Hay años sin verano y años sin Navidad. Este que terminó pertenece a esos últimos. Como no he tenido la explosión indómita de alegría, algo irracional como las mejores alegrías, consumismo moderado y reuniones de reencuentro y despelleje, no he escrito algo que ya era para mí una costumbre de diciembre : un cuento de Navidad. Se torció la vida en ese momento de escribir o de hacer algún tipo de balance en redes sociales donde es that time of the year en el que perdemos un poco el norte y exhibimos lecturas, fotografiamos encuentros y empezamos a llenar la nueva agenda (¿alguna de vosotras la compra para usarla?) de fechas imperdibles, de eventos que podrán ser o no, pero que son zanahorias para nuestros incautos hocicos de caballo, de promesas que evitan pensar en desfiladeros más oscuros. No he escrito, como digo, nada en todo el año, pero el día 5 de enero de 2026, escribo a una reina inexistente, desconocida y seguramente remota, que va a ser mi interlocutora de estos momentos.
Querida reina maga (o ilusionista, o simplemente reina de algo):
Como buena sabia de Oriente (o de cualquier Occidente) sabes- eres como cualquier espíritu dickensiano y te cuelas por las casas sin que lo advirtamos- que no he tenido Navidad. Un bache de salud en familia dejó sin compañía un árbol preciosísimo que compramos el año de la pandemia, el que yo creía que iba a ser el año sin nada y que fue, simplemente, el inicio de otros años más duros, más solitarios, menos festivos. Todo este tiempo de hospitales, reajustes, cuidados y compañía me dieron para ver cómo la lógica de los días festivos no se altera y sigue adelante con una rutina de cotidianidad exasperante: la calle iluminada y los papeles de regalo, los apuros por todo y en no llegar, son cosas que, ahora, son de los demás y no mías. El mundo que yo conocía sigue, reina maga, sin estar yo subida a él y no sé quién ocupa mi espacio, ese lugar que se supone iba a ser temporal porque iba a adelantarme a espacios mejores. Ahora todo queda a la mitad de tiempo, a la mitad de espacio: hay que estar donde se debe y haces falta, hay que aprender muy rápido a resolver, a adaptarse, a tomar como lujos pequeños escapes cotidianos. Porque, como digo, es donde tener que estar se transforma en donde quieres estar: lleva algo de tiempo, pero es así.
No tengo una lista de peticiones, solamente una pequeña consideración: ojalá en 2026 muchas de las personas que nos rodean aprendan de verdad el significado del verbo estar. Esto, que aparentemente es una perogrullada de mucho calado, tiene que ver con que apoyar a quien asume cuidados no entiende de fechas de año: no apoyes si no estás dispuesta a renunciar a algo, no lo manifiestes, no digas nada. Quédate en el whatsapp de buenos deseos y no sigas adelante si no vas a cumplir. Por supuesto que es una bajona de órdago tener que asumir según qué cosas siempre y, como dice la consabida coletilla que no he parado de escuchar desde el 21 de diciembre, «es peor en esta época del año»: por eso es siempre mejor la sinceridad. Ya ves, reina maga, que yo hago buen uso de la mía.
Por eso creo que el verbo «estar» tiene que regodearse, como buen auxiliar fundamental, en su importancia léxica y morfológica, que da para muchas acepciones: es quien te llama después de estar rendida trabajando en jornadas maratonianas, quien pierde una tarde de sus vacaciones en entretenerte en un hospital, quien sacrifica incluso su sueño para contarte cosas que te hagan reír si es que eso es aún posible (lo es, muchísimas gracias, claro que lo es), quienes tienen un detalle de días de reinas magas para ti porque creen que te hará mucha ilusión (sí, claro que sí). Inmensamente agradecida y reconfortada, reina maga, pero tú sabes que en las carreras de fondo siempre hay quien se quita el dorsal antes de empezar, quien tiene pánico escénico o quien no ha entrenado bien. Todo eso no importa: con eso se cuenta. Por eso todos los estares que he tenido desde el 21 de diciembre cobran más importancia y son más fundamentales. Han estado, han sido, siguen siendo y estarán: grandes privilegios de los verbos auxiliares.
Te imagino atareadísima ultimando detalles, no me extiendo más. Toda esta mínima verborrea de principios de enero (estamos a día 5 y a dónde va el mundo ni se sabe) queda coja si no pido algo más: que el mundo siga, bien o regular, pero que siga, que podamos creer en él, que sea justo pensar día a día en todo lo bello que contiene. Que el mundo, con todo lo que de felicidad contiene para muchas y ojalá para todas, siga igual de luminoso y sorprendente.
