martes, 30 de agosto de 2011

April munum viö alltaf, que en islandés sería algo así como "Siempre nos quedará Abril"

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Aún no ha llegado septiembre y sin embargo ya se nos ha escapado el verano. El viernes regresaba a casa después del partido y encontré el disco de "Fountains of Wayne" que Lidón se dejó al volver de Morella. Durante la tarde el viento había traído el olor a incendio y en la rotonda del Serradal me tropecé con un camión de los bomberos, algunas luces y señales de otro desastre. Mientras escuchaba "The summer place" pensé que lo había anunciado miss B y no sé cómo no le creí: esa era la banda sonora del verano.

 Me costó salir de la carretera y tomar el camino correcto. Me perdí en la rotonda del hospital Jaume I, justo a la entrada, mientras intentaba retener la letra de "Action Hero". Dí una vuelta de más y estuve tentada de desviarme por la  nacional 340, pensé si tenía tarjeta o dinero suficiente para llenar el depósito y seguir dirección norte sin saber en el destino. Me hubiera gustado pasarme la noche conduciendo por paisajes vacíos y llegar a un motel con nombre hawaiano para pedir una habitación y poner la televisión tumbada sobre la cama. Pasar la noche siendo un número más en el libro de registros de una pareja que está a punto de divorciarse pero no puede por la crisis, porque les embargan el hotel y se quedan con poco más que el álbum de fotos de la boda. Imaginé mientras conducía que me despertaba en mitad de la noche, con la espalda mojada y me daba una ducha muy fría para salir al pasillo. Allí me encendía un cigarrillo y apoyada sobre la barandilla curioseaba sobre un pequeño jardín en el que alguien había dejado una bandeja con la cena a mitad. Unos metros más allá de las sillas de plástico encontraba una piscina vacía, un sauce mudo y un enanito de jardín al que le habían rayado la cara con ceras. Seguía fumando mientras se desvanecía la canción, las calles se volvían conocidas y yo no sabía cómo escapar de la noche.
  El domingo, sin embargo, conseguí salir de ese nudo de ensoñaciones que para mí provoca determinada música o algunas palabras, por ejemplo "derruida" o "trenes". Hay términos que son cerraduras del subconsciente: pronunciarlos significa abrir un mundo subterráneo, lleno de túneles o de habitaciones vacías como el motel hawaiano de Fountains of Wayne. Cuesta volver a la realidad. Pero el domingo lo hice y al desandar el camino del viernes- vuelta a Benicàssim, al apartamento de papá y mamá- escogí la carretera de la costa y me encontré con un día en silencio, de septiembre prematuro. El agua estaba removida, turquesa, la arena muy blanca, formando nubes y apenas había tráfico. Seguía escuchando "Sky full of holes" y me detuve junto al aeroclub para fotografiar la pista vacía de los autos de choque. Si hubiera tenido un amante/amor de verano le hubiera mandado un mensaje cursi con la foto que ilustra este post :No había mayor desolación q la fila de esos coches con sus banderines verdes ordenados. Llegué tarde a comer pero pensaba en otra canción, "Richie and Ruben". Me imaginaba a dos chavales con levis etiqueta naranja y camisetas de la selección alemana sentados con una bolsa de pipas en la barra de los autos de choque. Unos "Pancho y Javi" de "Verano azul" resmasterizado.
    En semejante estado, con la cabeza en el techo y los pies allá por 1920 ha sido realmente difícil volver al despacho. Ayer me movía por la sala de juntas con la torpeza de Amstrong en el primer alunizaje. No me adaptaba a la ley de la gravedad. Hoy, después de cerrar este texto que arrastro un par de días, volveré a intentarlo. Tengo los ojos abiertos y he dormido sin pesadillas-algo q no sucedía ayer- he leído dos de mis blogs favoritos (el de Lidón Barberá, miss B y el de Ricardo Vicente, Rizino 30) y esta tarde trataré de organizar los sobres y los papeles q se han ido acumulando durante estas tres semanas de vacaciones en la mesa del comedor.


  Lo único q sé es q cuesta regresar a la realidad después de unos días sin relojes ni plazos. Que abrir los ojos a tiempo es tan difícil como salir de una canción que te atrapa o escapar en mitad de la noche de una pandilla de sicarios que te persiguen por Arizona.
 La ficción es pegajosa y seductora, no se quita con tanta facilidad como la arena de la playa y no se olvida por el desagüe de la ducha.





ps: Pongo el enlace del vídeo para que se entienda un poco el título. Desde q Ale lo contó en Morella no me he dejado de reír con 

lunes, 22 de agosto de 2011

Tracte de senyora o de iaia extranya.

