(Sigue)
—Supongo que tendrás una buena excusa para explicar tu conducta de hoy, completamente injustificada —dice Margaret, tapando el auricular del teléfono con la mano.
Martin aparece a las nueve y cuarto de la noche, sofocado, con el pelo revuelto y manchado de algo pringoso. Margaret está al teléfono, discutiendo con un policía por qué no pueden cursar su denuncia.
—…ya le he dicho, señora, que necesitamos al menos veinticuatro horas para ponernos en marcha, por una sencilla cuestión de economía de recursos —explica el agente de policía con voz de empezar a hartarse de aquella discusión.
—Supongo que no le importará repetir esas mismas palabras ante cualquier tribunal —replica ella sin apartar la vista de Martin.
El chico camina arrastrando los pies hasta la escalera, dejando un rastro de barro a su paso. Sube ruidosamente al piso de arriba y se encierra en su habitación de un portazo.
—Supongo, señora —dice el agente al teléfono.
—Identifíquese, agente —exige Margaret.
—Hamilton Morris, sargento.
—Y su número de placa…
—Cuatro seis nueve dos cinco, señora.
Margaret espera un momento, mascullando los números como si los anotara en un papel, antes de añadir:
—Suerte tendrá de que a mi hijo no le suceda nada malo, sargento, porque de lo contrario usted y su preciosa placa van a cansarse de patrullar la periferia, ¿me he explicado con claridad? —y cuelga.
Josephine está dando golpes al televisor con un sonajero de goma: en la pantalla aparece una marioneta que baila en círculos concéntricos mientras una voz en off repite: «saltar, saltar, saltar». Josephine deja de golpear la pantalla y empieza a saltar en el preciso momento en que su padre, Harold, entra por la puerta.
—Tendrás que hablar con tu hijo —le indica Margaret a su marido en lo que recoge el tazón de puré medio vacío que se ha quedado olvidado en la trona—. Hoy se ha fugado del colegio falsificando una autorización mía, ¿te lo quieres creer?
Harold se desabrocha el botón del cuello con una mano y se afloja el nudo de la corbata con la otra al tiempo que sigue a su mujer a la cocina. Abre la nevera y se asoma a su interior, apoyándose en las rodillas para ver mejor detrás de la colección de tupper wares precocinados para la semana. Al cabo de un rato exhala un lamento largo.
—Supongo que preguntar por mis encurtidos va a ser poco delicado en este preciso momento, ¿verdad Marge?
Margaret no contesta pero por la manera que tiene de colocar los cubiertos en el cajón, arrojándolos a puñados, Harold sabe que es mejor no preguntar más. Saca una cerveza abierta del fondo del cajón de verduras, donde esconde su reserva secreta, y bebe un sorbo. Apenas le queda gas, pero menos es nada. Después agarra una lata de soda de la puerta y cierra la nevera:
—¿Y qué? —pregunta al tiempo que abre la lata empapándose la mano con la espuma—. ¿Cómo te fue en los tribunales? ¿Ya te han nombrado presidenta de la asociación de madres del año en pro de una televisión más justa? —bromea.
—No bebas de la lata —ordena Margaret—, a saber quién le habrá tocado.
Harold se limpia la boca con el dorso de la mano y se dirige al amarito para sacar un vaso de plástico. Mientras vacía la lata en el interior del vaso, Harold lanza miradas furtivas a Josephine, que aún salta delante de la tele, pensando en cómo convencer a su hija para que renuncie a su programa y él pueda ver la final de la Copa del Mundo de Baloncesto, aunque sea con la niña a cuestas.
***
Las chicas de la asociación había preparado una documentación exhaustiva: un rimero de doce porfolios, cada uno con más fotografías que el anterior. Y Margaret tiene su álbum de recortes, además. Casi cuarenta titulares, recopilados en los últimos dos meses, donde se exponen casos de familias afectadas por todo lo ancho y largo de los Estados Unidos.
Desde el teléfono de la entrada, Margaret llama a Mamá Gossip para aclarar los últimos detalles de la estrategia a seguir ante el tribunal. Mamá Gossip escucha atentamente la exposición que Bryan y ella han preparado y, al concluir, la felicita por su excelente trabajo con tal efusividad que a Margaret se le dibuja una amplia sonrisa en sus labios, discretamente perfilados. Pero al colgar el teléfono repara en la cara de su hijo Martin, que está haciendo muecas contra el cristal de la puerta que separa el recibidor del cuarto de estar, llenándolo todo de babas, dedos y vaho, y se le amarga la expresión.
