Breve veraneo en la costa de Cantabria. Pasamos unos días con la familia de mi hermano, alojados en una espaciosa casa de nítidas líneas y amplios ventanales, ámbitos diáfanos en plano horizontal, abiertos para la contemplación de un entorno de generoso verdor. Afuera, el azul suave que siempre regala la piscina, hamacas alineadas para el abandono de los cuerpos bajo un sol indeciso, el fragante jardín convertido en un Wimbledon infantil, y el porche que nos guarda con su sombra en las horas centrales del día y procura el rectángulo de luz sonámbula de las veladas. Es la geografía del norte, la ondulación infinita que se acuesta en pliegues armónicos a la orilla del Cantábrico. Y en el cielo, siempre un velo de nubes que aplaca las temperaturas, como si pasáramos el verano en otro país.
Llegué hasta aquí acompañado de Sidekick, que se balancea ligero por los días con su primos y primas, cómodo en la desubicación que acecha tanto como favorece al último de la camada familiar. Mientras, completo mis jornadas laborales en el funcional rincón destinado a la mesa de comedor: una pieza enorme que ocupa todo el largo de la vivienda e integra la cocina y el salón. Dividen el espacio dos enormes sofás, ordenados en forma de ele frente al televisor insomne: encendido aunque nadie lo mire, despide imágenes para una platea vacía, como el reclamo en la vidriera de un comercio.
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