
Con tanto trabajo, tanta Bankia, tanto hacer economías, tanto perdón descolocado me estaba pasando como al marino de Mishima, que he estado a punto de perder la gracia del mar (una de mis novelas favoritas con título para robarle a la historia de la literatura: "El marino que perdió la gracia del mar") Supongo que yo soy así, caótica, desestructurada y con ese presente contínuo- el lado ing que la mayor parte de las veces asusta y en las otras ocasiones resulta divertido- aunque me agote. Que no debo renunciar a él ni cambiarlo por una vida más de Nancy callejera, señorita de provincias por lo que tanto me esfuerzo. Digamos que en las últimas semanas me he dado cuenta de que mi lado oscuro, como en el lado acuático del marino, reside mi fuerza. Ya no hablo de mi apariencia frente a los demás, no. Hablo de la energía que saco de la contradicción- barrio residencial en el que habito, mi reserva petrolífera-del contínuo estar re-haciendo, re-pensando, re-estructurando, re-inventando que es lo que me hace estar más viva. Así que los esfuerzos de los últimos años por llevar una vida ordenada, de caligrafía inglesa, con mis plantas, mi cocina mágica, mi austeridad consumista, mi sobriedad en los cócteles...están muy bien como galería de obras del fallido propósito de enmienda, pero que si no los salpico con un poco de "déjame en paz" me acaban matando.
Por eso soñaba con piscinas, todas las tardes, al volver a casa.
La semana pasada, sobretodo, al cerrar la puerta de la calle del despacho y tropezarme con los bostezos de la calle mayor imaginaba que una inundación de las buenas convertía mi camino de regreso en piscina y que, con música de fondo (Esta temporada pertenece por completo a Linda Mirada, "Con mi tiempo y el progreso" , el disco que me está haciendo escribir y soñar) dando unas brazadas estilosísimas- yo cuando me imagino que nado, como mínimo soy Charlene Wittstock- estaba llegando a Estocolmo, poquito a poco, sin grandes estridencias a lo David Meca, sorteando las islas, resistiendo el frío, observando los bosques de las riberas. Ay.
Fue entonces, cuando esperaba encontrar un pasillo de abedules en el portal de mi casa y me tropecé con la reunión anual de la comunidad de vecinos- que es más un selva-, cuando supe que estaba perdiendo la gracia del mar. Que con tanto esfuerzo por seguir adelante, enfrentar las cosas con calma, no dejar para mañana lo que podía hacer ayer y este agobio de perfeccionista que se arrepiente del tiempo muerto, me estaba despistando. Que ya no era que viviera sin vivir en mí, que aún hubiera soportado el lapsus, sino que tanto control de gastos, tanta reforma penal encubierta, tanta acritud en los gestos, me estaba interviniendo, nacionalizando a mi pesar.
Así que solté los lastres y volví a mi caos de libros revueltos, cervezas en la terraza y prisas por no hacer nada. Regresé al Terra milles con Magda el sábado y bebimos, charlamos, nos peleamos con Teo- su hijo, de veintiún meses- por la bacora- un atún pequeñito que allí cocinan a la plancha con sal gorda y que se queda jugosísimo y medio japonés entre los barcos- ensalzamos la vida de las gaviotas y maldijimos a Rato, Gallardón y a todos sus secuaces entre sorbos de un gintonic apacible- como deben ser los gintonics- a media tarde.
El domingo el brote de mi yo más manga, estaba cogiendo sitio en mi agenda. Me desperté pronto, cambié de sitio algunas plantas de la terraza, me enzarcé en una lucha propia de Star Wars contra las hormigas y un bicho parecido al pulgón que asola una de mis buganvillas y después preparé el set básico para el picnic. Nos fuimos a una de las calitas de la Renegá- zona de la costa de Oropesa, donde hay pinos y rocas fundamentalmente- hicimos una instalación de sombrilla-esterilla de propaganda+ tuppers+platos de barbapapá, nos quitamos la parte de arriba del bikini (hay algo de mí que apunta maneras de señora liberada de los setenta, más que el nudismo me gusta el destape, hay algo en mí más decadente que mi cuerpo y yo creo que son los restos en el subconsciente de cierta cultura de la transición) y nos dimos el primer baño del verano. Así los tres- Magda, Teo y yo- parecíamos una pareja de Modern Family, pero nos reímos de las etiquetas ajenas a nosotras y propias del universo de provincias q nos da la vuelta, mientras Teo intentaba hacer una luna de arena en la orilla del mar y todas se le escapaban.
Al llegar a casa tenía la espalda color de las flores de mi bungavilla, culo de mandril, entre fucsia y rojo fluorescente. Me picaban los ojos del salitre y parecía que verdaderamente hubiera ido a Cabo Norte a nado. Abrí el suplemento del País que por la mañana, con el ansia de la vajilla de Zara que regalan con cartilla de puntos- como libro de familia del racionamiento-, me había agenciado y encontré la primavera de Hockney.
Oh.
Tremendo "Oh" deslumbrado.
Me fascina este hombre. Me puedo poner a escuchar a sus parejas pop durante horas y encontrarle sentido a los silencios y las turbulencias que se escapan de los lienzos- deténganse frente a uno de sus cuadros y pongan en el ipod "Secundario" de Linda Mirada, y comprenderán lo que les digo- me fascinan como a él el icono de los sesenta del que antes hablaba, las piscinas. Todo lo que sucede en sus bordes de hormigón ( de ahí mi fijación por una película de la que alguna vez he hablado "El nadador" de Burt lancaster) y cómo las ha ido transformando a través de sus composiciones de polaroids, al igual que con sus retratos. Pero ahora, después de enterarme por un suplemento del domingo (así no soy ni seré nunca moderna de pueblo, ni hipster ni ná de ná) enloquezco con sus bosques de los Wolds, en pleno corazón de Inglaterra.
Y me deslumbra entre los detalles de su universo la inquietud de este hombre que a sus ochenta y tres años, ha descubierto el ipad y la carne de pixel - que no es transparente- y se ha puesto a utilizar su tableta como un niño pequeño su xbox, con fiebre y ha logrado meternos en el bosque tras él, para acompañarle en el caos de su vejez o en el túnel de sus últimos años.
Hockney le ha pillado la gracia al mundo. Al legado de Steve Jobs. A los pueblos pequeños. Hockney no ha perdido la gracia del mar y eso es algo tan heroico, que he dejado de soñar con archipiélagos suecos.
Ahora solo pienso en carreteras secundarias inglesas y en que, con lo largo que me ha salido este post sin pretenderlo, vuelvo a llegar tarde a trabajar.