Hacía meses, tantos que ya sumaban el medio año, que sentía ese malestar, esa inquietud, esa angustia, esa sensación de que a su vida le faltaba algo.
Y no, a su vida no le faltaba casi nada: tenía cafetera y tostadora de pan, un armario de dos puertas con ropa en su interior, casi toda de color verde, vecinos más o menos molestos, una hija dentro de la llamada normalidad, algunas amigas, una de ellas muy cercana, un trabajo aburrido pero cómodo, una pareja de lo más agradable y hasta una ventana que daba a un pequeño parque donde sentarse a mirar cómo caían las hojas cuando caían y lanzar suspiros de melancolía o de lo que fuera aquello que parecía querer salir y no podía, no podía.
También tenía un nombre: se llamaba Cordelia.
Me pasa algo, pero no sé qué es, estoy como atorada, le confió a su amiga más íntima.
Apúntate a clases de lo que sea, de cualquier disciplina que creas que se te dará mal, es muy bueno para estimular el cerebro, para crear nuevas conexiones neuronales o algo así he leído. Y conocerás gente, por añadidura.
Cordelia no estaba muy convencida de que esa fuera la solución a su ignoto problema, pero le dedicó un poco de tiempo a buscar por internet algún curso o clase de algo que nunca le hubiera interesado. Como era muy metódica fue buscando por orden alfabético. Encontró clases de alemán por la a, de bachata por la b, de cerámica por la c y así estuvo un buen rato rastreando alfabéticamente y descartando lo que encontraba hasta que llegó a las de oratoria por la o, se hartó y tras un desdeñoso “buah” salió a la calle a despejarse.
En ocasiones las soluciones se presentan solas como lanzadas por una mano benevolente cuando ya hemos desistido. Eso le pasó a ella, que una mano benevolente, o no tanto, había colgado un cartel en la puerta de una academia de pintura con el siguiente mensaje, “Sacá a tu artista interior». Se detuvo a leerlo un par de veces, ¿y si era eso lo que le pasaba? ¡pues claro que era eso lo que le pasaba!, tenía una artista interior que vivía reprimida y aburrida, una artista que necesitaba salir y expresarse, una desgraciaíta artista prisionera y maniatada. Entró en la academia con la decisión que le caracterizaba cuando no le caracterizaba la indecisión y se apuntó a lo de liberar a la artista. Puntillosa como era señaló a la que la atendió, una mujer llamada Azul, que “sacá” se escribía sin acento. Azul sonrió y dijo que se lo diría a la jefa para que lo modificara, cosa que no sucedió porque la jefa era ella.
A los dos días ya estaba Cordelia sentada en una banqueta de la clase con una bata blanca, un lienzo delante, una paleta de colores y unos pinceles. Respiró hondo y dijo por lo bajo: eh, tú, creadora, ya puedes salir. Y vaya que si salió y con qué ímpetu. Por los trazos siniestros y alocados que le hizo dibujar se notaba que su artista lo había pasado muy mal. Fatal. Pero ella tampoco lo estaba pasando bien al contemplar esos manchurrones negros y marrones que salían descontrolados de su mano.
Por entre las banquetas y observando los trabajos de cada cual se paseaba muy sonriente Azul, seguí, seguí, iba diciendo, está lindo, está lindo. Cuando llegó al puesto de Cordelia también dijo seguí, seguí con un gesto de la mano como si untara mantequilla en la tostada, pero mira tú por donde que lo de“está lindo” se lo calló. Y es que aquello era horroroso se mirase por donde se mirase.
Acá lo que importa es expresar, ir soltando, añadió Azul a modo de consuelo antes de proseguir con su paseo.
Cordelia se había puesto muy roja, un calor ardiente le subía a la cara, su artista interior era una chapucera y ahora que había salido tenía ganas de que volviera a entrar o ni siquiera, ¿cómo iba a querer ella llevar dentro a semejante ser? Habló con ella sin palabras, “te dejo libre y puedes hacer lo que te dé la gana, pero lejitos, ¿vale?”
Que te crees tú eso, la artista era suya y no se quería marchar de su lado, la artista y, aquí venía lo más terrible de todo, también era ella.
Para la siguiente clase pensó que lo mejor era poner límites a la creativa, que se expresara, pero con un poco más de contención. Le pidió a Azul que le diera un modelo de una flor, a ser posible alguna que empezara con la a, por seguir un orden. Azul rebuscó entre sus libros y le entregó un sencillo campo de amapolas que, según ella, era muy fácil de dibujar.
La artista, al ver tanto terreno a su disposición echó a correr con todas sus ganas, que eran muchas, puesto que llevaba mucho tiempo recluida, y lo pisoteó entero, ni una amapola dejó con cabeza y hasta la verde hierba, tan del agrado de Cordelia, quedó embarrada y sucia. Amarronada. Con lo que le gustaba a ella el verde, pero se veía que su artista quería ir al origen, a lo que estaba antes de que brotaran hierbas y flores y por eso le tiraban tanto los marrones, los colores de la tierra de donde todo nace. Eso quiso suponer, por disculparla un poco.
Azul ya había iniciado su recorrido por entre las banquetas y repartía elogios y alguna que otra indicación técnica. A Cordelia le dolía la espalda y empezaron a picarle los ojos, hubiera querido esconder el campo pisoteado, las amapolas chafadas y la hierba embarrada, hubiera querido hundirse en ese lodo y desaparecer en los inframundos, entre raíces, gusanos, topos y flores embrionarias. Pero no pudo, la otra ya estaba detrás.
Mirá vos, dijo solamente. Esta vez no añadió el seguí, seguí.
Y sin embargo Cordelia siguió. He pagado la mensualidad y no voy a perder el dinero tan tontamente, se dijo para convencerse de que no debía abandonar.
En la tercera clase, Azul les dijo que esta vez iban a probar con el retrato, que de momento no se preocuparan por la técnica, ella les iba a dar unos modelos por si querían inspirarse, pero se trataba de pintar con libertad un rostro. Cordelia ya estaba temblando pues notó la punzada de emoción de su macarra interior.
¿Se puede hacer un árbol?, preguntó Cordelia tratando de evitar una cara con ojos ensangrentados y boca cosida con hilo negro.
Dale, contestó Azul dejándola por imposible.
Aquel árbol sufría, no tenía copa, como si le hubieran decapitado y sí un gran agujero en su tronco donde había anidado un inquietante búho de maligna apariencia. Cordelia dejó que la artista pintara también unas retorcidas raíces que rompían la tierra y la atravesaban como garras, permitió que emborronara de niebla el cielo y que creara una atmósfera inhóspita y siniestra. Tampoco era cuestión de contradecirla, ya se cansaría, eso esperaba.
Ella sí que se había cansado, por eso se sentó un rato en un banco del pequeño parque antes de volver a casa y allí, bajo las ramas desnudas de los árboles, trató de hablar con ella, ¿y ahora qué? La artista no contestó, no era la palabra su modo de expresión, al parecer.
Vio al fondo a uno de sus vecinos, Adolfo, un señor viejo que vivía en el segundo. Paseaba a un perro con una correa extensible, se acercó a ella para saludar, pero el perro llegó antes.
Es de mi nieta, se llama Lenon, dijo Adolfo con orgullo. Y con el mismo orgullo, el perro, o tal vez su artista canino interior, un artista con un gran ego deseoso de dejar huella, la mordió con saña en una pierna.