P.D. No hago listas de lecturas mejores o peores porque para qué. Pero si tengo una pequeña colección de cosas bonitas y obsesivas sobre la Navidad. He dicho alguna vez que los mejores cuentos de la época, para mí y dejemos aparte a Dickens incluso en su maravilloso La Navidad cuando dejamos de ser niños, son los inesperados. En el desbordante Caminar por aguas cristalinas en una piscina pintada de negro, Cookie Mueller cuenta sobre la Navidad en que ella y Divine robaron un abeto de su vecino y lo decoraron con sábanas de seda hechas jirones y pendientes de aros de diversos colores. No puedo imaginar la escena sin sonreír: casi la misma hilaridad (me encanta decir hilaridad) que me provoca el episodio de Padre de familia titulado algo así como «El día que Kiss salvó la Navidad» (por favor, Gene Simmons y Santa Claus compartiendo espacio, es lo mejor).En esta nómina breve de cuentos algo raros no puede faltar Truman Capote y la triste belleza de la Navidad sureña, el desamparo de Holden Caufield y la nieve abrumadora, y, cómo no, el maravilloso Auggie Wren, su cámara de fotos y el tiempo compartido. Pero ahora soñaría por tener una nueva Navidad como la del niño de Dylan Thomas, con nieve cayendo fuera, rodeando el fuego con historias y creando hermosos recuerdos. Ojalá.
Yo tampoco estaba segura de cómo se escribía la palabra. Hasta ahora creía vagamente- ya que nunca se me ocurrió comprobarlo- que el número era el precio estándar (otra palabra que siempre tengo que consultar, como esnob, güisqui o alguna más) de cosas algo caras y algo lejanas: cosas que cuestan seis mil euros; más lejano si todavía, para intensificar la tragedia de lo caro, tienes aún que pensarlo en pesetas. Un millón. Un millón es una barbaridad, mientras que seis mil nos parece una cifra ligera, domesticada por esa brevísima escritura, correcta o no. Resulta que los seis mil de un objetivo fotográfico, de una reforma doméstica que mejora pero no cambia donde vives, son algo más que un precio que puede leerse, contarse o verse de varias maneras, al final es dinero. Y nada más.
Hay un libro brevísimo titulado Seismil, así todo junto, donde conviven varios mundos, algunas fortalezas, muchos olvidos y, sobre todo, la idea de que un relato no puede evitarse : de muchos modos, a pesar de caretas y escondrijos, es tan persistente como esas manchas de humedad en el techo a las que pasamos un trapo, borramos aparentemente, y vuelven otra vez porque todo lo malo está en otro lugar. Se vive a veces escondiendo manchas, desperfectos, algunos tan terribles que se tragan de golpe para no sentirlos más, se observan poco de lejos para seguir Le sucedió a Laura y la memoria, que a veces es esquiva para poder seguir respirando, asomó y en una nueva carrera de obstáculos, valla tras valla, fue construyéndose. Reconstuir una historia atravesada por el dolor es también hacer un inventario de ausencias, de no recuerdos y evidenciar que lo luminoso también se ha ido diluyendo sin que una pueda darse cuenta: la complicidad familiar, el léxico propio, el embozo cálido de lo apacible. ¿Quién nos devuelve la memoria de lo bueno vivido?
Escribir en primera persona es levantar la mano en clase y reclamar el foco para dar una opinión, un punto de vista o, lo más interesante, una verdad. Puede ser un juego o un artificio, también el lugar del cuestionamiento y donde surgen todos los porqués, desde contabilizar los años de silencio hasta la duda infame de quién a quién. Reclamar ese foco, subirse al escenario, no tiene que ser estar dispuesta al escrutinio aunque es así, especialmente cuando nadie tiene herramientas para tratarte como antes, cuando los susurros y el silencio aparecen a tu paso. Cuando relatas, una y otra vez, algo terrorífico, es legítimo dudar de si realmente tienes interlocutoras o incluso si no habría sido mejor no haber hecho esa confidencia y seguir como hasta ese momento. Algo que, seguro, pensarían también las otras víctimas, cada una abrazando su almohada de culpa injusta, desarrollando otros miedos y otras tristezas devastadoras, subiendo su particular seismil. Porque un seismil es una montaña casi inalcanzable, que cuesta mucho coronar como, imagino, ha sido difícil este libro, donde brilla una escritura brillantísima para mí en los fragmentos breves, no capítulos, donde se hacen pequeños inventarios, algunos de una crudeza estremecedora como la lista de “cosas malas” (me acordé inevitablemente de Lisbeth Salander). Se ha leído mucho para intentar comprender, desde la perspectiva de otros abusos, lo vivido. El relato de Vanessa Springora y ese sobrecogedor inicio sobre el cambio de la edad del consentimiento en Francia, recogiendo los manifiestos que abogaban por bajarla y con las firmas, entre otros, de Barthes. Las referencias a Ernaux (ay, esa cita de La vergüenza), a Despentes y su relato de seguir adelante, con el autostop y con todo a pesar del cuestionamiento social. Los correos electrónicos con antiguas profesoras, con abogados, las referencias a la maquinaria descorazonadora de la burocracia en cuestiones íntimamente dolorosas y privadas. En medio de todo ese collage, de esa búsqueda, late el corazón de quien reconoce que a los treinta y un años, el mayor miedo es perder el amor de sus padres: el ancla del arraigo, esa que debería ser firme y que a veces notamos que se tambalea: a lo mejor, puede que a lo mejor, ese tambaleo esté en nuestra idea de ser hijas perfectas, de no decepcionar jamás cuando el daño nos lo han hecho a nosotras, no es de nadie más.
