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Edurne

Los viajes en tren tienen algo mágico. No sé si es la belleza de los paisajes por la ventana, el tiempo detenido, la lectura que me acompaña, el azar, las casualidades. Hace un par de semanas, cogí un tren en Atocha para volver a Zaragoza. Subí pronto al vagón, busqué mi sitio, frente a una mujer que hablaba por teléfono, saqué un libro y me acomodé para pasar un rato agradable. Últimamente leo y escribo mucho sobre montañismo. Estaba terminando de leer la biografía de Edurne Pasaban (‘Catorce veces ocho mil’), la primera mujer en el mundo en escalar los catorce ochomiles de la Tierra. Estaba absorta en el capítulo en el que habla de sus problemas de salud mental, su depresión y sus intentos de suicidio. Pensé: qué valiente, qué mujer tan fuerte, qué vida tan apasionante, qué difícil es encontrar tu propio camino. Levanté la vista del libro, la mujer terminó su llamada, la miré, me miró, vio su nombre en la portada y empezamos a hablar.        

Hace unos días volví a ver a Edurne en Zaragoza, en la conferencia inaugural del ciclo ‘Educar para el futuro’, en el Patio de la Infanta. Es un lujo escucharle contar su historia, desde sus inicios en la montaña en Tolosa hasta hoy, animando a soñar en grande, pero dando pasos pequeños, y siempre rodeada de su equipo. ¿Y ahora qué?, le preguntan en las entrevistas, tras haber conquistado las cumbres más altas y peligrosas del mundo. “Ahora estoy en mi 15º ochomil, el más complicado, el reto más grande de mi vida, que es educar a mi hijo”, nos contó.    

En otro viaje en tren me gustaría que me tocara enfrente de Aitana Bonmatí o Gioconda Belli.   

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(Artículo publicado hoy en Heraldo de Aragón)

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Salmones

Llevo unos días inquieta por los salmones. Leí la noticia en internet y al principio pensé que se trataba de una broma viral o de una ‘fake news’. Pero parece que no. En Noruega están buscando a 27.000 salmones que se han escapado de una piscifactoría. Incluso han puesto precio a su cabeza: 500 coronas (unos 43 euros) por ejemplar. Los salmones se escaparon hace dos semanas aprovechando que una tormenta había agujereado uno de los tanques de su criadero, en el condado de Trons, un paisaje idílico entre fiordos y montañas nevadas. La empresa Mowi, la dueña de la piscifactoría, está preocupada por el negocio (se le han escapado una cuarta parte de sus peces). Por su parte, los ecologistas advierten del riesgo medioambiental de que los salmones cautivos se mezclen con los salvajes.

Sigo buscando noticias para saber la resolución del caso, pero no encuentro mucho más en el mar contaminado de internet. Me acuerdo de ‘Big Fish’, la película de Tim Burton. Todos necesitamos alimentarnos de historias. Tal vez los salmones prófugos querían escapar a su destino, ver mundo, hacer un viaje en busca de aguas más cálidas, conocer a otros peces. Tal vez la mayoría vuelva a casa (dicen que tienen un gran sentido de la orientación y al final de sus días el 90% regresan al lugar donde nacieron). Tal vez alguno rehaga su vida en aguas más meridionales. Iba corriendo ayer por la ribera del Ebro al atardecer, evadiendo la cabeza de noticias internacionales descorazonadoras y recados pendientes, cuando me pareció ver uno asomar la cabeza bajo el puente de Piedra. Shhh, guardaré el secreto, ojalá disfrute de su viaje.

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(Artículo publicado en Heraldo de Aragón el 21 de febrero de 2025)

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Carreteras secundarias

Las circunstancias nos llevan a hacer un viaje imprevisto de Cervera del Río Alhama (La Rioja) a Santander. Decidimos dejar la autopista y viajar por carreteras secundarias. El viaje es más largo pero más bonito. Circulamos entre viñas y campos de cereales, girasoles en flor, desfiladeros, montañas, pequeños pueblos, huertos, helechos y prados rumbo al mar. Es un viaje entre sol y nubes, con algunas gotas de lluvia, como la vida. Me acuerdo de esos versos famosos de Jorge Manrique y apunto los ríos que cruzamos en el recorrido: Alhama, Ebro, Najerilla, Oña, Oca, Nela, Trueba, Cerneja, Calera, Ruahermosa, Cubón… Las vacas y la niebla nos indican que nos acercamos al norte. Vamos a despedir al tío Javier y por la ventanilla se cuelan recuerdos infantiles, fotos, Nochebuenas, veranos, libros, rabas, el “paipo” que nos regaló para saltar olas, imágenes de la playa de Canallave (nuestra preferida), la merluza que nos preparaba cuando íbamos de visita, los sobaos del desayuno, los quesos y anchoas de Santoña, conversaciones de cine y de historia, relatos de viajes, sardinas a la brasa, las vistas de la bahía. Ya huele a mar. Llegamos al final del viaje, convencidos de que merece la pena dejar atrás las prisas, salir de la autopista, no seguir siempre el camino más recto o el más fácil, cambiar la perspectiva, bajar la ventanilla y que entren los recuerdos, disfrutar de las carreteras secundarias.