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Mi madre, mi tía y mi abuela, llegado el dieciséis de agosto y con las sobras de la celebración del día anterior sobre la mesa, se sentaban en un mirador enanito y sin brillo que había en la terraza y mirando hacia el sur, dirección Castellón, proclamaban, sin ningún tipo de remordimiento, como si fuera una verdad revelada, que el verano se había acabado.
Los que las escuchábamos- que casi siempre éramos los mismos- solíamos enfadarnos, reirnos de ellas, discutirles o hacerles burla diciéndoles que dentro de dos días las veríamos subirse en el coche con las plantas y los canarios- nuestros traslados eran siempre así, de feriante- dispuestas a limpiar a fondo el piso de Castellón que ya habían dejado reluciente y cubierto con sábanas un mes antes.
Mi madre, mi tía y mi abuela hacían las cosas al límite: no concebían irse a Benicàssim con una maleta el quince de junio. Era necesario meter en los antiguos seats ciento treinta y uno toda la comida necesaria para un posible estallido de la cuarta guerra mundial, además de una muestra de cada planta de su jardín botánico, ropa para tres recepciones en Buckinham Palace- aunque se pasaran el verano enfundadas en una "batita", atuendo parecido al de Demis Roussos o Rosa Benito por Chipiona, según la edad y el tamaño de las flores estampadas- Dejaban además la casa de Castellón ( a diez kilómetros del apartamento al que se trasladaban) limpia y ordenadísima, como si la abandonaran para cinco años. Y tardaban dos meses en anunciar que el verano tocaba a su fin. El quince de agosto exactamente, día del santo de mi abuela- que se llamaba Asunción- fiesta mayor en mi familia, entre las copas de cava y las miniaturas de Benages que ofrecían a los sobrinos que peregrinaban hasta nuestro apartamento para besarle el anillo (mi abuela era como Don Corleone pero en mujer) ellas miraban al frente, suspiraban como si quisieran matar la nostalgia y con un punto de crueldad interrumpian los brindis para anunciar lo que ya era inevitable: Se ha acabado el verano.
  A partir de ese instante el tiempo se resbalaba por un tobogán y comenzaban los preparativos del invierno, que eran exactamente igual de desproporcionados que los de las vacaciones. Cualquiera que nos observara desde fuera podría pensar que éramos un híbrido entre familia inglesa del dieciocho venida a menos y feriantes de comienzos del XX, en busca de otro país en el que levantar su carpa. Movernos quince kilómetros era sincronizar señoras de la limpieza, compras en carnicerias, verdulerías y supermercados al por mayor y perder jaulas con periquitos azules que solíamos olvidar encima del capó de un coche.
Image  Treinta años escuchando esa cantinela ha hecho mutar mi código genético. El lunes pasado, mientras cenaba con Bruscas y Celia en el Eurosol- también un lugar de mi infancia- estuve a punto de soltar esa frase familiar." Se ha acabado el verano" y es que el cuerpo me lo pedía a gritos. Pero ellos se iban de vacaciones a Mallorca el día siguiente y no lo hubieran entendido. Sin embargo yo ya tenía la sensación- también la certeza- de que el confetti de las fiestas de agosto se estaba derritiendo sobre mi helado y que solo me restaba apagar las bombillas de colores.
   Sin embargo, decidí plantarle cara a la genética y despilfarrar un poco más el tiempo que me queda sin horarios, plazos ni señalamientos, así que seguí desenchufada, en modo off y tratando de conciliar el sueño con el run-run de las olas que se escucha desde mi apartamento. El experimento ha ido bien: hice dos días la vía verde en bici y me deslumbaron los túneles, la playa de la Renegá y el olor a higuera que impregna casi todo el camino; desayuné en Voramar café con leche y tostadas, bajo los toldos, con brisa, reencuentros y zumo de naranja; me acerqué una noche al pueblo para cenar y comprobé que las noches allí siguen sabiendo a sepia sucia del Lipizano y a santito (un cóctel en vaso de colacao, con soda y lima, creo); cociné en casa para amigos, nada serio que yo soy muy trasto, taboulé y gazpacho, para acompañar otra de las tortillas de patata exquisitas antes del fútbol; ví hacer el gilipollas a Mourinho y lo sentí por Iker Casillas, que siempre es un señor estupendo con independencia del equipo que juegue; acudí a una comida piscinera, con lasagna y pasta fresca en el jardín de miss B y decidí que quería pasar el resto de mis días sobre una colchoneta. Volverme anfibia o pin up de postal de los cincuenta, con un bañador con escote de corazón y un dry martiny en la mano.
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 Y el viernes nos fuimos a Morella, con la excusa del concierto de Manel. Para mi el fin de semana ha sido como unas vacaciones concentradas. Al  no haber podido escaparme a Oxford según lo planeado, hice la traslación-, Miss B mediante- de espacios y tiempos y durante dos días imaginé que acudíamos a un festival en Yorkshire y que el valenciano era un acento cerrado del inglés que a mí me costaba descifrar. Y funcionó, pese a las croquetas morellanas y a que no hemos probado el shepherd's pie. 
Morella sigue siendo uno de esos pueblos mágicos de la provincia. Pese al turismo, al descontrol de tiendas de souvenirs- allí en Morella los souvenirs son básicamente gastronómicos y para paladares exquisitos: trufas, quesos de oveja, fiambres de ciervo, etc. Aunque quedan reminiscencias de la industria de lana (las mantas morellanas, que se han renovado o yo he madurado porque he descubierto que tienen unos colores preciosos y no he vuelto con un par de milagro) y te tropiezas con sueters y toquillas en cualquier esquina. Pero el pueblo en su conjunto es armónico, está muy cuidado y conserva el encanto de la gente que quiere su tierra y sus raíces. Fue emocionante escuchar y ver a los de Manel allí, no por ellos que fueron un poco sosillos (deben estar agotados después de la macrogira) sino por todo lo que significa que sus canciones hayan llegado tan lejos y conmovido a tantos, siendo tan nuestras. Tan mediterráneas, como trataba de explicar en el otro post.
Y si hubo un momento emocionante, de esos que te hinchan por dentro y parece que el corazón te va explotar y te vas a convertir en una nube de confetti fue el de esta canción, que a mí particularmente, me ha hechizado como a una rata de Hamelín.



