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 ¿Qué vamos a celebrar en 2010?

¿El grito de Dolores? ¿El inicio de la independencia? Las hazañas de Hidalgo y Allende, ejecutados el 30 de julio de 1811?: «Sus cabezas, encerradas en jaulas, cuelgan en la Alhóndiga de Granaditas». ¿Lejano origen de nuestra actual epidemia de descabezados? Suena escandaloso, los decapitados de hoy son producto del narcotráfico, las cabezas de los héroes de la patria, producto del despotismo que no se ha logrado desarraigar, ¿coincidencias?

Imagen: Lucy Nieto, vía Flickr

Imagen: Lucy Nieto, vía Flickr

«Morelos, cura rural en estrecho contacto con el pueblo, hijo de un carpintero, fue el dirigente popular que la rebelión requería». Desde el 6 de noviembre de 1813 declara en Chilpancingo la república y abole la monarquía. En 1814 se proclama la primera constitución de la nación mexicana: «En el congreso de Chilpancingo se percibe claramente el sello de la concepción liberal moderna, reanuda Luis Villoro».

A partir de ese momento se retoman, como en la constitución de Cádiz, las ideas de la revolución francesa: se establece el sistema representativo nacional, la separación en tres poderes, los derechos del ciudadano – ¿era la mujer ciudadana?- y la libertad de expresión.  Ese congreso «cuidó de restringir constitucionalmente hasta el máximo las atribuciones del ejecutivo. Prohibió que éste recayera en una sola persona.» ¡Maravilloso! Pero, ¿se ha cumplido? Pregunta retórica, aunque no inútil. Nuestra historia camina a tumbos, desde la independencia, retrocesos y avances continuos, constituciones que van y vienen, hoy reformas constitucionales, no precisamente en beneficio de la nación, y que nos retrotraen de modo aberrante a situaciones presentes en México entre 1810 y 1821.

Declaraciones del ejecutivo federal sobre Pemex,  apoyadas por un secretario de gobernación cuyo único objetivo pareciera ser beneficiarse, junto a sus pares- ¿su propia familia, ligada a los intereses de España con Repsol, ampliamente apoyados por Fox y Calderón?-, de un recurso nacional; proyecto, ahora lo vemos, intencional, pero no perfectamente maquillado.   

Al proclamarse la independencia, «el poder real estaba aún en las manos de los grupos privilegiados: la iglesia y el ejército, ante todo», situación que se reitera, aunque su fuerza se vea disminuida por un nuevo poder, el del narcotráfico acompañado de la imbatible pandemia nacional, la corrupción, propiciada también – que no realmente combatida- desde las altas esferas.

El siglo XIX fue el teatro de luchas enconadas entre liberales y conservadores, entre la iglesia y la sociedad laica. Laicismo cada vez más objeto de luchas entre quienes detentan el poder. Unos ejemplos:

1.- Acaba de celebrarse un congreso internacional sobre el SIDA, otra pandemia nacional; participaron figuras oficiales, se declaró el combate irrestricto a la enfermedad, y simultáneamente, se prohibió desde Educación Pública la distribución en las escuelas del libro que sobre educación sexual elaboró el gobierno del Distrito Federal.

2.- El pudor, antídoto contra la agresión sexual, decreta el clero: «Las jovencitas deben evitar estar a solas con un hombre y usar ropa provocativa».

3.- La despenalización del aborto y las declaraciones recientes del ministro de la Suprema Corte, Aguirre Anguiano, quien se opone a la ley utilizando argumentos velada pero definitivamente religiosos y condena (a):

La mujer que interrumpa voluntariamente su embarazo; deberá ser sancionada con prisión de tres a seis meses de duración y con 100 o 300 días de trabajo a favor de la comunidad, es decir ostentará públicamente un sanbenito como el que debían portar las prostitutas en el período colonial. Estas declaraciones  parecen haber sido dictadas por calificadores del Santo Oficio: cárcel o muerte a las mujeres que osen disponer de su corporeidad y recurran a un derecho que quizá la constitución de Apatzingán no había aún considerado, congreso convocado por Morelos, padre de la patria, a quien pronto celebraremos en el bicentenario de la independencia.

