enero 06, 2026

LIBROS PIURANOS DEL AÑO 2025 / POR ARMANDO ARTEAGA

LIBROS PIURANOS DEL AÑO 2025

POR ARMANDO ARTEAGA

La literatura piurana en el año 2025 que pasó se mantuvo fuerte: es la primera y más fuerte de todas las literaturas regionales del país, por la calidad de sus obras literarias y el prestigio vigente de sus escritores y/o poetas, la calidad editorial de sus libros publicados, por el aumento de nuevos lectores que en gran proporción  numérica se van incorporando como sujetos importantes del consumo cultural en Piura, si medimos este rango con la producción literaria de años pasados y de otras regiones.  Este proceso, es un aporte social que viene incrementándose desde los años setenta: a partir de las primeras iniciativas del CIPCA.

La primera y significativa sorpresa se da en la novela “Los Funerales de Montero, Cien años de olvido” (Arcano 47 Editores, 2025) de Roberto Talledo, narrador piurano que reside más de veinte años en Quito. La novela va tras los pasos históricos del famoso pintor piurano, desde sus primeros años por la ardiente Piura, la Lima de los mediados del siglo XIX, hasta la bohemia europea de sus años florentinos. La pasión por identificar detalles de la vida de Montero se expresa en Talledo desde la minuciosa observación del cuadro “Los funerales de Atahualpa”, tal como también mucho antes realizo esa atenta mirada el poeta Antonio Cisneros en un poema del mismo nombre al referirse al óleo de Montero: “La luz se tambalea en el lugar del crimen”. Detallada persecución biográfica y bibliográfica de Talledo acerca de la vida de Montero.


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Otro libro “en rescate” contra el tiempo, y en busca de nuevos lectores, fue la publicación de los relatos de “Simache” de José Ortiz Reyes. Existía solo una edición agotada (del año 1941) de esta gran narrativa lirica del agro piurano. Los caballos del tiempo se acercaron -este año- a Simache para ver las casas entre árboles, y a lo lejos, entre brumas, el caserío. Editado por José Carlos Vilcatoma, fue presentada en la Casona de San Marcos, y comentaron las bondades literarias de los relatos: FrançoiseAubes (Universidad de Paris) y el escritor piurano Christian Fernández (Universidad de Lousiana, EE.UU). Quiero recordar que José Ortiz Reyes fue amigo de José María Arguedas, se conocieron cuando estuvieron presos en El Sexto por sus actividades políticas.

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Otro destacado narrador piurano (aunque nació en Jaén) es Teófilo Gutiérrez, este año nos volvió a sorprender con sus cuentos de “El mundo que a escondidas miro” (Hipocampo Editores, 2025). Por allí asoma todavía Piura en sus relatos, donde la memoria es un ejercicio de la vida (dice Diego Trelles Paz), los territorios rurales y la violencia política: escritor que goza meritoriamente de los elogios de Miguel Gutiérrez y Antonio Gálvez Ronceros, maestros y amigos, de nuestro narrador, poeta y editor.

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Este año 2025, fue también de auge y apogeo para las librerías de viejo. En la Librería de Lima, inaugurada recientemente, encontré un libro casi imposible de leer: “Jililí, Motivos Ayabaquinos” (Biblioteca Peruana en Marcha, 1955) de Dagoberto Torres, narraciones dedicadas al terruño ayabaquino. Subrayo este episodio vivencial porque creo que es un libro que también requiere ahora un “rescate literario"

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“Canibalismo Moderno y otros relatos” (Grupo Grafico J& J S.A.C., 2025) del escritor de Sullana, Eduardo Borrero Vargas: es un libro que trasunta algo de irónico, tiene buena parte de testimonios narrativos que son mitos, leyendas, y destilados cuentos de la cultura ancestral tallan. Remota en su imaginario un realismo de memorias condensadas en realidades puras y en sucesos fantásticos, de recuerdos históricos. Estas ficciones presentan un historicismo y un costumbrismo virtuoso. Sus personajes viven en un juego lúdico descriptivo que viene del mundo de los espejos.


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La poesía piurana desarrolló también sus aciertos. Dos libros llamaron mi atención este año. Obras antiguas, inhallables, vueltas a publicar, y otra recientes, aportes nuevos, que demuestran el prestigio de la poesía piurana, la poesía más importante de todas las regiones del país, actualmente. Sin medias tintas, sin provincianismos, sin chauvinismos aparte.

 El poeta Edián Novoa, de Amotape y del mundo, consagro con “Alegorías de Medusa” (Editorial Gato Viejo, 2025), un discurso poético moderno y de identidad propia, es un libro con distintos aportes poéticos: técnicos y liricos. El juego lúdico de los versos y poemas de Edian Novoa vuelve -a estar- a la orden del día, viaja por los caminos inmensos de las retoricas literarias existentes pero cincelando sus palabras para formar otras retoricas modernas. Edián Novoa ya tiene voz propia, música, ritmo, puesta en escena, paisajismo y sobre todo contexto histórico. Enfrentado a la Medusa de los tiempos es un navegante lleno de optimismos, aunque también lleva sus vanas tristezas, por el mar de la vida, y las incertidumbres vividas.