Vindran els anys i, amb els anys, la calma
que et pintarà als ulls una mirada suau.
Et faran fer un pas i, després, un altre,
seràs tota una experta a tirar endavant.
Amb tant de temps hauràs trobat un lloc agradable,
o ja estaràs un pèl mandrosa per buscar.
Rebràs tracte de senyora, o de iaia estranya
que té acollonits tots els nens del veïnat.


I seràs un sac de mals o seràs una roca.
I els moments de mirar enrere et faran gràcia i et faran mal.
I potser no seré el teu amic,
ni tindré res a veure amb si ets o no ets feliç.
Ja em veig de record mig trist que se’t creua pel cap
una mala tarda.
I potser dormiré abraçadet
a una dona a qui quasi no hauré explicat qui ets.
Potser tindrem néts malparits que se’n fotin de mi
quan no m’enteri de les coses.


Però, quan seré vell, seguiré cantant-te cançons, igual.
Caminaré lent i m’asseuré, a vegades, als bancs.
Verset a verset convocaré el teu cos llarg i blanc
i em podran veure somriure una mica per sota del nas.


Que vinguin els anys! Aquí em té la calma!
Que em jugo amb la decadència de la carn
que un raconet del menjador farà d’escenari
i que ningú sospitarà de qui estic parlant.


I que, quan seré vell, seguiré cantant-te cançons, igual.
No sé si estaré per garantir-te una gran qualitat
però creuré en un verset i em distrauré intentant-lo allargar
i em podran veure somriure una mica per sota del nas,
i em podran veure somriure una mica per sota del nas.


Nostalgia del futuro, nostalgia al revés, como señalaba ayer Miss B (a veces tengo miedo a fusilarla al citarla). Nostalgia de la que rechazaba el otro día, en un programa retrospectivo Miguel Ríos. "Historia, raíces, sí, nostalgia detenida nunca", decía el de Granada. Y tenía razón, hay q seguir moviéndose, vivos, despellejados o exultantes, más flacos o con tripa,  o en tracte de senyora o de iaia extranya que te acollonits als nens del veinat.
   Después amaneció con lentitud y tras recoger la casa nos fuimos de compras por la calle principal y nos cargamos de paté de trufa y flaons, cómo no. Comimos debajo de los soportales junto al Cardenal Ram y pese a los treinta y cinco grados de temperatura, nos dejamos querer por la sopa morellana y por unos garbanzos con almendra en mi caso que nos pusieron al borde de la autocombustión. Y allí, en Vinatea, entre sorbos de cerveza, Miss B me preguntó si ese era el nombre de úna ópera de Matilde Salvador y me entró flojera, la misma flojera que me da cuando me habla de Bernat Artola con pasión y resucita tantas conversaciones de mi casa que durante años han estado dormidas porque parecía que a nadie interesaban.
  Miss B ha sido una sorpresa y un regalo. No hay una forma poco cursi de decirlo. Puedo escuchar su "coño, pues no lo digas" mientras escribo esto. Pero que me mande un whastapp si quiere y lo añadiré a otra de nuestras conversaciones. Hoy ella ha vuelto a trabajar, así que nunca fue tan cierta la frase de "Se ha acabado el verano" de mi abuela y mi madre.
 Me he despertado con esa sensación y con ganas de decirle a miss B  q espero q el tiempo nos de la oportunidad de compartir silla, bolsa de pipas y gintonic de Bloom cuando tengamos tracte de senyora o de iaia  extranya que te acollonits als nens del veinat.
 Las sillas que sean como las de la foto,por favor.