—¿Terminó tu hermana de merendar? —le pregunta repasando por encima sus porfolios.
—No quiere más —replica Martin, remoloneando.
Maggie le lanza una mirada reprobatoria, pero cierra el maletín y se acerca a la trona donde Josephine merienda siempre su papilla de cereales. La niña está jugando con el recipiente medio lleno, aplastando los grumos, embadurnándose la cara y el mantel con la cuchara pringosa. Margaret va a buscar un trapo a la cocina:
—Estarás contento —le dice a Martin, que continúa haciendo muecas contra el cristal—. A tu edad y aún con esa conducta. ¡Martin!
Martin no se vuelve hacia ella, pero separa la cara del cristal.
—Martín, ¿no crees que ya va siendo hora de que te portes como un chico de once años y contribuyas en la casa, amiguito?
—Si me sale de las narices pondré la Comedy cuando te hayas ido —le dice él.
Margaret se afana en limpiar el estropicio de Josephine, procurando no manchar su traje de la suerte —el traje que siempre utiliza para las vistas, con lazo de elegancia al cuello y chaleco con cuadros de la fortuna.
—No, no puedes—dice ella levantando el codo para evitar rozar el tazón al pasar el trapo.
—Me escaparé —replica Martin, apartándose los rizos castaños de la frente, metiéndose las manos en los bolsillos del canguro—. Saltaré por la ventana y no volverás a verme en lo que te queda de vida.
—Tienes tus comics, Martin. Dijiste que si te compraba los comics del capitán ese, el del caballo, te portarías bien y te conformarías sin ver esos dichosos dibujos.
Josephine todavía aferra en el puño la cuchara embadurnada de papilla con la que continúa revolviendo su merienda.
—No puedes obligarme a hacer nada que no quiera —dice Martin golpeando la puerta con el puño de manera que el cristal tiembla.
Margaret levanta la vista hacia Martin, sólo un momento, lo suficiente para que su hijo se de cuenta de que empieza a perder la paciencia. Martin se muerde los labios, da un paso atrás, apretando los puños. Josephine aprovecha su descuido para lanzar una porción de papilla contra la pantalla del televisor:
—¡Ves lo que has conseguido, Martin! —dice Margaret forcejeando con la pequeña para que suelte el cubierto.
Josephine no va a renunciar a su diversión tan fácilmente: la niña manotea mientras Margaret trata de hacerle soltar la maldita cuchara antes de que termine de echarlo todo a perder con la dichosa papilla.
—Púdrete— masculla Martin.
Margaret cierra los ojos, consulta su reloj de pulsera, se incorpora:
—Está bien —dice, inspira una profunda bocanada con olor a papilla de frutas—, limpia este estropicio y puedes ver los dibujos con tu hermana, Martin.
Josephine consigue meter nuevamente la cuchara en el recipiente y ahora aplasta la papilla a dos manos.
—Son para bebés —dice Martin.
—Precisamente —repone Margaret colocando el trapo encima de la trona para pelear por la cuchara con ambas manos.
—Quieres que me los trague porque los sacaste en un juicio, que te crees que no se te nota.
De un manotazo Josephine lanza el cuenco y la cuchara por los aires, salpicando de una pasta blancuzca y pegajosa todo a su alrededor, incluido el pelo y el chaleco de la suerte de su madre.
—¡Has visto lo que has hecho! —grita Margaret horrorizada—.Te he dicho mil veces que cuando termines de darle la merienda a tu hermana le retires la comida de delante. ¡Martin! ¡Martin! Mírame cuando te hablo.
Martín propina una patada a la puerta, con tanta fuerza, que el cristal se resquebraja por la mitad.
—¡Maldito niño malcriado! —dice Margaret incorporándose.
Sin darle tiempo a reaccionar, Martin se precipita hacia la puerta de la calle, la abre para salir a la carrera y cierra tras él con un portazo que le produce a Margaret un nuevo sobresalto. Josephine entonces rompe a llorar y, casi inmediatamente, el timbre de la puerta emite un bocinazo largo e irritante. Margaret se limpia como puede el pelo y el chaleco, limpia las manos y la cara de Josephine y la toma en brazos para acercarse a la puerta principal a abrir:
—¿Qué le pasa a Martin, señora Millford? —dice Claire, la canguro, masticando ruidosamente un chicle que despide un empalagoso aroma a sandía.
