jueves, 15 de mayo de 2008

Mood disorder

Para Isa Cañelles, por todo.

Image

Las chicas de la asociación quedan en el Health & Fruit y, en un momento de entusiasmo, Frances se pone en pie levantando su zumo de pomelo para brindar:

—¡Por la presidenta más perseverante que hemos tenido! —dice alzando bien la voz.

—¡Por Maggie! —brindan las demás.

Margaret Millford, Maggie para sus amigas, baja los ojos, apura modestamente su zumo de acerola y, casi de inmediato, consulta su reloj de pulsera.

—¿Ocurre algo Maggie? —le pregunta Mamá Gossip en voz baja.

Margaret sonríe a Mamá Gossip:

—En absoluto, Mami. —susurra Margaret—. Únicamente quería comprobar cuánto faltaba para ir a recoger a la niña.

—¡Por cierto, Maggie!—interviene Thelma, que acaba de regresar del mostrador con dos tes helados para ella y Dona—, me encontré a Martin la otra tarde en los recreativos, aporreando una de esas consolas tan violentas, ¿a que no adivinas qué me soltó?

—¿Quién es Martin? —pregunta Dona que jamás se entera de nada.

—Martin es mi hijo de once años —dice Margaret. Aprieta la pajita entre dos dedos y sorbe lo poco que le queda de zumo en el fondo del vaso. Después, sonríe—. ¿Qué te dijo, querida?

—Que estaba hasta los mismísimos de que le retiraran sus programas favoritos por nuestra culpa.

Se produce un silencio tirante durante el cual sólo se oye el murmullo de las conversaciones del resto de mesas, la pulsación digital de los pedidos en el mostrador, la tos de Dona que se atraganta. Mamá Gossip aprieta disimuladamente el brazo de Margaret y ella, a su vez, aprieta una sonrisa:

—Debes estar equivocada, Thelma—repone Margaret con voz templada, arrancándose una pelusa de la manga—: jamás oirás a un hijo mío empleando semejante lenguaje. Deberías dejar de beber té helado y pasarte a los zumos o terminarás con la moral por los suelos —añade, lanzándole una mirada de complicidad a Mamá Gossip.

Todas se ríen, una de ellas dice: «¡Qué cosas tiene esta Maggie!» «Pues anda que los niños, tienen cada idea». «Así son», dice otra, «nada es bastante para ellos». «¡Y lo que acaparan, los pobrecillos!», añade la siguiente.

—Para acaparadora, Maggie —indica Thelma mirando a Margaret de reojo—, que no suelta a Bryan ni a sol ni a sombra. Anda que me deja acercarme a él para que consultarle nada sobre mi contrato de arrendamiento.

—Bryan es el del hoyuelo, como de actor, ¿verdad?—pregunta Dona en voz baja.

Margaret se levanta de su asiento con un arrastre afónico de silla:

—Me voy —dice.

Las otras la miran con gesto de sorpresa:

—¿Ahora? —dice una.

—Vamos, Maggie, después de lo mucho que has trabajado por que prosperara nuestra causa, al menos tómate otro zumo—dice otra con afectación.

—Me gustaría quedarme, pero debo recoger a mi Josephine o me amonestarán: ya sabéis lo estrictos que son en el centro.

—¡Que nos vas a contar! A mi Billy lo expulsaron una semana por embadurnar de ceras la moqueta —dice Thelma.

—¡No puedo creerlo! —dice Dona.

—Como lo oyes. Yo fui a ver a la directora y le dije: «¿No pretenderá usted que un niño de tres años sepa lo que se hace cuando le ponen en las manos semejantes herramientas? Más le valdría controlármelo para que no se desmande en lugar de expulsármelo»—dice Thelma.

—¡Bien hecho! —dice Frances.

—¿Y qué te respondió? —dice Dona.

—Que a menos que le dieran ciertas dosis de libertad, nunca aprendería nada en la vida.

—¡No! —exclama Dona—. ¿Y no hiciste nada?

—La demandamos.

—¿A la directora?

—No, mujer: a la fábrica de pinturas, por fomentar la conducta incívica con sus artículos. En ninguna parte de la caja de ceras se indicaba que hubiera riesgo de manchar la moqueta si los niños no las manejaban sin supervisión.

Todas aplauden, le dan la enhorabuena.

—La demanda no hubiera prosperado de no ser por la intervención de Bryan…—reconoce Thelma.

—Y de Maggie, por supuesto —puntualiza Mamá Gossip.

Margaret entrecierra los ojos modestamente y dice en tono condescendiente:

—Antes de ir a buscar a Josephine tengo que pasar por la tintorería, ¿alguna necesita que le recoja algo de allí?

***

Margaret había olvidado que tenía que pasar también por el centro comercial antes de que las tiendas cerraran a medio día. Harold, su marido, le había pedido que le trajera algo para picar durante el partido de baloncesto de la tarde —unas patatas Randfield y algo del High Grand Binner, con vinagre y pepinillos, serviría. Lo malo había sido que entre las vistas del tribunal, que se había prolongado hasta más allá de las doce, y la hora de recogida de la guardería, antes de la una, apenas había tenido tiempo y ahora debía darse prisa para llegar al Molly Mall antes de la dos. Así que avisa al colegio para que tengan preparado a su hijo Martin media hora antes, de manera que le de tiempo a llegar al centro comercial cuando aún esté abierto el Binner.

—Lo recogeré en la puerta, que esté listo a la una y media, ni un minuto después —le indica Margaret a la señorita Hollygan, la jefa de estudios, mientras va conduciendo por la autopista camino del centro. Después cuelga. —¿Cómo se encuentra mi princesa? —dice mirando por el espejo retrovisor la silla porta-bebés del asiento trasero donde Josephine dormita.

El teléfono móvil suena. Baja el volumen del timbre y activa el manos libres:

—¿Sí?

—¿Maggie? —contesta la voz templada de Bryan al otro lado de la línea.

—¡Ah, Bryan! Dime —dice ella arreglándose el pelo en el espejo retrovisor como si pudieran verla.

—Parece que se rinden, Maggie. La defensa me ha llamado para negociar, podemos sacarles una buena suma. Ya son nuestros.

—Espera un momento, Bryan. ¿De quién hablas?

—De la Paramount. Creo que están dispuestos a compensarnos considerablemente si retiramos la denuncia por emitir aquella reposición de Sesamo Street en horario infantil.

—No—ataja Margaret.

—¿Cómo dices?

—Digo que no. Si su propuesta es comprarnos y seguir emitiendo la serie, diles que seguiremos adelante con la demanda.

Se produce un silencio al otro lado del teléfono y Margaret espera un momento antes de continuar en un tono más amable:

—Bryan, no es eso lo que queremos, ¿lo recuerdas? —dice suavemente.

—Ahá —repone él.

—¿No recuerdas el caso de los Johanson, Bryan? ¿La niña de seis años que desapareció cerca de Los Cabos para aparecer descuartizada en un contenedor?

—Sí, Maggie.

—¿Y qué dijo el sospechoso cuando lo detuvieron?

—Dímelo tú, Maggie.

—Que cualquier niño con dos dedos de frente se rendiría ante un desconocido que le ofreciera leche y galletas, sobre todo cuando le recordaba tanto a Triqui, ¡eso dijo!

—Vale, Maggie. Capto la idea.

—En todo caso, siempre podemos encomendar el caso a otro abogado, Bryan, si no te sientes cómodo, ya lo sabes…

—No, Maggie. Eso no será necesario.

—Bien.

Margaret cuelga el teléfono sin despedirse: acaba de entrar en el área escolar y no quiere que nada la distraiga de la carretera. La avenida está despejada de coches, sin embargo Margaret conduce con cautela por debajo del follaje mustio de los castaños: hay un grupo de gamberros en la esquina que se dedican a prender fuego a los montones de hojas que se agolpan a ambos lados del paseo para después patearlos en todas direcciones y Margaret cierra el seguro del coche. Cuando llega ante el colegio, detiene el vehículo con las luces de posición encendidas, sin llegar a apagar el motor.