domingo, 21 de agosto de 2011

Latas de mejillones.



Extracto de la entrevista de Manuel Vicent a La Miranda, Suplemento del Diario de Ibiza el pasado 23.01.2009.

"—El Mediterráneo es seguramente el gran tema de su narrativa.

—Lo llevo como una carga enorme. Uno empieza a hablar o a jugar con este tema y ya queda como paradigma personal. Yo descubrí el Mediterráneo en Madrid. Llegué al café Gijón y me dije: «pero ¿qué es lo que he perdido?». Y así empiezas a idealizarlo. No es un Mediterráneo fallero ni nada de eso, ni sorollista ni de Blasco Ibánez siquiera. Más bien sentí la pulsión que se da, por ejemplo, en Albert Camus, en algunas de sus obras como ‘El verano’ o ‘Las bodas de Tipasa’. Un Mediterráneo que atañe personalmente a uno, viva en Mallorca o en Túnez.

—Pessoa dijo que en todo buen poema debía notarse la existencia de Homero. Pero en estas latitudes esta premisa es más bien una fatalidad.
—Así como a los pintores, en cuanto bajan la guardia, les sale el toro picassiano del Guernica, a los escritores del Mediterráneo, a poco que bajen la guardia, les sale Homero. A mí lo que me seduce más del Mediterráneo es el caos. El caos es más mediterráneo que la armonía. Piensa en el Partenón, por ejemplo, que pasa por ser el símbolo de la armonía. Es producto de una explosión de dinamita. También el templo de Siracusa fue un depósito de dinamita. Antes de eso, claro, fueron muchas cosas, de diferentes religiones. Eso es maravilloso porque, al quedar sólo el esqueleto, te lo puedes imaginar. El mar mismo forma parte ya de nuestro imaginario. Actualmente, el Mediterráneo es un mar muerto. Las playas son, sobre todo en agosto, urinarios públicos. Incluso en alta mar te las ves y te las deseas para encontrar un lugar limpio. Pero de la misma manera que en Grecia nos imaginamos el paisaje de las ruinas, en las playas imaginamos un mar limpio, porque es una forma de afirmar que nuestra infancia fue limpia.

—El imaginario mediterráneo hoy quedaría, pues, reducido a la infancia.
—Pues sí, todo es infancia. En cuanto sales de la infancia, todo empieza a liarse. Como decía aquel poeta catalán, en la infancia íbamos sucios, pero éramos limpios.

—El mar es constante en sus artículos y novelas, aunque no tiene en la narrativa española una gran tradición.
—Es cierto. Baroja un poco, Josep Pla también, Azcona. Pla decía que un gran escritor se mide frente al mar. Y luego añadía una cosa un poco chusca. Goethe, decía Pla, era un escritor detestable, porque la primera vez que vio el mar dijo que era un «espectáculo impresionante». En cambio, lo poetas sí han hablado mucho del mar. Hay más poetas naufragados que mejillones. Ver el mar es como navegarlo. Hay que ser precavido, no puede desafiarse. El mar no quiere hombres, suele decirse por aquí.

—¿En literatura también hay que ser precavido con el mar?
—El mar, literariamente, hay que trabajarlo como lo trabaja un marinero o un pescador. Sabes que está allí, que te da de comer, lo tienes dentro del cerebro porque lo has visto al nacer, pero no hay que exagerar con los adjetivos. Para nosotros no es un espectáculo, no es grandioso, como lo suele ser para alguien que viene de tierra adentro. Lo aceptamos tal como es, tranquilo o alborotado. Me hace mucha gracia, por cierto, el madrileño que viene de fin de semana, y quiere que ese día el mar esté como él quiere que esté. Y se cabrea si el mar está revuelto. Es sobrecogedor.