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En el mes morado del año, llegó Pedro Elera, el primer poeta de nuestra vida republicana, el poeta ciego, el poeta marginado por Ricardo Palma en “La Bohemia de mi tiempo”, el poema huancabambino, con su poesía romántica y elegante.

“María o Escenas de la montaña” (Hipocampo Editores, 2025), es un libro que se publicó en 1871, vuelto a publicar, para su reconocimiento literario. Es un poema largo de 34 cantos, al estilo de la Divina Comedia, dedicado a la dulce y angelical María. Trae un presentación de Rodomiro Elera Gómez, me parece bisnieto del poeta, y unas palabras liminares de Julio A. León. Fui uno de los primeros en reconocer la importancia de la poesía de Elera: “Su poesía es humanista y de gran nivel, de vasta cultura, a pesar de su premura profana y autodidacta, de un variado ímpetu creador que ya avizoraba su modernidad”.

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Hubo más libros piuranos que llamaron mi  atención profana por la literatura piurana. Pero hay que dejar que el banquete literario sea también compartido por otros.

 

agosto 27, 2025

POSTDATA / ARMANDO ARTEAGA



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POSTDATA / ARMANDO ARTEAGA
Pasé las tardes Ana imaginando
tu silueta de ayer que hoy debe deambular
algo veloz
entre la multitud.
Y que se fue a perder
pez en mi red
bajo la lluvia. Y todo es tiento ahora:
tu sonrisa car port
tu ilusión de avestruz
tu aeropuerto.
De tus cartas de navegación no sé nada.
Y desde entonces Ana
tu presencia cada día
me hace falta menos. Ich laufen musste.
(Del libro: "Avistar").
("Diez aves raras de la poesía peruana").

junio 19, 2025

PIURA EN UN MUNDO AJENO:

SIN “PIAJENOS” POR SUS CALLES

Armando Arteaga

 

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 No veo ningún “piajeno” en Piura me dice mi interlocutora  amiga, la cineasta brasilera Belén Piñera, quien ha viajado conmigo a la ciudad de Piura para realizar algunas locaciones  en Piura La Vieja,  para una posible filmación de un documental sobre Froilán Alama,  mientras tomamos un jugo de lúcuma, esa fruta increíblemente deliciosa, en “El Rosita” de la  céntrica Av. Grau, y por allí empieza la discrepancia, mientras yo tomo una cremolada de mango ciruelo, fruta tan exótica o más comparada a la lúcuma, que nos ayudan a superarla sed y  el calor sofocante, tanto como Tabatinga y Leticia, las ciudades amazónicas donde reside nuestra sorprendida visitante.

 Hace un par de años, en plena pandemia del Covid 19,  caminábamos por Piura en pleno protocolo sanitario, mientras ella disparaba,  a diestra y siniestra, las tomas para sus fotografías, sobre la gente inesperada que pulula con discreción la Plaza Merino donde -le cuento- se reunían poetas jóvenes piuranos  a leer sus poemas por las noches. Ahora, me dispara a mí,  más preguntas, quiere conocer “La Casa Verde” (ya no existe, le respondo);  Yapatera sí existe (el último asentamiento de población afro-piurano),  y la fiebre del algodón, el oro blanco (mientras busco el número del celular de Jorge Arévalo Acha, alguien me lo dio,  y me dijo: allí lo encuentras, allí vive);  y le comunico que ya estamos en el  “huarique” de Castilla donde beberemos chicha y comeremos un ceviche de caballa.  

 Mientras almorzamos. Es cierto, los “piajenos” han desparecido del casco urbano de Piura, ella hace una referencia a la recreación poética del “Platero y yo” de Juan Ramón Jiménez, amigo de su niñez y juventud,  recuerda un inseparable asno pequeño, suave, blando, peludo, casi de algodón sin dureza alguna, tan frágil, denota su malestar,  por acá,  tan bandidos, en la tierra de Froilán Alama, los hayamos reducido a bestias de carga. Le explico: en toda la literatura piurana los “piajenos” son personajes sobresalientes, épicos “compadritos”  para el trabajo fuerte, de mucha ayuda en los hogares pobres: de gran alivio humano -para cargar bultos- en faenas campestres.

 Mario Vargas Llosa tiene un espectacular artículo periodístico (“La desaparición de los “Piajenos”),  publicado en marzo del 2012, es una aproximación a la Piura de su infancia y también de su juventud, donde los “piajenos”: “Estoicos y pacientes cargaban costales de fruta, leña, gentes, todo lo que podía cargar, y se los veía trotando día y noche por las calles de altas veredas, soportando maltratos de los malhumorados y sádicos, alimentándose de los que encontraban al paso o viviendo del aire y de su mera terquedad de no resignarse a morir”.  La guadaña del tiempo se lleva todo: familiares, amigos, profesores, todo lo que a cualquier vecino le importa. Por lo que recuerda también su etapa de san miguelino, la puesta en escena de su primera “obrita” de teatro en el ya desaparecido Teatro Variedades, “La huida del Inca”.