Javier, aunque no te gustaran mucho los deportes, te cuento que hemos ganado la Eurocopa y que pronto empiezan los Juegos Olímpicos. Y te prometo que volveremos a bañarnos en Canallave.

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(Artículo publicado el 21 de julio en Heraldo de Aragón)

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Golondrinas

Un día estás en casa haciendo coletas y corriendo para llegar a tiempo el último día de cole. Recogiendo las carpetas del curso con dibujos y manualidades. Organizando las mochilas para los campamentos y los cubos para la playa. Y poco después, se han hecho mayores. La infancia de las hijas transcurre rápida como un parpadeo. Cientos de fotos, de risas, de momentos, que revisamos estos días con un nudo en la garganta. Despedimos un curso muy especial, y nuestra casa está llena de maletas y de planes. Pienso en las golondrinas, que llegan a nuestros pueblos a pasar el verano y se marcharán cuando empiece el frío. Las nuestras están a punto de emprender el vuelo. Los estudios, el fútbol, la vida les llevarán lejos. Aprovecharemos este último verano que empieza con Eurocopa, Juegos Olímpicos, viajes, playa, camping, Cervera, horchatas de Tortosa, croquetas del Marqués, películas el viernes por la noche. Podemos repasar algunos de nuestros clásicos: “Cinema paradiso” (ay, esa despedida en la estación), “El cazador”, “El Padrino”, cualquiera de Indiana Jones, algún capítulo de “Cuéntame”.

Antes de que pase (veloz, también) este verano y la pelota comience a rodar en otros campos, sólo os deseamos que seáis felices, que disfrutéis del camino, que valoréis los pequeños momentos, que sigáis soñando, que lo intentéis, que voléis alto, que os manchéis de tierra, que tengáis paciencia, que seáis humildes y ambiciosas, que pidáis ayuda, que no perdáis la curiosidad ni la mirada crítica, que deis muchos abrazos, que encontréis vuestras canciones y libros preferidos, que nos mandéis fotos al grupo de whatsapp.

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(Artículo publicado el 21 de junio en Heraldo de Aragón)

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Gregoria

“Gregoria Lana Fernández, Saragosse 1918-1940”. En el campo de concentración de Gurs (cerca de Olorón, en el sur de Francia) nos encontramos con la tumba de esta mujer. Es una mañana tranquila de domingo, solos en mitad del bosque, el silencio sólo roto por algún pájaro y ladridos lejanos. Gurs es un lugar apenas señalizado que no sale en las guías turísticas. Aquí estuvo el mayor campo de internamiento de Francia, construido en 1939 y cerrado a finales de 1945. Por aquí pasaron unas 64.000 personas, un tercio de ellas refugiados españoles, se calcula que unos 5.000 aragoneses.

El centro se construyó primero como campo de acogida para los miles de republicanos españoles y voluntarios de las Brigadas Internacionales que huían de España. Después, el Gobierno de Vichy lo convirtió a partir de 1940 en un campo de concentración para judíos, colaboracionistas y prisioneros de distintas nacionalidades. Las vías recuerdan que de aquí partieron decenas de trenes a Auschwitz. A partir de los años 60, comenzó la recuperación de este espacio y su memoria. Paseamos por el cementerio, donde están enterradas 1.703 personas, la mayoría alemanes, también unos pocos españoles, como Gregoria.

Vuelvo de Gurs con ganas de saber más (veo el documental ‘Gurs, historia y memoria’, de la zaragozana Verónica Sáenz) y con muchas preguntas. ¿Quién era Gregoria Lana Fernández, que murió con 22 años? ¿Cómo llegó al campo de Gurs? ¿Cruzaría los Pirineos sola, con su familia? ¿Tenía pareja, hijos? ¿Dónde nació y vivió en Zaragoza? ¿Cómo fue su infancia? Hoy tendría 105 años…

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(Este artículo se ha publicado en el Heraldo de Aragón el 21 de abril)

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Aviones

Veo un avión alzarse al cielo de Madrid e imagino que es el tuyo, Lara. Uno blanco de United Airlines con la bandera estadounidense pintada en la aleta. En la bodega va tu maleta grande fucsia en la que has metido apretada toda la ropa que te ha cabido para un año. En la mochila de mano llevas el móvil, el pasaporte, unos dólares, una foto de la familia Young que te espera al otro lado del Atlántico, unos pocos nervios, todas las ilusiones y los sueños de los 16 años. Este verano me recordaba Facebook la foto de cuando te marchaste sola por primera vez a tu primer campamento. Tenías ocho años, una mochila que entonces te quedaba muy grande, melena corta, una sonrisa bonita a la que le faltaba algún diente y esa mirada curiosa que has tenido desde que naciste. Ibas a subirte a un tren que te llevaba a Canfranc.