Seismil está publicado en este 2025 por la editorial niños gratis*, que, además de tener el mejor nombre de la historia, tiene títulos magníficos y un podcast estupendo para aquellas a quienes nos gustan los formatos larguísimos, de conversaciones sin prisa. La edición que yo tengo tiene un colofón precioso: “este libro se imprime en Madrid en mayo de 2025, poco después de que muchos leyesen un ejemplar de la primera edición durante un apagón que afectó a todo el país”. La edición es de Sabina Urraca, con un ojo especial para detectar buenísimas historias y moldearlas ; este Seismil se gestó en un taller de escritura, pero esa historia no me corresponde a mí contarla, ya que forma parte del propio libro.
Nota -Leí Seismil en este verano algo achicharrante, divertido y triste en imposibles partes iguales, con esa idea algo quejicosa de que todos los veranos podrían ser mejores, aunque eso es ya otra historia. En la Feria del Libro de mi ciudad, un mes raro como agosto, mi amiga Begoña estrenaba trabajo en una librería. Yo llevaba mucho tiempo escuchando que Seismil era un libro magnífico, pero no quise leer ninguna reseña. Tenía curiosidad por varias razones: desde hace un año, aproximadamente, y como otras muchas personas, recibo envíos de Laura Carrascosa Vela, la autora de Seismil. Los recibo porque soy “amiga de la editorial Comisura”. No nos conocemos, pero recibo esos paquetitos con una alegría inmensa porque son siempre sorprendentes y distintos. Estaba leyendo este libro cuando recordé que tenía un aviso de Correos que, debido a la anarquía lógica (oxímoron) del verano, se me había olvidado recoger. No he empezado todavía An Only Child de Carlota Visier, pero, como only child que es una, ya me relamo y reconforto de antemano. Me sucedió cuando recibí el libro de Miranda July o esa maravilla extraña que es el Diario del dinero de Rosario Bléfari. Por todo esto, muchas gracias. Pero también unas gracias especiales por el diario de escritura, ese cuaderno apresurado, emborronado y humano y que tanto me está ayudando en estos días de escrituras y decisiones: Escribir antes, de Sabina Urraca. Es verdad: exista o no físicamente, siempre llevamos post-it mentales, ideas o relatos que se superponen y entrecruzan con otros cuando tenemos algo más denso o grande entre manos. Gracias mil por desnudarlo.
Nota 2- Como ese cuaderno patchwork que Sabina Urraca nos ofrece en su diario de escritura, he recibido hoy un correo de la editorial Comisura en el quee anuncian las dos autoras que menciono en este post tendrán un diálogo cara a cara sobre el proceso de creación. Por esos detalles nimios de la teletransportación no podré estar allí, pero los que andéis cerca podéis ir y luego me lo contáis: Matadero Madrid, Festival Book to Book, 12 de setiembre a las 18.30, con la también estupenda Julia Viejo. Yo también ahora estoy recopilando todo lo que puede desaparecer y que siento ya que se desvanece, aquello de lo que puede que me olvide pronto: contadme los que vayáis sobre este encuentro.
Nota 3.- Próximo post, lecturas no necesariamente de verano (nunca entendí ese concepto, pero ya lo conté en otra ocasión) sino que llevan algo de salitre y arena, también la sombra de alguna terraza o el sol entrando mucho más tarde de lo habitual en mi cuarto. Pero eso, como digo, es otra historia.
Y así, en un soplo, ha llegado julio, con su mitad de año gastada o ganada, quién sabe. En julio, todavía metida en la harina del horario y el madrugón, una se siente como el personaje de Robin Williams en Deconstructing Harry: desdibujada, out of focus, blurred. Todo llama ya a verano, a ese verano que para muchas siempre fue una entelequia: sin sol abrasador ni apartamentos mediterráneos, sin fiestas de aldea ni kilómetros apretujados de hermanos, las vacaciones en la ciudad eran un recreo más largo, feliz y sin timbre de horario. Era el mismo parque, la misma playa y alguna piscina, pero con ensaladilla y aceitunas rellenas de anchoas, que, al menos en mi casa, eran nuestro exotismo y riesgo en la cocina. Alguna vez recibí alguna postal de algún familiar que viajaba a Canarias o a Mallorca, todo muy fuera de mi alcance pero que no sentía como necesariamente envidiable: sencillamente, estabas muy fuera. No sé si el verano era mejor porque la nostalgia es siempre un arma arrojadiza, pero era un verano totalmente aristotélico: unidad de acción, lugar y tiempo, tan solo cambio de ritmo, algo de anarquía en lecturas, juegos al aire libre sin parar, alguna verbena extraordinaria y acostarse más tarde, pero, eso era todo. Y, bueno, con aquellas vacaciones en la misma casa pasaba como con los sueños de Robert Kincaid en Los puentes de Madison: viejos veranos, quizá no los más perfectos, pero me alegro de haberlos tenido así.