 

Otro escritor piurano que refiere a la presencia del burro piurano en su libro “Romancero Piurano”, es Teodoro Garcés, como un icono notable en “El escudo de mi pueblo”.  Al igual que el algarrobo, y los Seminario: familia multiplicada, que Seminario es de Piura, ó es Piura de Seminario. Donde el algarrobo es el árbol plebeyo, hijo de la arena del desierto inmenso. El burro piurano, es un filósofo paciente, no tiene descanso en trabajo rudo, no entiende de treguas en su amor de fuego. Aguatero del pueblo, sufrido arriero,  alcalde del progreso,  Cuando el cansancio lo deja muerto, festín de carne, para el gallinazo hambriento. “Lo que hizo el burro, no lo hizo nunca ningún diputado”,  refiere en un verso solemne Teodoro Garcés.

 El burro piurano, no tiene la épica de los “caballos” (su más cercano semejante)  en la Guerra de Troya, donde es “caballo de batalla”, y/o argumento de ficción, en la  guerra,  para engañar al enemigo, el artífico bélico de los ejércitos aqueos contra la ciudad. Ni la gesta de aquella “locura”  de las novelas de caballerías.  Aunque, en “Los caballeros del delito” de Enrique López Albújar donde el bandolerismo es una profesión, un viaje de seres rabiosos, desesperados, histéricos, como los toreros, los piratas, o los contrabandistas: el burro piurano es su aliado silencioso (casi forzado con revolver en la cabeza)  para cargar lo robado (donde no tiene parte en el reparto de los amigos de lo ajeno). Claro está, para cualquier filme, el bandolero es un personaje que odia la ciudad, sus escenarios donde luce mejor son los rurales; odia el tren, el avión, el auto, el teléfono, a los gendarmes, en cambio: ama sus caballos, sus “burros” de carga para la “merca” robada, ama el río, el rancho, la quebrada, el chicherio, el bosque, la cima, el caserío, y sus amores trágicos. Le roba a los “sambios”, siempre “prevalicando”, piuranismos usados por el autor de “De la tierra brava” en su glosario.

 

 

febrero 11, 2025

VASIJA DE BARRO / ARMANDO ARTEAGA

Domingo, 17-01-2021.
Mi artículo publicado en el Suplemento Dominical
Semana, Diario El Tiempo, Piura.
VASIJA DE BARRO

POR ARMANDO ARTEAGA

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Uno nunca termina de entender cómo es que la “piuranidad” acaba metiéndose en los huesos y en el alma del “ser piurano”. Siempre que ando por Piura, el mensaje sonoro retoma un dialogo persistente con los “pasillos” y los “tristes”, sobre todo con ese ruido mundano que viene de rockolas. Mi abuela materna, Carmen, de Sullana, me decía, cuando era niño, que escuchar pasillos era cosa de “montubios”.
Así, con esa identidad musical, dejé Piura de niño, y volví a encontrarme con el “pasillo”, el “sanjuanito”, los “albazos” y los “pasacalles”, en mis tiempos universitarios, en Ayabaca, cuando el exalcalde Teófilo Flores me invitaba a las serenatas de las noches ayabaquinas, que los parroquianos muy “soferos” calentaban a punto de “canelazos”. Después, años más tarde, descubrí que también había una ruta musical del “pasillo” en Huancabamba.
Claro está, que por Ayabaca ha llegado la importa del “pasillo” cuencano y lojano. Lo trajeron, en sus cantos, ritmos y melodías, los estudiantes universitarios que iban al Ecuador, a estudiar, a la Universidad de Loja, porque no tenían vacantes en las universidades peruanas. Regresaban las “rondallas” de alegres muchachos en las vacaciones con sus guitarras, bandurrias, laudes, y requintos, que le daban vida testimonial, y ficciones nocturnas amorosas, donde el “pasillo” era el monarca local de los géneros musicales.
Varias generaciones de ayabaquinos se forjaron escuchando “pasillos” y dando serenatas. Eso no significaba, tampoco, que entre pasillos van, y vienen, siempre aparecía el valse criollo peruano. Aquí nadie se pasó al otro bando, la resistencia musical de estos pueblos fronterizos era la alternancia, la combinación y la hermandad musical con el país norteño.
En los años 90, cuando estuve por Ayabaca, fui consciente ciudadano, de reconocer mi admiración por la belleza del “pasillo”. Llevaba en mi mochila la novela experimental de Jorge Enrique Adoum: “Entre Marx y una mujer desnuda”, y la preste a un amigo, de las serenatas, que se interesó por la novela. En la próxima serenata, ese amigo, se me acerco con su guitarra y me dijo: “Adoum, el novelista ecuatoriano, ha compuesto este “pasillo”, y tocó “Vasija de barro”, que en realidad es un “danzante”.
Yo conocía la canción, y la historia de la canción escrita por varios autores ecuatorianos, reconocidos poetas y escritores: Jorge Carrera Andrade, Hugo Alemán, Jaime Valencia, Jorge Enrique Adoum, y la música de Luis Alberto Valencia y Gonzalo Benítez. El mensaje de la canción es algo recurrente con lo histórico, recupera el amor por lo ancestral: “Yo quiero que a mí me entierren como a mis antepasados/ en el vientre oscuro y fresco de una vasija de barro”.
Alguna vez conversando con Chalena Vásquez, la musicóloga piurana, le pregunté: ¿La poética del “pasillo” es algo muy habitual a la teleología de la cultura de los piuranos? Me aseguró: que en realidad, “el acomodo del prolijo social era de protesta”. No estoy tan seguro de esa aseveración de Chalena Vásquez, pero echemos una mirada por la historia. En resumen, en las guerras por la independencia contra España, las migraciones de los pueblos fueron muy fuertes, y entramos en contacto con la música del norte: Colombia, Venezuela y Ecuador. Por allí viajo el “pasillo” en las “montoneras”, de esas que hablaba Francisco Vega Seminario en su novela del mismo nombre. Que para hacer una síntesis musical tenemos ahora: un pasillo costeño, un pasillo lojano, otro cuencano, y el quiteño. No se trata, del entusiasmo, por quedarse en el infinito del cielo: “Viendo a mis lindas Tres Marías”. El famoso pasillo, “Las Tres Marías”, que cantaban las Hermanas Mendoza Sangurima, ha unido pueblos y literaturas, de ambos lados. El destello galante de este “pasillo” ha removido sentimientos a prueba dura de amistad sincera, entre nuestros dos países.
El pasillo costeño desde Guayaquil tiene excelente autores: Nicasio Safadi, Carlos Solís Morán, Carlos Silva Pareja, Carlos Rubira Infante, entre otros. En Portoviejo: Constantino Mendoza. En el pasillo lojano, los nombres de: Segundo Cueva Celi y Salvador Bustamante Celi. En el pasillo cuencano: Francisco Paredes Herrera. Y, en el pasillo quiteño: Carlos Amable “Pollo” Ortiz, así como Homero Iturralde, Víctor Aurelio Paredes y Ramón Moya Alzamora. Por último, para mi gusto, existen “pasillos inmortales”, tales como: “Ángel de luz” (Benigna Dávalos Villavicencio); “Cantares del alma” (Carlos Bonilla Chávez); “El aguacate” (César Guerrero); “Rosales mustios” (José Guerra Carrillo), y “Romance de mi destino” (Abel Romero Castillo). Una prueba más, de que las canciones y la poesía: no tienen visiones localistas. Las rockolas del atardecer piurano muchas veces nos enseñan a buscar cataclismos sentimentales.