Unos metros más adelante, recostado contra la tapia del centro, puede ver a Charles W. Picker, el policía que ella ha conseguido asignar a la zona escolar, que da buena cuenta de un bocadillo como si no tuviera otra cosa mejor que hacer. Cuando el agente Picker reconoce el monovolumen beige de Margaret, arroja disimuladamente lo que le queda de almuerzo detrás de un arbusto y se acerca para saludarla:

—¿No está de servicio, agente? —pregunta Margaret bajando la ventanilla.

El agente Picker se sacude las migas de la pechera y sonríe tímidamente.

—Ya ve, señora Millford. ¿Viene a recoger a su hijo, Martin?

—Sí.

—¡Menudo es su hijo, trae a todos de cabeza con sus ocurrencias! — exclama alegremente, echándose hacia atrás la gorra de reglamento.

Margaret aprieta el volante entre sus manos:

—Por casualidad, no habrá reparado en esos vándalos que se dedican a incendiar los rastrojos al principio de la avenida, ¿verdad Charles?

El agente Picker levanta la vista hacia el final de la calle: el grupo de chavales ahora tratan de forzar a otro al interior de un contenedor de basuras.

—Gracias por el aviso, señora —dice el agente Pikcer, sin atreverse a apartarse aún del vehículo por miedo a ofender a la señora Millford.

—¿Echa de menos su antigua ruta de los suburbios, Charles?

—No, señora.

—De cualquier modo —añade, dispuesta a cerrar la ventanilla— si prefiere volver a su antiguo puesto hágamelo saber. Veremos qué puede hacerse.

El agente Picker vuelve a ponerse la gorra en su sitio, la saluda con gravedad y emprende su ronda con paso solemne en dirección al grupo de chavales que, al verle aparecer, escapan a la carrera hasta perderse de vista. Josephine ronca en la silla trasera, debe haberse resfriado. Margaret enciende la calefacción y busca con la vista, a través de la alambrada, tratando de localizar a Martin en el patio de recreo, la escalinata de entrada, la zona de comedores, pero no hay ni rastro de su hijo. Marca el teléfono del colegio:

—Centro de Educación White Mountain, ¿dígame?

—¿Señorita Hollygan?

—Al habla.

—Soy la madre de Martin. Me gustaría saber dónde se encuentra mi hijo, ya que parece que no está en la puerta como les había indicado.

Se produce un silencio tenso al otro lado del teléfono.

—¿Hola? —dice Margaret.

—Un momento, le paso con la directora.

Suena un hilo musical que se corta casi de inmediato.

—¿Señora Millford? —dice una voz de persona mayor al otro lado del teléfono.

—Dígame— contesta Margaret, un poco harta.

—Señora Millford, soy la señorita Weig, la directora: su hijo salió hace más de dos horas del centro. Nos entregó una nota firmada por usted donde le eximía de asistir al examen de ciencias por tener visita con el dentista.

—¿Cómo dice?

—La tengo ante mí: «Ruego disculpas a mi querido hijo Martin de no asistir a su examen de ciencias por disponer de cita dentística.»

Margaret aprieta el volante con las dos manos:

—Comprendo —dice en voz baja.

—¿Va todo bien?

—Sí, es sólo que me había olvidado de esa cita—añade fingiendo animación—. Otra vez procuren avisarme antes de hacerme venir hasta aquí, ¿entendido?


(Continuar)

Imagen: Red shoe dailies rush hour; Jacqui Faye Miche
www.dailypainters.com


(Sigue)

Image—Supongo que tendrás una buena excusa para explicar tu conducta de hoy, completamente injustificada —dice Margaret, tapando el auricular del teléfono con la mano.

Martin aparece a las nueve y cuarto de la noche, sofocado, con el pelo revuelto y manchado de algo pringoso. Margaret está al teléfono, discutiendo con un policía por qué no pueden cursar su denuncia.

—…ya le he dicho, señora, que necesitamos al menos veinticuatro horas para ponernos en marcha, por una sencilla cuestión de economía de recursos —explica el agente de policía con voz de empezar a hartarse de aquella discusión.

—Supongo que no le importará repetir esas mismas palabras ante cualquier tribunal —replica ella sin apartar la vista de Martin.

El chico camina arrastrando los pies hasta la escalera, dejando un rastro de barro a su paso. Sube ruidosamente al piso de arriba y se encierra en su habitación de un portazo.

—Supongo, señora —dice el agente al teléfono.

—Identifíquese, agente —exige Margaret.

—Hamilton Morris, sargento.

—Y su número de placa…

—Cuatro seis nueve dos cinco, señora.

Margaret espera un momento, mascullando los números como si los anotara en un papel, antes de añadir:

—Suerte tendrá de que a mi hijo no le suceda nada malo, sargento, porque de lo contrario usted y su preciosa placa van a cansarse de patrullar la periferia, ¿me he explicado con claridad? —y cuelga.

Josephine está dando golpes al televisor con un sonajero de goma: en la pantalla aparece una marioneta que baila en círculos concéntricos mientras una voz en off repite: «saltar, saltar, saltar». Josephine deja de golpear la pantalla y empieza a saltar en el preciso momento en que su padre, Harold, entra por la puerta.

—Tendrás que hablar con tu hijo —le indica Margaret a su marido en lo que recoge el tazón de puré medio vacío que se ha quedado olvidado en la trona—. Hoy se ha fugado del colegio falsificando una autorización mía, ¿te lo quieres creer?

Harold se desabrocha el botón del cuello con una mano y se afloja el nudo de la corbata con la otra al tiempo que sigue a su mujer a la cocina. Abre la nevera y se asoma a su interior, apoyándose en las rodillas para ver mejor detrás de la colección de tupper wares precocinados para la semana. Al cabo de un rato exhala un lamento largo.

—Supongo que preguntar por mis encurtidos va a ser poco delicado en este preciso momento, ¿verdad Marge?

Margaret no contesta pero por la manera que tiene de colocar los cubiertos en el cajón, arrojándolos a puñados, Harold sabe que es mejor no preguntar más. Saca una cerveza abierta del fondo del cajón de verduras, donde esconde su reserva secreta, y bebe un sorbo. Apenas le queda gas, pero menos es nada. Después agarra una lata de soda de la puerta y cierra la nevera:

—¿Y qué? —pregunta al tiempo que abre la lata empapándose la mano con la espuma—. ¿Cómo te fue en los tribunales? ¿Ya te han nombrado presidenta de la asociación de madres del año en pro de una televisión más justa? —bromea.

—No bebas de la lata —ordena Margaret—, a saber quién le habrá tocado.

Harold se limpia la boca con el dorso de la mano y se dirige al amarito para sacar un vaso de plástico. Mientras vacía la lata en el interior del vaso, Harold lanza miradas furtivas a Josephine, que aún salta delante de la tele, pensando en cómo convencer a su hija para que renuncie a su programa y él pueda ver la final de la Copa del Mundo de Baloncesto, aunque sea con la niña a cuestas.

***

Las chicas de la asociación había preparado una documentación exhaustiva: un rimero de doce porfolios, cada uno con más fotografías que el anterior. Y Margaret tiene su álbum de recortes, además. Casi cuarenta titulares, recopilados en los últimos dos meses, donde se exponen casos de familias afectadas por todo lo ancho y largo de los Estados Unidos.