—Cámbiala, que voy retrasada —se limita a contestar Margaret entregándole a la niña.
—¿Cómo está mi Jos? Ago, ago, ago —dice Claire camino del salón con Josephine en brazos. Al llegar ante la puerta con el cristal roto, se detiene—: ¿Y esto? —pregunta abriendo la boca más de lo necesario.
—Asegúrate de que Martin vuelve antes de las ocho, ¿has entendido? —se limita a contestar Margaret mientras repasa su aspecto en el espejo de la entrada: la mancha de papilla del chaleco resulta tan visible que es mejor no pensarlo—. ¡Y acuesta a Josephine a su hora! —grita agarrando el maletín y sus archivos de manera que la mancha quede tapada.
—¡Tenga cuidado! —dice Claire antes de que salga—. He visto a unos chicos tirando globos con pintura a los coches en la avenida Gardinton. Ya sabe: lo mismo que hacen en el programa ese de variedades de los martes.
****
—Quince de quince, Maggie. Supongo que estarás orgullosa —dice Bryan, su abogado, comprobando el tráfico por el espejo retrovisor.
Bryan se ha puesto brillantina en el pelo y mocasines de piel para acudir al tribunal a recoger la sentencia. A la salida la prensa les ha abordado, pero Bryan les ha dado esquinazo arrastrando a Margaret por la cintura hasta el coche que tenía aparcado en la esquina.
—Déjame en la avenida Lexinton, si no te importa Bryan. Tengo el coche allí aparcado —dice Margaret estirándose el bajo de la falda. El asiento de copiloto de Bryan le resulta extrañamente bajo, indecoroso.
—Me gustaría enseñarte algo, si es que no te viene mal —repone él sonriéndole de medio lado.
Margaret gira la cara hacia él para mirarlo sin ambages: Bryan tiene buen aspecto hoy. Al entrar en el coche se ha quitado la chaqueta y los músculos del brazo se le marcan por debajo de la fina camisa de hilo cada vez que gira el volante para maniobrar. Margaret desvía la mirada hacia la ventanilla e inspira: Bryan se ha puesto una loción de afeitado muy refrescante, con aroma a lavanda y fondo de lanolina.
—Preferiría que no, Bryan. Tengo que recoger a Martin y ya voy retrasada—murmura ella mirando por la ventanilla hacia el parque: una mujer gruesa, ataviada con un mono azul, recoge papeles del césped con un punzón y los guarda en un saco sin importarle si los residuos son plásticos o celulosos.
—Sólo será un momento, Maggie. Vamos. No seas tan estricta, mujer. Si te va a gustar, ya lo verás.
Ella consulta la hora en su reloj de muñeca, mira a Bryan de reojo y vuelve a mirar el reloj:
—De acuerdo—dice repentinamente—: diez minutos, es todo lo que te concedo.
Bryan gira por la avenida de la derecha y la clavícula de su hombro se revela ancha y torneada debajo de la camisa:
—Me sobran cinco —replica jovial.
Lo que Bryan quiere enseñarle son sus nuevas oficinas:
—Pensar a largo plazo, Maggie: media planta entera para nosotros solos —indica en cuanto llegan al puesto de recepción de la octava planta, abriendo los brazos ampliamente como si quisiera abarcar todo el espacio posible—. Siete despachos, nada menos, y dos salas de reuniones en las que poder recibir a las personalidades de la asociación como la señorita Margaret Millford—añade chascando la lengua, sonriéndole a Margaret con complicidad.
Margaret repara en el enorme letrero dorado «Bryan McQueen y asociados» que cuelga en la pared del fondo de la recepción y esboza una tímida sonrisa.
—En dos semanas tenía previsto el traslado pero, a la vista de nuestro último triunfo contra la Paramount, seguramente lo adelantemos —proclama Bryan hinchando las mejillas de satisfacción mientras juguetea con su alianza de matrimonio haciéndola girar en la base del dedo.
Margaret pasa la mano por el estucado de la pared, aprieta una sonrisa lanzando una mirada rápida a Bryan, que en ese momento se presiona el pelo con los carpianos como si temiera que se le despegara de las sienes, y se sacude tímidamente el polvillo que se le ha quedado adherido a la mano al pasarla por la pared.
—La pintura es provisional —dice entonces Bryan—. Podemos cambiarla cuando nos venga en gana.
Maggie asiente, eleva la vista a las molduras del techo:
—¿Es escayola? —pregunta levantando el dedo.