En estos días de despedidas y emociones busco ese poema de Khalil Gibran, “Nuestros hijos”, que me ha recordado mi padre más de una vez. “Nuestros hijos no son nuestros, no nos pertenecen, pertenecen a la vida, al futuro…” escribió el poeta libanés. Criar a un hijo es darle alas y raíces. Aprender a despedirnos en estaciones de tren y aeropuertos. Sembrar con paciencia y recoger frutos. Acertar y equivocarnos. Acompañaros en el camino. Enseñaros juegos, películas, libros, canciones, playas, experiencias, sabores, abrazos, historias. Dejarte volar, Lara, a ti y a tus hermanas. Desearos suerte, emocionarnos, intentar disimular las lágrimas en Barajas, esperar que este año el tiempo pase rápido.

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Despedida en el aeropuerto de Barajas.

(Artículo publicado en Heraldo de Aragón el 21 de agosto)

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¿En qué piensas mientras corres 68 kilómetros?

Vuelvo a la Nafarroa Xtrem, una de mis carreras preferidas. 68 kilómetros por hayedos impresionantes, varios picos emblemáticos (Adi, Saioa, Baratxueta…), barro, niebla, frío y muchas emociones.

¿En qué piensas mientras corres una carrera tan larga?, me pregunta mi hermana en el desayuno, aún de noche, mientras preparo la mochila y disimulo los nervios.

¿En qué pienso? En muchas cosas, todas mezcladas. María, he visto cómo se te escapaba una lagrimilla en la salida, a mí también. Habían dado  buen tiempo, pero se está cerrando la niebla. No se ve nada. Empieza la subida dura al Adi. Otro año más que me quedo sin ver las vistas desde el Adi. Habrá que volver. Voy bien, pero aún queda mucha carrera. ¿Cuándo llegará el próximo avituallamiento? Esto es un poco locura, apenas he entrenado para una carrera tan dura. Vanesa y Jorge estarán saliendo ahora, espero que les guste su carrera. ¿Qué tal irá Elisa? Pronto empezarán las chicas su partido con el Valdefierro, ya estarán calentando. Qué noticia tan buena nos dieron ayer, Lara. ¿Me tomo otro gel o una barrita de frutos secos? En otras carreras largas sé que al final me fallan las fuerzas, tengo que comer más. Qué ganas de ir mañana a Panticosa, Chema. Estoy helada. ¿Se va a ir la niebla en algún momento? Me da miedo perderme sola entre la niebla, me voy a pegar a este corredor de camiseta azul. Tengo que parar en algún momento para ir al ‘baño’, es lo que tiene correr una ultra con la regla. Ya despeja la niebla. Qué maravilla correr por este bosque. Soy una afortunada. Un poco más y llegamos a Aritzu, ahí descansaré unos minutos y comeré algo más. Queda la parte que más me costó hace tres años. Si me viera mi madre ahora. No sé si me atreveré en Benasque. Difícil equilibrio entre disfrutar y sufrir. Venga, última subida fuerte al Baratxueta. Ahí me paro y hago fotos. Me quedan pocas fuerzas ya. Qué largos se hacen los últimos tres kilómetros. Aupa neska. Ya se oye la megafonía. Ya se ve el cole de Zubiri. Si han venido Zahara, Mikel y Alazne, qué sorpresa. Nunca corro sola, siempre me siento muy acompañada. Ahora querría que la recta de meta fuera un poco más larga. Qué emoción en esos últimos metros. Aupa neska.

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Gracias a la organización por esta carrera tan bonita. Gracias a los voluntarios y todas las personas que animan por el camino. Gracias a los fotógrafos (Monrasin, Paul, la amiga de mi hermana que apareció ahí detrás de un árbol, los que no conozco).

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Darling Mercedes

Conocí a Darling Mercedes cuando ella tenía 15 años y un bebé que crecía en su tripa. Jalaba agua del pozo, ordeñaba cabras, montaba a caballo, iba al mercado y hacía lo que le tocaba en la casa de Monte Redondo, un reparto (barrio rural) de León de Nicaragua. Yo tenía veintipocos, una mochila llena de sueños, una libreta que iba llenando de historias en mi primer viaje a Nicaragua y una cámara de fotos con la que la retraté varias veces. Darling Mercedes tenía cara de niña, guapa, morena, sonriente, tímida, inocente. Ella me preguntaba por mi ciudad, por mi casa, por mis viajes, por mi familia, por lo que hacen las chicas de su edad en mi país. Las chicas de 15 aquí van al instituto y estudian 3º o 4º de la ESO, pero hacía mucho tiempo que ella había dejado la escuela. Me impresionaba su embarazo adolescente, la normalidad con la que asumía su vida de adulta siendo aún una niña. En sus preguntas había curiosidad, como en las mías, pero no lamento.