Desde el teléfono de la entrada, Margaret llama a Mamá Gossip para aclarar los últimos detalles de la estrategia a seguir ante el tribunal. Mamá Gossip escucha atentamente la exposición que Bryan y ella han preparado y, al concluir, la felicita por su excelente trabajo con tal efusividad que a Margaret se le dibuja una amplia sonrisa en sus labios, discretamente perfilados. Pero al colgar el teléfono repara en la cara de su hijo Martin, que está haciendo muecas contra el cristal de la puerta que separa el recibidor del cuarto de estar, llenándolo todo de babas, dedos y vaho, y se le amarga la expresión.

—¿Terminó tu hermana de merendar? —le pregunta repasando por encima sus porfolios.

—No quiere más —replica Martin, remoloneando.

Maggie le lanza una mirada reprobatoria, pero cierra el maletín y se acerca a la trona donde Josephine merienda siempre su papilla de cereales. La niña está jugando con el recipiente medio lleno, aplastando los grumos, embadurnándose la cara y el mantel con la cuchara pringosa. Margaret va a buscar un trapo a la cocina:

—Estarás contento —le dice a Martin, que continúa haciendo muecas contra el cristal—. A tu edad y aún con esa conducta. ¡Martin!

Martin no se vuelve hacia ella, pero separa la cara del cristal.

—Martín, ¿no crees que ya va siendo hora de que te portes como un chico de once años y contribuyas en la casa, amiguito?

—Si me sale de las narices pondré la Comedy cuando te hayas ido —le dice él.

Margaret se afana en limpiar el estropicio de Josephine, procurando no manchar su traje de la suerte —el traje que siempre utiliza para las vistas, con lazo de elegancia al cuello y chaleco con cuadros de la fortuna.

—No, no puedes—dice ella levantando el codo para evitar rozar el tazón al pasar el trapo.

—Me escaparé —replica Martin, apartándose los rizos castaños de la frente, metiéndose las manos en los bolsillos del canguro—. Saltaré por la ventana y no volverás a verme en lo que te queda de vida.

—Tienes tus comics, Martin. Dijiste que si te compraba los comics del capitán ese, el del caballo, te portarías bien y te conformarías sin ver esos dichosos dibujos.

Josephine todavía aferra en el puño la cuchara embadurnada de papilla con la que continúa revolviendo su merienda.

—No puedes obligarme a hacer nada que no quiera —dice Martin golpeando la puerta con el puño de manera que el cristal tiembla.

Margaret levanta la vista hacia Martin, sólo un momento, lo suficiente para que su hijo se de cuenta de que empieza a perder la paciencia. Martin se muerde los labios, da un paso atrás, apretando los puños. Josephine aprovecha su descuido para lanzar una porción de papilla contra la pantalla del televisor:

—¡Ves lo que has conseguido, Martin! —dice Margaret forcejeando con la pequeña para que suelte el cubierto.

Josephine no va a renunciar a su diversión tan fácilmente: la niña manotea mientras Margaret trata de hacerle soltar la maldita cuchara antes de que termine de echarlo todo a perder con la dichosa papilla.

—Púdrete— masculla Martin.

Margaret cierra los ojos, consulta su reloj de pulsera, se incorpora:

—Está bien —dice, inspira una profunda bocanada con olor a papilla de frutas—, limpia este estropicio y puedes ver los dibujos con tu hermana, Martin.

Josephine consigue meter nuevamente la cuchara en el recipiente y ahora aplasta la papilla a dos manos.

—Son para bebés —dice Martin.

—Precisamente —repone Margaret colocando el trapo encima de la trona para pelear por la cuchara con ambas manos.

—Quieres que me los trague porque los sacaste en un juicio, que te crees que no se te nota.

De un manotazo Josephine lanza el cuenco y la cuchara por los aires, salpicando de una pasta blancuzca y pegajosa todo a su alrededor, incluido el pelo y el chaleco de la suerte de su madre.

—¡Has visto lo que has hecho! —grita Margaret horrorizada—.Te he dicho mil veces que cuando termines de darle la merienda a tu hermana le retires la comida de delante. ¡Martin! ¡Martin! Mírame cuando te hablo.

Martín propina una patada a la puerta, con tanta fuerza, que el cristal se resquebraja por la mitad.

—¡Maldito niño malcriado! —dice Margaret incorporándose.

Sin darle tiempo a reaccionar, Martin se precipita hacia la puerta de la calle, la abre para salir a la carrera y cierra tras él con un portazo que le produce a Margaret un nuevo sobresalto. Josephine entonces rompe a llorar y, casi inmediatamente, el timbre de la puerta emite un bocinazo largo e irritante. Margaret se limpia como puede el pelo y el chaleco, limpia las manos y la cara de Josephine y la toma en brazos para acercarse a la puerta principal a abrir:

—¿Qué le pasa a Martin, señora Millford? —dice Claire, la canguro, masticando ruidosamente un chicle que despide un empalagoso aroma a sandía.

—Cámbiala, que voy retrasada —se limita a contestar Margaret entregándole a la niña.

—¿Cómo está mi Jos? Ago, ago, ago —dice Claire camino del salón con Josephine en brazos. Al llegar ante la puerta con el cristal roto, se detiene—: ¿Y esto? —pregunta abriendo la boca más de lo necesario.

—Asegúrate de que Martin vuelve antes de las ocho, ¿has entendido? —se limita a contestar Margaret mientras repasa su aspecto en el espejo de la entrada: la mancha de papilla del chaleco resulta tan visible que es mejor no pensarlo—. ¡Y acuesta a Josephine a su hora! —grita agarrando el maletín y sus archivos de manera que la mancha quede tapada.

—¡Tenga cuidado! —dice Claire antes de que salga—. He visto a unos chicos tirando globos con pintura a los coches en la avenida Gardinton. Ya sabe: lo mismo que hacen en el programa ese de variedades de los martes.

****

—Quince de quince, Maggie. Supongo que estarás orgullosa —dice Bryan, su abogado, comprobando el tráfico por el espejo retrovisor.

Bryan se ha puesto brillantina en el pelo y mocasines de piel para acudir al tribunal a recoger la sentencia. A la salida la prensa les ha abordado, pero Bryan les ha dado esquinazo arrastrando a Margaret por la cintura hasta el coche que tenía aparcado en la esquina.

—Déjame en la avenida Lexinton, si no te importa Bryan. Tengo el coche allí aparcado —dice Margaret estirándose el bajo de la falda. El asiento de copiloto de Bryan le resulta extrañamente bajo, indecoroso.

—Me gustaría enseñarte algo, si es que no te viene mal —repone él sonriéndole de medio lado.

Margaret gira la cara hacia él para mirarlo sin ambages: Bryan tiene buen aspecto hoy. Al entrar en el coche se ha quitado la chaqueta y los músculos del brazo se le marcan por debajo de la fina camisa de hilo cada vez que gira el volante para maniobrar. Margaret desvía la mirada hacia la ventanilla e inspira: Bryan se ha puesto una loción de afeitado muy refrescante, con aroma a lavanda y fondo de lanolina.

—Preferiría que no, Bryan. Tengo que recoger a Martin y ya voy retrasada—murmura ella mirando por la ventanilla hacia el parque: una mujer gruesa, ataviada con un mono azul, recoge papeles del césped con un punzón y los guarda en un saco sin importarle si los residuos son plásticos o celulosos.

—Sólo será un momento, Maggie. Vamos. No seas tan estricta, mujer. Si te va a gustar, ya lo verás.

Ella consulta la hora en su reloj de muñeca, mira a Bryan de reojo y vuelve a mirar el reloj:

—De acuerdo—dice repentinamente—: diez minutos, es todo lo que te concedo.

Bryan gira por la avenida de la derecha y la clavícula de su hombro se revela ancha y torneada debajo de la camisa:

—Me sobran cinco —replica jovial.

Lo que Bryan quiere enseñarle son sus nuevas oficinas:

—Pensar a largo plazo, Maggie: media planta entera para nosotros solos —indica en cuanto llegan al puesto de recepción de la octava planta, abriendo los brazos ampliamente como si quisiera abarcar todo el espacio posible—. Siete despachos, nada menos, y dos salas de reuniones en las que poder recibir a las personalidades de la asociación como la señorita Margaret Millford—añade chascando la lengua, sonriéndole a Margaret con complicidad.

