Hace mucho que no escribo. Días, tal vez semanas. Que no escribo en el blog, quiero decir, en la moleskine no paro, aunque ultimamente solo deje frases sueltas sin mucha sustancia y a las que dentro de unos años no veré sentido. Por ejemplo:
"Me gustas cuando roncas, porque entonces sí que estás ausente"
(Siempre he arrugado la nariz pensando por qué a Neruda le gustaban las mujeres calladas. Um.)
Así, con falsilla y en la cafetería del juzgado, mientras espero, revisito:
Cuando roncas.
Ausente.
No sé si alguien habrá vivido ese momento de la confesión en el que te propones dormir con tu recién estrenada pareja y surge el drama:
- Yo ronco.
La cara de ilusión se apaga por un segundo, pero se mantiene la sonrisa (hay un mínimo de educación múltiplo), la mano en la mejilla.
-¿Ah sí?
Se levanta una ceja.
La chica, entonces, agacha la cabeza, pone un mohín de abandono y envidria los ojos.
- Bueno, no siempre. A ratos. Flojito.
No es tiempo de sinceridades. Basta con abrazarse, encajar en el cuerpo del otro y dormir. Si no hay abrazo no merece la pena ni alargarlo.Entre la ansiedad pre-ronquido y el frío que se cuela entre las sábanas mejor poner fin a la escena romántica.
Se avecina la hipótesis de una primera grieta.
- Bufff...Me acabo de acordar.Mañana tengo un día terrible.- dice ella para salir corriendo antes de que él se despierte con dolor de cabeza y cierre la puerta del baño circunspecto.
Expresión de agobio entre silencios: o te vas tú o me piro yo. Una retirada, tal vez, pero...
- Ven aquí entonces- vuelve la luz, la sonrisa- relájate.
Se abren los brazos, como la cueva de Ali Babá, vuelve la ternura de las noches sin felpa. Cambiamos el principio:
"Me gustas más que comer naranjas".
Segunda frase, esta aparece en la pizarra.
Naranjas de la china, amor.
De la China.
De la China.
Se van.
Muchos se van. Mi amigo Migue es uno de ellos, pero solo por cuatro meses. Cada vez que echo de menos sus chistes- y de repente me he dado cuenta de que los suyos me han dejado un hueco inesperado- imagino que una flechita roja, hecha de guiones, va adentrándose en los pueblecitos más pequeños de China, trazando una línea perpendicular a la Gran Muralla. Los guiones rojos son los azulejos de la esmaltera de Migue, que van dibujando rutas de la seda. Emiten pequeños gruñidos, como la señal de la RKO. Hay días en los que Migue no habla con nadie. Rectifico: hay días en los que no se comunica con nadie.Hay otros en los que no entiende ni los ruidos y eso no sé si es peor. Ellos hablan chino y él hace lo que puede con el inglés. O con el español. Así vamos deshojando el otoño en la fábrica, entre noodles y gruñidos de la RKO.
Es un etapa oscura. La elección no es fácil. Quedarse es, en algunos casos, cerrar la puerta. Muchos de mis amigos ya piensan en emigrar como algo ineludible. No hablo de aquello que te ibas tres meses a Londres, aprendías slang y servías tortilla de patata en un bar español. Hablo de irse sin pensar en la vuelta, con hijos, futuro, recuerdos y familia. Jodido. Pero es que no hay más, los días pasan y nadie entiende qué sucede ni con la política ni con la banca. Parece que estemos condenados a vivir dentro de un charco, las leyes, las discusiones, los enfrentamientos manchan, ensucian hasta lo bueno.
(Lo bueno ahora es este día a día, estas lentejas o el extra picante de la sopa vietnamita)
Para colmo ayer publican la ley de tasas. En breve la del talión por real decreto y la cadena perpetua revisable, después adiós a los juicios de faltas y bienvenida a las multas. Las garantías se oscurecen. Gallardong es lo peor que nos ha pasado en mucho tiempo y sus recortes no despiertan manifestaciones. Cuando nos jubilemos en la cárcel no nos salvará de la tristeza del patio ni Berlanga.