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Mi estancia terminó aquel verano con muchas fotos, muchos abrazos y el corazón ya tocado por Nicaragua para siempre. Sé que Darling Mercedes tuvo aquel chiquillo y alguno más. Se separó de su primer novio. Dejó Monte Redondo, no sé dónde se fue a vivir. Le perdí la pista.

A veces me acuerdo de Darling Mercedes. Han pasado más de veinte años. En mi recuerdo es la niña mestiza de 15 años, la de las pláticas de aquel verano. Puede ser que sea madre de familia numerosa, incluso abuela ya. Puede ser que volviera a estudiar, que tenga un trabajo que le guste, y una pareja que le quiera y le cuide. Me gusta imaginar finales felices. También puede ser que haya emigrado, como tantos nicaragüenses que huyen de la pobreza o de la represión, en busca de un futuro mejor. No sé si cantará “Ay, Nicaragua, Nicaragüita”, si enarbolará banderas o vivirá ajena a la política. No sé si conocerá los poemas de Gioconda Belli (“Y Dios me hizo mujer…”). No sé si ha pasado el covid, si tiene algún hijo en el ejército, si sigue las noticias de Ucrania, si celebra el 8M.

Qué distinto nacer en un lugar u otro del mundo, hay cartas marcadas y destinos escritos en la partida de nacimiento. Qué duro es ser mujer en tantos países del mundo. Ellas siguen sufriendo más la violencia, la precariedad, la desigualdad, la falta de oportunidades o de libertades.

Desde mi rincón privilegiado repaso mi álbum de fotos y de recuerdos. ¿Dónde vives, Darling Mercedes? ¿Qué tal estás? ¿Qué tal te ha tratado la vida? ¿Sigues teniendo esa sonrisa bonita y tímida? ¿Eres feliz?

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Faros

A veces, en mitad del invierno, me asalta un recuerdo del verano. Puede ser el color de un atardecer en Cádiz, el sabor de unas zamburiñas en la playa de Langosteira o un baño en la piscina de Cervera. Hoy he soñado que me asomaba a la ventana de nuestro piso en Zaragoza y tenía ante mí la Torre de Hércules. Me fascinan los faros, solitarios y poderosos, que nos vigilan y guían desde lo alto, que nos protegen de peligros y piratas, que resisten a temporales y al paso del tiempo, que nos recuerdan nuestra fragilidad. La Torre de Hércules, que guardo en el álbum de fotos del pasado verano, tiene cerca de 2000 años de antigüedad y aún sigue funcionando en La Coruña. Leo que en nuestras costas se alzan 187 faros. En Zaragoza, lo más parecido que tenemos a un faro es la torre de la Cámara de Comercio. También podrían ser la torre de La Seo, la de La Magdalena, la desaparecida Torre Nueva o el perfil del Moncayo desde el puente de Piedra.

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Torre de Hércules.

En esta pandemia que se está haciendo tan larga, siento que los faros son más necesarios que nunca. Faros que nos iluminen con serenidad, rigor, base científica, sentido común, empatía, sensibilidad, calma, pensando en el bien común y no en ganar un puñado de votos o de ‘likes’. Necesitamos, también, otros pequeños faros que nos alumbren en el largo invierno. Cada uno tiene los suyos. Puede ser un concierto, un libro, la película familiar de los viernes, el partido de fútbol de las hijas del fin de semana, una carrera con amigas, un café, los planes para el próximo viaje.

(Artículo publicado el 21 de enero en Heraldo de Aragón)

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Paseos con Karim por Toulouse

«¿Quién es Karim? ¿Existe Karim?», me preguntan en las presentaciones de ‘Catorce’ en institutos, bibliotecas y centros culturales. La presentación del pasado jueves fue muy especial: en el Instituto Cervantes de Toulouse, una ciudad maravillosa, en la que bulle la cultura y la historia. Toulouse fue la capital del exilio republicano y su huella sigue presente en las calles, edificios, en nombres e historias personales. Con Chema, moderador de lujo, repasamos la historia de mi novela, una historia local y universal. Hablamos de inmigración y de fútbol, debatimos sobre integración y sobre racismo, nos acordamos de los que llegan y de tantos que se quedan por el camino, destacamos la importancia de poner cara a los fríos números.