Los veranos son ahora, más que nunca, una exhibición bastante impúdica de festivales y coctelería en terrazas, de yogas a la orilla del mar o de estados de redes sociales con candados de «cerrado por vacaciones» (Otro melón: ¿hay algo más contradictorio que exhibir la no exhibición? Lo dejamos para otro momento). Quizá, lo he contado antes, los planes dejan de ser planes cuando se convierten en la obligación de ser y estar, de tener muchas entradas compradas hace mucho tiempo y que la ilusión, cualquiera, sea algo postergado y que anula casi el presente, con su imperfecta y denostada monotonía. Retorciendo a Bartleby, la actitud más revolucionaria ahora es la de prescindir de todos los «must», «imperdibles» u otras etiquetas que no hacen más que alentar a un consumo algo bulímico de películas, series, libros, conciertos, eventos. Bombardeadas como estamos con referencias que leemos en diagonal, con invitaciones a la envidia insana, parece difícil sustraerse a esa voracidad salvaje de las redes por ser los primeros en estar o en contar que has estado, en enseñar, en poseer el certificado de modernidad que no es más que un fanal bajo el que viven muchas soledades, mucha incertidumbre hacia nuestra propia silueta porque, en medio del bombardeo, además hay que ser feliz, guapa, perfecta porque si no, la culpa es tuya. La genialosísima Liv Strömquist lo cuenta estupendamente en La voz del oráculo : la histeria por el bienestar personal se acaba convirtiendo en un malestar porque todo termina siendo punitivo. ¿No entrenas? No alcanzarás esa perfecta unión entre el yoga kármico, el ocaso con palomas doradas y frases motivadoras. ¿Tienes alto el cortisol porque no has meditado lo suficiente? Caerás en el abismo de creer, lo veo a diario a mi alrededor, que la terapia es un talismán contra la infelicidad y no una herramienta para poder manejar esa infelicidad, la tristeza, la desgracia, la rabia que, lo siento, querida, están en el mundo y van a formar parte de tu vida, quieras o no. Stromquist atraviesa de forma inteligente y mordaz, no esperábamos menos de ella, esa obligación de pensamiento positivo y buenista apoyándose en Lacan, Zizek (no sé hacer el huevito ese que lleva Zizek en las zetas, perdón a los puristas), Ian Craib (una de las mejores partes del libro), sin abandonar la cultura popular y la lógica aplastante de sus juicios. Por favor, leed la anécdota de Meghan Markle que ilustra la cuestión del azar, porque es tronchante, así como las teorías de Tomasi. El narcisismo contemporáneo, la búsqueda de una falsa autenticidad, está creando un sentimiento de culpabilidad y aislamiento que es, en buena medida paliado por más consumo de redes. Un glutamato monosódico digital, algo así.
Nuestro tiempo es víctima de ese sumidero voraz. Nos contaba la lucidísima Azahara Alonso- en ese espacio magnífico y rodeado de la serenidad de la Illa de Arousa que es La Platanera de Andrea F. Plata- que Martín Gaite hablaba de que,tan atravesados como estamos por la prisa, al hecho de sentarse a pensar, sin más, se le llama «perder el tiempo». Lo contrario, el «ganar tiempo», siempre es positivo, no banal, adecuado, aliado de todo lo bueno. Muchas veces no conseguimos entender o apreciar que «perder el tiempo» es sinónimo de calidad, de pausa y signo de un valor tan poco apreciado como la lentitud, espoleadas siempre a terminar tareas y emprender otras. El recrearse o derivar- que hay mejor que alterar un objetivo porque nos sobresalta otro que se convierte ya en el favorito o nos asalta, en nuestros pensamientos, una duda terrible que no tiene nada que ver con lo que estamos haciendo, pero que tenemos que resolver : cómo se llamaba el director de aquella película, en qué año fui a San Petersburgo, cuál es la ortografía correcta de Poughkeepsie, tengo que contarle esto a Menganita o decirle tal cosa a Fulanito. Claro que tiramos de ese zapping magnífico que es Google para resolver cuestiones puntuales, aunque nuestro riesgo de vivir en un continuo scrolling nos haga, al menos a mí, ponernos límites y no por cuestiones de productividad (oh, el capitalismo otra vez) sino de cierto sentido práctico. Soy dispersa, qué le vamos a hacer: mi estado natural es la multitarea inacabada y que empiezo con entusiasmo (bordados, semilleros, libros, señores guapos,aunque eso ya es otro tema); alterada por menudencias que, tengo que confesar, me enriquecen mucho más que ese camino en línea recta. Ahora mismo he estado ensimismada viendo como Señoriño, mi gatazo, se queda flipadísimo mirando un punto fijo: es tal la sensación de placidez, de laxitud (le durará poco, eso también es verdad y estará persiguiendo imaginarios monstruos por el pasillo en el momento más inoportuno) que no puedo resistirme a contemplar ese dolce far niente, ese «saber pasmar», ese modo Nulla tarea que define su condición felina.