Bryan mira hacia donde Margaret señala:
—Sí, eso creo.
—Muy original —repone ella hablando más alto de lo necesario. Al elevarse su voz en aquella estancia inhóspita, le suena abovedada, inquietante, como si repentinamente revelara lo solos que se encuentran en aquellas oficinas a medio decorar.
Margaret se sube el asa del bolso en el hombro, inspira y espira entrecortadamente, se mira el reloj de pulsera y, al levantar la vista, descubre a Bryan observándola atentamente.
—¡Por cierto! —exclama Bryan con una animación impostada—. Acompáñame, tengo que enseñarte aún algo más —añade tomando a Margaret del brazo para conducirla al interior de las oficinas—. He pensado cambiar estas mamparas tan sosas por unas cristaleras tan largas como la pared, ¿qué te parece? —explica al llegar al distribuidor.
Margaret inhala una profunda bocanada con olor a loción de afeitado y sonríe:
—Impresionante, Byan. Lo reconozco. Nada que ver con ese despacho tan desordenado dónde te encontré hará, ¿cuánto? ¿Cuatro? ¿Cinco años?
—Seis años, exactamente —repone Byan cerrando los dedos en torno a los puños de la camisa.
Margaret baja la vista al suelo, adelanta un pie para comprobar el grosor de la moqueta raspándola a contrapelo con el tacón cuadrado del zapato.
—Un local muy bien escogido: céntrico, luminoso—dice ella aprobando con la cabeza el color mostaza suave de la alfombra. Cuando levanta la vista hacia Bryan, él vuelve a jugar con su alianza y ella le sonríe—. Allison y tú ganaréis en calidad de vida, porque reconocerás que prácticamente vives en tu oficina —añade con confianza.
Bryan borra la sonrisa de su cara y Margaret lo escudriña ladeando la cabeza.
—Supongo que tu esposa se sentirá orgullosa de tus progresos, Bryan, ¿me equivoco? —dice.
Bryan hace girar la alianza en la base del dedo otra vez, se vuelve a atusar el pelo en las sienes:
—Ven —dice al tiempo que toma a Margaret del codo para conducirla a un pasillo lateral—. Quiero que veas otra cosa.
Margaret avanza despacio, acompasando su ritmo al caminar elástico de Bryan.
—Harold no lo entiende —dice Margaret de pronto. Suspira—. A veces, me pregunto cómo conseguimos consensuar la asociación con nuestras responsabilidades domésticas sin confundir unas cosas con las otras —confiesa más relajada a cada paso que avanza a través del pasillo.
Huele a pintura allí dentro, como Margaret siempre imaginó que olería un decorado de Hollywood. Bryan la conduce a su despacho para enseñarle los muebles de madera de cerezo. Su despacho ocupa la esquina y es el más grande: un hermoso ventanal de cristales ahumados deja la habitación en penumbras.
—Es muy espacioso —dice Margaret pasando el dedo por encima del tablero del escritorio para comprobar si hay polvo—. Supongo que colocarás algunas plantas, para hacerlo más acogedor.
Bryan sonríe:
—¿Ves por qué quería que lo vieras? Necesito ideas como estas, Maggie.
Margaret también sonríe con modestia:
—¿No te ha sugerido Alison nada parecido? —murmura.
Bryan se vuelve a repasar el peinado:
—Ella no lo ha visto aún.
Se produce entonces un silencio espeso, con leve aroma a aguarrás y pasta adhesiva, en el que ella disimula su turbación repasando los acabados del techo cruzada de brazos.
—¿Qué otras cosas se te ocurren, Maggie? —pregunta Bryan tímidamente, bajando el tono—. ¿Una cocina americana, para cuando las reuniones se dilatan?
Margaret sonríe: descruza los brazos, avanza hacia la pared del fondo, completamente vacía salvo por una puerta estrecha, y se afloja el lazo del cuello un poquito.
—A mí siempre me gustaron esas cocinas, como en las antiguas películas de Audrey Hepburn —dice girándose de manera que la chaquetita hace un vuelo y ella la sujeta abierta con las manos en la cadera—: mientras el mundo trama sus intrigas, ella se acerca ingenuamente a la encimera para cocinar una tor…
—¡Tortilla de galletas! —exclama Bryan dando un paso al frente.
Margaret recuerda de pronto dónde se encuentra y se cierra la chaqueta:
—Precisamente.