Margaret repara en el enorme letrero dorado «Bryan McQueen y asociados» que cuelga en la pared del fondo de la recepción y esboza una tímida sonrisa.

—En dos semanas tenía previsto el traslado pero, a la vista de nuestro último triunfo contra la Paramount, seguramente lo adelantemos —proclama Bryan hinchando las mejillas de satisfacción mientras juguetea con su alianza de matrimonio haciéndola girar en la base del dedo.

Margaret pasa la mano por el estucado de la pared, aprieta una sonrisa lanzando una mirada rápida a Bryan, que en ese momento se presiona el pelo con los carpianos como si temiera que se le despegara de las sienes, y se sacude tímidamente el polvillo que se le ha quedado adherido a la mano al pasarla por la pared.

—La pintura es provisional —dice entonces Bryan—. Podemos cambiarla cuando nos venga en gana.

Maggie asiente, eleva la vista a las molduras del techo:

—¿Es escayola? —pregunta levantando el dedo.

Bryan mira hacia donde Margaret señala:

—Sí, eso creo.

—Muy original —repone ella hablando más alto de lo necesario. Al elevarse su voz en aquella estancia inhóspita, le suena abovedada, inquietante, como si repentinamente revelara lo solos que se encuentran en aquellas oficinas a medio decorar.

Margaret se sube el asa del bolso en el hombro, inspira y espira entrecortadamente, se mira el reloj de pulsera y, al levantar la vista, descubre a Bryan observándola atentamente.

—¡Por cierto! —exclama Bryan con una animación impostada—. Acompáñame, tengo que enseñarte aún algo más —añade tomando a Margaret del brazo para conducirla al interior de las oficinas—. He pensado cambiar estas mamparas tan sosas por unas cristaleras tan largas como la pared, ¿qué te parece? —explica al llegar al distribuidor.

Margaret inhala una profunda bocanada con olor a loción de afeitado y sonríe:

—Impresionante, Byan. Lo reconozco. Nada que ver con ese despacho tan desordenado dónde te encontré hará, ¿cuánto? ¿Cuatro? ¿Cinco años?

—Seis años, exactamente —repone Byan cerrando los dedos en torno a los puños de la camisa.

Margaret baja la vista al suelo, adelanta un pie para comprobar el grosor de la moqueta raspándola a contrapelo con el tacón cuadrado del zapato.

—Un local muy bien escogido: céntrico, luminoso—dice ella aprobando con la cabeza el color mostaza suave de la alfombra. Cuando levanta la vista hacia Bryan, él vuelve a jugar con su alianza y ella le sonríe—. Allison y tú ganaréis en calidad de vida, porque reconocerás que prácticamente vives en tu oficina —añade con confianza.

Bryan borra la sonrisa de su cara y Margaret lo escudriña ladeando la cabeza.

—Supongo que tu esposa se sentirá orgullosa de tus progresos, Bryan, ¿me equivoco? —dice.

Bryan hace girar la alianza en la base del dedo otra vez, se vuelve a atusar el pelo en las sienes:

—Ven —dice al tiempo que toma a Margaret del codo para conducirla a un pasillo lateral—. Quiero que veas otra cosa.

Margaret avanza despacio, acompasando su ritmo al caminar elástico de Bryan.

—Harold no lo entiende —dice Margaret de pronto. Suspira—. A veces, me pregunto cómo conseguimos consensuar la asociación con nuestras responsabilidades domésticas sin confundir unas cosas con las otras —confiesa más relajada a cada paso que avanza a través del pasillo.

Huele a pintura allí dentro, como Margaret siempre imaginó que olería un decorado de Hollywood. Bryan la conduce a su despacho para enseñarle los muebles de madera de cerezo. Su despacho ocupa la esquina y es el más grande: un hermoso ventanal de cristales ahumados deja la habitación en penumbras.

—Es muy espacioso —dice Margaret pasando el dedo por encima del tablero del escritorio para comprobar si hay polvo—. Supongo que colocarás algunas plantas, para hacerlo más acogedor.

Bryan sonríe:

—¿Ves por qué quería que lo vieras? Necesito ideas como estas, Maggie.

Margaret también sonríe con modestia:

—¿No te ha sugerido Alison nada parecido? —murmura.

Bryan se vuelve a repasar el peinado:

—Ella no lo ha visto aún.

Se produce entonces un silencio espeso, con leve aroma a aguarrás y pasta adhesiva, en el que ella disimula su turbación repasando los acabados del techo cruzada de brazos.

—¿Qué otras cosas se te ocurren, Maggie? —pregunta Bryan tímidamente, bajando el tono—. ¿Una cocina americana, para cuando las reuniones se dilatan?

Margaret sonríe: descruza los brazos, avanza hacia la pared del fondo, completamente vacía salvo por una puerta estrecha, y se afloja el lazo del cuello un poquito.

—A mí siempre me gustaron esas cocinas, como en las antiguas películas de Audrey Hepburn —dice girándose de manera que la chaquetita hace un vuelo y ella la sujeta abierta con las manos en la cadera—: mientras el mundo trama sus intrigas, ella se acerca ingenuamente a la encimera para cocinar una tor…

—¡Tortilla de galletas! —exclama Bryan dando un paso al frente.

Margaret recuerda de pronto dónde se encuentra y se cierra la chaqueta:

—Precisamente.

—La película es Sabrina: me encanta esa escena en la que Humprey Bogart la lleva a su despacho y ella descubre los billetes de avión encima de la mesa de reuniones y entiende lo que él siente.

Se hace un nuevo silencio: Margaret mira su reloj de pulsera, baja los brazos, se coloca el bolso en el hombro sin saber muy bien qué hacer con las manos.

—Sí bueno, debería marcharme —dice, aunque no se mueve del sitio.

Bryan se acerca a un diván y quita la sábana que lo cubre levantando una polvareda de yeso.

—Vamos, Maggie —dice Bryan plegando la sábana despacio—descansa un momento. Debes estar agotada después del trasiego de las últimas semanas —arroja la sábana a un rincón y entonces se desabotona los puños para remangarse, revelando unos antebrazos robustos que a Margaret le recuerdan a los de un nadador. Bryan sonríe de medio lado y un hoyuelo se le marca en la mejilla impecable, como recién afeitada—: necesito sincerarme contigo, Maggie —añade.

Margaret traga saliva: tiene la impresión de deber añadir algo, un comentario ingenioso, pero no se le ocurre nada. De pronto le parece que estuvieran demasiado solos en aquel despacho a medio desembalar y su corazón se acelera, tanto, que se cruza de brazos para que nadie más lo note. Bryan entonces se acerca a ella y se detiene delante, ligeramente inclinado hacia el frente de manera que su cara queda muy cerca de la de ella:

—¿Permites? —susurra.

Margaret baja la cara, aturdida:

—Bryan, yo…

—Necesito entrar un momento ahí —dice señalando la puerta que queda a espaldas de ella.

Margaret se aparta a un lado, avergonzada.

—Sí, bueno, Bryan. Yo me tengo que marchar, en realidad. ¿Crees que podrías conseguirme un taxi para ir a la avenida Lexinton a por el coche? —dice.

Pero Bryan no contesta, quizá no la haya oído con el ruido que hace el grifo del agua, y mientras él se lava las manos allí dentro, ella comprueba que el plástico que aún envuelve el sofá no se haya manchado de polvo antes de sentarse. Se inclina, mira hacia la puerta entrecerrada: Bryan continúa con el grifo abierto, puede oír el ruido que hace el agua al salir a presión.