Hay una acepción del verbo «descuidar» que, creo, debería ser bandera de todos los veranos: dejar de tener la atención puesta en algo. Habría que matizar sobre esa atención: la que está puesta en algo que está sucediendo simultáneamente en muchos móviles del mundo, dándoles muchos réditos a señores a medio crecer, con sonrisa improbable y camiseta negra básica. Hace unos días, Ana Liste conversaba con Berta Dávila en la Casa de Rosalía de Padrón sobre la última novela de esta última, A ferida imaxinaria, que aprovecho para recomendar muchísimo. En un momento de una conversación estupenda salió, en esta deriva lógica de las buenas charlas, nuestra relación con las redes, la casi necesidad creada de estar contando paso a paso lo que hacemos y la decepción que se llega a apoderar del público cuando no se proporcionan diariamente esas píldoras informativas que, a veces, son tan prosaicas como lo es nuestra vida cotidiana. Si una se cansa y desea dosificar, o simplemente no le apetece estar tan visible o conectada, puede provocar una reacción de decepción o incluso preocupación en ese público creado, más fan y cotilla que otra cosa. Es cierto: yo he visto cómo escritoras, músicas, etc. usan a veces sus perfiles como un lugar donde dar explicaciones a la ausencia, semejantes en sus justificaciones a esos primeros días de los noviazgos, donde todo son inseguridades y miedo al malentendido. Esas explicaciones matizan bien el relato Convenían las dos, Ana y Berta, que era una cuestión de libertad personal, de no tener por qué, de liberarse de cierta servidumbre de la complacencia y desaparecer, callarse o, simplemente, no estar. O, como bien expresó Ana Liste «no hay que tener miedo a decepcionar». Jo, qué lista es Ana. Y es que así es.
Feliz verano de pasmar todo lo que podáis. Y recordad que, si se os olvida lo de la mente en blanco, siempre viene Ottessa Mosfegh con Mi año de descanso y relajación como límite. 😀
LO QUE LEO:
Sin relato Un sensacional, complejo y lleno de sugerencias ensayo de Lola López Mondéjar que tiene algo que ver con lo que estoy contando en el post : el vaciado discursivo por nuestra voracidad digital. Estamos en un momento de pérdida de capacidad reflexiva, de afloramiento de titulares y de escasa o nula construcción de relato personal. En esta reseña de Laura Ferrero tenéis más datos. Yo os lo recomiendo vivamente porque cada párrafo abre caminos de reflexión y debate, a veces con una misma. Está en Anagrama.
Prohibido morir aquí de Elizabeth Taylor (la otra Elizabeth Taylor) Vaya maravilla de libro. Hacerse mayor y abrazar una soledad que, como vamos viendo, viene antecedida de otras muchas soledades. Y la vida en una pequeña comunidad de personas mayores, jubiladas, en un hotel en el centro de Londres, no las convierte en una copia edadista de Torres de Malory, ni mucho menos. A veces, ser mayor,-ser ese hombre de traje gris y modales antiguos; esa mujer de aspecto anticuado que lleva una pesada carga de recuerdos igual de grises que el traje de ese hombre-hace que sintamos vergüenza de nuestro no lugar, de que nuestro cuerpo falle y podamos convertirnos en seres ridículos. La mirada de E. Taylor es muy dulce y observa, describe y crea con humor y también con mucha negrura, una historia que parece casi imposible, con sus imposturas y sonrojos, pero que, al final, nos hace pensar en qué nos convertiremos cuando seamos mayores. Está en Libros del Asteroide y la traducción es de Ernesto Montequin.
La voz del oráculo (Liv Stömquist) Genia, genia y genia. No digo más. Está en Reservoir Books, traducido por Alba Pagán.
Querida Jane, querida Charlotte de Espido Freire. Esto de las Brontë y Juanita Austen tiene que ver con una cosa muy guay que voy a hacer después del verano. Este librito, descatalogado y que tuve la suerte de encontrar en la maravillosa Biblioteca Pública de Lugo, es un viaje devoto y entretenidísimo por las tierras que habitaron Juanita y las hermanas Brontë. Consigue algo muy difícil: que la hagiografía no aparezca, pero sí la admiración, el rigor y la inteligente mirada de la autora con juicios (y sentimientos) muy propios. Estaba en Aguilar.
A mí no me ha pasado nada: por qué normalizamos la violencia contra las mujeres de Ana Marcos. Los entresijos del « caso Vermut: muy interesante y creo que obligatorio leerlo.