—La película es Sabrina: me encanta esa escena en la que Humprey Bogart la lleva a su despacho y ella descubre los billetes de avión encima de la mesa de reuniones y entiende lo que él siente.
Se hace un nuevo silencio: Margaret mira su reloj de pulsera, baja los brazos, se coloca el bolso en el hombro sin saber muy bien qué hacer con las manos.
—Sí bueno, debería marcharme —dice, aunque no se mueve del sitio.
Bryan se acerca a un diván y quita la sábana que lo cubre levantando una polvareda de yeso.
—Vamos, Maggie —dice Bryan plegando la sábana despacio—descansa un momento. Debes estar agotada después del trasiego de las últimas semanas —arroja la sábana a un rincón y entonces se desabotona los puños para remangarse, revelando unos antebrazos robustos que a Margaret le recuerdan a los de un nadador. Bryan sonríe de medio lado y un hoyuelo se le marca en la mejilla impecable, como recién afeitada—: necesito sincerarme contigo, Maggie —añade.
Margaret traga saliva: tiene la impresión de deber añadir algo, un comentario ingenioso, pero no se le ocurre nada. De pronto le parece que estuvieran demasiado solos en aquel despacho a medio desembalar y su corazón se acelera, tanto, que se cruza de brazos para que nadie más lo note. Bryan entonces se acerca a ella y se detiene delante, ligeramente inclinado hacia el frente de manera que su cara queda muy cerca de la de ella:
—¿Permites? —susurra.
Margaret baja la cara, aturdida:
—Bryan, yo…
—Necesito entrar un momento ahí —dice señalando la puerta que queda a espaldas de ella.
Margaret se aparta a un lado, avergonzada.
—Sí, bueno, Bryan. Yo me tengo que marchar, en realidad. ¿Crees que podrías conseguirme un taxi para ir a la avenida Lexinton a por el coche? —dice.
Pero Bryan no contesta, quizá no la haya oído con el ruido que hace el grifo del agua, y mientras él se lava las manos allí dentro, ella comprueba que el plástico que aún envuelve el sofá no se haya manchado de polvo antes de sentarse. Se inclina, mira hacia la puerta entrecerrada: Bryan continúa con el grifo abierto, puede oír el ruido que hace el agua al salir a presión.
Inspira, espira y se asoma a una de las cajas de mudanzas que encuentra a un lado para curiosear. Bryan ya ha llevado algunas de sus pertenencias a su nuevo despacho, por ganar tiempo. Hay algo allí, entre las carpetas, que llama su atención y Margaret aparta el bote de lapiceros que hay encima para sacar aquella foto recortada de un diario en la que aparece ella junto a Bryan. ¿Qué significa aquella fotografía? Su corazón empieza a palpitar nerviosamente, contiene la respiración. No recuerda ese día, debió ser hace mucho tiempo porque ella lleva ropa premamá. Aún no tenía demasiada tripita pero el busto estaba muy hinchado y se le marcaba demasiado con aquel jersey en blanco y negro: la línea del sujetador, el contorno del pecho. Bryan sonríe a su lado en la imagen: la agarra del talle mientras contiene a la prensa interponiendo su brazo robusto entre Margaret y ellos.
—¿Qué tienes ahí? —dice Bryan, a su espalda.
Margaret suelta el recorte en la caja y se levanta despacio, ayudándose con las manos en las caderas para que la falda quede bien estirada.
—Me marcho, Bryan —dice soltando el aire de golpe.
Se aleja hacia la puerta con paso decidido.
—Espera, Maggie—la intercepta Bryan—. Te acercaré a la avenida Lexinton, dame un momento.
Bryan se ha colocado en mitad del camino de salida, impidiéndola avanzar a menos que describa un rodeo absurdo.
—Bryan, no—dice Margaret desafiante—. Tengo una familia a la que atender. —Sin querer, se lleva la mano al lazo del cuello como si, repentinamente, le apretara.
—Sólo será un momento, lo prometo —repone Bryan, agarrándola con suavidad por el codo para conducirla de nuevo hasta el diván. Margaret se deja llevar, se sienta con las piernas cruzadas, con los brazos cruzados.
— ¿Y bien? —dice ella tamborileando con la punta del zapato de forma que el cordón oscila de un lado a otro.
Bryan se agacha ante ella, revuelve en la caja en la que ella husmeaba y saca el recorte de periódico:
—¡Caramba! —dice repasando aquel recorte—. ¿Recuerdas este caso?