Inspira, espira y se asoma a una de las cajas de mudanzas que encuentra a un lado para curiosear. Bryan ya ha llevado algunas de sus pertenencias a su nuevo despacho, por ganar tiempo. Hay algo allí, entre las carpetas, que llama su atención y Margaret aparta el bote de lapiceros que hay encima para sacar aquella foto recortada de un diario en la que aparece ella junto a Bryan. ¿Qué significa aquella fotografía? Su corazón empieza a palpitar nerviosamente, contiene la respiración. No recuerda ese día, debió ser hace mucho tiempo porque ella lleva ropa premamá. Aún no tenía demasiada tripita pero el busto estaba muy hinchado y se le marcaba demasiado con aquel jersey en blanco y negro: la línea del sujetador, el contorno del pecho. Bryan sonríe a su lado en la imagen: la agarra del talle mientras contiene a la prensa interponiendo su brazo robusto entre Margaret y ellos.

—¿Qué tienes ahí? —dice Bryan, a su espalda.

Margaret suelta el recorte en la caja y se levanta despacio, ayudándose con las manos en las caderas para que la falda quede bien estirada.

—Me marcho, Bryan —dice soltando el aire de golpe.

Se aleja hacia la puerta con paso decidido.

—Espera, Maggie—la intercepta Bryan—. Te acercaré a la avenida Lexinton, dame un momento.

Bryan se ha colocado en mitad del camino de salida, impidiéndola avanzar a menos que describa un rodeo absurdo.

—Bryan, no—dice Margaret desafiante—. Tengo una familia a la que atender. —Sin querer, se lleva la mano al lazo del cuello como si, repentinamente, le apretara.

—Sólo será un momento, lo prometo —repone Bryan, agarrándola con suavidad por el codo para conducirla de nuevo hasta el diván. Margaret se deja llevar, se sienta con las piernas cruzadas, con los brazos cruzados.

— ¿Y bien? —dice ella tamborileando con la punta del zapato de forma que el cordón oscila de un lado a otro.

Bryan se agacha ante ella, revuelve en la caja en la que ella husmeaba y saca el recorte de periódico:

—¡Caramba! —dice repasando aquel recorte—. ¿Recuerdas este caso?

Margaret descruza las piernas inquieta, estirándose el bajo de la falda para cubrirse las rodillas.

—Di lo que sea, Bryan, y vámonos —replica ella impaciente.

Bryan se sienta a su lado, demasiado cerca: a esa distancia el olor que despide su loción se mezcla con el aroma a vainilla de su piel. Margaret enlaza las manos en su regazo, empujando la falda hacia delante para que quede bien alisada.

—La de tiempo que hace que nos conocemos, ¿verdad Maggie? —dice él.

Margaret inhala una bocanada profunda de la loción de Bryan, buscando algo apropiado que decir, y expulsa el aire por la boca entrecortadamente cuando dice:

—Una eternidad —con la vista clavada en sus manos, estrechas y muy pálidas, en aquellas uñas tan deformadas cuya visión, repentinamente, le provoca la imperiosa necesidad de encoger los dedos para esconderlas.

Bryan entonces le coloca, encima de las suyas, su mano ancha, tibia al contacto:

—Margaret, necesito decírtelo —murmura él, habándole a los ojos—: las cosas entre Allison y yo ya no funcionan.

Al notar cómo se le eriza la piel de la espalda, Margaret retira las manos con brusquedad, doblando los brazos hacia arriba para taparse el pecho pudorosamente.

—Bryan, yo… —es todo lo que logra murmurar. Contiene la respiración apretando los labios mientras observa los ojos suplicantes de largas pestañas de Bryan, las arrugas alrededor de su boca rubicunda, el rastro del hoyuelo que remata su mejilla. La mano de Bryan ha quedado posada encima de su rodilla y ahora presiona levemente su rótula, inclinando la cabeza hacia ella. Margaret entreabre la boca y, al escapar su aliento, produce un gemido que no reconoce como suyo: sus labios quedan tan al alcance de los de él, que los observa sólo un momento, como si calculara sus dimensiones exactas, antes de cerrar los ojos bien apretados y lanzarse a abarcar la boca de Bryan en toda su amplitud. La lengua afilada de Margaret tantea hasta alcanzar el velo de su paladar, como si anduviera a la búsqueda de algo y Bryan nota un regusto inquietante, a metal y leche agria, antes de darse cuenta de lo que sucede: Margaret lo aferra entre sus brazos, atrayéndolo hacia ella como si lo invitara a abordarla encima del sofá de piel sintética sin desembalar.

—No, Maggie —murmura Bryan, empujándola con suavidad para que ella se separe—. No me he sabido explicar.

Ella abre los ojos sacudiendo la cabeza, como si despertara de un sueño. Bryan se ha puesto en pie: su cara está arrebolada y observa a Margaret, con las cejas levantadas, reparando en su disposición —la falda subida casi a la altura de las rodillas, el lazo de la camisa que se ha desecho dejando al descubierto parte de su torso escuálido por el escote, ahora abierto. Margaret se incorpora precipitadamente, se baja la falda de cualquier manera:

—¡Oh, Dios mío! —dice ella limpiándose la boca con el dorso de la mano—. ¡Oh, Dios mío!—repite cerrándose el cuello, evitando mirar a Bryan a la cara.

—Lamento el malentendido—musita Bryan.

Pero ella ya ha escapado del despacho a la carrera. Al llegar al final del pasillo, Bryan la ve sacudir la cabeza a ambos lados desorientada, incapaz de decidirse por uno u otro lateral hasta que, finalmente, opta por el de la derecha y abandona la oficina con un portazo.

En cuanto alcanza la calle, Margaret salta al interior del primer taxi que encuentra libre:

—Avenida Lexinton —dice su boca mecánicamente. Pero su cabeza no deja de pensar en Bryan, en su olor a lavanda y aquella rudeza de su mentón áspero contra su mejilla, los labios finos con aliento a vainilla, el tacto compacto del pelo engominado entre sus dedos. No puede recoger el coche, no puede conducir. No en semejante estado—. Un momento: lléveme al Centro de Educación White Mountain, en la avenida Rosebud con la sexta— corrige.

El taxista bufa de mala gana pero hace un giro ilegal para cambiar de sentido con un volantazo tan brusco que ella se da un bandazo contra la puerta trasera. En otras circunstancias, Margaret le habría tomado el número de licencia para tramitar una reclamación como mínimo. En esta ocasión, ni siquiera protesta.

***

(Continuar)
Imagen: Comics; Ann Elizabeth Schlegel
www.dailypainters.com
(Sigue)

Image

—Lo que deberías hacer es demandarlo —dice Mamá Gossip, que acompaña a Margaret aquella tarde de compras por el supermercado.

—¿A quién? ¿A Bryan? —dice Margaret apretando el manillar del carrito con ambas manos.

—¿Bryan? —repone Mamá Gossip. La mira de arriba abajo severamente—: Me refiero al conductor del taxi: a quién se le ocurre dejarte tirada en mitad de la autopista.

—Se le averió el vehículo —alega ella.

—No es excusa. Que lo hubiera revisado antes. ¡Martin!, ¡deja en paz a esa niña! —grita Mamá Gossip al muchacho que, unos metros más adelante, intimida a una niña canija empujándola contra el expositor de mermeladas por el cuello para arrebatarle lo que lleva en las manos.

Ahora que ya ha conseguido lo que quería, Martin huye con su botín mientras aquella niña rubia llora a voz en grito. Mamá Goosip trota en busca de su ahijado: tiene las piernas varicosas y le cuesta caminar, pero se conoce el supermercado como la palma de su mano y ataja por el pasillo de los productos de limpieza, dispuesta a interceptar a Martín en su huída. Margaret aprieta la boca; le mesa el flequillo a Josephine, sentada en la trona del carrito, al tiempo que mira en torno suyo. Hay un hombre cuatro expositores más allá que las observa: un tipo alto, con una chaqueta de piel vuelta, que balancea un pack de latas de cerveza en la mano y cuando ve que Margaret lo mira, sonríe enseñando una hilera de dientes blancos. Margaret aparta la vista incómoda, se aprieta el nudo del cinturón de su chubasquero y empuja el carro hasta llegar a la altura de la pequeña.