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septiembre 29, 2024

Ruth Hurtado, poeta paiteña

Entrevista realizada por Armando Arteaga en casa de la poeta Ruth Hurtado Espejo (set. 2019, Lima-Perú), directora de Inter Art Consejo Internacional de las Artes, a propósito de su libro "Obstinación".


septiembre 22, 2024

EL TAXISTA / POR ARMANDO ARTEAGA


EL TAXISTA

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Observó que el desconocido que fumaba era algo extraño. No estaba en regla la noche. Estar debajo de sus pier­nas en unos cuantos segundos, caído del cielo, tirado en el suelo, sin conocimiento, mientras volaba por los aires, sobre el tiempo perdido, en un instante que pare­ce un siglo, era un suceso desprevenido.

La muerte parecía explotar de sus labios que tembla­ban.

- ¿Qué está pasando, Jefe?

El desconocido golpeaba el rostro del muchacho.

- ¡No sé nada, Jefecito!.  Y el tumulto de la gente creció como un inesperado tumor en el instante mismo de la noche. Al filo de la navaja, en otro abismo.

Con discreción, el muchacho deslizó por su pierna el pequeño paquete que le fastidiaba en el sexo, mientras fingía morirse.  El muchacho caído en el suelo no daba señas de nada.

- Está frío.

Alcanzó a escuchar la voz del desconocido que fumaba. .El muchacho sintió morirse más, estaba haciéndose el muertito, no estaba en la playa para flotar como un corcho, sin embargo flotaba, se estaba haciendo el muerto. Y lo es­taba logrando.

- Cojudo, lo has  enfriado. El Jefe solo quería que lo acaricien. Se te ha pasado la mano. Le has dado vuelta.

- Vámonos - ordenó una voz rígida que venía de la parte de atrás.

Y de pronto, por arte de magia, se hizo el silencio. Solo que el muertito empezaba a estar con roche. Un cú­mulo de gente lo empezaba a rodear haciendo una circun­ferencia.  El desfile de piernas no lo dejaba divisar ni calcular a cuántos metros estaba el sardinel del paso de los vehículos que van por la autopista.

- ¡Traigan una ambulancia!.

- ¡Llamen a un patrullero!.

Un ligero pestañeo le permitió ver un cerco luminoso al fondo del terreno baldío que besaba la calle oscura.  La gente estaba ahora mas empecinada en buscar auxilio que en mirar al muerto. Fue entonces que el muchacho se de­cidió por hacer el milagro de Lázaro, levantarse, ahora o nunca, y salir corriendo, estando muerto, volar por los aires, a volar joven. Y correr, correr, no mirar hacia atrás, podría petrificarse, subir al primer taxi que encontrara por la autopista, que lo liberara del tumulto y del escándalo.