Margaret descruza las piernas inquieta, estirándose el bajo de la falda para cubrirse las rodillas.
—Di lo que sea, Bryan, y vámonos —replica ella impaciente.
Bryan se sienta a su lado, demasiado cerca: a esa distancia el olor que despide su loción se mezcla con el aroma a vainilla de su piel. Margaret enlaza las manos en su regazo, empujando la falda hacia delante para que quede bien alisada.
—La de tiempo que hace que nos conocemos, ¿verdad Maggie? —dice él.
Margaret inhala una bocanada profunda de la loción de Bryan, buscando algo apropiado que decir, y expulsa el aire por la boca entrecortadamente cuando dice:
—Una eternidad —con la vista clavada en sus manos, estrechas y muy pálidas, en aquellas uñas tan deformadas cuya visión, repentinamente, le provoca la imperiosa necesidad de encoger los dedos para esconderlas.
Bryan entonces le coloca, encima de las suyas, su mano ancha, tibia al contacto:
—Margaret, necesito decírtelo —murmura él, habándole a los ojos—: las cosas entre Allison y yo ya no funcionan.
Al notar cómo se le eriza la piel de la espalda, Margaret retira las manos con brusquedad, doblando los brazos hacia arriba para taparse el pecho pudorosamente.
—Bryan, yo… —es todo lo que logra murmurar. Contiene la respiración apretando los labios mientras observa los ojos suplicantes de largas pestañas de Bryan, las arrugas alrededor de su boca rubicunda, el rastro del hoyuelo que remata su mejilla. La mano de Bryan ha quedado posada encima de su rodilla y ahora presiona levemente su rótula, inclinando la cabeza hacia ella. Margaret entreabre la boca y, al escapar su aliento, produce un gemido que no reconoce como suyo: sus labios quedan tan al alcance de los de él, que los observa sólo un momento, como si calculara sus dimensiones exactas, antes de cerrar los ojos bien apretados y lanzarse a abarcar la boca de Bryan en toda su amplitud. La lengua afilada de Margaret tantea hasta alcanzar el velo de su paladar, como si anduviera a la búsqueda de algo y Bryan nota un regusto inquietante, a metal y leche agria, antes de darse cuenta de lo que sucede: Margaret lo aferra entre sus brazos, atrayéndolo hacia ella como si lo invitara a abordarla encima del sofá de piel sintética sin desembalar.
—No, Maggie —murmura Bryan, empujándola con suavidad para que ella se separe—. No me he sabido explicar.
Ella abre los ojos sacudiendo la cabeza, como si despertara de un sueño. Bryan se ha puesto en pie: su cara está arrebolada y observa a Margaret, con las cejas levantadas, reparando en su disposición —la falda subida casi a la altura de las rodillas, el lazo de la camisa que se ha desecho dejando al descubierto parte de su torso escuálido por el escote, ahora abierto. Margaret se incorpora precipitadamente, se baja la falda de cualquier manera:
—¡Oh, Dios mío! —dice ella limpiándose la boca con el dorso de la mano—. ¡Oh, Dios mío!—repite cerrándose el cuello, evitando mirar a Bryan a la cara.
—Lamento el malentendido—musita Bryan.
Pero ella ya ha escapado del despacho a la carrera. Al llegar al final del pasillo, Bryan la ve sacudir la cabeza a ambos lados desorientada, incapaz de decidirse por uno u otro lateral hasta que, finalmente, opta por el de la derecha y abandona la oficina con un portazo.
En cuanto alcanza la calle, Margaret salta al interior del primer taxi que encuentra libre:
—Avenida Lexinton —dice su boca mecánicamente. Pero su cabeza no deja de pensar en Bryan, en su olor a lavanda y aquella rudeza de su mentón áspero contra su mejilla, los labios finos con aliento a vainilla, el tacto compacto del pelo engominado entre sus dedos. No puede recoger el coche, no puede conducir. No en semejante estado—. Un momento: lléveme al Centro de Educación White Mountain, en la avenida Rosebud con la sexta— corrige.
El taxista bufa de mala gana pero hace un giro ilegal para cambiar de sentido con un volantazo tan brusco que ella se da un bandazo contra la puerta trasera. En otras circunstancias, Margaret le habría tomado el número de licencia para tramitar una reclamación como mínimo. En esta ocasión, ni siquiera protesta.
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(Continuar)Imagen: Comics; Ann Elizabeth Schlegel
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