—Su imaginario literario nos conduce también con frecuencia al hedonismo, a la importancia del ‘saber vivir’.
— Siempre recalco que el hedonismo está montado sobre la ascética. Para ser epicúreo, primero hay que ser estoico. Se puede ser hedonista con un sardina.

—Pero no de lata, supongo…
—No, de lata no, claro. Pero quiero decir que se puede ser hedonista con poco. Recuerdo a un marinero que estaba comiéndose un tomate y unas sardinas en el puerto de Denia y pasó un rico de aquellos y le dijo: «me voy a comer unas gambas». A lo que el marinero contestó: «Ah, con eso también se puede comer bien»


Anoche mientras escuchaba esta canción pensaba que la música de Manel- ese conjunto que ha puesto a medio país a cantar en catalán- es Mediterráneo. Mi mediterráneo, esta piel de salitre y el hablar caótico que tenemos muchos de los que nacimos por estas playas de ladrillo.
Mediterráneo es Homero, cómo no, Berlanga, Serrat, Plá, Manuel Vicent y Raimon, aunque de pequeños nos pareciera un coñazo.
Las gambas sin razón, el arroz de los domingos y el que se lleva al horno los jueves. La paella de cada casa, que siempre es la mejor.
Los gatos de Roma.
La torraeta de anchoas en la plaza del Mar, añadía hoy Miss B.
Los farolets que hacen los abuelos con sandías pequeñas para sus nietos.
El cine de verano (Bohío, con sillas naranjas) con bocadillo y chaqueta para el final de la película, cuando ya sentimos en la nuca la humedad.
Los banderines de las fiestas de agosto.
Muchas de las escenas quemadas de "Lucía y el sexo".
Formentera, Denia, la horchata de Alboraya y las siestas.
Reirse de uno mismo y ser un pelín imprudente.
Las villas, en especial sus jardines: los dragones (las salamanquesas) subiendo por la pared de gotelé, las chicharras y las plantas que las habitan.
La uva moscatel.
No tener dinero y comer la paella con champán. Champán del de antes de que nos acostumbráramos a llamarle cava.
Las acequias.
Ir en bicicleta sin destino, por el mero hecho de pasear.
Los hombros quemados.
Los tirantes que se resbalan.
El run-run de las olas mientras cerramos los ojos.
El final de "La dolce vita",
paisaje del deseo de "Aniversari" de Manel.

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viernes, 19 de agosto de 2011

Cuento atrás.

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Así terminaba un microrrelato adolescente que escribí hace diez años en El Escorial. Las tres primeras palabras- "Él se corrió"- hicieron que José MªMerino, hoy académico, torciera el gesto: "¿Podrías cambiar esa frase?" Me negué. " No veo por qué" le dije. Mi rebeldía era así de simple. Tan ingénua como el entusiasmo que depositaba en la literatura.
  Pero hoy me he acordado del título al mirar el reloj y pasarme la mañana corriendo por la casa como el conejo de Alicia: "No me da tiempo, no me da tiempo". Me marcho a Morella, al concierto de Manel y debo hacer muchas cosas antes de que suene el telefonillo y sea Miss B- que también viene- llamándome para hacer la compra. Entre toda la lista de tareas pendientes estaba la de escribir un post, q he dejado el blog abandonado en mitad de agosto y ya debe estar salvaje, como las plantas de mi terraza.
  Mientras metía camisetas, vaquero, sujetadores y las muestras de hidratante en la maleta me he acordado del reloj. Del casio de la foto. Me lo regalaron hace dos años y lo llevé mucho al principio, pero luego, cosas del corazón hicieron que suspirara más de lo permitido cuando lo llevaba en la muñeca, así que lo guardé en una caja azul. Me resistía a tirarlo pero no quería tenerlo siempre cerca, presente a todas horas. Así q lo confiné entre las pulseras de Bimba y Lola y mis pendientes de plástico bueno.
   Tengo un sueño muy malo, un dormir difícil, desde siempre. De pequeña como no había manera de que me quedara sopa me subían en el coche y me paseaban hasta que me dormía. De mayor recurro a la ayuda química- medicamente pautada- y a un concepto q para mí es religión "higiene del sueño". Creo q ya lo he contado, en fin...desde hace un año, antes de que entrara en fase rem o post rem o como se llame eso, escuchaba un silbido- una alarma de un coche- pensaba yo que me inquietaba y en más de una ocasión me desvelaba. No supe que era el casio hasta a principios de verano, que dejé mi bisuteria a la intemperie y comprobé que el reloj aullaba. Misterio sin resolver, porque yo no lo habia programado jamás en modo despertador y de repente, todas las noches antes de que cierre los ojos este reloj me recuerda que en otro tiempo a esas mismas horas alguien pensaba en mí.
  Así que habrá volver a empezar. Como en aquel cuento de El Escorial que escribí hace diez años para que se leyera empezando por su final y que a Merino no le gustó.
¡Me marcho!