Karim, el protagonista de ‘Catorce’, nació en mi libreta pero está hecho con muchos trazos reales. Karim es Djibril, el primer niño migrante al que entrevisté en Zaragoza para el Heraldo de Aragón y todos los que he conocido después. Karim es Mouad, el protagonista del corto ‘Catorce’, grabado en Castellón y a punto de estrenarse. Karim es el chico del barrio del Gancho que se tragó el Ebro. Karim son Lahzen y Hamza, a los que ayudo con los deberes una tarde a la semana. Karim son los chicos que me cruzo por la calle: los que vimos en el entorno de la iglesia de Saint Sernin en Toulouse o los que juegan a fútbol en el parque Bruil de Zaragoza.

En las presentaciones me preguntan por el final de la novela. «¿Dónde está Karim? ¿Qué pasó después de esa escena en el piso de París?». Y yo suelo contar que como lectora o espectadora me gustan los finales cerrados y felices, aunque sé que no siempre son posibles. La vida real es agridulce y llena de obstáculos. Como escritora, me gusta dejar ventanas abiertas a la imaginación de los lectores. Tal vez Karim sea uno de los muchos estudiantes de la Universidad de Toulouse. Tal vez haya vuelto a ver a Ana. Ojalá le vaya bien y pueda mandar dinero para ayudar a su madre, que le sigue esperando en el Rif.

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Gracias al Instituto Cervantes de Toulouse por la invitación y por su gran labor de difusión de la cultura española. Gracias a su director, Juan Pedro de Basterrechea, y a su responsable de Cultura, Marie-Laure Cazeaux, por la acogida. Gracias a los que vinisteis a charlar del libro con nosotros. Gracias a nuestro amigo Mariano, nuestro anfitrión en Toulouse.

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Sueños raros

¿Quién no se ha sentido raro alguna vez? Extraño, desubicado, incomprendido. Pero también original, creativo, libre. En mi pasaporte pone que he nacido a orillas del Ebro, que a veces me siento rara, que disfruto de la soledad y de la compañía, que me gusta viajar y soñar, que a veces doy forma a los sueños con palabras, otras los dejo que vuelen libres, que me gusta probar cosas nuevas y compartirlas.

Un mediodía de diciembre emprendimos un viaje. Buscamos una excusa: un cumpleaños. Atravesamos la niebla, cerramos los ojos y nos dejamos llevar. El viaje nos llevó a París, Japón, México, Cervera, al campo, a la infancia, al futuro. A la vuelta del viaje traigo un montón de postales desordenadas:

Barrio

Callejear por el barrio para ir a comer a un sitio especial. El barrio es la cercanía, la humildad, la vida cotidiana, las historias de los que vivieron antes aquí. Me gusta el barrio Jesús, pequeño, recoleto, un poco escondido, en la ribera del Ebro, cerca del centro pero suficientemente alejado. Me gusta imaginar historias de los vecinos que vivimos por aquí, de los que vivieron antes. Quién ocupó antes este local. Aquí al lado había un cine, el Cine Norte, en el que vi alguna película de niña. Los barrios tienen muchas historias. Me gusta escuchar a los abuelos y ver jugar a los niños. Me gusta asomarme al río, aquí al lado. Todos somos río, historias que fluyen, corriente que deja sedimentos.

Pan

Comer pan con pasión. Primero una esquinita de la corteza, luego una miguita, después un trozo más grande. Es un pan esponjoso que llena la boca. Unto generosa en un cuenco de aceite. Me chupos los dedos. Se me caen miguitas por el mantel, recojo algunas con la punta del tenedor. No conozco las reglas no escritas, no frecuento este tipo de restaurantes. La norma es disfrutar y dejarse sorprender, nos han dicho al principio. Esa la cumplo. Me como todo el pan y dejo un rastro de migas.

Maíz

Maíz son las bolsas de quicos que tomábamos de críos. Es un campo de mazorcas. Son las tortillas con harina de maíz que comí en mis veranos en Nicaragua. Danelia preparaba las tortillas en el comal, amasando, estirando, sin dejar de hablar y contar historias. El maíz son las historias de Danelia. También las mazorcas tostadas regadas con mantequilla que comíamos en Virginia. El verano pasado fuimos a un restaurante mexicano con las chicas. Disfrutamos de nachos, tortillas, tacos. Cierro los ojos. Condenso todos los recuerdos de maíz en una tortita fina y crujiente, con un toque sutil de picante.

Paté

Mezclar piezas que encajan perfectamente como en un puzle, o un paté. Romper con el tenedor un trocito pequeño y notar en la boca cada una de sus pequeñas partes. Mezcla de colores y sabores que combinan perfectos. Carnes, verduras, hojaldre, frutos secos. Nunca he sido muy aficionada a los puzles ni a los patés. Pero este me encanta. El último recuerdo es una puntita de nuez.

