


En el conjunto del arte del grabado de Orlando Baltodano (@orlandobaltodano2025) , la pieza del jaguar se me presentó como una condensación especialmente elocuente de su ética material y de su rigor experimental. La figura no se impone a la madera, sino que emerge de ella: el jaguar parece construido a partir del propio jaspe de la matriz, como si el animal asomara desde la veta-ventana. El estudio y experimento previo de esta obra —al que he tenido acceso gracias a la generosidad del propio Baltodano— permite comprender la densidad del proceso: variaciones de color, pruebas de registro, manchas cercanas al shodo y exploraciones de superficie que evidencian una investigación sostenida, donde cada decisión formal está mediada por la escucha atenta del material.
Para mí, el jaguar no funciona únicamente como un motivo iconográfico más, sino como figura simbólica de su proceso mismo, una fuerza telúrica que acecha toda su producción. La línea cromática, anclada en paletas terráqueas, refuerza esta condición: ocres, negro profundo y tonos minerales que remiten a la noche, a la selva y a la energía contenida del territorio vigilado. El conocimiento de los estudios previos revela que esta potencia no es resultado del azar, sino de un proceso reflexivo que asume el riesgo del experimento como método. Mi agradecimiento por el acceso a estos materiales no es solo personal, sino también crítico: ellos permiten situar la obra de Baltodano en un lugar donde el grabado se entiende como práctica de pensamiento, donde la imagen del jaguar deviene síntesis entre materia, proceso y una concepción de lo telúrico como fuente estética y conceptual.
Ezequiel D’León Masís