Llego a  Auckland, la ciudad más cosmopolita de Nueva Zelandia,  después de un viaje de 24 horas, escala en Los Ángeles: la pesadilla,  ¿ya asimilada?,  de los viajeros: pasar por los controles, quitarse los zapatos, los cinturones –para escuchar de inmediato en el avión la orden de abrocharlos– los relojes, los collares; ver como examinan  a una frágil señora de 85 años, canosa y bien peinada, traje  rosa, pañuelito en el bolsillo de la solapa, medias antivarices… 

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Escribo el lunes 11 de septiembre, cuando en México es aun el domingo 10 (17 horas adelante),  quinto aniversario de la caída de las torres de Manhattan — ¿estamos hoy más seguros que en el 2001, se preguntan en los periódicos de Wellington, la capital? 

Se supone que ya hubiera debido asimilar el desgaste que produce un viaje tan largo, hoy cuando regreso de  la Isla del Sur, llena de bahías, penínsulas, lagos, volcanes, admirable vegetación, ríos, un viento tremendo, ballenas y focas, y, a lo largo del camino, lujosos bed and breakfast como antes en Inglaterra, cuando la visité durante la década de los cincuenta. Ahora, como en la Madre Patria– los billetes (el dólar vale 75 centavos americanos) y las monedas ostentan todavía la efigie de su Majestad Isabel II, aun  joven y bella– la vida es muy, muy cara, en este país de 4 millones de habitantes, poblado por ingleses, irlandeses, escoceses y maories: Coyoacán tiene 3 millones y medio.

 

Wellington es una ciudad muy linda,  tranquila, con un centro pequeñito, edificios altos y una muy hermosa bahía, desde donde se admira el estrecho de Cook, marino ingles que ‘descubrió’ estas islas y decidió convertirlas en dominio de Inglaterra. Hay un jardín botánico inmenso, lleno de flores y varias plantas raras para nosotros, orquídeas de todos tipos y begonias. En un santuario viven los pájaros en libertad donde se van reproduciendo para evitar que se extingan; como algunas especies, por ejemplo el pájaro kiwi , no confundir con la fruta que proviene de China o de Chile, me explica Eric, un maori muy blanco, alto y rubio que juega rugby, el deporte nacional,  y habla como vecino de Soho en Londres.

 

Los pájaros tienen formas y  nombres maravillosos: ruru, keraru, tui, kaka, kaua, hihi, pokoki, kiwi, como llaman a los originarios de aquí, los kiwis, Kiwilandia. Algunas aves tienen el  pecho rojo; otros son pequeños, negros, veloces, cantan todo el día,  y con mechones blancos en el cuello, los tuis, o curas; los hay con los picos alargados, enormes, repito, los kiwis , casi extintos, gordos, pesados, no vuelan y tienen el pico enorme, ganchudo, con el que escarban en la tierra o en las cortezas de los árboles porque se alimentan de gusanos; otros poseen unos picos redondos y grandes y se arrastran; otros saltan y muchos mas, como debe de ser, vuelan. El santuario de pájaros es inmenso, con lagos,  presas, miles de helechos y la espiral con que se inician sus hojas se llama kori, símbolo del país, tallado en una piedra verde semejante al jade y antes en huesos de ballena:  los veo exhibidos en el museo Te Papa,  también los maraes – se pronuncia marais, como el escritor húngaro: son graneros- tumbas- santuarios, con esculturas de madera de sus antepasados, decorados sus ojos con la concha del abulon. 

 

La calle donde vivo se llama Karuri, un antiguo pueblo maori y la casa en que me alojo albergo alguna vez a la mas grande escritora de Nueva Zelandia, Katherine Mansfield, muerta prematuramente de tuberculosis en Francia, muerte dramática, pues en su ultimo día de vida, su esposo, John Middleton Murry llego a visitarla desde Inglaterra, la encontró, escribe,  ‘muy pálida pero radiante’, de pronto, un acceso de tos y una hemorragia y un minuto después estaba muerta.  Mucho se culpa a su marido de haber divulgado toda la obra, los diarios y las cartas de su mujer para hacer dinero;  pero ella le dejo un testamento donde le pide que hiciera lo que pensara correcto con sus papeles. ¿Malvado o simplemente previsor? 

 

Este país, llamado en maori Aiteroa, ‘el país de la larga nube blanca’, fue ‘descubierto’ primero por Abel Tasman, holandés, por quien fue nombrada luego la isla llamada Tasmania y un parque nacional en la Isla del Sur. De los pantanos y bosques que había antes de 1830 queda solamente el 10%, vuelve a contarme Eric, y añade: esas tierras se llamaban wet lands, los ingleses pensaron que eran waste lands y las secaron para llenarlas de borregos. de vacas y de toros.

 

También quisieron extinguir a las ballenas. 

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