Todo lo que publica la editorial Comisura, la editorial donde habita el extravío y la dislocación de géneros. De lo último, me han flipado lo de Sabina Urraca y el Diario del dinero de Rosario Bléfari. Id a por ellos.
COSAS QUE VEO
A mí sí me gustó Sirat porque me incomodó y desconcertó muchísimo. Y eso es todo.
La abundancia de contenidos hace que pida recomendaciones porque, algo que me está pasando, es que veo un capítulo de una serie y creo que ya está, que ya lo he visto todo. Hay algo de hastío y de buscar lo básico, lo poco estimulante y eso me preocupa. ¿Estoy viendo como glutamato monosódico And just like that? Sí. ¿Me gusta? Es un truñazo, pero como los gusanitos, el regaliz de Dulcigel y todo eso, es una mandanga maravillosa porque es imposible que no quieras matar a todos los personajes después de diez minutos. He visto cosas interesantes últimamente- The gilded age, con reservas-pero, con excepciones, no consigo recordarlas, tan rápido se va sucediendo todo: no he conseguido engancharme a The last of us, ni a Los sin nombre, no he visto Adolescencia porque no tengo esa plataforma con nombre de jabón de oferta, la serie de los Javis sobre Almodóvar me desconcierta, descorazona y cabrea a partes iguales esa hagiografía de fan teenager. Alternativas: ¿Me apetece la de Wong Kar Wai? Sí, pero tengo miedo de que me atice la melancolía. ¿Qué hacer? Pues no ver nada nuevo, que vendrán tiempos mejores y volver a ver, esta vez sin subtítulos, Girls. ¿Por qué? Porque creo que tooodas las críticas a Hanna Hovarth, al ombliguismo narcisista y a su autocompasión, a su ética de medio pelo y a su mitad del mundo son más que contemporáneas. Me guardo como un tesorito para mis vacaciones Perec, un docu sobre mi bibliotecario y escritor favorito. En París, en Pierre Lachaise hay un pequeño columbario; allí están las cenizas de Perec. Algo enferma por una inoportuna gastroenteritis, me acerqué a presentarle mis respetos. Qué sorpresa tan bonita: alguien había puesto un post-it lleno de corazones con la frase Merci, M. Perec!
ESCUCHO
No pude ir a ver a Judeline en el Atlantic Pride por un cincuenta por ciento de misantropía y un cincuenta por ciento de tener que madrugar. Pero esto que me sale en recomendación semanal de Spotify, con Yerai Cortés, es preciosísimo:
COSAS QUE PIENSO Y QUE NO SIRVEN PARA NADA, GRACIAS A DIOS
Ya no seremos las primeras en ver Sirat o no seremos las últimas (por cierto, ¿alguien cree, como yo, que Óliver Laxe suscita las mismas (no en mí, desde luego) antipatías que suscitaba Lena Dunham y, salvando las distancias, casi por lo mismo: privilegio, encuadre pequeño, sus entrevistas…? Otro melón, ahí lo dejo).
Uno de los rituales más apetecidos del final de año es escoger agenda nueva. Ante el festín de ofertas que cada año llegan a librerías, escojo siempre alguna de las llamadas «agendas literarias» con su pléyade de citas, recuerdos de escritores, efemérides preciosísimas que hacen que el futuro nuevo año asome con la desfachatez de la galleta doble de chocolate en una caja de surtidos Cuétara. Siempre, como sabemos, son mucho mejores las expectativas que las realidades, especialmente en lo que se refiere a llenar huecos de calendarios con promesas de excursiones y cumpleaños, de visitas que caldean el alma y las sábanas, de quiebros en esa rutina lenta y voraz al mismo tiempo en que se ha convertido la edad adulta. ¡Cómo si fuésemos a olvidarnos de esas cosas! En realidad, no necesitamos poner en una agenda todo aquello que anhelamos sino aquello que aterriza en nuestra realidad como un equipaje prosaico, fatal e inesperado: la fecha de vencimiento de la ITV, la visita del perito del seguro de hogar para ver las humedades del salón, ese plazo asqueroso de la declaración de la renta o el útlimo día de matrícula de un examen de inglés que, en el fondo, te importa un huevo. La agenda, las mías al menos, permanecen impolutas casi siempre, llenas eso sí de post-its, de trozos de papel donde se apunta algún teléfono de urgencia, fotocopias de algún resguardo de cualquier transacción unido con un clip. Pero la agenda, no. La agenda sigue con sus citas de Austen y e.e.cummings, con sus dibujos trémulos de flores delicadas o con escuetas semblanzas de alguien mucho más destacable que yo. Hace años tuve una agenda preciosísima de Blackie Books, algo apabullante en su cantidad de información. Una de las anécdotas que contaba era sobre Perec, que en una mudanza se equivocó y tiró a la basura todas las fichas, notas y datos para un nuevo libro, dejando perfectamente alineado y ordenado para su nuevo hogar un cajón lleno de miserables descartes, con poco o nulo interés. Esta historia es tan Oulipo y tan perecquiana que merecería que fuese una verdad-mentira como todo lo de Perec especialmente por su final: contaban que lo que hizo fue encogerse de hombros, entenderlo como una necesidad de empezar de cero y escribirlo todo otra vez. Amo tanto a ese señor de pelos disparados y bibliotecosos que me lo creo perfectamente.