En Castellón, entre tantas medidas de ahorro, han decidido apagar las farolas por la noche. El sábado mi calle parecía un homenaje del museo de cera al Londres de Jack el Destripador. Cuando vuelvan las bandas de forajidos, los atracos y la violencia en los callejones que le pregunten al alcalde iluminado por qué es todo tan oscuro. Salí ayer del despacho a las siete y creí que me había trasladado por algún agujero del espacio a Mala Strana.
Solo brillaban las lentejuelas de algunas faldas en Mango. De esas que alegran los cócteles.
Estuvimos una semana de eventos (que es como se llaman las fiestecillas con croquetas en el lenguaje de semanal cursi) y me planteé muy en serio lo de adelgazar diez kilos y prepararme una oposición a canapetera oficial. Con dos petits robes noires, un collar de fantasía espumosa y un rouge atómico sobrevivía. La gente en los cócteles ahora va a la batalla- cualquier bandeja es trinchera- pero con un poco de gracia se sale adelante, lo prometo. Basta con tener controlado al político de turno, su calendario de inauguraciones, las presentaciones, juras y fiestas de colegios para tener una agenda apretada. Después ya viene lo complicado: comer y que no te echen por desesperada. Con un poco de morro, mucha seguridad de plástico y cierta estrategia se consigue un hueco, dos croquetas, algún plato de arroz con boletus y hasta una copa de cava. No se me ocurre un menú más suculento para la crisis. La parte fea es la cantidad de estupideces que tienes que escuchar hasta que descubres la ruta de los camareros, pero el truco está en desconectar sin que te tiemble el pulso y que el vestido sea bueno. Si estás hambrienta y llevas un vestido de marca puede parecer que salgas de un régimen extremo y nadie te dirá nada. La vida de canapetera puede ser insustancial y frívola, pero en esta situación hay que buscar salidas al blanco y negro en el que vivimos.
Los supermercados parecen documentales de la Europa del Este antes de Gorbachov. Han aparecido una gama de tubérculos nueva, muy nutritiva imagino pero sin ningún tipo de alegría. Yo, que amo esos cajones de pimientos y tomates valenciano con sus colores básicos y su genealogía de paella o arroz en el Palmar, después de llenar el carro entre tanto beige vuelvo a casa con el corazón encogido, hecha un "ay". Pero la suerte me sonríe en el amor y en la vitrocerámica así que ultimamente me atrevo con todo lo que el Comidista sugiere y me salen unos platos riquísimos, de canción de Vainica Doble.
He descubierto las novelitas de Azcona y sus artículos en La Codorniz gracias a un libro-joya: " Por qué nos gustan las guapas". Pienso que en la época de Don Rafael las cosas tampoco eran fáciles ni sencillas y que, pese a ello, aprendieron a vivir con humor, disfrutando de su tiempo, sacándole punta. Me chiflan sus títulos, sus historias del chico de provincias- era de Logroño- recién llegado a Madrid, los cafés en los que recitaba sus primeros versos, los dibujos del repelente niño Vicente, o la idea de escribirse cartas a él mismo pero en el futuro, situándose en lugares exóticos: "Honolulú, 1979". De Azcona me gusta casi todo. Qué coño, lo único que le discuto es que se haya muerto. Y lo bueno es q no me canso de ver y re-volver lo conocido.
Yo también quiero, a la manera de Don Rafael, escribirme cartas desde el pasado-en concreto desde una chaize longue y fumada de opio, en los años veinte- contándome lo feliz que fuí de flapper y lo mucho que me divertí bailando el charlestón.
Todo lo hago para quedarme dormida sin miedo.
Para no roncar fuerte y que mañana todo sea mejor.