Al mirar hacia atrás, divisó una mancha amorfa que chi­llaba: ¡auxilio!, ¡auxilio!; ¡se ha escapado el muerto!, gri­taba una mujer.

Un volkswagen rojo apareció por la autopista.

- Lléveme a Ventanilla- le suplicó al chofer.

Este parcero está pal gato, pensó el fercho.

- Puta madre, qué tal paliza le han dado, cumpa, será por alguna falda, seguro, lo interrogaba amistosamente el hombre del timón. Yo por eso, fiel a una sola jerma.  Lo han masacrado, paisa, no se vaya a quedar dormido, mientras sorteaba a los otros vehículos que serpenteaban la carrete­ra de asfalto mojado.

-Ya estamos en Nuevo Perú.  En dónde lo dejo, tigre.

El muchacho argumentó estar en las últimas -suplicó-, no tener plata para pagar. Dios se lo pagará, cumpita.

- Vaya nomás, la próxima me paga, me debe una, com­padre. No se me vaya a morir en plena calle, y aquí never.

El moribundo se perdió por la calleja polvorienta lle­na de casas de esteras.  De la penumbra brillante de las casas asomaba discretamente un hilo de luz de Petromax.

El muchacho avanzaba adolorido, hasta llegar a la últi­ma cumbre del arenal. Tocó una destartalada puerta de ma­dera y latón.

- Abre la puerta.

Una mujer desgreñada y marchita lo acogió con voz llena de susto:

- ¡Jesús!. Te han sacado la eme.

El muchacho se desplomó en los brazos de la mujer.

En “Radio Mar”, la vida era sabrosa, Rolando Laserie  cantaba El Muerto se fue de Rumba (en realidad.: El Muerto Vivo).  Larga había sido la noche.  Empezaba un nuevo amanecer. De nuevo a  la vida, el muchacho se recuperaba de  la paliza.

La mujer en la cocina -un par de adobes y leña- preparaba un caldo de gallina, el wallpa caldo que le devolverá la vida al muchacho.

Afuera, de la pequeña choza, otra gallina picoteaba y se banqueteaba persiguiendo un gusano en el arenal.


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julio 27, 2023

ARGUEDAS: EN LA TEXTUALIDAD DE LA LITERATURA EN QUECHUA Armando Arteaga

ARGUEDAS:

 EN LA TEXTUALIDAD DE LA LITERATURA EN QUECHUA

Armando Arteaga

 

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El primer libro que se imprimió en el Perú fue un catecismo en quechua, la primera expresión literaria realizada por los misioneros para la conversión de pueblos originarios al catolicismo, fue la creación de “himnos” en quechua. Arguedas notifica entonces el sincretismo entre el mundo antiguo andino y la visión occidental de los misioneros españoles, en esta aproximación “Sobre la literatura  quechua”.  El sincretismo cultural y religioso empezó a funcionar desde la llegada de los españoles, lo mismo que la extirpación de idolatrías,  ante la resistencia cultural de algunos pueblos andinos. Arguedas rompió esa supuesta “marginalidad” atribuida por los historiadores y críticos oficiosos de una castellanidad absoluta de nuestra textualidad literaria.

En el antiguo Perú existieron diversas literatura nativas, las culturas anteriores a la literatura incaica tuvieron distinguidas expresiones literarias que se han ido olvidando en la noche de la historia.  Estas expresiones literarias, más o menos diferenciadas existieron.  Se desprenden estas certezas de las manifestaciones descritas por los cronistas, y de las investigaciones lingüísticas y arqueológicas vigentes.

Existieron además grandes espacios culturales de oralidad,  aparte de la incaica.  Diversos fueron -a grandes rasgos y vestigios- los espacios culturales expresados en Chavín, Paracas, Vicús, Recuay, Mochica, Nazca, Pachacamac, Caxamarca, Tiawanaku, Puquina, y Wari, entre otras culturas y lenguas. Estas literaturas iníciales: autóctonas, vernáculas, de ciertas originalidades y de gran diversificación idiomática,  se han perdido.  Se fue perdiendo toda esta diversidad lingüística, desde la unificación incaica, cuando empezó a oficializarse el quechua.

La oralidad poética del “Periodo Clásico” de los incas asumió convivencia social de integración en algunos casos, aún friccionando en otros: con otras lenguas nativas en pugna por hegemonía cultural, con otros pueblos coexistentes que alternativamente desarrollaron también símiles creaciones literarias a los incas, tales como: Collas, Lupacas, Soras, Rucanas, Pocras, Wanucus, Wancas, Chimús, Chachapoyas, Cañaris, Yauyos, entre otros.  De estos pueblos quedan aún vestigios arqueológicos, lingüísticos y literarios.

La literatura quechua empieza en el siglo XII D.C.   Por exacta coincidencia histórica dura casi 900 años, empieza desde cuando Manko Kkapak (amauta y harawiku) funda el Tawantinsuyo.  Y,  en este siglo también,  empiezan los primeros cantares de gesta españoles.  Este periodo clásico empieza desde 1200 D.C. a 1532 D.C.: desde los inicios de la fundación del Tawantinsuyo hasta la captura del Inca Atahualpa.  La oralidad poética  la realizaban los sacerdotes, los amautas, los kipukamayos y los harawikus.  Aparte de la oralidad poética, existieron otros géneros literarios: la oralidad narrativa y la oralidad dramatúrgica.