—¿Qué te sucede, preciosa? —le pregunta distraídamente a la niña al tiempo que consulta los ingredientes de la caja de cereales que ha agarrado de camino. Cuando ha confirmado que no llevan colorantes, le da la caja a Josephine, que inmediatamente se pone a mordisquear los bordes de cartón, y otea a su alrededor. En el siguiente expositor divisa el pelo castaño rizado de Martin. Sin prestar atención a las protestas que le dirige esa niña llorona, Margaret aprieta el manillar del carro entre las manos y continúa avanzando con el carrito a cuestas.

—…y ahora mismo vas a pedir perdón —le está recriminado mama Gossip a Martin cuando Margaret llega hasta ellos. El muchacho se ha ido a sentar en el suelo, como si la regañina no fuera consigo, y juguetea con algo entre las manos. No es más que una pelota de goma con la cara de un dinosaurio en su interior.

Margaret sonríe a mamá Gossip, se agacha juntando las piernas para evitar que la falda se le abra y, de un manotazo, le quita a su hijo el juguete.

—¡Puta! —exclama Martin.

Mamá Gossip abre los ojos como platos:

—¡Jovencito! —exclama la mujer, escandalizada.

Margaret hace como si no hubiera oído nada y la entrega la bola a Josephine que, de inmediato, suelta la caja de cereales en el carro para agarrar la pelota y chupetearla a sus anchas.

—Vigilarás a tu hermana—ordena Margaret a Martin, agarrando a Mamá Gossip por el brazo para alejarse sin darle oportunidad de replicar. —No sé si debería contarte esto —susurra a su amiga cuando se han alejado lo suficiente como para que las amenazas de Martin queden ahogadas por el hilo musical de megafonía.

Mamá Gossip la mira apretando la boca, como si se sintiera incómoda de pronto:

—¿Quieres carne? —repone entonces la mujer zafándose de Margaret para alejarse pasillo adelante.

Margaret aprieta el paso hasta alcanzarla. Vuelve a enlazar su brazo en el de ella y dice en voz baja:

—Quizá afecte a nuestra asociación de una manera importante —humedeciéndose los labios.

No se atreve a mirar a Mamá Gossip, pero le aprieta el antebrazo por encima de la chaqueta dándole a entender que la cuestión va más allá de lo que ella hubiera podido sospechar. La mujer se desenreda de la mano de Margaret y se acerca al expositor de comida italiana, sujetando con las dos manos la cesta que lleva para impedir que se balancee. Margaret la observa un momento, agarra un paquete de la hilera que le queda más cerca, y se acerca hasta llegar nuevamente a su lado. Disimula que repasa los ingredientes, lanzando miradas furtivas a la mujer:

—Pasta al oleo, mi favorita —dice parpadeando, sonriendo a su amiga.

Mamá Goosip la escudriña de arriba abajo, sin devolverle la sonrisa:

—Cogeré turno—murmura Mamá Goosip, dándole la espalda a Margaret para dirigirse al dispensador de turnos de carne que queda en el siguiente lineal.

La mujer levanta la mano y tira del extremo del ticket con tanto ímpetu que el dispensador suelta una hilera de cuatro turnos seguidos.

—Yo no necesito carne, Mamá Gossip —dice Margaret acercándose a la mujer.

Pero antes de que Margaret la alcance, Mamá Goosip se aleja precipitadamente hasta llegar al mostrador de la carne y espera bien erguida, con la mirada clavada en el despiece para picar, como si ella y Margaret no se conocieran de nada. Por megafonía avisan de las ofertas en pescado congelado y los cupones descuento de la sección de lácteos. Margaret se acerca a Mamá Goosip, jugueteando con el paquete de macarrones.

—¿Piensas preparar salsa italiana? —dice Margaret.

Mamá Goosip no le contesta. Tiene la barbilla arrugada y su pecho sube y baja ansiosamente al respirar.

—Mami, ¿sucede algo? —dice Margaret.

—Nada.

—Te comportas de forma extraña —repone haciendo que revisa los ingredientes del paquete pero mirándola de reojo—. Tienen demasiados conservantes—dice y lo suelta en el expositor de guisantes que le queda más a mano.

Mamá Gossip se cierra la chaqueta de punto, se cruza de brazos con tanta brusquedad que la cesta de la compra, que ahora lleva colgada a la altura del codo, se balancea como un péndulo implacable.

Margaret se le acerca un poco más y le coloca la mano en el antebrazo:

—Necesito que sepas lo que ha sucedido… —murmura.

—¡No quiero saberlo! —ataja Mamá Goosip zafándose nuevamente. Después se aleja del mostrador con paso decidido.

—¿Mamá Goosip? ¿No querías carne?

La encuentra encaramada al arcón de los congelados, revolviendo entre los paquetes de verduras. La mujer lleva ya en la cesta demasiados productos, pero saca torpemente otra bolsa de maíz del fondo del congelador de todos modos y la apretuja en su cesta de provisiones. Margaret inspira profundamente, se lleva la mano al cuello y dice entrecortadamente:

—Resulta que Bryan se ha propasa...

—Ya sé lo sucedido —ataja Mamá Goosip. Tiene la cara encendida, demasiado esfuerzo agacharse hasta allí abajo para alguien de su edad.

Margaret traga saliva y sonríe:

—Así que ya lo sabes…

— Thelma Rosencraft me llamó ayer y me lo contó todo: esta es la cuarta reunión que cancelas con nuestro abogado, Maggie.

Margaret se cruza de brazos indignada:

—¿Y quién es Thelma Rosencraft para ir contando chismes acerca de mí?

—No, Margaret, no empieces. Ella estaba preocupada. Y no es la única: Dona también me llamó. Dijo que estabas distante, que no dabas curso a las denuncias como antes. Pero que te quede clara una cosa: sea lo que sea lo que tramas no pienso formar parte de esto.

—Pero Mam…

—Ya lo sabes: si quieres presentar tu maldita dimisión, tendrás que hacerlo ante la central. Yo no pienso escucharte.

Margaret la observa atónita:

—¿Es eso lo que pensabas que iba a decirte?

—¿Qué, si no? Piensas dejarnos, como las otras. ¿Crees que después de veinte años al frente de al asociación no me doy cuenta de cuándo una delegada quiere abandonarnos y dedicarse a su familia o lo que sea que hacéis con vuestras vidas? —la mujer se limpia la boca con la mano, como si le sudaran los labios—. Pero te lo advierto: si nos dejas luego no esperes volver. Si te vas, te vas, y ya no hay más vuelta de hoja.

Mama Gossip está tan afectada: su busto sube y baja dentro del traje floreado; su barbilla tiembla; incluso sus ojos, pequeños y ribeteados por grandes bolsas, parecen ir a estallar en lágrimas en cualquier momento.

Margaret se repasa con los dedos las comisuras de los labios y sonríe:

—No tenía intención de abandonaros, Mami —le dice agarrándola por la muñeca para estirarle el brazo y descargarle así de la cesta—. Vosotras sois mi familia, lo mejor que yo tengo.

—¿De veras? —murmura Mamá Gossip, visiblemente más tranquila.

—Pues claro: sólo quería que buscáramos a un nuevo asesor legal.

Las dos mujeres se miran a los ojos, las pupilas vibrantes: no les hace falta decir nada más.

—Bryan es un buen abogado, Maggie… no deberías arrinconarlo sólo porque se vaya a divorciar—explica Mamá Gossip, muy despacio, para hacerse entender.

