuviese en celo y diversos ruidos indescifrables. 

Deambulando tranquilos, se introdujeron en una estrecha calle, escasamente iluminada, tétrica y silenciosa, de temer para un viandante solitario. Estando en compañía, el temor se amortiguaba. Nada se decían y nada escuchaban. Era excesiva, casi asfixiante tanta tranquilidad. Y de pronto, se sobresaltaron al oír unos gritos quejumbrosos. Nadie más pasaba por la zona en ese momento. 

Se miraron extrañados, sin decir palabra, y corrieron hacia el lugar de donde provenía la dolorida y femenina voz. El fino oído de los dos hombres jóvenes no les engañaba. Les llevó un tiempo sortear una intrincada red de callejones hasta volver a escuchar a la mujer que clamaba, ahora más próxima pero menos intensa. Cruzaron nuevamente sus miradas. Con seguridad, se encontraba muy cerca. 

Enseguida percibieron los pasos presurosos de alguien que se alejaba. Volvieron a mirarse para comunicarse su sospecha, mientras sus lenguas seguían contraídas. Y sin dilación se apresuraron a socorrer a la que, indudablemente, precisaba ayuda. 

Al fin llegaron al punto donde la mujer se hallaba, echada sobre el húmedo pavimento. Yacía boca abajo, sin dar señales de vida, y la giraron con delicadeza. Su revuelta melena rubia le cubría la cara, y en el brazo y en la pierna izquierdos presentaba sendos cortes sangrantes. Pero lo peor era la profunda herida, de arma blanca como las otras, que en lo alto del pecho alguien le había ocasionado. 

Apartaron los cabellos para verle el rostro y...

No daban crédito a lo que estaban presenciando.

—¡Dios mío! —exclamó Nedar con espanto—. ¡Es Isabel!

—¡No puede ser! —balbuceó Bagasi, abriendo al límite sus ojos.

Ella reconoció a su marido, a pesar de que sus párpados apenas permanecían entreabiertos. Con la mirada opaca, en abismal silencio, le comunicaba su angustia.

—Debemos trasladarla enseguida al hospital o acabará desangrándose —sugirió el doctor Nedar como única autoridad sanitaria allí presente—. No debemos perder tiempo.

—¡Esto no es real! ¡Es solo un sueño! —decía Bagasi queriendo engañarse a sí mismo—. Si estaba de gira por el sur... ¡Isabel mía!

—Deja las suposiciones para más tarde, Luís; ahora hay que solicitar urgentemente una ambulancia —dictaminó el que más entendía de urgencias sanitarias—. Está a punto de entrar en shock hipovolémico.

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Fin de Primera parte. Continúa y finaliza en: Segunda Parte

Pasión según San Mateo: Aria «Apiádate de mí, Dios mío», J. S. Bach
Erbarme dich, mein Gott