La poesía de este instante del “Periodo Inicial Clásico Inka” era espontánea y original, sin influencia española, expresada en la tradición oral, relacionada con el canto, la música y la danza de los pueblos.  Era una poesía épica y mítica, de celebración de las hazañas sociales: su tema era la guerra, y  la agricultura.  Se expresó  también una poesía colectivista de cantos: a festividades especiales a la tierra, la lluvia, y las montañas.  Y, una poesía subjetiva y personal,  de carácter lírica y amorosa.

La prosa era de gran contenido fantástico y de mucha imaginación literaria en donde se desarrolló el mito, la leyenda y los cuentos.  Hubo también aquí una prosa moralizante y de carácter didáctico: frases, refranes, y apologías. La prosa fue realizada y usada con fines pedagógicos.

La dramaturgia desarrolló sus propios temas, eran cantos propios representados en la “aránwa” o espacio dedicado para la representación teatral, con textos de dramas dedicados a la vida normal y la las hazañas cívicas de los incas.  La muerte también fue un tema abordado, se entendía de manera ritual el manejo de las relaciones con los difuntos.

La obra literaria de José María Arguedas ocupa casi todos los géneros literarios de cierto prestigio y actualidad, creo que excluyendo solo la dramaturgia.  Aunque, es cierto, junto a sus “Cantos y Narraciones Quechuas” (1962), con el Patronato del Libro  Peruano, donde se publicó Ollantay (en versión de César Miro y Sebastián Salazar Bondy), a sugerencia de Arguedas, participó tangencialmente en esta tarea de adopción del guión teatral teniendo como punto de partida el “texto” de las traducciones de Gabino Pacheco Zegarra y José Sebastián Barranca.

Este drama teatral es el pórtico (o el puente)  por donde suelen empezar los manuales de enseñanza de nuestra literatura peruana que se estudia desde el colegio, ignorando “la otra literatura peruana” como ha llamado Edmundo Bendezú, a la literatura escrita en quechua, suponiéndola algunos con cierta “malevolencia”  de una existencia marginal.

Pocos son los textos que han estudiado el proceso de la poesía quechua.  Arguedas tiene un escrito “Sobre la poesía quechua”,  en sus “Cantos y Narraciones quechuas (Desde la época incaica hasta nuestros días” (1962): Selección, traducción y notas de José María Arguedas.  Este “texto”: “Sobre la poesía quechua”,  a manera de prólogo,  describe el primer impacto del encuentro de dos lenguas  en el proceso de la colonización española impuesta a los pueblos que conformaban el Tawantinsuyo (donde la variedad lingüística era múltiple y diversa, donde predominó el quechua y el aimara).

 

junio 02, 2023

CUENTOS MICROBIOS / ARMANDO ARTEAGA

CUENTOS MICROBIOS /  ARMANDO ARTEAGA



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LO QUE NO SABÍA PEREZ PRADO

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El colmo del Sr. Mambo es que haya muerto por el "dengue". 

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INVITACIÓN AL CUENTO

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Habrá vino de honor en la presentación de  mi libro. Cuento contigo. 

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IRSE DE VINOS

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Verdad soñada de amigos. 
-¿Vendrá o no vendrá Elbino?.
-Si vendrá. 

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noviembre 23, 2022

El río Piura es personaje epónimo de toda la ciudad y ocupa las páginas más celebres en las obras literarias de todos los escritores piuranos, llena la sequedad poética, refresca la acción narrativa de los sucesos, aborda la teatralidad de sus dramas, ocupa la noticia periodística, y como no, llena de hechizo los fantasmas literarios del autor de Matalaché, que siempre observó el río Piura como protagonista central de la vida piurana.
(Mi artículo publicado el domingo 13 de Noviembre del 2022, en Semana, Diario El Tiempo, Piura).
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DE LA TIERRA BRAVA Y DEL RÍO
Armando Arteaga