miércoles, 10 de agosto de 2011

Las cárceles suizas

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Todos los días cena a las ocho y media. A tu servicio con descuento: un tupper de pasta, otro de lentejas- con este calor- el tercero de hervido y alguno con filetes empanados, para los días que no le apetece ni asomarse al balcón. Engulle los trozos de carne rebozada y es como si le pusieran la ficha a un autodechoque: tiene energía suficiente para pegarse a los apuntes, buscar jurisprudencia, darse con los cantos de los sillones. Nunca varía su uniforme: camisetas de propaganda, bañador.
El lunes me descubrió observándole por la ventana del Raspa. Yo había ido allí por una cerveza y acabé brindando con cava por las vacaciones. Me sentía nueve kilos más ligera y bajando, lo inundaba todo con palabras. Me acomodé en el sofá blanco y estuve  escribiendo en la moleskine sobre las decisiones que deben solucionarnos la vida:  "Decisiones suizas" las llamo yo.
Las decisiones suizas son como a las navajas de los setenta, sirven para todo y te ofrecen trocitos de vida cuadriculada: un buen trabajo, un sueldo digno, calles limpias, amores aburridos, bosques verdes y vacaciones en el lago Como, donde verás pasear en descapotable a George Clooney y aniquilarás el último rastro de emoción. Clooney es de plástico. Ni siquiera de ciencia-ficción. Clooney no se compromete ni suda. Clooney es la Isabel Preysler del buen americano. Sus sistemas nerviosos- el de Clooney y el de la Preyseler- están alicatados por una empresa de Villarreal, de ahí que ni sufran ni sepan lo que duele el desamor.
Yo estaba pensando en que debo tomar una decisión suiza cuando le ví.
  Había subido la persiana un palmo y su perfil se recortaba entre la penumbra gracias al reflejo de la pantalla del ordenador. Tenía la vista puesta en ella, y el hechizo solo lo rompía el ir y venir de la cuchara del plato- que no se distinguía- a la boca, arriba y abajo. De vez en cuando un ruido que subía de la calle y que yo no advertía parecía molestarle, porque se asomaba por el hueco del balcón y fruncía el ceño. En uno de esos momentos descubrí que no era joven, quiero decir que no era un chaval que acabara de terminar la carrera. Al contrario, parecía tener cuarenta y algunos, tenía entradas y el gesto grave, de persona mayor. 
  La ventana del Raspa es indiscreta. Rompe su fachada como una línea vertical, es más larga que ancha, en rectángulo y apenas deja entrar la luz del sol. Desde el punto de vista estético, yo diría que fue uno de los aciertos de la reforma. Desde el punto de vista estratégico no me cabe ninguna duda: de todo lo que cambiaron, eso fue lo mejor. Desde el sofá blanco de piel puedes controlar la avenida y sentirte James Stewart. En el corazón del Downtown, pero sin rascacielos a tus pies.
  La ventana del Raspa está rodeada de pequeñas lucecitas, ya sea agosto o navidad. A mí me gustan esas bombillas, me parecen un guiño de Emilio o de Pedro, parece que digan que cualquier martes puedes encontrar una sorpresa dentro del bar. Anteayer yo me escondía detrás de ellas y miraba. Jugaba a mirar y a escribir, como tantas-tantísimas- veces hago mientras me escondo en un taburete o una mesa de mi local favorito. Había tenis en la televisión- canal deporte- Emilio atendía a los incondicionales y yo, vestida de blaco y entre sorbos de cava, vigilaba al opositor.
  Termino de cenar y desapareció la cuchara. Se quitó las gafas y se frotó los ojos, se quedó un momento así, cabizbajo y después, con la cabeza apoyada en la mano miró por el hueco de su balcón. Había gente cenando en la terraza del Fam fatale. Se escuchaban risas y corría algo de viento. El opositor se quedó ensimismado,  pensé que echaba de menos otros agostos de su vida. Tenía pinta de tener viajes y semanas en blanco en su disco duro,  de haber vivido y estar en ese momento encerrándose voluntariamente para llevar a cabo una decisión.