Queso

Una pareja pasea por la rue Mouffetard en París. Marzo de hace casi quince años. La pareja se deja llevar por el aroma y el amor, y entra a una quesería al azar. Eligen varios quesos y una botella de vino. Continúan paseando y llegan a un banco de los jardines de Luxemburgo. Con guantes y capucha, mucho frío, saborean cada trozo de queso, cada sorbo de vino. Uno de los mejores pícnics de su vida. Salto en el tiempo. Esa pareja pasea por el barrio Jesús, su barrio, y cruza la puerta de un antiguo garaje hoy convertido en restaurante. La mesa de quesos es espectacular. Los camareros la mueven por la sala y queda ese aroma flotando entre las mesas. La pareja habla de sus hijas en cada plato. De su fútbol, su danza, sus estudios, sus planes. Les gustaría venir aquí y probar cosas nuevas. ¿Habrán dejado las cosas recogidas antes de ir a entrenar? ¿Qué película vemos esta noche los cinco? Les encantaría esa mesa de quesos. Volveremos con las chicas. Amor y aroma se escriben casi igual.

Trucha

De pequeña pasé muchas horas en la piscina de Helios. Las piscinas cubiertas son azules entre el vaho. La de Helios tenía ventanas al Ebro por las que se filtraban los rayos del atardecer. A esa hora se mezclaban los colores como en la paleta de un pintor. Nunca fui la primera nadadora, más bien una del montón. Pero me quedó para siempre el amor por el agua. Me gustan los pescados de colores vivos, como el salmón, la trucha, el atún. Entre el naranja, el rosa fuerte y el rojo. Me gusta separar con el tenedor la carne de la trucha que nos ponen en el plato. Está  en su punto justo, con su color brillante y su sabor suave. Soy un pez que remonta el río, una niña que nada en la piscina de Helios.

Cordero

Las ovejas del Mónico pastando por los campos de Cervera. El sabor de mi primer tomate recién cogido del huerto, con  4 o 5 años, cuando comienzan a asentarse los recuerdos. La sopa de granitos de la Yaya Juli en las comidas de los domingos en Zaragoza. La sopa con garbanzos de la abuela Mila en la casa de Cervera. El cocido que nos prepara de vez en cuando mi madre y nos llega en tuppers y nos sabe exquisito en los días de invierno. Sopa, garbanzos, berza, puerros, panceta, cordero. De pequeñas, mi hermana y yo jugábamos a las tabas como nos enseñaron en Cervera. Hay que limpiar las tabas del cordero y pintarlas de colores. Se juega lanzando una canica al aire y moviendo rápido las tabas antes de que caiga la bolita. Tienen cuatro posiciones: ollas, pencas, culos y chichas.

Miel

Dulce, pringosa, traviesa, natural, exquisita.

Fuego

Como dijo Galeano, somos un mar de fueguitos. Hay que leer “El libro de los abrazos”.

“Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. Y a la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos. – El mundo es eso – reveló -. Un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos, y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno que ni se entera del viento, y gente de fuego loco que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros, otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende”.

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Con Chema, en el restaurante Gente Rara.

(Pequeñas historias escritas tras la experiencia de comer en el Gente Rara).

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El gol de Nayim y mi año americano

¿Dónde estabas el 10 de mayo de 1995? Cualquier zaragozano y zaragocista de cierta edad se hace hoy esta pregunta. Yo celebré el gol de Nayim con más de un mes de retraso. El 10 de mayo de 1995, el día del partido más importante en la historia del Real Zaragoza, estaba en Honaker, un pueblecito de Virginia (EEUU) donde había ido a estudiar y vivir un año. Era un miércoles, así que supongo que me levantaría temprano e iría al instituto con Rachel. Igual tocó ensayo para la graduación. Por la tarde tendríamos entrenamiento de atletismo o iríamos a ver un partido de béisbol. Ahora hay equipo de soccer femenino en mi instituto americano, pero hace 25 años el fútbol aún no había llegado allí. Por la noche cenaríamos en casa. Cierro los ojos y saboreo los «biscuits», esos panecillos caseros tan ricos que preparaba Gaynell. Recuerdo que la primavera era lluviosa y muy bonita en esa zona de colinas y praderas del suroeste de Virginia. Para los detalles exactos tendré que revisar mi diario de ese año, que está en algún armario en casa de mis padres.

Honaker 1995

En mi casa de Honaker, Virginia (EE.UU.) en 1995

En 1995 no conocíamos internet ni teníamos móviles. Me comunicaba con mis padres por carta (que tardaba unas dos semanas en cruzar el Atlántico) y con una llamada de teléfono al mes. Así que la noticia de la victoria del Real Zaragoza me llegó con días de retraso. Y no vi el gol hasta que volví a España, una mañana de junio después de la Selectividad. Entonces me puse el vídeo que me habían grabado mis padres y recuerdo gritar como una loca por la ventana cuando el tiro imposible de Nayim se coló en la portería de Seaman. Los vecinos me miraron raro.