El río Piura es personaje epónimo de toda la ciudad y ocupa las páginas más celebres en las obras literarias de todos los escritores piuranos, llena la sequedad poética, refresca la acción narrativa de los sucesos, aborda la teatralidad de sus dramas, ocupa la noticia periodística, y como no, llena de hechizo los fantasmas literarios del autor de Matalaché, que siempre observó el río Piura como protagonista central de la vida piurana.
Digamos, más claramente, que este río ocupa espontáneamente en el imaginario popular desde el recuerdo de los desastres de 1925 hasta las lluvias del 70 el protagonismo principal, va siempre junto al Fenómeno del Niño, como el diablo, como un ser sobrenatural y divino, aunque telúrico, también es algo celestial para el agro piurano. Mucha agua ha corrido bajo el viejo puente de madera del río Piura desde los tiempos en que Don Enrique López Albújar desahogó sus furias y sus penas en lo más piurano de sus poemas “De la tierra brava”, y en la narrativa puntual de sus ficciones.
Esta descripción de López Albújar, sobre el río Piura, acerca de los desastres de 1925, es digna también de Edgar Allan Poe, de Robert Louis Stevenson, de Guy de Maupassant, de Howard Phillips Lovecraft, o de Robert Bloch: “Se poli-bifurcó en cien brazos amenazadores, llevando en cada uno de ellos la ruina y la desolación. Fue aquello la obra de un despotismo de cien días. Sembró el terror por todas partes; profanó sitios consagrados por la muerte. Arrastrando sobre sus turbulentas aguas, en extraño y fúnebre convoy, las cajas de las tumbas; mantuvo durante largas noches de pánico, en horrible tensión los nervios de abigarradas multitudes, cuya suerte dependía de una simple baja de nivel, como esos corredores esperan la fortuna en un simple juego de bolsa”.
Entonces, la literatura piurana es un río, nace desde muy arriba, consagrada desde la noche de la historia, en la oralidad de lo tallan y lo mochica, como testimonian los relatos de su oralidad; pasan por el encuentro con lo foráneo español, por la consolidación de la revolución bolivariana, y nace bajando al mar -desde cierta mediterraneidad- a la modernidad con la poética romántica de Carlos Augusto Salaverry, y tiene en Enrique López Albújar al maestro que asume lo terrígeno de lo piurano, con su capacidad literaria donde abordó los temas piuranos de su tiempo; la literatura piurana empieza su camino hacia la modernidad, nacida con la República, tal como el propio autor de “De la tierra brava (poemas afro-yungas)” define como que… “Piura, comienza a evolucionar espiritualmente”.



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López Albújar hace poesía de gran nivel (para su tiempo) y aporta para el desarrollo de la poética piurana, razón por la cual está incluido en las antología de Carlos Robles Razuri y la de Federico Varillas, que son las que ocupan el “espacio poético piurano” desde el novecentismo, el modernismo, el vanguardismo, hasta la poesía social de los años cincuenta y sesenta. López Albújar es novecentista y es modernista en poesía.
La obra poética de López Albújar toca en absoluto el tema de “piuranidad” en su libro “De la tierra brava (Poemas afro-yungas)” (1938). Encasillar a López Albújar como un poeta “modernista” no tiene originalidad específica, ni es algo especulativo literario; era además novecentista y anarquista considerado, admirador de Unamuno, de Valle Inclán, de González Prada, aunque Mariátegui lo ubicó como “indigenista” en merito por “Ushanam Jampi” de sus “cuentos andinos”, escribió y firmó de manera irónica una novela “retaguardista” como Matalaché; ubicarlo en algún “ismo” literario es algo difícil, sus páginas literarias siempre ambicionan el desorden, gravitan, indefensas y libres: los espacios de la anarquía estilística.
Descubre los pilares de la “piuranidad” en su libro “De mi casona”, proclama la sencillez de la vida de nuestra geografía piurana: confesiones campesinas, caballeros del delito, probos ciudadanos cívicos y naturales como el río, el algodón, el algarrobo, la chicha, la cruz (símbolo de la religiosidad cristiana instalada en el desierto de la “civitas” de Piura, visión pagana de cierta felicidad pueblerina llena de ferias y retretas.
Aguas abajo. Nadie ha descrito la esencia misma de la puesta escénica de la argumentación del requemar piurano por la pasión consumida de la chicha piurana. No se puede entender cualquier asentir o artimaña de la historia piurana sin la presencia acertada de la chicha piurana, siempre asequible al hombre piurano ilustrado y letrado, al campesino, al pueblerino, y al forastero.
López Albújar con su pluma literaria explica el atenuante, y el sortilegio del hombre piurano por atosigarse con el recuerdo tallan, ese néctar indiano, o el pachucho que trae siempre la alegría, por salvar y mitigar su sed de hombre de desierto desde la picantería piurana con su bandera blanca, la chicha. El chicherio piurano está que hierve de parroquianos. O, es un desierto bajo un diluvio.


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diciembre 27, 2021

EL CUENTO PIURANO: UNA TRAYECTORIA IMPECABLE Armando Arteaga

EL CUENTO PIURANO:

UNA TRAYECTORIA IMPECABLE

Armando Arteaga

Siempre es un riesgo aventurar opiniones sobre un problema candente: el cuento piurano. Los historiadores de la literatura regional piurana tocan siempre con prudencia los preferentes asuntos rurales que se contraponen sobre  los asuntos urbanos, cuando tienen que señalar  sus preferencias sobre las bondades  temáticas del cuento  piurano.

No es nada difícil ubicarlos cronológicamente a los escritores para alguna antología, lo importante se vuelve una desconfianza tradicional cuando hurgas sobre el material que conforman libros, autores, representatividad de la producción narrativa, y abordar la problemática del ámbito cultural en donde se desenvuelven los puntos de vista distintos de los cuentistas piuranos.


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“Esto que parece cuento no lo es, pero puede tomarse como tal” -emprende Enrique López Albújar (1872-1966) en su cuento “La tristeza del Faucett” de su libro “La diestra de Don Juan” (1973), donde su reciedumbre norteña llega a mostrar los extremos de su interioridad vital-. Cuentos pioneros publicados tardíamente por el patriarca, textos diversos e intensos donde Piura lejos de guiñarle el ojo, tiene  una mirada enigmática confrontada a respuestas de cuestiones existenciales urbanas.