 Una decisión suiza, me dije yo.
No tenía facebook, de eso estoy segura. Si lo hubiera tenido no se hubiera quedado tanto rato perdido por lo que le dejaba ver su balcón. Si lo hubera tenido también le delataría el tic nervioso del chat, moviendo la cabeza hacia la izquierda. Y no, él giraba toda la cabeza sin aspavientos, era un bloque el opositor.
  También había renunciado a la música. Tal vez tendría su propia lista de reproducción en la cabeza. Intenté descubrir sus títulos y le colgué a Portishead o a The Strokes. No sé por qué. Quizás había algo en sus gafas que me hiciera recordar una canción de los primeros, o la forma de moverse me trajo algún título, "Sour times".  La idea de que hubiera tachado la música de sus actividades permitidas hizo que deseara que apagara la luz y que se fuera. Giré la cabeza para no verle. Su encierro comenzaba a resultarme agónico, como el de los canarios en las pajarerías de la Calle San Vicente a las que mi madre me llevaba cuando salíamos del médico.
 Si hubiera desaparecido entonces, si se hubiera ocultado en la penumbra yo hubiera soñado que tenía una novia de pelo corto, modernilla, con la clavícula pronunciada y la piel brillante, que le esperaba en Benicàssim. Hubiera creído que se daba una ducha y se iba a  encontrarla en uno de esos chiringuitos de la playa con tumbonas donde es agradable matarse a gintonics y a caipirinhas. Una de esas tumbonas que se prestan a largas conversaciones y a besos prólogo. Me lo hubiera imaginado con los pies en la arena y la chica abrazada a  él a medianoche, con las piernas entrelazadas y el limón derritiéndose en el vaso. Yo me hubiera quedado feliz así, soñando que seguía despierto.
 Pero él continuó mirando por la ventana, sin un mal cigarro que llevarse a la boca y yo no lo resistí y le pregunté a Emilio si lo que sonaba en aquel momento era el nuevo disco de la Bien Querida. Estuvimos un rato conversando acerca de las nuevas canciones y de la conmoción que supuso " De momento abril" años atrás. " Yo no puedo escucharlo todavía" le confesé a Emilio, " me pone demasiado triste". Así se hicieron las diez y la pareja que siempre se toma una cerveza leyendo la prensa a esas horas no acudió (él mira el Interviú, ella finge vigilar el infinito. Los dos sonríen). Estarían cansados, se les habría hecho tarde la rutina. Así que Emilio decidió cerrar y apagó las luces de mi ventana. Eso me hizo recordar que había dejado al opositor ensimismado con la calle.
  Cuando salí fuera no estaba.
Las persianas de madera seguían subidas a la misma altura, pero él había apagado el ordenador. No se distinguía una sombra, todo estaba oscuro. Debajo de su ventana brillaba el cartel rojo del supermercado, autoservicio con franquicia, plagadito de descuentos. 
Escuché la persiana metálica del Raspa y me prometí que en mi vejez inglesa- planeo jubilarme en Oxfordshire- solo beberé agua, cava y champán. Nada más. Ni siquiera un jerez. Ni un sorbito de ginebra. Seré una abuela excéntrica a la que le guste tumbarse en el cesped para quitarse las medias y dormir la siesta descalza cuando salga el sol.
  Le pregunté a Emilio por el chico de la casa de enfrente, "¿El opositor?" me dijo. "Se pasa las tardes ahí" y señaló con el dedo el primer piso. 
De pronto supe que ya echo de menos a Isaac, que ha dejado el facebook y se ha puesto a  estudiar junto a una ventana en Cádiz.
El cava estaba muys fresquito y no me dejó resaca. Ahora ya, por fin libre de plazos y de agobios, comienzan mis vacaciones.