Después de un año viviendo fuera, mi vuelta fue progresiva. Ese verano antes de marcharme a estudiar a Barcelona lo dediqué a reencontrarme con la familia y los amigos, a volver a pasear por las calles de Zaragoza (cómo echaba de menos caminar, allí van a todas partes en coche), a recuperar mis rutinas, mis libros y hasta mi idioma. Todo estaba igual pero distinto. No sé si había cambiado Zaragoza o había cambiado yo.

Estos días también siento una sensación de irrealidad, esas ganas de volver a recuperar la vida de antes. Somos los mismos pero somos distintos. Vuelvo a mis caminos preferidos para correr por la ribera. Echo de menos los abrazos y los encuentros. También me reconozco a gusto en nuestro refugio de cinco y nuestra rutina del confinamiento. Echo de menos el fútbol: los partidos de la Romareda, los de la tele y, más aún, los del Zaragoza Club de Fútbol Femenino. Qué ganas de volver a ver jugar a nuestras chicas. Vuestros planes, partidos y torneos han quedado en suspenso esta primavera. Pero volveréis, más altas, más fuertes, las mismas pero cambiadas.

Hoy volveremos a ver el gol de Nayim en la tele. Les contaré a las chicas mis batallitas de mi año americano, cuando no teníamos internet ni móviles. Veremos el álbum de fotos. Escribiré un mail a Rachel. Y soñaremos con que el fútbol vuelva pronto a nuestras vidas.

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El día que cenamos con Ernesto Cardenal en Solentiname

Allá a lo lejos por el camino vimos acercarse despacio a un hombre mayor, ya encorvado y arrugadito, con guayabera blanca, sonrisa y boina al estilo del Che. Era una tarde calurosa y plomiza en la isla de Mancarrón, en Solentiname, un pequeño paraíso en mitad del Gran Lago de Nicaragua. Mari Carmen y yo guardamos las cámaras, como nos habían dicho, y fuimos nerviosas de invitadas a la cena con Ernesto Cardenal y sus amigos.

No recuerdo bien de qué hablamos en aquella cena ni qué comimos. Gallopinto, yuca, algún pescado, chancho, frescos de mango o de pitahaya, tal vez. Puede ser que habláramos de política, de literatura, de periodismo o de religión. Las jóvenes periodistas veinteañeras estábamos emocionadas por compartir mesa con él, un símbolo de Nicaragua y de la lucha universal contra las injusticias. Ernesto Cardenal, el poeta y sacerdote que luchó contra Somoza,  que fue ministro de Cultura sandinista, que se enfrentó después a Daniel Ortega, que fue una figura clave de la Teología de la Liberación,  al que amonestó en público Juan Pablo II al aterrizar en el aeropuerto de Managua en 1983 (y al que levantó el castigo el papa Francisco el año pasado), que fundó una comunidad de pintores primitivistas en Solentiname, que siguió escribiendo y denunciando las injusticias hasta sus últimos días.

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Mari Carmen me manda una noticia con su muerte. Y las dos volvemos a Solentiname, en 2003, a aquellas fotos y aquella entrevista que no hicimos. Hay personas y lugares y viajes que dejan una huella profunda.  Como Solentiname. Tengo un tucán de madera de colores –que compramos a uno de los artistas de la isla- en la estantería donde guardo mis libros nicas: Gioconda Belli, Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez, Omar Cabezas… Hay uno especial, con las hojas sueltas y las esquinas dobladas: “Aquellos años de Solentiname”, una recopilación de textos de distintos autores. Hay un cuento de Cortázar, “Apocalipsis en Solentiname”, en el que narra un viaje al archipiélago acompañado de Ernesto Cardenal y Sergio Ramírez.

“Entonces vino Ernesto a explicarme que la venta de las pinturas ayudaba a tirar adelante, por la mañana me mostraría trabajos en madera y piedra de los campesinos y también sus propias esculturas; nos íbamos quedando dormidos pero yo seguí todavía ojeando los cuadritos amontonados en un rincón, sacando las grandes barajas de tela con las vaquitas y las flores y esa madre con dos niños en las rodillas, uno de blanco y el otro de rojo, bajo un cielo tan lleno de estrellas que la única nube quedaba como humillada en un ángulo, apretándose contra la varilla del cuadro, saliéndose ya de la tela de puro miedo” .

(“Apocalipsis en Solentiname”, Julio Cortázar)

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Iglesia de Mancarrón, Solentiname, que levantó Ernesto Cardenal.