Con los años, las agendas se van acumulando porque es difìcil tirarlas: tengo en un rincón de mi estudio (otra incoherencia: tengo un estudio para luego trabajar sentada como un indio en un sofá con un gato en el hombro y portátil en el regazo) un montón de ellas apiladas que van sumando años, muchos más de los que me gustaría reconocer. Porque eso sí: las agendas, a pesar de dar cuenta y razón de lo prosaico y lo cotidiano, sustituyen a veces a esos diarios mínimos que escribimos en lugares más volubles y menos firmes como son las redes sociales. Las agendas existían porque existía la firmeza como algo valioso; las citas eran siempre una voluntad de adaptar el tiempo, de encontrar un espacio común para habitarnos. No escribimos ya en agendas porque no lo necesitamos; los planes son siempre volátiles y sustituimos la ilusión por la pereza y las ganas, muchas veces, de que se vengan abajo para no abandonar la cabaña. Hoy creo que la auténtica cultura de la cancelación es la que te deja con un palmo de narices cualquier fin de semana después de haber creado, alimentado y mimado hermosos planes. ¿Por qué? Porque ya no está de moda comprometerse: el confinamiento nos ha instruido en la idea de que todo puede volar por los aires en cualquier momento, por lo que no hace falta exhibir empeños firmes, mantener citas o ser fiel a lo acordado. No sé si esa voluntad de conservar agendas para hojear tiempo después podría considerarse un inventario de deslealtades a la prisa o un ancla para regodearnos en un pasado que no necesariamente es mejor. Lo peor de todo es que siento que me ha dado pasaporte y motivos para ser una desquedadora profesional : he aprendido también a decir que no me apetece, que me quedo en casa, que qué pereza. Antes, al menos, nos molestábamos en elaborar alguna excusa, en exagerar últimas horas e imprevistos, en hacer mejor la maula (qué preciosa expresión y qué infrautilizada) del malestar. Ahora ya no: no voy porque no me da la gana. No sé, la verdad, si somos más libres ahora o mucho menos formales o, casi me inclino hacia esta última opción, nos importa todo un huevo. Cierto es también que tenemos una cultura del trabajo que hace que «a cabesa non pare»: si tienes planes, bien; si no tienes planes, mal o lo que es lo mismo, todo tiene que ser a destajo, incluso los planes. Quedar, quedar y quedar, llenar casillas y celdas a modo de Excel y no dejar nada suelto, nada vacío. Creo que estamos siendo víctimas de algo bastante contradictorio : la ansiedad de no tener nada a la vista y el empacho que nos produce a veces tener demasiadas cosas y que nos hace desear el vacío de agenda.
En el mes de marzo, deseando conversar sobre la prisa e intercambiar respuestas, estuve en un encuentro en La Platanera, ese lugar fantástico donde Andrea cocina creatividad y poesía. Hablamos, bajo la batuta de Azahara Alonso, de turismo y de cómo vivíamos (algunas ya como víctimas, otras como ejecutoras) la presencia de Airbnb al lado de casa, sobre todo si pensamos que el turismo son los demás y que si yo uso alquiler turístico en en la Toscana no es lo mismo, dónde va a parar. Comenté en un momento que una de mis fantasías, cuando pasaba más tiempo como habitante en Compostela, sería saber en cuántas fotos de turistas estoy, en cuántos álbumes aparezco como convidada de piedra, dónde soy un mobiliario que estropea una foto de grupo o tapa un capitel hermoso de la ciudad de piedra. Esas «invasiones bárbaras» que tenemos ya en Coruña en forma de cruceros han cambiado el paisaje alentadas por el mismo mal que nos ataca a veces en abril, cuando solicitamos vacaciones: ¿y yo a dónde voy a ir? Me aterran los billetes comprados con un año de antelación, los planes a larguísimo plazo, pero es desalentador también no tenerlos: me gusta esa zanahoria que me ponen delante de los morros para terminar un mes de julio en el trabajo soñando ya con el ocio. En este constante espacio de incomodidad-quiero y no puedo, me apetece y no- vivimos la llegada del verano como ese lugar donde debería habitar la anarquía y en el que, en realidad, está todo más que encuadrado: casa alquilada por tanto tiempo, reserva en turismo rural, circuito por las capitales del Báltico, recorrido por los festivales de música. La saturación de oferta, el ruido que constantemente provocan las redes sociales y esos venenosos cantos de sirena que reclaman nuestra atención, nos provocan esa desazón de la abundancia. Porque, como Bartleby, a veces preferiríamos no hacerlo.