 

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Lo rural, es cierto, tiene en “Cuentos de  Don Miguel” (1963), del religioso y antropólogo  huancabambino: Justino Ramírez Adrianzén (1906-1985), la reivindicación humanista y el advenimiento de la épica de una cultura agraria. Relatos de divergencias costumbristas,  con un reproche a la feudalidad, inmersos de ironía moralizante. “Yo me llamo Antón”, es un relato corto y moderno, lejos de las tediosas descripciones de otros narradores indignados por la cuestión social.

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Cuando Rómulo León Zaldívar (1885-1969) publicó sus “Cuentos Piuranos” (1958), es claro que, llega tarde esa narrativa al debate académico, pero pretende recuperar un largo silencio;  sus cuentos insisten en exaltar aspectos tradicionales: “Acciones borran pasiones”, supone la exuberancia localista que recupera y denuncia la realidad, de entonces, tal como ocurre: el realismo, un testimonio, un documento.

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La realidad piurana siempre ha sido una verdad candente para los narradores,  de allí,  hay que  entender el interés de José  Diez Canseco (1904-1949) en sus “Estampas Mulatas” (1930) al abordar en su cuento “El velatorio” la conversación iconoclasta, el fallido intento de rebuscan en el lenguaje callejero la expresión violenta del suburbio, la venganza del personaje burlado.

También, Hildebrando Castro Pozo (1890-1945),  expresa con su libro “Celajes de la sierra (Leyendas y cuentos andinos)” (1923): una narrativa lúdica, socialmente hablando, pero marginada en el mundo urbano. Tiene una intención de denuncia, sus  méritos y valores se dan en el aspecto de rescatar valores humanos, tal el caso del  texto: “Rumor de noche buena”.


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El cuento piurano como género literario alcanza lectores más exigentes  con sus propios entusiasmos regionales con la aparición de libros como “Horizontes de sol” (1957) de Raúl Estuardo Cornejo Agurto (1936- 2017), el primer narrador que introduce el personaje de “Froilán Alama” en dos de sus cuentos; Teodoro Garcés Negrón (1897-1981) quien en su libro “La embestida del carnero y otros cuentos norteños” (1897-1981) presenta en su cuento “Mi amigo el despenador” el ancestral tema de la eutanasia; Francisco Vegas Seminario (1899-1988), aunque gran novelista, escribió estupendos cuentos en dos libros notables: “Chicha, sol y sangre/  Cuentos Piuranos” (1946) y “Entre algarrobos” (1955), de donde destaca justificadamente por estructura y lenguaje: “Taita Dios nos señala el camino”; Jorge E.  Moscol Urbina (1916-2001), periodista que escribía con el seudónimo de “JEMU” publicó sus “Cuentos Sechuras” (1964) y “La Despenadora” (1944): un muestrario de excelentes recursos narrativos donde destacó “La respetación”, infaltable creación literaria llena de humor piurano; y Juan Antón y Galán (1928-2009) editó dos libros de cuentos: “La Respuesta de San Jacinto/ Relatos Piuranos” (1968) y “El churuco/ Cuentos y Leyendas” (1990), por el contexto y el  clima narrativos, ficciones de sello costumbrista.

 

 
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Esta primera etapa del desarrollo del cuento piurano que ocupa casi todo el siglo XX se cierra con reconocimiento al primer libro de cuentos “Los Jefes”  de Mario Vargas Llosa, Premio “Leopoldo Alas” 1958, España. Tanto en “Los Jefes” y en “El desafío”, son cuentos que  ubican escenarios donde la realidad piurana es protagonista principal. En “Los Jefes”, la deslumbrante dimensión exacta de un realismo contundente nos muestra Piura con su torturante calor acostumbrado: “El pavimento hervía: parecía un  espejo que el sol iba disolviendo”. Lo mismo, el escenario del centro urbano de Piura: “Salimos. Hasta el borde de los escalones que vinculaban el colegio San Miguel con la Plaza Merino se extendía una multitud inmóvil y anhelante”. En “El desafío”, el cuento impone el escenario piurano del bar, el río Piura, y la ciudad, un hombre que ve morir a su hijo en un duelo a cuchillo. Un relato lineal, narrado en tiempo pasado y en primera persona.

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Durante todo el siglo XX,  el cuento piurano se ha debatido entre la dicotomía de la consolidación de su tradición y la ruptura con esta tradición. Lo rural y lo urbano se han mantenido como ejes consagratorios de su propio lenguaje. El realismo literario ha sido la tendencia más fuerte. Dentro de una suma de sucesos narrados y  el desarrollo de temas posibles: a la épica piurana le faltó mayores propuestas. Los escritores piuranos,  han consolidado un conjunto de cuentos  publicados que lamentablemente no están ni estudiados ni catalogados   en  las pocas antologías del cuento piurano publicadas. L a narrativa piurana a través del cuento ha caminado su propio sendero muchas veces a tientas y con tiesura.