miércoles, 16 de septiembre de 2009

Sesión matinal

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¿Qué mosca le habrá picado hoy a doña Gracita que, precisamente ella, tan formal, tan ordenada, tan convencida de haber visto ya de todo, se ha sentado al pie de la puerta del cine adonde acude cada mañana, con los brazos cruzados de los que no se piensan levantar de allí en la vida?

Ya le pueden insistir los bomberos, los gendarmes, la taquillera y los mozos de reparto a domicilio del colmado de la esquina: que se levante, doña Gracita, que hoy no va a haber sesión de cine por culpa de una jirafa, ¿no lo sabe? Aparte de ahí, doña Gracita, que se ha colado una bestia en la sala y hoy no hay proyección que valga, ¿no se entera?

A doña Gracita no hay quien la mueva, ¡faltaría más! Tiene su abono mensual, su bolsita de labor y una fuerza de voluntad que ya quisieran los que mueven las montañas. Ya le pueden venir los bomberos con sus mangueras de tres al cuarto a punto de chorro, que un gendarme aparte a esa loca; ya se le pueden poner farrucos los gendarmes con sus porras y sus gorras de visera, que un bombero la quite de en medio. Ella no se va a mover salvo que abran las puertas con orden de pasen y vean, no señor.

Los bomberos deambulan a su alrededor, discuten con el jefe de gendarmería, le achacan que es cosa suya atender al ciudadano, señalándola entre risas y sin disimulo. Pero ella ni se inmuta, ahí bien acomodada.

Señora, la interroga un micrófono de reportero que ha salido de la nada, ¿qué es lo que reivindica? Ella lo mira de abajo a arriba, rebusca en su bolsa de labor y no termina de hurgar hasta que el micrófono se ha aburrido de que lo ignoren.

Algo le ha dado a Doña Gracita esta mañana, algo atávico, un mal fario, cierto vahído, vaya usted a saber, porque nadie se explica cómo precisamente ella, tan conformista y organizada que cada día llega a puntual a la primera sesión, que cada tarde anota en su calendario, con una pintura malva, otro día más, ya falta menos, se le haya puesto en la voluntad plantarse allí en medio con su falda hinchada que cualquier diría que se trata de una gallina clueca con toda la pinta de no irse a levantar, no señor.

Ahora ha sacado la labor de calceta y cuenta en voz baja, al derecho y al revés, mientras los bomberos y los gendarmes echan a suertes quién da la nota ante los micros, de quién es competencia cuando una jirafa se cuela en un cine y a una señora, vaya usted a saber por qué, le da por bloquearles el paso con la intención de entrar en la sala como cada mañana a ver su peliculita de amor a la luz de los focos.

Al cabo de un rato de idas y venidas, alguien avisa a Ramón, el acomodador, que se acerca a doña Gracita con el paso blando y la linterna dispuesta. Doña Gracita, ¿va todo bien? Ya ves hijo, aquí, tirando. Yo no es por disgustarla pero hoy no hay matinée, qué vamos a hacerle. ¿También tú, Ramoncete? Si es que se nos ha colado una jirafa esta noche, figúrese usted. Una jaca bien hermosa, si la viera con esos cuernos, con tantas manchas. Ahí está, en primera fila. Anda, Ramón, pásame adentro. Pero señora… Un ratito.

Ramón mira ahora a un gendarme. No a ese tan alto y tan formal, sino al otro, el que lleva la camisa con un lamparón de papilla y la gorra de medio lado como si le estorbara. ¿Qué hacemos?, parece decirle levantando su linterna. El gendarme está cansado, levanta la barbilla: anda para adentro, parece que le contesta. Y Ramón, muy obediente, se agacha lo justo para que Doña Gracita pueda oírle: ande, pase.

Doña Gracita se incorpora muy despacio, se sacude los faldones por delante, por detrás, cruza el vano con su abono bien dispuesto: venga, tique, susurra. Ramón tica con cuidado para acertar en la fecha y justos cruzan la entrada como cada mañana.

Ya en la sala huele raro, como a dolores de barriga. Ramón levanta la linterna. Ahí la tiene, dice apuntando a la bestia que rumia en la penumbra. Doña Gracita mira aquella fiera grande, tan gigantesca que casi toca en el techo con esos cuernos de pompones. La jirafa esquiva la luz de la linterna, se gira hacia la pantalla y doña Gracita aprovecha para sentarse en su butaca, ni muy cerca ni muy lejos. Anda, enchufa, susurra a Ramón y él obedece. Aguarda cinco minutos y entonces, por fin, la pantalla se ilumina y aparecen los títulos, en gris y sepia, y un estruendo de trompetas hace que vibre la moqueta

La jirafa se asusta, muerde un asiento produciendo un ruido de roedor. Chisss, chista doña Gracita sacando la calceta. La jirafa se queda quieta un momento y continua mordisqueando el respaldo mientras en la pantalla el galán en gris con sombrero agrisado enciende dos cigarrillos al mismo tiempo y le ofrece uno a una mujer en perla con un vestido de raso negruzco. Ella no es de fiar, esconde un secreto inconfesable, doña Gracita lo sabe muy bien por cómo echa la cabeza hacia atrás y se burla, jo, jo, jo, del infeliz que la persigue para encenderle los cigarrillos.

De vez en cuando a la jirafa le da por sacudir la cabeza y salpica todo de guata. Doña Gracita chista, chisss, se limpia los copos guateados de los hombros y sigue con su calceta, una al derecho, dos al revés, sin apartar los ojos de la pantalla. Cuando aparece el rótulo de «FIN», doña Gracita guarda la labor, se incorpora, se vuelve a sacudir los copos de la falda, de los hombros y sale por la puerta sin despedirse de la jirafa, que la ha emprendido a mordiscos contra el telón.

En la entrada se han instalado los gendarmes que continúan discutiendo con el jefe de bomberos. Doña Gracita pasa entre medias, cruza por delante del reportero y de las cámaras, se dirige a la taquilla y allí llama con dos dedos al cristal. ¿Qué es lo que quiere?, replica la taquillera asomando la nariz. Yo no es por incordiar, pero la jaca se lo está dejando todo hecho una pena, se lo aviso, explica doña Gracita.

Después se aleja calle arriba: pasa por delante del puesto de pipas, del quiosco, del colmado, sin detenerse hasta llegar a su portal. Cuando entra en casa va directa al calendario, encuentra su bolígrafo malva donde siempre, en el clavo que hay colgado encima, y consulta la fecha. Pero al ir a anotar, con buena caligrafía, otro día más, ya falta menos, se descubre una nube de guata en forma de pompón prendida a la manga y con la sonrisa se olvida de lo que iba escribir, como si le hubiera picado una mosca.


Autora: Amparo Seijo, 2009

Korzhev-Chuvelev Geliy Mikhaylovich. (URSS, 1964-1967) Madre.

Galería Tetriakov, Moscú. http://www.tretyakovgallery.ru


















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