He empezado hablando de lo mucho que me desilusiona no usar agenda porque los planes se vienen abajo, porque nos hemos convertido en unos egoístas malquedas y termino diciendo que es casi normal ante la avalancha de posibilidades. No sé si lo que estoy contando es coherente o parte de esa dispersión que provoca el exceso de estímulos. A lo mejor, y solamente a lo mejor, el capitalismo atraviesa hasta el concepto de plan y de ocio con ese ensañamiento de adelantarse, de prever, de ir siempre por delante. Ante el ruido, pido esa calma y posibilidad de bajarse de cualquier carro aunque vayamos bien agarrados: menos exposición, menos planes, más improvisación y más descuidarse en lo menos grave. Y, sobre todo y por encima de todo: menos gregarismo en todo. O sea, querides: que lo que se cuenta en redes sociales son los padres.
LEO, LEO
Es inevitable pensar en Pavese como aquel hombre solitario y huraño que eligió la soledad de un hotel, en un sofocante y solitario Turín, para bajarse de la vida. Pavese, que en realidad era un escritor casi compulsivo y que no hacía gala de ese lavorare stanca que escribió en algún momento, fue un hombre atormentadísimo por estar enamorado del amor pero casi militar en la misantropía, en odiar y venerar a la vez su propia soledad. Un hombre complejo, de prosa exquisita y ataviado de esa elegancia piamontesa que le hacía ladear la cabeza en los retratos. En Hotel Roma, de Pierre Adrian, recorremos tanto los últimos días de Pavese, sus escenarios y espacios, como la fascinación del autor por incluirse en la historia, en una mezcla de autoficción-homenaje muy hermosa y poética, pero en la que se bordea en algunos momentos la hagiografía. Hay una pequeña trampa al principio que puede desmerecer el resultado final que, creo, es muy resultón, y es el situar frente a frente a Pasolini y a Pavese. Prescindiendo de fobias (a Pasolini no le gustaba nada Pavese) creo que son figuras completamente distintas pero (me da miedo poner este adjetivo, pero venga, va) muy necesarias: distintas en sus conceptos de vida y muerte; complementarias en el panorama literario italiano, como si hubiesen trazado intelectualmente líneas que correspondían del uno al otro. No he podido evitar acordarme de la soledad muerta de Pasolini en la playa de Ostia ni de las «spalle scontrose» de Pavese que describía Natalia Ginzburg el último día que vio a su amigo con vida, alejándose comiendo cerezas, de espaldas a la vida y la esperanza. En ese camino de lecturas que se abren a otras, es muy interesante el papel de Pavese como mentor de Calvino (algo que apunta Jordi Corominas en su podcast 15 al día ) y que desarrolla Carlos Clavería en un ensayo que ya está en mi lista de «debe» : Italo Calvino, una ardilla en Einaudi.
En la mesilla: Volvemos a Barthes, ya que tenemos un curso con Azahara Alonso el jueves donde desmenuzaremos (más) Fragmentos de un discurso amoroso. Hoy ya me ha recordado Mercedes R. Bolaño que Marguerite Duras pensaba que Barthes no sabía lo que era el amor, ya que nunca había amado a una mujer. Además de una buena boutade, es casi seguro que sea cierto, pero su pensamiento nos apasiona, amiga, qué le vamos a hacer. No lo cancelamos a Rolando, no. 😀 Otro libro mesillero que empezaré pronto es Gente en el tiempo de Mempo Bontempelli (Acantilado, traducción de Andrés Barba) y tachán, tachán, mi eterno candidato al Nobel y al Olimpo: Pierre Michon, del que se editan en Anagrama Los dos Beune (traducción de Teresa Gallego Urrutia).
VEO, VEO
He visto millones de cosas desde que no paso por aquí, pero hoy he visto una película que, sin ser perfecta, me ha impactado muchísimo: Desmontando un elefante, con unas soberbias Natalia de Molina y Emma Suárez. ¿Cómo podemos cuidar a los adictos que amamos o cómo podemos seguir amándolos si recaen, tenemos que trabajar con ellos, nos decepcionan y, a la vez, nuestra vida queda atrás por salvar la suya?
OIGO, OIGO
Sigo escuchando los podcasts de siempre que me han gustado, pero el otro día me pasó lo mismo que a las chicas de Ciberlocutorio: no me gustó la entrevista que hizo Call her daddy a Lauren Graham (Lorelai Gilmore, forever). Repaso a veces episodios de los podcasts que me gustan porque ahora ya no tengo ese espacio de camino al trabajo que era mi lugar seguro podcastero. Hay dos episodios que recomiendo: la entrevista de Javier Aznar en Hotel Jorge Juan a Manuel Fontán del Junco, director de Exposiciones de la Fundación Juan March o el dedicado a santa Rosa de Lima por las Hijas de Felipe.