Saludos a todos, damas y caballeros.
Me doy cuenta de que, últimamente, mis publicaciones en el blog van por rachas de monomanía. Cosa que siempre he procurado evitar, pues soy un firme creyente en la poligamia miniaturil, pero a veces se cruzan cosas tan buenas que vale la pena dedicarles un poco más de tiempo. Tal sucedió con la campaña veraniega del Dracula´s America (y probablemente volverá a suceder este verano, si los augurios son correctos) y está sucediendo en este interminable y frío invierno con el pobre Leopold Wallenstein.
Hace unos días publiqué el informe de batalla de su intento de rescate. La cosa salió muy mal, y al menos por el momento, y quién sabe si para siempre, Leopold Wallenstein ha desaparecido de nuestras vidas. Nunca me han gustado los escudos de guion, y aunque no tengo necesidad de matarlo en este momento (ni capacidad, pues está en manos de Sir Sedentor) no quiero tener personajes que sobrevivan siempre a las circunstancias más improbables. Además, esto me da una buena excusa para llevar el Imperio por caminos que siempre he querido explorar, así que no hay mal que por bien no venga.
Este relato sirve precisamente como bisagra entre ese Imperio antiguo y el nuevo, el pasado y el futuro de los Wallenstein. Pase lo que pase, siempre habrá un Wallenstein cuyas hazañas y desventuras contar. Esperemos que al nuevo heredero que comienza su andadura le vaya mejor.
Wallenstein ha muerto. Larga vida a Wallenstein.