—Pero Mami…

—No, Maggie. Debemos ser transigentes, aunque no compartamos esa filosofía de vida. Le debemos mucho a Bryan, no lo olvides.

Margaret aprieta los labios:

—Yo sólo quiero lo mejor para todos —murmura Margaret.

—Entonces, transige, Maggie, transige. No queremos que piensen de nosotras que somos incapaces de hacer una excepción, ¿verdad que no?

Margaret baja la cabeza, se mira las manos y le parece demasiado pequeñas, con aquellas uñas prácticamente raídas:

—No, claro—musita.

—Al fin y al cabo medio país está separándose cada día, ¿no te das cuenta?

—Comprendo, Mami —repone Margaret con las mejillas encendidas.

Mamá Gossip de pronto revive: encuentra el número arrugado en su mano, sonríe entusiasmada, suelta el paquete de congelados encima de la cesta que Margaret columpia ante ella.

—¡Aún estoy a tiempo de que no se me pase el turno! —dice apresurándose en dirección a la carnicería.

Margaret se siente tan turbada que ni siquiera consigue repasar los ingredientes de los menudillos que tiene en la mano, entonces escucha un aviso por megafonía: «Se ha extraviado una pequeña en el pasillo dos, que sus padres acudan, por favor, a un punto de información.»

De alguna manera Margaret sabe que se trata de Josephine y se dirige a la carrera al mostrador de información más cercano:

—Por favor, soy la madre de la niña extraviada —dice jadeando.

—Sí, señora. Acompáñeme —le indica la señorita saliendo del mostrador para conducirla a la zona de oficinas.

A través del cristal que separa la sala de espera del despacho de seguridad, Margaret ve a Josephine jugando aún con la pelota de goma. La madre de la niña rubia, una mujer muy gruesa con un pañuelo de papel en la cabeza, habla con el jefe de seguridad señalando una y otra vez a Josephine.

—Maggie, ¿qué ha pasado? —pregunta Mama Gossip irrumpiendo en la sala en compañía de Dona—. ¡Marcharte así! Suerte que Dona me ha dicho dónde te había visto, que si no aún estaría dando vueltas…

—No sucede nada, Mami—susurra Margaret saludando a Dona con la cabeza—. Parece que Martin se ha despistado y esa señora tan gorda de ahí dentro ha traído aquí a mi pequeña.

—Ah, ya veo —dice Mamá Gossip curioseando a través del cristal el interior del despacho. La mujer mira entorno suyo un momento, abrazando su paquete de carne como si se tratara de un peluche y finalmente se decide a ocupar el asiento a la izquierda de Margaret.

Dona, a su vez, entrecierra los ojos para ver mejor a través de la cristalera, sonríe a Margaret y, sin apartar los ojos del cristal, ocupa la silla a su derecha. El jefe de seguridad ahora se inclina esforzadamente para sacar un impreso del cajón inferior de su escritorio que ofrece a la señora obesa. A continuación, abre un bote de cristal, saca dos piruletas y ofrece una a cada niña.

—Le va a quitar el apetito —dice Mamá Gossip señalando con la barbilla la piruleta que Josephine devora casi al instante.

—Ya veo —repone Margaret entrecerrando los ojos para observar a aquella mujer que ahora la señala con su dedo enorme desde el otro lado del cristal mientras comenta a saber qué. El jefe de seguridad asiente a cada comentario, observando inquisitivamente a esas mujeres que invaden su sala de espera cargadas de provisiones al tiempo que se seca el sudor de encima del labio con la lengua.

Dona aparta la vista, incómoda ante el escrutinio de aquel individuo tan zafio, y, agachando la cabeza hacia Margaret, susurra:

—Y Martin, ¿dónde dices que está?

***

—Entiéndame, señora Millford—señala el sargento de policía Morris jugueteando con un bolígrafo entre los dedos—: necesitamos conocer qué lugares frecuentaba su hijo, con qué personas se relacionaba habitualmente, si presentaba algún tipo de desorden de conducta, violencia. Algún síntoma de rebeldía por un ambiente familiar demasiado, ¿cómo lo diría yo? —levanta la vista hacia Margaret que permanece encogida de hombros en la silla ante su mesa como un fuelle que contiene el resuello; hacia la otra mujer que la acompaña cada día, esa señora mayor que siempre parece tener las manos frías; hacia las dos otras dos acompañantes que cuchichean en el banco del fondo. Después vuelve a mirar a Margaret, que lo observa con el ceño fruncido, y fuerza una sonrisa—. En fin—suspira— lo que los psicólogos infantiles conocen con Mood Disorder—ataja por ahorrar detalles.

Margaret lanza un vistazo rápido hacia el banco del fondo, donde Dona y Thelma ahora han subido el tono de su murmullo, antes de girarse hacia Mamá Gossip, sentada a su lado, y arrebatarle el portafolio que le sostiene para buscar algo entre el montón de papeles. Inspira profundamente, yergue la espalda en el respaldo y dice:

—Como observamos en esta fotografía —explica mostrando una imagen en la que Martin aparece sentado en una grada del recreo y, algo más allá, aparece un hombre alto, delgado, que parece observar a los niños por detrás de la alambrada que delimita el patio—. Aquí podemos apreciar el aspecto que tiene el secuestrador, señor Morris.

—Sargento Morris, si no le importa—corrige el sargento.

—Como quiera, sargento—. Margaret se levanta del asiento, le acerca la imagen a la cara para que el sargento la pueda ver bien señalando la silueta de aquel tipo, borrosa, apenas visible—. ¿Repara o no en su cara de delincuente, por lo que más quiera? —exclama.

El sargento se frota la frente, lanza un rápido vistazo a las mujeres del banco del rincón, que ahora conversan animadamente como si estuvieran en una sala de espera, y toma la fotografía que Margaret le ofrece agarrándola por la esquina con dos dedos.

—Señora Millford —dice tragando saliva—, recordará que ya hemos descartado el secuestro, ¿no es cierto?

Magaret cierra la carpeta, la aprieta contra su pecho de manera que los papeles crujen.

—Ajá —dice.

—Sí, sargento, ya nos lo ha dicho —interviene Mamá Gossip—. No obstante mi amiga cree que es posible que alguien de los alrededores pudiera haberse llevado al crío en un descuido. ¡Thelma, Dona! Haced el favor de callaros—añade dirigiéndose a las chicas.

El sargento Morris se rasca la frente con el bolígrafo, bebe un sorbo de la botella de agua que tiene en la mesa:

—¿Y usted opina lo mismo? —pregunta a Mamá Gossip mirándola fijamente.

La mujer arruga la barbilla un momento:

—Mi amiga considera que existen indicios para sospechar de un secuestro, sargento Morris —masculla Mamá Gossip.

El sargento lanza una mirada a Margaret, que aprieta la carpeta entre sus brazos con expresión de angustia, aprieta la tapa del bolígrafo contra la palma de la mano hasta notar la punzada y vuelve a clavar la vista en Mamá Gossip:

—¿Qué es lo que usted opina, señora Gossip? —repite más despacio.

La mujer mira de reojo a su amiga, mascullando algo entre dientes como si rezara; levanta la cara con solemnidad y dice:

—¡Yo creo que ese diablillo se ha escapado de casa y no piensa volver hasta matarnos a todas!, ¡sí, señor! Eso es lo que creo.

Margaret afloja los brazos y la carpeta se cae al suelo bocabajo de manera que el contenido se desparrama por todas partes.

—¡Mami! —dice Dona inclinándose hacia ella como si le soplara la pregunta—, ¿crees también que Martin se ha escapado de casa?

La mujer asiente con firmeza y el sargento suelta el bolígrafo en la mesa con un suspiro.