Ernesto Cardenal nació en Granada, en 1925, y falleció el 1 de marzo en Managua. Tras el funeral en la catedral de Managua, está prevista una misa de despedida en su iglesia de la isla de Mancarrón. Sus cenizas descansarán en Solentiname.

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Caminhantes (guía familiar de Lisboa y Oporto)

Viajar es abrir los ojos, aprendernos en otro lugar, escapar un poco, descubrir o redescubrir otros caminos, ser turista y viajera y vecina a la vez, dibujar nuestros puntos en el mapa, reencontrarnos, aventurarnos, soñar con la forma de las nubes. Este mes de agosto ha sido raro y especial, entre Cervera y Portugal, con la cabeza en mil sitios (el ERE del Heraldo y mi próximo e incierto cambio laboral) y los pies en la tierra, paseando juntos, subiendo cuestas, bañándonos en el Atlántico, comiendo pasteis de nata, haciendo planes, siguiendo el mapa y, a veces, perdiéndonos sin él.

Volvemos de pasar unos días en Lisboa y Oporto, ciudades de río y de mar, modernas y tradicionales a la vez, con tranvías y pastelerías, con cuestas y miradores, con rincones decadentes. Nosotros no nos ponemos de acuerdo en cuál nos gusta más. Quizá, por un poco, gane Lisboa. Volvería a cualquiera de las dos. Mejor con menos turistas, pero es lo que tiene viajar en agosto a destinos muy demandados. Aquí van algunos apuntes de nuestro viaje familiar.

 

Lisboa es terreno conocido, estuvimos hace cuatro años. Ahora cambiamos de barrio (nuestro apartamento está la zona de Príncipe Real), repetimos algunos planes y hacemos otros nuevos. Volvemos a montarnos en el tranvía 28, desde la primera parada, en el campo de Ourique, hasta la Alfama. Después callejeamos y acabamos viendo el atardecer desde el mirador de Graça. Lisboa es maravillosa desde cualquiera de sus miradores con la luz anaranjada acariciando los tejados y la brisa atlántica que se levanta por las tardes (una que es friolera recomienda chaquetilla).

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En nuestros viajes siempre buscamos playas, librerías y fútbol. Y siempre surge algún plan inesperado. Esta vez acabamos animando al Boavista en su estadio de Oporto contra el Paços de Ferreira. Y cantamos los éxitos de Queen en un concierto en el Festival do Peixe e Marisco de Matonsinhos. «It’s a kind of magic»…

Nuestras playas: Carcavelos (cerca de Lisboa) y Matonsinhos (a un paso de Oporto). A las dos se puede llegar muy bien en media hora desde el centro en transporte público o con coche. Tienen agua helada y muy limpia, olas para saltar, espacio suficiente en la arena para echar partidos de fútbol o disputar juegos olímpicos familiares (las chicas ya nos ganan), y hay caminos cerca para correr. Una recomendación que seguimos de otros viajeros: pasar el día en Matonsinhos y volver al atardecer dando un largo paseo por la orilla del mar y la desembocadura del Duero.

Nuestras librerías: Bertrand y Ler Devagar (en Lisboa), una antigua y una moderna. La librería Bertrand, en la rua Garrett, presume de ser la más antigua del mundo en funcionamiento. «Desde 1732 presenciamos un terremoto, una guerra civil, nueve reyes, un regicidio, diez presidentes, tres repúblicas, seis golpes de estado, dos guerras mundiales, la construcción de un muro, la caída del muro, la unificación de Europa, la entrada en el euro… Y tenemos libros para contar sobre todo eso». Y bajo el puente 25 de abril, en la LX Factory, entre tienditas y bares de moda, está Ler Devagar. Ocupa una antigua imprenta, con la paredes forradas de libros y una invitación a salir volando pedaleando. Esta vez paseamos por la LX Factory y nos tomamos una cerveza con Belén. Hablamos de Lisboa, de periodismo y de la vida. Mucha suerte, Belén, en tu aventura como corresponsal de TVE en Lisboa.

Nuestra mejor comida: un italiano que eligieron las chicas en Vila Nova de Gaia, Mamma Bella, en una bocacalle tranquila de la Ribeira. Ellas recomiendan lasagna o pasta bolognesa. Yo me chupé los dedos con una pasta negra con bacalao. Y por la tarde, paseo en barco por el Duero. Es impresionante pasar bajo los puentes que unen las dos ciudades, Oporto y Gaia. ¿Qué pensaría Gustav Eiffel si viera hoy a los chavales lanzarse sin miedo al agua desde el puente Luis I?

Volvemos con ganas de escuchar fado y aprender portugués (siempre traigo un diccionario y algún libro de mis viajes), de leer más libros de Peixoto, de volver a nuestra casa y nuestro barrio, de que empiece la liga de fútbol alevín y el conservatorio de danza, de seguir viajando.

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