ps: la imagen se la debo a Joselitoelpequeñoruiseñor y es exactamente lo que imaginaba antes del lunes, cuando aún no disponía de mi tiempo y se me bloquéo el muro del facebook, es la protesta ante el encierro pero con explosión de color. Y me gusta mucho.

sábado, 6 de agosto de 2011

De pronto otro verano.

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Se ve borrosa al haberla ampliado, pero ayer la hice con la blackperry en el mismo instante en el que sentí que había llegado el verano. Decía Manuel Hidalgo que "verano era la sensación de tener todo el tiempo del mundo por delante". Algo así, más o menos. Yo añadiría que verano del bueno, ese del que se siente nostalgia y que va cobrando brillo entre nuestros recuerdo, el verano infinito al que cantaban el dúo dinámico, es aquel que tienes todo el tiempo del mundo para disfrutarlo con la gente a la que quieres. La ecuación, desde mi punto de vista, también funciona a la inversa: si las personas que te rodean de  verdad te quieren, harán por compartir contigo un trozo de verano. Un pedazo de ese limbo de obligaciones en el que no hay más truco que el de "ser" y no el de "estar". Por el contrario, si no te quieren, no encontrarán el rato para estar juntos en verano. Y pondrán excusas. No hay que hacerles caso ni darles más importancia, ni hay que macharcarse preguntándose dónde están y por qué prefieren la compañía de otros-tal vez mejores o no menos involucrados- a la nuestra. Si su afecto fuera igual al tuyo te hubieran reconocido, te hubieran elegido como decía Gustavo Martín Garzo en su "Carta a una mujer no correspondida" aunque hubieras sido un pez.
  De esta manera el verano no es una época que se ciña a tres meses- julio, agosto y septiembre- sino a aquellos momentos de vida que revienta por su propio peso, como los higos en la segunda cosecha. Esos ratos libres de obligaciones en los que se guardan en un cajón los relojes, se construyen proyectos, se deja que las cosas fluyan, esos ratos que todos coleccionamos. Así puede ser verano siempre: en una cajita en la librería, o debajo de siete mantas en el sofá. Prueba de ello, la primera canción que se hizo famosa de Facto de la Fé y las flores azules: "Enero en la playa".
  No puedo obligar a nadie a quererme ni a que se quede este verano, o a que venga a compartirlo. No puedo ni quiero hacerlo. Los veranos- al igual que los afectos - te los encuentras y después, si verdaderamente los aprecias, haces por conservarlos. Yo es lo que intento a estas alturas. Hay algunas personas con las que firmaría todos los días un contrato para compartir hasta el último minuto de vida. Algunas también lo suscribirían conmigo. Otras no. Es lo normal, sino nuestra muerte sería una final de gran hermano. Pero lo q sucede es q a menudo creemos que vamos a envejecer con determinadas personas y de pronto las piezas del puzzle no encajan y su voluntad primera de quedarse y permanecer se escabulle entre los dedos. Huye como un pez.
 No pasa nada.
Quedan otros veranos.
Por eso, cuando después de distancias y silencios, de lágrimas y discusiones, de risas y noches, de copas, cañas y tés fríos, de desayunos con tostadas, de fiestas con gallardetes, de madrugadas al borde de un río, de pueblos y carreteras secundarias, te das cuenta sentada en una terraza de que el instante que vives es uno de esos veranos de las canciones, sonríes y te quedas quieta. Intentas apresar esa brisa. Y te sale una fotografía cutre y excesivamente pixelada.
 Aún no estoy de vacaciones, sin embargo este 2011 ya me ha traído un surtido de ratos que son el comienzo de mi verano. Como estos:

- El picnic de un sábado, con mis amigas del colegio, al estilo l'alquería blanca.
- Un besugo y la cabeza del rodaballo en Vitoria, con Charo y Laura.
- El barrio latino de Zaragoza con Richi e Inu.
- La comida, merienda y cena con Kontx en el Casino, señoritas de provincias y cócteles. 
- La cerveza en el Eurosol con Ana y Fran, el chupchup al estilo Concha Piquer.
- Una cena exquisita- este ha sido quizás el momento más dulce de todos- en el apartamento de los Chinchilla, mis amigos de la infancia, los q venían todos los veranos de Madrid, leyendo la primera carta que recibí en mi vida y q ellos me escribieron prometiéndome fotos del Retiro.
- La primera vez que escuché en el despacho "Todos los caballos de carreras" del próximo disco de The New Raemon, Francisco Nixon y Ricardo Vicente.
La última que la he escuchado, esta mañana al despertar. Richi más grande que nunca.
- La fuga entre agobios e impagos, para la que paula me secuestró dos horas la semana pasada. Los pies en la arena, el mar lleno de nubes y yo incapaz de conjugar cualquier verbo correctamente del bloqueo intelectual.
- La reunión- remake en Alicante de Sexo en NY, con mi voltereta hacia atrás, entre tules en una cama balinesa. En lugar de Miranda o Carrie Bradshow, soy Lina Morgan. En lugar de Nueva York yo me siento más cómoda en Vallecas. Qué caos.
- La tarde en la huerta del padre de Rosa, en Alicante, con ella, Buby y los niños. Arrancar las cebollas, coger higos verdes y morados, mirar si ya están maduras las berenjenas, golpear levemente los melones...y llevarte la compra al coche en una carretilla manchada de tierra.
- El concierto de The Charlatans, con Miss B en primera fila del Arenal Sound. 
- La toquilla azul intenso que me ha hecho mi madre en quince días, durante los ratos que no estamos juntas.
- El atardecer tal y como se ve en la terraza desde la que está tomada esa foto. 

Y todos y cada uno de los ratos que aún no han llegado pero que espero compartir mientras me derrito frente al teclado.