—Sí —musita él—. Eso es lo que creemos todos, señora Millford; no le extrañe que aparezca el día menos pensado en casa como si tal cosa—. Se aclara la garganta, se acerca a Margaret encorvándose por encima de la mesa de su escritorio—. Por eso necesitamos saber qué hacía a sus espaldas, señora Millford, para poder buscar en alguna otra parte, ¿lo entiende usted?

Margaret asiente sin levantar la vista del suelo.

—¿Lo entiendes, verdad querida? —dice Mamá Gossip.

Margaret juguetea con los papeles que hay a sus pies, como si quisiera amontonarlos con la punta del zapato. Al mover el siguiente folio una fotografía de Martin asoma debajo de aquel montón. Margaret aprieta los labios cuando la ve, traga saliva para quitarse la sensación de sequedad de la garganta:

—Todos creen que mi hijo ha huido de nosotros, ¿no es eso?

Mamá Gossip se gira hacia ella:

—No, querida, no se trata de eso. Los chicos hacen este tipo de cosas, a veces, ¿verdad sargento? Nadie tiene la culpa.

—No, Maggie —dice Dona—. La culpa no es de nadie: si tu hijo se ha escapado de casa, por algo será. Tú me dirás si no a qué viene que desaparezca sin más—añade mirando a Thelma, que asiente con gravedad.

—En cualquier caso —repite el sargento Morris—, ya escuchó el testimonio de esa tal… —consulta el informe que encuentra encima del montón de papeles que hay a un lado de la mesa— …señora Cunnings. Aquello acerca de que su hijo solía escaparse del colegio, que intimidaba a los niños más pequeños para robarles el almuerzo…

—¡Y lo que le hizo a esa niña, Maggie, la pobrecita! —interrumpe Dona.

Margaret enlaza las manos en el regazo, aprieta los dedos mientras desliza la punta del zapato alrededor de la cara de Martin en la fotografía que tiene a sus pies:

—Comprendo —dice.

—Si pudiera darnos alguna orientación acerca de su hijo, se lo agradeceríamos.

Margaret levanta la vista de la imagen del suelo, aprieta una sonrisa:

—Ya se lo he dicho, sargento: varón, once años, le gustaba leer cómics y cuidar de su hermana pequeña. La verdad, no sé qué más espera que le diga para hacer su trabajo —dice. Después, se agacha estirándose la falda pudorosamente para recoger aquel estropicio del suelo, pellizcando los papeles, uno tras otro, antes de meterlos en la carpeta bajo la mirada impasible de Mamá Gossip. Cuando ha terminado, se incorpora, aprieta la carpeta entre los brazos como si se sintiera desnuda.

—¿Qué piensan hacer al respecto? —dice entrecortadamente.

El sargento se recuesta en su asiento, aprieta los brazos de la silla con las manos:

—Váyase a casa, señora Millford —dice—. Cuando su hijo regrese le gustará encontrarla allí, esperándole.

Margaret sacude la cabeza dos veces, tratando de apartar de los ojos el mechón que se le ha desprendido de la coleta:

—No le entretenemos más —dice educadamente.

Dona y Thelma cruzan una mirada significativa y abandonan las primeras el despacho seguidas de Mamá Gossip, que camina erguida, como si no se arrepintiera de haber dado su parecer con franqueza. Margaret va la última de todas: lleva la carpeta mal cerrada entre los brazos y procura mantener un ritmo hierático pero, al llegar al final del pasillo, pierde el paso con tan mala suerte que un pie se le tuerce y el tacón del zapato sale disparado de manera aparatosa.

—¿Estás bien, querida? —pregunta Mamá Gossip, ya en la calle, al reparar en la manera que tiene Margaret de cojear para descender la escalinata de salida.

—Perfectamente —repone Margaret poniéndose los guantes de cuero, cerrándose la gabardina con un lazo apretado, anudándose el pañuelo de raso al cuello.

Cuando Harold llega a casa después de la jornada, encuentra a Margaret atareada en la habitación de Martin: su mujer arroja los juguetes, las chapas, las colecciones de cromos y los cedés de música al fondo de una caja de cartón inmensa, casi tan grande como la cama. Hay dos cajas más, cerradas y precintadas, apiladas junto a la pared del fondo ahora desnuda y sombreada de rectángulos claros que indican el lugar donde antes había un póster, un dibujo, un cartel. La ropa de Martin está amontonada en una pirámide de prendas en mitad del paso, la camiseta con la calavera y aquellos pantalones raídos que no había forma de que se quitara coronan la cúspide bien extendidos, como si los hubieran planchado antes de arrojarlos al montón.

—Marge, ¿qué hay? —pregunta Harold sin voz apenas—.¿Qué sucede? ¿Es que ha dicho algo la policía?

—Nope —dice ella sin detenerse a mirarlo. Después recobra el aliento, por un solo segundo, y se dirige a la ventana para abrir una rendija—: ¿Puedes decirle a Claire que acueste a Jos? No puedo hacerlo yo todo—dice y continúa apretujando un ejemplar de cómic tras otro en la caja.

Harold se acerca, se sienta en el borde de la cama de Martin, con el colchón ahora desnudo, y mira la mancha gris que hay en el centro de cuando Martín aún la mojaba por las noches. Recoge del suelo un dibujo de un murciélago que ha ido a parar al pie de la cama, esboza una sonrisa cuando repara en aquellos colmillos de vampiro que asoman de la boca del bicho y levanta la vista a Margaret, que sigue a lo suyo: su mujer lleva puesta aún la gabardina, un pañuelo de raso atado bajo la barbilla, como si acabara de llegar de la calle, y ni siquiera se ha quitado los guantes de cuero. Cuando Margaret da un paso para alcanzar otro de los cómics, Harold repara en la extraña forma que tiene de apoyar el pie en el suelo, como si le doliera. Parece hinchado dentro del zapato de cordones, un zapato raro, plano, sin tacón alguno.

—Marge, ¿estás bien? —musita él mirándola con la cabeza agachada.

—Perfectamente —repone ella. Arroja el fascículo que tiene en la mano, se rasca la frente—: Harold, la niña, vamos —dice.

Harold asiente, pliega el dibujo del murciélago por la mitad y se lo guarda en el bolsillo:

—Yo me ocupo —dice levantándose de la cama. Describe un rodeo innecesario alrededor del montón de ropa camino de la salida, con la vista clavada en la calavera estampada que corona la cumbre, y al salir, cierra la puerta sin hacer ningún ruido.


Autora: Amparo Seijo, 2008
Antología de cuentos “Trece maneras de matar a un ser querido”

Imagen: Go to jail, go directly to jail, monopoly; Ann Elizabeth Schlegel
www.dailypainters.com















Aviso legal: Esta página web utiliza Google Analytics, un servicio analítico de web prestado por Google, Inc., una compañía de Delaware cuya oficina principal está en 1600 Amphitheatre Parkway, Mountain View (California), CA 94043, Estados Unidos (“Google”). Google Analytics utiliza “cookies”, que son archivos de texto ubicados en su ordenador, para ayudar al website a analizar el uso que hacen los usuarios del sitio web. La información que genera la cookie acerca de su uso del website (incluyendo su dirección IP) será directamente transmitida y archivada por Google en los servidores de Estados Unidos. Google usará esta información por cuenta nuestra con el propósito de seguir la pista de su uso del website, recopilando informes de la actividad del website y prestando otros servicios relacionados con la actividad del website y el uso de Internet. Google podrá transmitir dicha información a terceros cuando así se lo requiera la legislación, o cuando dichos terceros procesen la información por cuenta de Google. Google no asociará su dirección IP con ningún otro dato del que disponga Google. Puede Usted rechazar el tratamiento de los datos o la información rechazando el uso de cookies mediante la selección de la configuración apropiada de su navegador, sin embargo, debe Usted saber que si lo hace puede ser que no pueda usar la plena funcionabilidad de este website. Al utilizar este website Usted consiente el tratamiento de información acerca de Usted por Google en la forma y para los fines arri
ba indicados.