Al intentar salir, no fue capaz de abrir la puerta, tal era la fuerza del viento que soplaba fuera. Sintió la imperiosa necesidad de salir, las ganas de orinar eran terriblemente insistentes, y su vejiga ya tenía el tamaño de una pelota número cinco no demasiado inflada. Intentó varias veces, varios intentos con buena intención, pero al final debió darse por vencido, nada podía hacer contra la fuerza de los elementos. Resignado, se dirigió a un rincón, y luego de descargar sus líquidos, sus angustias y sus orines, se sintió mucho mejor.
Tomó un libro, pero el ulular del viento le impedía concentrarse, así que se acercó a la ventana a ver la tormenta; una tormenta seca, de puro viento, que cada vez se ponía peor. En lo alto, distinguió una forma que se acercaba dando tumbos en el aire, una forma bicolor, de blancos y negros, de camuflado estilo. Era una vaca, una gran vaca lechera (logró distinguir las ubres cargadas, siempre había tenido buena vista).
La vaca intentaba sujetarse a cuanta antena veía en su camino, estirando sus patas e intentando trabarlas en algo que detuviera su vuelo. Finalmente, tuvo la suerte de chocar con la antena de una emisora de radio, y quedó flameando al viento, mientras mugía desesperadamente o con resignación, no se oía bien a causa del ulular del viento, que sonaba más o menos así: uuuhhhh, ululuuuu, uuuhhhhluuuu.
Más y más cosas pasaban volando: un chancho, dos canarios, cuatro sillas Luis XIV, un reloj de pared detenido a las cuatro y veinte, catorce latas de picadillo, un par de salamines, un pañal usado color marrón (o blanco, pero parecía marrón), dos carmelitas descalzas, cuatro pares de zapatillas naik, un brasilero en calzoncillos, y un gato de Schrödinger, o dos, o ninguno.
Viendo pasar tantas y tan peligrosas cosas cerca de su improvisado refugio, la vaca miraba con desorbitados ojos (en una clara infracción a las leyes de Kepler), mientras rezaba a sus divinidades y contemplaba la posibilidad de comenzar a bajar por la antena a tierra firme. En cuanto intentaba hacerlo, algo pasaba bajo sus patas, atemorizándola demasiado como para volver a intentarlo, pero su memoria era frágil y volvía a intentar. Luego de cada intento, volvía a subir intentando volver sin darse vuelta.
De repente, a lo lejos, se escuchó una melodía: la marcha turca de Mozart. La marcha turca, acompañada por un grupo de vientos, o un viento con múltiples personalidades. Ya más cerca, fue posible apreciar que la música salía del interior de la caja de resonancia de un piano de cola. A la caja le faltaba la tapa y el fondo, haciendo que el viento pasara entre las cuerdas y surgieran desafinados sonidos ululares.
La vaca era vaca, pero no era tonta, se lo vió venir. Miró para ambos costados intentando encontrar una escapatoria, porque el piano se dirigía derecho hacia su posición en la antena. Intentó subir un poco, y el piano comenzó a ascender una octava, luego quiso descender y el piano siguió sus movimientos. Parecía que había una relación magnética vaca-piano, o gravitatoria, fuera cual fuera la interacción a la vaca no le interesaba demasiado, sólo pensaba en salvar su pellejo, preferiblemente junto al resto de su ser vacuno.
Viendo cercano su final, la vaca se persignó, se encomendó a Rohinî y le prendió una vela al gauchito gil, aceptando con estoicismo su destino.
El piano llegó en cámara lenta hasta la antena, chocó contra la vaca, rompiose al chocar con la antena que sostenía al animal, desintegrose. Las cuerdas, que unos minutos antes eran el instrumento favorito del viento, filetearon a la vaca en certeros cortes, cortes que son enseñados en cualquier academia de carniceros, y los filetes fueron desprendièndose de la antena siguiendo el camino del ululante viento. Uhhhh, uuuuuh.
Todo esto lo contempló el observador desde su ventana, con creciente asombro, y creciente apetito a medida que se desarrollaba la escena. Sintió que alguien le tocaba el hombro, al darse vuelta vió que era su tigre. Chancho, que así se llamaba el tigre, le hizo entrega de una nota formal de pedido por la cual le solicitaba amablemente que le permitiera salir a nadar en el viento e intentar cazar alguno de los filetes, despidiéndose muy atentamente su seguro servidor. No otorgó el permiso, ya que amaba mucho a su tigre (en el buen sentido de la palabra amar, que no hay que ser malpensados). El tigre lo miró con cara de tigre y se fue a seguir durmiendo en el sillón.